Capítulo 14 · 6 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
La persecución
Uno de los desalientos que sale al encuentro de todo verdadero cristiano antes de que haya avanzado mucho en la vida cristiana es la persecución. Dios nos dice en su Palabra que “todos los que quieren vivir píamente en Cristo Jesús, padecerán persecución” (2 Tim. 3:12). Tarde o temprano, todo el que se rinde absolutamente a Dios y procura seguir a Jesucristo en todo hallará que este versículo es verdadero. Vivimos en un mundo que aborrece a Dios y en una época transigente. El odio del mundo hacia Dios en nuestros días está velado. No se expresa en nuestra tierra de la misma manera en que se expresaba en Palestina en los días de Jesucristo, pero el mundo aborrece a Dios hoy tanto como siempre, y aborrece al que es leal a Cristo. Quizá no lo encarcele ni lo mate, pero de algún modo lo perseguirá. La persecución es inevitable para un seguidor leal de Jesucristo. Muchos cristianos jóvenes, cuando se encuentran con la persecución, se sorprenden y se desalientan, y no pocos se apartan. Muchos parecen correr bien por unos días, pero, como aquellos de quienes habló Jesús, “no tienen raíz en sí, antes son temporales, que en levantándose la tribulación ó la persecución por causa de la palabra, luego se escandalizan” (Mar. 4:17). He visto muchas vidas cristianas en apariencia prometedoras llegar a su fin de esta manera. Pero si la persecución se recibe rectamente, deja de ser un estorbo para la vida cristiana y se vuelve una ayuda para ella.
No te desalientes cuando seas perseguido. Por feroz y dura que sea la persecución, da gracias por ella. Jesús dice: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo. Gozaos y alegraos; porque vuestra merced es grande en los cielos: que así persiguieron á los profetas que fueron antes de vosotros” (Mat. 5:10-12). Es un gran privilegio ser perseguido por Cristo y por la verdad. Pedro descubrió esto y escribió a los cristianos de su tiempo: “Carísimos, no os maravilléis cuando sois examinados por fuego, lo cual se hace para vuestra prueba, como si alguna cosa peregrina os aconteciese; antes bien gozaos en que sois participantes de las aflicciones de Cristo; para que también en la revelación de su gloria os gocéis en triunfo. Si sois vituperados en el nombre de Cristo, sois bienaventurados; porque la gloria y el Espíritu de Dios reposan sobre vosotros. Cierto, según ellos, él es blasfemado, mas según vosotros es glorificado” (1 Ped. 4:12-14). Ten muy por seguro que la persecución sea realmente por causa de Cristo, y no a causa de alguna excentricidad tuya, o de tu terquedad. Hay muchos que atraen sobre sí el disgusto de los demás porque son tercos y maniáticos, y luego se lisonjean de que están siendo perseguidos por causa de Cristo y por causa de la justicia. Sé considerado con las opiniones de los demás y sé considerado con la conducta de los demás. Cuídate de no imponer tus opiniones a los demás de manera injustificable, ni de hacer de tu conciencia una regla de vida para otras personas. Pero nunca cedas ni un ápice de principio. Defiende lo que crees que es la verdad. Hazlo con amor, pero hazlo a cualquier precio. Y si, al defender la convicción y el principio, te aborrecen por ello y te calumnian por ello y te tratan con toda clase de crueldad a causa de ello, no te entristezcas, sino regocíjate. No hables mal de los que hablan mal de ti, “porque para esto sois llamados; pues que también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que vosotros sigáis sus pisadas: quien cuando le maldecían, no retornaba maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino remitía la causa al que juzga justamente” (1 Ped. 2:21, 23).
En este punto muchos cristianos cometen un error. Defienden lealmente la verdad, pero reciben con dureza la persecución que viene por la verdad, se amargan, y llegan a condenar a todos menos a sí mismos. No hay bendición en soportar la persecución de esa manera. La persecución debe soportarse con mansedumbre, con amor, con serenidad. No hables de tus propias persecuciones. Regocíjate en ellas. Da gracias a Dios por ellas, y sigue obedeciendo a Dios. Y no te olvides de amar a los que te persiguen y de orar por ellos (Mat. 5:44).
Si en algún momento la persecución parece más dura de lo que puedes soportar, recuerda cuán abundante es el galardón: “Si sufrimos, también reinaremos con él: si le negáremos, él también nos negará” (2 Tim. 2:12). Es menester que por muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hech. 14:22), pero no retrocedas por eso. Recuerda siempre, por ferozmente que arda el fuego de la persecución, “que las aflicciones del tiempo presente no son dignas de compararse con la gloria venidera que en nosotros ha de ser manifestada” (Rom. 8:18). Recuerda también que tu leve tribulación es solo por un momento, y que obra para ti “un sobremanera alto y eterno peso de gloria” (2 Cor. 4:17). Sigue mirando, no a las cosas que se ven, sino a las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven son eternas (2 Cor. 4:18). Cuando los apóstoles fueron perseguidos, hasta el punto de ser encarcelados y azotados, partieron de delante del concilio que había ordenado su terrible castigo, gozosos de que fuesen tenidos por dignos de padecer afrenta por el nombre de Jesús, y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo (Hech. 5:40-42).
Puede llegar el momento en que pienses que se te persigue más que a otros, pero no sabes lo que otros quizá tengan que soportar. Aun cuando fuera verdad —que se te perseguía más que a cualquier otro—, no deberías quejarte, sino dar humildemente gracias a Dios de que te haya conferido tal honra. Mantén tus ojos fijos en “Jesús, el autor y consumador de la fe; el cual, habiendo propuesto delante de sí el gozo, sufrió la cruz, menospreciando la vergüenza, y se sentó á la diestra del trono de Dios. Reducid pues á vuestro pensamiento á aquel que sufrió tal contradicción de pecadores contra sí mismo, porque no os fatiguéis en vuestros ánimos desmayando” (Heb. 12:2, 3). Una vez conversaba yo con un anciano de color que en los días de la esclavitud había hallado a su Salvador. El cruel amo lo hizo azotar una y otra vez por su lealtad a Cristo, pero él me dijo: “Sencillamente pensaba en mi Salvador muriendo en la cruz en mi lugar, y me regocijaba de sufrir persecución por él.”