Capítulo 22 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
El hijo del noble
DESPUÉS DE QUEDARSE dos días en Sicar, la aldea cercana al pozo de Jacob, Jesús y sus discípulos siguieron su camino hacia el norte, a la tierra de Galilea. Cruzaron la gran llanura donde en tiempos antiguos se habían librado tantas batallas, y subieron los montes que había más allá. Nazaret, donde Jesús había vivido tantos años, estaba en su camino, pero esta vez Jesús no se detuvo allí, porque pensaba visitarla unas semanas más tarde. Con sus seguidores, Jesús llegó por segunda vez a Caná, el lugar donde unos meses antes había convertido el agua en vino.
Cuando Jesús estuvo en Caná en su primera visita, muy pocos habían oído su nombre. Pero ahora todo el mundo hablaba de él, porque todos los que habían vuelto a casa de la fiesta de la Pascua contaban a sus amigos y vecinos acerca del joven y maravilloso Profeta que había estado predicando en Jerusalén, que había echado del templo a los hombres que compraban y vendían, y que había hecho maravillas sanando a los enfermos.
A unas veinte millas de Caná estaba la ciudad de Capernaúm, a la orilla del mar de Galilea. En Capernaúm vivía un hombre de alto rango, un oficial del rey Herodes Antipas. Este noble estaba muy afligido, porque su hijo estaba muy enfermo, con una fiebre muy alta, y a punto de morir. La noticia de que Jesús estaba otra vez en Galilea, y a solo veinte millas, le dio al noble la esperanza de que tal vez aquel Profeta estuviera dispuesto a bajar de Caná a Capernaúm y sanar a su hijo.
Enseguida decidió ir a ver a Jesús y pedirle que viniera a ayudarlo. Era un viaje difícil de Capernaúm a Caná, veinte millas subiendo montes; pero este padre angustiado salió muy temprano por la mañana y llegó a Caná a eso de la una de la tarde. Encontró a Jesús, le contó lo enfermo que estaba su hijo y le rogó que fuera a Capernaúm a sanarlo. Jesús no pareció muy dispuesto a ir. Le dijo al noble:
«Si no me veis siempre hacer obras maravillosas, no creeréis en mí».
«¡Oh, Señor! —le suplicó el padre afligido—, ¡baja pronto, o mi hijo morirá!».
«No hace falta que yo vaya —dijo Jesús—. Puedes volver a tu casa, porque tu hijo vivirá y se pondrá bien».
Estas palabras serían una dura prueba para la fe de este hombre en Jesús. Porque ¿cómo podía saber que su hijo estaría bien, sin ninguna señal que Jesús le diera? ¿Y cómo podía entender que Jesús, con una palabra, pudiera sanar a alguien a quien no había visto y que estaba a veinte millas de distancia? Pero el padre creyó enseguida la promesa de Jesús. Ni siquiera se apresuró a volver a casa para ver si su hijo estaba sano, sino que esperó hasta la tarde para emprender el viaje.
Al día siguiente, cuando ya estaba cerca de su casa, sus criados le salieron al encuentro con la buena noticia:
«Tu hijo vive y está mucho mejor».
«¿A qué hora —preguntó el noble— comenzó a mejorar?».
«Fue ayer —le dijeron—, a eso de la una, cuando le dejó la fiebre».
El hombre no se sorprendió, porque era tal como él lo había esperado. Aquella hora, la una, era el momento exacto en que Jesús le había dicho: «Tu hijo vivirá».
Este milagro, u obra maravillosa, dio mucho de qué hablar, y llevó no solo a este noble, sino también a toda su familia con él, a creer que Jesús era el Salvador y el Rey de Israel que había sido prometido desde hacía tanto tiempo.
Capítulo 22 completado
El hijo del noble