Cómo traer a los hombres a Cristo
Cómo tratar con los que se quejan

Capítulo 9 · 6 min de lectura · 8 min de escucha

Cómo tratar con los que se quejan

1. Los que se quejan de Dios.

Muchos a quienes deseas llevar a Cristo dirán algo parecido a que Dios es injusto y cruel. Job 40:2 y Romanos 9:20 son pasajes muy certeros para usar con inquirentes de esta clase, y no necesitan comentario. Quizá convenga introducir la lectura de los pasajes con una observación como esta: «¿Sabes qué pecado tan enorme cometes al acusar a Dios de ser injusto y cruel? Déjame leerte lo que Dios dice de ello en su Palabra». Luego lee los pasajes. Romanos 11:33 servirá para mostrar a los que se quejan que la razón por la que los caminos de Dios les parecen injustos y crueles es que son tan profundos e inescrutables; y que el problema no está en los caminos de Dios, sino en los límites de su propio entendimiento. Hebreos 12:5, 7, 10, 11 es especialmente útil en los casos en que el inquirente se queja por sus propias desgracias o penas. Isaías 55:8‒9 resultará muchas veces de ayuda. No es raro encontrarte con alguien que dirá que «Dios es injusto al crear a los hombres y luego condenarlos». Lleva a esa persona a Ezequiel 33:11. Este pasaje responde a esa queja mostrando que Dios no quiere la muerte del impío, sino que desea su bien, y que los impíos atraen sobre sí la condenación por su obstinada negativa a arrepentirse. 1 Timoteo 2:3‒4 muestra que Dios, lejos de crear al hombre para condenarlo, quiere que todos los hombres sean salvos. 2 Pedro 3:9 enseña que Dios no quiere que ninguno perezca y que demora sus propósitos para que todos procedan al arrepentimiento. Juan 5:40 y Mateo 23:37 muestran que toda la causa de la condenación del hombre es su propia negativa, voluntaria y persistente, a venir a Cristo. Juan 3:36 y 3:16 también son útiles en muchos casos.

2. Los que se quejan de la Biblia. Muchas veces los hombres dirán: «La Biblia es contradictoria y absurda»; o «la Biblia me parece una necedad». Se pueden usar dos clases de pasajes al tratar con tales inquirentes.

a. 1 Corintios 1:18; 2:14; 2 Corintios 4:3‒4; Daniel 12:10; Romanos 11:33, 34 y, en casos extremos, 2 Tesalonicenses 2:10, 11, 12.

b. Juan 7:17; Salmos 25:14; Mateo 11:25 (véanse las observaciones sobre «Los escépticos serios» y «Los escépticos que no son más que frívolos»). A veces lo mejor que se puede hacer con un hombre que dice que la Biblia está llena de contradicciones es darle tu Biblia y pedirle que te muestre una. En la mayoría de los casos no intentará hacerlo, pues por regla general quienes se quejan de la Biblia no saben nada de su contenido. Un día me trajeron a un hombre para que tratara con él, y cuando le pregunté por qué no era cristiano, respondió: «La Biblia está llena de contradicciones». En seguida le pedí que me mostrara una. «¡Oh! —dijo—, está llena de ellas». Le dije: «Si está llena de ellas, deberías poder mostrarme una». Él dijo: «Bueno, hay una en los Salmos». Le dije: «Muéstramela». Se puso a buscar el libro de los Salmos al final del Nuevo Testamento. Le dije: «No estás buscando los Salmos en la parte correcta de la Biblia. Déjame encontrártelos». Le busqué el libro de los Salmos y se lo entregué. Después de hojear torpemente un rato, dijo: «Podría encontrarla si tuviera aquí mi propia Biblia». «Bien —le dije—, ¿traerás tu Biblia esta noche?». Prometió que la traería y quedó en encontrarse conmigo en cierto lugar de la iglesia. Llegó la hora señalada, pero él no. Algunos meses después, en otra serie de reuniones en la misma iglesia, uno de los obreros me detuvo y me dijo: «Aquí hay un hombre con quien me gustaría que tratara; es un escéptico». Lo miré y reconocí que era el mismo hombre. «¡Oh! —le dije—, tú eres el hombre que me mintió aquí»; y, muy confundido, admitió que lo era, pero seguía con su viejo juego de decir que la Biblia estaba llena de contradicciones. En nueve casos de cada diez, los hombres que dicen esto no saben nada de la Biblia, y cuando les pides que te muestren una contradicción en ella, se llenan de confusión.

3. Los que se quejan del camino de salvación de Dios.

Muchísimos hombres dirán: «No veo por qué Dios no podía salvar a los hombres de algún otro modo que por la muerte de su Hijo». Isaías 55:8, 9 y Romanos 11:33 son útiles para tratar con ellos. Yo he usado Romanos 9:20 con buen resultado con hombres de esta clase. Una noche, cuando le pregunté a un joven estudiante por qué no era cristiano, me dijo que no veía por qué era necesario que Cristo muriera por él; por qué Dios no lo salvaba de algún otro modo. Abrí mi Biblia, le leí Romanos 9:20 y le planteé la pregunta directamente: «¿Quién eres tú, para que alterques con Dios?». Luego le dije: «¿Te das cuenta de lo que estás haciendo, que estás condenando a Dios?». El joven, muy confundido, dijo: «No era esa mi intención». «Pues bien —le dije—, eso es lo que estás haciendo». «Si es así —respondió—, lo retiro». Una buena manera de proceder con tales hombres es mostrarles, por medio de los pasajes dados en el capítulo «Cómo tratar con los indiferentes», que son pecadores perdidos. Cuando alguien llega a ver esto, el camino de salvación de Dios se le presentará como justo lo que necesita.

4. Los que se quejan de los cristianos. Con mucha frecuencia, cuando tratamos de persuadir a los hombres a que acepten a Cristo como su Salvador, responden: «Hay demasiados hipócritas en la iglesia». Romanos 14:4 y 12, especialmente este último versículo, son sumamente eficaces para tratar con ellos.

Romanos 2:1 y Mateo 7:1‒5 también son excelentes. Juan 21:21, 22 es útil para mostrar al que objeta que él es el único responsable de su propia relación con Cristo y que lo que hagan los demás no es asunto suyo. A veces el inquirente se quejará del trato que le han dado los cristianos. En tal caso, aparta la atención del inquirente del modo en que lo han tratado los cristianos y dirígela al modo en que lo ha tratado Dios. Para ello usa Jeremías 2:5; Isaías 53:5; Romanos 5:6‒8. Luego pregúntale si el hecho de que los cristianos lo hayan tratado mal es excusa alguna para el trato que él da a un Padre celestial que lo ha tratado tan bien. Una noche me volví hacia un anciano y le pregunté si era cristiano. Me respondió que no, que era un descarriado. Le pregunté por qué se había descarriado. Respondió que los cristianos lo habían tratado mal. Abrí mi Biblia y le leí Jeremías 2:5: «Así dice el Señor: ¿Qué maldad hallaron en mí vuestros padres, que se alejaron de mí, y se fueron tras la vanidad, y se volvieron vanos?». Le dije: «¿Halló usted alguna maldad en Dios? ¿No lo trató bien Dios?». Con mucha emoción, el hombre admitió que Dios no lo había tratado mal, y yo lo mantuve firmemente en este punto: el trato que Dios le había dado, y no el que le habían dado los hombres, y el trato que él daba a Dios. Mateo 18:23‒35; Efesios 4:30‒32; Mateo 6:14‒15 también son útiles para mostrar la absoluta necesidad de que perdonemos a los hombres.

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