La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
La tierra del Señor

Capítulo 2 · 8 min de lectura · 10 min de escucha

La tierra del Señor

ANTE TODO, hagamos un viaje a la tierra donde vivió Jesús. Navegaremos en uno de los grandes vapores transatlánticos a través del Atlántico, dirigiendo la proa un poco hacia el sur, y en ocho días nos detendremos frente al peñón de Gibraltar, que está de guardia a la entrada del mar Mediterráneo. ¿Sabes lo que significa «Mediterráneo»? Significa «en medio de las tierras»; y cuando miras este mar en el mapa, ves que tiene tierras alrededor por todos lados, con solo una estrecha abertura en Gibraltar, por donde sus aguas azules se vierten en el océano Atlántico.

Entraremos en el mar Mediterráneo y lo recorreremos de punta a punta, dejando a la izquierda España, Francia e Italia. Casi rozamos la punta del pie de Italia, porque ya sabes que Italia se mete en el mar como una gran pierna con una bota de tacón alto en el pie. Y un poco más allá de Italia pasamos junto a Grecia, que se parece algo a una mano con los dedos muy separados.

Mientras pasamos junto a esas tierras de la izquierda, vamos dejando también a la derecha Marruecos y Argel, Túnez y Trípoli. Hacemos escala en Alejandría, en Egipto, junto a una de las bocas del río Nilo, y poco después dejamos el gran vapor en Port Said, donde comienza el gran canal de Suez.

Allí, por la tarde, unos diez días después de haber salido de América, subimos a bordo de un barco más pequeño y navegamos hacia el norte, siguiendo la costa oriental del mar Mediterráneo. A la mañana siguiente, al despertar, encontramos nuestro barco anclado frente a una ciudad construida en la ladera de una colina, que se levanta en terrazas desde el agua.

Esa ciudad se llama ahora Jaffa, o Yafa; y es el lugar donde se detienen los vapores para desembarcar a los que van a visitar la Tierra Santa, porque ese es el nombre que se da a la tierra donde vivió Jesús. ¿Te acuerdas de la historia de Jonás en el Antiguo Testamento, el profeta que quiso huir del llamado de Dios a predicar en la ciudad de Nínive? Pues fue desde esta ciudad de Jaffa, que entonces se llamaba Jope, de donde Jonás partió en su viaje, que terminó dentro del gran pez. Quizá te acuerdes también de la historia de Dorcas, en el Nuevo Testamento, aquella buena mujer que ayudaba a los pobres y que, después de morir, fue resucitada por la oración del apóstol Pedro. Dorcas también vivía en Jope; y todavía enseñan la casa donde, según dicen, se hospedó Pedro mientras estuvo de visita en aquella ciudad.

Aquí en Jaffa, o Jope, terminamos nuestro largo viaje por mar de unas seis mil millas. Bajamos a tierra en un bote pequeño que sube y baja sobre las olas, porque no hay ningún muelle donde un vapor pueda desembarcar a sus pasajeros. Y ahora estamos pisando el suelo de la Tierra Santa, donde vivió Jesús. En tiempos de Cristo esta tierra se llamaba Judea. En nuestros días se llama Palestina.

Es un país pequeño. Si buscas en el mapa de los Estados Unidos el estado de New Hampshire, verás un estado con una forma muy parecida a la de Palestina, y solo un poco más pequeño; porque Palestina, o la Tierra Santa, tiene unas doce mil millas cuadradas, y New Hampshire algo más de nueve mil.

Desde Jope tenemos que atravesar Palestina si queremos ver la parte del país, entre las montañas, donde vivió Jesús. Ahora podemos ir en tren, cosa que Jesús nunca vio mientras vivió en la tierra; o podemos ir en coche de caballos, o a caballo, o a lomos de un camello, como verás que van algunas personas, o en lo que llaman «un palanquín», que es algo así como la caja de un coche, puesta no sobre ruedas sino entre dos pares de varas, uno delante y otro detrás, con una mula enganchada en cada par, de modo que el viajero lleva una mula delante y la otra detrás.

Mientras cruzamos la tierra, notamos que al principio es muy llana. Esta parte del país se llama «la llanura de la costa», y llanura es de verdad, casi tan plana como un suelo. Por todas partes ves huertos y granjas, naranjos e higueras. Si pudieras arrancar una de estas naranjas doradas y probarla, verías que es de las más dulces, sabrosas y jugosas que hayas comido nunca, porque las naranjas de Jaffa son famosas por su sabor. Pasas entre grandes campos de trigo, de centeno y de cebada, porque esta llanura de la costa es una rica tierra de labranza.

Pero al cabo de unas pocas millas, diez o quince, notamos que hemos dejado la llanura y vamos subiendo y dando vueltas entre colinas. En lugar de tierras de labranza, vemos aquí y allá rebaños de ovejas con pastores que las cuidan, igual que el joven David cuidaba de su rebaño hace tres mil años. De hecho, en nuestro viaje podríamos pasar por el mismo arroyo donde David encontró las piedras lisas y redondas, una de las cuales lanzó con su honda contra la frente del gigante Goliat. Esta es la región de las colinas bajas, las estribaciones de las montañas más altas que hay detrás. Se llama «la Sefela», un nombre que no es fácil de recordar. En tiempos del Antiguo Testamento se libraron en estas colinas muchas batallas entre los israelitas y los filisteos, sus feroces enemigos.

Estas colinas de la Sefela no tienen muchas millas de ancho; y pasadas ellas llegamos a la verdadera región montañosa de Palestina. Por todos lados se levantan montañas peladas y pedregosas, casi sin tierra en sus empinadas laderas, y sin un solo árbol a la vista en muchas millas. Son peñascos rocosos, con alguna aldea aquí y allá colgada en sus cumbres o agarrada a sus paredes. Esta tierra de montañas, más que las colinas y las llanuras de abajo, fue el hogar de los israelitas, el pueblo del que vino Jesús. Nos preguntamos cómo pudieron ganarse la vida en una tierra tan desolada; pero por todas partes vemos ruinas de ciudades antiguas, que muestran que en otro tiempo la tierra estuvo llena de gente. En aquellos tiempos, hace dos mil años y más, todas estas laderas, hoy frías y rocosas, estaban cubiertas de terrazas donde crecían olivos, higueras y viñas, donde florecían los huertos y se recogían grandes cosechas para alimentar al pueblo. Aun hoy, en la primavera y a principios del verano, los valles entre estas montañas se cubren de flores de todos los colores. Apenas hay otra tierra en el mundo con tantas flores silvestres como esta tierra de Palestina. Esta franja de montañas, que recorre el país de norte a sur, fue la parte de Palestina donde vivieron y murieron casi todos los grandes hombres de Israel. Aquí, entre las montañas del sur, está Belén, donde nació Jesús. En una aldea de las montañas del norte, Nazaret, estuvo el hogar de Jesús durante casi toda su vida; y por estas montañas, por todas partes del país, anduvo Jesús en los tres años de su predicación y su enseñanza.

Atravesamos estas montañas de oeste a este, y entonces, desde las alturas, contemplamos abajo un valle que corre de norte a sur, el más profundo de todo el mundo, donde vemos un riachuelo con muchas vueltas, rápidos y cascadas, que sigue su curso hasta caer por fin en un lago azul, al sur. Este río, como sabes, es el Jordán, que cruzaron los israelitas cuando llegaron por primera vez a esta tierra; el río donde Naamán se lavó de su lepra, donde Elías golpeó las aguas con su manto y las dividió, y en cuyas aguas fue bautizado Jesús.

Cruzamos este valle del Jordán, que tiene de diez a veinte millas de ancho, y luego volvemos a subir montañas altas y empinadas. Esta región se llama la Meseta Oriental, porque las montañas van bajando poco a poco hasta un gran llano desierto, hacia el este. Aquí vemos las ruinas de ciudades que fueron grandes, donde ahora solo unos pocos árabes errantes plantan sus tiendas.

Ya hemos cruzado la tierra de Palestina, y hemos visto que tiene cinco partes, puestas una tras otra: primera, la llanura de la costa; segunda, la Sefela, o las colinas bajas; tercera, la región montañosa; cuarta, el valle del Jordán; y quinta, la Meseta Oriental.

Pero debemos tener presente que la tierra, cuando Jesús vivía en ella, era muy distinta de como la vemos hoy. Ahora es una tierra pobre; entonces era rica. Ahora sus aldeas son de miserables casas de barro, donde vive gente que parece medio muerta de hambre; entonces era una tierra de pueblos bien construidos y de gente feliz. Ahora encontramos caminos que no son más que sendas sobre las piedras; entonces había buenos caminos por todas partes. Ahora las colinas se alzan peladas y rocosas; entonces estaban cubiertas de huertos. Ahora apenas se ve un árbol en muchas millas de viaje; entonces el olivo, la vid y la palmera crecían por todas partes. Nosotros vemos la tierra en su ruina; Jesús la vio en su riqueza.


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