Capítulo 13 · 5 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Las diversiones
Los jóvenes necesitan recreación. Nuestro Salvador no desaprueba la recreación sana. Se interesaba en los juegos de los niños cuando estuvo aquí en la tierra. Observaba a los niños en sus juegos (Mat. 12:16-19), y observa hoy a los niños en sus juegos, y se deleita en su juego cuando es sano y elevado. En la tensión y el esfuerzo de la vida moderna, también las personas mayores necesitan recreación si han de hacer su mejor trabajo. Pero hay recreaciones que son sanas, y hay diversiones que son perniciosas. Es imposible tratar las diversiones una por una, y es innecesario. Se pueden establecer unos pocos principios.
1. No te entregues a ninguna forma de diversión sobre cuya rectitud tengas alguna duda. Siempre que estés en duda, concede siempre a Dios el beneficio de la duda. Hay abundancia de recreaciones sobre las cuales no puede haber cuestión alguna. “El que duda es condenado; porque todo lo que no es de fe, es pecado” (Rom. 14:32, R. V.). Muchos cristianos jóvenes dirán: “No estoy seguro de que esta diversión sea mala.” ¿Estás seguro de que es buena? Si no, déjala.
2. No te entregues a ninguna diversión en la que no puedas participar para la gloria de Dios. “Si pues coméis, ó bebéis, ó hacéis otra cosa, hacedlo todo á gloria de Dios” (1 Cor. 10:31). Siempre que estés en duda sobre si debes participar en alguna diversión, pregúntate: ¿Puedo hacer esto, en este momento, para la gloria de Dios?
3. No participes en ninguna diversión que dañe tu influencia sobre alguien. Hay diversiones que quizá en sí mismas son correctas, pero en las que no podemos participar sin perder nuestra influencia sobre alguien. Ahora bien, todo verdadero cristiano desea que su vida influya en todos hasta el sumo grado. Hay tanto por hacer y tan pocos para hacerlo, que todo cristiano ansía hasta la última pizca de poder para el bien que pueda tener sobre todos; y si alguna diversión daña tu influencia para el bien sobre alguien, el precio es demasiado alto. No participes en ella. Una joven cristiana tenía un gran deseo de guiar a otros a Cristo. Resolvió hablar a un joven amigo suyo acerca de venir a Cristo, y mientras descansaba entre las figuras de un baile, dijo al joven que era su compañero en el baile: “George, ¿eres cristiano?” “No”, dijo él, “no lo soy; ¿y tú?” “Sí”, respondió ella, “lo soy.” “Entonces”, dijo él, “¿qué haces aquí?” Con justicia o sin ella, el mundo desestima la profesión de fe de aquellos cristianos que se entregan a ciertas formas de las diversiones propias del mundo. No podemos permitirnos que nuestra profesión de fe sea así desestimada.
4. No participes en ninguna diversión que no puedas hacer asunto de oración, sobre la cual no puedas pedir la bendición de Dios. Ora antes de tu recreo tanto como orarías antes de tu trabajo.
5. No vayas a ningún lugar de diversión al que no puedas llevar a Cristo contigo, y donde no creas que Cristo se sentiría a gusto. Cristo fue a lugares de alegría cuando estuvo aquí en la tierra. Fue a las bodas de Caná (Jn. 2), y contribuyó al gozo de la ocasión; pero hay muchos lugares modernos de diversión donde Cristo no se sentiría a gusto. ¿Sería la atmósfera del teatro moderno grata a aquel Santo a quien llamamos “Señor”? Si no lo fuera, no vayas tú.
6. No participes en ninguna diversión disfrutando de la cual no quisieras ser hallado si el Señor viniese. Él puede venir en cualquier momento. Bienaventurado aquel a quien, cuando él venga, halle velando y apercibido, y gozoso de abrirle en seguida (Luc. 12:36, 40). Tengo un amigo que un día iba caminando por la calle pensando en el retorno de su Señor. Mientras pensaba, iba fumando un cigarro. Le vino el pensamiento: “¿Te gustaría encontrarte con Cristo ahora, con ese cigarro en la boca?” Respondió con honradez: “No, no me gustaría.” Arrojó aquel cigarro y nunca encendió otro.
7. No participes en ninguna diversión, por inofensiva que fuera para ti mismo, que pudiera dañar a otro. Toma, por ejemplo, el juego de naipes. Es probable que miles hayan jugado a los naipes con moderación toda su vida sin sufrir jamás ningún daño moral directo por ello; pero todo el que ha estudiado el asunto sabe que los naipes son los instrumentos predilectos de los jugadores. También sabe que la mayoría de los jugadores, si no todos, tomaron sus primeras lecciones de juego de naipes en la tranquila mesa de naipes de la familia. Sabe que si un joven sale al mundo sabiendo jugar a los naipes y entregándose en algo a esta diversión, en poco tiempo se verá en un lugar donde le pedirán que juegue a los naipes por dinero, y si no consiente, se meterá en serios apuros. El juego de naipes es una diversión peligrosa para el joven común. Es casi seguro que conduce al juego de azar en mayor o menor escala, y uno de los males sociales más clamorosos de nuestro tiempo es el mal del juego de azar. Algún joven puede ser animado a jugar a los naipes por tu juego, y después llegará a ser un jugador, y parte de la responsabilidad recaerá sobre ti. Si pudiera repetir todas las historias que me han llegado de hombres con el corazón destrozado cuyas vidas naufragaron en la mesa de juego; si pudiera contar de todas las madres con el corazón destrozado que han venido a mí, algunas de ellas de alta posición, cuyos hijos se han suicidado en Montecarlo y en otros lugares, arruinados por los naipes, creo que todos los cristianos reflexivos y verdaderos los abandonarían para siempre.
Para la mayoría de nosotros, las recreaciones más provechosas son las que exigen un considerable gasto de energía física. Recreaciones que nos llevan al aire libre, recreaciones que nos dejan renovados en el cuerpo y vigorizados en la mente. El ejercicio físico de tipo vigoroso, pero sin excederse, es una de las grandes salvaguardas de la conducta moral de los muchachos y los jóvenes. Hay muy poca recreación en mirar a otros jugar el más vigoroso partido de fútbol; pero hay verdadera salud para el cuerpo y para el alma en una debida cantidad de ejercicio físico hecho por uno mismo.