Capítulo 15 · 5 min de lectura
Tercer discurso
¡Cuánto de asistir a reuniones y ser bendecidos allí, para luego marcharnos y vivir exactamente igual que antes, hasta el punto de que a veces nosotros, que estamos constantemente empeñados en acercar las almas a Dios, nos retiramos tan desanimados que casi se nos parte el corazón!
Sentimos que la gente retrocede del lugar adonde la hemos guiado, en vez de dar el paso hacia el lugar al que Dios la está llamando. Vienen y vuelven a venir, y nosotros somos para ellos, como dice el Profeta, un instrumento muy agradable, o muy desagradable, según sea el caso; y así se marchan sin recibir nada. No hacen ningún avance definido. No les hemos comunicado ningún don espiritual. Simplemente se les conmueven los sentimientos, y, por consiguiente, viven la semana siguiente exactamente como vivieron la anterior, y ceden a la tentación tal como lo hacían antes.
¿Podría alguien imaginar por un momento, al leer el Nuevo Testamento, que esto fuera lo que Dios se propuso en sus provisiones de gracia y salvación? ¿No hay un fin definido en cada promesa, exhortación y mandamiento? Dios es de lo más definido en sus exigencias y promesas, y en la provisión que ha hecho; y, sin embargo, muchos del pueblo del Señor son perpetua y obstinadamente indefinidos. Van y vienen, como una puerta sobre sus goznes, y nunca reciben nada del Señor.
Queremos que sin falta recibáis algo del Señor, y estamos completamente seguros de que podéis recibirlo y lo recibiréis, si cumplís la condición. El Señor está dispuesto a daros aquella medida particular de gracia, fortaleza y salvación que necesitáis. Ahora que habéis llegado al umbral de la buena tierra, solo hay una cosa que puede dejaros fuera, con tal que hayáis hecho la consagración necesaria. Por supuesto, si estáis reteniendo algo, entonces jamás podréis entrar hasta que lo entreguéis. Si os aferráis a alguna cosa dudosa, y no le concedéis a Dios el beneficio de la duda, jamás podréis entrar; pero, si veis esto, y hacéis la consagración necesaria, si de veras deseáis esta bendición, solo hay una cosa que posiblemente puede privaros de su gozo, y es: la incredulidad.
Se dirá de vosotros, en los años venideros, como se dijo de algunos en la antigüedad, Hebreos 3:19: "Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad." Habéis llegado justo hasta el umbral, y algunos de vosotros habéis estado allí muchas veces. ¡Oh! ¡Qué influencias tan llenas de gracia habéis experimentado!
¡Habéis mirado a través del velo! ¡Habéis sentido su mano! ¡Habéis puesto los pies sobre el umbral!
Habéis estado casi dentro, y entonces habéis retrocedido por causa de la incredulidad. ¿Sucederá otra vez así esta noche? ¡No lo permita Dios! ¿Cruzaréis al otro lado? ¿Os atreveréis? ¿Confiaréis? ¿Os lanzaréis sobre su fidelidad? ¿Saltaréis a los brazos del Amor Todopoderoso, y le confiaréis las consecuencias? No importa si acaso morís, o si os sobreviene algo que jamás le haya sucedido a nadie más en la historia del mundo; Dios cuidará de vosotros. No importa si el diablo viene y os examina, como hizo con Job, y os aflige con llagas, y os pone sobre el muladar: seréis más felices allí con Jesús que en un palacio sin Él. ¡Oh, esta preocupación por las consecuencias! El diablo conoce las grandiosas posibilidades que se abren ante muchos de vosotros; sabe no solo lo que podríais recibir y disfrutar en vosotros mismos, sino lo que podríais lograr para Dios si tan solo entrarais y poseyerais esta bendición; y por eso os atemoriza con las consecuencias. ¡Él sabe lo que podríais hacer, y a quiénes podríais ser usados para salvar!
¿Quién sabe a cuántos de estos seres preciosos que se reúnen a vuestro alrededor podríais ser usados para conducir a esta plataforma más alta, a este glorioso terreno ventajoso de la experiencia cristiana? ¿Y, por medio de ellos, a cuántos más? ¿Y cómo, de esta manera, se extendería la gloriosa bendición? Recordad, además, que cada vez que os acercáis y retrocedéis, hay menos probabilidad de que lleguéis a entrar alguna vez; y cuanto más os acercáis y retrocedéis, menos probabilidad hay de que jamás volváis a acercaros tanto.
Estáis contristando al Espíritu. Hay algunos que llevan años acercándose, y ahora han retrocedido del todo, y me temo que jamás volverán a subir. ¿Qué haréis vosotros?
La ley del reino, de principio a fin, es Mateo 9:29: "...Conforme a vuestra fe os sea hecho," y, Marcos 11:24: "Por tanto os digo, que todo lo que orando pidiereis, creed que lo recibiréis, y os vendrá." La verdad eterna lo ha pronunciado: "os vendrá." Y ahora bien, ¿lo haréis? ¿Habéis soltado todo? ¿Estáis completamente libres? ¿Lo dejáis todo atrás? ¿Estáis resueltos, desde esta noche, a romper los lazos con el pasado, y a no proveer más para la carne a fin de satisfacer sus deseos, sino a decir un adiós definitivo a las cosas que quedan atrás, cerrar los ojos ante ellas, y fijar la mirada en el premio de vuestro alto llamamiento, y seguir adelante en cada hora sucesiva de vuestra vida hasta alcanzarlo? ¿Lo haréis? Si lo hacéis, Dios os dará esta bendición. Él espera para hacerlo; Él está aquí. El Espíritu Santo está aquí: está guiando hacia arriba a muchos de vosotros; está intercediendo con vosotros; está reforzando en vuestros corazones lo que estoy diciendo; está diciendo: "Ven, amado; entra en la sala del banquete;" quiere bendeciros y llenaros de su Espíritu. Y ahora bien, ¿vendréis? ¡Oh! Que el Señor os ayude a no retroceder, sino a seguir adelante, seguir adelante, seguir adelante, sin importaros las consecuencias.