Capítulo 12 · 5 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Las compañías
Nuestras compañías tienen mucho que ver con la formación de nuestro carácter. Las amistades que formamos crean una atmósfera intelectual, moral y espiritual que respiramos de continuo, y nuestra salud espiritual se ve favorecida o perjudicada por ella. Todo cristiano joven debería tener unos pocos amigos sabiamente escogidos, amigos íntimos, con quienes pueda hablar con libertad. Búscate unas pocas personas más o menos de tu edad con quienes puedas tratarte íntimamente. Asegúrate de que sean personas espirituales en el mejor sentido. Personas que aman estudiar la Biblia, personas que aman conversar sobre temas espirituales, personas que saben orar y oran, personas que de veras trabajan para traer a otros a Cristo.
No te inquietes en lo más mínimo por el hecho de que algunos cristianos te resulten más agradables que otros. Dios nos ha hecho así. Unos se sienten atraídos hacia ciertas personas y otros hacia otras, y no prueba nada contra los demás ni contra ti mismo el que no te atraigan como te atraen algunas personas. Cultiva la amistad de aquellos cuya amistad halles provechosa para tu propia vida espiritual.
Por otra parte, evita las compañías que halles perjudiciales espiritual y moralmente. Por supuesto, no hemos de apartarnos por completo de las personas no convertidas, ni siquiera de las personas muy malas. Muchas veces hemos de cultivar el trato con personas no espirituales, y aun con personas muy malas, a fin de ganarlas para Cristo; pero en tales compañías debemos estar siempre alerta y tener presente que hemos de procurar levantarlas, pues de lo contrario, con toda seguridad, ellas nos arrastrarán hacia abajo. Si, a pesar de todo tu mejor esfuerzo, hallas que alguna compañía está dañando tu propia vida espiritual, entonces abandónala. Algunas personas están rodeadas de una atmósfera tal de incredulidad, o de cinismo, o de censura, o de impureza, o de codicia, o de alguna otra cosa mala, que es imposible tratarse con ellas en gran medida sin quedar contaminado. En tal caso, el camino de la sabiduría es claro: deja de tratarte con ellas en gran medida. Deja de tratarte con ellas por completo, salvo en la medida en que haya alguna posibilidad de ayudarlas.
Pero hay otras compañías que moldean nuestra vida, además de la de las personas vivas. Los libros que leemos son nuestros compañeros. Ejercen una tremenda influencia para bien o para mal. No hay nada que nos ayude más que un buen libro, y no hay nada que nos dañe más que un mal libro. Entre los libros más provechosos están las biografías de los hombres buenos. Lee una y otra vez las vidas de hombres tan buenos y verdaderamente grandes como Wesley, Finney y Moody. Vivimos en un tiempo en que abundan las buenas biografías. Léelas. Las historias bien escritas son buenas compañeras. Ningún estudio es más práctico e instructivo que el estudio de la historia, y no solo es instructivo, sino espiritualmente provechoso, con tal de que observemos la mano de Dios en la historia, el inevitable triunfo del bien y el inevitable castigo del mal en los individuos y en las naciones.
Unos pocos libros de ficción son provechosos, pero aquí uno necesita estar muy en guardia. Gran parte de la ficción moderna es positivamente perniciosa desde el punto de vista moral. Los libros de ficción que no son positivamente malos, al menos dan ideas falsas de la vida y le incapacitan a uno para la vida tal como realmente es. Leer mucha ficción es mentalmente dañino. El lector empedernido de novelas arruina su capacidad de pensar con rigor y claridad. La ficción es tan fascinante que siempre tiende a expulsar otras lecturas más provechosas mental y moralmente. Debemos estar en guardia aun al leer buena literatura, para que lo bueno no desplace a lo mejor; es decir, para que lo mejor de la literatura del hombre no desplace a lo mejor de todo: el Libro de Dios. El Libro de Dios, la Biblia, debe tener siempre el primer lugar.
Luego hay otra clase de compañía que tiene una tremenda influencia sobre nuestra vida, y es la compañía de las imágenes. Las imágenes que vemos todos los días de nuestra vida, y las imágenes que vemos solo de vez en cuando, tienen un tremendo poder en la formación de nuestra vida. Una madre tenía dos hijos muy amados. Era su sueño y su anhelo que estos hijos entraran en el ministerio, pero ambos se hicieron a la mar. No podía comprenderlo hasta que un día una amiga le hizo notar el cuadro de un magnífico barco a toda vela surcando el océano, que colgaba sobre la repisa de la chimenea en el comedor. Cada día de su vida sus muchachos habían contemplado aquel cuadro, se habían emocionado con él, y así se había engendrado un amor invencible por el mar y un anhelo de él, y esto había determinado sus vidas. ¡Cuántos cuadros que son obras maestras del arte, pero en los que hay una sugestión perversa, han lanzado a algunos jóvenes por el camino de la ruina! Muchas de nuestras colecciones de arte están tan contaminadas de imágenes indecorosas que no es seguro para un joven o una joven visitarlas. El pensamiento malo que sugieren puede durar solo un instante, y sin embargo Satanás sabrá traer de nuevo esa imagen una y otra vez y obrar daño por medio de ella. No mires ni por un instante ninguna imagen, por muy alabada que sea por los críticos de arte, que manche tu imaginación con una sugestión perversa. Evita como evitarías el veneno toda pintura, o grabado, todo aguafuerte, toda fotografía que deje una mancha de impureza en tu mente; pero deleita tu alma en las imágenes que te hacen más santo, más bondadoso, más compasivo y más tierno.