Capítulo 16 · 10 min de lectura

Moisés

“Por la fe Moisés, cuando nació, fue escondido por sus padres durante tres meses, porque vieron que el niño era hermoso, y no temieron el edicto del rey. Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija de Faraón, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado. Tuvo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía puesta la mirada en el galardón.

Por la fe dejó Egipto, no temiendo la ira del rey, porque se sostuvo como viendo al Invisible. Por la fe celebró la Pascua y roció la sangre, para que el que destruía a los primogénitos no los tocase. Por la fe pasó el pueblo el Mar Rojo como por tierra seca; mas los egipcios, al intentar hacer lo mismo, fueron ahogados (Hebreos 11:23-29).

Aquí comienza un resumen de la vida de Moisés, el amigo de Dios.

El relato completo que abarca la breve Escritura anterior se encuentra en Éxodo 2-14.

Después de su nacimiento en Egipto, el Faraón que reinaba sobre aquella tierra promulgó un edicto de que todos los niños varones debían ser muertos, temiendo que los judíos llegaran algún día a ser demasiado numerosos y se levantaran con poder contra Egipto. Sin embargo, las parteras temieron a Dios, de modo que no hicieron como Faraón les había mandado. Dios las bendijo por esta acción, y el pueblo judío se hizo muy fuerte.

Una familia hebrea que tenía un hijo pequeño lo escondió por la fe entre los juncos, hasta el tiempo en que Dios reveló al niño escondido a una hija de Faraón (Éxodo 1-2). Fue Dios quien guio a este levita y a su esposa a esconder a su hijo en el lugar que Dios había de ordenar; allí sería hallado por la princesa.

Su fe se revela en la manera en que obedecieron a esta compulsión interior.

Cuando Moisés hubo crecido, fue guiado por Dios a hacerse pastor en la tierra de Madián (Hebreos 11:27). Allí permaneció hasta la edad de ochenta años, apacentando las ovejas de su suegro Jetro (Éxodo 2:11-3:1). El relato natural de los acontecimientos nos dice que Moisés huyó atemorizado de Faraón, ¡porque había dado muerte a un hombre! Aunque criado en la casa de Faraón, había sido enseñado por siervos hebreos —entre ellos su propia madre— y se sabía hijo del pueblo hebreo. Sentía una atracción interior hacia el pueblo de su nacimiento, aun cuando estaba rodeado de los oropeles y las riquezas de Egipto. Tal anhelo estalló en la violencia del homicidio y en la soledad de la huida.

No creo que las Escrituras sean contradictorias, de modo que debemos leer el relato de Hebreos 11 como expresión de la dirección de Dios en la vida de Moisés, para que no experimentara la ira de Faraón. ‘No temiendo’, es decir, no experimentando la ira de Faraón.

El escritor a los Hebreos contempla los acontecimientos en retrospectiva, y puede ver, en todos los sucesos de la vida de Moisés, la mano clara de Dios guiándolo. Está preparando a un hombre para una misión.

La historia posterior muestra por qué Dios lo sacó de la casa de Faraón, aunque el acto que lo provocó fue la propia violencia de Moisés.

“¡Qué desperdicio de una vida!”, podríamos decir al contemplar a este hombre, formado en la casa de Faraón, capaz de sostenerse en cualquier compañía de la élite. En cambio, lo hallamos trabajando como pastor, apacentando ovejas. ¡Y esto lo hizo durante 40 años ‘desperdiciados’!

Pero nada se desperdicia cuando Dios tiene el control. ¡¿Qué mejor entrenamiento podría haber para la misión que Dios estaba disponiendo?!

Él quería un hombre que conociera las costumbres de las cortes de Faraón y que pudiera conducir a millones de ovejas balantes de dos patas durante cuarenta años en el desierto.

Cada cambio de dirección en la vida de Moisés había sido ordenado por Dios; Él estaba preparando a un hombre especial para un propósito especial, y había escogido al hombre adecuado, porque conocía el corazón de este hombre y sabía que se podía confiar en que seguiría Su dirección por la fe.

Primero, sin embargo, tuvo que haber la zarza ardiente (Éxodo 3:2), donde Dios tuvo gran dificultad en persuadir a Su siervo de tener más confianza en Su capacidad y en Su dirección (Éxodo 3:11; 4:1, 10, 13 y más). Nótese Éxodo 4:14: ¡Dios se airó a causa de la falta de ‘fe’ de Moisés!

En el versículo 28 Moisés obedeció cuando se le instruyó a celebrar la Pascua rociando sangre sobre los postes de las puertas de cada hogar hebreo en Egipto (Éxodo 12). Pudo haber cuestionado a Dios acerca de este mandato ridículo, pero no lo hizo.

Esto es fe.

Ahora, en el versículo 29, comienza a mostrar más confianza y fe en Dios (Éxodo 14:13), pero el énfasis del versículo está en que fue Dios quien abrió el mar e hizo que los egipcios se ahogaran, no porque Moisés lo hubiera ‘creído’ hasta hacerlo realidad. Él simplemente obedeció cuando se le dijo qué hacer, después de clamar a Dios en su desesperación. Puso su vara en las aguas del Mar Rojo, de modo que las aguas se dividieron y los hebreos pudieron cruzar por tierra seca (Éxodo 14).

Pudo haber cuestionado a Dios acerca de este mandato ridículo, pero no lo hizo. Esto es fe.

Con razón fue llamado Moisés “el amigo de Dios” (Éxodo 33:11). Toda su vida es un ejemplo del andar de la fe.

¿Qué principio podemos aprender del ejemplo de Moisés?

Sin duda, que el Señor va caminando delante de Su pueblo cuando este anda en fe. Él los dirige para poder usarlos para alabanza de Su gloria. Los llevará al lugar de destino que ha planeado para ellos. A veces guía a través de experiencias de valle, a veces Sus caminos son incómodos y sin razón aparente, pero Él conoce el camino que tomamos.

“Cuando Dios quiere ejercitar a un hombre, y emocionar a un hombre, y capacitar a un hombre; cuando Dios quiere moldear a un hombre para representar el papel más noble; cuando anhela con todo Su corazón crear a un hombre tan grande y audaz que todo el mundo quede asombrado, ¡observa Sus métodos! ¡Observa Sus caminos!

¡Cómo perfecciona sin piedad a aquellos que regiamente elige; cómo lo martilla y lo hiere, y con poderosos golpes lo convierte en informes terrones de barro que solo Dios puede comprender!

¡Mientras su corazón atormentado clama, y él alza sus manos suplicantes!

¡Cómo dobla, pero jamás quiebra, a aquellos cuyo bien Él emprende; cómo usa a los que escoge, y con amoroso propósito los funde; a su alma cargada la induce a probar las riquezas de Dios.

¡Dios sabe lo que hace!”

(Autor desconocido) Las Dos Rocas. El único acto registrado en la vida de Moisés en que no fue obediente al mandato Divino se encuentra en Números 20. Este acto de desobediencia le costó su mayor deseo: entrar en la tierra prometida. Vale la pena considerarlo con más detalle, ya que a primera vista parece un acto muy mezquino de un Dios que se llama a Sí mismo amigo de Moisés.

En Éxodo 17, poco después de que los israelitas habían salido de Egipto, comenzaron a quejarse de que no tenían suficiente agua para beber. Dios dijo a Moisés: “He aquí que yo estaré delante de ti allí sobre la peña en Horeb; y golpearás la peña, y saldrán de ella aguas, y beberá el pueblo” (Éxodo 17:6). Moisés obedeció, y el pueblo pudo beber.

Casi cuarenta años después, a la entrada de Canaán, ocurre un suceso semejante, con resultados humillantes y dolorosos para Moisés.

En Números 20, el pueblo se queja de nuevo de que no tiene agua. Las instrucciones de Dios a Moisés esta vez son que “Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a la vista de ellos, y ella dará su agua” (Números 20:8). En cambio, Moisés primero reprendió al pueblo por sus murmuraciones y luego, volviéndose a la peña, la golpeó con la vara. ¡No salió agua! En su turbación, la golpeó de nuevo, y Dios mostró gracia al permitir que el agua fluyera; sin embargo, este acto de desobediencia le hizo declarar: “Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme a los ojos de los hijos de Israel, por tanto no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado” (Números 20:12). Aunque Moisés rogaría a Dios que le fuese perdonado y tuviera el gozo de entrar en Canaán, no había de ser (Deuteronomio 3:23-26).

Algunos dirían que Moisés fue juzgado porque perdió los estribos con el pueblo. Yo no lo creo así. ¡Dios es demasiado grande como para juzgar a Su amigo por eso! Solo al estudiar un poco más a fondo descubrimos la maravillosa verdad que el Señor quería que Moisés nos representara: un cuadro que él estropeó por su desobediencia.

Debemos considerar las dos rocas y las dos varas en las referencias anteriores. En la referencia de Éxodo, la palabra hebrea para roca es “tsoor”, que es una piedra afilada o cortante. Era como una roca de pedernal, de la cual un pequeño trozo podía afilarse para servir de cuchillo. Tal piedra se usaría para matar y dividir los animales del sacrificio. Cuando Dios hizo Su pacto con Abraham, fue cortando animales en dos, apartándolos, de modo que una antorcha divina y llameante pasó entre ellos (Génesis 15). Aun hoy, cuando algunas tribus africanas hacen un acuerdo tribal, usan la expresión “cortar un pacto”. El cuadro de Éxodo 17 es el de Dios de pie en el lugar de la piedra afilada, soportando en Su cuerpo los golpes de la vara de Moisés.

¡Qué interesante prefiguración del día en que nuestro Dios y Salvador cortaría un pacto eterno por nosotros al soportar en Su propio cuerpo los golpes de la Ley sobre el madero del Calvario! El agua de la vida fluyó de aquel cuerpo quebrantado; agua que hace que los que beben “no tengan sed jamás” (Juan 4:14).

En la referencia de Números, la palabra hebrea para roca es “selah”, que es una fortaleza, un peñasco alto, o un baluarte. La vara ha de ser la vara de Aarón: la vara del Sumo Sacerdote. El tipo esta vez es el de un Salvador, alto y sublime, a quien nos acercamos con la autoridad de sacerdotes. Hablamos a la roca en oración e intercesión, en acción de gracias y adoración, y el agua fluye.

Fue este cuadro el que Moisés dejó de presentar por su desobediencia.

El apóstol Pedro escribió: “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos… [y ahora Él está] a la diestra de Dios, habiendo subido al cielo, y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Pedro 3:18, 22).

Alabado sea Dios porque la obra de la cruz es una obra completa. Jesús no necesita ser puesto a muerte de nuevo. Ahora reina en las alturas, y nosotros venimos a Él con los ojos levantados, para adorar como reyes y sacerdotes delante de nuestro Dios; y Él sigue derramando Su agua viva.

Debemos notar de paso que Moisés sí entró en la Tierra Prometida, no en la vida de la carne, sino en la vida glorificada del amigo de Dios (Marcos 9). El fin del viaje para todos los que andan en fe es que estarán con su Salvador, glorificados en Su presencia. Aunque el Señor nos discipline, es solo por una temporada, a fin de moldearnos a Su imagen. La gloria venidera es segura, porque toda condenación y juicio ha pasado de nosotros al Salvador.

Resumen. Es en la vida de Moisés donde veo el ejemplo más claro de una vida de fe. A lo largo de toda su vida, Dios había dirigido las circunstancias que moldearían a un hombre conforme a Su propio corazón y para Sus propios propósitos. Este es verdaderamente un hombre que sería “para alabanza de Su gloria” (Efesios 1:12).

1. Todas las cosas ayudan a bien a los que andan por fe.

2. Los amigos de Dios son aquellos que andan por fe.

3. Dios busca hombres y mujeres a quienes pueda moldear en vasos de Su gloria.

4. El proceso de moldeado es la obra de la fe.

5. La fe no nos libra del cincel ni del martillo del Escultor Divino.

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