Capítulo 30 · 21 min de lectura · 27 min de escucha
Trabajos en Hartford y en Syracuse
Llegamos a Oberlin en mayo de 1851 y, después de los trabajos habituales del verano, partimos en otoño hacia la ciudad de Nueva York, con la idea de pasar el invierno trabajando, como se me había invitado a hacer, en la iglesia del reverendo Dr. Thompson, en el viejo Broadway Tabernacle. Pero después de predicar allí poco tiempo, encontré tantos estorbos en el camino de nuestra obra, sobre todo el riesgo de que se interrumpieran nuestros cultos de la noche por la costumbre de alquilar el Tabernáculo para conferencias públicas, que perdí la esperanza de lograr un avivamiento general. For lo tanto me fui, y acepté una invitación para ir a Hartford a celebrar una serie de reuniones. Me invitó el reverendo William W. Patton, que era entonces pastor de una de las iglesias congregacionales de aquella ciudad.
Muy poco después de comenzar allí mis trabajos, se manifestó entre la gente una poderosa influencia de avivamiento. Pero existía en aquel tiempo un desdichado desacuerdo entre el Dr. Hawes y el Dr. Bushnell. La ortodoxia del Dr. Bushnell, como es bien sabido, había sido puesta en duda. El propio Dr. Hawes opinaba que las ideas del Dr. Bushnell eran sumamente objetables. Sin embargo, tanto el Dr. Hawes como el Dr. Bushnell asistían a nuestras reuniones y mostraban gran interés en la obra, que veían claramente comenzada. Me invitaron a predicar en sus iglesias, y así lo hice. Aun así, los hermanos laicos de toda la ciudad sentían que el desacuerdo entre los ministros era una piedra de tropiezo en el camino; y se expresó con bastante insistencia el deseo de que los ministros se acercaran de manera más fraternal y adoptaran una postura unida ante el pueblo para promover la obra. La gente en general no compartía las firmes opiniones del Dr. Hawes respecto a la ortodoxia del Dr. Bushnell. Al saber esto, tuve una conversación fraternal con el Dr. Hawes y le dije que estaba en una posición falsa; que la gente se sentía afligida de que él insistiera tanto en lo que llamaba los errores del Dr. Bushnell, y que, según yo creía, en general no le daban la razón en la postura que había adoptado. El Dr. Hawes era un buen hombre, y era evidente que sentía muy hondamente su responsabilidad en este asunto.
Una noche yo había predicado, creo, para el hermano Patton, y los tres ministros congregacionales estaban presentes. Después de la reunión me siguieron hasta mi alojamiento, y el Dr. Hawes dijo: «Hermano Finney, estamos convencidos de que el Espíritu del Señor se ha derramado aquí; y ahora, ¿qué podemos hacer nosotros, como ministros, para promover esta obra?». Les dije con franqueza lo que pensaba: que sobre ellos pesaba una gran responsabilidad, y que me parecía que a ellos les tocaba decidir si la obra había de hacerse general en toda la ciudad o no; que si lograban reconciliar sus diferencias, presentarse ante las iglesias, unirse y echar mano de la obra, se quitaría un gran obstáculo; y que yo pensaba que podríamos esperar que la obra se extendiera rápidamente por todas partes. Ellos comprendieron su posición; el Dr. Hawes y el Dr. Bushnell llegaron a un entendimiento para dejar a un lado sus diferencias y seguir adelante promoviendo la obra. Debo decir aquí que creo que el hermano Patton nunca había compartido las firmes opiniones del Dr. Hawes; y debo decir también que el propio Dr. Bushnell no parecía tener controversia alguna con el Dr. Hawes; y el obstáculo que había que quitar de delante del público parecía estar, sobre todo, en la renuencia del Dr. Hawes a cooperar cordialmente con los demás ministros en la obra.
El Dr. Hawes era demasiado buen hombre para obstinarse en algo que le impidiera hacer todo lo que, en conciencia, pudiera hacer para promover la obra. For eso, desde entonces, parecimos trabajar juntos con bastante cordialidad. La obra se extendió a todas las congregaciones y prosiguió con mucha esperanza durante varias semanas. Pero hubo una peculiaridad en aquella obra que nunca he olvidado. Creo que todos los domingos que estuve en aquella ciudad hubo una tormenta furiosa. Casi nunca he presenciado una sucesión semejante de domingos tormentosos. Sin embargo, nuestras reuniones estaban llenas; y, para un lugar como Hartford, la obra llegó a ser poderosa y extensa.
Quienes conocen Hartford saben cuán exigente y meticulosa es aquella gente en todo lo que hace. Temían cualquier medida que no fueran las reuniones de oración, las reuniones de predicación y las reuniones de inquiridores. En otras palabras, era impensable llamar a los pecadores a pasar al frente, romper con el temor de los hombres y entregarse públicamente a Dios. El Dr. Hawes, en especial, temía muchísimo cualquier medida de esa clase. En consecuencia, allí no pude hacer nada semejante. De hecho, el Dr. Hawes temía tanto las medidas que recuerdo que una noche, en una reunión de inquiridores en la sacristía de su iglesia, el número de inquiridores presentes era grande; y al terminar invité a los que estuvieran dispuestos a entregarse a Dios a que se arrodillaran. Esto sobresaltó al Dr. Hawes, y antes de que se arrodillaran advirtió que nadie estaba obligado a hacerlo si no lo hacía de buena gana, por su propia voluntad. Se arrodillaron, y oramos con ellos. Cuando los inquiridores se levantaron y fueron despedidos, el Dr. Hawes me comentó: «Siempre he sentido la necesidad de alguna medida semejante, pero he tenido miedo de usarla. Siempre he visto», dijo, «que hacía falta algo para que las personas se definieran y para inducirlas a actuar conforme a sus convicciones presentes; pero no he tenido valor para proponer nada parecido». Le dije que yo había encontrado indispensable alguna medida así para llevar a los pecadores al punto de la sumisión.
En este avivamiento se oró muchísimo. Los nuevos convertidos, en especial, se entregaron mucho a la oración. Una noche, según supe, uno de los jóvenes convertidos, después del culto de la noche, invitó a otro a ir a su casa para tener juntos un tiempo de oración. El Señor estaba con ellos, y a la noche siguiente invitaron a otros, y a la siguiente a más todavía, hasta que la reunión se hizo tan grande que tuvieron que dividirla. Estas reuniones se celebraban después del culto de predicación. La segunda reunión pronto se hizo demasiado grande para la sala, y también se dividió. Y entendí que estas reuniones se multiplicaron hasta que los nuevos convertidos, casi sin excepción, tenían la costumbre de celebrar reuniones de oración en distintos lugares después del culto de predicación. Finalmente invitaron a estas reuniones a los inquiridores y a quienes deseaban que se orara por ellos. Esto dio lugar a un esfuerzo bastante organizado entre los convertidos por la salvación de las almas.
En aquel tiempo surgió en las escuelas públicas una situación muy interesante. Según se me informó, los ministros habían acordado no visitar las escuelas públicas ni hacer allí ningún esfuerzo religioso, porque eso despertaba celos entre las distintas denominaciones. Una mañana, según me contaron, un gran número de muchachos, al reunirse, estaban tan conmovidos que no podían estudiar, y pidieron a su maestro que orara por ellos. Él no profesaba la fe, y mandó llamar a uno de los pastores, informándole de la situación y pidiéndole que viniera a celebrar algún acto religioso con ellos. Pero el pastor se negó, diciendo que había un acuerdo entre los pastores de no ir a las escuelas públicas a celebrar actos religiosos. El maestro mandó llamar a otro, y a otro, según se me dijo; pero le contestaron que él mismo debía orar por los alumnos. Esto lo puso en un gran aprieto. Pero el resultado, creo, fue que él mismo entregó su corazón a Dios y tomó medidas para la conversión de la escuela. Supe que un buen número de alumnos de las diversas escuelas comunes se convirtieron en aquel tiempo.
Todo el que conoce la ciudad de Hartford sabe que sus habitantes son gente muy inteligente, que todas las clases sociales tienen instrucción, y que quizá no haya ciudad en el mundo donde una educación de tan alto nivel sea tan general como en Hartford. Cuando llegó el momento de recibir a los convertidos, unos seiscientos, creo, se unieron a sus iglesias. Antes de que me fuera, el Dr. Hawes me dijo: «¿Qué haremos con estos nuevos convertidos? Si los formáramos en una iglesia aparte, serían obreros admirables para la salvación de las almas. Pero si los recibimos en nuestras iglesias, donde tenemos tantos hombres y mujeres de edad, de quienes siempre se espera que lleven la delantera en todo, su modestia les hará quedarse detrás de estos sobrios cristianos y cristianas; y vivirán como han vivido, y serán tan ineficaces como lo han sido». Sin embargo, según entendí, los jóvenes convertidos de ambos sexos se constituyeron en una especie de sociedad misionera de la ciudad, y se organizaron con el propósito de hacer esfuerzos directos para convertir almas en toda la ciudad. Muchos de ellos hicieron esfuerzos como este, por ejemplo. Una de las señoritas más destacadas, tal vez tan conocida y tan respetada como cualquier dama de la ciudad, se propuso rescatar y, si era posible, salvar a cierto grupo de jóvenes que pertenecían a famihas prominentes y acaudaladas, pero que habían caído en malos hábitos y en la decadencia moral, y habían perdido el respeto de la gente.
La posición y el carácter de esta señorita hacían posible y apropiado que emprendiera semejante esfuerzo sin levantar sospecha alguna de impropiedad por su parte. Buscó la oportunidad de conversar con aquellos jóvenes y, según entendí, los reunió para conversaciones religiosas y para orar, y tuvo mucho éxito en rescatar a buen número de ellos. Si he sido bien informado, los convertidos de aquel avivamiento fueron una gran fuerza para el bien en aquella ciudad; y muchos de ellos siguen allí todavía y son muy activos en promover la religión.
La señora Finney estableció reuniones de oración para damas, que se celebraban en las salas de las iglesias. Estas reuniones eran muy concurridas y llegaron a ser muy interesantes. Las damas estaban completamente unidas y muy en serio, y llegaron a ser, bajo Dios, una de las principales fuerzas en la promoción de su obra allí.
Salimos de allí hacia el primero de abril y fuimos a la ciudad de Nueva York, de camino a casa. Allí prediqué algunas veces para el reverendo Henry Ward Beecher, en Brooklyn; y había entre la gente una influencia religiosa creciente y cada vez más profunda, tanto cuando llegué como cuando me fui. Pero prediqué solo unas pocas veces, porque mi salud se quebrantó y tuve que desistir. Regresamos a casa y continuamos aquí con nuestros trabajos de costumbre, con el resultado casi invariable de una gran influencia religiosa entre nuestros estudiantes, que se extendía más o menos a los habitantes en general.
El invierno siguiente salimos de Oberlin en la época habitual y partimos hacia el Este para ocupar un campo de trabajo al que habíamos sido invitados. Mientras estábamos en Hartford, el invierno anterior, habíamos recibido una invitación muy apremiante para ir a trabajar a la ciudad de Syracuse. El ministro de la iglesia congregacional vino hasta Hartford para persuadirme, si era posible, de que volviera con él. No vi que fuera mi deber ir en aquel momento, y no pensé más en ello. Pero esta vez, de camino al Este, nos encontramos con ese ministro en Rochester. Ya no era pastor de la iglesia congregacional de la ciudad de Syracuse. Pero sentía tanto interés por ellos que al fin me hizo prometerle que me detendría allí y pasaría por lo menos un domingo. Así lo hicimos, y encontramos a la pequeña iglesia muy desanimada. Eran pocos. La iglesia se componía mayormente de personas de opiniones muy radicales respecto a todas las grandes cuestiones de reforma. Las iglesias presbiterianas, y las demás iglesias en general, no simpatizaban en absoluto con ellos, y parecía que la iglesia congregacional iba a extinguirse.
Prediqué un domingo, y supe lo suficiente del estado de las cosas como para decidirme a quedarme otro domingo. Pronto empecé a percibir un movimiento entre los huesos secos. Algunos de los miembros principales de la iglesia congregacional comenzaron a confesarse unos a otros, y a confesar públicamente sus desvíos de Dios y otras cosas que habían creado prejuicios contra ellos en la ciudad. Esto les ganó la buena voluntad de la gente de alrededor, que empezó a acudir, y pronto su templo resultó demasiado estrecho para contener a la gente; y aunque yo no había pensado quedarme más de un domingo, no veía claro el camino para irme, y seguí de domingo en domingo. El interés siguió creciendo y extendiéndose. El Señor quitó los obstáculos y acercó más a los cristianos entre sí.
Las iglesias presbiterianas abrieron sus puertas a nuestras reuniones, y las conversiones se multiplicaron por todos lados. Sin embargo, como en algunos otros casos, dirigí mucho mi predicación al pueblo cristiano. Había existido muy poca simpatía entre ellos, y hacía falta una gran obra entre los que profesaban la fe antes de que pudiera prepararse el camino fuera de las iglesias. Así continué trabajando en las distintas iglesias hasta que la Segunda Iglesia Presbiteriana quedó sin pastor; después de lo cual concentramos en gran medida nuestras reuniones allí, y continuamos durante todo el invierno.
También aquí la señora Finney estableció sus reuniones de damas con gran éxito. For lo general las celebraba, creo, en la sala de conferencias de la Primera Iglesia Presbiteriana, una sala amplia y cómoda para tales reuniones. Aquel invierno ocurrieron en sus reuniones muchísimos hechos muy interesantes. Al cabo de un tiempo, los cristianos de distintas denominaciones parecieron fundirse en uno, y todas las dificultades que había entre ellos parecieron desaparecer. Mientras estuve allí, las iglesias presbiterianas y la congregacional estaban todas sin pastor, y por eso ninguna de ellas abrió sus puertas para recibir a los convertidos. Yo estaba muy conforme con que así fuera, pues sabía que había un gran peligro de que, si empezaban a recibir a los convertidos, surgieran celos que estropearan la obra.
Cuando estábamos a punto de partir en la primavera, anuncié desde el púlpito, bajo mi propia responsabilidad, que el domingo siguiente celebraríamos un servicio de comunión, al que estaban invitados todos los cristianos que amaran verdaderamente al Señor Jesucristo y lo demostraran en su vida. Fue una de las comuniones más conmovedoras que he presenciado. La iglesia estaba llena de comulgantes. Dos ministros muy ancianos, los padres Waldo y Brainard, asistieron y ayudaron en el servicio de comunión. Hubo un gran quebrantamiento en la congregación; y creo que nunca vi en ninguna parte una comunión del pueblo de Dios más amorosa y gozosa. (Después de que me fui, todas las iglesias consiguieron pastores. Se me ha informado que aquel avivamiento produjo un bien grande y permanente. La iglesia congregacional se construyó un templo más grande y ha sido desde entonces, creo, una iglesia y una congregación sanas. Las iglesias presbiterianas, y creo que también las bautistas, se fortalecieron mucho en la fe y crecieron en número. La obra fue muy profunda allí entre muchísimos de los que profesaban la fe. Ocurrió un hecho muy notable que voy a mencionar. Había una señora llamada C——, esposa cristiana de un marido inconverso. Era una dama de gran refinamiento, hermosa de carácter y de persona. Su marido era comerciante, hombre de buena conducta moral. Ella asistía a nuestras reuniones y llegó a sentir una profunda convicción de que necesitaba una obra de gracia más honda en su alma. Un día vino a verme, en un estado de muy ansiosa inquietud. Conversé con ella unos momentos y dirigí su atención especialmente a la necesidad de una consagración completa y total de sí misma y de todo lo suyo a Cristo. Le dije que, una vez hecho esto, debía creer para recibir el sello del Espíritu Santo. Había oído predicar la doctrina de la santificación, que le había interesado mucho, y su pregunta era cómo podía obtenerla. Le di la breve indicación que he mencionado, y ella se levantó apresuradamente y se fue. Tal era la presión que había sobre su mente que parecía tener prisa por echar mano de la plenitud que había en Cristo. Creo que no estuvo en mi cuarto más de cinco o diez minutos, y se fue como quien tiene entre manos un asunto urgente. For la tarde volvió tan llena del Espíritu Santo, según toda apariencia humana, como podía estarlo. Dijo que por la mañana se había apresurado a ir a casa desde mi cuarto, había ido enseguida a su habitación, se había postrado ante Dios y había hecho una consagración completa de sí misma y de todo lo suyo a él. Dijo que entendía con mucha más claridad que nunca lo que eso significaba, y que había hecho una entrega plena y completa de sí misma y de todo en las manos de Cristo. Su mente quedó al instante enteramente en calma, y sintió que comenzaba a recibir de la plenitud del Espíritu Santo. Muy pronto pareció elevarse por encima de sí misma, y su gozo era tan grande que apenas podía contenerse de gritar.
Conversé un poco con ella y vi que corría peligro de excitarse demasiado. Dije cuanto me atreví a decir para ponerla en guardia contra esto, y ella se fue a casa.
Pocos días después, su marido vino a buscarme una mañana con su trineo y me pidió que diera un paseo con él. Acepté, y descubrí que su propósito era hablarme de su esposa. Me dijo que ella se había criado entre los Amigos, y que cuando se casó con ella pensaba que era una de las mujeres más perfectas que había conocido jamás. Pero al fin, dijo, ella se convirtió, y entonces él notó en ella un cambio mayor de lo que creía posible, pues le parecía que antes había sido tan perfectamente moral en su vida exterior como se puede ser. Sin embargo, el cambio en su espíritu y en su conducta en el momento de su conversión fue tan manifiesto, dijo, que nadie podía dudarlo. «Desde entonces», dijo, «la he tenido por casi o del todo perfecta. Pero», añadió, «ahora es evidente que ha pasado por un cambio mayor que nunca. Lo veo en todo», dijo. «Hay en ella tal espíritu, tal cambio, tal energía en su religión, y tal plenitud de gozo y paz y amor». Me preguntó: «¿Qué debo pensar de esto? ¿Cómo he de entenderlo? ¿Se producen realmente tales cambios en los cristianos?».
Se lo expliqué lo mejor que pude. Traté de hacerle entender lo que ella era por su educación como cuáquera, y lo que su conversión había hecho por ella; y luego le dije que aquello era un nuevo bautismo del Espíritu Santo, que la había cambiado tanto en aquel momento. Ella ya ha partido al cielo; pero el perfume de aquella unción del Espíritu Santo permaneció en ella, según se me ha informado, hasta el día de su muerte.
Hay una circunstancia, ocurrida en sus reuniones, que he oído contar muchas veces a la señora Finney y que vale la pena mencionar aquí. Sus reuniones de damas se componían de las señoras más instruidas de las distintas iglesias. Probablemente muchas de ellas eran de gusto delicado. Pero asistía a sus reuniones una anciana sin instrucción que solía hablar a veces, aparentemente para fastidio de las damas. De algún modo tenía la impresión de que era su deber hablar en cada reunión; y a veces se levantaba y se quejaba del Señor, porque le imponía hablar en la reunión mientras a tantas damas instruidas se les permitía asistir sin tomar parte. Se preguntaba por qué Dios le hacía a ella un deber hablar, mientras a estas finas damas, que podían hablar tanto para edificación, se les permitía asistir y «no tener cruz», como ella decía, «que llevar». Siempre parecía hablar en tono lastimero y quejumbroso. La parte que ella sentía su deber tomar en cada reunión molestaba y desanimaba bastante a mi esposa. Veía que no interesaba a las damas, y le parecía más bien un elemento de perturbación.
Pero después de que las cosas siguieran así durante algún tiempo, un día esa misma anciana se levantó en la reunión, y había sobre ella un espíritu nuevo. En cuanto abrió la boca fue evidente para todos que se había operado en ella un gran cambio. Había venido a la reunión llena del Espíritu Santo, y derramó su experiencia reciente, para asombro de todas. Las damas se interesaron muchísimo en lo que decía la anciana; y ella siguió contando lo que el Señor había hecho por ella con un fervor que llevaba la convicción a toda mente. Todas se volvieron y se inclinaron hacia ella para oír cada palabra que decía; empezaron a correr las lágrimas, y en seguida pareció hacerse visible un gran movimiento del Espíritu en toda la reunión. Un cambio tan notable hizo un bien inmenso, y la anciana se convirtió en una favorita. Desde entonces esperaban oírla, y se deleitaban muchísimo, de reunión en reunión, al oírla contar lo que el Señor había hecho y estaba haciendo por su alma.
Encontré en Syracuse a una mujer cristiana a quien llamaban «Madre Austin», una mujer de una fe sumamente notable. Era pobre, y dependía por completo de la caridad de la gente para su sustento. Era una mujer sin instrucción, y evidentemente se había criado en una familia de muy poca cultura. Pero tenía una fe tal que se ganaba la confianza de todos los que la conocían. La convicción parecía ser universal, tanto entre cristianos como entre incrédulos, de que la madre Austin era una santa. No creo haber presenciado nunca una fe mayor en su sencillez que la que manifestaba aquella mujer. Me contaron muchísimos hechos sobre ella que mostraban su confianza en Dios y de qué manera tan notable Dios proveía a sus necesidades día tras día. En una ocasión me dijo: «Hermano Finney, es imposible que me falte nada de lo necesario para la vida, porque Dios me ha dicho: “Confía en el Señor, y haz bien; así vivirás en la tierra, y en verdad serás alimentado”». Me contó muchos hechos de su historia, y otros me contaron muchos más, que ilustraban el poder de su fe.
Contó que un sábado por la noche un amigo suyo, pero hombre no arrepentido, fue a visitarla; y después de conversar un rato, al despedirse, le ofreció un billete de cinco dólares. Ella dijo que sintió una advertencia interior de no aceptarlo. Sintió que sería un acto de justicia propia por parte de aquel hombre, y que podría hacerle a él más daño que bien a ella. For eso no quiso aceptarlo, y él se fue. Dijo que tenía en casa justo la leña y la comida suficientes para pasar el domingo, y nada más; y no tenía medio alguno de conseguir más. Pero aun así no tenía ningún miedo de confiar en Dios en tales circunstancias, como lo había hecho durante tantos años.
El domingo cayó una violenta tormenta de nieve. El lunes por la mañana la nieve tenía varios pies de profundidad, y las calles estaban tan bloqueadas que no había forma de salir sin abrirse paso. Ella tenía un hijo pequeño que vivía con ella; los dos formaban toda la familia. Se levantaron por la mañana y se encontraron cercados por la nieve por todos lados. Se las arreglaron para reunir leña suficiente para un fuego pequeño, y pronto el niño empezó a preguntar qué iban a desayunar. Ella le dijo: «No lo sé, hijo mío; pero el Señor proveerá». Miró afuera, y nadie podía pasar por las calles. El muchacho se echó a llorar amargamente, convencido de que morirían de frío y de hambre. Sin embargo, ella contó que siguió adelante e hizo los preparativos que pudo para el desayuno, por si llegaba algo. Creo que dijo que puso la mesa y dispuso todo para el desayuno, creyendo que algo llegaría a su debido tiempo. Muy pronto oyó voces fuertes en la calle, fue a la ventana para ver qué era, y vio a un hombre en un trineo sencillo, y a unos hombres con él que iban apartando la nieve con palas para que pudiera pasar el caballo. Llegaron hasta su puerta, y ¡he aquí que le traían leña y provisiones en abundancia, todo lo necesario para que estuviera cómoda durante varios días! Pero el tiempo me faltaría para contar los casos en que fue socorrida de una manera tan notable como esta. De hecho, era cosa sabida en toda la ciudad, por lo que pude saber, que la fe de la madre Austin era como un banco, y que nunca le faltó lo necesario para la vida, porque giraba contra Dios.
Nunca supe el número de convertidos que hubo en aquel tiempo en Syracuse. De hecho, nunca tuve la costumbre de averiguar el número de los que se esperaba que se hubieran convertido.
Capítulo 30 completado
Trabajos en Hartford y en Syracuse