Capítulo 5 · 19 min de lectura

Oír la voz de Dios

¡Aunque oír la voz de Dios es fácil para algunos, para otros es un sentido que debe ser fortalecido!

Fue un espectáculo extraño el que llamó la atención de Moisés mientras apacentaba las ovejas de su suegro. ¡Una zarza ardía ferozmente, pero no se consumía! Las hojas permanecían verdes, aunque las llamas las lamían (Éxodo 3:2). Nunca había visto nada semejante a esta maravilla en todo su tiempo en Egipto como hijo de Faraón, ni en los muchos años en que había vivido como pastor en la tierra de Madián. Se acercó un poco más para investigar.

De repente, una voz resonó: «¡Moisés!»

¿Puedes imaginar su sorpresa, especialmente cuando parecía que la voz provenía del interior de la zarza ardiente?

La voz continuó: «¡Quita el calzado de tus pies, porque el lugar en que estás, tierra santa es!» (Éxodo 3:5). Estoy seguro de que se apresuró a obedecer debido a la naturaleza del acontecimiento; ¡debió de estar atemorizado!

Así comenzó el largo período de comunión entre Dios y Moisés. Desde entonces hablaron juntos con frecuencia, mientras el Señor dirigía a su siervo para sacar a los israelitas de su esclavitud en Egipto, le daba instrucciones para la construcción del tabernáculo y le dictaba diversas leyes para su pueblo del pacto.

En efecto, leemos que hablaban «cara a cara, como habla cualquiera a su compañero» (Éxodo 33:11). ¡No es de extrañar que el rostro de Moisés resplandeciera!

¿No envidias a Moisés por poder hablar con Dios de esa manera?

Yo, ciertamente, sí.

Uno puede especular sobre lo que Moisés vio y oyó cuando Dios le habló. ¿Cómo sonaba la voz de Dios?

¿Era un barítono profundo y resonante, como el de un actor shakesperiano formado?

¿Tenía cadencia o acento? (¿Galés, quizás, como el mío, dado que evidentemente disfruta de visitar mi país periódicamente, en grandes derramamientos de avivamiento?) ¿Qué idioma hablaba: el de Egipto, donde Moisés fue educado, o el de los madianitas, donde Moisés había vivido durante los últimos cuarenta años?

Todo lo que podemos afirmar con certeza es que era un idioma que Moisés entendía.

¿Era la voz de un hombre, o sonaba como «muchas aguas», tal como Ezequiel describió la voz del Todopoderoso (Ezequiel 43:2)?

El profeta Elías le oyó hablar con un silbo apacible y delicado, mientras que Isaías consignó que le habló al oído (1 Reyes 19:12 e Isaías 50:5).

Sin duda, debe de ser fácil andar en la voluntad de Dios cuando Él te habla con voz audible, tal como lo hizo con Moisés y con otros en los días del Antiguo Testamento. ¡Sería fácil andar el camino de la fe en tales circunstancias!

¿Lo sería?

Quizás Dios exigiría entonces mucho más de nosotros si pudiéramos oír su voz con claridad. No tendríamos excusa para desobedecer, y nuestra obediencia no sería fe. Los esclavos obedecen a sus amos, pero a menudo lo hacen por temor. Esa no es la clase de obediencia que el Señor requiere.

Él busca un pueblo que esté sintonizado para oír su voz en el espíritu y cuya misma naturaleza se haya convertido en obediencia.

No una obediencia por temor, sino una obediencia por carácter. Nunca ha estado en su naturaleza forzar o manipular a su pueblo para que haga su voluntad o para que ande conforme a sus propósitos. Siempre les ha dado la libertad de responder con amor y obediencia voluntaria. La fe que agrada a Dios no se evidencia en la obediencia del temor, sino en la obediencia del amor y la buena disposición.

El pequeño Tommy estaba inquieto en la mesa de la cena, pues quería volver afuera con sus amigos que lo esperaban. «No puedes levantarte de la mesa hasta que hayas terminado tu comida», le dijo su madre.

Tommy engulló su comida. «Y siéntate en tu silla mientras comes», añadió su padre. Tommy tardó en responder, así que su padre repitió las instrucciones con una voz un poco más lenta y un poco más alta. Aun así, Tommy seguía encorvado junto a su silla, con los ojos forzándose por ver a sus amigos a través de la ventana, mientras se metía en la boca otro tenedor lleno de espagueti.

La voz de su padre se volvió más severa, y habló pausadamente: «¡Te he dicho que te sientes cuando comes! ¡Haz lo que te digo, ahora mismo!»

Tommy se sentó, con una expresión huraña en su rostro manchado de tomate. Tenía la boca llena, de modo que no podía hablar, pero dentro de su cabeza una voz gritaba: «¡Puede que por fuera esté sentado, pero por dentro sigo de pie!» ¡Difícilmente una actitud de obediencia que agradaría al padre!

El silbo apacible y delicado El profeta Elías había visto a Dios hacer un poderoso milagro ante todos los profetas de Baal. Fue audaz al dar muerte a todos estos falsos líderes, y «la mano de Jehová estaba sobre él» (1 Reyes 18:46). Sin embargo, cuando oyó que Jezabel, la reina malvada, buscaba quitarle la vida, huyó al desierto para esconderse y lamentarse. «Basta ya, Señor», clamó. «¡Quítame la vida!» ¡Difícilmente lo que uno esperaría de un «hombre de fe»! Primero, se envía a un ángel para preguntar por qué está en tal estado, y luego el Señor mismo habla a Elías: no en el gran viento que rasgó la montaña, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en un silbo apacible y delicado. Sin duda, los tres primeros le habrían causado mucho temor, y él habría respondido con prontitud si Dios hubiera hablado, pero el silbo apacible y delicado no es amenazante. Se le ordena volver a Damasco y ungir a su sucesor, Eliseo. Así, Elías recobra su celo por el Señor, pues ha oído su voz. Su obediencia es la de la fe.

Me viene a la memoria «Tomás el incrédulo», el apóstol que no quería creer que el Señor había resucitado de los muertos hasta que pudiera verlo y poner sus dedos en las marcas de los clavos de las manos heridas. Cuando Jesús se presentó ante él, Tomás finalmente creyó, y Jesús le dijo: «Tomás, porque me has visto, creíste: bienaventurados los que no vieron, y creyeron».

Bien podría haber dicho también: «¡Bienaventurados los que no han oído la voz audible de Dios, y sin embargo han obedecido!»

El andar y la vida de fe que agrada a Dios se ve en el hombre o la mujer que, «no han oído» (con el oído) y sin embargo han obedecido.

¿Deberíamos esperar oír la voz del Señor? ¡Por supuesto que sí! Fue Jesús mismo quien dijo que «mis ovejas oyen mi voz» (Juan 10:27).

Cuando el Señor quiere comunicarse con nosotros, enseñarnos su voluntad, dirigirnos por sus sendas, elige no hacerlo con voz fuerte, sino mediante el silbo apacible y delicado, oído únicamente por el alma sintonizada con Él. Quiere hablar a sus ovejas, y la mayoría de ellas, estoy seguro, quieren oír su voz.

La comunicación es siempre responsabilidad del que comunica, si aquel a quien se comunica está dispuesto a escuchar. Por eso un buen maestro siempre procurará saber si sus alumnos han entendido lo que ha tratado de enseñar.

Entonces, ¿nos está hablando Dios, a sus ovejas? Y de ser así, ¿por qué no oímos lo que Él dice?

Aprender a reconocer su voz Creo que Él me habla cada día, pero su voz muy a menudo queda ahogada en la cacofonía de otras voces que se precipitan por mi mente.

Necesito aprender el secreto del que hablaron y escribieron los Padres del Desierto, un misterio comprendido por aquellos hombres y mujeres de la historia de la Iglesia, cuyas vidas nos han impresionado por estar en profunda comunión con Dios; aquellos llamados, a menudo con desdén, los místicos.

Los Padres del Desierto (y las madres) fueron los hombres y mujeres del siglo IV. Una época en que el cristianismo había llegado a ser aceptado por los emperadores romanos, y había nacido la cristiandad como sistema político y mundano. Para ser obedientes a lo que entendían del mandato del Señor de «tomar la cruz» (Lucas 9:23), se habían apartado del mundo y de todas sus voces para buscar la soledad en el desierto egipcio. Para ellos, la soledad no era estar solos, sino poder acercarse tanto a Dios que llegaban a no percatarse de todas las demás personas a su alrededor. Aprendieron a estar quietos, a desarrollar un silencio interior, a meditar en Él y a oír su voz.

Estoy seguro de que no necesitamos retirarnos a un estilo de vida monástico, pero sí necesitamos dedicar tiempo de calidad si queremos aprender a reconocer su voz. No necesitamos un gran intelecto que comprenda toda la teología, ni necesitamos un diploma de instituto bíblico o un título de seminario. Él habla, no al intelecto y a la mente, sino al espíritu, donde su Espíritu se comunica con el nuestro.

Para oír su voz, necesitamos 1. Un hambre —una pasión— por su voluntad.

2. Un corazón resuelto a obedecer todo lo que Él quiera.

3. Tiempo dedicado a su Palabra.

4. Un lugar tranquilo para la meditación.

5. Silencio interior y soledad.

«El Señor me dijo…» No hay nada tan desconcertante para un pastor como que alguien venga a ti, supuestamente en busca de consejo, y comience la conversación diciendo: «El Señor me dijo…» ¡fin de la conversación!

Por lo general trato de preguntarles cómo les habló el Señor, solo para descubrir que, en mi opinión, no era más que un pensamiento que tuvieron, quizás originado en la emoción de alguna reunión o en la conversación con un amigo, pero rara vez originado en el Señor. Si tan solo fuéramos más prontos a hacer semejante pregunta cada vez que alguien dice «El Señor me dijo», quizás lograríamos que la gente dejara de ser tan frívola en el uso de la expresión.

Durante cuatro años, mi esposa y yo tuvimos el gran privilegio de trabajar en un Barco de Misericordia que viajaba entre Europa y África Occidental. A bordo había médicos, cirujanos y enfermeras que ofrecían voluntariamente sus habilidades para realizar operaciones que transformaban la vida de cientos de personas desafortunadas que no podían costear los altos gastos de la cirugía que sus dolencias requerían. Aunque fue un tiempo muy gratificante, hubo muchos días de gran tensión y agotamiento; pero para quienes, en las naciones desarrolladas, recibían los informes de la obra que realizaba el personal médico y el resto de la tripulación del barco, debió de parecer un ministerio muy glamoroso.

Recuerdo a tantos que llegaron a trabajar en el barco diciendo que estaban allí porque el Señor les había dicho que fueran.

Siempre me sorprendía cuántos de ellos descubrían, poco tiempo después, que no era allí donde realmente querían estar.

Evidentemente, el Señor había cometido algún error, o ellos habían confundido su voz con otra.

¡He tenido a otros que me han dicho que el Señor les había ordenado hacer algo contrario a las Escrituras! Conozco personalmente a dos mujeres que dejaron a sus maridos porque «el Señor me lo dijo», aun cuando no había evidencia alguna de infidelidad ni de maltrato. Uno de los maridos era creyente, pero había entrado en un acuerdo comercial (perfectamente legal) con un incrédulo. ¡La esposa afirmaba que el Señor le había dicho que dejara a su marido porque estaba en «yugo desigual» con un incrédulo! ¡Qué mal uso de las Escrituras, y ciertamente no la voluntad del Señor para ningún matrimonio!

Muchos creyentes usan esta expresión con sinceridad, creyendo que han sido guiados por Dios. Esto puede haber sido a través de un sueño, del aliento de un amigo, de las circunstancias, de un versículo de la Escritura que cobra relieve, de «coincidencias», o simplemente de un creciente deseo interior personal.

Todas estas son maneras genuinas, preferiblemente en conjunto, en que el Señor puede guiarnos a andar en su voluntad; sin embargo, sería aconsejable decir «Creo que el Señor quiere que haga esto…» en lugar de la expresión «espiritual» «El Señor me dijo…», que puede hacer mucho por el ego, pero que a menudo resulta tan dañina para el testimonio cristiano.

Esa rara ocasión constituye un testimonio personal.

En mi vida he tenido varias experiencias en las que conocí su presencia de una manera más que habitual. Permítanme recalcar que son raras, no la norma. En dos ocasiones le he oído hablarme con voz audible. No intento explicarlas, y ciertamente no se deben a que yo sea más espiritual en esos momentos que en otros.

De hecho, ambas veces fueron cuando tenía el corazón acongojado. Les contaré acerca de una de ellas.

Era el año 1983 y llevaba menos de un año siendo pastor de la pequeña iglesia de la Alianza Cristiana y Misionera en Sidney, en la isla de Vancouver, Columbia Británica. Eran una congregación cálida y afectuosa, y habíamos desarrollado un profundo apego hacia muchos de ellos. Sin embargo, las perspectivas de que la iglesia creciera en número no eran buenas, pues había una «congelación» del desarrollo urbanístico local y escaseaban los edificios apropiados.

¡De hecho, nos reuníamos en la sede local de los francmasones! No recibía un gran salario, pero era evidente que pronto los limitados gastos de la iglesia excederían sus ingresos, aún más limitados. Esta pequeña congregación era una ramificación de la iglesia mayor de la cercana Victoria, la ciudad capital de la provincia, pero ahora había poca relación entre ambas, y mucho menos compromiso alguno por parte de la iglesia madre de sufragar los gastos generales de la hija.

Era una tarde de domingo lluviznosa, a fines de noviembre. Anne había llevado a nuestras tres hijas a una reunión en la iglesia madre, mientras yo decidí caminar y hablar con el Señor acerca de la creciente carga sobre mi corazón. ¿Debería volver a la enseñanza?

¿Quizás a tiempo parcial para aumentar mis ingresos, de modo que no fuera una carga tan grande para la iglesia? ¿Debería renunciar y buscar otro puesto, diciéndole a la iglesia que no podían, por el momento, costear un ministro a tiempo completo? ¿Debería poner un «vellón» para tratar de hallar la voluntad de Dios? ¡Mi mente estaba llena de preguntas, pero no recibía respuesta alguna!

Mis pasos me llevaron a la cima de un paraje pintoresco de la zona, desde donde se podía contemplar todo el campo circundante.

Bear Hill se había convertido en uno de nuestros lugares de retiro favoritos, y fue en su cumbre donde descansé. Allí encontré mi «zarza ardiente». ¡Oí una voz audible!

Sus palabras eran claras y fueron repetidas para que pudiera entenderlas con claridad.

Aunque mi espíritu daba testimonio de que este era un momento divino, miré a mi alrededor para ver si había alguien más conmigo en la cima de la colina. No había nadie más presente. El Señor estaba hablando, y sus palabras eran claras.

«¡Pastorearás la Iglesia de la Alianza de Victoria!»

No hubo explicación de cómo sucedería esto. En aquel entonces, la Iglesia de la Alianza de Victoria tenía tres pastores, y el principal llevaba allí apenas un año. Él tenía su maestría en teología, mientras que yo nunca había asistido al seminario y había sido ordenado hacía muy poco. ¿Acaso Dios no hablaba del tiempo presente y sus palabras solo tenían relevancia para el futuro? ¿Cómo respondería eso a mis preguntas del presente?

¿Quizás quería decir que yo debía acercarme al pastor principal y sugerir que la iglesia madre volviera a hacerse cargo de la iglesia hija, y que se me incorporara como su cuarto pastor? Tales eran los pensamientos que corrían por mi mente mientras regresaba a casa.

Le conté a Anne mi experiencia y decidimos guardar silencio al respecto, creyendo que si el Señor verdaderamente había hablado, era perfectamente capaz de llevar a cabo sus propósitos sin nuestra intervención. ¡Imaginen nuestra sorpresa apenas un par de semanas después, al enterarnos de que el pastor principal había anunciado su renuncia a la iglesia de Victoria!

Estuvimos tentados a telefonear a todos en aquella iglesia para decirles que sabíamos quién sería su próximo pastor, pero decidimos que la discreción era la mejor opción, y así permanecimos en silencio. Como precaución adicional, nos mantuvimos alejados de esa iglesia durante los meses siguientes, para no caer en la tentación de manipular su situación a fin de llevar a cabo la «voluntad de Dios» para ellos.

Fue varios meses después cuando el Superintendente del Distrito llamó para invitarme a pastorear la Iglesia de la Alianza de Victoria. Respondí de inmediato afirmativamente, lo que le hizo comentar: «¡Qué pronto!»

«Hermano», le dije, «¡lo supe hace cuatro meses!»

Durante mis siete años en la Iglesia de la Alianza de Victoria, hubo muchas veces en que estuve tentado a marcharme, pero me quedé porque sabía que el Señor me había llamado allí y creía que Él me llamaría a salir cuando fuera tiempo de partir. No tenemos duda de que, cuando llegó en 1990 una invitación para servir a bordo del Barco de Misericordia, era su tiempo de seguir adelante.

¿Por qué habló Dios con voz audible? ¡Ciertamente no fue porque yo fuera más espiritual que otros, ni porque acabara de percatarse de mi necesidad! Quizás, tan solo quizás, fue porque mi angustia era tan real que me había llevado al lugar de soledad que yo necesitaba; el lugar de vacío y silencio interior donde podía oírle hablar. Quizás fue simplemente su acto soberano de hablar a mi dolor, movido por su gran amor.

Relatar esta historia me trae a la memoria las palabras que una vez oí pronunciar a Floyd McClung, quien fue un destacado maestro en Juventud Con Una Misión. Hablaba sobre el tema de la profecía, pero sus palabras bien podrían aplicarse a mi circunstancia al oír la voz de Dios.

Dijo que cada vez que recibas una palabra de profecía, ¡la pongas en el cajón de abajo y cierres el cajón con llave! No se te dio para dirección, se te dio para edificar tu fe.

Llegará un momento en que necesitarás recordar, posiblemente en una situación difícil, que Dios dio aquella palabra. Podrás entonces tener la confianza de que Él te ha traído hasta este lugar, y con toda seguridad es capaz de sacarte adelante.

Creo que estas son palabras muy sabias, muy necesarias en estos días de múltiples profecías personales hechas desde los púlpitos públicos. Hay tantos creyentes muy confundidos por palabras de conocimiento y profecía que se han pronunciado sobre ellos, con poca evidencia de su cumplimiento, y poca rendición de cuentas por parte de quienes las proponen. Un don carismático que realmente se necesita hoy es el del discernimiento.

Mi confianza en el Señor no está edificada sobre estas experiencias tan raras, sino que está edificada sobre la certeza de que Él me guía cada día mientras me aferro a su mano. No tengo que oír su voz de manera audible, pero es esencial que mi espíritu esté sintonizado con el suyo para que Él pueda guiarme.

La oración colectiva Una de las mayores bendiciones que he recibido está en el ámbito de la oración colectiva. Cuando era un joven creyente, encontraba la mayoría de las reuniones de oración más bien aburridas, pues a menudo había oraciones repetitivas y poca evidencia de que Dios respondiera. Las cosas cambiaron cuando el Señor comenzó a hacer una obra maravillosa entre los jóvenes de nuestra iglesia. Estos jóvenes, hombres y mujeres, comenzaron a orar unos por otros de una manera notable. Según se hizo evidente, estaban oyendo el impulso interior del Señor en las cosas por las que debían orar. Empecé a darme cuenta del poder de la oración colectiva cuando los que oran están oyendo en conjunto la voz del Pastor.

Yo dirigía una Escuela Puente de Misiones, en la que nuestro objetivo era discipular a creyentes entusiastas y darles una «experiencia» misionera en una nación en desarrollo, o del tercer mundo. Una noche nuestro tema era la oración colectiva, así que enseñé a los doce estudiantes una práctica que había aprendido en mi primera iglesia. Silenciamos nuestros corazones en una oración tranquila y luego leí un salmo meditativo.

Luego se instruyó a los estudiantes a meditar en silencio durante los siguientes quince minutos, usando el salmo como base de su meditación. Al concluir los quince minutos —un tiempo muy largo para la mayoría de nosotros, no acostumbrados a tal práctica— pedí a cada persona que nos contara sus pensamientos. Debían describir cualquier imagen, relatar cualquier historia o citar cualquier pasaje de la Escritura que hubieran recibido, sin tratar de dar interpretación alguna a sus pensamientos.

A medida que cada uno contaba sus pensamientos, comencé a buscar un patrón.

Mi esposa, Anne, fue la última en hablar. Ella no es propensa a las experiencias carismáticas, pero aquella noche habló de haber visto una visión de un barco blanco navegando sobre aguas negras frente a la costa de Victoria, ¡y yo había visto una nube negra levantándose sobre la ciudad, revelando un barco blanco sobre sus aguas!

Resumí sus pensamientos con palabras como estas: «Parece que tenemos cuatro temas que recorren nuestras meditaciones. Varios de ustedes han hablado de nuestros gobiernos, tanto el federal como el provincial, de nuestros pueblos originarios y de este barco; me pregunto cómo hemos de orar.»

Aquella noche dos queridos amigos habían venido inesperadamente a visitarnos a Anne y a mí, y en ese mismo momento estaban sentados a un costado del aula. Robin y Anne Jones vivían en el norte de la isla, pero pasaban la tarde en Victoria, asistiendo a esta clase del Puente de Misiones, aunque no como estudiantes. Anne tomó la palabra: «Gareth, por favor perdóname por entrometerme, pero creo que Robin tiene algo muy interesante que compartir.»

Invité a Robin a hablar, así que nos contó la razón de su presencia en Victoria aquella noche. «A medianoche estaré en el aeropuerto de Victoria con dos políticos locales (provinciales), recibiendo a dos políticos federales que vienen a discutir la compra de un barco. Este ha de usarse para desarrollar un ministerio a los pueblos originarios que están sujetos a los tribunales. En lugar de encarcelar a los delincuentes primerizos, deseamos iniciar un ministerio cristiano que consiste en llevarlos al mar por un período de tres semanas, adiestrándolos en destrezas marineras y enseñándoles principios cristianos. Esto será financiado conjuntamente por los gobiernos provincial y federal.»

¡Habíamos oído de Dios! Nos había revelado su corazón, y sabíamos cómo orar. Aquella clase del Puente de Misiones hizo nacer ese ministerio por medio de la oración, pues Él nos había dado una fe apropiada a la necesidad.

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