Capítulo 3 · 24 min de lectura

La fe que salva

«Entonces, sacándolos fuera, dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo? Y ellos dijeron: Cree en el Señor Jesús, y serás salvo tú y tu casa.» Hechos 16:30-31. Este es uno de los textos peor entendidos y peor empleados de toda la Biblia, y quizá uno de los que ha sido obligado a servir tanto al diablo como a Dios. Que cada creyente aquí presente pida con fe la luz del Espíritu Santo, mientras procuramos comprenderlo y aplicarlo correctamente. Consideremos: ¿Quiénes han de creer?

¿Cuándo han de creer?

¿Cómo han de creer?

1. ¿Quiénes han de creer?

¿A quién le dice el Espíritu Santo: «Cree en el Señor Jesús, y serás salvo»? Fíjense bien: no a todos los pecadores indistintamente.

Aquí hay un grave error que se encuentra en buena parte de la enseñanza de nuestros días. Con frecuencia se separan estas palabras de su contexto y de muchos otros pasajes que las explican. Se presentan al margen de las condiciones que siempre las acompañaban en la enseñanza y en la práctica de los apóstoles. En verdad, no ha sido sino en los últimos sesenta o setenta años cuando este nuevo método se ha vuelto común: predicar sin distinción a pecadores no despertados, no convertidos e impenitentes: «Cree en el Señor Jesucristo».

Me parece que se ha hecho un gran daño a la causa de Cristo con este manejo incorrecto de la Palabra de Dios. Además de ser antibíblico, es también irrazonable. ¿Cómo puede un pecador no despertado, no convencido e impenitente creer de veras? Sería más fácil esperar que Satanás creyera. Es imposible.

Miles de tales personas dicen: «Yo sí creo». Hace poco tiempo, mi querido hijo conversaba con un hombre que iba sentado en lo alto de un ómnibus, bajo la influencia del alcohol y empleando un lenguaje muy indebido. Mi hijo procuraba mostrarle el peligro de su conducta pecaminosa como transgresor de la ley de Dios. «¡Oh!», dijo el hombre, «no es por obras; es por fe, y yo creo tanto como usted».

«Sí», respondió mi hijo, «pero ¿qué es lo que usted cree?».

«Oh», contestó, «yo creo en Jesucristo, y por supuesto seré salvo».

Ese hombre es una muestra de miles. A tales personas las encuentro todos los días.

Creen que hubo un hombre llamado Jesús, y que murió por los pecadores, incluso por ellos. Pero en cuanto al ejercicio de la fe que salva, no saben más de ella que Agripa o Félix. Esto se hace evidente cuando se acercan a la muerte. Entonces esas mismas personas se retuercen las manos, desesperan y llaman a los cristianos para que vengan a orar con ellas.

Si de veras hubieran creído, ¿a qué viene todo este temor y sobresalto ante la cercanía de la muerte? Eran creyentes solo con la mente, no con el corazón. Aceptaban los hechos consignados en la Escritura, pero no creían en el sentido bíblico de la palabra. Si así hubiera sido, su fe los habría salvado. Sostenemos que es tan inútil como antibíblico predicar «solo cree» a tales personas.

Los cristianos no han cumplido con su responsabilidad cuando se limitan a decir a los pecadores que Jesús murió por ellos y que deben creer en Él. Tienen una tarea más difícil: ayudar a abrirles los ojos a su verdadera condición, para que, por el poder del Espíritu, se den cuenta de que son pecadores necesitados de salvación.

Cuando las personas reconocen que están espiritualmente enfermas, correrán al Gran Médico. Los ojos del alma han de abrirse a la realidad del pecado y a las consecuencias del pecado. Esta toma de conciencia debe producir un anhelo sincero de ser salvado de él. El gran instrumento de Dios para lograrlo es su ley, que sirve de ayo para llevar a los pecadores a Cristo como su Salvador.

No hay ni un solo caso en el Nuevo Testamento en que los apóstoles exhortaran a las personas a creer, o en que se describa a alguien como creyente, sin que haya buena razón para concluir que la convicción de pecado y el arrepentimiento ya habían tenido lugar.

La única excepción aparente es Simón el hechicero.

Como muchas personas en tiempos de poderosos movimientos religiosos, Simón se dejó arrastrar por la influencia de las reuniones y por el ejemplo de quienes lo rodeaban. Profesó fe.

Sin duda aceptó el hecho de que Jesús murió en la cruz. Recibió en su mente los hechos del cristianismo y, en ese sentido, se hizo creyente, tal como lo hacen hoy decenas de miles. Incluso fue bautizado. Pero cuando llegó el momento de la prueba —si le importaban más sus propios intereses o los intereses de Dios—, su verdadera condición quedó al descubierto.

Como dijo el apóstol: «Tu corazón no es recto delante de Dios». Hechos 8:21. Nadie está convertido cuyo corazón no esté recto para con Dios. Esa es la prueba.

Si Simón hubiera estado verdaderamente convertido, su corazón habría estado recto para con Dios, y jamás se le habría ocurrido que el don del Espíritu Santo pudiera comprarse con dinero. Pedro añadió: «Porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás». Hechos 8:23. ¿Y qué dijo a continuación?

¿Dijo acaso: «Cree de inmediato»?

No.

Al contrario, dijo: «Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón».

Arrepiéntete primero, y luego recibe el perdón.

Así, recibimos una doble lección de este pasaje.

Simón es el único caso registrado de alguien que profesa creer sin que haya en el pasaje mismo evidencia clara de que la convicción y el arrepentimiento precedieron a la fe. Y aun aquí, el desenlace confirma el punto.

Simón poseía la fe de la mente, pero no la fe del corazón. Por eso, su profesión terminó en fracaso y desesperación. Algunos me han escrito esta semana diciendo que habían creído.

Habían sido persuadidos a hacer una profesión de fe, pero ningún fruto siguió.

Ah, no era fe del corazón. Era meramente fe intelectual, como la de Simón. Te dejó peor de lo que te encontró, y desde entonces has estado luchando y vagando en tinieblas espirituales.

Pero no concluyas que aquello era fe genuina y que la fe genuina ha fracasado. Al contrario, cobra ánimo y comienza de nuevo. Arrepiéntete, y busca lo verdadero.

Satanás siempre provee una falsificación. Por tanto, no caigas en la desesperación porque la clase equivocada de fe no dio resultado. Ese fracaso no hace ineficaz la verdadera fe de Dios. ¡De ningún modo!

Considera otro ejemplo: los tres mil convertidos en un solo día. Sin duda esta es una ilustración bíblica. Nadie puede llamarla antievangélica ni legalista.

¿Qué fue lo primero que hizo Pedro?

Clavó la penetrante verdad de Dios en sus corazones y los puso bajo convicción.

Los despertó a la gravedad de su condición hasta que clamaron: «Varones hermanos, ¿qué haremos?». Hechos 2:37. Estaban profundamente turbados. Sus corazones fueron traspasados. Sus ojos se abrieron a las terribles consecuencias de su pecado.

Como resultado, clamaron ante la gran multitud, buscando el camino de salvación.

Pedro primero los convenció de pecado, y al hacerlo siguió el orden establecido por Dios.

Otra vez, al eunuco se le cita a menudo como ilustración de la fe; pero ¿en qué estado de ánimo se hallaba? ¿Era un pecador descuidado y sin convicción? Allí estaba: un etíope, un gentil; pero ¿dónde había estado?

En Jerusalén, para adorar al Dios vivo y verdadero de la mejor manera que sabía y conforme al entendimiento que tenía. Entonces, ¿qué hacía cuando Felipe lo encontró? No se contentaba con adorar en el templo y luego volver a su vida ordinaria sin preocupación alguna. Escudriñaba las Escrituras. Buscaba honestamente a Dios, y el Espíritu Santo siempre sabe dónde están tales almas. Así que dijo a Felipe: «Acércate y júntate a ese carro». He aquí un hombre que me busca; he aquí un hombre cuyo corazón está sinceramente empeñado en hallarme. Ve y predica a Cristo, y dile que crea. Aquel hombre habría sacrificado, hecho o perdido cualquier cosa por la salvación, y tan pronto como Felipe le explicó el camino de la fe, la recibió, por supuesto, como lo harán todas esas almas.

Saulo, camino de Damasco, es otro ejemplo. El mismo Jesucristo fue allí el predicador, y ciertamente Él no podía equivocarse. Su método era perfecto. ¿Dónde comenzó? ¿Qué le dijo a Saulo? Vio a un hombre de corazón honrado. Saulo era sincero, hasta donde entendía, y si en algún caso parecía haber necesidad de la recepción inmediata de Cristo por la fe, era en el suyo.

Pero el Señor Jesucristo no dijo una sola palabra acerca de la fe. «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Hechos 9:4), arrancando de sus ojos las vendas del engaño y dejándole ver la maldad de su conducta.

Cuando Saulo dijo: «¿Quién eres, Señor?» (Hechos 9:5), Él repitió la acusación. No vino con palabras de consuelo. No sanó de inmediato la herida; sino que dijo: «Yo soy Jesús, a quien tú persigues» (Hechos 9:5). Hundió la verdad aún más hondo, abriéndole más los ojos a Saulo y haciéndole más consciente de su culpa. Entonces lo envió a Damasco, donde pasó tres días antes de recibir sanidad. Dios le envió un humilde instrumento humano, y Saulo tuvo que oír y obedecer sus palabras antes de que las escamas cayeran de sus ojos, antes de que llegara la seguridad del perdón, y antes de que el Espíritu Santo llenara su alma.

¡Me pregunto qué hacía Pablo durante aquellos tres días! No cantando himnos de acción de gracias y de alabanza. Eso vendría más tarde. ¿Qué crees que hacía? Ni comía ni bebía, y permanecía en tinieblas. ¿Qué hacía? Sin duda oraba. Sin duda buscaba a este Cristo que le había hablado en el camino. Sin duda contemplaba con horror su vida pasada y renunciaba para siempre a su oposición a Jesucristo y a su Evangelio.

Por supuesto, daba frutos dignos de arrepentimiento, según el orden divino (Hechos 26). Entonces vino Ananías y le predicó a Cristo. Creyó para salvación, las escamas cayeron de sus ojos, y su boca se llenó de alabanza y de acción de gracias a Dios.

Cornelio es otro ejemplo, pero ¿cuál era el estado de su mente y de su corazón? Sabemos que temía a Dios y practicaba la justicia hasta donde le era posible. Daba generosamente al pueblo y oraba de continuo. Eso es más de lo que algunos de ustedes han hecho jamás, aunque viven en tiempos del Evangelio. Nunca han pasado una noche entera orando por su alma; ni siquiera media noche, algunos de ustedes. Cornelio sí lo hizo. Buscaba a Dios. Deseaba sinceramente conocerlo. Estaba dispuesto, costara lo que costara, a hacer su voluntad. En consecuencia, el Señor le envió el glorioso mensaje de la revelación de Jesucristo.

Podría seguir dando ejemplos, pero debo detenerme. Hemos dicho lo suficiente para mostrar quiénes han de creer: los pecadores verdaderamente arrepentidos, y solo ellos.

Este texto está dirigido a un pecador arrepentido, iluminado y convencido. Algunos de ustedes están iluminados, convencidos, y tan turbados que no pueden dormir. Ustedes sí se arrepienten. Ustedes son, pues, las personas mismas a quienes llega este texto: Cree. Están en la misma condición del carcelero.

«Cree en el Señor Jesús, y serás salvo» (Hechos 16:31). Consideremos ahora el estado de ánimo en que se hallaba el carcelero. Vemos por todo el relato cómo se le habían abierto los ojos. El terremoto lo había hecho. Algunas personas necesitan un terremoto antes de que se les abran los ojos, y ha de ser uno poderoso. Al carcelero se le abrieron los ojos, e hizo el mejor uso de la oportunidad.

Poco antes, había tratado con crueldad a los apóstoles. Hablemos de un cambio: he aquí un cambio.

Entonces clamó: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» (Hechos 16:30). En efecto, decía: «Estoy dispuesto a hacer cualquier cosa; solo dime qué». Cuando un alma llega a ese estado de ánimo, no queda nada más por hacer sino creer en el Señor Jesucristo. Vino temblando, se postró delante de ellos, y después lavó sus heridas. Cuando llegues a ese estado de ánimo, pronto serás salvo. No te quedará nada más por hacer sino creer. Entonces te resultará fácil.

2. ¿Cuándo ha de creer un pecador?

Cuando se arrepiente.

Aquí de nuevo voy a responder a algunas de sus cartas. Una persona escribe: «Temo no darme cuenta suficientemente de mi pecado. No tengo una angustia particular a causa del pecado, pero sí veo toda mi vida como un enorme error y pecado».

Nada es más común que el que las personas se engañen en este punto. Esa persona confunde el sentimiento con la convicción. Piensa que, por no haber experimentado la angustia extrema que algunos han sentido, no está, por tanto, suficientemente convencida de pecado. Y sin embargo el Espíritu Santo le ha abierto los ojos para ver que toda su vida ha sido un gran error y pecado. Está convencida de que todo ha sido pecado; no meramente pecados aislados aquí y allá, separados del resto de su vida, sino una percepción de su verdadera condición que la lleva a ver toda su vida como pecaminosa.

Ciertamente, amigo mío, estás convencido. ¿Quién sino el Espíritu Santo pudo haberte mostrado eso? Ahora bien, el alma verdaderamente arrepentida primero ve el pecado; segundo, aborrece el pecado; tercero, renuncia al pecado.

Permíteme probarte por cada una de estas señales. No dejes que Satanás te engañe y te haga negar lo que Dios ha estado obrando en tu corazón. Enfrenta los hechos. Cuando hayas llegado a una conclusión, no le permitas iniciar una discusión en tu mente. Aférrate firmemente a lo que sabes que es verdad y avanza desde allí, o nunca hallarás paz. Satanás es el acusador de los hermanos; y, supongo, también de las hermanas.

Seré tan honesto y escudriñador contigo como pueda. No eludiré el examen; pero una vez que hayamos examinado y hallado la verdad, mantente firme en ella por amor de Cristo, y no dejes que se te escape de debajo de los pies. Satanás tratará de robarte el sentido común, la conciencia y las convicciones.

Ves el pecado. Un alma completamente no despertada no ve el pecado en su verdadero carácter, en su gravedad, ni en sus consecuencias. Tal persona admite que todos los hombres son pecadores. Oh sí, pero no ve la naturaleza mortal y condenatoria del pecado. No ve qué cosa tan mala y amarga es el pecado en sí mismo.

Ahora bien, solo el Espíritu Santo puede abrir los ojos de una persona para ver esto. Sin Él, toda mi predicación —o la de cualquier otro—, aun la predicación de los ángeles, si se les permitiera predicar, podría continuar para siempre y nunca producir convicción de pecado. Si ves el pecado, es el Espíritu Santo quien te ha abierto los ojos. Dale gracias y cobra ánimo, amigo mío. Si Dios ha tratado contigo hasta aquí y te ha abierto los ojos para ver el carácter y las consecuencias del pecado, ¿no da esto a entender que también desea salvarte de él? Te ha abierto los ojos para poder ungirlos con colirio y capacitarte para ver luz en su luz.

Ahora bien, ¿has llegado hasta aquí? Me has dicho que tu vida ha sido un gran pecado. Otros hablan de un pecado particular. Sea lo que sea, si estás convencido de pecado, es el Espíritu Santo quien te ha convencido. Por tanto, da gracias a Dios y cobra ánimo hasta aquí.

Además, el verdadero penitente aborrece el pecado; es decir, su actitud hacia el pecado es completamente distinta de lo que era antes. Hubo un tiempo en que podías cometer pecado casi sin notarlo ni sentir preocupación. A menudo las personas no se dan cuenta del gran cambio que se ha operado en ellas a este respecto, porque son llevadas a él de forma gradual.

Recuerda tu estado no despertado. ¿Cómo vivías entonces? Las mismas cosas que ahora te causan tanta angustia eran cosas que practicabas cada día sin preocupación. Las cosas que ahora te horrorizan, aun en pensamiento o tentación, formaban parte de tu vida diaria sin ningún sentido de culpa.

No tenías aborrecimiento del pecado ni temor de él. Eras un esclavo voluntario de Satanás. Ahora eres uno que sirve contra su voluntad. Antes corrías hacia el pecado; ahora él tiene que empujarte hacia él. Cuando caes, es contra tu voluntad. Aborreces el pecado.

Ahora bien, esto no significa que ya estés salvado de él. Tampoco significa que tengas el poder de salvarte de él. De hecho, esta es precisamente la lucha que describe el apóstol cuando retrata los esfuerzos infructuosos de un pecador convencido. Lo que no quieres hacer, te encuentras haciéndolo; y lo que deseas hacer, no tienes el poder de realizarlo. No obstante, deseas hacer lo que es recto. Esa es la diferencia.

En otro tiempo, no tenías deseo alguno de hacer esas cosas. De hecho, quizá hasta pensabas que quienes las hacían eran hipócritas. Ahora sientes algo muy distinto. Luchas, te esfuerzas, oras y te mantienes vigilante.

Algunos de ustedes me lo han dicho así, y sin embargo dicen: «Soy vencido una y otra vez».

Por supuesto que lo eres, porque aún no estás salvado. Pero ¿no ves que deseas serlo? Aborreces el pecado que te tiene cautivo. Luchas contra él. Velas contra él. Quizá no eres vencido ni con mucho tan a menudo como antes.

Las personas no se dan cuenta de cuánto deben al poder convincente y refrenador del Espíritu Santo, que socorre su debilidad aun ahora, capacitándolas para cortar la mano derecha y sacar el ojo derecho, y llevándolas a una actitud de espera delante de Dios, como Cornelio y el eunuco.

Algunos de ustedes, oyentes míos, buscan a Dios. Anhelan la liberación y luchan contra el pecado.

Toma otra ilustración. No quiero decir que el alma tenga poder para salvarse de su corrupción interior. Eso es lo que Jesucristo da cuando salva. Pero considera esto: aquí hay un hombre que es adicto a la bebida. Es un borracho. Luego llega a ser convencido de pecado. El Espíritu de Dios le dice: «¿Renunciarás a la copa?». Entonces comienza la lucha.

Ahora bien, ¿debería enseñarse a ese hombre a seguir bebiendo y simplemente esperar que Dios lo salve? ¿Deberías seguir diciéndole: «No te preocupes por la bebida; solo cree en el Señor Jesucristo y serás salvo»? ¿O deberías decirle: «Debes apartar tu pecado. Corta esa mano derecha. Saca ese ojo derecho. Renuncia para siempre a esa bebida en tu corazón, tu propósito y tu voluntad. Hasta que lo hagas, no puedes ejercer verdaderamente la fe en el Señor Jesús»?

Aquí hay otra persona que es adicta a la mentira. Cuando es convencida de pecado, empieza a guardar sus labios para no pecar con su boca. Lo logra hasta cierto punto, o más bien, el Espíritu Santo le ayuda a lograrlo, de modo que no miente como solía hacerlo. Todavía falla de vez en cuando, porque aún no ha hallado pleno poder sobre ello, pero está firmemente decidida, y en cuanto de su voluntad depende, va cortando este pecado exterior y espera en obediencia la plena liberación y salvación.

Está también el criado que roba con regularidad de la caja de dinero de su amo. Asiste a una reunión religiosa y es convencido. Entonces el Espíritu de Dios le dice: «Debes dejar esa deshonestidad. No puedes venir a esta reunión noche tras noche, diciendo que deseas la salvación, mientras cada día sigues robándole a tu amo. Debes cortar esa mano derecha. Abandona ese robo. Resuélvete a hacer restitución, y espera delante de mí dando frutos dignos de arrepentimiento».

Ya ves lo que quiero decir. Algunos de ustedes están exactamente en esa situación; lo saben bien. Cualquiera que sea el hábito pecaminoso que los tenga sujetos, el principio es el mismo. Jesucristo quiere que renuncien a ese hábito en su voluntad, su determinación y su propósito. No tienes el poder de librarte de él. Puedes luchar, como algunos de ustedes dicen que hacen, pero aún te vence. Él lo sabe todo acerca de eso. Con todo, aprueba la lucha, el esfuerzo, la vigilancia y la determinación.

Cuando Él te salve, te dará el poder, y entonces te mantendrás en pie en lugar de caer, porque Él mismo te sostendrá.

Ahora sabes que has llegado hasta aquí. Sabes que si tuvieras el poder en este mismo instante de destruir por completo y para siempre el dominio de ese mal hábito sobre tu vida, lo harías sin un momento de vacilación. Dices: «Oh sí, lo haría. Con solo que tuviera el poder». Eso es arrepentimiento. Ese es el arrepentimiento genuino.

Lo que no puedes hacer por ti mismo, Cristo te sale al encuentro allí donde estás y dice: «Yo lo haré por ti. Quebrantaré el poder de ese hábito. Te libraré de la mano del enemigo. Te libertaré de esa esclavitud. Solo pon tu fe en mí, y yo te levantaré. Te llenaré de mi Espíritu.

Estarás firme en mí y por mí, y lo que ahora luchas por hacer por ti mismo, yo lo haré por ti».

Entonces, ¿has llegado hasta aquí, a aborrecer el pecado?

«Sí, lo aborrezco».

Lo has escrito en tus cartas para mí, y otros lo están diciendo aunque no lo hayan escrito.

«Sí», dices, «deseo ser salvado de él. Si pudiera salvarme del pecado en este mismo momento y no volver a pecar jamás, lo haría».

¿Lo harías? ¿No es eso arrepentimiento? ¿Qué otra cosa podría ser?

Supón que tuvieras un hijo desobediente y rebelde. Había vivido desafiando tu autoridad, había malgastado tu dinero y había pisoteado tus mandatos. Y supón que llega a ver el error de sus caminos. Quizá el sufrimiento le abrió los ojos. Quizá la pobreza. Quizá fue otra cosa. Sea como sea, lo ve.

Vuelve a casa y dice: «Padre, ¡qué necio he sido! ¡Qué malvado he sido! Ahora lo veo todo. No lo veía cuando lo hacía. Veo mi senda pecaminosa, los pecados que te causaron dolor y trajeron tristeza a tu vida. Oh, cómo aborrezco todo esto. Me arrepiento en polvo y ceniza. Padre, lo abandono todo. Vuelvo a casa, a ti».

¿Qué dirías?

¿Dirías: «Hijo mío, no te has arrepentido lo suficiente. Vete y vuelve cuando sientas más dolor»?

No. El corazón de tu padre se tendería hacia él en amor y en perdón. Lo abrazarías y le darías la bienvenida a casa.

«Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente» (Lucas 15:10).

Habría gozo en aquella familia por el regreso del hijo extraviado.

Pero supón que el hijo dijera: «Padre, de veras me arrepiento y abandono mis pecados, pero hay compañeros que quizá vuelvan a influir en mí, y hay hábitos tan poderosos que temo que puedan vencerme. Déjame quedarme cerca de ti. Necesito tu fortaleza».

¿Qué dirías?

¿No responderías: «Entonces entra, hijo mío. Quédate conmigo, y yo te protegeré. Yo te ayudaré. No andarás solo. Estaré contigo y te sostendré»?

Hasta donde cualquier padre humano pudiera proteger a otro, protegerías a tu hijo. Nunca le faltaría tu comprensión ni tu apoyo, de día ni de noche.

A tu Padre celestial no le falta ni comprensión ni fortaleza. Su ojo nunca duerme. Su brazo nunca se cansa. Solo tienes que llevar tu impotente debilidad a su omnipotente fortaleza mediante este acto de fe, y Él te sostendrá, aunque te rodee una legión de demonios.

Por último, renuncias a tus pecados; es decir, en tu voluntad, tu propósito y tu determinación.

Dices: «Nunca más quiero contristarle».

Lo cantas, y lo dices de veras.

«No quiero contristarle nunca más».

Si pudieras vivir sin contristarle, tendrías por valioso cualquier sacrificio. ¿No es eso arrepentimiento? Sabes que lo es.

Renuncias al pecado. No dices: «Señor Jesús, sálvame mientras retengo esta mano derecha y este ojo derecho. Sálvame mientras me aferro a estas cosas prohibidas».

No.

Dices: «Señor Jesús, sálvame de ellas. Límpiame».

Eso es arrepentimiento. Ves el pecado. Aborreces el pecado. Renuncias al pecado.

Ahora, pues, cree en el Señor Jesucristo.

Oh, Espíritu Santo, revela el sencillo camino de la fe.

Preguntas: «¿Cómo he de creer?».

Un alma atribulada me hizo una vez esta pregunta con letras grandes: «¿Cómo he de creer?».

¿Cómo cree una novia en su esposo cuando se entrega a él ante el altar del matrimonio? Se confía a él. Cree en él. Hace un pacto con él, y luego va a casa y vive como si ese pacto fuera verdadero.

Eso es fe.

¿Cómo confías en un médico cuando estás enfermo y postrado en tu lecho, sea en paz o en sufrimiento? Pones tu caso en sus manos. Te encomiendas a su cuidado. Confías en su pericia y sigues sus indicaciones.

Ten una fe como esta en Jesucristo.

Confía y obedece, y espera que se haga contigo conforme a su Palabra.

En cambio, la fe de muchas personas es como la de quien padece una enfermedad grave. Un amigo le habla de un médico maravilloso que ha curado a cientos de casos semejantes y le da abundante evidencia de que el doctor es capaz y está dispuesto a sanarlo si tan solo se pone bajo su cuidado. El enfermo puede creer plenamente el testimonio de su amigo acerca del médico, y sin embargo, por alguna razón oculta, se niega a confiarse a él.

Muchas personas tratan a Jesucristo de la misma manera. Creen que Él puede sanar la enfermedad del pecado en sus condiciones establecidas. Creen que no hace acepción de personas. Creen que ha salvado a cientos que eran tan pecadores como ellos. Y sin embargo, por alguna razón, no confían en Él. Se retraen.

Lo que necesitas hacer es poner tu caso en sus manos y decir: «Señor Jesús, vengo como me has invitado, confesando y abandonando mi pecado. Si pudiera, lo dejaría atrás para siempre en este mismo instante. Tú sabes que vengo renunciando a él, aunque sin poder para salvarme de él. Y ahora, Señor Jesús, tú has dicho: “Al que a mí viene, no le echo fuera”» (Juan 6:37).

«Yo vengo. Tú no me echas fuera. Tú me recibes. Bendito Padre celestial, me entrego a ti. Pongo mis pecados sobre el sacrificio de tu Hijo. Tú has dicho que me recibirás y me perdonarás por amor de Él. Ahora traspaso mi culpable carga sobre Él, y creo tu promesa. Confío en que serás fiel a tu palabra».

Eso es fe.

«Pero», dijo una querida señora, «no lo siento».

No. Primero has de confiar.

Fíjate bien: no has de creer primero que estás salvado, sino creer que Él te está salvando ahora conforme a su promesa.

«Todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá» (Marcos 11:24).

Ese es el principio de la fe. Cree que recibes antes de sentir. Cuando recibas, entonces sentirás. Dios resultará verdadero, y toda persona o demonio que le contradiga será hallado mentiroso.

Echa tus brazos alrededor del Crucificado. Ásete de la mano del Hijo de Dios. Lleva tu alma culpable al pie de su cruz y di: «Tú me recibes. Tú me perdonas. Tú me limpias. Tú me salvas».

Sigue hablando el lenguaje de la fe.

He visto a muchas almas entrar en libertad mientras repetían, aplicándolas a sí mismas, estas preciosas palabras: «Mas Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).

Sigue hablando el lenguaje de la fe durante todo el camino a casa esta noche.

Entra en tu cuarto y di: «Estoy resuelto a ser salvo, si de veras se me ofrece la salvación».

Resuélvete a que, si pereces, perecerás allí, al pie de la cruz, clamando por misericordia. Pero no perecerás, porque Él ha prometido misericordia a los que vienen.

Nunca he sabido de un alma que llegue a este punto y no halle pronto la salvación.

Sube al bote salvavidas. Deja atrás el naufragio de tu propia justicia y de tus propios esfuerzos.

Entra de lleno en el bote salvavidas del sacrificio de Cristo. Ásete firmemente de Él, y decide no soltarlo jamás hasta que el Espíritu dé testimonio dentro de tu alma, clamando: «¡Abba, Padre!» (Romanos 8:15), y sepas con certeza que has pasado de muerte a vida (Juan 5:24).

Que el Señor te ayude.

Amén.

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