La libertad de la voluntad
Sección VII. Sobre la necesidad de la voluntad divina

Capítulo 32 · 14 min de lectura · 18 min de escucha

Sección VII. Sobre la necesidad de la voluntad divina

Sección VII.

Sobre la necesidad de la voluntad divina

Quizá alguno objete contra lo que se ha supuesto acerca del absurdo y la incoherencia de un poder autodeterminante en la voluntad, y de la imposibilidad de que sea de otro modo sino que la voluntad sea determinada en cada caso por algún motivo, y por un motivo que (tal como se presenta a la vista del entendimiento) es de mayor fuerza que cualquiera de los que aparecen del otro lado, que, si estas cosas son verdad, se seguirá que no solo la voluntad de las mentes creadas, sino la voluntad de Dios mismo, es necesaria en todas sus determinaciones. Acerca de lo cual dice el autor del Ensayo sobre la libertad de la voluntad en Dios y en la criatura (pp. 85, 86): «¡Qué extraña doctrina es esta, contraria a todas nuestras ideas del dominio de Dios! ¿No destruye acaso la gloria de su libertad de elección, y no quita al Creador, Gobernador y Bienhechor del mundo, ese agente libérrimo y soberano, toda la gloria de esta clase de libertad? ¿No parece hacer de él una especie de instrumento mecánico del destino, e introducir la doctrina de la fatalidad y la necesidad del señor Hobbes en todas las cosas que tienen que ver con Dios? ¿No parece representar al bendito Dios como un ser de vasto entendimiento, así como de poder y eficacia, pero dejándolo aun así sin voluntad para elegir entre todos los objetos que tiene a la vista? En suma, parece hacer del bendito Dios una suerte de ministro todopoderoso del destino, bajo su influencia universal y suprema; como era el sentir declarado de algunos de los antiguos, que el destino estaba por encima de los dioses».

Esto es declamar más que argumentar; es apelar a la imaginación y a los prejuicios de los hombres más que a la pura razón. Pero quisiera procurar considerar con calma si hay alguna razón en esta representación espantosa.— Mas antes de entrar en una consideración particular del asunto, debo observar esto: que es razonable suponer que ha de ser mucho más difícil expresar o concebir las cosas conforme a la exacta verdad metafísica en lo que toca a la naturaleza y al modo de existencia de las cosas en el entendimiento y la voluntad divinos, y a la operación de estas facultades (si así puedo llamarlas) de la mente divina, que en la mente humana, la cual está infinitamente más a nuestro alcance, más cerca de guardar proporción con la medida de nuestra comprensión y es más conmensurable con el uso y el alcance del habla humana. El lenguaje es, en verdad, muy deficiente en cuanto a términos para expresar la verdad precisa acerca de nuestras propias mentes y de sus facultades y operaciones. Las palabras se formaron primero para expresar cosas externas; y las que se aplican para expresar cosas internas y espirituales son casi todas prestadas y se usan en una especie de sentido figurado. De ahí que la mayoría de ellas vayan acompañadas de mucha ambigüedad e imprecisión en su significado, lo que ocasiona innumerables dudas, dificultades y confusiones en las investigaciones y controversias sobre cosas de esta naturaleza. Pero el lenguaje está mucho menos adaptado para expresar las cosas que hay en la mente de la Deidad incomprensible exactamente tal como son.

Encontramos muchísima dificultad para concebir con exactitud la naturaleza de nuestras propias almas. Y, a pesar de todo el progreso que se ha hecho, en las épocas pasadas y en la presente, en esta clase de conocimiento, por el cual nuestra metafísica, en lo que se refiere a estas cosas, ha sido llevada a mayor perfección que la que tuvo en otro tiempo, todavía queda aquí trabajo suficiente para futuras indagaciones e investigaciones, y espacio para que se siga progresando durante muchas épocas y generaciones. Pero tendríamos que ser metafísicos infinitamente capaces para concebir con claridad, conforme a la verdad estricta, propia y perfecta, la naturaleza de la Esencia divina y los modos de acción y operación de las potencias de la Mente divina.

Y puede notarse particularmente que, aunque nos vemos obligados a concebir algunas cosas en Dios como consecuentes y dependientes de otras, y algunas cosas pertenecientes a la naturaleza y la voluntad divinas como fundamento de otras, y por tanto anteriores a otras en el orden de la naturaleza —así, debemos concebir el conocimiento y la santidad de Dios como anteriores, en el orden de la naturaleza, a su felicidad; la perfección de su entendimiento, como el fundamento de sus sabios propósitos y decretos; la santidad de su naturaleza, como la causa y la razón de sus santas determinaciones—, sin embargo, cuando hablamos de causa y efecto, antecedente y consecuente, fundamental y dependiente, determinante y determinado, en el Ser primero, que existe por sí mismo, es independiente, de perfecta y absoluta simplicidad e inmutabilidad, y la causa primera de todas las cosas, sin duda tales representaciones han de tener menos propiedad que cuando hablamos de seres derivados y dependientes, que son compuestos y están sujetos a perpetuo cambio y sucesión.

Sentado esto, paso a hacer una observación acerca de la exclamación del autor antes mencionado sobre la determinación necesaria de la voluntad de Dios, en todas las cosas, por aquello que él ve que es lo más adecuado y lo mejor.

A saber, que toda la fuerza aparente de tales objeciones y exclamaciones ha de nacer de imaginar que hay alguna clase de privilegio o dignidad en estar libre de una necesidad moral tal que haga imposible hacer otra cosa que elegir siempre lo más sabio y lo mejor; como si hubiera alguna desventaja, bajeza y sujeción en semejante necesidad; algo por lo cual la voluntad quedara confinada, sometida y mantenida en servidumbre por alguna cosa que, por así decirlo, ejerciera sobre ella un poder y un dominio fuertes e invencibles, mediante ataduras que lo sujetaran con firmeza y de las que de ningún modo pudiera librarse. Ahora bien, todo esto no puede ser sino pura imaginación y engaño. No es ninguna desventaja ni deshonra para un ser obrar necesariamente de la manera más excelente y feliz, en virtud de la perfección necesaria de su propia naturaleza. Esto no arguye imperfección, inferioridad ni dependencia, ni falta alguna de dignidad, privilegio o ascendiente. No es incompatible con la soberanía absoluta y perfectísima de Dios. La soberanía de Dios es su capacidad y autoridad para hacer todo lo que le place; por la cual «él hace según su voluntad en el ejército del cielo y en los habitantes de la tierra; ni hay quien estorbe su mano y le diga: ¿Qué haces?» — A la soberanía de Dios pertenecen las siguientes cosas, a saber: (1.) Un poder supremo, universal e infinito, por el cual puede hacer lo que le place sin control, sin limitación alguna de ese poder, sin sujeción, en la menor medida, a ningún otro poder; y, por tanto, sin estorbo ni freno alguno que le haga imposible, o en algún grado difícil, cumplir su voluntad; y sin dependencia alguna de su poder respecto de ningún otro poder del cual se derive o del cual tenga necesidad alguna; tan lejos de ello, que todo otro poder se deriva de él y depende absolutamente de él.

(2.) Que tiene autoridad suprema; derecho absoluto y perfectísimo para hacer lo que quiere, sin sujeción a ninguna autoridad superior, ni derivación de autoridad de ningún otro, ni limitación por ninguna autoridad distinta e independiente, ya sea superior, igual o inferior, siendo él la cabeza de todo dominio y la fuente de toda autoridad; y también sin restricción por ninguna obligación que implique sujeción, derivación o dependencia, o limitación propiamente dicha.

(3.) Que su voluntad es suprema, no derivada e independiente de cualquier cosa fuera de él mismo, siendo determinada en todo por su propio consejo y sin tener otra regla que su propia sabiduría; su voluntad no está sujeta a la voluntad de ningún otro ni restringida por ella, y las demás voluntades están perfectamente sujetas a la suya.

(4.) Que su sabiduría, que determina su voluntad, es suprema, perfecta, no derivada, autosuficiente e independiente; de modo que puede decirse, como en Isaías 40:14: «¿A quién demandó consejo para ser avisado? ¿Quién le enseñó el camino del juicio, o le enseñó ciencia, o le mostró la senda de la prudencia? —No hay otra soberanía divina que esta; y esta es propiamente soberanía absoluta: ninguna otra es deseable, ni ninguna otra sería honrosa o feliz; y, de hecho, no hay otra concebible ni posible. La gloria y la grandeza del Soberano divino consisten en que la voluntad de Dios es determinada en todo por su propia sabiduría infinita y todosuficiente, y en nada en absoluto es dirigida por una sabiduría inferior, ni por ninguna sabiduría, con lo cual se convertiría en una arbitrariedad insensata, que determina y obra sin razón, designio ni fin.

Si la voluntad de Dios es determinada firme y seguramente en todo por la sabiduría suprema, entonces en todo es determinada necesariamente a lo más sabio. Y ciertamente sería una desventaja y una indignidad que fuera de otro modo. Porque si la voluntad divina no fuera determinada necesariamente a lo que en cada caso es lo más sabio y lo mejor, tendría que estar sujeta a algún grado de contingencia sin designio, y así, en el mismo grado, expuesta al mal. Suponer que la voluntad divina puede ser llevada de aquí para allá al azar por el viento incierto de una contingencia ciega, que no es guiada por ninguna sabiduría, ningún motivo, ningún dictado inteligente en absoluto (si tal cosa fuera posible), arguiría sin duda un gran grado de imperfección y bajeza, infinitamente indigno de la Deidad. Si es una desventaja para la voluntad divina estar acompañada de esta necesidad moral, entonces cuanto más libre esté de ella y cuanto más abandonada al azar, mayor será su dignidad y su ventaja. Y, en consecuencia, estar perfectamente libre de la dirección del entendimiento, y universal y enteramente abandonada a una contingencia insensata y sin sentido, para obrar absolutamente al azar, sería la gloria suprema.

Que la volición supremamente sabia de Dios sea necesaria no arguye más dependencia de su voluntad que la que arguye de su ser el que su existencia sea necesaria. Si es algo demasiado bajo para el Ser supremo que su voluntad esté determinada por necesidad moral, de modo que en cada caso quiera necesariamente con el más alto grado de santidad y felicidad, ¿por qué no es también algo demasiado bajo para él que su existencia, la perfección infinita de su naturaleza y su felicidad infinita estén determinadas por la necesidad? No es más deshonroso para Dios ser necesariamente sabio que ser necesariamente santo. Y si ninguna de las dos cosas es para su deshonra, entonces no es para su deshonra obrar necesariamente con santidad y sabiduría. Y si no es deshonroso ser necesariamente santo y sabio en el más alto grado posible, tampoco es bajo ni deshonroso obrar necesariamente con santidad y sabiduría en el más alto grado posible; o, lo que es lo mismo, hacer en cada caso aquello que, por encima de todas las demás cosas, es lo más sabio y lo mejor.

La razón por la que no es deshonroso ser necesariamente santísimo es que la santidad es en sí misma una cosa excelente y honrosa. Por la misma razón, no es deshonra alguna ser necesariamente sapientísimo y obrar en cada caso del modo más sabio, o hacer lo que es más sabio que todo; porque la sabiduría es también en sí misma excelente y honrosa.

El autor antes mencionado del «Ensayo sobre la libertad de la voluntad», etc., como se ha observado, presenta esa doctrina de que la voluntad divina está en todo determinada necesariamente por una conveniencia superior como si hiciera del bendito Dios una especie de ministro todopoderoso e instrumento mecánico del destino; e insiste (pp. 93, 94) en que esta necesidad e imposibilidad moral es, en efecto, lo mismo que la necesidad e imposibilidad física y natural; y en las pp. 54, 55 dice: «El esquema que determina la voluntad siempre y ciertamente por el entendimiento, y el entendimiento por la apariencia de las cosas, parece quitar la verdadera naturaleza del vicio y de la virtud. Porque las más sublimes de las virtudes y los más viles de los vicios parecen ser más bien asuntos de destino y necesidad, que fluyen natural y necesariamente de la existencia, las circunstancias y la situación presente de las personas y las cosas; pues esta existencia y situación produce necesariamente tal apariencia en la mente; de esta apariencia fluye una percepción y un juicio necesarios acerca de estas cosas; este juicio determina necesariamente la voluntad; y así, por esta cadena de causas necesarias, la virtud y el vicio perderían su naturaleza y se convertirían en ideas naturales y cosas necesarias, en lugar de acciones morales y libres».

Y, sin embargo, este mismo autor admite (pp. 30, 31) que un ser perfectamente sabio elegirá constante y ciertamente lo más adecuado; y dice en las pp. 102, 103: «Concedo, y siempre he concedido, que dondequiera que existe tal conveniencia antecedente y superior de las cosas, Dios obra conforme a ella, de modo que nunca la contradice; y en particular en todos sus procedimientos judiciales como gobernador y distribuidor de recompensas y castigos». Más aún, dice expresamente (p. 42): «Que no es posible para Dios obrar de otro modo que conforme a esta conveniencia y bondad de las cosas».

De modo que, según este autor, si se juntan estos diversos pasajes de su ensayo, no hay virtud ni nada de naturaleza moral en los actos y ejercicios más sublimes y gloriosos de la santidad, la justicia y la fidelidad de Dios; y él nunca hace nada que sea en sí mismo supremamente digno y, por encima de todas las demás cosas, adecuado y excelente, sino solo como una especie de instrumento mecánico del destino; y en lo que hace como juez y gobernador moral del mundo no ejerce excelencia moral alguna, pues no ejerce libertad alguna en estas cosas, ya que obra por necesidad moral, la cual es, en efecto, lo mismo que la necesidad física o natural; y, por tanto, obra únicamente por una fatalidad hobbesiana, «como un ser, en verdad, de vasto entendimiento, así como de poder y eficacia (como dijo antes), pero sin voluntad para elegir, siendo una especie de administrador todopoderoso del destino que obra bajo su influencia suprema». Porque admite que en todas estas cosas la voluntad de Dios es determinada constante y ciertamente por una conveniencia superior, y que no le es posible obrar de otro modo. Y si estas cosas son así, ¿qué gloria o alabanza le corresponde a Dios por obrar santa y justamente, o por seguir el camino más adecuado, santo, sabio y excelente en un solo caso cualquiera? En cambio, según las Escrituras, y también según el sentido común del género humano, no menoscaba en lo más mínimo el honor de ningún ser que, por la perfección moral de su naturaleza, obre necesariamente con suprema sabiduría y santidad; al contrario, su alabanza es tanto mayor; en esto consiste la cumbre de su gloria.

El mismo autor (p. 56) supone que en esto se manifiesta el excelente «carácter del hombre sabio y bueno, que, aunque puede elegir de manera contraria a la conveniencia de las cosas, no lo hace, sino que se deja dirigir por la conveniencia»; y que en esta conducta «imita al bendito Dios». Y, sin embargo, supone que con el bendito Dios sucede al contrario: no que se deja dirigir por la conveniencia cuando puede elegir de manera contraria a la conveniencia de las cosas, sino que no puede elegir de manera contraria a la conveniencia de las cosas; como dice (p. 42): «que no es posible para Dios obrar de otro modo que conforme a esta conveniencia, donde hay alguna conveniencia o bondad en las cosas». Más aún, supone (p. 31) que, si un hombre «fuera perfectamente sabio y bueno, no podría hacer otra cosa que ser determinado constante y ciertamente por la conveniencia de las cosas».

Una cosa más quisiera observar antes de concluir esta sección, y es que, si no resta nada a la gloria de Dios ser determinado necesariamente por una conveniencia superior en algunas cosas, tampoco le resta nada ser así determinado en todas las cosas, por lo que toca a la naturaleza de tal necesidad, como si en algo menoscabara la libertad de Dios, su independencia, su supremacía absoluta o cualquier dignidad o gloria de su naturaleza, estado o modo de obrar, o como si implicara alguna debilidad, restricción o sujeción. Y si la cosa es tal que concuerda bien con la gloria de Dios y no tiene nada que tienda en absoluto a menoscabarla, entonces no necesitamos temer atribuírsela a Dios en demasiadas cosas, no sea que con ello menoscabemos demasiado la gloria de Dios.

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