Memorias de Charles G. Finney
Avivamiento en Antwerp

Capítulo 8 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

Avivamiento en Antwerp

Debo ahora dar cuenta de mis labores, y de su resultado, en Antwerp, un pueblo al norte de Evans' Mills.

Llegué allí por primera vez en abril, y encontré que en el pueblo no se celebraba ningún culto religioso de ninguna clase.

La tierra del municipio pertenecía a un tal señor P——, un rico terrateniente que residía en Ogdensburgh. Para fomentar el poblamiento del municipio, había construido una casa de reuniones de ladrillo. Pero la gente no tenía ánimo de mantener el culto público, y por eso la casa de reuniones estaba cerrada con llave, y la llave la tenía un tal señor C——, que llevaba el hotel del pueblo.

Muy pronto supe que había en aquel lugar una iglesia presbiteriana, de muy pocos miembros. Algunos años antes habían intentado mantener una reunión en el pueblo los domingos. Pero uno de los ancianos que dirigía sus reuniones dominicales vivía a unas cinco millas del pueblo, y para llegar a él tenía que atravesar un asentamiento universalista. Los universalistas habían desbaratado la reunión del pueblo haciendo imposible que el diácono R——, como ellos lo llamaban, cruzara su asentamiento para asistir a ella. Llegaban incluso a quitarle las ruedas al carruaje; y al fin llevaron su oposición tan lejos que él dejó de asistir a las reuniones del pueblo; y todos los cultos religiosos del pueblo, y del municipio, hasta donde pude averiguar, se habían abandonado.

Encontré que la señora C——, la dueña del hotel, era una mujer piadosa.

Había otras dos mujeres piadosas en el pueblo: una señora H——, esposa de un comerciante, y una señora R——, esposa de un médico. Fue un viernes, si mal no recuerdo, cuando llegué. Visité a aquellas mujeres piadosas y les pregunté si les gustaría tener una reunión. Dijeron que sí, pero que no sabían si sería posible.

La señora H—— accedió a abrir su sala aquella noche para una reunión, si yo conseguía que alguien asistiera. Recorrí el pueblo invitando a la gente, y logré reunir en su sala, creo, a unas trece personas. Les prediqué, y luego dije que, si conseguía el uso de la escuela del pueblo, predicaría el domingo. Obtuve el permiso de los síndicos, y al día siguiente se hizo correr entre la gente el aviso de una reunión en la escuela el domingo por la mañana.

Al recorrer el pueblo oí una cantidad enorme de blasfemias. Me pareció que nunca había oído tantas en ningún lugar de los que había visitado. Era como si los hombres, jugando a la pelota en el prado, y en cada negocio en que yo entraba, no hicieran otra cosa que maldecir, jurar y mandarse unos a otros a la condenación. Me sentí como si hubiera llegado a los bordes del infierno. Recuerdo que tuve una especie de sensación terrible mientras recorría el pueblo aquel sábado. La misma atmósfera me parecía veneno; y se apoderó de mí una especie de terror.

El sábado me entregué a la oración, y por fin insistí en mi petición hasta que vino esta respuesta: «No temas, sino habla, y no calles; porque yo estoy contigo, y ninguno te podrá hacer mal; porque yo tengo mucho pueblo en esta ciudad». Esto me libró por completo de todo temor. Vi, sin embargo, que los cristianos de allí temían de veras que ocurriera algo grave si se volvían a establecer reuniones religiosas en aquel lugar. Pasé el sábado mayormente en oración; pero recorrí el pueblo lo bastante para ver que el aviso que se había dado de la predicación en la escuela estaba causando bastante revuelo.

El domingo por la mañana me levanté y salí de mi alojamiento en el hotel; y, para estar a solas, donde pudiera dar rienda suelta a mi voz tanto como a mi corazón, subí al bosque, a cierta distancia del pueblo, y estuve un tiempo considerable en oración. Sin embargo, no hallé alivio, y subí por segunda vez; pero la carga sobre mi alma aumentó, y no encontré alivio. Subí por tercera vez, y entonces vino la respuesta. Vi que era la hora de la reunión y fui inmediatamente a la escuela. La encontré llena hasta no caber más. Llevaba en la mano mi Biblia de bolsillo, y les leí este texto: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna». No recuerdo mucho de lo que dije; pero sé que el punto sobre el que mi mente trabajó principalmente fue el trato que Dios recibía a cambio de su amor. El tema me conmovió muchísimo, y prediqué derramando juntas mi alma y mis lágrimas.

Vi allí a varios de los hombres a quienes el día anterior había oído las blasfemias más terribles. Los señalé en la reunión y repetí lo que habían dicho: cómo invocaban a Dios para que los condenara unos a otros. En verdad, descargué sobre ellos todo mi corazón. Les dije que parecían «aullar blasfemias por las calles como perros del infierno», y que me parecía haber llegado «al mismísimo borde del infierno». Todos sabían que lo que yo decía era verdad, y se acobardaron. No parecieron ofendidos; pero la gente lloró casi tanto como yo. Creo que apenas había ojos secos en la sala.

El señor C——, el dueño del hotel, se había negado a abrir la casa de reuniones por la mañana. Pero en cuanto terminó aquel primer culto, se levantó y dijo a la gente que abriría la casa de reuniones por la tarde.

La gente se dispersó y llevó la noticia en todas direcciones; y por la tarde la casa de reuniones estaba casi tan abarrotada como lo había estado la escuela por la mañana. Todo el mundo había acudido a la reunión; y el Señor me soltó sobre ellos de una manera maravillosa. Mi predicación les pareció algo nuevo. En verdad, a mí mismo me parecía que podía hacer llover sobre ellos granizo y amor al mismo tiempo; o, en otras palabras, que podía hacer llover sobre ellos granizo, con amor. Era como si mi amor a Dios, a la vista de los ultrajes que ellos amontonaban sobre él, aguzara mi mente hasta la agonía más intensa. Sentía el deseo de reprenderlos con todo mi corazón, y sin embargo con una compasión que no podían confundir. Nunca supe que me acusaran de severidad; aunque creo que quizá nunca en mi vida hablé con más severidad.

Pero las labores de aquel día fueron eficaces para traer convicción a la gran masa de la población. Desde aquel día, dondequiera y cuandoquiera que yo convocara una reunión, en cualquier lugar de los alrededores, la gente acudía en tropel a oír. La obra comenzó de inmediato y siguió adelante con gran poder. Predicaba dos veces el domingo en la iglesia del pueblo, asistía a una reunión de oración en el intermedio, y por lo general predicaba en algún otro sitio, en alguna escuela de los alrededores, a las cinco de la tarde.

El tercer domingo que prediqué allí, un anciano se me acercó cuando entraba al púlpito y me preguntó si no iría a predicar a una escuela de su vecindario, a unas tres millas de distancia, diciéndome que nunca habían tenido allí ningún culto. Quería que fuera lo antes posible. Señalé el día siguiente, lunes, a las cinco de la tarde. Era un día caluroso. Dejé mi caballo en el pueblo y pensé ir a pie, para no tener dificultad en ir visitando a la gente en las cercanías de la escuela. Sin embargo, antes de llegar al lugar, como había trabajado tanto el domingo, me encontré muy agotado, y me senté junto al camino sintiendo que apenas podía seguir. Me reproché no haber llevado el caballo.

Pero a la hora señalada encontré la escuela llena, y solo pude conseguir un sitio de pie junto a la puerta abierta. Leí un himno; y no puedo llamarlo canto, porque parecía que en aquel lugar nunca habían tenido música de iglesia. Con todo, la gente hizo como que cantaba. Pero la cosa se redujo más o menos a esto: cada uno berreaba a su manera. Mis oídos se habían educado enseñando música sacra, y su horrible discordancia me afligió tanto que al principio pensé que tendría que salir. Al fin me tapé los oídos con ambas manos y los apreté con todas mis fuerzas. Pero ni así dejaba fuera la discordancia. Lo aguanté, no obstante, hasta que terminaron; y entonces me arrojé de rodillas, casi en un estado de desesperación, y comencé a orar. El Señor abrió las ventanas de los cielos, y se derramó el espíritu de oración, y desahogué todo mi corazón en oración.

No había pensado en ningún texto sobre el cual predicar, sino que esperaba ver a la congregación. En cuanto terminé de orar, me levanté y dije: «Levantaos, salid de este lugar; porque el Señor va a destruir esta ciudad». Les dije que no recordaba dónde estaba ese texto, pero les indiqué con bastante aproximación dónde lo encontrarían, y luego pasé a explicarlo. Les conté que hubo un hombre llamado Abraham, y quién era; y que hubo un hombre llamado Lot, y quién era; la relación que tenían entre sí; cómo se separaron el uno del otro por las contiendas entre sus pastores; y que Abraham tomó la región montañosa, y Lot se estableció en el valle de Sodoma. Luego les conté cuán sumamente perversa llegó a ser Sodoma, y en qué prácticas abominables cayeron sus habitantes. Les dije que el Señor decidió destruir Sodoma, y visitó a Abraham y le informó de lo que iba a hacer; que Abraham rogó al Señor que perdonara a Sodoma si hallaba en ella tantos justos, y el Señor prometió hacerlo por amor de ellos; que luego Abraham le suplicó que la salvara por un número algo menor, y el Señor dijo que la perdonaría por amor de ellos; que siguió reduciendo el número hasta dejar en diez los justos; y que Dios le prometió que, si hallaba diez justos en la ciudad, la perdonaría. Abraham no pidió más, y el Señor se fue. Pero resultó que no había allí más que un justo, y ese era Lot, el sobrino de Abraham. «Y dijeron los varones a Lot: ¿Tienes aquí alguno más? Yernos, y tus hijos y tus hijas, y todo lo que tienes en la ciudad, sácalo de este lugar; porque vamos a destruir este lugar, por cuanto el clamor de ellos ha subido de punto delante del Señor; por tanto el Señor nos ha enviado para destruirlo».

Mientras relataba estos hechos, observé que la gente parecía enojada. Muchos de los hombres estaban en mangas de camisa; y se miraban unos a otros y me miraban a mí como si estuvieran dispuestos a caer sobre mí y darme un escarmiento allí mismo. Vi sus miradas extrañas e inexplicables, y no podía entender qué era lo que yo decía que los había ofendido. Sin embargo, me pareció que su enojo subía más y más a medida que avanzaba en el relato. En cuanto lo terminé, me volví hacia ellos y les dije que tenía entendido que nunca habían tenido una reunión religiosa en aquel lugar; y que, por tanto, tenía derecho a dar por sentado, y me veía obligado a dar por sentado, que eran un pueblo impío. Se lo hice sentir con más y más energía, con el corazón lleno casi hasta estallar.

No llevaría yo, creo, más de un cuarto de hora hablándoles en este tono de aplicación directa, cuando de repente una solemnidad terrible pareció descender sobre ellos; la congregación comenzó a caer de sus asientos en todas direcciones, clamando por misericordia. Si hubiera tenido una espada en cada mano, no habría podido derribarlos de sus asientos tan rápido como caían. En verdad, casi toda la congregación estaba de rodillas o postrada, creo, en menos de dos minutos desde aquella primera sacudida que cayó sobre ellos. Todo el que podía hablar oraba por sí mismo.

For supuesto, tuve que dejar de predicar, porque ya no prestaban ninguna atención. Vi al anciano que me había invitado a predicar allí, sentado más o menos en medio de la sala, mirando a su alrededor con el más completo asombro. Levanté la voz casi hasta el grito para que me oyera, y señalándolo le dije: «¿No puede usted orar?». Al instante cayó de rodillas, y con voz estentórea se derramó delante de Dios; pero no logró en absoluto la atención de la gente. Entonces hablé tan fuerte como pude e intenté que me atendieran. Les dije: «Todavía no están en el infierno; y ahora déjenme dirigirlos a Cristo». Durante unos momentos traté de presentarles el evangelio; pero casi ninguno prestaba atención. Mi corazón rebosaba de tal gozo ante semejante escena que apenas podía contenerme. Me costó mucho no ponerme a gritar y dar gloria a Dios.

En cuanto pude dominar lo bastante mis sentimientos, me volví hacia un joven que estaba junto a mí orando por sí mismo, le puse la mano en el hombro, captando así su atención, y le prediqué a Jesús al oído. En cuanto logré que fijara su atención en la cruz de Cristo, creyó, estuvo tranquilo y sereno uno o dos minutos, y luego prorrumpió en oración por los demás. Me volví entonces hacia otro, e hice lo mismo con él, con el mismo resultado; y luego otro, y otro.

Así continué, hasta que vi que había llegado la hora en que debía dejarlos para ir a cumplir un compromiso en el pueblo. Se lo dije, y pedí al anciano que me había invitado que se quedara y se hiciera cargo de la reunión mientras yo acudía a mi compromiso. Así lo hizo. Pero había demasiado interés, y demasiadas almas heridas, para despedir la reunión; y así se prolongó toda la noche. For la mañana todavía había allí algunos que no podían irse; y los llevaron a una casa particular de las cercanías, para dejar sitio a la escuela. For la tarde mandaron a buscarme para que bajara allá, pues aún no podían terminar la reunión.

Cuando bajé la segunda vez, supe la explicación del enojo que había mostrado la congregación durante la introducción de mi sermón el día anterior. Me enteré de que al lugar lo llamaban Sodoma, cosa que yo ignoraba; y que no había más que un hombre piadoso en el lugar, y a él lo llamaban Lot. Era el anciano que me había invitado. La gente supuso que yo había escogido el tema, y les había predicado de aquella manera, porque eran tan perversos que los llamaban Sodoma. Fue una coincidencia sorprendente; pero, en lo que a mí respecta, fue enteramente casual.

Hace muchos años que no he estado en aquel lugar. Hace algunos años yo trabajaba en Syracuse, en el estado de Nueva York. Dos caballeros vinieron a verme un día: uno, un hombre de edad; el otro, de poco menos de cincuenta años. El más joven me presentó al mayor como el diácono W——, anciano de su iglesia, diciendo que había venido a verme para dar cien dólares al Oberlin College. El mayor, a su vez, me presentó al más joven, diciendo: «Este es mi pastor, el reverendo señor Cross. Se convirtió bajo su ministerio». Entonces el señor Cross me dijo: «¿Recuerda usted haber predicado en tal fecha en Antwerp, en tal parte del municipio, en la escuela, por la tarde, y que allí ocurrió tal escena?», y me la describió. Le dije: «La recuerdo muy bien, y no podré olvidarla mientras recuerde algo». «Pues bien —dijo él—, yo era entonces un muchacho, y me convertí en aquella reunión». Ha sido durante muchos años un ministro fructífero. Varios de sus hijos se han educado en nuestro colegio de Oberlin.

For lo que he podido saber, aunque aquel avivamiento les sobrevino tan de repente y fue de un carácter tan poderoso, los convertidos fueron firmes, y la obra duradera y genuina. Nunca oí que se produjera ninguna reacción desastrosa.

He hablado de que los universalistas habían impedido al diácono R—— asistir a las reuniones religiosas del domingo en el pueblo de Antwerp quitándole las ruedas al carruaje. Cuando el avivamiento alcanzó toda su fuerza, el diácono R—— quiso que yo fuera a predicar a aquel vecindario.

En consecuencia, anuncié que predicaría cierta tarde en su escuela. Al llegar encontré la escuela llena, y al diácono R—— sentado cerca de una ventana, junto a una mesita con una Biblia y un himnario. Me senté a su lado, luego me levanté y leí un himno, y cantaron a su manera. Después me puse a orar, y tuve gran acceso al trono de la gracia. Entonces me levanté y tomé este texto: «¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo evitaréis el juicio del infierno?».

Vi que el diácono R—— estaba muy inquieto; y al poco se levantó y fue a ponerse de pie en la puerta abierta. Como había algunos muchachos cerca de la puerta, supuse en aquel momento que había ido a hacer callar a los muchachos. Pero después supe que fue por miedo. Pensó que, si se echaban sobre mí, estaría donde pudiera escapar. For mi texto dedujo que yo iba a tratarlos con mucha franqueza; y la oposición que había sufrido de ellos lo había puesto bastante nervioso, y quería mantenerse fuera de su alcance. Me puse a derramarme sobre ellos con todas mis fuerzas; y antes de terminar hubo, creo, un completo trastorno de los mismos cimientos del universalismo en aquel lugar. Fue una escena que casi igualó a la que he contado de Sodoma. Así el avivamiento penetró en todas las partes del municipio, y algunos de los municipios vecinos participaron de la bendición. La obra fue muy preciosa en este lugar.

Cuando llegó el momento de recibir a los convertidos, después de haber examinado a un gran número, y al acercarse el día de su admisión, descubrí que varios de ellos se habían criado en famihas bautistas, y les pregunté si no preferirían ser bautizados por inmersión. Dijeron que a ellos les daba igual, pero que sus padres preferirían que se los sumergiera. Les dije que no tenía inconveniente en bautizarlos por inmersión, si pensaban que así agradarían más a los suyos, y a ellos mismos también.

Así pues, cuando llegó el domingo, dispuse bautizar por inmersión durante el intermedio. Bajamos a un arroyo que atraviesa el lugar, y allí bauticé, creo, a una docena o más.

Cuando llegó la hora del culto de la tarde, fuimos a la casa de reuniones, y allí bauticé a un gran número de personas tomando agua en la mano y aplicándola en la frente. La administración de la ordenanza en la iglesia fue tan manifiestamente reconocida y bendecida por Dios, que contribuyó mucho a convencer a la gente de que aquella forma de bautismo le era aceptable.

Entre los convertidos había también un número considerable cuyos allegados eran metodistas. El sábado supe que algunos metodistas decían a los convertidos: «El señor Finney es presbiteriano. Cree en la doctrina de la elección y la predestinación; pero no la ha predicado aquí. No se atreve a predicarla, porque si lo hiciera, los convertidos no se unirían a su iglesia». Esto me decidió a predicar sobre la doctrina de la elección el domingo por la mañana anterior a su ingreso en la iglesia. Tomé mi texto y procedí a mostrar, primero, lo que no es la doctrina de la elección; segundo, lo que es; tercero, que es una doctrina de la Biblia; cuarto, que es la doctrina de la razón; quinto, que negarla es negar los mismos atributos de Dios; sexto, que no pone ningún obstáculo en el camino de la salvación de los no elegidos; séptimo, que todos los hombres pueden ser salvos si quieren; y por último, que es la única esperanza de que alguien sea salvo; y concluí con algunas observaciones.

El Señor lo hizo sumamente claro para mi propia mente, y tan claro para la gente que, según creo, convenció a los mismos metodistas. Nunca oí una palabra en contra, ni una palabra de descontento con el argumento. Mientras predicaba, observé a una hermana metodista a quien había llegado a conocer, y a quien tenía por una excelente mujer cristiana, llorando sentada cerca de la escalera del púlpito. Temí estar hiriendo sus sentimientos. Terminada la reunión, ella seguía sentada y llorando; y me acerqué y le dije: «Hermana, espero no haber herido sus sentimientos». «No —dijo ella—, no ha herido mis sentimientos, señor Finney; pero he cometido un pecado. Anoche mismo, mi esposo, que es un hombre impenitente, discutía conmigo esta misma cuestión, y sostenía como mejor podía la doctrina de la elección». Y prosiguió: «Yo me resistí y le dije que no era verdad. Y ahora, hoy, usted me ha convencido de que es verdad; y en vez de servir de excusa para mi esposo, ni para nadie, es la única esperanza que puedo tener de que él se salve, o de que se salve cualquiera». No oí ninguna otra objeción a que los convertidos se unieran a una iglesia que creía en la doctrina de la elección.

Hubo muchísimos casos interesantes de conversión en este lugar; y hubo durante este avivamiento dos casos muy notables de curación instantánea de la locura. Al entrar en la reunión un domingo por la tarde, vi a varias señoras sentadas en un banco con una mujer vestida de negro que parecía estar en gran angustia de espíritu; y en parte la sujetaban y le impedían salir. Al entrar yo, una de las señoras se me acercó y me dijo que era una mujer demente; que había sido metodista, pero que, según ella creía, había caído de la gracia; lo cual la había llevado a la desesperación, y finalmente a la locura. Su esposo era un hombre dado a la bebida y vivía a varias millas del pueblo; la había traído y dejado en la reunión, y él se había ido a la taberna. Le dije unas palabras; pero ella respondió que tenía que irse; que no podía oír ninguna oración, ni predicación, ni canto; que el infierno era su porción, y no soportaba nada que la hiciera pensar en el cielo.

Advertí a las señoras, en privado, que la mantuvieran en su asiento, si podían, sin que perturbara la reunión. Luego subí al púlpito y leí un himno. En cuanto empezó el canto, ella forcejeó con fuerza para salir. Pero las señoras le cerraban el paso, y con bondad pero con firmeza le impidieron escapar. Al cabo de unos momentos se calmó, pero parecía evitar oír o prestar la menor atención al canto. Entonces oré. Durante un rato la oí forcejear para salir; pero antes de que yo terminara se quedó tranquila, y la congregación estaba en silencio. El Señor me dio un gran espíritu de oración, y un texto, pues no tenía ninguno decidido de antemano. Tomé mi texto de Hebreos: «Lleguémonos confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia para el oportuno socorro».

Mi propósito era alentar la fe, en nosotros y en ella; y en nosotros a favor de ella. Cuando empecé a orar, al principio hizo un gran esfuerzo por salir. Pero las señoras se lo impidieron con bondad, y por fin se quedó quieta, aunque con la cabeza muy gacha, y parecía resuelta a no atender a lo que yo decía. Pero a medida que avanzaba, empezó poco a poco a levantar la cabeza y a mirarme desde dentro de su largo sombrero negro. Fue alzando la vista más y más hasta que se sentó erguida y me miró a la cara con intensísima atención. Cuando pasé a instar a la gente a ser audaz en su fe, a lanzarse y a entregarse con la mayor confianza a Dios, por medio del sacrificio expiatorio de nuestro gran Sumo Sacerdote, de repente sobresaltó a la congregación lanzando un fuerte alarido. Luego casi se arrojó de su asiento, con la cabeza muy gacha, y pude ver que «se estremecía con grande estremecimiento». Las señoras del banco la sostenían en parte, y la observaban con manifiesto interés y compasión, en oración. A medida que yo avanzaba, empezó a alzar la vista de nuevo, y pronto se sentó erguida, con el rostro maravillosamente cambiado, que revelaba un gozo y una paz triunfantes. Había en su semblante un resplandor como pocas veces he visto en un rostro humano. Su gozo era tan grande que apenas pudo contenerse hasta que terminó la reunión; y entonces pronto hizo entender a todos los que la rodeaban que había sido puesta en libertad. Glorificaba a Dios y se regocijaba con un triunfo asombroso. Unos dos años después me encontré con ella, y la hallé todavía llena de gozo y de paz.

El otro caso de curación fue el de una mujer que también había caído en la desesperación y la locura. Yo no estaba presente cuando fue restablecida; pero me dijeron que fue casi o del todo instantáneo, por medio de un bautismo del Espíritu Santo. A veces se acusa a los avivamientos de volver loca a la gente. Lo cierto es que los hombres están por naturaleza locos en cuanto a la religión; y los avivamientos, más que volverlos locos, les devuelven la cordura.

Durante este avivamiento oímos hablar mucho de la oposición que se le hacía desde Gouverneur, un municipio situado a unas doce millas, creo, más al norte. Oímos que los impíos amenazaban con bajar en turba contra nosotros y disolver nuestras reuniones. Sin embargo, como es natural, no hicimos caso de ello; y lo menciono aquí solo porque pronto tendré ocasión de referirme a un avivamiento allí. Después de recibir a los convertidos, y de haber trabajado en Antwerp junto con Evans' Mills hasta el otoño, mandé buscar para ellos a un joven llamado Denning, a quien instalaron como pastor. Entonces suspendí mis labores en Antwerp.

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