Cómo traer a los hombres a Cristo
Cómo tratar con los escépticos y los incrédulos declarados

Capítulo 8 · 13 min de lectura · 17 min de escucha

Cómo tratar con los escépticos y los incrédulos declarados

Hay diversas clases de escépticos, y los mismos métodos de tratarlos no servirán para todos.

1. Los escépticos que no son más que frívolos. Con estos usa 1 Corintios 1:18. Si un hombre dice que la Biblia es locura para él, puedes decirle: «Sí, eso es precisamente lo que dice la Biblia misma». Probablemente se sorprenderá de esta respuesta, y entonces puedes mostrarle 1 Corintios 1:18: «La palabra de la cruz es locura a los que se pierden». Luego puedes decirle: «Ya ves que la Biblia dice que es locura para algunos —para los que se pierden— y la razón de que sea locura para ti es que te estás perdiendo». 1 Corintios 2:14 puede usarse de manera semejante. Un obrero trataba una noche con un hombre que, mientras él procuraba persuadirlo a venir a Cristo, le dijo: «Todo lo que usted está diciendo es locura para mí». El obrero respondió en seguida: «Sí, eso es precisamente lo que dice la Biblia». El hombre lo miró asombrado y dijo: «¿Qué?». «Usted dijo que todo lo que le he estado diciendo era locura para usted, y eso es precisamente lo que dice la Biblia». El hombre quedó entonces más asombrado que nunca, y el obrero le hizo buscar 1 Corintios 2:14: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente». El hombre dijo: «Nunca había visto eso; nunca lo había pensado de esa manera». 2 Corintios 4:3, 4 es muy útil para mostrar al frívolo que está perdido y que su escepticismo nace del hecho de que «el dios de este siglo le ha cegado el entendimiento». 2 Tesalonicenses 2:10‒12 es útil para mostrar el origen del escepticismo, «por cuanto no recibieron el amor de la verdad», y las consecuencias del escepticismo: el engaño y la condenación. Juan 8:21, 24 también es muy penetrante para tratar con esta clase de escépticos, pues muestra las terribles consecuencias de la incredulidad. Juan 5:44; 3:18, 19, 20 ponen al descubierto el origen del escepticismo. Salmos 14:1 es útil en algunos casos, aunque hay que ser prudente al usarlo, y usarlo solamente cuando pueda hacerse con seriedad y ternura. 2 Tesalonicenses 1:7, 8 también puede usarse con buenos resultados.

2. Los escépticos serios. Hay en nuestros días una gran clase de hombres y mujeres que de verdad desean conocer la verdad, pero que están en una completa niebla de escepticismo. Juan 7:17 es un pasaje muy útil para tratar con ellos. Muestra el camino que lleva del escepticismo a la fe. Consigue que el escéptico actúe conforme a ese versículo. Hazle la pregunta: «¿Quieres rendir tu voluntad a Dios y prometer buscar con honradez y empeño cuál es la voluntad de Dios para hacerla; pedir a Dios que te muestre si necesitas un Salvador y si Jesús es un Salvador divino, el Hijo de Dios; y prometes que, si Dios te muestra que Jesús es el Hijo de Dios, lo aceptarás como tu Salvador y lo confesarás delante del mundo?». Haz que concrete su promesa poniéndola por escrito, negro sobre blanco. Si logras que haga esto, su escepticismo pronto echará a volar.

Una noche, al terminar un culto, pregunté a un caballero por qué no era cristiano. Me respondió: «Se lo diré. No hablo mucho de ello, porque no me enorgullezco de ello como algunos, pero soy escéptico. He pasado noches en vela pensando en este asunto». «¿Cree usted que hay un Dios?». «Sí, nunca abandoné mi fe en que había un Dios». «Pues bien, si hay un Dios, usted debe obedecerle. ¿Quiere esta noche tomar posición sobre la voluntad de Dios, para seguirla adondequiera que le lleve, aunque le lleve por encima de las cataratas del Niágara?». «Procuro obrar lo más rectamente que sé». «No es eso lo que le pregunté; ¿quiere tomar posición sobre la voluntad de Dios para seguirla adondequiera que le lleve?». «Nunca lo había planteado así». «¿Quiere plantearlo así esta noche?». «Sí, quiero». «¿Cree usted que Dios contesta la oración?». «No lo sé; me temo que no». «¿No sabe usted que no la conteste?». «No». «Pues bien, aquí tiene una posible pista hacia la verdad; ¿quiere seguirla? ¿Quiere pedir a Dios que le muestre si Jesús es su Hijo, y cuál es el deber de usted respecto a él?». «Sí, quiero». No mucho después, aquel hombre entró en una reunión con una expresión nueva en el rostro. Se levantó y dijo: «Yo estaba completamente en la niebla. No creía nada». Luego nos contó lo que había hecho. Había hecho exactamente lo que prometió. «Y ahora —continuó—, todas mis dudas se han ido. No sé adónde se han ido, pero se han ido». Si el escéptico no quiere obrar de esta manera, puedes «taparle la boca» mostrándole que no es un escéptico honrado y que su problema no es su escepticismo, sino su pecado. Si el hombre no cree que hay un Dios, puedes empezar un paso más atrás. Pregúntale si cree que hay una diferencia absoluta entre el bien y el mal (si no lo cree, no es más que un frívolo). Si dice que sí, pregúntale si quiere tomar posición sobre el bien y seguirlo adondequiera que le lleve. Puede que trate de esquivarte diciendo: «¿Qué es el bien?», o que ya hace el bien lo mejor que sabe. Consigue que prometa que tomará posición sobre el bien, sea lo que sea que descubra que es, y que lo seguirá, cualesquiera que sean las consecuencias. Luego muéstrale que, si es honrado en esta promesa, procurará averiguar qué es el bien. A continuación dile: «Tú no sabes si Dios contesta la oración o no. Yo sé que la contesta, y tendrás que admitir que aquí hay una posible pista hacia el conocimiento. Si eres honrado en tu deseo de conocer la verdad, seguirás esta posible pista. Puedes ponerte de rodillas y por lo menos orar: “Oh Dios mío, si hay un Dios, enséñame tu voluntad y la haré. Muéstrame si Jesús es tu Hijo o no. Si me muestras que lo es, lo aceptaré como mi Salvador y lo confesaré delante del mundo”». Después dile al hombre que empiece a leer el Evangelio de Juan, leyendo despacio y con reflexión, solo unos pocos versículos cada vez, pidiendo a Dios luz cada vez antes de leer y prometiendo a Dios que seguirá la luz tan pronto como él se la aclare. Si el hombre sigue este camino racional, en todos los casos el escéptico saldrá a la clara luz de la fe en la Biblia como Palabra de Dios, y en Jesucristo como Hijo de Dios. Si el hombre no es un escéptico honrado, este tratamiento lo pondrá de manifiesto, y entonces podrás mostrarle que la dificultad no está en su escepticismo, sino en su corazón rebelde.

Si el hombre dice que no sabe si hay una diferencia absoluta entre el bien y el mal, puedes concluir en seguida que anda mal, y volverte hacia él con bondad y seriedad y decirle: «Amigo mío, hay algo malo en tu vida; ningún hombre que vive rectamente duda de que haya una diferencia entre el bien y el mal. Seguramente tú sabes qué es lo malo, y el problema no está en tu escepticismo, sino en tu pecado». Una tarde, después de invitar a cualquier escéptico, o a cualquier otra persona que deseara hablar conmigo, a quedarse después de la reunión, se quedó un joven con quien yo había tratado algunos meses antes. Le pregunté cuál era su dificultad. Me respondió: «La misma dificultad que le dije en la primavera: no puedo creer que haya un Dios». Le pregunté si había hecho lo que yo le había aconsejado en nuestra conversación anterior, si había tomado posición sobre el bien para seguirlo adondequiera que le llevara. Me respondió que no sabía que hubiera diferencia alguna entre el bien y el mal. «No sé que exista tal cosa como el bien». Lo miré directamente a los ojos y le dije: «¿Hay algún pecado en tu vida?».

Dijo: «Sí». Le dije: «¿Cuál es?». Respondió: «El mismo que le dije la primavera pasada». Le dije: «Prometiste dejarlo; ¿lo has dejado?». Dijo: «No, no lo he dejado». «Pues bien —le dije—, ahí está la dificultad, no en tu escepticismo. Deja ese pecado y tu escepticismo se resolverá por sí solo». Con cierta confusión respondió: «Supongo que ese es el problema».

3. Los que dudan de la existencia de Dios.

Los pasajes indicados en los puntos 1 y 2 también pueden usarse con esta clase, y por lo general es prudente usarlos antes que los que se dan en este apartado. Hay, sin embargo, tres pasajes que muchas veces son eficaces con esta clase particular de escépticos. Salmos 14:1: antes de usar este pasaje puedes decirle al hombre: «Déjame leerte de la propia Palabra de Dios lo que él dice acerca de los que niegan su existencia». Muchas veces conviene dejar que el pasaje haga su propia obra. Otras veces, sin embargo, es prudente detenerse un poco en él. Llama la atención del hombre al hecho de que es «en su corazón» donde el necio dice: «No hay Dios». No cree que hay un Dios porque no quiere creerlo. Puedes añadir que la necedad de decir en el corazón que no hay Dios se ve en dos puntos: primero, hay un Dios, y es necedad decir que no lo hay; y segundo, la doctrina de que no hay Dios siempre trae miseria y desdicha. Plantéaselo directamente al hombre y pregúntale si alguna vez conoció a un ateo feliz. Salmos 19:1, 2 y Romanos 1:19‒22 también son pasajes eficaces.

4. Los que dudan de que la Biblia sea la Palabra de Dios.

Romanos 3:3, 4 es útil para mostrar que poner en duda un hecho no altera el hecho. Mateo 24:35 es usado a menudo por el Espíritu para llevar al corazón del escéptico la certeza y la inmutabilidad de la Palabra de Dios. Marcos 7:13; Mateo 5:18; Juan 10:35; Lucas 24:27, 44 son útiles porque dan el testimonio de Cristo de que el Antiguo Testamento es la Palabra de Dios. Son de especial ayuda para tratar con los que dicen que aceptan la autoridad de Cristo, pero no la del Antiguo Testamento, porque en ellos Cristo pone su sello a las Escrituras del Antiguo Testamento, y muestran de manera concluyente que, si aceptamos su autoridad, tenemos que aceptar también la del Antiguo Testamento. En la misma línea, Juan 14:26 y 16:12, 13 son útiles porque contienen el respaldo de Cristo al Nuevo Testamento.

1 Tesalonicenses 2:13 puede usarse con buen efecto para responder a la afirmación que se hace a menudo de que Pablo en ninguna parte pretende que su enseñanza sea la Palabra de Dios. 2 Pedro 1:21; Juan 8:47; Lucas 16:30, 31 también pueden usarse para tratar con esta clase. 1 Juan 5:10 es muy eficaz para mostrar la culpa de los que no creen el testimonio que Dios ha dado. Antes de usar este último pasaje puedes decir: «¿Así que dudas de que la Biblia sea la Palabra de Dios? Veamos ahora lo que Dios dice acerca de los que no creen su testimonio»; luego llévalos al pasaje y haz que lo lean.

5. Los que dudan de una existencia futura.

1 Corintios 15:35‒36; Juan 5:28‒29; Daniel 12:2.

6. Los que dudan de la doctrina del castigo futuro, o del sufrimiento consciente y sin fin de los perdidos. Apocalipsis 21:8 define qué significa «muerte» cuando se usa en las Escrituras. Apocalipsis 17:8, comparado con Apocalipsis 19:20, muestra qué significa perdición o destrucción en las Escrituras. Apocalipsis 19:20, comparado con Apocalipsis 20:10, muestra que «el lago de fuego» no es un lugar donde los que son arrojados a él dejan de existir, porque en este último pasaje hallamos que la bestia y el falso profeta siguen allí al cabo de mil años, y que, lejos de haber sido aniquilados o de haber perdido la existencia consciente, son atormentados día y noche por los siglos de los siglos. Apocalipsis 13:7‒8 muestra que los que están sujetos a la terrible retribución aquí descrita son aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida. Mateo 10:28 muestra que hay destrucción para el alma aparte de la destrucción del cuerpo. Lucas 12:5 muestra que, después de que uno ha sido muerto y, desde luego, está muerto, hay un castigo en el «infierno». Marcos 3:28‒29 (en la Revised Version inglesa) muestra que existe el pecado eterno. Lucas 16:23‒26 muestra que la condición de los impíos muertos es de tormento consciente. Marcos 14:21 muestra que la retribución que cae sobre el impío es de un carácter tan severo que mejor le sería a aquel sobre quien cae no haber nacido.

2 Pedro 2:4 y Judas 6 muestran que el infierno no es un lugar donde sus moradores dejan de existir, sino donde son reservados con vida para el propósito de Dios. Hebreos 10:28‒29 muestra que, mientras que el castigo por la transgresión de la ley mosaica era la muerte, un castigo mucho mayor espera a los que han «pisoteado al Hijo de Dios». Mateo 25:41 arroja más luz sobre el tema. Muestra que los impíos van al mismo lugar que la Bestia, el Falso Profeta y el Diablo mencionados en Apocalipsis 19:20 y 20:10, y comparten el mismo tormento consciente y sin fin.

7. Los que dudan de la divinidad de Cristo.

a. En Hechos 10:36; 1 Corintios 2:8, compárese Salmos 24:8‒10; Hebreos 1:8; Juan 20:28; Romanos 9:5; Apocalipsis 1:17, compárese Isaías 44:6, hallamos varios títulos divinos aplicados a Cristo: en el Nuevo Testamento se aplican a Cristo los mismos títulos que en el Antiguo se aplican a Jehová.

b. En Hebreos 1:10, 3 hallamos funciones divinas atribuidas a Cristo.

c. En Juan 5:22‒23, compárese Apocalipsis 5:13; Hebreos 1:6; Filipenses 2:10, hallamos la enseñanza de que Jesucristo debe ser adorado como Dios.

d. En Juan 5:22‒23 hallamos a Jesús reclamando la misma honra que su Padre; o bien él era divino, o bien era el impostor más blasfemo que jamás haya existido. Haz que cale hondo que quien niega la divinidad de Cristo lo pone en el lugar de un impostor blasfemo. Marcos 14:61, 62 puede usarse de manera semejante.

e. 1 Juan 2:22, 23, comparado con 1 Juan 5:1, 5, muestra que el que niega la divinidad de Cristo, sea quien sea, es un mentiroso y un anticristo. 1 Juan 5:10‒12 muestra que el que no cree que Jesús es divino hace a Dios mentiroso, «porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo». Hebreos 10:28‒29 muestra la necedad, la culpa y el castigo de rechazar a Cristo como Hijo de Dios. Juan 8:24 muestra fuera de toda duda que nadie que no crea en la divinidad de Jesucristo será salvo. Juan 20:31 muestra que tenemos vida por creer que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios.

(Nota: por regla general, antes de abordar dificultades particulares, lo mejor es tratar con el inquirente usando los pasajes del apartado «Los escépticos que no son más que frívolos», o los del apartado «Los escépticos serios»).

Muchas veces no hay necesidad de abordar cuestiones particulares, como por ejemplo la del castigo futuro, hasta que el inquirente haya resuelto primero si va a aceptar a Cristo como su Salvador.

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