Memorias de Charles G. Finney
Segunda visita a Inglaterra

Capítulo 34 · 12 min de lectura · 15 min de escucha

Segunda visita a Inglaterra

ZARPAMOS rumbo a Liverpool en el vapor Persia, en diciembre de 1858. Nuestro amigo Brown vino a Liverpool a recibirnos, para convencernos de que trabajáramos una temporada en Houghton antes de comprometernos con cualquier otro campo. Nada más llegar, recibí un gran número de cartas de distintas partes de Inglaterra que expresaban gran alegría por nuestro regreso y nos invitaban a ir a trabajar en muchos campos diferentes. Sin embargo, pasé varias semanas trabajando en Houghton y en Saint Ives, donde vimos preciosos avivamientos. En Saint Ives nunca antes habían tenido un avivamiento. En Houghton habíamos trabajado durante nuestra primera visita a Inglaterra, y habíamos visto una obra de gracia muy interesante.

En esta ocasión encontramos en Saint Ives un estado de cosas muy singular. Había una sola iglesia independiente, cuyo pastor llevaba allí bastantes años, pero no había logrado hacer mucho como ministro. Era un hombre algo misterioso. Era muy aficionado al vino y gran adversario de la abstinencia total. Celebrábamos nuestras reuniones en un salón que daba cabida a mucha más gente que la iglesia congregacional. Algunas veces, sin embargo, prediqué en la iglesia; pero era un lugar menos conveniente para predicar que el salón, porque era un edificio muy pequeño e incómodo.

El avivamiento produjo allí un efecto poderoso, a pesar de la postura del ministro. Él se mantuvo firme en contra hasta que el interés llegó a ser tan grande que se marchó del pueblo y estuvo ausente, no sé dónde, durante varias semanas. Desde entonces, los convertidos del avivamiento, junto con mi amigo Brown y algunos de los miembros más antiguos de la iglesia, han levantado una hermosa capilla, y la condición religiosa del lugar ha sido sumamente distinta de lo que jamás había sido antes.

El señor Harcourt, antiguo pastor de Houghton, había demostrado ser un ministro de mucho éxito, y había sido llamado a Londres, a la capilla de Borough Road. Allí lo encontré en mi segunda visita a Inglaterra. Había estado esperando con ansiedad nuestro regreso a Inglaterra; y en cuanto supo que estábamos allí, hizo los esfuerzos más denodados para conseguir que trabajáramos con él en Londres. La iglesia que presidía en Londres había quedado hecha pedazos por las opiniones más extremas y fanáticas sobre el tema de la templanza. Habían tenido un pastor encantador, a quien sus disputas sobre ese asunto casi le habían destrozado el corazón, y que finalmente había dejado la iglesia completamente desalentado. Sus diáconos se habían visto obligados a dimitir, y la iglesia se hallaba en un triste estado de desorganización. El hermano Harcourt me dijo que, a menos que la iglesia pudiera ser convertida, estaba convencido de que jamás lograría hacer mucho en aquel campo.

En cuanto pudimos dejar Saint Ives fuimos a Londres, a ver qué podía hacerse en su iglesia y congregación. Los encontramos, como él había dicho, en un estado tan desmoralizado que parecía dudoso que la iglesia pudiera jamás ser reanimada y edificada. Con todo, nos pusimos a trabajar, mi esposa entre las damas de la congregación, y yo predicando y escudriñándolos con todas mis fuerzas. Muy pronto se hizo perceptible que el Espíritu de Dios se derramaba, y que la iglesia, en general, se hallaba en un estado de gran convicción. La obra se fue haciendo más profunda y se extendió hasta alcanzar, según creo, a todos los hogares de aquella congregación. Todos los miembros antiguos de la iglesia fueron escudriñados de tal manera que se confesaron unos a otros y arreglaron sus diferencias; y el señor Harcourt me dijo, antes de que me fuera, que su iglesia era una iglesia enteramente nueva; que la bendición de Dios había sido universal entre ellos, de modo que todas sus viejas enemistades habían sanado; y que tenía en ellos el mayor consuelo. En verdad, la obra en aquella iglesia fue realmente de lo más maravillosa. Durante varias semanas dirigí mis labores a la iglesia misma. El señor Harcourt había orado por ellos y trabajado con ellos hasta casi desanimarse; pero al fin llegó la bendición, con tal plenitud que colmó los anhelos de su corazón. Su gente fue reconvertida y unida en amor, y aprendieron a emprender la obra por sí mismos.

Algunos años después de mi regreso a este país, el señor Harcourt vino y nos hizo una visita. Esto fue poco después de la muerte de mi querida esposa. Me contó entonces que la obra había continuado en su iglesia hasta ese momento, y que su gente sentía que, si no había conversiones, más o menos, cada semana, algo andaba completamente mal. Se alarmaban si la obra no avanzaba de manera visible y constante. Dijo que lo apoyaban, y que cada domingo sentía como si estuviera en medio de una atmósfera de oración. Verdaderamente, su informe sobre los resultados de aquel avivamiento hasta el momento de su partida fue de profundo interés. Considerando lo que la iglesia había sido y lo que fue después del avivamiento, no es de extrañar que el corazón del señor Harcourt estuviera tan lleno como podía estarlo de acción de gracias a Dios por semejante bendición.

En este lugar, como había ocurrido antes en la iglesia del doctor Campbell, salieron a la luz grandes iniquidades que habían estado encubiertas durante mucho tiempo entre los que profesaban la religión. Estos casos me llegaban con frecuencia por medio de personas que venían a pedirme consejo. No solo venían quienes profesaban la religión, sino también muchos que nunca habían hecho profesión de ella, y que llegaban a una terrible convicción de pecado.

Poco después de comenzar mis labores esta vez en Londres, un tal doctor Tregelles, distinguido hombre de letras y teólogo declarado, escribió al doctor Campbell llamando su atención sobre lo que él consideraba un grave error en mi teología. Al tratar de las condiciones de la salvación, yo había dicho en mi Teología sistemática que la expiación de Cristo era una de las condiciones. Dije que el amor infinito de Dios era el fundamento o la fuente de la que surgía todo el movimiento, pero que las condiciones sobre las cuales podíamos ser salvos eran la expiación de Cristo, la fe y el arrepentimiento. El doctor Tregelles puso grandes objeciones a esta afirmación.

Aunque parezca extraño, en lugar de acudir a mi teología y ver qué decía yo exactamente, el doctor Campbell recogió el asunto en su periódico, se puso de acuerdo con el doctor Tregelles y escribió varios artículos en oposición a lo que él suponía que eran mis opiniones. Los dos entendieron mi postura de una manera extrañamente equivocada, y por aquel entonces levantaron en Inglaterra bastante oposición a mis labores. Resultó, después de todo, que el doctor Campbell no dudaba de mi ortodoxia. El doctor Redford sostuvo que mi exposición del asunto era correcta, y que cualquier otra estaba lejos de serlo. Sin embargo, no presté atención pública alguna a las críticas del doctor Campbell sobre el tema. Más tarde él me escribió una carta, que conservo en mi poder, en la que suscribía plenamente mi ortodoxia y mis opiniones; pero decía que, por desgracia, yo hacía en mi teología distinciones que la gente común no entendía. El hecho es que muchísima gente las entendía mejor que el propio doctor.

Se había formado en Escocia y era, conforme a la más rigurosa secta, un teólogo escocés; por consiguiente, mis exposiciones doctrinales de la nueva escuela lo desconcertaban, y le llevó algún tiempo entenderlas. Al llegar por primera vez a Inglaterra descubrí que su teología era en muy gran medida dogmática, en el sentido de que descansaba en la autoridad. Tenían sus Treinta y Nueve Artículos en la Iglesia establecida, y su Confesión de Fe de Westminster; y a estos los consideraban autoridad. No tenían en absoluto la costumbre de intentar probar las posiciones adoptadas en estas «normas», como las llamaban, sino que las repartían como dogmas. Cuando empecé a predicar, les sorprendió que razonara con la gente. El doctor Campbell no lo aprobaba e insistía en que no serviría de nada. Pero la gente pensaba de otro modo; y no era raro que me llegaran noticias como esta: que mis razonamientos los habían convencido de lo que siempre habían dudado, y que mi predicación era lógica en vez de dogmática y por eso satisfacía las necesidades de la gente.

Yo mismo, antes de convertirme, había sentido mucho la falta de instrucción y de predicación lógica desde el púlpito. Esta experiencia influyó siempre en gran manera en mi propia predicación. Sabía lo que sentían los hombres reflexivos cuando un ministro daba por sentadas precisamente las cosas que necesitaban prueba. For eso solía esforzarme mucho por atender las necesidades de las personas que se hallaban en ese estado de ánimo. Sabía cuáles habían sido mis dificultades, y por lo tanto procuraba satisfacer las necesidades intelectuales de mis oyentes.

Se lo dije al doctor Campbell; pero al principio no tenía fe en que la gente me entendiera y apreciara mis razonamientos. Pero cuando llegó el momento de recibir a los convertidos y conversar personalmente con ellos, me confesó una y otra vez su sorpresa de que hubieran entendido tan bien mis razonamientos. «¡Vaya —decía—, si son teólogos!». Era muy franco, y me confesó cuán erróneas habían sido sus opiniones sobre ese tema.

Después de terminar mis labores en la capilla de Borough Road, dejamos Londres y descansamos unas semanas en Houghton. Tal era el estado de mi salud que pensé que debía volver a casa. Pero el doctor F——, un excelente cristiano que vivía en Huntington, nos instó mucho a que fuéramos a su casa a terminar nuestro descanso y a dejar que él hiciera por mí lo que pudiera como médico. Aceptamos su invitación y fuimos a su casa. Tenía una familia de ocho hijos, todos sin convertir. El hijo mayor era también médico. Era un joven de talento notable, pero un escéptico consumado. Había abrazado la filosofía de Comte y se había instalado en posturas extremas de ateísmo o, mejor dicho, de nihilismo. Parecía no creer en nada. Era un hijo muy cariñoso; pero su escepticismo había herido profundamente a su padre, que había llegado a sentir un anhelo indecible por su conversión.

Después de pasar dos o tres semanas en casa del doctor, sin medicinas, mi salud mejoró lo suficiente para empezar a predicar. Nunca había habido un avivamiento en Huntington, y realmente no tenían idea de lo que sería un avivamiento. Ocupé lo que llamaban el «Salón de la Templanza», el único salón grande del pueblo. Se llenó de inmediato, y pronto el Espíritu del Señor se derramó sobre la gente. Enseguida encontré ocasión de conversar con el joven doctor F——.

Lo llevé a dar algunos largos paseos y me adentré a fondo en el examen de sus opiniones; y finalmente, con la ayuda de Dios, logré dejarlo completamente detenido. Vio que toda su filosofía era vana. For entonces prediqué un domingo por la noche sobre el texto: «El granizo barrerá el refugio de la mentira, y las aguas arrollarán el escondrijo. Y será anulado vuestro pacto con la muerte, y vuestro convenio con el sepulcro no será firme». Gasté mis fuerzas en sacar a la luz los refugios de la mentira y desenmascararlos; y concluí con un cuadro de la granizada y del torrente de lluvia que bajaba y arrastraba lo que el granizo no había demolido. La impresión en la congregación fue en aquel momento muy profunda. Aquella noche el joven doctor F—— no pudo dormir. Su padre fue a su cuarto y lo encontró en la mayor consternación y angustia de espíritu. Al fin se calmó y, según toda apariencia, pasó de muerte a vida. - Las oraciones del padre y de la madre por sus hijos fueron escuchadas. El avivamiento recorrió su familia y convirtió a todos y cada uno de ellos. Era una casa llena de gozo, y una de las famihas más encantadoras en que jamás tuve el privilegio de alojarme. Permanecimos en su casa mientras continuamos nuestras labores en Huntington.

El avivamiento se apoderó de manera muy general de la iglesia y de los que profesaban la religión en aquel pueblo, y se extendió ampliamente entre los inconversos; y cambió en gran manera el aspecto religioso del pueblo. Entonces no había allí iglesia congregacional. Había por aquel tiempo en Huntington dos o tres iglesias de la Iglesia establecida, una metodista y una bautista. Desde entonces, los convertidos de aquel avivamiento, junto con el señor Brown y su hijo y los cristianos que fueron bendecidos en el avivamiento, se han unido y han construido, según tengo entendido, una capilla espaciosa en Huntington, como lo hicieron en St. Ives.

El señor Brown había impulsado su obra de evangelización con tal energía que, cuando llegué a Inglaterra por segunda vez, encontré que tenía siete iglesias en otras tantas aldeas de sus alrededores, y que empleaba a predicadores, maestros y obreros hasta el número de veinte. Sus medios para hacer el bien han ido plenamente a la par de sus principescos desembolsos por las almas. Cuando llegué por primera vez a Inglaterra, explotaba un molino harinero alquilado, con diez pares de muelas; la segunda vez que estuve allí, además de este, explotaba un molino que había construido en Saint Ives, con un costo de veinte mil libras esterlinas, con dieciséis pares de muelas. Después construyó en Huntington otro molino de la misma capacidad. Así Dios vertía en sus arcas tan rápidamente como él vertía en el tesoro del Señor.

De Huntington volvimos a Londres, y trabajamos varias semanas en la parte nororiental de la ciudad, en varias capillas ocupadas por una rama de la iglesia metodista. Uno de los lugares de culto estaba en Spitalsfield; el edificio había sido construido originalmente, creo, por los hugonotes. Era un lugar de culto espacioso, y tuvimos allí una gloriosa obra de gracia que continuó hasta bien entrado el verano.

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