Capítulo 15 · 7 min de lectura
José
«Por la fe José, al fin de su vida, hizo mención del éxodo de los israelitas y dio instrucciones acerca de su sepultura» (Hebreos 11:22).
El breve relato del perdón de José hacia los hermanos que tan mal lo habían tratado se encuentra al final de Génesis 50. Allí hallamos la maravillosa declaración: «Vosotros pensasteis mal contra mí; mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo» (Génesis 50:20). Aunque el enemigo a menudo desate ataques contra el pueblo de Dios, nuestro Padre es capaz de tornarlos en bien, tanto para nosotros como para la honra de su nombre.
Parece sorprendente que el autor de Hebreos, al escribir acerca de la fe, no se refiriera a los valles y montañas por los cuales y sobre los cuales Yahvé había conducido a José, sino que en su lugar escoja lo que parece ser una referencia insignificante con que se cierra el primer libro de la Biblia.
«Yo voy a morir, mas Dios ciertamente os visitará, y os hará subir de esta tierra a la tierra que juró a Abraham, a Isaac y a Jacob» (Génesis 50:24). Entonces hizo jurar a sus hermanos que, cuando Dios los visitara, habían de llevar sus huesos consigo a la tierra prometida.
Habrían de pasar otros 400 años antes de que esta profecía de José se cumpliera bajo el liderazgo de Moisés. Para el cumplimiento de su petición, véase Éxodo 13:19 y Josué 24:32.
José tuvo una revelación interior de parte de Dios, la cual confesó con su boca, muy semejante a lo que el apóstol Pedro haría en el monte
Hermón más de 2000 años después. En eso consiste su fe.
¿Qué podemos aprender de este versículo?
En primer lugar, vemos la semejanza entre su situación y la de su padre y su abuelo. Al igual que Isaac y Jacob, él era un extranjero, un peregrino en tierra ajena. Los tres hombres murieron sin haber entrado en la promesa que Dios había hecho, la promesa de la tierra prometida y de grandeza para la nación de Israel. Isaac permaneció como nómada y errante, Jacob seguía desterrado en la tierra de Egipto, y José había alcanzado las vertiginosas alturas de la prominencia, pero aun así era la grandeza de un extranjero en tierra ajena. Sin embargo, a los tres Dios les dio el testimonio de que su promesa no fallaría. Murieron en esperanza, no en desesperación.
Cualquiera que sea nuestra situación en la vida, somos llamados a andar el mismo camino que estos patriarcas: el camino de la fe. También nosotros podemos ascender a la prominencia en este mundo, pero jamás debemos olvidar que somos ciudadanos de otro reino, más alto. La mayoría de nosotros nunca experimentaremos las mayores promesas de Dios, pero cada uno de nosotros debe vivir de tal manera que acerquemos el día en que otros puedan gozarse en ellas. Jesús hizo una maravillosa promesa: que el Evangelio ha de ser predicado en todo el mundo, a todas las naciones, «y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). Él pondrá finalmente fin al pecado e inaugurará su reino de justicia.
Al vivir hoy en el mundo, quizá creas que su venida está todavía muy lejana. No obstante, el ejemplo de José se nos da para enseñarnos que hemos de mirar constantemente hacia adelante, a la certeza del cumplimiento de la promesa, y vivir una vida de tal expectación. Hemos de vivir cada día a la luz de la eternidad.
A lo largo de los años José llegó a conocer la fidelidad de Dios, y su lenguaje cambió. Ya no hablaba de sueños en los que gobernaría sobre su familia. No decía: «Id y contad a mi padre toda mi gloria en Egipto».
El escritor de Hebreos ha escogido el ejemplo de sus días postreros para enseñarnos algo. José se acerca al fin de su gloria terrenal y se ha dado cuenta de que todas las glorias y honores de este mundo nada son para un hombre que muere. Pueden satisfacer por una temporada, pero, al final, son como una burbuja que estalla.
La vida es algo fugaz.
«¿Qué es vuestra vida?», dice Santiago, «Ciertamente es un vapor que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Santiago 4:14).
Dios despierta la fe en el anciano, de modo que ahora ve dónde reside su verdadera herencia. Está en una tierra futura y en la venida de un libertador futuro. Uno pensaría que él querría que sus descendientes permanecieran en esta tierra de Egipto que tan buena ha sido con él. ¿Por qué, entonces, no quiere que su cuerpo permanezca allí? Tal vez, si no fuera sepultado en Egipto, le construirían un gran monumento, una tumba enorme en un lugar prominente, o quizá le pondrían su nombre a un gran edificio; su nombre sería conocido para siempre. En verdad, podría hacer edificar un templo a Yahvé y llamarlo «Iglesia Conmemorativa del Primer José ben Jacob». ¡De ese modo podría dar honra a Dios sin perder nada de su propia gloria!
Sin embargo, Dios no compartirá su gloria con el hombre, ni con ninguna de sus criaturas. Estoy siendo cínico, por supuesto, pero ¿no es asombroso cuántos notables «hombres de Dios» en nuestros días se han aferrado tenazmente cuando su honor o su reputación está en juego en la batalla por la integridad y la fidelidad a la obra de Dios? ¿No es asombroso con cuánta facilidad se puede manipular a los creyentes para que «hagan esta obra» o «den a aquella causa», cuando hay recompensas o prominencia asociadas? En cambio, somos llamados a ser como hombres muertos, sin reclamar derechos propios y sin buscar prominencia alguna en este mundo. Dios no nos ha llamado a ser famosos ni exitosos; nos ha llamado a ser fieles.
Como José, nuestro tema debería ser la venida de nuestro libertador y nuestra reunión con él. Jesús es nuestro libertador, y viene pronto. Ya nos ha librado de la pena del pecado —la justificación, plenitud para nuestro espíritu—. Actualmente nos está librando del poder del pecado —la santificación, plenitud para nuestra alma—, ¡y pronto vendrá a librarnos de la presencia del pecado —la glorificación, plenitud para nuestro cuerpo!
Estoy convencido de que, a diferencia de José, nosotros no tenemos que esperar más de 400 años, sino que «pronto, muy pronto, vamos a ver al Rey» (Andraé Crouch, Soon and Very Soon). Al contemplar este mundo con sus crecientes problemas de superpoblación, hambrunas, desastres naturales y el desmoronamiento de las familias y las estructuras sociales; al contemplar la iglesia con su gran expansión y sus programas misioneros en la mayor parte del mundo, estoy convencido de que él viene pronto. Al considerar la polarización dentro de la iglesia entre quienes son fieles a su Palabra y sus miembros más liberales, no me desanimo, sino que reconozco que él ahora está preparando y purificando a su esposa. Si estamos vivos cuando él venga, iremos a aquella herencia, pero si nos dormimos, no seremos dejados atrás. Así, en las palabras de José pronunciadas por la fe, vemos a los vivos y a los muertos yendo juntos desde el lugar de esclavitud.
«Los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor» (1 Tesalonicenses 4:16-17).
Ciertamente, la gloria y el oropel de este mundo se desvanecen a medida que anhelamos aquel día gozoso, tan pronto por acontecer. ¿Estamos haciendo de esto nuestro tema diario? Quizá necesitemos volver de nuevo a nuestro «lecho de muerte» al pie de la cruz, donde nuestra visión será transformada, porque los hombres muertos no tienen aprecio por las cosas de este mundo.
Resumen: En su lecho de muerte, a José le fue dada la fe para mirar hacia el futuro y ver al libertador, Moisés, que vendría a guiar al pueblo de Dios fuera de Egipto y a llevarlo a su herencia.
Aunque fue un hombre exitoso en Egipto, la fe le reveló que había una tierra mejor y un futuro mejor para los hijos de Israel.
1. Un libertador, Jesús, ha venido para sacarnos de nuestra esclavitud y guiarnos a su reino prometido.
2. La fe nos hace mirar hacia adelante con los ojos de hombres que están muertos a este mundo.
3. Nuestro destino no se halla en nuestras posesiones ni en nuestra posición; se halla en su promesa.
4. Necesitamos vivir cada día a la luz de su segunda venida.
5. Esta vida no es más que un momento fugaz.