Capítulo 14 · 7 min de lectura
Isaac y Jacob
«Por la fe, Isaac invocó bendiciones futuras sobre Jacob y Esaú.
Por la fe, Jacob, al morir, bendijo a cada uno de los hijos de José, y adoró apoyado sobre el extremo de su bordón» (Hebreos 11:20-21).
He reunido a estos dos porque nos enseñan el mismo principio.
La historia de Isaac bendiciendo a Jacob y a Esaú se encuentra en Génesis 27, mientras que la de Jacob bendiciendo a los hijos de José está en Génesis 48.
Hay poco que elogiar en Jacob. Era un engañador y un ladrón. Fue decisión de Esaú vender su primogenitura por un plato de guiso, pero fue la astucia de Jacob, alentada por su madre, la que robó la bendición que uno esperaría que se diera al primogénito. Estoy seguro de que no comprendía el principio bíblico que Dios iba a enseñar por medio de su engaño. Yo lo llamo «el principio del segundo nacido».
Medio siglo después, Jacob vuelve a intervenir al bendecir a los dos hijos de José. José conduce a sus dos hijos hacia su padre ciego, asegurándose de que el mayor, Manasés, quede frente a la mano derecha de Jacob, la mano de la bendición principal. El otro hijo, Efraín, queda a la izquierda de Jacob. El anciano, sin embargo, aunque exteriormente ciego, tiene una luz interior que lo lleva a cruzar sus brazos y a pronunciar la mayor bendición sobre el segundo nacido.
Por alguna razón, Dios está dirigiendo al anciano a hacer algo tan inaudito. José protesta, pero en vano. Jacob obedecerá la instrucción interior. Repito que no hay nada que indique que él comprenda por qué debe cruzar sus brazos; se declara que esto se hace «por la fe».
¿Cuál es el principio del segundo nacido?
Consideremos a aquellos que la Biblia registra: Caín era el mayor, Abel el menor. Dios honró a este último por encima del primero.
Esaú era el mayor, Jacob el menor. Dios dijo: «¡A Esaú aborrecí, mas a Jacob amé!».
Manasés era el mayor, Efraín el menor, pero Efraín recibió la mayor bendición.
Adán fue el primer hombre creado, y Jesús vino como «el segundo Adán», es decir, el segundo nacido.
«Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:21-22).
Ya en los días del Antiguo Testamento, Dios prefigura el día en que su «segundo Adán» vendrá a contrarrestar la muerte que ha venido sobre todos los hombres a causa de la desobediencia del primer Adán.
Él, «el hijo de la promesa», vencerá la muerte por su obediencia a la voluntad directriz de Dios. Será el progenitor de una nueva raza de personas, los «nacidos dos veces». Primero por agua (el nacimiento natural), y segundo por el Espíritu (el nuevo nacimiento). Con acierto se ha dicho que «si naces una sola vez, morirás dos veces (es decir, muerte natural y muerte eterna); pero si naces dos veces, morirás una sola vez» (autor desconocido).
Las bendiciones de Dios se pronuncian sobre los hijos del segundo nacido.
He aquí, pues, el principio del nuevo nacimiento, sin el cual «no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3), y mucho menos entrar en él. Adán, el primer hombre, es el progenitor de los «nacidos de la carne» (Juan 3:6). Jesús, el segundo hombre, es el progenitor de los «nacidos del Espíritu» (Juan 3:6).
Pues habéis renacido, no de simiente corruptible, sino incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:23).
En un capítulo anterior vimos que la grandeza en el reino de los cielos se atribuye a quienes son como «el menor» (Lucas 22:26). Así, en las acciones de Isaac y de Jacob al bendecir al segundo nacido, Dios presenta de nuevo el principio que Jesús enseñaría más tarde. Sus acciones de «fe» fueron dispuestas para mostrarnos qué clase de personas debemos ser como «nacidos de nuevo».
Miremos más de cerca los atributos del segundo nacido, o del menor. El hijo menor no tiene derecho a la herencia de su padre terrenal. Su posición es de poca fama y honra. Es el hijo que recibe lo heredado de segunda mano: la ropa y los juguetes desechados por su hermano mayor.
En la escuela puede que lo conozcan como «el hermano de fulano», sin una identidad propia. Sus logros se miden en comparación con los del hermano mayor. Como el hijo pródigo, puede marcharse de casa con todas sus posesiones terrenales en un saco echado al hombro, mientras su hermano mayor se queda a cuidar de la herencia, la hacienda.
El hijo menor no se interesa por mantener el orden establecido, ni maniobra políticamente para conservar sus posesiones. Es un rebelde en lo que respecta a los sistemas de este mundo. Recuerdo cuando se estaba produciendo la Living Bible. Cada libro de la Biblia se publicaba por separado, cada uno con un título característico.
El Evangelio de Marcos, que trata de Jesús como el siervo, se titulaba «Jesús: Rebelde con Causa». Su madre proclamó proféticamente que Él «esparciría a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitaría de los tronos a los poderosos y exaltaría a los humildes. Colmaría de bienes a los hambrientos y despediría vacíos a los ricos» (el Magníficat, Lucas 1:52-53). ¡Eso es una declaración de guerra contra los sistemas de este mundo! Él ha venido a establecer su reino, y llama a su pueblo, los nacidos dos veces, a no contentarse con la sociedad de este mundo, sino a vivir un cristianismo contracultural.
Al considerar otros personajes bíblicos que se distinguieron por ser el menor, el más pequeño o el último, me siento atraído hacia el joven pastor, David.
Era el menor de los ocho hijos de Isaí (1 Samuel 16). ¿Quién podría haber previsto semejante futuro para él cuando el profeta Samuel vino a ungirlo como rey sobre Israel? La única experiencia que tenía era apacentar ovejas, ¡pero no había estado perdiendo el tiempo! Había estado practicando con la honda, cumpliendo fielmente su trabajo y protegiendo las ovejas de su padre del león y del oso.
Aunque era el último en la fila de lo heredado de segunda mano, nunca mostró resentimiento. En cambio, aprendió a aceptar su lugar y a esperar su turno. El Señor lo escogió para ser rey porque conocía su corazón. A Samuel, Dios le había dicho: «Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón» (1 Samuel 16:7).
David había aprendido a confiar en Dios, aun cuando las circunstancias parecían gigantes ante él. Nunca fijó su mirada en los problemas, sino que mantuvo sus ojos en el Señor. Su confianza estaba en el Señor y en la honda, no en la armadura de Saúl, que no había probado. ¿Qué has probado tú?
¿La palabra de Dios? ¿Su nombre? Ellos resistirán la prueba.
Cuando David entró en el palacio de Saúl, no quiso forzar el calendario de Dios. ¡Había aprendido a esperar! No te adelantes a Dios; ¡solo caminarás en tu propia sombra! Aunque hubo ocasiones en que parecía que Dios le presentaba el trono, David aun así esperaba, diciendo: «No extenderé mi mano contra el ungido del Señor» (1 Samuel 24:6). No habría en él ninguna maniobra política. Ese es el modo del mundo; no es el modo del pueblo del Reino, ¡y Dios conocía el corazón de David!
Resumen. Para el autor de Hebreos 11, los patriarcas Isaac y Jacob fueron guiados por Dios para pronunciar bendiciones sobre el segundo nacido, aun a través del engaño de Jacob. Los principios bíblicos que el Señor quiere enseñarnos son: 1. Bienaventurada es la persona que ha nacido dos veces.
2. Nuestras bendiciones vienen por medio del segundo Adán, el segundo nacido, que nos ha redimido de la maldición del primer Adán, el primogénito.
3. Los hijos del segundo nacido han de ser cristianos contraculturales, que no aman los sistemas de este mundo y que manifiestan las características del «menor».