Capítulo 12 · 10 min de lectura · 13 min de escucha
Algunas indicaciones y sugerencias
Hay algunas sugerencias generales que conviene hacer y que resultarán útiles al obrero.
1. Por regla general, escoge para tratar personas de tu propio sexo y de tu misma edad, más o menos. Hay excepciones a esta regla. Uno debería buscar siempre la dirección del Espíritu Santo en cuanto a quién acercarse, y Él puede llevarnos a alguien del sexo opuesto; pero, a menos que haya una dirección clara en el asunto, es opinión bastante común entre quienes tienen amplia experiencia en la obra cristiana que, en conjunto, los hombres hacen la obra más satisfactoria con los hombres, y las mujeres con las mujeres. Esto es especialmente cierto de los jóvenes. Muchas veces surgen muchas complicaciones desafortunadas cuando los jóvenes tratan de llevar a las jóvenes a Cristo, o viceversa. Por supuesto, una mujer mayor y maternal puede hacer una obra excelente con un joven o un muchacho, y un hombre mayor y paternal puede hacer una buena obra con una joven o una muchacha. Ordinariamente no es prudente que una persona joven y sin experiencia aborde este tema con alguien mucho mayor, más maduro y más sabio que ella.
2. Siempre que sea posible, procura estar a solas con la persona con quien tratas. A nadie le gusta abrir libremente su corazón a otro sobre este tema, el más personal y sagrado de todos, cuando hay otros presentes. Muchos, por orgullo, defenderán una posición falsa cuando hay varios presentes, y en cambio reconocerían plenamente su error, su pecado o su necesidad si estuvieran a solas contigo. Por regla general, es mucho mejor que un solo obrero trate con una sola persona inconversa que el que varios obreros traten con un solo inquirente, o que un solo obrero trate con varios inquirentes a la vez. Si tienes que tratar con varios, tómalos uno por uno. Los obreros encuentran a menudo que, cuando no han logrado avanzar hablando con varios a la vez, apartando a cada uno por separado pronto consiguen llevarlos uno por uno a Cristo.
3. Que tu confianza esté puesta enteramente en el Espíritu de Dios y en la Palabra de Dios.
4. No te contentes con solo leer pasajes de la Biblia —y mucho menos con solo citarlos—, sino haz que la persona con quien tratas los lea ella misma, para que la verdad halle entrada en el corazón tanto por el ojo como por el oído.
5. Muchas veces conviene usar un solo pasaje de la Escritura, clavarlo bien hondo y remacharlo, de modo que la persona con quien has tratado no pueda olvidarlo, sino que lo oiga resonar en su memoria mucho después de que hayas dejado de hablar. El Dr. Ichabod Spencer, tratando una vez con un joven que tenía muchas dificultades, citaba continuamente el pasaje: «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación». El joven trató de llevar al Dr. Spencer a otro tema, pero él hacía resonar esas palabras una y otra vez. Al día siguiente el joven volvió gozándose en Cristo y agradeciendo al doctor que lo hubiera «martillado» con aquel texto. Las palabras siguieron resonando en sus oídos durante la noche, y no pudo descansar hasta que zanjó el asunto aceptando a Cristo. Es bueno que una persona pueda señalar algún versículo concreto de la palabra de Dios y decir: «Sé, con la autoridad de ese versículo, que mis pecados están perdonados y que soy hijo de Dios». Hay ocasiones, sin embargo, en que se produce un efecto poderoso acumulando pasajes sobre un mismo punto hasta que la mente queda convencida y el corazón conquistado.
6. Mantén siempre a la persona con quien tratas en el punto principal: aceptar a Cristo. Si quiere discutir las pretensiones de las diversas denominaciones, o la cuestión del bautismo, o las teorías sobre el castigo futuro, o cualquier otra cuestión que no sea la central de su necesidad de un Salvador y de Cristo, el Salvador que necesita, dile que esas cuestiones son apropiadas para tratarlas en su debido lugar y momento, pero que el momento de resolverlas es después de que haya resuelto la primera y fundamental cuestión de aceptar o rechazar a Cristo. Se han perdido muchos casos porque un obrero sin experiencia se dejó enredar en la discusión de algún asunto secundario que es una completa necedad discutir con una persona no regenerada.
7. Sé cortés. Muchos cristianos bienintencionados pero indiscretos, con su rudeza e impertinencia, repelen a quienes querrían ganar para Cristo. Es muy posible ser a la vez perfectamente franco y perfectamente cortés. Puedes señalar a los hombres su terrible pecado y su necesidad sin insultarlos. Tus palabras pueden ser muy penetrantes y, al mismo tiempo, tu trato muy amable y atrayente. De hecho, cuanto más amable y atrayente sea nuestro trato, más hondo calarán nuestras palabras, pues no despertarán la oposición de aquellos con quienes tratamos. Algunos obreros celosos se acercan a las personas con quienes desean tratar de tal manera que estas se ponen en seguida a la defensiva y se revisten de una armadura imposible de penetrar.
8. Habla con toda seriedad. Solo el hombre que habla en serio puede hacer que el inconverso sienta la verdad de la palabra de Dios. Conviene dejar que los pasajes que queremos usar con otros penetren primero en nuestra propia alma. Conozco a una obrera muy fructífera que durante mucho tiempo usó un solo pasaje, «prepárate para venir al encuentro de tu Dios», con cada persona con quien trataba; pero aquel pasaje se había adueñado tan por completo de su corazón y de su mente que lo usaba con un efecto tremendo. Unos pocos pasajes que se han adueñado de nosotros valen más que muchos pasajes de los que nos hemos adueñado estudiando algún manual.
Se aconseja al lector de este libro que medite de rodillas los pasajes aquí sugeridos que decida usar, hasta que él mismo sienta su poder. Leemos de Pablo que «de noche y de día, no cesó de amonestar con lágrimas a cada uno» (Hechos 20:31). La seriedad genuina llegará más lejos que cualquier destreza aprendida en una clase de formación o en el estudio de un libro como este.
9. Nunca pierdas la calma cuando intentas llevar un alma a Cristo. Algunas personas son exasperantes a propósito, pero aun a ellas se las puede ganar con paciencia, tolerancia y mansedumbre.
Lo cierto es que no se las podrá ganar si pierdes la calma. Nada las deleita más ni les da más consuelo en sus pecados. Cuanto más irritantes sean en sus palabras y acciones, más impresionadas quedarán si devuelves sus insultos con bondad. Muchas veces quien ha sido más insufrible volverá arrepentido. Uno de los hombres más insultantes que he conocido llegó a ser después uno de los obreros más pacientes, perseverantes y eficaces.
10. Nunca tengas una discusión acalorada con alguien a quien quieres llevar a Cristo. Eso siempre procede de la carne y no del espíritu (Gálatas 5:20, 22, 23). Nace del orgullo y de no querer que la otra persona te gane en la discusión. Niégate a discutir. Si aquel con quien hablas tiene ideas equivocadas que deben quitarse antes de que se le pueda llevar a Cristo, muéstrale su error con calma y amabilidad. Si el error no es esencial, niégate a discutirlo y mantén a la persona en la cuestión principal.
11. Nunca interrumpas a otro que está tratando con un alma. Puede que te parezca que no lo está haciendo de la manera más sabia, pero si tú puedes hacerlo mejor, espera tu momento y tendrás la oportunidad. Más de un obrero inexperto ha tenido a alguien a punto de decidirse cuando algún entrometido ha irrumpido y ha echado a perder toda la obra. Por otra parte, no dejes, si puedes evitarlo, que otros te interrumpan a ti. Por lo general, una breve palabra dicha con claridad pero con cortesía lo impedirá.
12. No tengas prisa. Uno de los grandes defectos de la obra cristiana hoy es la prisa. Estamos demasiado ansiosos por obtener resultados inmediatos, y así hacemos una obra superficial. Es muy notable cuántos de aquellos con quienes Cristo trató se decidieron lentamente. Nicodemo, José, Pedro y aun Pablo —aunque el paso final en su caso parece muy repentino— son ejemplos de ello. Aun después de que Jesús se le apareció personalmente a Pablo en el camino a Damasco, pasaron tres días antes de que este saliera a la luz y confesara abiertamente a Cristo (Hechos 22:16). Un solo hombre con quien se ha hecho una obra lenta pero completa, y que al fin ha sido llevado a declararse claramente por Cristo, vale más que una docena con quienes se ha hecho una obra apresurada y que creen haber aceptado a Cristo cuando en realidad no lo han hecho. Muchas veces es sabio plantar una verdad en el corazón de un hombre y dejar que obre. La semilla sembrada en pedregales brota pronto, pero con la misma rapidez se seca.
13. Siempre que sea posible y prudente, haz que la persona con quien tratas se ponga de rodillas delante de Dios. Es asombroso cuántas dificultades desaparecen en la oración, y con qué facilidad ceden las personas obstinadas cuando se las lleva a la presencia misma de Dios. Recuerdo haber hablado con una joven en una sala de consulta quizá durante dos horas sin lograr ningún avance aparente; pero cuando por fin nos arrodillamos a orar, en menos de cinco minutos ella se gozaba en su Salvador.
14. Siempre que parezcas fracasar en algún caso, vete a casa, ora por ello y estúdialo para ver por qué fracasaste. Si no has sabido qué escritura usar, estudia la parte de este libro que describe las diferentes clases de personas con que nos encontramos y cómo tratar con ellas, y mira a cuál pertenece este caso y cómo deberías haberlo tratado. Luego vuelve, si puedes, e inténtalo de nuevo. En todo caso, estarás mejor preparado la próxima vez. El mayor éxito en esta obra llega a través de muchas derrotas aparentes. Será bueno estudiar con frecuencia estas indicaciones y sugerencias para ver si tus fracasos se deben a que las has descuidado.
15. Antes de separarte de la persona que ha aceptado a Cristo, asegúrate de darle instrucciones precisas sobre cómo tener éxito en la vida cristiana. Los siguientes son puntos en los que siempre se debe insistir. (a.) Confiesa a Cristo con la boca delante de los hombres en cada oportunidad que tengas. Romanos 10:9, 10; Mateo 10:32, 33. (b.) Bautízate y participa con regularidad de la cena del Señor. Hechos 2:38, 42; Lucas 22:19; 1 Corintios 11:24‒26. (c.) Estudia la Palabra de Dios cada día. 1 Pedro 2:2; Hechos 20:32; 2 Timoteo 3:13‒17; Hechos 17:11. (d.) Ora cada día, a menudo y en todo momento de tentación. Lucas 11:9‒13; 22:40; 1 Tesalonicenses 5:17. (e.) Quita de tu vida todo pecado, aun el más pequeño, y todo aquello de lo que tengas dudas, y obedece cada palabra de Cristo. 1 Juan 1:6, 7; Romanos 14:23; Juan 14:23. (f.) Busca la compañía de los cristianos. Efesios 4:12‒16; Hechos 2:42, 47; Hebreos 10:24, 25. (g.) Ponte a trabajar para Cristo. Mateo 25:14‒29. (h.) Cuando caigas en pecado, no te desanimes; confiésalo en seguida, cree que está perdonado porque Dios lo dice, levántate y sigue adelante. 1 Juan 1:9; Filipenses 3:13‒14. Sería bueno dar estas instrucciones en alguna forma permanente a la persona que has llevado a Cristo. Puedes escribírselas o conseguir un pequeño tratado llamado «Christian Life Card» (Tarjeta de la vida cristiana), publicado por Jno. C. Collins, Bureau of Supplies, New Haven, Connecticut. Contiene estas instrucciones y algún otro material.
16. Cuando hayas llevado a alguien a Cristo, haz un seguimiento y ayúdale a desarrollar su vida cristiana. Muchos son llevados a Cristo y luego descuidados, y les va muy mal. Este es un gran error. La obra de dar seguimiento a los convertidos es tan importante como la obra de llevarlos a Cristo, y por regla general nadie puede hacerla tan bien como la persona que Dios usó en su conversión.
Capítulo 12 completado
Algunas indicaciones y sugerencias