Capítulo 17 · 10 min de lectura

Rahab

«Por la fe cayeron los muros de Jericó después de ser rodeados por siete días. Por la fe Rahab la ramera no pereció juntamente con los desobedientes, habiendo recibido con paz a los espías» (Hebreos 11:30).

La historia de Jericó y Rahab se encuentra en Josué 2, 3 y 6:22 y siguientes.

Jericó fue la primera ciudad fortificada con que se encontraron los israelitas una vez que hubieron cruzado el río Jordán hacia Canaán. ¿Cómo habían de conquistar esta ciudad, no teniendo armas de guerra? Josué, el nuevo caudillo del pueblo de Dios, envía a dos espías para considerar este problema. Estos entran en la casa de Rahab, la cual estaba evidentemente edificada sobre el muro de la ciudad. Se la describe como una ramera, aunque algunos comentaristas sugieren que esto no significa más que ella regentaba una posada.

Los habitantes de Jericó sabían bien de la proximidad de los israelitas y habían oído relatos de las cosas asombrosas que su Dios había hecho por ellos; así que, cuando dos forasteros llegaron a la ciudad, fue natural suponer que eran espías.

Rahab decide engañar a los suyos, escondiendo a los espías de quienes los buscaban, y diciendo a los que preguntaban que los dos hombres habían salido de la ciudad poco después de su llegada. No la elogiamos por su engaño y sus mentiras, pero la historia ha de mostrar que Dios tenía para Rahab un destino muy por encima de cualquier cosa que ella pudiera haber merecido.

Los espías regresan a Josué con la alentadora noticia de que los habitantes de la ciudad están llenos de temor y que «Jehová ha entregado toda la tierra en nuestras manos» (Josué 2:24).

Josué da a su pueblo lo que parecen ser instrucciones ridículas, pero las ha oído de Dios y por tanto debe obedecer. Han de marchar alrededor de la ciudad una vez al día durante seis días, ¡y luego siete veces en el séptimo día! El pueblo pudo haberlo cuestionado, pudo haber discutido, pero para entonces se iban haciendo más conscientes de los caminos de Dios.

La fe no se opone a la razón; está por encima de la razón. Al séptimo día, después de rodear la ciudad siete veces, los sacerdotes tocaron las trompetas, el pueblo gritó, ¡y los muros cayeron!

¿Fue la gran fe de Josué lo que hizo esto? ¡Es notable que su nombre ni siquiera se mencione en Hebreos! Si nuestro autor hubiera querido señalar la gran fe de Josué en Dios, pudo haber usado el ejemplo de Josué y Caleb regresando de reconocer la tierra en Números 14. Sus diez compañeros espías estaban llenos de temor y no querían avanzar más, lo cual hizo que Caleb y Josué se enojaran con ellos, declarando: «¡Jehová está con nosotros; no los temáis!» (Números 14:9). Ellos creían en Dios, pero el escritor a los Hebreos no trata de mostrarnos su gran confianza, sino más bien las obras de Dios por la fe.

La fe no necesita que un hombre comprenda y crea; necesita a cualquiera que obedezca, ¡aun cuando no comprenda ni crea! «¡Señor, creo; ayuda mi incredulidad!» (Marcos 9:24). Requiere que uno sea obediente a la palabra de Dios. La obediencia fue evidente y los muros cayeron, por la fe. Dios había hablado, el pueblo había obedecido, y Dios derribó los muros. Si Él les hubiera dicho que hablasen al monte y ellos hubieran obedecido, Él habría movido el monte.

¡Qué extraño ejemplo de fe parece ser Rahab a primera vista! Aquí hay una mujer que es mentirosa, engañadora y traidora a su propio pueblo, y sin embargo tanto el escritor a los Hebreos como el apóstol Santiago la registran como ejemplo de fe. ¿Dónde, entonces, se revela su fe? Fue por la fe que ella no pereció.

Dios la mantuvo con vida a causa de su respuesta al testimonio de Él dentro de ella. Ella dijo a los espías escondidos en su azotea: «Sé que Jehová os ha dado esta tierra, y que el temor de vosotros ha caído sobre nosotros, y que todos los moradores de la tierra desmayan ante vosotros… Oyendo esto, ha desmayado nuestro corazón, y no ha quedado más aliento en hombre alguno por causa de vosotros, porque Jehová vuestro Dios es Dios arriba en los cielos y abajo en la tierra» (Josué 2:9,11).

Todos sus vecinos creían lo mismo que ella, pero aun así se aferraban a su vana esperanza de que de algún modo podrían desviar de sí mismos el juicio de Dios. Creían que sus dioses todavía tenían algún poder para resistir contra Él. A diferencia de ella, ellos no querían confesar lo que sabían que era verdad, porque el suyo era un conocimiento de la cabeza basado en los relatos y rumores que habían oído, mientras que el de ella era un conocimiento del corazón, muy parecido al de Pedro cuando declaró en el monte Hermón: «¡Tú eres el Cristo!» (Josué 2:11). Ella tenía una convicción y una confesión.

¡Cuán equivocados estaban los habitantes de Jericó! Igual que las multitudes de hoy que creen que el Señor no llevará a cabo Su declarado propósito de juzgar a este mundo por su pecado y su rechazo a aceptar Su (único) medio de escape: la salvación hallada en la cruz de Jesús.

En la historia de Rahab, Dios pinta otro cuadro de esa cruz, al requerir de Rahab que colgara un cordón de grana de su ventana para que los ejércitos atacantes lo reconocieran como su garantía de liberación. El cordón de grana siempre ha sido nuestro medio de liberación; esa corriente de sangre que aún fluye de las heridas del Calvario.

Cuando los muros cayeron, Rahab y su familia fueron librados como se le había prometido, porque ella confió en que el cordón en su ventana sería honrado. De igual manera, Dios está comprometido a honrar a todos los que vienen a Él por medio de la sangre. ¡No hay otro camino! «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; mas el que rehúsa obedecer al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (Juan 3:36). «Sabiendo que fuisteis rescatados… no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1:18-19).

Rahab era idólatra, criada para adorar a otros dioses. La luz que tenía quizá no era muy grande, sus ventajas habían sido pocas, pero siguió el resplandor de aquella luz interior.

Ella creyó de manera activa, y fue librada; este es el verdadero principio de la fe.

En Mateo 1 encontramos la genealogía de Jesús, hijo de David, hijo de Abraham. El propósito del apóstol es mostrar a sus lectores judíos la grande y real herencia de la cual ha venido Jesús. Él es plenamente judío, como hijo de Abraham; es plenamente rey por descendencia varonil, como hijo de David; pero notad el nombre honrado en el versículo cinco. ¡Rahab la ramera, librada por la fe, es la tatarabuela del rey David! ¡Se la registra como antepasada directa del Salvador!

Mi hija Corinne está muy dedicada a rastrear nuestro árbol genealógico. Esto me resultó muy interesante al principio, pero cuando ella comenzó a escarbar más hondo, me puse un poco inquieto.

Había estado leyendo un libro de «Time Life» sobre los «Piratas del Caribe» del siglo dieciocho y me sorprendió descubrir que algunos de los más notorios eran galeses, ¡como yo!

Temía el día en que Corinne anunciara, con una sonrisa de suficiencia en el rostro, que uno de mis antepasados había sido un pirata de mala fama.

Cuando el Espíritu Santo dirigió a los apóstoles a escribir el Evangelio, no ocultó de nuestra vista que Jesús descendía de rameras, engañadores, asesinos y mujeriegos. En efecto, ¡a Su madre María no le debió de ser fácil soportar las miradas suspicaces de sus vecinos cuando se hizo evidente que estaba encinta fuera del matrimonio! Nada se nos dice de sus padres, los abuelos del Salvador. ¿Será porque les resultó muy difícil aceptar la vergüenza que semejante embarazo traería sobre ellos? Después de todo, ¿cómo se podía esperar que creyeran que su hija seguía siendo virgen cuando era evidente que estaba embarazada?

¡Si yo hubiera sido Dios, lo habría hecho de otra manera! Habría hecho que mi hijo naciera en el mejor hospital de Jerusalén, atendido por los mejores médicos. Habría escogido a una princesa real, la mujer más hermosa, talentosa y educada del mundo, para que fuese su madre, y lo habría rodeado de la riqueza y la gloria a las que estaba acostumbrado. Anunciaría a todo el mundo, con una voz como de trueno desde el cielo, que mi hijo había nacido.

En cambio, Dios dispuso que Jesús naciera en un establo, un lugar sucio y maloliente ocupado por ganado. Su padre estaría avergonzado y su madre sola, rechazada por sus amigas, y posiblemente también por su familia, con las burlas de «ramera» en sus oídos. Su anuncio fue oído solo por unos humildes pastores que cuidaban sus ovejas. ¡El encargado de relaciones públicas de Dios de veras metió la pata, ¿no es cierto?!

¡He aquí el amor! De ninguna manera atraería Jesús a los hombres a seguirle a causa de Su posición, riqueza o linaje. Él no permitirá que estas cosas te roben tu derecho a elegir. Lo único que Él requiere de ti es tu amor, y eso no se te puede arrancar por la fuerza. Él no te manipulará para que le sigas.

Los hombres poderosos de este mundo tienen sus seguidores que se aferran a ellos por el prestigio que les da. Cuando se elige a un nuevo presidente, miramos las noticias con interés para ver a quiénes reunirá a su alrededor. Jesús no ofrece a Sus seguidores nada de la riqueza y el poder de este mundo. En cambio, se identifica con las personas más humildes, para que todos sientan que pueden acercarse a Él. ¿Eres incomprendido, rechazado, abatido o acusado? Él puede compadecerse, porque fue tratado de la misma manera. ¿Eres pobre, de poca estima, con poco de qué jactarte? Él lo entiende, porque ha recorrido ese mismo camino.

Se dice que Napoleón Bonaparte dijo: «A la edad de treinta y tres años, Alejandro Magno conquistó el mundo conocido.

A esa misma edad, yo he conquistado el mundo conocido. Ambos conquistamos por el poder de la espada. A los treinta y tres años de edad, Jesús también conquistó el mundo entero, pero Él conquistó por el poder del amor, ¡y a mí me ha conquistado!».

Dios escogió a una ramera, por la fe, sabiendo que de ella vendría el Salvador del mundo; Su propio Hijo precioso, Jesús.

¡Esto es gracia! ¡Amor inmerecido!

Resumen. Tanto el escritor a los Hebreos como Santiago presentaron a Rahab como ejemplo de la fe en acción.

A medida que los israelitas se acercaban a Jericó, Dios iba cumpliendo Sus propósitos. Escogería a una mujer que llegaría a ser antepasada de Jesús, una ramera de un pueblo pagano. ¡Poco sabía ella cuál era su destino cuando escondió a los espías!

Debemos aprender los siguientes principios: 1. Josué creyó a Dios y obedeció. Ni siquiera se le nombra en nuestro versículo, porque la fe no trae honra al hombre; su propósito es traer honra a Dios.

2. La convicción de Rahab llegó a ser una confesión.

3. Las promesas de Dios para nosotros dependen de la aplicación del cordón de grana (la sangre).

4. Dios tiene un poderoso destino para todos los que andan por la fe.

5. La gracia alcanza a los más bajos y los eleva a las alturas de la realeza.

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