Capítulo 31 · 12 min de lectura · 15 min de escucha
Trabajos en Western y en Rome, 1854-5
El invierno siguiente, por Navidad, fuimos otra vez a Western, en el condado de Oneida, donde, como ya he contado, comencé mis trabajos en el otoño de 1825. La gente estaba de nuevo sin ministro en aquel tiempo; y pasamos allí varias semanas en un trabajo muy interesante y con resultados muy notables.
Entre las cosas sorprendentes que ocurrieron esta vez en el avivamiento, mencionaré el caso de un joven. Era hijo de padres piadosos, y durante mucho tiempo se había orado por él. Sus padres eran miembros destacados de la iglesia. De hecho, su padre era uno de los ancianos de la iglesia, y su madre era una mujer piadosa y de oración. Cuando comencé allí mis trabajos, para gran sorpresa y dolor de sus padres, y de los cristianos en general, se volvió sumamente hostil a la predicación, a las reuniones en general y a todo lo que se hacía para promover el avivamiento. Se empeñó con toda la fuerza de su voluntad en contra de ello, y afirmó, según me dijeron, que «ni Finney ni el infierno podrían convertirlo». Dijo muchas cosas sumamente odiosas y profanas, hasta causar a sus padres un profundo dolor; pero no tengo noticia de que se le hubiera sospechado nunca de inmoralidad exterior alguna.
Pero la palabra de Dios lo apremiaba día tras día, hasta que ya no pudo resistir más. Una mañana vino a mi cuarto. Su aspecto era verdaderamente alarmante. No puedo describirlo. Rara vez he visto a una persona cuyo estado de ánimo hubiera dejado tal huella en su semblante. Parecía casi demente, y temblaba de tal modo que, cuando se sentó, los muebles del cuarto se sacudían perceptiblemente con su temblor. Al tomarle la mano, noté que estaba muy fría. Tenía los labios amoratados, y todo su aspecto era bastante alarmante. El hecho es que había resistido a sus convicciones tanto tiempo como pudo soportarlo. Cuando se sentó, le dije: «Mi querido joven, ¿qué te pasa?». «¡Oh!», dijo, «he cometido el pecado imperdonable». Le respondí: «¿Qué te hace decir eso?». «¡Oh!», dijo, «sé que lo he cometido; y lo hice a propósito».
Entonces me contó este hecho acerca de sí mismo. Dijo: «Hace varios años cayó en mis manos un libro titulado “El libro del pirata”. Lo leí, y produjo en mi mente un efecto de lo más extraordinario. Me inspiró una especie de ambición terrible e infernal de ser el mayor pirata que jamás hubiera existido. Me propuse estar a la cabeza de todos los salteadores de caminos, bandidos y piratas cuya historia se hubiera escrito jamás. Pero», dijo, «mi educación religiosa se interponía en mi camino. Las enseñanzas y oraciones de mis padres parecían alzarse delante de mí, de modo que no podía seguir adelante. Pero había oído que era posible contristar al Espíritu de Dios hasta alejarlo, y apagar su influencia de modo que uno ya no la sintiera más. Había leído también que era posible cauterizar la conciencia, de modo que ya no me molestara; y, una vez tomada mi resolución, lo primero que hice fue librarme de mis convicciones religiosas, para poder seguir adelante y perpetrar toda clase de robos y asesinatos sin ningún remordimiento de conciencia. For eso me puse deliberadamente a blasfemar contra el Espíritu Santo». Luego me contó de qué manera lo había hecho y lo que había dicho contra el Espíritu Santo; pero era demasiado blasfemo para repetirlo.
Continuó: «Entonces sentí que el Espíritu de Dios por fuerza me dejaría, y que mi conciencia ya no me molestaría más. Al poco tiempo me propuse cometer algún delito y ver cómo me afectaba. Había una escuela al otro lado del camino, frente a nuestra casa; y una noche fui y le prendí fuego. Luego me fui a mi cuarto y me acosté. Pronto, sin embargo, se descubrió el fuego. Me levanté y me mezclé con la multitud que se juntó para apagarlo; pero todos los esfuerzos fueron en vano, y la escuela quedó reducida a cenizas». Incendiar un edificio de esa manera era un delito castigado con prisión estatal. Él lo sabía. Le pregunté si había ido más lejos en la comisión de delitos. Respondió: «No». Y creo que añadió que no había encontrado su conciencia en paz a ese respecto, como había esperado. Le pregunté si alguna vez habían sospechado de él como autor del incendio. Respondió que no sabía que sospecharan de él, pero que se había sospechado de otros jóvenes y se había hablado de ellos. Le pregunté qué pensaba hacer al respecto. Respondió que iba a ir a confesarlo a los síndicos, y me preguntó si no lo acompañaría.
Fui con él a ver a uno de los síndicos, que vivía cerca; y el joven me preguntó si no le contaría yo los hechos. Así lo hice. El síndico era un buen hombre y gran amigo de los padres de este joven. La noticia lo conmovió profundamente. El joven estaba de pie ante él sin poder decir palabra. Después de conversar un rato con el síndico, le dije: «Iremos a ver a los demás síndicos». El caballero respondió: «No, no hace falta que vayan; yo mismo los veré y les contaré toda la historia». Aseguró al joven que él, por su parte, lo perdonaba de buena gana, y que suponía que los demás síndicos y la gente del pueblo lo perdonarían y no les harían pagar nada, ni a él ni a sus padres, por aquello.
Luego volví a mi cuarto, y el joven se fue a su casa. Aun así no estaba en paz. Cuando yo iba a la reunión por la noche, me salió al encuentro en la puerta y me dijo: «Tengo que hacer una confesión pública. Se ha sospechado de varios jóvenes por este asunto, y quiero que la gente sepa que lo hice yo, y que no tuve cómplice, que nadie lo sabía sino Dios y yo». Y añadió: «Señor Finney, ¿no se lo contaría a la gente? Yo estaré presente, y diré lo que haga falta si alguien hace alguna pregunta; pero no me siento capaz de abrir la boca. Puede contárselo todo».
Cuando la gente estuvo reunida, me levanté y les conté los hechos. La familia era tan conocida y tan querida en la comunidad que la declaración causó una gran impresión. For toda la congregación la gente sollozaba y lloraba. Después de hacer esta confesión completa, el joven obtuvo paz. De su historia religiosa posterior no sé mucho. Sin embargo, he sabido recientemente que se mantuvo asido a Cristo y no pareció apartarse. Se alistó en el ejército durante la rebelión y murió en la batalla de Fort Fisher.
Al hacer hasta aquí el relato de mis avivamientos, he pasado por alto un gran número de casos de delitos cometidos por personas que vinieron a pedirme consejo y me contaron los hechos. En muchos casos, en estos avivamientos, hicieron restitución, a veces por valor de muchos miles de dólares, personas cuya conciencia las inquietaba, ya fuera porque habían obtenido el dinero directamente por fraude, o mediante algún abuso egoísta en sus relaciones de negocios.
El primer invierno que pasé en Boston dio lugar a muchísimas revelaciones de esta clase. Había predicado allí un domingo por la mañana sobre este texto: «El que encubre sus pecados no prosperará»; y por la tarde sobre el resto del versículo: «Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia». Recuerdo que los resultados de aquellos dos sermones fueron de lo más extraordinarios. Durante semanas, personas de casi todas las edades y de ambos sexos vinieron a pedirme consejo espiritual, revelándome que habían cometido diversos fraudes y pecados de casi todo género. Algunos jóvenes habían defraudado a sus patrones en los negocios; y algunas mujeres habían robado relojes y casi toda clase de prendas femeninas. En verdad parecía que la palabra del Señor penetraba en aquel tiempo en aquella ciudad con tal poder que destapaba una verdadera guarida de maldad. Sin duda me llevaría horas mencionar los delitos que llegaron a mi conocimiento personal por las confesiones de quienes los habían perpetrado. Pero en todos los casos las personas parecían profundamente arrepentidas y dispuestas a hacer restitución hasta donde les alcanzaran las fuerzas.
Pero, volviendo de esta digresión a Western: el avivamiento fue de un carácter muy interesante, y un buen número de almas nacieron para Dios. Recuerdo con bastante interés la conversión de una señorita de allí. Era la maestra de la escuela del pueblo. Su padre era, creo, un escéptico; y, según entendí, ella era hija única y la gran favorita de su padre. Él era un hombre, si me informaron bien, de considerable influencia en el lugar, pero no asistía en absoluto a nuestras reuniones. Vivía en una granja, lejos del pueblo. De hecho, el pueblo es muy pequeño, y los habitantes están dispersos por el valle del Mohawk y por las colinas a ambos lados, de modo que la gran mayoría tiene que recorrer una distancia considerable para ir a la reunión. Había oído que esta joven no asistía mucho a nuestras reuniones y que mostraba bastante oposición a la obra. Un día, al pasar por la escuela, entré para hablar con ella. Al principio pareció sorprendida de verme entrar. Nunca me la habían presentado, y no la habría reconocido si no la hubiera encontrado en aquel lugar. Ella, sin embargo, me conocía, y al principio pareció retroceder ante mi presencia. La tomé muy amablemente de la mano y le dije que había pasado a hablar con ella acerca de su alma. «Hija mía», le dije, «¿cómo estás tú? ¿Has entregado tu corazón a Dios?». Esto lo dije mientras le sostenía la mano. Bajó la cabeza y no hizo ningún esfuerzo por retirar la mano. Vi en un momento que una influencia que la doblegaba vino sobre ella, una influencia tan profunda y notable que me sentí casi seguro de que se sometería a Dios allí mismo.
Lo más que esperaba al entrar era cruzar con ella unas pocas palabras que, según esperaba, la hicieran reflexionar, y fijar un momento para conversar con ella más extensamente. Pero la impresión fue tan manifiesta desde el primer instante, y su corazón pareció quebrantarse con tanta facilidad, que con unas pocas frases dichas en voz baja y suave pareció abandonar su oposición y estar dispuesta a echar mano del Señor Jesucristo. Le pregunté entonces si podía decir unas palabras a los alumnos, y ella dijo que sí, que le agradaría. Así lo hice, y luego le pregunté si podía presentarla a ella y a sus alumnos a Dios en oración. Dijo que le agradaría, y se conmovió muy profundamente en presencia de la escuela. Oramos, y fue un momento muy solemne y conmovedor. Desde entonces la señorita pareció rendida, y haber pasado de muerte a vida. No vivió mucho tiempo antes de partir, confío, al cielo.
Mis dos estancias en Western estuvieron separadas por unos treinta años. Otra generación vivía en aquel lugar, distinta de la que vivía allí en el primer avivamiento en que trabajé. Encontré, sin embargo, a algunos de los antiguos miembros. Pero la congregación era mayormente nueva, y se componía sobre todo de gente más joven que había crecido después del primer avivamiento.
Como en el caso del primer avivamiento, también en este la gente de Rome oyó lo que pasaba en Western y subió en número considerable a asistir a nuestras reuniones. Esto hizo que, al cabo de unas semanas, yo bajara a pasar un tiempo en Rome.
El estado de la religión en Western ha mejorado mucho, creo, desde este último avivamiento. Se han mantenido las ordenanzas del evangelio, y creo que se ha avanzado considerablemente en la dirección correcta. Los B—— se han ido todos de Western, excepto un hijo y su familia. Aquella familia numerosa e interesante se ha ido desvaneciendo; pero queda uno de ellos en Western, otro en Utica, y un hijo que se convirtió en el primer avivamiento de allí y que durante muchos años ha sido ministro y pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Watertown, Nueva York.
Cuando estuve en Rome la primera vez, y durante muchos años después, la iglesia era congregacional. Pero pocos años antes de mi última visita habían instalado a un ministro presbiteriano, un hombre joven, que creía que la iglesia debía ser presbiteriana en vez de congregacional. Lo propuso y recomendó a la iglesia, y consiguió llevarlo a cabo, pero con gran descontento de un buen número de personas influyentes de la iglesia. Esto creó en Rome una situación muy poco deseable; y cuando llegué allí desde Western me enteré, por primera vez, de aquella gravísima división de sentimientos en la iglesia. Su pastor había perdido la confianza y el afecto de un número considerable de miembros muy influyentes de su iglesia.
Cuando supe cómo estaban las cosas, tuve la certeza de que poco podría hacerse para promover un avivamiento general si no se sanaba aquella dificultad. Pero se había hablado tanto del asunto, y las personas implicadas desde el principio se habían comprometido tanto, que trabajé en vano por lograr una reconciliación. No era cosa sobre la cual predicar; pero en conversaciones privadas traté de arrancar aquella raíz de amargura. Encontré que las partes no veían los hechos de la misma manera. Seguí predicando, sin embargo; y el Espíritu del Señor se derramó, las conversiones ocurrían con mucha frecuencia, y confío en que se hizo un gran bien.
Pero después de procurar en vano lograr una unión de sentimientos y de esfuerzos como la que Dios aprobaría, decidí dejarlos. He oído después que algunos de los miembros descontentos de la iglesia fueron a unirse a la iglesia de Western, abandonando del todo la iglesia de Rome. Supongo que el pastor hizo lo que consideró su deber en aquella controversia, pero las divisiones resultantes me resultaron sumamente dolorosas, pues sentía un interés particular por aquella iglesia.
Capítulo 31 completado
Trabajos en Western y en Rome, 1854-5