Capítulo 36 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
La obra en casa
HABÍAMOS tenido muy poco descanso en Inglaterra durante año y medio; y quienes están acostumbrados a los viajes por mar no se extrañarán de que tampoco descansara mucho durante nuestro viaje de regreso. De hecho, llegamos bastante agotados. Yo apenas estaba en condiciones de predicar. Sin embargo, el estado de cosas era tal, y tal la época del año, que no podía, según pensaba, permitirme descansar. Había aquí muchos estudiantes nuevos, y habían venido forasteros a establecerse en el lugar; de modo que en aquel tiempo residía aquí un gran número de personas impenitentes. Los hermanos opinaban que había que hacer de inmediato un esfuerzo por avivar la religión en las iglesias y lograr la conversión de los estudiantes inconversos. Durante mi ausencia en Inglaterra la congregación había crecido tanto que el templo no podía contenerla con comodidad alguna; y, después de considerar el asunto, la iglesia resolvió dividirse y formar una segunda iglesia congregacional. Así lo hicieron: la nueva iglesia celebraba el culto en la capilla del Colegio, y la Primera iglesia seguía ocupando su lugar de culto habitual. La Segunda iglesia me invitó a predicarles parte del tiempo en la capilla del Colegio. Pero esta apenas daba cabida a la mitad de los que cabían en el templo; y no podía considerar que fuera mi deber dividir mis labores y predicar parte del tiempo a una congregación y parte a la otra; por eso tomé enseguida medidas para procurar un avivamiento de la religión, celebrando nuestras reuniones en el templo grande. La gente de la Segunda iglesia vino y trabajó como mejor pudo; pero la predicación recayó casi por completo sobre mí.
Celebrábamos reuniones diarias de oración en el templo, a las que asistía mucha gente. La nave del templo solía llenarse. En estas reuniones trabajé mucho para lograr los resultados legítimos de una reunión de oración dirigida con juicio. Además de predicar dos veces el domingo y de tener una reunión de inquiridores cada domingo por la noche, predicaba varias noches entre semana. Aparte de estas labores, me veía obligado a gastar mis fuerzas conversando con inquiridores, que me visitaban casi constantemente cuando no estaba en alguna reunión. Estas labores fueron creciendo en intensidad y en presión de semana en semana. El avivamiento llegó a ser muy general en todo el lugar, y parecía prometer que alcanzaría a todos los inconversos del pueblo sin excepción. Pero después de continuar estas labores durante cuatro meses, hasta el punto de que apenas tenía descanso de día ni de noche, volví a casa un domingo por la tarde, de una de las reuniones más poderosas e interesantes que jamás presencié, y me sobrevino un fuerte escalofrío; y desde entonces estuve postrado en cama entre dos y tres meses.
En este caso se comprobó, como siempre ha ocurrido hasta donde llega mi experiencia, que el cambio de predicador pronto rebajó el tono del avivamiento; y no de repente, sino poco a poco, cesó. No hubo, que yo sepa, ninguna reacción. Pero las conversiones se hicieron menos frecuentes, y de semana en semana la asistencia a las reuniones entre semana fue disminuyendo gradualmente; de modo que, para cuando pude volver a predicar, encontré el estado de la religión interesante, pero no lo que aquí llamamos un avivamiento de la religión. Sin embargo, el verano siguiente, como ha sucedido casi siempre, se convirtió un buen número de nuestros estudiantes, y hubo un estado religioso muy interesante durante esa temporada.
Durante los meses de verano hay una gran presión sobre la gente de aquí. Los estudiantes están ocupados preparándose para los aniversarios de sus diversas sociedades del colegio, para sus exámenes y para la ceremonia de graduación; y, como es natural, durante el trimestre de verano hay mucha agitación desfavorable al progreso de un avivamiento de la religión. En los últimos años tenemos mucha más de esta agitación que cuando empezamos aquí. Las sociedades del colegio han aumentado en número, y las exhibiciones de las clases y otras ocasiones atractivas se han multiplicado; de modo que cada vez ha resultado más difícil lograr un avivamiento poderoso durante el trimestre de verano. Esto no debería ser así.
Antes de ir a Inglaterra la última vez, vi que en Oberlin parecía crecer la impresión de que durante el período lectivo no podíamos esperar un avivamiento, y de que nuestros avivamientos habían de esperarse durante las largas vacaciones de invierno. Nadie lo declaraba de manera deliberada; y, sin embargo, era evidente que esa iba siendo la impresión. Pero yo había venido a Oberlin, y residía aquí, por causa de los estudiantes, para procurar su conversión y su santificación; y si había permanecido aquí año tras año era solo porque había un número tan grande de ellos, lo cual me daba una oportunidad tan buena de trabajar en tantas mentes jóvenes en proceso de formación. Con frecuencia casi había decidido marcharme y dedicarme por entero a la obra de evangelista. Pero el argumento que siempre se me presentaba era que en este país no podíamos hacer tanto en promover avivamientos en ninguna parte, salvo en la época del año en que tenemos nuestras largas vacaciones; además, que mi salud no me permitiría sostener las labores de avivamiento todo el año; y que, por lo tanto, yo podía hacer más bien aquí durante el período lectivo, es decir, en primavera, verano y principios del otoño, que en cualquier otro lugar. Yo mismo creía que esto era cierto; y por eso había seguido trabajando aquí durante el período lectivo, durante muchos años después de que mi corazón me instara con fuerza a dedicar todo mi tiempo a trabajar como evangelista.
Estando yo la última vez en Inglaterra, cuando recibía cartas apremiantes para que volviera, hablé de la impresión a que he aludido, de que no podíamos esperar avivamientos durante el período lectivo; y dije que, si esa iba a ser la idea predominante, aquel no era lugar para mí; porque durante nuestras largas vacaciones los estudiantes, naturalmente, no estaban, y era principalmente por su salvación por lo que yo permanecía allí. También me había afligido mucho descubrir que, cuando se hacía un esfuerzo por lograr la conversión de los estudiantes durante el período lectivo, lo primero que sabía era que se había planeado alguna excursión, alguna diversión o entretenimiento que contrarrestaba todo lo que pudiéramos hacer por lograr la conversión de los estudiantes. Nunca supuse que esa fuera la intención; pero tal era el resultado, de tal manera que antes de ir a Inglaterra la última vez casi me había desanimado de hacer esfuerzos por lograr avivamientos de la religión durante el período lectivo. En mis respuestas a las cartas que recibí estando en Inglaterra, me expresé con mucha libertad y amplitud sobre este punto, diciendo que, a menos que hubiera un cambio, Oberlin ya no era mi campo de trabajo.
Nuestro trimestre de otoño es propiamente nuestra cosecha aquí. Comienza hacia el primero de septiembre, cuando tenemos un gran número de estudiantes nuevos, y muchos de ellos inconversos. Siempre he sentido, como muchos otros, y creo que el profesorado en general, que ese trimestre era el tiempo de lograr la conversión de nuestros nuevos estudiantes. Esto se logró en muy gran medida el año en que regresamos. La idea de que durante el período lectivo no podíamos esperar un avivamiento de la religión pareció quedar desmentida; la gente se entregó a la obra y tuvimos un avivamiento poderoso.
Desde entonces hemos encontrado en nuestros esfuerzos de avivamiento durante el período lectivo muchos menos estorbos por influencias contrarias que en los pocos años anteriores. Nuestros esfuerzos de avivamiento han surtido efecto entre los estudiantes año tras año, porque iban dirigidos a lograr especialmente su conversión. Nuestra población general es cambiante, y con mucha frecuencia necesitamos un avivamiento arrollador que recorra todo el pueblo, entre los vecinos tanto como entre los estudiantes, para mantener un tono saludable de piedad. Un buen número de nuestros estudiantes aprenden a trabajar ellos mismos en la promoción de avivamientos, y son muy eficaces en sus labores por la conversión de sus compañeros. Las reuniones de oración de los jóvenes han sido grandemente bendecidas. Las reuniones de la juventud, donde todos se reúnen para una reunión general de oración, también han sido bendecidas. Los esfuerzos de los hermanos y hermanas de la iglesia han sido cada vez más bendecidos año tras año. Hemos tenido continuamente, en mayor o menor medida, un avivamiento, verano e invierno.
Desde 1860, aunque continuamente me apremian iglesias del Este y del Oeste para que vaya a trabajar como evangelista, no me he atrevido a acceder a su petición. For la bendición de Dios he podido realizar bastante trabajo aquí; pero me he sentido incapaz de afrontar la exposición y el trabajo de intentar procurar avivamientos fuera.
El invierno pasado, el de 1866 y 67, el avivamiento fue más poderoso entre los habitantes de lo que había sido desde 1860. Sin embargo, como antes, caí rendido en medio de la obra y no pude asistir a más reuniones. Los hermanos, con todo, siguieron adelante con la obra, y continuó con gran interés hasta la primavera. Así he traído mi relato de avivamientos hasta este momento, el 13 de enero de 1868. Ayer, domingo, tuvimos un día muy solemne en la Primera iglesia. Prediqué todo el día sobre resistir al Espíritu Santo. Al terminar el culto de la tarde invité primero a todos los que profesaban la religión y estaban dispuestos a comprometerse contra toda resistencia a las enseñanzas del Espíritu Santo a que se pusieran en pie y se unieran a nosotros en oración, bajo la solemnidad de esta promesa. Casi todos los que profesaban la religión se levantaron sin vacilar. Luego invité a los que no estaban convertidos a ponerse en pie y adoptar la misma postura. Había procurado mostrarles que eran duros de cerviz e incircuncisos de corazón y de oídos, y que siempre habían resistido al Espíritu Santo. Pedí a los que estuvieran dispuestos a comprometerse a no hacerlo más, y a aceptar las enseñanzas del Espíritu Santo y entregarse a Cristo, que también se pusieran en pie, y los haríamos objeto de oración. Hasta donde pude ver desde el púlpito, casi todas las personas del templo se pusieron en pie ante estas invitaciones. Tuvimos entonces un tiempo de oración muy solemne y despedimos la reunión.
CONCLUSIÓN.
QUIENES hayan leído las páginas anteriores preguntarán naturalmente por los últimos años de una vida tan llena de trabajo y de utilidad. El relato, completado a comienzos de 1868, deja al señor Finney todavía como pastor de la Primera iglesia de Oberlin y profesor en el seminario. Siguió sosteniendo las responsabilidades de pastor, con la ayuda de su colaborador, unos cuatro o cinco años más, predicando, según se lo permitía la salud, por lo general una vez cada domingo. Al mismo tiempo, como profesor de Teología Pastoral, impartía cada trimestre de verano un curso de lecciones sobre la obra pastoral, sobre la experiencia cristiana o sobre los avivamientos. Renunció al pastorado en 1872, pero conservó su vínculo con el seminario, y terminó su último curso de lecciones en julio de 1875, pocos días antes de su muerte. Predicaba de vez en cuando, según se lo permitían las fuerzas; y durante el último mes de su vida predicó un domingo por la mañana en la Primera iglesia, y otro en la Segunda.
A pesar de las abundantes y agotadoras labores de su larga vida pública, el peso de los años parecía descansar ligeramente sobre él. Se mantenía erguido como un joven, conservaba sus facultades en grado notable y mostró hasta el fin la viveza de pensamiento, de sentimiento y de imaginación que siempre lo caracterizó. Quizá su vida y su carácter nunca parecieron más ricos en los frutos y la belleza de la bondad que en estos últimos años y meses. Sus labores públicas eran, naturalmente, muy limitadas, pero el callado poder de su vida se sentía como una bendición sobre la comunidad que, durante cuarenta años, tanto había contribuido a guiar, moldear y bendecir.
Su último día en la tierra fue un domingo tranquilo, que disfrutó en medio de su familia, saliendo a pasear con su esposa al atardecer para escuchar la música al comienzo del culto vespertino en la iglesia cercana. Al retirarse a descansar le sobrevinieron dolores que parecían indicar alguna afección del corazón; y después de unas pocas horas de sufrimiento, al rayar el alba, murió, el 16 de agosto de 1875, cuando le faltaban dos semanas para cumplir ochenta y tres años.
El relato precedente lo muestra principalmente en una línea de su obra y en un aspecto de su carácter. Lo presenta en el propósito dominante, e incluso la pasión, de su vida: como evangelista, pregonero de justicia. Su obra como teólogo, como guía del pensamiento en el desarrollo y la expresión de una verdadera filosofía cristiana, y como maestro que avivaba y formaba el pensamiento de otros, ha sido menos visible y, a su propio juicio, sin duda del todo secundaria; pero, a juicio de muchos, apenas menos fecunda en bien para la iglesia y para el mundo. Exponer los resultados de su vida en estos aspectos requeriría otro volumen, que probablemente nunca se escribirá; pero otras generaciones cosecharán los beneficios sin conocer la fuente de donde han brotado.
Capítulo 36 completado
La obra en casa