Capítulo 28 · 27 min de lectura · 35 min de escucha
Primera visita a Inglaterra
HABIENDO recibido repetidas y apremiantes invitaciones para visitar Inglaterra y trabajar allí en favor de los avivamientos, me embarqué con mi esposa* en el otoño de 1849, y tras una travesía tormentosa llegamos a Southampton a principios de noviembre. Allí nos recibió el pastor de la iglesia de Houghton, una aldea situada a medio camino entre las villas de mercado de Huntington y Saint Ives. Un tal señor Potto Brown, hombre muy generoso, de quien tendré ocasión de hablar con frecuencia, había enviado a su pastor, el señor James Harcourt, a recibirnos en Southampton.
El señor Potto Brown era cuáquero por familia y por educación. Él y un socio se dedicaban al negocio de la molienda, y pertenecían a una congregación de independientes en Saint Ives. Llegaron a preocuparse profundamente al ver el estado de cosas en su comarca. La Iglesia, como se la llama en Inglaterra, les parecía hacer muy poco por la salvación de las almas. No había escuelas para educar a los pobres, fuera de las escuelas parroquiales; y la masa del pueblo estaba muy desatendida. Después de mucha oración y de consultarse el uno al otro, acordaron tomar medidas para educar a los niños de la aldea donde vivían y de las aldeas vecinas, y extender esa influencia tanto como pudieran. Acordaron también emplear sus recursos, del modo más provechoso, en establecer el culto y en levantar iglesias independientes de la Iglesia oficial.
*El señor Finney se había casado en segundas nupcias con la señora Elizabeth F. Atkinson, de Rochester.
No mucho después de comenzar esta empresa, murió el socio del señor Brown. Su esposa, según creo, había muerto antes que él; y el socio encomendó su familia, compuesta por varios hijos e hijas, al cuidado fraternal del señor Brown, quien los puso bajo la educación de una viuda juiciosa de una aldea vecina. Al morir, el socio le rogó al señor Brown que no descuidara la obra que habían proyectado juntos, sino que la siguiera con vigor y sencillez de propósito. El corazón del señor Brown estaba en la obra. Su socio dejó a sus hijos una gran fortuna. El señor Brown mismo no tenía más que dos hijos, varones. Era hombre de costumbres sencillas y gastaba muy poco dinero en sí mismo o en su familia. Contrató a un maestro de escuela en la aldea donde residía y construyó allí una capilla para el culto público. Llamaron para trabajar allí como ministro a un hombre de ideas hipercalvinistas; y así trabajó año tras año sin resultados que respondieran a lo que el señor Brown esperaba.
El señor Brown conversaba a menudo con su ministro acerca de la falta de buenos resultados. Él le pagaba el sueldo y gastaba su dinero de diversas maneras para promover la religión, por medio de escuelas dominicales, maestros y obreros; pero pocos o ninguno se convertían. Le planteó el asunto a su ministro tantas veces que este acabó por responderle: «Señor Brown, ¿soy yo Dios, para convertir almas? Les predico el evangelio, y Dios no los convierte; ¿tengo yo la culpa?». El señor Brown le contestó: «Sea usted Dios o no lo sea, tenemos que tener conversiones. La gente tiene que convertirse». Así que despidieron a aquel ministro, y se contrató al reverendo James Harcourt. El señor Harcourt es un bautista de comunión abierta, hombre de talento, predicador vibrante y obrero ferviente por las almas. Bajo su predicación empezaron a verse conversiones, y la obra avanzó de manera alentadora. Su pequeña iglesia creció en número y en fe; y la levadura se iba extendiendo, poco a poco pero de forma perceptible, por todos lados.
Pronto extendieron sus actividades a las aldeas vecinas, con buenos resultados. Pero aún no sabían cómo promover avivamientos. Los hijos de su socio, que habían quedado a su cargo, se habían hecho ya hombres y mujeres jóvenes, y no se habían convertido. Eran tres hijas y tres hijos, una familia magnífica, con abundantes bienes; pero no eran convertidos. El señor Brown tenía un gran número de amigos muy interesantes e influyentes en aquel condado, por cuya salvación sentía un interés muy hondo. También le preocupaba mucho que se convirtieran los hijos de su difunto socio. Para la educación de sus hijos había tomado un preceptor en su casa; y un número considerable de jóvenes de famihas respetables de los pueblos vecinos había estudiado con ellos. Esta pequeña escuela familiar, a la que habían sido invitados los jóvenes hijos de sus amigos de diversas partes del condado, había creado un fuerte vínculo de afecto entre el señor Brown y aquellas famihas. Las labores del señor Harcourt, por alguna razón, no llegaban a esas famihas. Tenía éxito entre las clases más pobres y humildes, era celoso y consagrado, y predicaba el evangelio. Como decía el señor Brown: «Era un poderoso ministro de Jesucristo». Pero aún le faltaba experiencia para llegar a la clase de personas que el señor Brown llevaba más particularmente en el corazón. Estos hermanos hablaban con frecuencia del asunto y se preguntaban cómo podrían alcanzar a esa clase de personas y atraerlas a Cristo. El señor Harcourt decía que había hecho todo lo que podía, y que había que hacer algo más, o no veía que esas personas fueran a ser alcanzadas jamás.
Había leído mis discursos sobre el avivamiento, y al fin sugirió al señor Brown que convendría escribirme para ver si yo no iría a trabajar con ellos. Eso hizo que recibiera del señor Brown una petición muy encarecida para que los visitara. Él habló también con muchas otras personas y con algunos ministros, y por eso recibí diversas cartas con apremiantes invitaciones para visitar Inglaterra.
Al principio, aquellas cartas me impresionaron poco, porque no veía cómo podría ir a Inglaterra. For fin pareció abrirse el camino para que dejara mi hogar, al menos por una temporada; y, como he dicho, en el otoño de 1849 mi esposa y yo fuimos a Inglaterra. Cuando llegamos y hubimos descansado unos días, comencé mis labores en la capilla de la aldea. Pronto descubrí que el señor Brown era un hombre del todo extraordinario. Aunque criado como cuáquero, tenía ideas enteramente católicas, en el sentido amplio de la palabra, y trabajaba de manera independiente, directamente por la salvación de la gente que lo rodeaba. Era rico, y sus bienes aumentaban constante y rápidamente. Su historia me ha recordado muchas veces el proverbio: «Hay quienes reparten, y les es añadido más; y hay quienes son escasos más de lo que es justo, pero vienen a pobreza». Para fines religiosos gastaba su dinero como un príncipe; y cuanto más gastaba, más tenía para gastar.
Mientras estuvimos allí, abrió su casa mañana, tarde y noche, e invitó a sus amigos, de cerca y de lejos, a que fueran a visitarlo. Acudieron en gran número, de modo que casi en cada comida su mesa estaba rodeada de diversas personas a quienes había invitado para que yo pudiera conversar con ellas y para que asistieran a nuestras reuniones.
Un avivamiento comenzó de inmediato y se extendió entre la gente. Los hijos de su socio pronto se interesaron en la religión y se convirtieron a Cristo. La obra se extendió entre los que venían de las aldeas vecinas. Oyeron y recibieron con gozo la palabra. Y tan extensa y profunda fue la obra entre los amigos particulares del señor Brown, por cuya conversión había anhelado y orado, que antes de que yo me fuera, él dijo que todos ellos se habían convertido; que el Señor no había dejado fuera a ninguno de aquellos por quienes había sentido inquietud y por cuya conversión había estado orando.
La conversión de tan gran número de personas, esparcidas por la comarca, causó una impresión muy favorable allí donde eran conocidas. La casa de culto de Houghton era pequeña, pero se llenaba hasta rebosar en cada reunión; y la entrega y el fervor del señor Brown y su esposa eran de lo más interesante y conmovedor. Su hospitalidad parecía no tener límites. Su maestro de escuela era un hombre piadoso, y acudía todos los días, y casi a cada comida, a sentarse con nosotros para disfrutar de la conversación. Venían caballeros de los pueblos vecinos, desde muchas millas de distancia, lo bastante temprano para estar allí al desayuno. Los jóvenes que se habían educado con sus hijos fueron invitados y vinieron; y creo que todos ellos se convirtieron. Así se cumplieron sus mayores deseos respecto a ellos, y entre la masa del pueblo se hizo mucho más de lo que él había esperado. El señor Harcourt tenía por entonces varios lugares de predicación, además de Houghton, en las aldeas vecinas. El buen sabor de aquella obra en Houghton perduró durante años. El señor Harcourt me contó que predicó en una atmósfera de oración, y con un ambiente de corazones enternecidos a su alrededor, mientras permaneció en Houghton.
Esta vez no me quedé mucho tiempo en Houghton; varias semanas, sin embargo. Entre los hermanos que me habían escrito instándome a venir a Inglaterra estaba un tal señor Roe, ministro bautista de Birmingham. En cuanto supo que yo estaba en Inglaterra, vino a Houghton y pasó varios días asistiendo a las reuniones y presenciando los resultados.
A mediados de diciembre dejamos Houghton y fuimos a Birmingham, a trabajar en la congregación del señor Roe. Allí, poco después de llegar, nos presentaron al reverendo John Angell James, que era el principal ministro disidente de Birmingham. Era un hombre bueno y grande, y ejercía una influencia muy amplia en aquella ciudad y, de hecho, en toda Inglaterra.
Cuando mis discursos sobre el avivamiento se publicaron por primera vez en Inglaterra, el señor James escribió para ellos una introducción en la que los elogiaba mucho. Pero al llegar yo a Birmingham, me informaron de que, después de que el señor James los hubiera recomendado públicamente, en reuniones de ministros y con su pluma, hombres de ciertos círculos de este lado del Atlántico le habían dicho que aquellos avivamientos, y en especial los ocurridos bajo mi ministerio, habían terminado de manera desastrosa; y que tanto le habían insistido con esas versiones que se había retractado de lo que había dicho públicamente a favor de aquellos discursos sobre el avivamiento.
Sin embargo, cuando me vio en Birmingham, convocó a los ministros independientes a un desayuno en su casa y me pidió que asistiera. Esa es la manera habitual de hacer las cosas en Inglaterra. Cuando nos reunimos en su casa, terminado el desayuno, dijo a sus hermanos en el ministerio que se había convencido de que se estaban quedando muy cortos en cuanto a alcanzar el fin de su ministerio; que se contentaban demasiado con que la gente asistiera a las reuniones, pagara el sueldo del ministro, sostuviera la escuela dominical y siguiera adelante con una prosperidad externa; mientras que las conversiones, en la mayoría de las iglesias, eran muy pocas, y a fin de cuentas la gente iba camino de la perdición. El señor Roe, con quien yo comenzaba entonces mis labores, me dijo que en la propia congregación del señor James había no menos de mil quinientos pecadores impenitentes. En el desayuno en casa del señor James, este se expresó con mucho ardor y dijo que había que hacer algo.
Al fin los ministros acordaron celebrar reuniones en las distintas iglesias independientes, una tras otra, tan pronto como yo pudiera atender su petición. Pero durante algunas semanas limité mis labores a la congregación del señor Roe, y hubo un poderoso avivamiento, un movimiento como nunca habían visto. El avivamiento recorrió la congregación con gran poder, y una proporción muy grande de los impenitentes se volvió a Cristo. El señor Roe se entregó en cuerpo y alma a la obra. Encontré en él a un hombre bueno y leal. No era en absoluto sectario ni tenía prejuicios en sus ideas; sino que abrió su corazón a la influencia divina y se volcó en trabajar por las almas, como un hombre que va en serio. Día tras día se sentaba en la sacristía de su iglesia a conversar con los inquiridores, conforme venían a verlo, y a dirigirlos a Cristo. Durante muchos días, esta obra ocupó casi todo su tiempo. Su iglesia era entonces una de las pocas iglesias de comunión cerrada de Inglaterra, pues casi todos los bautistas ingleses practican la comunión abierta.
Cuando el número de conversiones se hizo grande, la iglesia comenzó a examinar a los convertidos para admitirlos. Examinaron a un gran número, y estaban a punto de celebrar la santa cena. Yo prediqué por la mañana, y ellos iban a celebrar la comunión por la tarde. Terminado el culto de la mañana, el señor Roe pidió a la iglesia que se quedara unos momentos. Mi esposa y yo nos retiramos después del culto y fuimos a nuestro alojamiento en casa del señor Roe, donde éramos huéspedes. Al poco rato, el señor Roe llegó a casa y entró en nuestra habitación con una sonrisa en el rostro, diciendo: «¿Qué cree usted que ha hecho nuestra iglesia?». No supe qué decir, porque en realidad no se me había ocurrido preguntarme qué iban a hacer cuando se les pidió que se quedaran. Él respondió: «Han votado por unanimidad invitarlos a usted y a la señora Finney a nuestra comunión esta tarde». Su comunión cerrada era más de lo que podían sostener en una ocasión como aquella. Sin embargo, pensándolo bien, concluimos que era mejor no aceptar la invitación, no fuera que hubieran votado bajo una presión que después pudiera provocar en ellos alguna reacción y arrepentimiento; y como de verdad estábamos cansados, nos excusamos y nos quedamos en casa.
Como tenía que predicar de nuevo por la noche, me alegré de poder descansar. Pronto acepté las invitaciones de los ministros para trabajar en sus respectivos púlpitos. Las congregaciones estaban en todas partes abarrotadas; se despertó un gran interés; y era grande el número de los que se reunían en las sacristías después de la predicación, al invitarse a los inquiridores. Sus sacristías más grandes se llenaban de inquiridores cada vez que se les llamaba a acudir allí para recibir instrucción. En cuanto a los medios, usé allí los mismos que había usado en este país. La predicación, la oración, la conversación y las reuniones de inquiridores fueron los medios empleados.
Pero pronto descubrí que el señor James recibía cartas de diversas partes que lo prevenían contra la influencia de mis labores. Tenía conocidos de este lado del Atlántico; y algunos de ellos, según entendí, le habían escrito cartas poniéndolo en guardia contra mi influencia. Además, desde diversas partes de su propio condado se ejercía sobre él la misma presión. Fue muy franco conmigo y me dijo cómo estaban las cosas; y yo fui igual de franco con él. Le dije: «Hermano James, su responsabilidad es grande. Sé que su influencia es grande; y estas cartas muestran tanto su influencia como su responsabilidad respecto a estas labores. Le llevan a pensar que mis ideas son heréticas. Usted me oye predicar siempre que predico; y sabe si predico el evangelio o no».
Había llevado conmigo mis dos tomos publicados de Teología sistemática. Le dije: «¿Me ha oído usted predicar algo que no sea evangelio?». Él dijo: «No, nada en absoluto». «Pues bien», le dije, «aquí tengo mi Teología sistemática, que enseño a mis alumnos en casa y que predico en todas partes; y quiero que la lea». Él estaba muy deseoso de hacerlo. Pronto noté que, noche tras noche, venía con él a nuestras reuniones un caballero de aspecto muy venerable. Asistían juntos a la reunión; y cuando yo llamaba a los inquiridores, entraban, se ponían donde encontraban lugar y oían todo lo que se decía. Yo no sabía quién era aquel venerable caballero. Durante varias noches seguidas vinieron de esta manera; pero el señor James no me presentó a la persona que lo acompañaba, ni se acercó a hablar conmigo en aquellas reuniones.
Después de que las cosas siguieran así durante una o dos semanas, el señor James y su venerable amigo vinieron a nuestro alojamiento. Me presentó al doctor Redford, y me dijo a la vez que era uno de sus teólogos más destacados; que tenía más confianza en la agudeza teológica del doctor Redford que en la suya propia; y que le había pedido que viniera a Birmingham, asistiera a las reuniones y, sobre todo, leyera con él mi Teología. Dijo que la habían estado leyendo día tras día, y que al doctor Redford le gustaría conversar conmigo sobre ciertos puntos de teología. Conversamos con toda libertad sobre todas las cuestiones a las que el doctor Redford quiso llamar mi atención; y el doctor Redford dijo con mucha franqueza: «Hermano James, no veo motivo alguno para considerar al señor Finney poco sólido en ningún aspecto. Tiene su propia manera de formular las proposiciones teológicas; pero no veo que difiera de nosotros en ningún punto esencial».
Traían consigo un pequeño manual, preparado por la Unión Congregacional de Inglaterra y Gales, en el que figuraba una breve exposición de sus doctrinas teológicas. Me leyeron ciertas partes de ese manual; y yo, a mi vez, les hice preguntas. Oí sus explicaciones y quedé convencido de que había entre nosotros un acuerdo sustancial.
El doctor Redford se quedó algún tiempo más en Birmingham. Luego volvió a su casa y, con mi consentimiento, se llevó mi Teología sistemática; y dijo que la leería con cuidado de principio a fin y después me escribiría su opinión sobre ella. Observé que de veras se movía en la teología como en su propia casa: era un erudito y un cristiano, y un teólogo de formación cabal. For eso yo estaba más que dispuesto a que criticara mi teología, para que, si había algo que debiera retractarse o corregirse, me lo señalara. Le pedí que lo hiciera a fondo y con franqueza. Se la llevó a su casa, se dedicó a examinarla a fondo y leyó los tomos de principio a fin, con paciencia y espíritu crítico. Después recibí de él una carta en la que expresaba su firme aprobación de mis ideas teológicas, diciendo que había unos pocos puntos sobre los que le gustaría hacerme algunas preguntas; y deseaba que, en cuanto pudiera dejar Birmingham, fuera a predicar para él.
Permanecí en Birmingham, creo, unos tres meses. Hubo muchísimas conversiones interesantes en aquella ciudad; y sin embargo los ministros no estaban todavía preparados para comprometerse de corazón con el uso de los medios necesarios para extender el avivamiento por toda la ciudad.
Hubo un caso de carácter tan interesante que quiero llamar la atención sobre él. Supongo que en este país se sabe en general que el unitarismo en Inglaterra se desarrolló y se propagó primero en Birmingham. Allí vivió el viejo doctor Priestley, que fue uno de los principales ministros unitarios de Inglaterra, si no uno de los primeros. Encontré que su congregación aún existía en Birmingham. Una noche, antes de dejar Birmingham, prediqué sobre este texto: «Duros de cerviz, e incircuncisos de corazón y de oídos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo». Me detuve primero en la divinidad y la personalidad del Espíritu Santo. Luego procuré mostrar de cuántas maneras y en cuántos puntos resisten los hombres la enseñanza divina; que, aun convencidos por el Espíritu Santo, persisten en seguir su propio camino; y que en todos esos casos están resistiendo al Espíritu Santo. Aquella noche el Señor me dio libertad para predicar un sermón muy escrutador. Mi propósito era mostrar que, mientras los hombres alegan que dependen del Espíritu Santo, lo están resistiendo constantemente.
Encontré en Birmingham, como en todas partes de Inglaterra, que se hacía el mayor hincapié en la influencia del Espíritu Santo. Pero en ningún lugar hallé una distinción clara entre una influencia física del Espíritu, ejercida directamente sobre el alma misma, y la influencia moral y persuasiva que él de hecho ejerce sobre la mente de los hombres. For eso me vi con frecuencia en la necesidad de llamar la atención de la gente sobre la obra en que realmente se ocupa el Espíritu Santo, de explicarles las enseñanzas expresas de Cristo sobre este tema, y así llevarlos a ver que no debían esperar una influencia física, sino entregarse a su influencia persuasiva y obedecer sus enseñanzas. Ese era el propósito de mi sermón aquella noche.
Cuando llegamos a nuestro alojamiento, una señora que había estado en la reunión, y que entró en la casa de la familia de la que éramos huéspedes, comentó que había visto a un ministro unitario entre la congregación. Yo observé que aquello debía de haber sonado extraño a oídos de un unitario. Ella respondió que esperaba que le hiciera bien. No mucho después, cuando yo trabajaba en Londres, recibí una carta de ese ministro en la que me contaba el gran cambio que aquel sermón había obrado en su experiencia religiosa. Doy la carta a continuación:
16 de agosto de 1850.
Reverendo y estimado señor: — Al saber por el Banner que está usted a punto de partir de Inglaterra, siento que sería algo ingrato dejarlo marchar sin expresarle la deuda que tengo con usted por el beneficio que recibí de un sermón suyo, predicado en Steel-house Lane, Birmingham. Creo que fue el último sermón que predicó allí, y trataba de la resistencia al Espíritu Santo; pero nunca he podido dar con el texto. De hecho, absorto en los puntos que más me tocaban, no volví a pensar en el texto hasta dos o tres días después. Para que entienda el beneficio que recibí del sermón, es necesario que le relate brevemente la peculiar situación en que me encontraba entonces.
Me formé para el ministerio entre los independientes en uno de nuestros colegios disidentes. Entré en el ministerio y lo ejercí durante unos siete años. En ese tiempo sufrí poco a poco un gran cambio en mis ideas teológicas. El cambio se produjo, creo, en parte por especulaciones filosóficas y en parte por el deterioro que había sufrido mi estado espiritual. Lo digo con el más hondo pesar: mi piedad nunca recobró el tono que perdió durante mi paso por el colegio. A esto atribuyo principalmente todas mis penas. Mis especulaciones me llevaron, sin haber leído nunca el libro del doctor Williams sobre la soberanía y la equidad divinas, a adoptar en lo fundamental sus ideas. La lectura de su libro perfeccionó del todo mi sistema. El pecado es un defecto que surge de la necesaria falibilidad de una criatura cuando no la suple la gracia de Dios. La caída del hombre, por tanto, no expresa sino la inevitable imperfección original de la raza humana. El gran fin del gobierno moral de Dios es corregir esa imperfección mediante la educación y la revelación, y perfeccionar finalmente la condición del hombre. Ya mucho antes había adoptado las ideas del doctor Jenkyn sobre la influencia espiritual.
Bajo la guía de tales principios, usted comprenderá, sin que yo le explique cómo, que el pecado se convirtió en una mera desgracia, permitida temporalmente, o más bien en un mal necesario que la sabiduría y la bondad infinitas habían de remediar; que el castigo eterno se convirtió en una crueldad en la que no cabía pensar ni por un momento dentro de la administración de un ser bueno; y que la expiación se convirtió en un completo absurdo, fundado en ideas poco filosóficas sobre el pecado. Me hice unitario de lleno, y a comienzos del año 1848 profesé mi unitarismo y llegué a ser ministro de una iglesia. Sin embargo, por fortuna, las tendencias de mi mente eran demasiado lógicas para que pudiera descansar mucho tiempo en el unitarismo. Llevé mis conclusiones hasta el simple deísmo, y entonces vi que tenían que ir aún más lejos. Para eso no estaba preparado. Toda mi alma retrocedió horrorizada. Revisé mis principios. Se produjo una revolución en todo mi sistema filosófico. Recuperé la doctrina de la responsabilidad en su sentido más estricto y literal, y con ella una profunda conciencia de pecado. No es necesario que entre en detalles minuciosos sobre mis luchas y mis sufrimientos interiores.
Unas dos semanas antes de oírlo a usted, vi con claridad que tarde o temprano tendría que volver a adoptar el sistema evangélico. Nunca había dudado de que fuera el sistema de la Biblia. Me había hecho unitario por razones puramente racionalistas. Pero ahora veía que tenía que aceptar la Biblia o perecer en tinieblas. Puede usted imaginar las agonías de espíritu que tuve que soportar. For un lado estaban mis convicciones, cada día más fuertes; el sentido del pecado y la necesidad de Cristo, que se adueñaban cada vez más de mi corazón; y la desdichada situación de retener la verdad que conocía ante el pueblo que esperaba de mí instrucción. For otro lado, si me declaraba, arruinaría al instante mi reputación a los ojos de todos los partidos, y en especial de esa gran mayoría que no siente simpatía alguna por tales luchas, por mi aparente inconstancia,- y me echaría a la calle con mi esposa y mis hijos. No lograba decidirme por esa alternativa. Había resuelto esperar, preparar poco a poco la mente del pueblo para el cambio y, viviendo con una economía más estricta durante algunos meses, proveer para nuestras necesidades materiales durante el período de transición. En ese estado de ánimo oí su sermón. Usted lo recordará, y comprenderá fácilmente el efecto que produjo. Sentí la verdad de sus argumentos. Sus llamamientos llegaron de forma irresistible a mi corazón, y aquella noche, camino de casa, hice voto delante de Dios de que, pasara lo que pasara, me consagraría de inmediato y de nuevo a aquel Salvador cuya sangre hacía tan poco que había aprendido a valorar, y cuyo valor tanto había hecho yo por deshonrar.
El resultado es que, gracias a la amable influencia del señor , he llegado hace poco a ser ministro de la iglesia de esta ciudad. La paz interior de que ahora disfruto sobrepasa en verdad todo entendimiento. Nunca antes había hallado un placer tan absorbente en la obra del ministerio. Entro de lleno en el sentido de lo que dice Pablo: «Si alguno está en Cristo, nueva criatura es». No puedo decirle, por tanto, con cuántos sentimientos de gratitud quedará asociado su nombre en mi alma. Bendigo a Dios por la bondadosa providencia que me llevó a oírlo. Ahora me parece más que probable que, de no haberlo oído, mi vida religiosa recién despertada pronto habría quedado destruida por la resistencia continua a mis profundas convicciones. Mi conciencia se habría endurecido de nuevo, y habría muerto en mis pecados. For la gracia de Dios, cualquier fruto con que Dios corone en adelante mis labores lo atribuiré a usted, y siento que sería injusto ocultarle el conocimiento de este fruto de sus trabajos. Que Dios, por su infinita misericordia y gracia, le conceda una larga vida de utilidad aún mayor que la que hasta ahora le ha concedido: tal será la oración constante de quien es, estimado señor, suyo afectísimo, Cuando recibí esta carta, yo trabajaba con el reverendo John Campbell en el antiguo Tabernáculo de Whitefield, en Londres. Se la di a leer. La leyó con evidente y profunda emoción, y luego exclamó: «¡Vaya, solo por esto valía la pena venir a Inglaterra!».
De Birmingham fui a Worcester, creo que hacia mediados de marzo, a trabajar con el doctor Redford. He dicho que había leído mi Teología sistemática y me había escrito que deseaba conversar conmigo sobre ciertos puntos. Yo llevaba conmigo mis respuestas a las diversas críticas que se habían publicado, y se las entregué al doctor Redford. Las leyó de principio a fin, y luego vino a verme y dijo: «Esas respuestas han aclarado todas las cuestiones sobre las que deseaba conversar; por tanto, estoy plenamente convencido de que usted tiene razón. Después de aquello, que yo recuerde, nunca hizo una crítica a ninguna parte de mi Teología. Quienes han visto la edición inglesa de esa obra saben que escribió para ella un prefacio en el que la recomendaba al público cristiano.
En la ocasión a que me refiero, después de leer mis respuestas a aquellas reseñas, expresó un fuerte deseo de que la obra se publicara de inmediato en Inglaterra; y dijo que pensaba que allí hacía mucha falta y que haría un gran bien. Su opinión tenía gran peso en Inglaterra en cuestiones teológicas. El doctor Campbell, recuerdo, afirmó en su periódico que el doctor Redford era el mayor teólogo de Europa. Me quedé varias semanas en Worcester y prediqué para el doctor Redford, y también para una congregación bautista de aquella ciudad. Hubo muchas conversiones muy notables, y la obra fue de veras interesante.
Algunos caballeros adinerados de Worcester me hicieron una propuesta en este sentido. Proponían levantar un tabernáculo portátil, o casa de culto, que pudiera desmontarse y transportarse de un lugar a otro por ferrocarril y montarse de nuevo con poco gasto, con todos sus asientos y todo el mobiliario de una casa de culto. Proponían construirlo de ciento cincuenta pies de lado, con asientos dispuestos de modo que cupieran cinco o seis mil personas. Dijeron que, si yo consentía en usarlo y predicar en él de lugar en lugar, según lo exigieran las circunstancias, durante seis meses, ellos correrían con el gasto de construirlo. Pero al consultar a los ministros de aquel lugar, me aconsejaron que no lo hiciera. Pensaban que sería más útil que yo ocupara los púlpitos de las congregaciones ya establecidas en distintas partes de Inglaterra, que recorrer Inglaterra predicando de manera independiente, como proponían aquellos caballeros.
Como tenía razones para creer que los ministros en general desaprobarían un proceder entonces tan novedoso, me negué a comprometerme a usarlo. Desde entonces he pensado que probablemente cometí un error; porque cuando llegué a conocer las congregaciones y los lugares de culto de las iglesias independientes, los encontré por lo general tan pequeños, tan mal ventilados, tan mal situados, tan cercados y constreñidos por la Iglesia —me refiero, claro está, a la Iglesia oficial—, que desde entonces me ha parecido dudoso que acertara; pues he llegado a opinar que, en conjunto, podría haber hecho mucho mayor bien en Inglaterra llevando, por así decirlo, mi propia casa de culto conmigo, yendo adonde quisiera y procurando reunir a las multitudes sin atender a denominaciones. Si mis fuerzas fueran ahora las de entonces, me sentiría muy inclinado a visitar Inglaterra de nuevo y probar un experimento de ese tipo. El doctor Redford quedó muy impresionado por la obra en Worcester; y en las asambleas anuales de mayo en Londres se dirigió a la Unión Congregacional de Inglaterra y Gales y dio un relato muy interesante de aquella obra. Asistí a aquellas reuniones de mayo, pues estaba a punto de comenzar a trabajar con el doctor John Campbell en Londres.
El doctor Campbell era sucesor de Whitefield, y pastor de la iglesia del Tabernáculo de Finsbury, en Londres, y también de la capilla de Tottenham Court Road. Ambas capillas están en Londres, a unas tres millas una de otra. Se construyeron para el señor Whitefield, y él las ocupó durante años. El doctor Campbell era además por entonces director del British Banner, del Christian Witness y de uno o dos periódicos más. Su voz era tal que no predicaba, sino que dedicaba su tiempo a dirigir esas publicaciones. Vivía en la casa pastoral donde había residido Whitefield, y usaba, según creo, la misma biblioteca que había usado Whitefield. El retrato de Whitefield colgaba en su estudio del Tabernáculo. El buen sabor de su nombre seguía allí; pero debo decir que el espíritu que había reposado sobre él no se notaba mucho en la iglesia cuando yo llegué. He dicho que el doctor Campbell no predicaba. Seguía ocupando el pastorado, residía en la casa pastoral y cobraba el sueldo; pero suplía su púlpito contratando, por unas pocas semanas cada vez, a los ministros más populares que podía conseguir para que predicaran a su pueblo. Comencé allí mis labores a principios de mayo. Quienes conocen los efectos de un cambio tan constante de ministros como el que habían tenido en el Tabernáculo no esperarían que la religión estuviera floreciente en aquella iglesia.
La casa de culto del doctor Campbell era grande. Tenía los asientos muy juntos y podía acomodar a tres mil personas largas. Un amigo mío se tomó especial empeño en averiguar cuál de los dos podía albergar a más gente, el Tabernáculo de Moorfields o Finsbury, o el gran Exeter Hall, del que todo el mundo ha oído hablar. Se comprobó que el Tabernáculo tenía asiento para varios cientos de personas más que Exeter Hall.
Capítulo 28 completado
Primera visita a Inglaterra