La vida de Cristo de Hurlbut para jóvenes y mayores
La vida de un niño en Nazaret

Capítulo 12 · 9 min de lectura · 11 min de escucha

La vida de un niño en Nazaret

EL PEQUEÑO Jesús debía de tener entre dos y cinco años cuando lo llevaron a Nazaret; acababa de dejar de ser un bebé y se estaba convirtiendo en un niño; y Nazaret fue su hogar durante por lo menos veinticinco años, a lo largo de toda su niñez, su adolescencia y su primera juventud.

Jesús no era el único niño que vivía en aquella casita blanca de una sola planta y una sola habitación, en la ladera de la colina. Pronto llegó otro niño, al que llamaron Jacobo, que al crecer llegó a ser un gran hombre, y muchos años después escribió uno de los libros de la Biblia, la Epístola de Santiago. Luego, uno tras otro, llegaron tres niños más: José, Simón y Judas. Cuando leemos ese nombre, «Judas», solemos pensar en el malvado Judas, que vendió al Señor Jesús por unas pocas piezas de plata. Pero aquel era otro Judas. Este Judas, igual que su hermano Jacobo, mucho tiempo después escribió otro libro del Nuevo Testamento, la Epístola de Judas. En algún lugar de la lista de los hijos había dos niñas —puede que hubiera más de dos, pero no se han conservado ni el número ni los nombres de las niñas.

Al cabo de unos años aquella casita debía de estar a menudo llena de gente, con niños que llegaban uno tras otro, y siempre un bebé al que cuidar. Y gran parte del tiempo era también el taller donde el padre, José, hacía su trabajo de carpintero. El suelo de ladrillo o de barro solía estar cubierto de virutas, y las herramientas del carpintero estaban sobre la mesa.

La casa tenía muy pocos muebles: ni sillas, ni cama con colchón, ni estufa, ni cuadros en las paredes. En un rincón se encendía un pequeño fuego para cocinar la comida, y el humo subía por un agujero en el techo, a menos que el viento lo volviera a meter en la habitación. Nunca hacían fuego para calentar la casa en invierno; cuando hacía frío, sencillamente esperaban a que saliera el sol. A veces caía una nevada, pero la nieve rara vez duraba más de dos o tres días. Los hijos de José nunca pasearon en trineo tirado por caballos ni se deslizaron en trineo por las empinadas colinas.

Si tenían una mesa para comer, era muy baja, de menos de dos pies de alto; y se sentaban a su alrededor sobre cojincitos, metiendo las manos o trozos de pan en un mismo plato común para tomar la comida. A veces la mesa no era más que una medida redonda puesta boca abajo; y a veces la comida se servía en el suelo, como nosotros servimos la comida sobre la hierba en un día de campo.

Cuando llegaba la noche, desenrollaban unas esteras, que durante el día se guardaban enrolladas y apoyadas contra la pared, las extendían en el suelo y se acostaban sobre ellas para dormir, echándose encima el largo manto que había sido su ropa de abrigo durante el día. Cuando se cerraba la puerta, la casa quedaba a oscuras, porque su única ventana era un agujerito en la pared; y la alumbraban con una lámpara de aceite, que se ponía sobre un pie alto o sobre una repisita.

Pero de día la casa se usaba poco, porque todo el mundo vivía al aire libre: en el patio abierto de delante, en las calles y en las colinas de alrededor. Los días buenos José sacaba sus herramientas al patio y trabajaba allí la madera. Solemos imaginar a José construyendo casas, porque en nuestro tiempo ese es el trabajo principal de un carpintero. Pero las casas se hacían de barro o de piedra sin labrar, y el carpintero trabajaba muy poco en ellas. Su oficio principal era hacer arados de madera, yugos para los bueyes, las mesitas y el almud, la medida para el grano que había en todas las casas y que también se usaba como mesa.

Había un objeto muy útil que estaba en la casa o en el patio: el molino de mano para moler el grano, hecho de dos piedras redondas y planas. Nuestra harina nos llega de grandes fábricas, pero en aquella tierra cada familia tenía su propio molinito. Echaban el grano por un agujero de la piedra de arriba, y luego hacían girar la piedra vuelta tras vuelta con un mango hasta que el grano quedaba molido en harina. Era un trabajo duro, pero siempre lo hacían las mujeres. A menudo dos mujeres se ayudaban para hacer girar el mango de la piedra de arriba. Muchas veces a María le dolían los brazos de hacer la harina que necesitaba su numerosa familia. Cuando sus hijas se hicieron fuertes, la ayudaban en este trabajo.

Cuando Jesús cumplió seis años, lo mandaron a la escuela con los demás niños. Entre los judíos no había escuelas para niñas, por lo que sabemos. La escuela se tenía en la iglesia del pueblo, a la que llamaban sinagoga. El maestro era siempre un hombre, y por lo general era el encargado de la iglesia, que mantenía el edificio en orden.

Los judíos tenían un nombre muy bonito para la escuela del pueblo. La llamaban «La Viña», como si los niños fueran racimitos de uvas que crecían para madurar al sol. En esta escuela-viña había un solo libro para estudiar: la Biblia. Los judíos tenían solo el Antiguo Testamento, porque el Nuevo Testamento aún no se había escrito. Cada uno de los libros más grandes estaba en un volumen aparte, en forma de un largo rollo de pergamino, es decir, una hoja hecha de piel de oveja bien alisada, sobre la que se escribían las palabras. Varios de los libros más pequeños se escribían en un mismo rollo. En la escuela había una sola copia de la Biblia para todos los alumnos, pero cada niño tenía una tabla y un trozo de tiza, con los que escribía frases de la Biblia y luego se las aprendía de memoria. Cuando se había aprendido su texto, cada alumno borraba su tabla como si fuera una pizarra y escribía en ella una lección nueva. Toda la enseñanza de una escuela judía se basaba en el Antiguo Testamento.

La copia de la Biblia que había en la escuela era por lo general una que se había usado en la iglesia hasta que se había vuelto vieja y gastada. Cuando conseguían un juego nuevo de libros para el culto de la iglesia, daban las copias viejas a la escuela.

Todavía hoy puedes ver en esa misma tierra una escuela de niños igual que las del tiempo en que Jesús era niño. Los niños se sientan en el suelo formando un círculo, y el maestro es uno más del corro. Cuando repiten sus versículos para aprenderlos, todos hablan en voz alta al mismo tiempo, de modo que la escuela es muy ruidosa. Nosotros no podríamos estudiar con semejante alboroto, pero a ellos no parece importarles.

La escuela no era muy dura en aquel país. Nuestros niños tienen un día libre de escuela cada semana, pero en la escuela donde aprendió Jesús tenían dos días libres cada semana, además del día de reposo. Aparte de esos días libres, había un largo descanso de tres horas a mitad de cada día, y no había clase en absoluto si el día era muy caluroso.

Cuando Jesús era pequeño, el padre, José, lo llevaba a la iglesia, que, como recordarás, llamaban sinagoga. Los hombres y los niños se sentaban en el suelo sobre alfombras o esteras, mientras que las mujeres y las niñas estaban en una galería, mirándolos desde arriba. Todos los hombres y los niños llevaban puesto el sombrero en la iglesia. Sus sombreros eran turbantes de tela enrollados alrededor de la cabeza. Pero cada uno, al entrar por la puerta, se quitaba los zapatos o las sandalias, y estaba descalzo en la iglesia a la hora del culto. Si a la hora del culto vas a una iglesia musulmana de aquel país —a la que llaman mezquita—, verás todos los zapatos puestos en fila fuera de la puerta.

En la iglesia no tenían ningún ministro que dirigiera el culto y predicara un sermón. Los hombres se turnaban para dirigir el culto. Uno leía de una parte del Antiguo Testamento, otro de otra. Si encontraban a un niño que leía bien, a menudo lo llamaban para que leyera la Biblia en el culto de la iglesia. Tenían oraciones, que siempre se leían de un libro; cantaban juntos los Salmos; y cualquiera que quisiera hablar podía hacerlo.

Pero no debemos imaginar al niño Jesús siempre en la escuela o en la iglesia. Era un niño fuerte, robusto y sano. Le encantaba la vida al aire libre; conocía las flores que crecían en los campos y los pájaros que volaban por el aire. Jugaba con otros niños y conocía todos sus juegos. Mucho tiempo después, mientras enseñaba, mencionó una vez dos de esos juegos. Uno era el de la boda, en el que cantaban y bailaban; el otro era el del entierro, en el que lloraban a gritos y hacían un lamento triste. Sabemos también que en aquellos tiempos los niños jugaban a la pelota y a las canicas, y a un juego parecido a los bolos.

Jesús no era un niño solitario, que viviera apartado. Siempre le gustó tener a otros a su alrededor. Cuando ya era hombre y viajaba enseñando por toda la tierra, tenía a sus doce amigos escogidos, que estaban siempre con él; y podemos estar seguros de que de niño le gustaba estar con otros niños y que, a su vez, los niños de su pueblo lo querían.

Podemos estar seguros también de que creció siendo un niño bueno, que siempre procuraba hacer lo correcto, en casa, en la escuela o en el juego. En casa ayudaba a José en su taller, y a su madre en sus quehaceres o cuidando a los hermanos más pequeños; en la escuela sabemos que se aprendió los versículos de la Biblia, porque años después siempre podía recordarlos y citarlos; y en el juego era siempre justo, de buen corazón y bien dispuesto. Se nos dice que crecía en sabiduría y en gracia para con Dios y con todos. En otras palabras, era un niño al que todo el mundo quería.


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