Capítulo 21 · 9 min de lectura · 11 min de escucha
Junto al pozo antiguo
DESPUÉS DE LA Pascua, Jesús fue enseñando por las aldeas de Judea, la provincia o parte del país que rodeaba a Jerusalén. Como Judea era la mayor de las cinco provincias, también dio su nombre a todo el país, que se llamaba tanto «Judea» como «la tierra de Israel». Juan el Bautista seguía predicando y bautizando, aunque las multitudes que ahora venían a oírlo no eran tan grandes como antes. Mientras Juan estaba cerca del mar de Galilea, Jesús se quedó en Judea, para que nadie pensara que trataba de apartar de Juan a la gente.
Pero al cabo de un tiempo Jesús supo que Herodes Antipas, el malvado gobernante de Galilea y de Perea, había metido en la cárcel a Juan el Bautista. Herodes le había quitado a su hermano Felipe su esposa, llamada Herodías, y vivía con ella. Juan le había dicho:
«Va contra la ley de Moisés y contra la ley de Dios que tú le quites la mujer a tu hermano».
Esto hizo que Herodes se enojara con Juan, y Herodías todavía más. Ella quería que mataran a Juan por sus palabras atrevidas, pero Herodes, aunque no era un hombre bueno, no quería que le quitaran la vida a Juan, y, en parte para protegerlo del odio de su esposa, mandó que lo metieran en la cárcel. Para un hombre como Juan, acostumbrado a la vida libre del desierto, que ni siquiera quería vivir en una ciudad o una aldea, debió de ser muy duro estar encerrado en el calabozo de una cárcel, entre cuatro paredes, y poder ver el mundo de fuera solo a través de ventanas con rejas.
En cuanto Jesús supo que Juan el Bautista estaba encerrado en la cárcel, terminó su obra en Judea y, con sus discípulos, emprendió el camino hacia Galilea, su antiguo hogar en el norte. En este viaje no fue por el río Jordán, sino que tomó el camino más directo, que lo llevaría por la tierra de Samaria. Sabía que los samaritanos que vivían en aquella tierra odiaban a los judíos y a menudo les robaban cuando viajaban por su país. Aun así, Jesús decidió pasar por Samaria.
Al frente del pequeño grupo de sus seguidores, caminó hacia el norte desde Jerusalén; pasó por Betel, donde mucho tiempo atrás Jacob, acostado sobre su almohada de piedra, tuvo su sueño maravilloso de la escalera que llegaba hasta el cielo; pasó por Silo, donde en los días de Samuel se había guardado el arca santa de Dios en el tabernáculo; y cruzó montes donde se habían librado batallas y ganado victorias.
Una mañana temprano, después de caminar durante la noche, Jesús y sus discípulos llegaron a un pozo antiguo, a unas dos millas de la ciudad de Siquem. Cerca había una pequeña aldea llamada Sicar, que se podía ver desde el pozo, y aunque era una aldea samaritana, los seguidores de Jesús fueron allá a comprar algo de comer. Este pozo era muy antiguo. Lo había cavado Jacob, el primer padre de todo el pueblo de Israel, más de mil ochocientos años antes de que Jesús llegara a aquel lugar. Y todavía está allí: un pozo excavado en la roca sólida, de casi cien pies de hondo, es decir, unos treinta metros, que aún hoy tiene agua diez meses al año, aunque suele secarse en verano. Ese pozo tiene ahora casi cuatro mil años, y sin embargo cualquier viajero que lo visita puede asomarse a sus profundidades, ver cómo se saca un cubo de agua y beber de ella.
En aquel tiempo un pozo no tenía una bomba para subir el agua, ni siquiera había una cuerda para bajar a él; sino que cada persona que venía a sacar agua —y generalmente era una mujer— traía una cuerda y un cántaro. Mientras Jesús estaba sentado junto al pozo, muy cansado, con hambre y con sed, no tenía nada con qué sacar agua. Como Hijo de Dios en la tierra, podría haber hecho que el agua subiera hasta él, pero no quiso, porque recordarás que en el desierto Jesús no quiso hacer ninguna obra maravillosa, ningún milagro, solo para su propia necesidad.
De pronto Jesús oyó que alguien se acercaba. Levantó la vista y vio a una mujer, con su cántaro y su cuerda, de pie junto al pozo. Por su vestido supo que no era judía, sino samaritana, y, siendo el Hijo de Dios, vio más. Conoció enseguida toda su vida, que no había sido una vida buena. Pero miró dentro de su corazón y vio que ella anhelaba a Dios y anhelaba el bien. Le dijo:
«¿Me das de beber agua de este pozo?».
La mujer miró a Jesús, y como por su vestido y su manera de hablar supo que era judío, le dijo:
«¿Cómo es que tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer samaritana?».
Los judíos despreciaban a los samaritanos, nunca les pedían ningún favor y no querían beber de una taza o de un cántaro que un samaritano hubiera tocado. La mujer lo sabía, y se sorprendió mucho de que aquel joven desconocido, de raza judía, le hablara. Jesús le respondió:
«Si conocieras el don gratuito de Dios, y quién es el que te pide de beber, tú le habrías pedido a él, y él te habría dado agua viva».
Mientras Jesús decía estas palabras, muy pensativo, la mujer, que lo miraba y lo escuchaba, sintió que aquel no era un hombre común. Pensó que podría ser un profeta, un hombre enviado por Dios para hacer obras poderosas y hablar las palabras de Dios. Le dijo con mucho respeto:
«Señor, no tienes con qué sacar el agua, y el pozo es muy hondo. ¿De dónde puedes sacar tu agua viva? ¿Eres tú mayor que nuestro padre Jacob, que cavó este pozo y nos lo dio, y bebió él mismo de su agua, con sus hijos y sus ovejas y sus bueyes?».
Jesús le respondió:
«Cualquiera que beba de esta agua volverá a tener sed, pero el que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás. El agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que salte para vida eterna».
«¡Ay, Señor! —dijo la mujer—, dame un poco de tu agua viva, para que no tenga sed ni tenga que hacer todo este camino para sacar agua».
Jesús miró atentamente el rostro de la mujer, y luego le dijo:
«Ve a tu casa; llama a tu marido, y vuelve acá».
El rostro de la mujer se ensombreció, bajó los ojos y pareció avergonzada, mientras respondía en voz baja: «No tengo marido».
Jesús la miró fijamente y le dijo:
«Has dicho la verdad. No tienes marido. Pero has tenido cinco maridos, y el hombre con quien vives ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer se llenó de asombro al oír hablar al desconocido. Vio enseguida que aquel era un hombre que lo sabía todo. Estaba segura de que Dios había hablado a aquel hombre y le había dado ese conocimiento de ella. «Señor —le dijo—, veo que tú eres profeta de Dios. Dime, entonces, quién tiene razón, nuestro pueblo o los judíos. Nuestros padres adoraron a Dios en este monte; pero los judíos dicen que Jerusalén es el lugar adonde todos deben ir para adorar a Dios».
Mientras hablaba, señaló el monte que se alzaba cerca, el monte Gerizim, en cuya cumbre estaba el templo de los samaritanos.
«Mujer, créeme —respondió Jesús—, viene un tiempo en que los hombres adorarán a Dios en otros lugares, además de este monte y de Jerusalén. El tiempo está cerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores, en todas partes, orarán al Padre en espíritu y en verdad. Dios es Espíritu, que está en todas partes, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad».
La mujer le dijo a Jesús:
«Sé que viene el Mesías, el Cristo enviado por Dios para ser nuestro Rey. Cuando él venga, nos explicará todas las cosas».
Entonces Jesús le dijo: «Yo, que hablo contigo, soy él, ¡el Cristo!».
Justo en aquel momento volvieron de la aldea los seguidores de Jesús, Juan y Pedro y los demás, con la comida que habían comprado. Se sorprendieron al encontrar a su Maestro hablando con una mujer, pero no dijeron nada.
La mujer había venido al pozo a sacar agua, pero con el interés que sentía por aquel desconocido maravilloso, se olvidó por completo de su tarea. Dejó su cántaro, volvió corriendo a la aldea y decía a todos los que encontraba:
«¡Venid conmigo a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho en toda mi vida! ¿No será este el Cristo que estamos esperando?».
Cuando la mujer se fue hacia su casa, los discípulos insistieron a Jesús para que comiera algo de la comida que habían traído. Poco antes Jesús había tenido hambre, pero ahora, hablando con la mujer y guiando su mente hacia la verdad, se había olvidado de sus propias necesidades.
«Yo tengo una comida que comer —les dijo— que vosotros no conocéis».
Ellos se miraron unos a otros y dijeron:
«¿Será que alguien le ha traído algo de comer?».
Pero Jesús les dijo: «Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre, que me envió al mundo, y acabar la obra que él me dio que hiciera. ¿No decís vosotros que faltan cuatro meses para que llegue la siega? Yo os digo que miréis los campos, y veréis que ya están blancos para la siega. Segaréis y recogeréis una rica cosecha, juntando fruto para vida eterna».
Jesús quería decir que aquella mujer, por mala que hubiera sido antes, ahora estaba deseosa de oír sus palabras y de venir a Dios. Así también sus discípulos pronto encontrarían el corazón de los hombres, en todas partes, como un campo de trigo maduro, listo para ser ganado y salvado.
Pronto la mujer volvió al pozo con mucha gente de su pueblo. Todos le pidieron a Jesús que fuera a su aldea a enseñarles. Él fue al pueblo de Sicar y se quedó allí dos días, hablando a la gente acerca del reino de Dios y mostrándoles cómo podían entrar en él. Muchos de los habitantes de aquel lugar y de sus alrededores creyeron en Jesús como el Cristo, el Rey enviado por Dios, y decían:
«Ahora nosotros mismos lo hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo».
Capítulo 21 completado
Junto al pozo antiguo