Memorias de Charles G. Finney
Predicando como misionero

Capítulo 5 · 20 min de lectura · 26 min de escucha

Predicando como misionero

Como no había recibido una preparación regular para el ministerio, no esperaba ni deseaba trabajar en pueblos grandes o en ciudades, ni servir a congregaciones cultas. Mi intención era ir a los nuevos asentamientos y predicar en escuelas, graneros y arboledas, como mejor pudiera. Así que, poco después de recibir licencia para predicar, y con el fin de darme a conocer en la región donde me proponía trabajar, acepté un nombramiento por seis meses de una sociedad misionera de mujeres con sede en el condado de Oneida. Me dirigí a la parte norte del condado de Jefferson y comencé mis labores en Evans' Mills, en el municipio de Le Ray.

En ese lugar encontré dos iglesias: una pequeña iglesia congregacional sin ministro y una iglesia bautista con ministro. Presenté mis credenciales a los diáconos de la iglesia. Se alegraron mucho de verme, y pronto comencé mis labores. No tenían templo, pero las dos iglesias celebraban el culto por turnos en una gran escuela de piedra, lo bastante grande, creo, como para dar cabida a todos los niños del pueblo. Los bautistas ocupaban el edificio un domingo y los congregacionales el siguiente, de modo que yo solo podía disponer de él un domingo sí y otro no, aunque podía usarlo por las noches tantas veces como quisiera. For eso dividí mis domingos entre Evans' Mills y Antwerp, un pueblo situado a unas dieciséis o dieciocho millas más al norte. Contaré primero algunos hechos ocurridos en Evans' Mills durante aquella temporada, y luego haré un breve relato de lo que sucedió en Antwerp. Pero como predicaba alternativamente en estos dos lugares, estos hechos iban ocurriendo semana tras semana en uno u otro. Comencé, como he dicho, a predicar en la escuela de piedra de Evans' Mills. La gente se mostró muy interesada y acudía en masa a oírme predicar. Elogiaban mi predicación; y la pequeña iglesia congregacional se entusiasmó mucho y abrigó la esperanza de ser edificada y de que hubiera un avivamiento. Bajo cada sermón que predicaba se producían algunos casos de convicción, más o menos; pero aun así no se veía ninguna convicción general en el ánimo del público.

Estaba muy descontento con este estado de cosas; y en uno de mis cultos de la noche, después de haber predicado allí dos o tres domingos y varias noches entre semana, les dije a la gente al final de mi sermón que había venido allí a procurar la salvación de sus almas; que sabía que ellos elogiaban mucho mi predicación, pero que, después de todo, no había venido para agradarles sino para llevarlos al arrepentimiento; que no me importaba cuánto les gustara mi predicación si, al fin y al cabo, rechazaban a mi Señor; que algo andaba mal, o en mí o en ellos; que la clase de interés que mostraban por mi predicación no les estaba haciendo ningún bien; y que no podía seguir empleando mi tiempo con ellos a menos que estuvieran dispuestos a recibir el Evangelio. Entonces, citando las palabras del siervo de Abraham, les dije: «Ahora, pues, si vosotros hacéis misericordia y verdad con mi Señor, declarádmelo; y si no, declarádmelo; y me iré a la diestra o a la siniestra». Le di vueltas a esta pregunta, se la apremié y les insistí en que necesitaba saber qué camino pensaban seguir. Si no se proponían hacerse cristianos y alistarse al servicio del Salvador, quería saberlo para no trabajar en vano entre ellos. Les dije: «Ustedes admiten que lo que predico es el Evangelio. Dicen creerlo. Ahora bien, ¿lo van a recibir? ¿Piensan recibirlo, o se proponen rechazarlo? Alguna postura han de tener al respecto. Y ahora tengo derecho a dar por sentado, ya que admiten que he predicado la verdad, que reconocen su obligación de hacerse cristianos de inmediato. Esta obligación no la niegan; pero ¿la van a cumplir? ¿Van a satisfacerla? ¿Van a hacer lo que admiten que deben hacer? Si no lo van a hacer, díganmelo; y si lo van a hacer, díganmelo, para que me vaya a la diestra o a la siniestra».

Después de darle vueltas a esto hasta ver que lo habían entendido bien, y que parecían muy sorprendidos por mi manera de plantearlo, les dije: «Ahora necesito conocer su decisión, y quiero que se pongan de pie quienes de ustedes hayan decidido hacerse cristianos y estén dispuestos a comprometerse a hacer la paz con Dios de inmediato; y que, por el contrario, quienes estén resueltos a no hacerse cristianos, y deseen que yo lo entienda así, y que Cristo lo entienda así, permanezcan sentados». Después de dejar esto claro, de modo que supe que lo entendían, dije: «Ustedes que ahora están dispuestos a comprometerse conmigo y con Cristo a hacer la paz con Dios de inmediato, pónganse de pie, por favor. For el contrario, ustedes que quieren que yo entienda que están decididos a permanecer en su actitud actual, a no aceptar a Cristo, los que piensen así, pueden quedarse sentados». Se miraron unos a otros y me miraron a mí, y todos permanecieron sentados, tal como yo esperaba.

Después de mirarlos unos momentos, les dije: «Entonces ya se han comprometido. Han tomado su posición. Han rechazado a Cristo y su Evangelio; y ustedes son testigos los unos contra los otros, y Dios es testigo contra todos ustedes. Esto es explícito, y pueden recordar mientras vivan que se han comprometido así públicamente contra el Salvador y han dicho: “No queremos que este hombre, Cristo Jesús, reine sobre nosotros”. Este es el sentido de lo que les dije con insistencia, y lo más aproximado a estas palabras que puedo recordar.

Cuando los apremié así, empezaron a mostrarse enojados, se levantaron en masa y se dirigieron hacia la puerta. Cuando empezaron a moverse, hice una pausa. En cuanto dejé de hablar, se volvieron para ver por qué no continuaba. Les dije: «Lo siento por ustedes; y, si el Señor quiere, les predicaré una vez más mañana por la noche».

Todos salieron del edificio excepto el diácono McC, que era diácono de la iglesia bautista de aquel lugar. Vi que los congregacionales estaban confundidos. Eran pocos y muy débiles en la fe. Supongo que todos los miembros de ambas iglesias que estaban presentes, excepto el diácono McC, quedaron desconcertados y concluyeron que todo había terminado: que con mi imprudencia había echado a perder y arruinado toda perspectiva esperanzadora. El diácono McC se acercó, me tomó de la mano y, sonriendo, me dijo: «Hermano Finney, los tiene usted atrapados. No podrán quedarse tranquilos con esto, puede estar seguro. Los hermanos están todos desanimados», dijo; «pero yo no. Creo que ha hecho usted exactamente lo que había que hacer, y que veremos los resultados». Yo pensaba lo mismo, por supuesto. Me había propuesto ponerlos en una situación que, al reflexionar, los hiciera temblar ante lo que habían hecho. Pero aquella noche y el día siguiente estuvieron llenos de ira. El diácono McC y yo acordamos allí mismo pasar el día siguiente en ayuno y oración: por separado en la mañana y juntos en la tarde. En el transcurso del día supe que la gente me amenazaba con sacarme montado en un palo, con embrearme y emplumarme y con darme el pasaporte, como ellos decían. Algunos me maldecían y decían que los había puesto bajo juramento y los había hecho jurar que no servirían a Dios; que los había arrastrado a un compromiso solemne y público de rechazar a Cristo y su Evangelio. Esto no era más de lo que yo esperaba. For la tarde, el diácono McC y yo nos fuimos juntos a una arboleda y pasamos toda la tarde en oración. Justo al anochecer, el Señor nos dio gran libertad y promesa de victoria. Ambos sentimos la seguridad de que habíamos prevalecido con Dios y de que aquella noche el poder de Dios se manifestaría entre la gente.

Cuando llegó la hora de la reunión, salimos del bosque y nos dirigimos al pueblo. La gente ya acudía en tropel al lugar de culto; y los que todavía no habían ido, al vernos atravesar el pueblo, salieron de sus tiendas y negocios, o soltaron los bates allí donde jugaban a la pelota en el prado, y llenaron el edificio hasta no caber nadie más.

No había pensado en absoluto qué iba a predicar; de hecho, esto era habitual en mí en aquel tiempo. El Espíritu Santo estaba sobre mí, y tenía la confianza de que, cuando llegara el momento de actuar, sabría qué predicar. En cuanto vi el edificio repleto, de modo que no cabía nadie más, me levanté y, creo que sin ninguna introducción formal de canto, comencé con estas palabras: «Decid al justo que le irá bien, porque comerá de los frutos de sus manos. ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado». El Espíritu de Dios vino sobre mí con tal poder que fue como abrir fuego de artillería contra ellos. Durante más de una hora, y quizá hora y media, la palabra de Dios llegó a ellos por medio de mí de una manera que, según veía, lo arrasaba todo a su paso. Era fuego y martillo que quebranta la piedra, y como la espada que penetra hasta partir el alma y el espíritu. Vi que una convicción general se extendía por toda la congregación. Muchos no podían levantar la cabeza. Aquella noche no les pedí que revocaran lo que habían hecho la noche anterior, ni que se comprometieran de ninguna manera; sino que di por sentado, durante todo el sermón, que estaban comprometidos contra el Señor. Luego anuncié otra reunión y despedí a la congregación.

Mientras la gente se retiraba, observé en una parte del edificio a una mujer en brazos de algunas amigas que la sostenían; y fui a ver qué ocurría, suponiendo que se había desmayado. Pero pronto descubrí que no estaba desmayada, sino que no podía hablar. En su rostro había una expresión de la más grande angustia, y me dio a entender que no podía hablar. Aconsejé a las mujeres que la llevaran a su casa, oraran con ella y vieran lo que el Señor haría. Me informaron que era la señorita G——, hermana del conocido misionero, y que era miembro de la iglesia en plena comunión, y lo había sido durante varios años.

Aquella noche, en lugar de ir a mi alojamiento habitual, acepté una invitación y fui a casa de una familia donde no me había hospedado antes. A primera hora de la mañana me enteré de que, durante la noche, habían ido varias veces a buscarme al lugar donde se suponía que estaba, para que visitara a famihas en las que había personas bajo una terrible angustia de alma. Esto me llevó a salir a recorrer el pueblo, y por todas partes encontré un estado de asombrosa convicción de pecado y de alarma por sus almas.

Después de permanecer sin habla unas dieciséis horas, a la señorita G—— se le abrió la boca y se le dio una canción nueva.

Fue sacada del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso, y sus pies fueron puestos sobre peña; y se cumplió que muchos lo vieron y temieron. Aquello provocó un gran examen de conciencia entre los miembros de la iglesia. Ella declaró que había estado completamente engañada; que durante ocho años había sido miembro de la iglesia y se creía cristiana, pero que durante el sermón de la noche anterior había visto que nunca había conocido al Dios verdadero; y cuando el carácter de él se alzó ante su mente tal como se presentó entonces, su esperanza «pereció», según sus propias palabras, «como una polilla». Dijo que se le presentó tal visión de la santidad de Dios que, como una gran ola, la arrancó de su posición y aniquiló su esperanza en un instante.

Encontré en este lugar a varios deístas, algunos de ellos hombres de alta posición en la comunidad. Uno de ellos regentaba un hotel en el pueblo, y los demás eran hombres respetables y de inteligencia superior a la media. Pero parecían haberse ahado para resistir el avivamiento. Cuando averigüé exactamente la postura que adoptaban, prediqué un sermón pensado para sus necesidades, pues los domingos asistían a mi predicación. Tomé como texto: «Espérame un poco, y te enseñaré; porque todavía tengo razones en defensa de Dios. Tomaré mi saber desde lejos, y atribuiré justicia a mi Hacedor». Recorrí todo el terreno, hasta donde entendía su posición, y Dios me capacitó para barrerlo por completo. En cuanto terminé y despedí la reunión, el dueño del hotel, que era el cabecilla del grupo, se me acercó con franqueza, me tomó de la mano y dijo: «Señor Finney, estoy convencido. Ha enfrentado y respondido todas mis dificultades. Ahora quiero que venga a casa conmigo, porque deseo conversar con usted». No oí nada más de su incredulidad; y, si no recuerdo mal, aquella clase de hombres se convirtió casi toda, o toda.

Había en este lugar un anciano que no solo era incrédulo, sino un gran burlador de la religión. Estaba muy enojado con el movimiento de avivamiento. Cada día me llegaban noticias de sus burlas y blasfemias, pero no hice caso de ellas en público. Se negaba rotundamente a asistir a las reuniones. Pero en medio de su oposición, y cuando su agitación era grande, estando sentado una mañana a la mesa, cayó de repente de la silla con un ataque de apoplejía. Llamaron enseguida a un médico, quien, tras un breve examen, le dijo que le quedaba muy poco tiempo de vida y que, si tenía algo que decir, debía decirlo de inmediato. Según me contaron, le quedaron las fuerzas y el tiempo justos para balbucear: «No dejen que Finney ore sobre mi cadáver». Ese fue el fin de su oposición en aquel lugar.

Durante aquel avivamiento se me llamó la atención sobre una mujer enferma de la comunidad, que había sido miembro de una iglesia bautista y era bien conocida en el lugar; pero la gente no tenía confianza en su piedad. Se iba consumiendo rápidamente por la tisis, y me rogaron que fuera a verla. Fui, y tuve una larga conversación con ella. Me contó un sueño que había tenido de muchacha y que la había hecho pensar que sus pecados estaban perdonados. Se había apoyado en eso y ningún argumento podía moverla. Traté de persuadirla de que en aquel sueño no había prueba alguna de su conversión. Le dije claramente que sus conocidos afirmaban que nunca había vivido una vida cristiana ni había mostrado un carácter cristiano; y que yo había venido a tratar de persuadirla de que abandonara su falsa esperanza y viera si ahora no aceptaría a Jesucristo para ser salva. La traté con toda la bondad que pude, pero no dejé de hacerle entender lo que quería decir. Sin embargo, se ofendió mucho; y después de que me fui se quejó de que yo había intentado quitarle su esperanza y angustiar su mente; de que era cruel por tratar de angustiar de ese modo a una mujer tan enferma como ella, por intentar perturbar el reposo de su espíritu. Murió no mucho después. Pero su muerte me ha recordado a menudo el libro del doctor Nelson titulado «Causa y remedio de la incredulidad». Cuando esta mujer llegó a estar realmente moribunda, sus ojos se abrieron; y antes de dejar el mundo pareció tener tal vislumbre del carácter de Dios, de lo que era el cielo y de la santidad que se requiere para habitar en él, que gritó de agonía y exclamó que se iba al infierno. En ese estado, según me contaron, murió.

Estando en este lugar, una tarde vino a verme un hermano cristiano que deseaba que visitara a su hermana, la cual, según me dijo, se estaba consumiendo rápidamente por la tisis y era universalista. Su marido, dijo, era universalista y la había llevado al universalismo. Me explicó que no me había pedido que fuera a verla cuando el marido estaba en casa porque temía que me maltratara, ya que estaba decidido a que la mente de su esposa no se viera perturbada en la cuestión de la salvación universal. Fui, y encontré que ella no estaba en absoluto tranquila en sus ideas universalistas; y durante mi conversación con ella abandonó esas ideas por completo y pareció abrazar el Evangelio de Cristo. Creo que se aferró a esta esperanza en Cristo hasta su muerte.

Al anochecer volvió su marido y se enteró por ella misma de lo que había sucedido. Se enfureció muchísimo y juró que iba a «matar a Finney». Según supe después, se armó con una pistola cargada y aquella noche fue a la reunión donde yo iba a predicar. Sin embargo, en aquel momento yo no sabía nada de esto. La reunión de esa noche era en una escuela fuera del pueblo. El edificio estaba atestado, casi hasta la asfixia. Me puse a predicar con todas mis fuerzas; y casi a mitad de mi discurso vi que un hombre de aspecto robusto, más o menos en el centro de la sala, se caía de su asiento. Al desplomarse gimió, y luego gritó o chilló que se estaba hundiendo en el infierno. Lo repitió varias veces. La gente sabía quién era, pero para mí era un desconocido. Creo que nunca lo había visto antes. Naturalmente, esto causó una gran conmoción. Interrumpió mi predicación; y tan grande era su angustia que pasamos el resto del tiempo orando por él. Cuando se despidió la reunión, sus amigos lo ayudaron a llegar a casa. A la mañana siguiente pregunté por él, y supe que había pasado la noche en vela, con gran angustia de alma, y que al despuntar el alba había salido sin que supieran adónde. No se supo nada de él hasta eso de las diez de la mañana. Yo iba subiendo por la calle y lo vi venir, al parecer de una arboleda situada a cierta distancia del pueblo. Cuando lo vi por primera vez estaba en la acera de enfrente, viniendo hacia mí. Al reconocerme, cruzó la calle para salir a mi encuentro. Cuando estuvo lo bastante cerca, vi que su semblante resplandecía. Le dije: «Buenos días, señor C——. «Buenos días», respondió. «Y dígame», le pregunté, «¿cómo se siente usted esta mañana en su interior?». «¡Ay, no lo sé!», respondió; «he pasado una noche de angustia terrible. Pero no podía orar allí en la casa; y pensé que si podía estar a solas, donde pudiera alzar la voz con todo el corazón, podría orar. For la mañana me fui al bosque; pero cuando llegué allí», dijo, «descubrí que no podía orar. Creía que podría entregarme a Dios, pero no podía. Lo intenté una y otra vez hasta desanimarme», continuó. «For fin vi que no servía de nada; y le dije al Señor que me hallaba condenado y perdido; que no tenía corazón para orarle ni corazón para arrepentirme; que me había endurecido tanto que no podía darle mi corazón, y que por tanto debía dejar toda la cuestión en sus manos. Estaba a su disposición, y no podía objetar a que hiciera conmigo lo que bien le pareciera, porque no tenía ningún derecho a su favor. Dejé por completo en manos del Señor la cuestión de mi salvación o mi condenación». «Bien, ¿y qué pasó después?», le pregunté. «Pues», dijo, «me di cuenta de que había perdido toda mi convicción. Me levanté y me vine, y mi mente estaba tan quieta y tranquila que pensé que había contristado al Espíritu de Dios y que lo había alejado, y que había perdido mi convicción. «Pero», dijo, «cuando lo vi a usted, mi corazón empezó a arder y a encenderse dentro de mí; y en lugar de sentir que quería evitarlo, me sentí tan atraído que crucé la calle para verlo». Pero debí haber dicho que, cuando se me acercó, dio un salto, me levantó en brazos, dio una o dos vueltas conmigo y luego me dejó en el suelo. Esto ocurrió antes de la conversación que acabo de contar. Tras conversar un poco más, lo dejé. Pronto llegó a un estado de ánimo que lo llevó a abrigar una esperanza. No supimos nada más de su oposición.

En este lugar volví a ver al padre Nash, el hombre que oró con los ojos abiertos en la reunión del presbiterio cuando recibí la licencia. Después de aquella reunión del presbiterio sufrió una inflamación de los ojos y estuvo varias semanas encerrado en un cuarto oscuro. No podía leer ni escribir y, según supe, se entregó casi por completo a la oración. Toda su experiencia cristiana pasó por una revisión tremenda; y en cuanto pudo ver, con un doble velo negro delante de la cara, salió a trabajar por las almas.

Cuando llegó a Evans' Mills estaba lleno del poder de la oración. Era un hombre completamente distinto del que había sido en cualquier etapa anterior de su vida cristiana. Descubrí que tenía «una lista de oración», como él la llamaba, con los nombres de personas por las que oraba cada día, y a veces muchas veces al día. Y al orar con él y oírlo orar en las reuniones, descubrí que su don de oración era maravilloso y su fe casi milagrosa.

Había un hombre llamado D—— que regentaba una taberna de mala fama en una esquina del pueblo, y su casa era el punto de reunión de todos los opositores del avivamiento. La sala del bar era un lugar de blasfemia, y él mismo era un hombre sumamente profano, impío e insultante. Andaba por las calles burlándose del avivamiento, y se tomaba especial empeño en jurar y blasfemar cada vez que veía a un cristiano. Uno de los nuevos convertidos vivía casi enfrente de él, y me dijo que pensaba vender su casa y mudarse de aquel vecindario, porque cada vez que salía y D—— lo veía, salía él también a jurar, a maldecir y a decirle todo lo que podía para herir sus sentimientos. Creo que no había asistido a ninguna de nuestras reuniones. Naturalmente, ignoraba las grandes verdades de la religión y despreciaba toda la empresa cristiana.

El padre Nash nos oyó hablar de este señor D—— como de «un caso difícil», e inmediatamente puso su nombre en su lista de oración. Se quedó en el pueblo uno o dos días y siguió su camino, con la vista puesta en otro campo de labor.

No muchos días después, mientras celebrábamos una reunión nocturna con el edificio abarrotado, ¿quién iba a entrar sino el famoso D——? Su entrada causó bastante revuelo en la congregación. La gente temía que hubiera venido a provocar un alboroto. El temor y la aversión hacia él se habían generalizado mucho entre los cristianos, creo; de modo que, cuando entró, algunos se levantaron y se retiraron. Yo conocía su rostro y no le quitaba el ojo de encima. Muy pronto me convencí de que no había venido a oponerse y de que estaba en gran angustia de alma. Se retorcía en su asiento y estaba muy inquieto. Pronto se levantó y, temblando, me preguntó si podía decir unas palabras. Le dije que sí. Entonces procedió a hacer una de las confesiones más quebrantadas que casi jamás he oído. Su confesión parecía abarcar todo lo que había hecho contra Dios, contra los cristianos, contra el avivamiento y contra todo lo bueno.

Esto roturó a fondo el barbecho de muchos corazones. Fue el medio más poderoso que se podría haber empleado, justo entonces, para dar impulso a la obra. D—— pronto se declaró públicamente y profesó tener esperanza; acabó con toda la juerga y la profanidad de su bar; y desde entonces, mientras yo estuve allí, y no sé por cuánto tiempo más, se celebró una reunión de oración en su bar casi todas las noches.

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