Capítulo 35 · 27 min de lectura · 35 min de escucha
Labores en Inglaterra y Escocia
ESTANDO yo esta vez en Londres, se me invitó con mucha insistencia a visitar Edimburgo, en Escocia; y hacia mediados de agosto dejamos Londres y tomamos pasaje en un vapor que subía por la costa, a través del mar del Norte, hasta Edimburgo. Me había instado a ir allí el reverendo doctor Kirk, de Edimburgo, que pertenecía a la parte de la iglesia de Escocia llamada Iglesia de la Unión Evangélica. Su teólogo principal era un tal señor Morrison, que dirigía una escuela de teología en Glasgow. Encontré en el señor Kirk a un hombre ferviente y un gran amante de la obra de avivamiento. Esta Unión Evangélica, o iglesia E. U., como la llamaban, había surgido de un esfuerzo de avivamiento realizado en Escocia en la época en que se publicaron por primera vez en aquel país mis discursos sobre el avivamiento. Un número considerable de ministros escoceses, y un número mucho mayor de laicos, se habían despertado grandemente y habían llevado a cabo muchos esfuerzos de avivamiento con éxito; pero habían gastado mucho de sus fuerzas en controversias contra las opiniones hipercalvinistas que sostenían los presbiterianos escoceses.
Permanecí tres meses en Edimburgo, predicando mayormente en la iglesia del señor Kirk, que era uno de los mayores lugares de culto de Edimburgo. «Tuvimos un avivamiento muy interesante en aquel lugar, y muchas almas se convirtieron. Los miembros de la iglesia fueron grandemente bendecidos, y el señor Kirk tenía las manos llenas, día y noche, con el trabajo entre los inquiridores. Pero pronto descubrí que estaba rodeado por un muro de prejuicio. Las iglesias presbiterianas se oponían fuertemente a esta rama E. U. de la iglesia; y me vi cercado en lo que respectaba a oportunidades de trabajar en otras iglesias.
El señor Kirk era en aquel tiempo no solo pastor, sino también profesor en una escuela de teología de Glasgow y, además, director del «Christian News», que se publicaba en Glasgow. En ese periódico presentaba de vez en cuando mis opiniones teológicas como idénticas a las de su seminario teológico y de su iglesia. Pero en algunos puntos descubrí que yo difería bastante de ellos. No podía aceptar su concepto de la fe como un mero estado intelectual. Explicaban la doctrina de la elección de un modo que la vaciaba de sentido, y que para mí resultaba del todo ininteligible; y en diversos puntos vi que no estaba de acuerdo con ellos. Sin embargo, el señor Kirk insistía en que aceptaba enteramente mis opiniones tal como me las oía predicar, y en que eran las opiniones de la iglesia E. U. Así, al insistir en que mis opiniones eran idénticas a las suyas, sin quererlo me cerró las puertas de los demás púlpitos, y sin duda alejó de nuestras reuniones a multitudes de personas que de otro modo habrían venido a escucharme.
Las labores de la señora Finney en este lugar fueron grandemente bendecidas. La señora Kirk, esposa del pastor, era una dama cristiana muy ferviente, y se unió a mi esposa en la obra con todas sus fuerzas. Establecieron una reunión de oración de damas que continúa hasta el día de hoy, de la cual se han publicado informes año tras año en el Christian News; y la señora Kirk ha publicado un pequeño volumen que relata el establecimiento y el progreso de aquella reunión. Las respuestas a la oración que se concedieron allí fueron maravillosas. Desde diversas partes de Escocia les han enviado peticiones para que oren por diversos lugares, personas y causas. La historia de aquella reunión ha sido de un estímulo poco común. De ella surgieron reuniones semejantes en diversas partes de Escocia; y estas han colocado a las mujeres de Escocia en una posición muy nueva en cuanto a los esfuerzos personales en los avivamientos de la religión.
Después de permanecer tres meses en Edimburgo y de ver allí una bendita obra de gracia, aceptamos una invitación para ir a Aberdeen; y en noviembre nos encontramos en aquella ciudad, que está cerca del extremo norte de Escocia. Nos había invitado un tal señor Ferguson, también ministro de la iglesia E. U. y amigo íntimo del señor Kirk. Estaba muy irritado, y lo seguía estando cuando llegamos, por la oposición que encontraba de parte de las iglesias presbiteriana y congregacional. Su congregación estaba todavía más cercada por el prejuicio que la del señor Kirk. Era un cristiano ferviente, pero la oposición que lo rodeaba como un muro lo había exasperado sobremanera. Al principio no pude conseguir que me escuchara nadie fuera de su propia gente; y me desanimé bastante, y lo mismo le ocurrió al propio hermano Ferguson.
En el tiempo de este desánimo, el señor Davison, ministro congregacional de Bolton, en Lancashire, me escribió una carta muy apremiante para que fuera a trabajar con él. El estado de cosas en Aberdeen era tan desalentador que le di esperanzas de que iría. Pero, entretanto, el interés aumentó grandemente en Aberdeen, y otros ministros e iglesias empezaron a sentir la influencia de lo que allí ocurría. El ministro congregacional me invitó a predicar en su iglesia un domingo, y lo hice. Un tal señor Brown, de una de las iglesias presbiterianas, también me invitó a predicar; pero en aquel momento tenía las manos demasiado llenas para aceptar su invitación, aunque tenía intención de predicar para él en otra ocasión. Antes de esto, debería haber dicho, la obra en la congregación del señor Ferguson había comenzado y estaba entrando en un estado muy interesante. Varios se habían convertido, y era evidente que un cambio muy interesante se estaba produciendo en su congregación y en aquella ciudad. Pero entretanto yo me había comprometido de tal modo a ir a Bolton que vi que debía ir; y dejamos Aberdeen justo antes de las fiestas de Navidad y fuimos a Bolton.
Mientras estaba con el señor Ferguson en Aberdeen, su hijo, que estaba establecido al frente de una de las iglesias E. U. de Glasgow, me instó a trabajar con él una temporada. Esto ya se me había pedido con insistencia antes de salir de Edimburgo. Pero yo no estaba dispuesto a seguir trabajando por más tiempo con esa denominación. No porque no fueran hombres buenos y obreros fervientes para Dios; sino porque sus controversias los habían puesto en tales relaciones con las iglesias de alrededor que me excluían de toda simpatía y cooperación, salvo con los que tenían sus peculiares opiniones. Yo estaba acostumbrado, en este país, a trabajar libremente con presbiterianos y congregacionalistas; y deseaba mucho conseguir que me escucharan los presbiterianos y congregacionalistas de Escocia. Pero al trabajar con las iglesias E. U., me encontraba en una posición falsa. Lo que se había dicho en el Christian News, y el hecho de que estuviera trabajando en esa denominación, llevaban a deducir que yo estaba de acuerdo con ellos en sus peculiares opiniones, cuando en realidad no lo estaba.
No creí que fuera mi deber seguir más tiempo en esta posición falsa. For eso decliné ir a Glasgow. Aunque consideraba al hermano que me invitaba como uno de los mejores hombres, y a su iglesia como un pueblo piadoso y de oración, había en Glasgow otras personas piadosas y de oración, y muchísimas más de las que podían encontrarse en la iglesia E. U. Me sentía incómodo, como quien está en situación de dar una imagen falsa de sí mismo. Aunque sentía el mayor afecto por aquellos hermanos, en la medida en que llegué a conocerlos, sentía que al limitar mis labores a esa denominación restringía grandemente mi propia utilidad. Así que dejamos Aberdeen y fuimos en tren a Bolton, adonde llegamos en la Nochebuena de 1859.
Bolton es una ciudad de unos treinta mil habitantes, situada a pocas millas de Manchester. Está en el corazón del gran distrito manufacturero de Inglaterra. Se halla dentro del círculo de aquella inmensa población que se extiende desde Manchester, como centro, en todas direcciones. Se calcula que al menos tres millones de personas viven en un radio de sesenta millas alrededor de Manchester. En este lugar la obra del Señor comenzó de inmediato. Nos recibió como huéspedes el señor J—— B——. Pertenecía a la denominación metodista; era un hombre de piedad sólida, muy poco sectario en sus opiniones y sentimientos. La noche siguiente a nuestra llegada invitó a unos cuantos amigos para conversar de cosas espirituales y orar; y entre ellos a una dama que desde hacía algún tiempo se hallaba en un estado de inquietud espiritual. Después de conversar un poco, decidimos tener un tiempo de oración. Mi esposa se arrodilló cerca de esta dama de quien he hablado, y durante la oración notó que estaba muy conmovida. Al levantarnos, la señora Finney la tomó de la mano y luego me hizo señas desde el otro lado de la sala para que fuera a hablar con ella. La dama se había criado, según supe después, como cuáquera; pero se había casado con un hombre metodista. Hacía mucho tiempo que estaba intranquila por el estado de su alma; pero nunca se había visto cara a cara con la cuestión de una sumisión presente e instantánea.
Respondí al llamado de mi esposa, crucé la sala y hablé con ella. Vi en un momento que su angustia de espíritu era profunda. For eso le pregunté si quería concederme un rato para una conversación personal. Accedió de buena gana, y cruzamos el vestíbulo hacia otra habitación; y entonces la puse de inmediato cara a cara con la cuestión de la sumisión inmediata y de la aceptación de Cristo. Le pregunté si quería allí mismo, en ese momento, renunciar a sí misma y a todo lo demás, y dar su corazón a Cristo. Respondió: «Tengo que hacerlo algún día; y bien puedo hacerlo ahora». Nos arrodillamos enseguida; y hasta donde puede llegar el conocimiento humano, se sometió verdaderamente a Dios. Después de que se sometió, volvimos a la sala; y la escena entre ella y su esposo fue muy conmovedora. En cuanto ella entró en la habitación, él vio en su semblante un cambio tan manifiesto que, como por un impulso espontáneo, se abrazaron y se arrodillaron delante del Señor.
Apenas nos habíamos sentado cuando el hijo del señor B—— entró en la sala anunciando que una de las criadas estaba profundamente conmovida. En muy poco tiempo también ella dio muestras de haberse sometido a Cristo. Luego supe que otra estaba llorando en la cocina, y fui inmediatamente a verla; y después de un poco de conversación e instrucción, también ella pareció dar su corazón a Dios. Así había comenzado la obra. La propia señora B—— había estado durante años en un estado de duda y desaliento; y también ella pareció quebrantarse y entrar casi de inmediato en otro estado de ánimo. La noticia de lo que el Señor estaba haciendo pronto se divulgó; y la gente venía a diario, y casi a cada hora, para conversar. La primera semana de enero se había señalado para observarse como semana de oración, como se ha hecho desde entonces año tras año; y las distintas denominaciones acordaron celebrar reuniones unidas durante esa semana.
Nuestra primera reunión fue en la capilla del señor Davison, que me había llamado para que fuera a Bolton. Era independiente, lo que en este país llamamos congregacionalista. Su capilla se llenó la primera noche. Abrió la reunión un ministro metodista, que oró con gran fervor y con una libertad que me indicó claramente que el Espíritu de Dios estaba sobre la congregación y que tendríamos una reunión poderosa. Se me invitó a continuar después de él con algunas observaciones. Así lo hice, y dediqué un breve espacio a hablar sobre el tema de la oración. Procuré grabar en ellos, como un hecho, que la oración sería contestada de inmediato si quitaban los tropiezos del camino y ofrecían la oración de fe. La palabra pareció estremecer el corazón de los cristianos. De hecho, rara vez he hablado a congregaciones sobre algún tema que pareciera producir un efecto más poderoso y saludable que el tema de la oración. Así lo encuentro en todas partes. Las personas que oran se sienten de inmediato movidas por él a asirse de Dios para obtener una bendición. Así ocurrió en este lugar. Aquella fue una reunión poderosa.
Durante toda aquella semana el espíritu de oración pareció ir en aumento, y nuestras reuniones tenían cada vez más poder. Hacia el tercer o cuarto día de reuniones, según creo, le tocó el turno a un tal señor Best, también ministro congregacional de Bolton, de tener la reunión en su capilla. Allí, por primera vez, invité a los inquiridores. Después de hablar a la congregación durante un rato en un tono pensado para conducir a ese punto, invité a los inquiridores, y su sacristía se llenó de ellos. Tuvimos con ellos una reunión impresionante; y muchos de ellos, confío, se sometieron a Dios.
Había en la ciudad un salón de la templanza que daba cabida a más gente que cualquiera de las capillas. Después de esta semana de oración, los hermanos consiguieron el salón para la predicación; y empecé a predicar allí dos veces el domingo y cuatro noches por semana. Pronto el interés se volvió muy general. El salón se abarrotaba todas las noches, de modo que ni una persona más podía siquiera pasar de la puerta. El Espíritu de Dios se derramó copiosamente.
Recomendé entonces a los hermanos que recorrieran toda la ciudad; que fueran de dos en dos y visitaran cada casa y, si se les permitía, que oraran en cada casa de la ciudad. De inmediato y con valentía se agruparon para realizar esta tarea. Mandaron imprimir gran cantidad de hojas, folletos, carteles y toda clase de invitaciones, y comenzaron la labor de recorrer la ciudad. Los congregacionalistas y los metodistas se entregaron a la obra con gran fervor.
Los metodistas son muy fuertes en Bolton, y lo han sido siempre desde los días de Wesley. Era uno de los campos de trabajo favoritos de Wesley; y siempre han tenido allí un ministerio capaz e iglesias fuertes. Su influencia predominaba con mucho allí sobre todas las demás denominaciones religiosas. Encontré entre ellos, tanto ministros como laicos, obreros excelentísimos y fervientes para Cristo. Pero también los congregacionalistas entraron en la obra con gran ánimo y energía; y, al menos mientras yo estuve allí, todo sectarismo pareció quedar sepultado. Recorrieron el pueblo a fondo; y los visitadores se reunían una o dos veces por semana para dar sus informes y planear nuevos pasos para impulsar la obra. Era muy común ver a un metodista y a un congregacionalista, mano a mano y corazón con corazón, yendo de casa en casa con folletos, orando en cada casa donde se les permitía, advirtiendo a los hombres que huyeran de la ira venidera e instándolos a venir a Cristo.
Naturalmente, en un estado de cosas como este, la obra se extendía rápidamente entre los inconversos. Personas de todas las clases, altas y bajas, ricas y pobres, hombres y mujeres, se interesaron. Yo tenía la costumbre, cada noche que predicaba, de invitar a los inquiridores a pasar al frente y sentarse delante de la tribuna. Gran número de ellos pasaban, abriéndose paso como mejor podían entre las densas multitudes que llenaban cada rincón del edificio. El salón no solo era grande en la planta baja, sino que tenía una galería que siempre estaba abarrotada. Después de que los inquiridores pasaban al frente, teníamos una reunión de oración, con varias oraciones seguidas mientras los inquiridores se arrodillaban delante del Señor.
Los hermanos metodistas estaban muy entregados, y durante algún tiempo fueron bastante ruidosos y efusivos en sus oraciones cuando los pecadores pasaban al frente. Durante un tiempo no dije nada al respecto, no fuera que los desanimara y los llevara a contristar al Espíritu. Vi que tenían la impresión de que cuanto mayor fuera la excitación, más rápido avanzaría la obra. For eso golpeaban los bancos, oraban a gritos y a veces más de uno a la vez. Yo me daba cuenta de que esto distraía a los inquiridores y les impedía convertirse de verdad; y aunque el número de inquiridores era grande y crecía constantemente, las conversiones no se multiplicaban tan rápido como yo estaba acostumbrado a verlas, aun donde el número de inquiridores era mucho menor.
Después de dejar pasar las cosas así durante dos o tres semanas, hasta que los hermanos metodistas me conocieron a mí y yo a ellos, una noche, al invitar a los inquiridores a pasar al frente, sugerí que siguiéramos otro camino. Les dije que, a mi parecer, los inquiridores necesitaban más oportunidad de pensar de la que tenían cuando había tanto ruido; que necesitaban instrucción, y que una sola voz los guiara en oración, y que no debía haber confusión alguna, ni nada que se le pareciera, si esperábamos que escucharan y se convirtieran con entendimiento. Les pregunté si no querrían intentar por un tiempo seguir mi consejo en ese punto, y ver cuál sería el resultado. Así lo hicieron; y al principio pude ver que se sentían un poco cohibidos cuando intentaban orar, y un poco desanimados, porque aquello chocaba mucho con sus ideas de lo que era una reunión poderosa. Sin embargo, pronto parecieron reponerse, porque creo que se convencieron de que, aunque en nuestras reuniones de oración había menos excitación aparente, eran muchos más los que se convertían noche tras noche.
La fama de esta obra se divulgó, y pronto empezaron a venir personas en gran número de Manchester a Bolton para asistir a nuestras reuniones; y esto, como siempre ocurría, produjo una agitación considerable en aquella ciudad y el deseo de que yo fuera allá lo antes posible. Con todo, permanecí en Bolton, creo, unos tres meses, quizá más. La obra llegó a ser tan poderosa que irrumpió en todas las clases y en toda suerte de personas.
El hermano B—— tenía en Bolton una gran fábrica de algodón y empleaba a muchísimos obreros, hombres y mujeres. Fui con él a su fábrica una o dos veces y celebré reuniones con sus operarios. La primera vez que fuimos tuvimos una reunión poderosa. Me quedé con ellos hasta que estuve muy fatigado, y luego volví a casa, dejando al hermano B—— para que siguiera orando con ellos e instruyéndolos. Cuando llegó a casa contó que no menos de sesenta de sus propios obreros parecían claramente haberse convertido aquella noche. Estas reuniones continuaron hasta que casi todos sus obreros expresaron su esperanza en Cristo.
Hubo en aquel tiempo muchísimos casos de convicción y conversión muy notables. Aunque yo mismo me mantenía sereno y procuraba mantener a la gente en una actitud en la que escucharan la instrucción y obraran con entendimiento en todo lo que hacían, aun así en algunos casos hubo personas que durante unos días estuvieron demasiado excitadas para el sano funcionamiento de su mente, aunque no recuerdo ningún caso de verdadera locura.
Una noche, mientras yo estaba de pie en la plataforma predicando, un hombre de la congregación se levantó, se abrió paso hasta la plataforma y dijo a la congregación: «He cometido un robo». Empezó a hacer una confesión, interrumpiéndome mientras predicaba. Vi que estaba sobreexcitado; y el hermano Davison, que estaba sentado en la plataforma, se le acercó, le habló al oído, lo llevó abajo a una sala lateral y conversó con él. Descubrió que había cometido un delito por el que podía ser deportado. Le dio consejo, y aquella noche no supe nada más del asunto. Más tarde conocí los hechos más a fondo. Pero a los pocos días el hombre obtuvo esperanza.
Una noche prediqué sobre la confesión y la restitución, y ello produjo un movimiento tremendo entre los hombres de negocios. Un hombre me contó al día siguiente que había ido a hacer restitución, creo, de mil quinientas libras, en un caso en que pensaba que no había obrado según el principio de amar a su prójimo como a sí mismo. En tales circunstancias la conciencia de los hombres es sumamente sensible. El caballero al que acabo de referirme me contó que un querido amigo suyo había muerto y le había dejado encargado de liquidar su herencia. Así lo había hecho, y había recibido simplemente lo que la ley le concedía por su trabajo y sus gastos. Pero dijo que, al oír aquel sermón, se le ocurrió que, como amigo y hermano cristiano, él podía permitirse mejor liquidar aquella herencia sin cobrar nada que la familia permitirse pagarle los honorarios legales. El Espíritu de Dios que estaba sobre él le hizo sentirlo tan vivamente que fue enseguida y devolvió el dinero.
Hubo un caso en Rochester, en Nueva York, que olvidé mencionar, pero que bien puede mencionarse en este lugar, por ser de la misma clase. Una conciencia sumamente sensible llevó a un hombre a ver y sentir vivamente el deber de obrar según el principio de amar al prójimo como a nosotros mismos, y de hacer a los demás como queremos que ellos nos hagan a nosotros. En uno de los avivamientos de Rochester en que trabajé se convirtió un hombre de considerable fortuna, que había estado tramitando unos negocios para una señora viuda en un pueblo no muy lejos de Rochester. El negocio consistía en el traspaso de ciertos bienes raíces, por el cual se le habían pagado por sus servicios unos mil quinientos o mil seiscientos dólares. En cuanto se convirtió pensó en este caso; y, tras reflexionar, le pareció que no había obrado con aquella señora viuda y aquellos niños huérfanos como desearía que otro obrara con su viuda y sus hijos huérfanos si él muriera. Así que fue a verla y le expuso su parecer sobre el asunto tal como lo veía. Ella respondió que no lo veía de ningún modo así; que se había considerado verdaderamente muy agradecida con él por haber tramitado su negocio de manera que obtuvo todo lo que podía pedir o esperar. For eso se negó a recibir el dinero que él le ofrecía devolver.
Después de pensarlo un poco, él le dijo que no se quedaba satisfecho, y que deseaba que ella llamara a algunos de sus vecinos más dignos de confianza para exponerles la cuestión. Ella lo hizo, llamó a algunos amigos cristianos, hombres de negocios, y les presentaron todo el asunto. Ellos dijeron que aquello había sido una transacción comercial, y que era evidente que él había llevado el negocio a satisfacción de la familia y en su provecho; y que no veían razón alguna para que devolviera el dinero. Él escuchó lo que tenían que decir; pero antes de salir del pueblo volvió a visitar a la señora y le dijo: «No tengo paz en mi mente. Si yo muriera y dejara a mi esposa viuda y a mis hijos huérfanos, y un amigo mío hiciera un negocio así por ellos, me parecería que bien podría hacerlo gratuitamente, puesto que era para una viuda y unos niños huérfanos». Y añadió: «No puedo verlo de otra manera». Dicho esto, dejó el dinero sobre la mesa de ella y se fue.
Me viene ahora a la mente otro caso, que ilustra el modo en que el Espíritu de Dios obra en la mente de los hombres cuando su corazón está abierto a su influencia. Predicando en cierta ocasión en una de las grandes ciudades, me detenía en las deshonestidades de los negocios y en los planes de los hombres para aprovecharse de los demás, y en cómo se justifican a sí mismos al violar la regla de oro. Antes de terminar mi discurso, un caballero se levantó en medio del local y me preguntó si podía plantear una cuestión. Entonces expuso un caso hipotético; y después de exponerlo, me preguntó si aquel caso caería bajo la regla que yo había presentado. Le dije: «Sí, creo que claramente caería». Se sentó y no dijo más; pero después supe que se fue e hizo restitución por valor de treinta mil dólares. Podría contar muchísimos casos en que personas se han visto llevadas a obrar de la misma manera bajo las influencias poderosamente escudriñadoras del Espíritu de Dios.
Pero, volviendo de esta digresión: la obra siguió adelante y se extendió en Bolton hasta que uno de los ministros que habían dirigido el movimiento de visitación del pueblo dijo públicamente que habían comprobado que el avivamiento había alcanzado a todas las famihas de la ciudad, y que todas las famihas habían sido visitadas.
Si hubiéramos tenido algún lugar de culto lo bastante grande, probablemente habríamos tenido diez mil personas en las congregaciones noche tras noche. Todo lo que podíamos hacer era llenar el salón hasta no caber nadie más, y luego emplear los demás medios que pudiéramos para alcanzar a las multitudes en otros lugares de culto.
Recuerdo un caso notable de conversión entre los grandes dueños de fábricas de allí. Me habían hablado de uno de ellos que era un hombre muy avaro. Tenía una gran sed de riquezas, y se hablaba de él como de un caso muy desesperado. El avivamiento había alcanzado a un gran número de hombres de esa clase; pero este hombre parecía resistirse, y su mundanalidad y su espíritu avaro parecían consumirlo. Pero, contra lo que yo esperaba y lo que esperaban otros, llegó su turno y vino a verme. Lo invité a mi cuarto y tuve con él una conversación muy seria. Me reconoció que había sido un gran avaro, y que una vez le había dicho a Dios que, si le daba otras cien mil libras, estaría dispuesto a condenarse eternamente. Me horroricé al oír esto; pero pude ver claramente que estaba terriblemente convencido de lo pecaminoso de aquel estado de ánimo.
Entonces le repetí parte del capítulo sexto de Mateo, donde Cristo advierte a los hombres contra hacerse tesoros en la tierra y les aconseja hacerse tesoros en el cielo. Finalmente llegué a aquel versículo: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». Se inclinó hacia mí y parecía tan interesado como si todo aquello fuera nuevo para él. Cuando le repetí este versículo, me dijo con la mayor seriedad: «¿De veras cree eso?». Le dije: «Puede estar seguro de que lo creo. Es la palabra de Dios». «Pues entonces —dijo—, voy a hacerlo»; y se puso en pie de un salto con la mayor excitación. «Si eso es verdad —dijo—, lo entregaré todo a Cristo ahora mismo». Nos arrodillamos inmediatamente, y presenté su caso a Dios en oración; y él pareció quebrantarse como un niño. Desde entonces pareció un hombre muy distinto. Sus sentimientos de avaricia parecieron derretirse por completo. Se entregó a aquella obra como un hombre que va en serio, y contrató a su propia costa a un misionero urbano y lo puso a trabajar para ganar almas para Cristo.
También en este lugar las reuniones de la señora Finney tuvieron una asistencia muy numerosa. Las celebraba, como siempre, durante el día; y a veces me decían que, en su reunión de damas, el Salón de la Templanza estaba casi lleno. Las damas cristianas de distintas denominaciones se unieron a ella y la animaron; y confío en que se hizo mucho bien por medio de aquellas reuniones de damas.
Mi esposa y yo estábamos los dos bastante agotados por estas labores. Pero en abril fuimos a Manchester. En Manchester, según me informaron, el interés congregacionalista predomina más bien sobre el de las demás denominaciones. Como es bien sabido, los distritos manufactureros tienen un elemento democrático más fuerte que otras partes de Inglaterra. For eso el congregacionalismo está más extendido en Manchester que en cualquier otra ciudad que visité. Sin embargo, no llevaba mucho tiempo allí cuando vi que había una gran falta de confianza mutua entre los hermanos. Pude ver que había una discordia entre los dirigentes; y con frecuencia, para mi pesar, oía expresiones que indicaban falta de verdadera unión de corazón en la obra. Pronto me convencí de que esta era una gran dificultad que había que vencer, y de que, si no se vencía, la obra nunca podría ser allí tan general como lo había sido en Bolton. Pronto se manifestó un descontento con algunos de los hombres que habían sido elegidos para dirigir la obra y organizar la marcha del movimiento general.
Esto contristó al Espíritu y paralizó la obra. Y aunque desde el principio mismo el Espíritu de Dios acompañó la palabra, la obra nunca llegó a vencer tan a fondo el sentimiento sectario y los desacuerdos de los hermanos en general como para extenderse por la ciudad del modo en que lo había hecho en Bolton. Cuando fui a aquella ciudad esperaba que los hermanos metodistas y congregacionalistas trabajaran juntos en armonía, como lo habían hecho en Bolton; pero en esto me equivoqué. No solo faltaba cordialidad y simpatía entre metodistas y congregacionalistas, sino que también había una gran falta de confianza y simpatía entre los mismos congregacionalistas. Con todo, nuestras reuniones fueron muy interesantes, y había gran número de inquiridores por todas partes; y siempre que se convocaba una reunión para inquiridores, asistían muchos. Aun así, lo que yo anhelaba ver era un desbordamiento general de las influencias del Espíritu en Manchester, como el que habíamos presenciado en Bolton. La dificultad estaba en que los hombres principales del movimiento no mostraban en aquel tiempo un buen espíritu. No supe la causa; quizá estaba en mí mismo. Pero, aunque estoy seguro de que se convirtieron muchísimas personas, pues yo mismo vi y conversé con gran número de ellas que estaban poderosamente convencidas y, según toda apariencia, convertidas, las barreras no se derrumbaron de modo que la palabra del Señor y el Espíritu del Señor corrieran libremente entre la gente.
Cuando nos fuimos, se convocó una reunión para los que habían sido especialmente bendecidos durante aquellas reuniones; y el número de asistentes fue, según creo, mucho mayor de lo que los propios ministros esperaban. Estoy seguro de que les sorprendió el número de los presentes y el espíritu de la reunión. De hecho, no creo que ninguno de los ministros de allí se diera cuenta del alcance de la obra, pues por lo general no asistían a nuestras reuniones. No las seguían de un lugar a otro, y rara vez se les veía en las reuniones de inquiridores. Seguimos en Manchester hasta cerca del primero de agosto; y el avivamiento siguió aumentando y extendiéndose hasta ese momento.
Pero las fuerzas tanto mías como de mi esposa se habían agotado, y algunos de los hermanos principales nos propusieron suspender nuestras labores, ir a Gales a descansar unas semanas, y luego volver a Manchester y reanudar el trabajo. Lo que proponían era conseguir un salón grande, y así continuar nuestras reuniones de manera independiente. Pensaban, y yo mismo lo pensaba, que de ese modo haríamos más bien que trabajando con una congregación en particular. Las líneas denominacionales están mucho más marcadas en aquel país que en este. Es muy difícil lograr que la gente de la Iglesia de Inglaterra asista a un lugar de culto disidente. Los metodistas, por lo general, no asisten libremente al culto con otras denominaciones. De hecho, lo mismo sucede con todas las denominaciones en Inglaterra y en Escocia. Las líneas sectarias están trazadas con mucha más nitidez, y los miembros de las distintas iglesias se mantienen más estrictamente dentro de ellas que en este país. Estoy persuadido de que la verdadera manera de trabajar allí por un movimiento de avivamiento es no tener vínculo particular con ninguna denominación concreta, sino predicar el verdadero evangelio y establecerse en salones, o incluso en las calles cuando el tiempo lo permite, donde ningún sentimiento ni peculiaridad denominacional pueda estorbar las influencias del Espíritu de Dios.
El 2 de agosto de 1860 dejamos Manchester y fuimos a Liverpool. Un buen número de nuestros amigos fueron con nosotros y se quedaron a pasar la noche. En la mañana del día 3 partimos en el Persia rumbo a Nueva York. Encontramos que gran número de nuestros amigos se habían reunido, venidos de distintas partes de Inglaterra, para despedirse de nosotros. Nos despedimos de ellos con afecto y con emoción, y el glorioso y viejo vapor se lanzó mar adentro, y quedamos en camino hacia casa.
Capítulo 35 completado
Labores en Inglaterra y Escocia