La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
Por qué todos deberían conocer la vida de Cristo

Capítulo 1 · 11 min de lectura · 14 min de escucha

Por qué todos deberían conocer la vida de Cristo

HA HABIDO muchos hombres famosos en este mundo, y todos quieren saber quiénes fueron y por qué se les llama grandes. En casi todas las ciudades de América puede verse una estatua de George Washington, o de Abraham Lincoln, o de Benjamin Franklin, o del general Lee, o del general Grant. Cada vez que ves una de esas estatuas, preguntas —si no lo sabes ya— quién fue aquel hombre y por qué le han levantado una estatua. En el Canadá, en cada casa cuelga de la pared un retrato de la grande y buena reina Victoria, y cuando un niño lo ve, quiere saber algo de su vida y de su grandeza. Ves cuadros de un hombre de pie sobre la cubierta de un barco, o desembarcando bajo las palmeras de una isla, y te dicen que es Cristóbal Colón; y todos los niños de América saben algo de su historia. De hombres como Napoleón Bonaparte, Julio César y Alejandro Magno se escribe y se habla mucho; y todo niño debería saber quiénes fueron esos hombres y por qué son famosos.

¿Has pensado alguna vez que hay un hombre de quien se ha hablado, escrito y cantado más que de ningún otro en todo el mundo, y que ese hombre es Jesús? Por cada libro que habla de Washington, de Napoleón o de Colón, hay cientos de libros que hablan de Jesús. Cada año se imprimen por lo menos quince millones de ejemplares de la Biblia, que se envían a todo el mundo, en todas las lenguas que se hablan en la tierra. ¿Por qué todo el mundo quiere tener una Biblia en su casa? Porque ese libro habla de Jesús. Si se arrancaran de la Biblia las páginas que hablan de Jesús, a poca gente le importaría tenerla o leerla.

Hay más retratos de Jesucristo, pintados, dibujados e impresos, que de ningún otro hombre que haya vivido jamás. Todo el mundo reconoce un cuadro de Jesús en cuanto lo ve, ya sea el niño Jesús en brazos de su madre, o el muchacho Jesús en el templo, o el Salvador enseñando, o muriendo en la cruz. No hace falta que nadie te diga cuál es Jesús en un cuadro: su rostro es tan conocido que lo reconoces enseguida. Ningún otro rostro, de todos los hombres que han vivido desde Adán, el primer hombre, hasta hoy, es conocido por tanta gente como el rostro de Jesús. Y además, mira en los himnarios de las iglesias y en los cancioneros de las escuelas dominicales, y fíjate cuántos de los himnos y cantos alaban a Jesucristo. No encontrarás cantos en alabanza de Julio César, ni de Cristóbal Colón, ni siquiera de George Washington. Nadie que lo piense bien duda de que el hombre más famoso de todo el mundo es Jesucristo; y porque es tan famoso y tan grande, todos deberían saber algo de su vida.

Además, a todo el mundo le gusta oír historias de cosas maravillosas. Aunque sabemos que no son historias verdaderas, todos escuchamos los cuentos de hadas y los relatos de «Las mil y una noches». Pero ¡cuántas veces, al terminar el cuento, el niño mira la cara de quien se lo ha contado y pregunta: «¿Es todo verdad?»! Pues bien, la historia de Jesús está llena de maravillas. Lees que convirtió el agua en vino cuando a los invitados de la fiesta les hacía falta; que tocó los ojos de un ciego y le dio la vista; que habló a la tempestad y trajo la calma; que, en otra tempestad, caminó sobre las aguas para ayudar a sus amigos en peligro; y, lo más maravilloso de todo, que salió vivo de su propio sepulcro después de haber muerto. Maravillosas son, en verdad, las historias que se cuentan de Jesús; y la mayor maravilla es que todas son verdad. Estoy seguro de que te gustaría oír esas historias; y todo niño debería conocerlas y saber contárselas a otros.

Déjame darte otra razón por la que todos deberían conocer la historia de Jesús. Él vino para mostrarnos quién es Dios, lo que Dios es para nosotros y lo que Dios siente por nosotros. Todo el mundo, hasta cada niño, piensa en Dios y en su corazón desea saber de Dios. ¡Qué terriblemente se han equivocado algunas personas acerca de Dios! Lo han imaginado como un enemigo y no como un amigo. En algunos países pueden verse imágenes de un ser con cuarenta brazos, y en cada mano algo con que matar a un hombre —una espada, una lanza, una flecha, un garrote, una copa de veneno o alguna otra cosa espantosa—, y así es como se piensa en Dios en aquella tierra: ¡un ser poderoso que odia a los hombres! En tiempos antiguos, mucha gente creía que sus dioses se agradaban cuando los hombres mataban a sus propios hijos y quemaban sus cuerpos sobre un altar como ofrenda a Dios. Dios vio que por toda la tierra los hombres tenían pensamientos equivocados y crueles acerca de él; y envió a su Hijo Jesucristo para enseñar a los hombres con sus palabras, y para mostrarles con su vida lo que Dios es, lo que Dios siente por nosotros y lo que nosotros debemos sentir por Dios. Si Jesús no hubiera hecho por nosotros nada más que enseñarnos el Padrenuestro, que comienza con las palabras «Padre nuestro que estás en los cielos», habría hecho bastante para que lo amáramos. Él mostró a la gente que Dios es su Padre, el Padre de todos en el mundo entero, y que podemos invocarlo como a un Padre, igual que cualquier niño puede acudir a su padre para pedirle lo que necesite.

Una vez le pidieron a un pintor que hiciera el retrato de un hombre bueno. Pero el hombre había muerto diez años antes; el pintor nunca lo había visto, y no había ningún retrato suyo que pudiera servirle de modelo. Al principio el pintor no sabía qué hacer. Entonces se le ocurrió una idea.

«¿No hay nadie —preguntó— que se parezca a este hombre, para que yo pueda verlo y saber algo de cómo era su rostro?»

«Pues sí —le respondieron—. Dejó un hijo, ya hombre hecho, que es idéntico a su padre».

El pintor estudió el rostro del hijo, y a partir de él pintó un retrato del padre, a quien nunca había visto. Nadie ha visto jamás a Dios; pero si queremos conocer, no su rostro, que no podemos conocer, sino su manera de ser —cuán bondadoso, amoroso, dispuesto a ayudar y generoso es Dios—, basta con que pensemos en Cristo; y si conocemos a Cristo, el Hijo de Dios, conocemos a Dios, su Padre y nuestro Padre. Por esta razón, porque en Jesús podemos conocer a Dios, todos deberían saber de Jesús.

Pero Jesús vino a este mundo no solo para mostrarnos lo que Dios es, sino también para mostrarnos lo que nosotros debemos ser y cómo debemos vivir. Sea cual sea su trabajo, todo el mundo necesita un modelo que pueda mirar y seguir. El niño que aprende a escribir necesita una muestra, para saber cómo trazar sus letras. El muchacho o la muchacha que aprende a dibujar tiene una lámina o un modelo que le guía en su dibujo. Cuando un hombre va a construir un barco, primero hace un modelo y luego da a su gran barco exactamente la misma forma. Quizá hayas oído los versos del poema de Longfellow «La construcción del barco»:

«En el astillero estaba el Maestro,
con el modelo de la nave
que había de reírse de todo desastre
y luchar con la ola y el torbellino».

Pues bien, todos somos constructores. Cada uno de nosotros, niño o niña, hombre o mujer, está construyendo para sí mismo algo que nadie más puede construir por él: su carácter, lo que ha de llegar a ser, bueno o malo, sabio o ignorante, noble o egoísta. Y al construirnos a nosotros mismos necesitamos un modelo, un hombre perfecto a quien podamos mirar y cuya vida podamos copiar. Ese modelo lo encontramos en Jesús. Él vivió nuestra vida, y al vivirla nos mostró cómo debemos vivir. Hasta un niño pequeño puede decir: «Jesús fue una vez un niño pequeño; y yo me esforzaré todo lo que pueda por ser un niño como él». Un muchacho de doce años puede pensar en Jesús cuando era muchacho y proponerse vivir como Jesús vivió. El joven que trabaja en un taller, en una oficina o en el campo puede tomar como modelo a Jesús el trabajador. Cuando Jesús estaba en la tierra, dijo muchas veces, y a diferentes personas: «¡Sígueme!». Nos lo dice a cada uno de nosotros. Pero si hemos de seguir a Jesús y ser como él, el mejor hombre que haya vivido jamás, tenemos que estudiarlo, conocer su vida y tener cada una de sus historias en la mente y en el corazón; y esa es otra razón por la que todos deberían conocer la historia de Jesús.

Hace ya casi dos mil años que Jesús vivió en la tierra y anduvo entre los hombres. Desde que él vino, el mundo se ha vuelto un mundo distinto, en la medida en que los hombres han oído la historia de Jesús y han aprendido a seguirlo. La gente se ha vuelto menos egoísta y más atenta con los demás, más dispuesta a ayudar a otros, más generosa para dar a otros. Piensa en todos los asilos para los pobres, en todos los hospitales para los enfermos, en todos los lugares donde se cuida a los niños pequeños, en los parques de juego, en el amor que se muestra en Navidad, en diez mil maneras en que el mundo es mejor. Y luego recuerda que todas esas cosas buenas vienen de Jesucristo y de su amor en el corazón de los hombres. Si no fuera por Jesús, este habría sido un mundo oscuro. La prueba es que esas cosas buenas solo se ven en las tierras donde Jesús es conocido, amado y seguido. Mira las tierras donde Cristo es desconocido, y las hallarás oscuras y tristes. Todavía queda mucho por hacer para que este sea un mundo perfecto. Vemos guerras terribles, y a los pobres que todavía sufren injusticias, y a mucha gente que todavía es egoísta y cruel con sus semejantes. ¿Qué podemos hacer para que este mundo sea mejor y más luminoso? Podemos hacer lo que hizo Jesús. De él se dijo: «Anduvo haciendo bienes»; y lo mismo podrá decirse de nosotros si seguimos a Cristo. Pero para hacer bueno este mundo, tenemos que conocer a aquel que es su poder para el bien; y esa es otra razón por la que todos deberían conocer la historia de Jesús.

Déjame decirte solo una razón más por la que debemos conocer la historia de Jesús: por medio de él tenemos lo que más necesitamos de todo, el perdón de nuestros pecados. Imagina que alguien que nos vigila todo el tiempo llevara una lista de cada mala acción, de cada arrebato de mal genio, de cada palabra airada, de cada golpe dado, de cada vez que alguno de nosotros no hizo lo que es justo, de cada vez que alguien dejó pasar la ocasión de hacer un favor a otro: ¡qué lista tan larga sería! Pues esa lista existe. Un ojo que nunca duerme ve cada acto, el ojo de Dios; y él recuerda todas nuestras obras, y también lo que dejamos sin hacer y debíamos haber hecho. ¿Hay alguna manera de que esa lista que tenemos en contra sea quitada, borrada y olvidada? Sí: hay uno que puede quitar nuestros pecados y volver la negra historia de nuestra vida blanca como la nieve. Ese es Jesucristo, el Hijo de Dios. Él puede perdonar nuestros pecados, como perdonó los pecados de los hombres cuando estaba en la tierra; y anhela que le pidamos perdón. ¿No deberíamos amarlo por esto? ¿Y no deberíamos desear oír hablar de él y conocer toda la tierna historia de su amor?

Estas son, pues, algunas de las razones por las que todos deberíamos procurar conocer la historia de Jesús: porque es el hombre más grande y más famoso que haya vivido jamás; porque su historia está llena de interés y de maravillas, y es verdadera; porque vino a mostrarnos cuán bondadoso y amoroso es Dios, y cuánto desea que lo invoquemos; porque su vida nos muestra un modelo de lo que podemos llegar a ser y nos enseña cómo podemos parecernos a él; porque Jesús ha hecho y sigue haciendo el mundo mejor, más luminoso y más feliz dondequiera que se le conoce; y, lo mejor de todo, porque por medio de Jesús, nuestro Salvador, nuestros pecados pueden ser perdonados y quitados, y podemos ser puros y santos como Jesús lo fue en la tierra.

Con estos pensamientos y propósitos se ha escrito esta Historia de Jesús. ¡Que ayude a muchos, jóvenes y mayores, a conocer mejor a Jesús, a amarlo más y a seguirlo más de cerca!


Capítulo 1 completado

Por qué todos deberían conocer la vida de Cristo

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