Capítulo 7 · 22 min de lectura · 28 min de escucha
Observaciones sobre la formación ministerial
EN lo que diga sobre este tema, espero que mis hermanos no me atribuyan otro motivo que un interés bondadoso y benévolo por su mayor utilidad. Siempre he recibido sus críticas con buena disposición y les he reconocido intenciones benévolas. Ahora soy un anciano, y muchos de los resultados de mis ideas y métodos son conocidos por el público. ¿Está fuera de lugar que hable con franqueza al ministerio sobre este tema? En respuesta a sus objeciones, a veces les he contado lo que un juez del tribunal supremo me comentó sobre este asunto. «Los ministros —decía— no usan el sentido común al dirigirse a la gente. Tienen miedo de repetirse. Usan un lenguaje que el pueblo llano no entiende bien. Sus ilustraciones no se toman de las ocupaciones comunes de la vida. Escriben en un estilo demasiado elevado, leen sin repetir nada, y la gente no los entiende. Ahora bien —decía—, si los abogados siguieran ese camino, se arruinarían ellos y arruinarían su causa. Cuando yo ejercía en el foro —añadió—, daba por sentado, cuando tenía delante un jurado de hombres respetables, que tendría que repetir mis argumentos principales más o menos tantas veces como personas había en el banco del jurado. Aprendí que, si no lo hacía así, si no ilustraba, repetía y daba vueltas a los puntos principales, los puntos principales de derecho y de prueba, perdería mi causa. Nuestro objetivo —dijo— al dirigirnos a un jurado es dejar sus mentes resueltas antes de que salgan del banco del jurado; no pronunciar un discurso en un lenguaje que solo entienden a medias; no desahogarnos en ilustraciones completamente por encima de su comprensión; no lucir nuestra oratoria y luego dejarlos ir. Estamos empeñados en obtener un veredicto. For eso estamos empeñados en que se nos entienda. Nos proponemos convencerlos; y si tienen dudas sobre la ley, se la hacemos entender y se la remachamos en la mente. En suma, esperamos obtener un veredicto, y obtenerlo en el acto; de modo que, cuando pasen a su sala, se vea que nos han entendido y que los hechos y los argumentos los han convencido. Si no nos tomamos así el trabajo de hacer llegar cada pensamiento, cada palabra y cada punto, hasta asentarlo en sus convicciones, es seguro que perderemos nuestra causa. Tenemos que vencer sus prejuicios; tenemos que vencer su ignorancia; tenemos que procurar vencer incluso su interés, si tienen alguno, en contra de nuestro cliente. Ahora bien —dijo—, si los ministros hicieran esto, los efectos de su predicación serían indeciblemente distintos de lo que son. Entran en su despacho y escriben un sermón, suben a su púlpito y lo leen, y los que lo escuchan apenas lo entienden. Muchas de las palabras que usan no las entenderán hasta que vuelvan a casa y consulten sus diccionarios. No se dirigen a la gente esperando convencerla y obtener en el acto su veredicto a favor de Cristo. No buscan tal cosa. Más bien parecen aspirar a componer refinadas obras literarias y a lucir una gran elocuencia y un uso adornado del lenguaje». Desde luego, a esta distancia en el tiempo, no pretendo reproducir las palabras exactas que usó el juez; pero he dado en sustancia sus observaciones, tal como me las hizo entonces.
Nunca guardé el menor resentimiento hacia mis hermanos por la aspereza con que a menudo me trataban. Sabía que deseaban de veras que yo hiciera el bien; y suponían realmente que haría mucho más bien, y mucho menos mal, si adoptaba sus puntos de vista. Pero yo era de otra opinión. Podría mencionar muchos hechos que ilustran las ideas de los ministros y la manera en que a veces me trataban. Cuando predicaba en Filadelfia, por ejemplo, el doctor ——, el célebre conferenciante de la templanza, de Connecticut, vino allí y me oyó predicar. Se indignó por la manera en que yo rebajaba la dignidad del púlpito. Su conversación principal, sin embargo, fue con el señor Patterson, con quien yo trabajaba en aquel tiempo. Insistió en que no se me debía permitir predicar hasta que tuviera una formación ministerial; en que debía dejar de predicar e ir a Princeton a aprender teología, y a formarme mejores ideas de la manera en que se debe predicar el evangelio.
Que nada de lo que diga sobre este tema deje en ninguna mente la impresión de que yo consideraba perfectas mis ideas o mis métodos, pues no pensaba tal cosa. Era consciente de que no era más que un niño. No había gozado de las ventajas de las escuelas superiores; y tan consciente había sido todo el tiempo de que me faltaban las cualidades que me harían aceptable, sobre todo a los ministros, y me temía que también a la gente de los lugares grandes, que nunca había tenido ambición ni propósito más alto que ir a las nuevas colonias y a los lugares donde no gozaban del evangelio. De hecho, en los primeros años de mi predicación, a menudo me sorprendía yo mismo al ver que resultaba tan edificante y aceptable para las clases más instruidas. Era más de lo que yo había esperado, mucho más de lo que mis hermanos habían esperado, y más de lo que yo mismo me había atrevido a esperar. Siempre procuré mejorar en todo aquello en que descubría que estaba en error. Pero cuanto más predicaba, menos razones tenía para pensar que mi error estuviera en la dirección en que mis hermanos ministros suponían que estaba.
Cuanta más experiencia tenía, cuanto más veía los resultados de mi método de predicar, cuanto más conversaba con todas las clases, altas y bajas, instruidas e incultas, más me confirmaba en el hecho de que Dios me había guiado, me había enseñado y me había dado ideas acertadas sobre la mejor manera de ganar almas. Digo que Dios me enseñó; y sé que así debió de ser, pues ciertamente nunca había recibido estas ideas de hombre alguno. Y a menudo he pensado que podría decir con toda verdad, como dijo Pablo, que no aprendí el evangelio de hombre, sino del Espíritu de Cristo mismo. Y el Espíritu del Señor me lo enseñó de una manera tan clara y contundente que ningún argumento de mis hermanos ministros, con los que me acosaron tantas veces y durante tanto tiempo, tuvo para mí el menor peso.
Menciono esto como un deber. Pues todavía me embarga solemnemente la convicción de que las escuelas están, en gran medida, echando a perder a los ministros. Los ministros de hoy tienen grandes facilidades para obtener información sobre todas las cuestiones teológicas; y son muchísimo más eruditos, en lo que se refiere al saber teológico, histórico y bíblico, de lo que quizá hayan sido nunca en ninguna época del mundo. Sin embargo, con todo su saber, no saben cómo usarlo. Son, después de todo, en gran medida, como David con la armadura de Saúl. Un hombre nunca puede aprender a predicar sino predicando.
Pero hay una gran cosa que los ministros necesitan por encima de todas las demás, y es la sencillez del ojo. Si tienen una reputación que asegurar y que cuidar, harán muy poco bien. Hace muchos años, un amado pastor a quien yo conocía se ausentó de su casa por motivos de salud, y contrató a un joven recién salido del seminario para que ocupara su púlpito mientras estaba fuera. Este joven escribía y predicaba los sermones más espléndidos que podía. La esposa del pastor se atrevió por fin a decirle: «Está usted predicando por encima de la cabeza de nuestra gente. No entienden su lenguaje ni sus ilustraciones. Trae usted demasiado de su erudición al púlpito». Él respondió: «Soy joven. Estoy cultivando un estilo. Aspiro a prepararme para ocupar un púlpito y rodearme de una congregación culta. No puedo rebajarme al nivel de su gente. Debo cultivar un estilo elevado». Desde entonces he tenido el pensamiento y la mirada puestos en este hombre. No sé que haya muerto todavía; pero nunca he visto su nombre relacionado con ningún avivamiento, entre todos los grandes avivamientos que hemos tenido año tras año desde entonces; y no espero verlo, a menos que sus ideas cambien radicalmente y que se dirija a la gente desde un punto de vista enteramente distinto y por motivos enteramente distintos.
Podría nombrar a ministros que aún viven, ancianos como yo, que se avergonzaban mucho de mí cuando comencé a predicar, porque era tan poco digno en el púlpito, usaba un lenguaje tan corriente, me dirigía a la gente con tanta franqueza, y porque no aspiraba en absoluto al adorno ni a sostener la dignidad del púlpito.
Eran hermanos queridos; y siempre sentí hacia ellos la mayor bondad, y no recuerdo que ni una sola vez me alterara o me enojara por lo que decían. Desde el principio supe que encontraría esta oposición, y que había este abismo entre nuestras ideas, y que lo habría en la práctica, entre los demás ministros y yo. Rara vez sentí que fuera uno de ellos, o que ellos me consideraran de verdad parte de su gremio. Me había formado como abogado. Pasé directamente de un bufete al púlpito, y hablaba a la gente como habría hablado a un jurado.
Era muy común, según supe, entre los ministros, en mis primeros años de predicación, convenir entre sí que, si yo tenía éxito en el ministerio, las escuelas caerían en descrédito; y que los hombres llegarían a pensar que apenas valía la pena sostenerlas con sus fondos, si un hombre podía ser aceptado como predicador fructífero sin ellas. Ahora bien, nunca se me ocurrió menospreciar la formación que dan los colegios o los seminarios teológicos; aunque sí pensaba, y pienso ahora, que en ciertos aspectos se equivocan gravemente en sus modos de formar a sus estudiantes. No los animan a hablar a la gente, ni a acostumbrarse a dirigir discursos improvisados a la gente de los alrededores mientras siguen sus estudios. Los hombres no pueden aprender a predicar estudiando sin practicar. Habría que animar a los estudiantes a ejercitar, probar y perfeccionar los dones y el llamamiento de Dios, saliendo a cualquier lugar que se les abra y presentando a Cristo a la gente en charlas fervorosas. Así es como tienen que aprender a predicar. En lugar de esto, se exige a los estudiantes que escriban lo que llaman sermones y los presenten para ser criticados; que los prediquen, es decir, que los lean ante la clase y el profesor. Así juegan a predicar. Nadie puede predicar de esta manera. Estos llamados sermones, como es natural, bajo la crítica que reciben, degenerarán en ensayos literarios. La gente no tiene respeto alguno por tales sermones como sermones. Esta lectura de elegantes ensayos literarios no es, para ellos, predicar. Agrada al gusto literario, pero no edifica espiritualmente. No satisface las necesidades del alma. No está hecha para ganar almas para Cristo. A los estudiantes se les enseña a cultivar un estilo de escritura refinado y elevado. En cuanto a la verdadera elocuencia, esa oratoria desbordante, impresionante y persuasiva que fluye naturalmente de un hombre instruido cuya alma arde con su tema, y que tiene libertad para derramar su corazón ante un pueblo expectante y sincero, de esa no tienen nada.
Una mente reflexiva sentirá que está infinitamente fuera de lugar presentar desde el púlpito, a almas inmortales que penden al borde de la muerte eterna, semejantes muestras de erudición y de retórica. Saben que los hombres no hacen tal cosa en ningún asunto en que van verdaderamente en serio. El capitán de una compañía de bomberos, cuando una ciudad está en llamas, no lee a su compañía un ensayo ni exhibe una refinada muestra de retórica cuando les grita y dirige sus movimientos. Es cuestión de urgencia, y él se propone que cada palabra se entienda. Va completamente en serio con ellos; y ellos sienten que estaría fuera de lugar criticar el lenguaje que usa.
Así ocurre siempre que los hombres van completamente en serio. Su lenguaje es pertinente, directo y sencillo. Sus frases son cortas, convincentes, poderosas. La apelación se hace directamente a la acción; y por eso todos esos discursos surten efecto. Esta es la razón por la que, antiguamente, los ignorantes predicadores metodistas y los fervorosos predicadores bautistas producían mucho más efecto que nuestros más eruditos teólogos y doctores. Y lo siguen haciendo AHORA. La expresión apasionada de un exhortador común a menudo conmueve a una congregación mucho más allá de lo que pueden lograr esas espléndidas exhibiciones de retórica. Los grandes sermones llevan a la gente a alabar al predicador. La buena predicación lleva a la gente a alabar al Salvador.
Nuestras escuelas teológicas serían de mucho mayor valor de lo que son si fueran mucho más prácticas. Oí a un profesor de teología leer un sermón sobre la importancia de la predicación improvisada. Sus ideas sobre el tema eran correctas; pero su práctica las contradecía por completo. Parecía haber estudiado el tema y haber llegado a ideas prácticas de la mayor importancia. Y sin embargo nunca he sabido de uno solo de sus estudiantes que adoptara en la práctica esas ideas. Tengo entendido que dice que, si volviera a empezar su vida como predicador, practicaría según sus ideas actuales; y que lamenta que su formación fuera equivocada en este aspecto, y que por consiguiente su práctica haya sido equivocada.
En nuestra escuela de Oberlin a nuestros estudiantes se les ha llevado (no yo, debo decirlo) a pensar que tienen que escribir sus sermones; y muy pocos de ellos, a pesar de todo lo que pude decirles, tienen el valor de lanzarse y entregarse a la predicación improvisada. Se les ha dicho una y otra vez: «No piensen en imitar al señor Finney. Ustedes no pueden ser Finneys».
A los ministros no les gusta levantarse y hablar a la gente como mejor puedan, y acostumbrarse de una vez a hablarle a la gente. Tienen que predicar; y si tienen que predicar en el sentido común del término, tienen que escribir. For tanto, según esa idea, yo nunca he predicado. De hecho, la gente me ha dicho a menudo: «Pero si usted no predica. Usted habla a la gente». Un hombre de Londres volvió a su casa de una de nuestras reuniones con una gran convicción. Había sido escéptico; y su esposa, viéndolo muy agitado, le dijo: «Marido, ¿has ido a oír predicar al señor Finney?» Él respondió: «He ido a la reunión del señor Finney. Él no predica; solo explica lo que predican los demás». Esto, en sustancia, lo he oído una y otra vez. «¡Vaya! —dicen—, cualquiera podría predicar como usted. Usted no hace más que hablar a la gente. Habla como si estuviera tan a gusto como sentado en la sala de su casa». Otros han dicho: «Vaya, no parece predicación; parece como si el señor Finney me hubiera tomado aparte y estuviera conversando conmigo cara a cara».
Los ministros por lo general evitan predicar lo que la gente que tienen delante entenderá como dirigido particularmente a ella. Le predican acerca de otras personas y de los pecados de otras personas, en vez de dirigirse a ella y decirle: «Tú eres culpable de estos pecados», y «El Señor te exige esto». A menudo predican acerca del evangelio en vez de predicar el evangelio. A menudo predican acerca de los pecadores en vez de predicar a los pecadores. Evitan cuidadosamente ser personales, en el sentido de dejar en alguno de los presentes la impresión de que él es aquel hombre. Ahora bien, yo he creído que era mi deber seguir un camino distinto; y siempre he seguido un camino distinto. A menudo he dicho: «No pienses que hablo de otro; me refiero a ti, y a ti, y a ti».
Al principio los ministros me decían que la gente nunca soportaría esto; que se levantaría y se iría, y nunca volvería a oírme. Pero eso es un completo error. Mucho, en esto como en todo, depende del espíritu con que se dice. Si la gente ve que se dice con espíritu de amor, con un ardiente deseo de hacerle bien; si no puede llamarlo un arrebato de animosidad personal, sino que ve, y no puede negar, que es decir la verdad en amor; que es algo que le llega derecho al corazón para salvar a cada uno personalmente, muy pocos seguirán resentidos. Aunque en ese momento se sientan señalados y reprendidos, con todo tienen la convicción de que lo necesitaban, y sin duda acabará haciéndoles un gran bien.
A menudo he dicho a la gente, cuando veía que parecían ofendidos: «Ahora esto te molesta, y te irás diciendo que no volverás; pero volverás. Tus propias convicciones están de mi parte. Sabes que lo que te digo es verdad, y que te lo digo por tu propio bien, y que no puedes seguir resentido». Y siempre he comprobado que así es.
Mi experiencia ha sido que, incluso en lo que respecta a la popularidad personal, «la honradez es la mejor política» en un ministro; que si quiere conservar la confianza, el respeto y el afecto de cualquier pueblo, tiene que ser fiel a sus almas. Tiene que dejarles ver que no los corteja con miras a la popularidad, sino que procura salvar sus almas. Los hombres no son necios. No tienen un respeto sólido por un hombre que sube al púlpito a predicar cosas halagüeñas. En lo más íntimo de su alma lo desprecian de corazón. Y que nadie piense que ganará un respeto duradero, que su pueblo lo honrará de forma duradera, si no trata fielmente sus almas como embajador de Cristo.
El gran argumento en contra de mis ideas sobre la predicación del evangelio era que yo no daría a la gente, ni con mucho, tanta instrucción como si escribiera mis sermones. Decían que no estudiaría; y que, por consiguiente, aunque pudiera tener éxito como evangelista, trabajando solo unas semanas o unos meses en un lugar, nunca resultaría que un pastor predicara improvisando.
Ahora bien, tengo las mejores razones para creer que los predicadores de sermones escritos no dan a su gente tanta instrucción como piensan. La gente no recuerda sus sermones. En multitud de casos he oído a la gente quejarse: «No puedo llevarme a casa nada de lo que oigo desde el púlpito». En cientos de casos me han dicho: «Siempre recordamos lo que le hemos oído predicar a usted. Recordamos su texto y la manera en que lo trató; pero los sermones escritos no los podemos recordar».
Llevo ya muchos años de pastor, de hecho desde 1832; y nunca he oído ninguna queja de que no instruyera a la gente. No creo que sea cierto que mi gente no esté tan bien instruida, en lo que toca a la instrucción desde el púlpito, como la gente que se sienta bajo la predicación de sermones escritos. Es verdad que un hombre puede escribir sus sermones sin estudiar mucho; como es verdad que puede predicar improvisando sin mucho estudio ni reflexión. Muchos sermones escritos que he oído mostraban cualquier cosa menos un pensamiento profundo y preciso.
Mi costumbre ha sido siempre estudiar el evangelio, y la mejor manera de aplicarlo, todo el tiempo. No me limito a horas y días para escribir mis sermones; sino que mi mente está siempre meditando en las verdades del evangelio y en las mejores maneras de usarlas. Voy entre la gente y conozco sus necesidades. Luego, a la luz del Espíritu Santo, tomo un tema que creo que responderá a sus necesidades presentes. Pienso intensamente en él, y oro mucho sobre el tema, por ejemplo el domingo por la mañana, y lleno mi mente de él, y luego voy y lo derramo ante la gente. En cambio, una gran dificultad del sermón escrito es que el hombre, después de escribirlo, necesita pensar poco en el tema. Necesita orar poco. Quizá repasa su manuscrito el sábado por la noche o el domingo por la mañana; pero no siente la necesidad de ser poderosamente ungido, para que su boca sea abierta y llena de argumentos, y para que pueda predicar de la abundancia del corazón. Está muy tranquilo. No tiene más que usar los ojos y la voz, y puede predicar a su manera. Puede ser un sermón escrito hace años; puede ser un sermón que ha escrito, palabra por palabra, en esa misma semana. Pero el día de reposo no hay frescura en él. No le llega necesariamente nuevo y fresco, como un mensaje ungido de Dios a su corazón, y por medio de su corazón a la gente.
Estoy dispuesto a decir, con toda solemnidad, que creo haber estudiado tanto más por no haber escrito mis sermones. Me he visto obligado a familiarizar mi pensamiento con los temas sobre los que predicaba, a llenar mi mente de ellos, y luego ir y exponerlos a la gente de viva voz. Me limito a anotar los encabezamientos en que deseo detenerme, de la manera más breve posible, y con palabras de las que quizá no uso ni una al predicar. Me limito a apuntar el orden de mis proposiciones y las posiciones que me propongo sostener; y en una palabra, a esbozar las observaciones y conclusiones con que termino.
Pero a menos que los hombres lo intenten, a menos que empiecen a hablar a la gente como mejor puedan, manteniendo su corazón lleno de la verdad y lleno del Espíritu Santo, nunca llegarán a ser predicadores improvisadores. Creo que media hora de charla fervorosa con la gente semana tras semana, si la charla es certera, directa, fervorosa y lógica, la instruirá realmente más que los dos trabajosos sermones que despachan a su gente el domingo los que escriben. Creo que la gente recordaría más de lo que se dice, se interesaría más en ello, y se lo llevaría consigo para meditarlo, muchísimo más que lo que recibe de los trabajosos sermones escritos.
He hablado de mi método de prepararme para el púlpito en años más recientes. Cuando comencé a predicar, y durante unos doce años de mi primer ministerio, no escribía ni una palabra; y lo más común era que tuviera que predicar sin preparación alguna, salvo la que recibía en oración. Muchas veces subí al púlpito sin saber sobre qué texto hablaría, ni una palabra de lo que iba a decir. Dependía de la ocasión y del Espíritu Santo para que me sugirieran el texto y me abrieran todo el tema a la mente; y ciertamente en ninguna etapa de mi ministerio he predicado con mayor éxito y poder. Si no predicaba por inspiración, no sé cómo predicaba. Era una experiencia común en mí, y lo ha sido durante toda mi vida ministerial, que el tema se abriera a mi mente de una manera que me sorprendía a mí mismo. Parecía que podía ver con claridad intuitiva exactamente lo que debía decir; y pelotones enteros de pensamientos, palabras e ilustraciones acudían a mí tan rápido como podía expresarlos. Cuando empecé a hacer «esqueletos», los hacía después de predicar, y no antes. Era para conservar el bosquejo del pensamiento que se me había dado en ocasiones como las que acabo de mencionar. Descubrí que, cuando el Espíritu de Dios me había dado una visión muy clara de un tema, no podía retenerla para usarla en otra ocasión a menos que apuntara un bosquejo de los pensamientos. Pero, con todo, nunca me he visto capaz de usar viejos esqueletos al predicar, en medida considerable, sin rehacerlos y sin que el Espíritu Santo me diera una visión fresca y nueva del tema. Casi siempre recibo mis temas de rodillas en oración; y ha sido una experiencia común en mí, al recibir un tema del Espíritu Santo, que me causara una impresión tan fuerte en la mente que me hiciera temblar, de modo que apenas podía escribir. Cuando se me dan así temas que parecen atravesarme cuerpo y alma, puedo en pocos momentos trazar un esqueleto que me permita retener la visión presentada por el Espíritu; y encuentro que tales sermones siempre obran con gran poder sobre la gente.
Algunos de los sermones más eficaces que he predicado en Oberlin los he recibido así, después de que la campana hubiera llamado al culto; y tuve que ir a derramarlos de un corazón lleno, sin apuntar más que el esqueleto más breve posible, y a veces sin que este abarcara siquiera la mitad del terreno que abarqué en el sermón.
Cuento esto no por jactancia, sino porque es un hecho, y para dar la alabanza a Dios y no a ningún talento mío.
Que nadie piense que aquellos sermones que se han llamado tan poderosos fueron producto de mi propio cerebro o de mi propio corazón, sin la ayuda del Espíritu Santo. No eran míos, sino del Espíritu Santo en mí.
Y que nadie diga que esto es reclamar una inspiración más alta de la que se promete a los ministros, o de la que los ministros tienen derecho a esperar. Pues creo que todos los ministros llamados por Cristo a predicar el evangelio deben estar, y pueden estar, inspirados en tal sentido que «prediquen el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo». ¿Qué otra cosa quiso decir Cristo cuando dijo: «Id y haced discípulos a todas las naciones; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo»? ¿Qué quiso decir cuando dijo, hablando del Espíritu Santo: «Tomará de lo mío, y os lo hará saber»? ¿Y: «Os recordará todas las cosas que os he dicho»? ¿Qué quiso decir cuando dijo: «El que cree en mí, ríos de agua viva correrán de su vientre»? «Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él». Todos los ministros pueden y deben estar tan llenos del Espíritu Santo que todos los que los oigan queden impresionados con la convicción de que «verdaderamente Dios está en ellos».
Nota. — Aquí presentamos un facsímil de uno de los «esqueletos» del señor Finney, tomado al azar de los cientos que dejó. — El editor.
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