Capítulo 4 · 12 min de lectura
Andar por fe
Si tuvieras que elegir algunos personajes bíblicos para demostrar lo que significa andar por fe, ¿a quiénes seleccionarías?
¿A Caleb, quien, aunque tenía más de ochenta años, quería luchar contra gigantes? ¿A Eliseo, quien se enfrentó a todos los profetas de Baal?
¿A Daniel, quien oraba públicamente sabiendo que podía costarle la vida? Pero es interesante ver a quiénes señala la Biblia como ejemplos de fe.
¡Ninguno de los anteriores!
El apóstol Pablo escribe acerca de la fe en su carta a los Romanos, declarando: «porque concluimos que el hombre es justificado por fe, sin las obras de la ley» (Romanos 3:28). Luego dedica todo el capítulo cuatro a presentar su ejemplo del patriarca Abraham, a quien «la fe le fue contada por justicia».
El apóstol Santiago también toma a Abraham como su ejemplo supremo de la vida de fe, declarando que la fe sin obras está muerta.
Pregunta: «¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ves que la fe obraba juntamente con sus obras, y que la fe fue perfeccionada por las obras» (Santiago 2:21-22).
Sin embargo, Santiago añade un segundo ejemplo, uno que a todos nos ha de parecer extraño. Nos presenta a Rahab la ramera, que recibió a los espías enviados a Jericó. Según todo criterio humano, difícilmente era una persona digna de elogio; además de ejercer un oficio despreciable, era una traidora y una mentirosa que solo se preocupaba por su propia seguridad. Y no obstante, es mencionada como ejemplo de fe.
Lo que es aún más sorprendente es que ¡Santiago no es el único que así la considera! El autor de Hebreos también la menciona en su extensa lista. Según mi antigua comprensión de la fe, ¡ciertamente no la habría tenido en cuenta a ella, ni a muchos otros mencionados en Hebreos 11! Entonces, quizás sea mi comprensión de la fe la que ha de cambiar.
Algunos incluso titularían Hebreos 11 como «Héroes de la fe». Yo no veo héroes allí. Solo personas comunes como tú y yo, que experimentaron toda clase de circunstancias en el andar de la fe.
¡Algunos conquistaron reinos por fe, mientras que otros fueron llevados a la muerte por fe! Un mejor título para el capítulo sería «Ejemplos de fe», pues su propósito es mostrarnos que, en su soberanía, Dios conduce a hombres y mujeres por muchos caminos diferentes a fin de cumplir su voluntad en ellos y a través de ellos.
Para nosotros, la tortura y la muerte no parecen compatibles con la voluntad de Dios para el creyente, pero la historia está repleta de relatos de cómo la iglesia creció rápidamente sobre la sangre de los mártires. Fue la voluntad de Dios que murieran, para que fueran «para alabanza de su gloria». Esto no quiere decir que Él no tenga compasión de los sentimientos de las personas.
Por supuesto que sí, pero, entre sus santos, está formando a aquellos que, por su sufrimiento y muerte, le traerán mayor gloria que por su vida. A ellos les ha garantizado una «mejor resurrección».
«A veces sobre el monte donde el sol brilla tan resplandeciente, Dios guía a sus amados hijos por el camino.
A veces en el valle, en la más oscura de las noches, Dios guía a sus amados hijos por el camino.
Algunos por el agua, algunos por la inundación, algunos por el fuego, pero todos por la sangre.
Algunos por gran tristeza, pero Dios da un cántico, en la temporada de la noche y durante todo el día» (G.A. Young).
En los Evangelios leemos de solo seis personas a quienes Jesús elogió por su fe. Si las elecciones de Pablo, Santiago y el autor de Hebreos te sorprenden, ¡espera a ver a quiénes elige Jesús!
Al menos tres de ellos ni siquiera eran judíos, uno era leproso, otro había estado enfermo por muchos años, uno era ciego, tres se declararon «indignos» y todos eran pecadores.
El centurión romano → Mateo 8:5-13 Su siervo yacía paralítico en casa, así que pidió al Señor que lo sanara.
«Yo iré contigo», dijo el Maestro, pero el centurión le respondió: «Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techo; mas solamente di la palabra, y mi siervo sanará».
Entendamos esto: probablemente tenía la mejor casa de la ciudad, pues el rango de centurión en el ejército romano era de gran honor. Su indignidad no se debía a su posición, sino a que se dio cuenta de que estaba en presencia de alguien mucho más grande que él mismo. Continuó: «Señor, yo, como tú, soy hombre bajo autoridad».
¿Bajo qué autoridad consideraba que estaba Jesús? No tenía autoridad delegada por las autoridades judías, ni tenía el rango de quien había sido instruido a los pies de un gran rabino. Era un humilde carpintero, pero sí tenía la autoridad de la unción de Dios, y el centurión lo reconoció. ¿Cómo? ¡Por fe!
Jesús se maravilló y dijo: «¡Ni aun en Israel he hallado tanta fe!»
¿Dónde estaba la fe? El centurión tenía un testimonio interior de que este hombre, Jesús, era un hombre con autoridad divina. Obedeció ese testimonio (del Espíritu Santo) y se sometió a esa autoridad.
«“Señor, no soy digno de que entres debajo de mi techo; mas solamente di la palabra, y mi siervo sanará”» (Mateo 8:8).
La mujer con flujo de sangre → Marcos 5:25-34 Esta desdichada mujer había padecido mucho a manos de muchos médicos, sin hallar sanidad para su vergonzosa y angustiosa condición. En efecto, iba de mal en peor.
La ley la declaraba «inmunda», de modo que no le era permitido disfrutar de muchos de los privilegios de la gente común. No podía asistir a las celebraciones de los días de fiesta, ni entrar en la sinagoga para adorar, y sobre todo, no debía acercarse a los «justos» fariseos ni a los «santos varones».
Había oído de Jesús, pero un testimonio interior le dijo que extendiera la mano para tocar el borde de su manto. Esto era contrario a todo lo que se le había enseñado, pero ella obedeció y fue sanada. No había precedente para esto. No creyó porque hubiera oído de otros que habían sido sanados de la misma manera.
Simplemente obedeció un impulso interior.
«Y él le dijo: “Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote”» (Marcos 5:34).
La mujer cananea → Mateo 15:22-28 El corazón de esta mujer se partía mientras buscaba ayuda para su hija poseída por un demonio. Vino al Señor, pero aun Él parecía rechazarla, y sus discípulos intentaban ahuyentarla.
No era judía, pero vio lo que casi nadie más había visto, ni siquiera los discípulos hasta ese momento. Reconoció a Jesús como el Señor, el Hijo de David. Estos eran términos bien conocidos que se aplicaban al Mesías venidero. Otros aún no lo habían reconocido, pero esta mujer cananea sí. Tal revelación solo viene por el testimonio interior del Espíritu Santo. ¡Esta misma revelación le llegó a Pedro en el monte Hermón casi dos años después!
Jesús puso a prueba su entendimiento, su revelación, desafiándola con que no estaba bien echar el pan de los hijos (la sanidad para los judíos) a los perrillos (los gentiles). Su respuesta muestra que comprendía plenamente, por revelación, que Él verdaderamente era el Mesías.
«Entonces respondiendo Jesús, le dijo: “¡Oh mujer, grande es tu fe! Sea hecho contigo como quieres”. Y su hija fue sana desde aquella hora» (Mateo 15:28).
El ciego Bartimeo → Marcos 10:46-52 Aunque ciego, Bartimeo podía ver más que toda la gran multitud de personas videntes que rodeaban a Jesús. Vivía en la ciudad maldita de Jericó y había perdido la vista, convirtiéndose en mendigo, despreciado por todos a su alrededor. Cuando clamó, la gente le dijo severamente que callara, pero él no cesaba de clamar, porque, como la mujer cananea, había recibido una revelación, un testimonio interior de Jesús como Mesías. «Comenzó a dar voces… “Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí”» (Marcos 10:48).
Jesús llamó al mendigo y le hizo una pregunta extraña: «¿Qué quieres que te haga?». Bartimeo respondió: «¡Maestro, que reciba yo la vista!». Y Jesús dijo: «Vete, tu fe te ha hecho salvo», y al instante recobró la vista (Marcos 10:51-52).
La revelación había precedido a la confesión, con la sanidad como resultado.
La mujer en casa de Simón → Lucas 7:37-50 En Juan 11:2 y Mateo 26:6 se dice que esta mujer era María, la hermana de Lázaro. Simón, un fariseo, observaba sus acciones y comenzó a juzgar a Jesús como falto de discernimiento, pues ella era reconocida como pecadora. Jesús, sin embargo, sabía perfectamente quién era ella, pero reconoció sus acciones como una unción para su sepultura. Probablemente ella comprendía poco de esto, pero, actuando en obediencia a un testimonio interior, el impulso del Espíritu Santo, y movida por el amor, había ministrado al Señor proféticamente.
«[Jesús] dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado; ve en paz”» (Lucas 7:50).
El décimo leproso → Lucas 17:11-19 Diez leprosos habían venido a Jesús buscando ser sanados. Todos obedecieron su instrucción de ir a los sacerdotes, para ser declarados «limpios». Este era un requisito del Antiguo Testamento y, aunque uno de ellos era samaritano, él también obedeció. Camino de los sacerdotes, todos fueron sanados, pero solo el samaritano reconoció que su sanidad no era algún truco de magia, sino que se debía a Dios; así que, cayendo a los pies de Jesús, comenzó a glorificar a Dios. Había obedecido la voz audible del Hijo de Dios y había sido sanado.
«[Jesús] le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado”» (Lucas 17:19).
En los seis ejemplos, la fe se evidenció y se cumplió en la obediencia. Si no hubiera habido obediencia al reconocimiento de la autoridad, a la revelación de la deidad, al testimonio interior del impulso del Espíritu, a la palabra hablada del Señor, no se habría registrado ningún milagro.
Definición de la fe ¿Cómo, entonces, definiremos la fe de modo que responda a todas las cuestiones controvertidas y explique las elecciones de Jesús, Pablo, Santiago y el autor de Hebreos?
Cuando pido a las personas que definan la fe, la respuesta habitual es citar Hebreos 11:1: «Es pues la fe la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven»; sin embargo, cuando les pido que expliquen su definición, encuentro pocos que tengan una explicación convincente.
Para mí, el autor simplemente está diciendo lo que el apóstol Pablo ha dicho en otro lugar, como se citó en el capítulo anterior.
¿Qué es lo que esperamos? Barclay, el autor de la popular serie devocional Nuestro Pan Diario, define la esperanza como «la expectación ansiosa de aquello que se ha prometido». Los apóstoles Pablo y Pedro dieron testimonio, ambos, ante sus acusadores, de nuestra gran esperanza de la resurrección. Para ellos, nuestra esperanza es segura. Para el autor de Hebreos, es como un ancla fijada dentro del velo de la presencia de Dios. Esperamos aquello que con seguridad hemos de recibir.
¿Qué habremos de recibir, sino aquello que fluye de la gracia de Dios, aquello que Él ha prometido? Su don de salvación, su don del Espíritu Santo que mora en nosotros; sus dones dados por el Espíritu Santo: su don.
Me imagino al niño pequeño en la época de Navidad o en un cumpleaños. Sabe que recibirá algo especial de sus padres: un regalo nacido de su amor. Espera con ansias el gran día. Tiene esperanza de aquello que con seguridad ha de venir. Por fin, recibe lo que le había sido prometido: su regalo. Esta es la sustancia de aquello que esperaba. Su expectación se ha hecho realidad.
La fe es la sustancia de las cosas que se esperan; es un don.
Cuando llegué por primera vez a Canadá, miraba los árboles de nuestro jardín con gran anticipación de disfrutar de su fruto la primavera siguiente; sin embargo, no tenía conocimiento de qué clase de árboles eran. No soy experto en horticultura, y no podía reconocer los árboles por sus hojas o su forma. Cuando el fruto comenzó a aparecer, no obstante, no tuve duda alguna de qué era cada uno. Los conocí por su fruto. El fruto era la evidencia que necesitaba.
La naturaleza de los árboles no había cambiado, el carácter de los árboles no había cambiado, pero estos habían estado ocultos a mi entendimiento, hasta que llegó el fruto. La demostración de las cosas que no se ven era el fruto sobre las ramas.
De igual manera, la evidencia de la vida llena del Espíritu está en su fruto.
Jesús dijo: «O haced el árbol bueno, y su fruto bueno; o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto es conocido el árbol» (Mateo 12:33). La fe es la demostración de las cosas que no se ven. Es un fruto.
El autor de Hebreos 11 no dice más de lo que Pablo dijo en 1 Corintios 12:9 y Gálatas 5:22.
Yo defino la fe como el dedo de Dios en los corazones de los hombres y las mujeres, moviéndolos a hacer su voluntad.
Se evidencia en la obediencia como una actitud del corazón. No es una actitud de la mente. Es creencia y respuesta. El dedo que mueve es de Dios; la respuesta de obediencia es nuestra. La primera y más grande obra de fe que un hombre puede hacer es creer en el Señor Jesucristo para salvación. La revelación precede a la confesión (véase a Pedro en el monte Hermón). Se evidencia en el arrepentimiento, el bautismo, la confesión y las buenas obras (obras de justicia). Donde estas no son evidentes, uno puede dudar con razón (como Santiago) de la realidad de la fe; está, en efecto, «muerta» (Santiago 2:26).
El andar de la fe es una sumisión diaria a su voluntad (revelada y no revelada). ¡Asidos de la mano de papá! Como dijo Pedro: «¿A quién más iremos?» (Juan 6:68). ¡Mientras nos asimos, nuestro Padre puede mover montañas! ¡Esto es a causa de su carácter, no a causa de la fuerza de nuestra mente o de nuestra creencia! Nótese que aun los demonios creen en todo lo que nuestro Padre puede hacer, pero eso no se considera fe (Santiago 2:19).