Memorias de Charles G. Finney
Labores en la ciudad de Nueva York en 1832, y después

Capítulo 23 · 26 min de lectura · 34 min de escucha

Labores en la ciudad de Nueva York en 1832, y después

El señor LEWIS TAPPAN, junto con otros hermanos cristianos, arrendó el teatro de Chatham Street y lo acondicionó como iglesia y como lugar adecuado para que las diversas sociedades benéficas celebraran allí sus aniversarios. Me llamaron, y acepté el pastorado de la Segunda Iglesia Presbiteriana Libre. Salí de Boston en abril de 1832 y comencé entonces mis labores en aquel teatro. El Espíritu del Señor se derramó enseguida sobre nosotros, y tuvimos un extenso avivamiento aquella primavera y aquel verano.

Hacia mediados del verano apareció el cólera en Nueva York por primera vez. El pánico fue grande, y muchísimos cristianos huyeron al campo. El cólera fue muy violento en la ciudad aquel verano, más que en ninguna otra ocasión desde entonces, y resultó especialmente mortífero en la parte de la ciudad donde yo vivía. Recuerdo haber contado, desde la puerta de nuestra casa, cinco carrozas fúnebres detenidas al mismo tiempo ante distintas puertas a la vista. Permanecí en Nueva York hasta bien entrado el final del verano, pues no quería abandonar la ciudad mientras la mortandad era tan grande. Pero vi que aquello iba minando mi salud, y a finales del verano me fui al campo durante dos o tres semanas. A mi regreso fui instalado como pastor de la iglesia. Durante el culto de instalación me sentí enfermo, y poco después de llegar a casa quedó claro que me había atacado el cólera. El caballero de la casa de al lado cayó enfermo más o menos al mismo tiempo, y antes del amanecer había muerto. Los remedios que se emplearon para mi recuperación causaron a mi organismo una sacudida terrible, de la que tardé mucho en reponerme.

Sin embargo, hacia la primavera pude volver a predicar. Invité a dos hermanos ministros a que me ayudaran a celebrar una serie de reuniones. Predicamos por turno durante dos o tres semanas, pero se logró muy poco. Vi que no era esa la manera de promover un avivamiento allí, y di por terminadas las reuniones en esa forma.

El día de reposo siguiente anuncié que predicaría todas las noches durante la semana, y enseguida comenzó un avivamiento que llegó a ser muy poderoso. Seguí predicando veinte noches consecutivas, además de predicar el día de reposo. Mi salud aún no era vigorosa, y después de predicar veinte noches suspendí esa forma de trabajo. Los convertidos que conocíamos sumaban quinientos, y nuestra iglesia llegó a ser tan grande que muy pronto se envió una colonia a formar otra iglesia; y para ese fin se levantó un edificio adecuado en la esquina de las calles Madison y Catharine.

La obra siguió avanzando de una manera muy interesante. Celebrábamos reuniones de inquiridores una o dos veces por semana, y a veces con más frecuencia, y cada semana se informaba de un buen número de conversiones. La iglesia era un pueblo que oraba y trabajaba. Estaban plenamente unidos, bien adiestrados en las labores para la conversión de los pecadores, y eran una iglesia de Cristo sumamente consagrada y eficaz. Salían por los caminos y por los vallados y traían gente a oír la predicación siempre que se les pedía. Tanto hombres como mujeres emprendían esta tarea. Cuando queríamos anunciar alguna reunión extraordinaria, los miembros de la iglesia llevaban de casa en casa, en todas direcciones, unas pequeñas hojas de papel con una invitación impresa a asistir a los cultos, sobre todo en la parte de la ciudad donde se encontraba la capilla de Chatham Street, como la llamábamos. Con el reparto de estas hojas y con invitaciones de palabra se podía llenar el local cualquier noche de la semana. Nuestras señoras no tenían miedo de ir a recoger a toda clase de gente del vecindario. Era algo nuevo celebrar cultos religiosos en aquel teatro, en lugar de las escenas que antes se habían representado allí.

Había tres salas conectadas con la parte delantera del teatro, salas largas y amphas, que se acondicionaron para reuniones de oración y como sala de conferencias. Esas salas se habían usado para fines muy distintos mientras el edificio principal funcionaba como teatro. Pero, acondicionadas para nuestro propósito, resultaban sumamente prácticas. Había tres pisos de galerías, y cada una de esas salas comunicaba con una de las galerías, una encima de otra.

Instruí a los miembros de mi iglesia para que se repartieran por todo el local y estuvieran atentos a cualquiera que se mostrara seriamente afectado por la predicación y, si era posible, lo retuvieran después del sermón para conversar y orar. Fueron fieles a lo que se les enseñó, y en cada reunión estaban al acecho para ver en quiénes surtía efecto la palabra de Dios; y tenían fe suficiente para desechar sus temores y hablar a cualquiera que vieran afectado por la palabra. De este modo se logró la conversión de muchísimas almas. Los invitaban a pasar a aquellas salas, y allí podíamos conversar y orar con ellos, y así recoger los frutos de cada sermón.

Un caso que recuerdo en este momento ilustrará la manera en que trabajaban los miembros. La firma Naylor y Compañía, que era entonces la gran fabricante de cuchillería de Sheffield, en Inglaterra, tenía una casa en Nueva York y un socio llamado H——. El señor H—— era un hombre mundano, había viajado mucho y había residido en varias de las principales ciudades de Europa. Uno de los empleados de aquel establecimiento había venido a nuestras reuniones y se había convertido, y estaba muy ansioso por la conversión del señor H——. El joven dudó durante algún tiempo si invitarlo a nuestras reuniones, pero al fin se atrevió a hacerlo; y, accediendo a sus fervientes ruegos, el señor H—— vino una noche a la reunión.

Dio la casualidad de que se sentó cerca del pasillo central, frente al lugar donde se sentaba el señor Tappan. El señor Tappan vio que durante el sermón mostraba mucha emoción y que a ratos parecía inquieto, como si estuviera a punto de salir.

El señor H—— me reconoció más tarde que varias veces estuvo a punto de marcharse, porque el sermón lo había conmovido mucho. Pero se quedó hasta que se pronunció la bendición. El señor Tappan no le quitó el ojo de encima y, en cuanto se pronunció la bendición, se presentó como el señor Tappan, socio de Arthur Tappan y Compañía, firma bien conocida por todo el mundo en Nueva York.

He oído al propio señor H—— contar los hechos con gran emoción. Decía que el señor Tappan se le acercó, lo tomó suavemente por el botón del abrigo, le habló con mucha amabilidad y le preguntó si no se quedaría para orar y conversar. Él trató de excusarse y de escabullirse; pero el señor Tappan era tan caballeroso y tan amable que no podía librarse de él fácilmente. Insistió, y, como lo expresó el señor H——, «me tenía bien sujeto del botón, de modo que —dijo— una onza de peso en mi botón fue el medio de salvar mi alma». La gente se retiró, y al señor H——, entre otros, lo persuadieron a quedarse. Según nuestra costumbre, tuvimos una conversación a fondo; y el señor H—— se convirtió, según todas las esperanzas, entonces mismo o muy poco después.

Cuando llegué por primera vez a la capilla de Chatham Street, informé a los hermanos de que no deseaba llenar el local con cristianos de otras iglesias, pues mi propósito era recoger del mundo. Quería lograr la conversión de los impíos en la mayor medida posible. Así que nos dedicamos a trabajar por esa clase de personas y, con la bendición de Dios, con buen éxito. Las conversiones se multiplicaron tanto que nuestra iglesia pronto se hacía tan grande que enviábamos una colonia; y cuando dejé Nueva York teníamos, creo, siete iglesias libres, cuyos miembros trabajaban con todas sus fuerzas por la salvación de las almas.

Se sostenían sobre todo con las ofrendas que se recogían de un día de reposo a otro. Si en algún momento había un déficit en la tesorería, varios hermanos acomodados lo cubrían enseguida de su propio bolsillo; de modo que nunca tuvimos la menor dificultad para atender las necesidades económicas.

Nunca conocí un pueblo más unido, más dado a la oración y más eficaz que los miembros de aquellas iglesias libres. No pertenecían a la clase rica, aunque entre ellos había varios hombres acomodados. For lo general procedían de las clases media y baja del pueblo. Eso era lo que nos proponíamos: predicar el evangelio especialmente a los pobres.

Cuando llegué a Nueva York ya tenía una opinión formada sobre la cuestión de la esclavitud, y deseaba ardientemente despertar la atención pública sobre ese asunto. Sin embargo, no me desvié para convertirlo en una obsesión, ni para distraer la atención del pueblo de la obra de convertir almas. Con todo, en mis oraciones y en mi predicación aludía tan a menudo a la esclavitud, y la denunciaba de tal modo, que llegó a producirse una considerable agitación entre la gente.

Mientras trabajaba en la capilla de Chatham Street, ocurrieron con el presbiterio algunos sucesos que llevaron a la formación de una iglesia congregacional y a que yo llegara a ser su pastor. Vino a nosotros un miembro de una de las iglesias antiguas, y pronto se nos informó de que, antes de venir, había cometido una falta por la que debía ser disciplinado. Yo suponía que, puesto que se nos había recomendado como miembro en plena comunión de otra iglesia, y puesto que la falta se había cometido antes de que dejara esa iglesia, a ella le correspondía disciplinarlo. La cuestión se llevó ante el Tercer Presbiterio de Nueva York, al que yo pertenecía entonces, y decidieron que estaba bajo nuestra jurisdicción y que a nosotros nos correspondía tomar el caso en nuestras manos y disciplinarlo. Así lo hicimos.

Pero pronto se presentó otro caso: una mujer vino de una de las iglesias y se unió a nosotros, y descubrimos que, antes de venir, había cometido una falta que requería disciplina. De acuerdo con lo que el presbiterio había resuelto en el otro caso, procedimos a excomulgarla. Ella apeló de la decisión del consistorio ante el presbiterio, y este decidió que la falta no se había cometido bajo nuestra jurisdicción, resolviendo de un modo directamente opuesto a su resolución anterior. Protesté y les dije que no sabía cómo actuar; que los dos casos eran exactamente iguales y que sus resoluciones en ambos eran del todo incoherentes y contrarias entre sí. El doctor Cox respondió que no se dejarían gobernar por su propio precedente ni por ningún otro; y habló con tanto calor e insistió tanto en el caso que el presbiterio se puso de su parte.

Poco después surgió la cuestión de construir el Tabernáculo de Broadway. Los hombres que lo construyeron, y los miembros principales que formaron allí la iglesia, lo construyeron en el entendido de que yo sería su pastor, y formaron una iglesia congregacional. Entonces pedí mi baja del presbiterio y llegué a ser pastor de aquella iglesia congregacional.

Pero debí haber dicho que en enero de 1834 me vi obligado a ausentarme por motivos de salud y a emprender un viaje por mar. Así que navegué por el Mediterráneo en un pequeño bergantín, en pleno invierno. Tuvimos una travesía muy tormentosa. Mi camarote era pequeño y, en conjunto, estuve muy incómodo; y el viaje no mejoró mucho mi salud. Pasé algunas semanas en Malta y también en Sicilia. Estuve fuera unos seis meses. A mi regreso encontré una gran agitación en Nueva York. Los miembros de mi iglesia, junto con otros abolicionistas de Nueva York, habían celebrado una reunión el cuatro de julio, en la que se pronunció un discurso sobre la tenencia de esclavos. Se levantó una turba, y aquello fue el comienzo de la serie de motines que se extendieron en muchas direcciones, cada vez y dondequiera que había una reunión antiesclavista o se alzaba una voz contra la abominable institución de la esclavitud.

Sin embargo, seguí adelante con mis labores en Chatham Street. La obra de Dios revivió enseguida y avanzó con gran interés, convirtiéndose personas en casi todas las reuniones, si no en todas. Seguí trabajando así en Chatham Street, y la iglesia siguió floreciendo y extendiendo su influencia y sus labores en todas direcciones, hasta que se terminó el Tabernáculo de Broadway.

El plano del interior de aquel edificio fue mío. Había observado los defectos de las iglesias en cuanto a la acústica, y estaba seguro de poder trazar el plano de una iglesia en la que pudiera hablar con facilidad a una congregación mucho mayor de la que cabía en cualquier local que yo hubiera visto. Se consultó a un arquitecto y le di mi plano. Pero él puso objeciones: decía que no tendría buen aspecto, y temía que perjudicara su reputación construir una iglesia con un interior como aquel. Le dije que, si no la construía según ese plano, no era el hombre indicado para dirigir la obra en absoluto. Al final se construyó conforme a mis ideas, y resultó un lugar sumamente amplio y cómodo para hablar.

A este propósito debo relatar el origen del New York Evangelist. Cuando llegué por primera vez a la ciudad de Nueva York, y ya antes de que llegara, el New York Observer, en manos del señor Morse, había entrado en la controversia originada por la oposición del señor Nettleton a los avivamientos del centro del estado de Nueva York. El Observer había respaldado la conducta del señor Nettleton y se negaba a publicar nada del otro lado. El señor Morse publicaba en el Observer los escritos del señor Nettleton y sus amigos; pero si algún amigo de aquellos avivamientos daba una respuesta, no la publicaba. En tal estado de cosas, nuestros amigos no tenían ningún órgano por el cual comunicarse con el público para corregir los malentendidos.

El juez Jonas Platt, del tribunal supremo, vivía entonces en Nueva York y era amigo mío. Su hijo y su hija se habían convertido, según toda esperanza, en el avivamiento de Utica. Los amigos de aquellos avivamientos hicieron un esfuerzo considerable por obtener audiencia sobre la cuestión debatida, pero todo fue en vano. Un día el juez Platt encontró, pegada en el interior de la tapa de uno de sus viejos libros de derecho, una carta escrita por uno de los pastores de Nueva York contra Whitefield, en la época en que este estaba en el país. Aquella carta del pastor neoyorquino le pareció al juez Platt tan semejante a la oposición del señor Nettleton que la envió al New York Observer, pidiendo que se publicara como curiosidad literaria, ya que se había escrito casi cien años antes. El señor Morse se negó a publicarla, alegando como razón que la gente la consideraría aplicable a la oposición del señor Nettleton.

Al fin, algunos de los amigos de los avivamientos en Nueva York se reunieron y deliberaron sobre la conveniencia de fundar un nuevo periódico que tratara con justicia esas cuestiones. Finalmente emprendieron la empresa. Yo los ayudé a sacar el primer número, en el que invité a ministros y laicos a considerar y discutir varias cuestiones de teología, así como cuestiones relativas a los mejores medios de promover los avivamientos de la religión.

El primer director del periódico fue un tal señor Saxton, un joven que antes había trabajado bastante con el señor Nettleton, pero que desaprobaba firmemente el rumbo que este había tomado al oponerse a lo que entonces llamaba «los avivamientos del oeste». Este joven permaneció en la dirección cerca de un año y trató con considerable habilidad muchas de las cuestiones que se habían propuesto para su discusión. El periódico cambió de director quizá dos o tres veces en otros tantos años; y por último se llamó al reverendo Joshua Leavitt, que aceptó la dirección. Él, como todo el mundo sabe, fue un director capaz. El periódico pronto alcanzó una amplia circulación y demostró ser un medio por el cual los amigos de los avivamientos, tal como existían entonces, podían comunicar sus ideas al público.

He hablado de la construcción del Tabernáculo y de la agitación que había en Nueva York en torno a la esclavitud. Cuando el Tabernáculo estaba a punto de terminarse, ya levantadas las paredes y puesto el tejado, se hizo circular el rumor de que iba a ser «una iglesia de amalgamación», en la que se obligaría a negros y blancos a sentarse mezclados por todo el local. Tal era el estado de la opinión pública en Nueva York en aquel tiempo, que este rumor provocó una gran agitación, y alguien prendió fuego al edificio. Los bomberos estaban en tal disposición de ánimo que se negaron a apagarlo, y dejaron que se consumieran el interior y el tejado. Sin embargo, los caballeros que habían emprendido la construcción siguieron adelante y la terminaron.

A medida que crecía la agitación sobre la esclavitud, el señor Leavitt abrazó la causa del esclavo y la defendió en el New York Evangelist. Yo seguía la discusión con bastante atención y preocupación, y cuando estaba a punto de partir en el viaje por mar al que me he referido, advertí al señor Leavitt que tuviera cuidado y no fuera demasiado deprisa en la discusión de la cuestión antiesclavista, no fuera a arruinar su periódico. En el viaje de regreso, mi mente se vio sumamente ejercitada por la cuestión de los avivamientos. Temía que decayeran en todo el país. Temía que la oposición que se les había hecho hubiera contristado al Espíritu Santo. Mi propia salud, según me parecía, estaba casi o del todo quebrantada, y no conocía a ningún otro evangelista que saliera al campo a ayudar a los pastores en la obra de avivamiento. Esta manera de ver el asunto me afligió tanto que un día me encontré incapaz de descansar. Mi alma estaba en completa agonía. Pasé casi todo el día orando en mi camarote, o paseando por la cubierta en intensa agonía, a la vista del estado de las cosas. De hecho, me sentía aplastado por la carga que pesaba sobre mi alma. No había nadie a bordo a quien pudiera abrir mi corazón, ni decirle una palabra.

Era el espíritu de oración lo que estaba sobre mí; algo que a menudo había experimentado antes en su clase, pero quizá nunca en tal grado ni durante tanto tiempo. Supliqué al Señor que siguiera adelante con su obra y que se proveyera de los instrumentos que fueran necesarios. Era un largo día de verano, a principios de julio. Después de un día de lucha y agonía indecibles en mi alma, justo al anochecer, el asunto se aclaró en mi mente. El Espíritu me llevó a creer que todo saldría bien y que Dios tenía aún una obra para mí; que podía quedarme tranquilo; que el Señor seguiría adelante con su obra y me daría fuerzas para tomar en ella la parte que él deseara. Pero no tenía la menor idea de cuál sería el curso de su providencia.

Al llegar a Nueva York encontré, como he dicho, muy intensa la agitación de las turbas a propósito de la esclavitud. Me quedé apenas uno o dos días en Nueva York y me fui al campo, al lugar donde mi familia pasaba el verano. Cuando volví a Nueva York, en el otoño, el señor Leavitt vino a verme y me dijo: «Hermano Finney, he arruinado el Evangelist. No he sido tan prudente como usted me aconsejó, y me he adelantado tanto a la comprensión y al sentir del público sobre el tema que la lista de suscriptores está disminuyendo rápidamente; y no podremos seguir publicándolo más allá del primero de enero, a menos que usted pueda hacer algo para devolverle al periódico el favor del público. Le dije que mi salud era tal que no sabía qué podía hacer, pero que lo convertiría en motivo de oración. Me dijo que, si yo podía escribir una serie de artículos sobre los avivamientos, no le cabía duda de que eso devolvería enseguida al periódico el favor del público. Después de pensarlo uno o dos días, le propuse predicar a mi congregación una serie de discursos sobre los avivamientos de la religión, que él podría reseñar para su periódico. Aceptó la idea al instante. «Eso es justo lo que hace falta», dijo; y en el número siguiente de su periódico anunció la serie de discursos. Esto tuvo el efecto que él deseaba, y poco después me dijo que la lista de suscriptores aumentaba muy rápidamente; y, extendiendo sus largos brazos, dijo: «Cada día tengo tantos suscriptores nuevos como para llenarme los brazos de periódicos si diera un solo número a cada uno». Antes me había dicho que su lista de suscriptores había caído a razón de sesenta al día. Pero ahora decía que aumentaba más deprisa de lo que nunca había disminuido.

Comencé enseguida la serie de discursos y la continué durante todo el invierno, predicando uno cada semana. El señor Leavitt no sabía taquigrafía, pero se sentaba a tomar notas, abreviando lo que escribía de manera que él mismo pudiera entenderlo; y al día siguiente se sentaba a completar sus notas y las enviaba a la imprenta. Yo no veía lo que él había reseñado hasta que lo veía publicado en su periódico. For supuesto, no escribía yo los discursos; eran del todo improvisados. No decidía, de una vez para otra, cuál sería el discurso siguiente hasta que veía su reseña del último. Entonces podía ver cuál era la siguiente cuestión que naturalmente había que tratar. Las reseñas del hermano Leavitt eran escasas en cuanto a la materia que contenían los discursos. Los discursos duraban por término medio, si no recuerdo mal, no menos de una hora y tres cuartos. Pero todo lo que él podía captar y reseñar se podía leer probablemente en treinta minutos.

Estos discursos se publicaron después en un libro con el título de «Discursos sobre el avivamiento», de Finney. Se vendieron doce mil ejemplares tan deprisa como se podían imprimir. Y aquí, para gloria de Cristo, diré que se han reimpreso en Inglaterra y en Francia; se tradujeron al galés; y en el continente se tradujeron al francés y, según creo, al alemán; y circularon muy ampliamente por toda Europa y por las colonias de Gran Bretaña. Supongo que se hallaban dondequiera que se habla la lengua inglesa. Después de que se imprimieran en galés, los ministros congregacionales del Principado de Gales, en una de sus reuniones públicas, nombraron una comisión para informarme del gran avivamiento que había resultado de la traducción de aquellos discursos a la lengua galesa. Lo hicieron por carta. Un editor de Londres me informó de que su padre había publicado ochenta mil ejemplares. Estos discursos sobre el avivamiento, por escasa que fuera la reseña que se hizo de ellos y por débiles que fueran en sí mismos, han sido instrumento, según he sabido, para promover avivamientos en Inglaterra, en Escocia y en Gales, en diversos lugares del continente, en el Canadá Oriental y Occidental, en Nueva Escocia y en algunas de las islas del mar.

En Inglaterra y en Escocia me he sentido a menudo reconfortado al encontrarme con ministros y laicos, en gran número, que se habían convertido, directa o indirectamente, por medio de aquellos discursos. Recuerdo que la última vez que estuve en el extranjero, una noche, tres ministros del evangelio muy destacados se me presentaron después del sermón y me dijeron que, cuando estaban en la universidad, cayeron en sus manos mis discursos sobre el avivamiento, y que a raíz de ello llegaron a ser ministros. Encontré en Inglaterra personas de todas las denominaciones que no solo habían leído aquellos discursos sobre el avivamiento, sino que habían sido grandemente bendecidas al leerlos. Cuando se publicaron por primera vez en el New York Evangelist, su lectura dio lugar a avivamientos de la religión en multitud de lugares de todo este país.

Pero esto no fue obra de la sabiduría de hombres. Recuerde el lector aquel largo día de agonía y oración en el mar, pidiendo que Dios hiciera algo para impulsar la obra de los avivamientos y me capacitara, si él así lo deseaba, para tomar un camino que ayudara a impulsarla. Entonces me sentí seguro de que mis oraciones serían contestadas; y he considerado todo lo que desde entonces he podido realizar como, en un sentido muy importante, una respuesta a las oraciones de aquel día. El espíritu de oración vino sobre mí como una gracia soberana, concedida sin el menor mérito de mi parte y a pesar de toda mi pecaminosidad. Él apremió mi alma en oración hasta que pude prevalecer; y, por las infinitas riquezas de la gracia en Cristo Jesús, llevo muchos años presenciando los maravillosos resultados de aquel día de lucha con Dios. En respuesta a la agonía de aquel día, él ha seguido dándome el espíritu de oración.

Poco después de volver a Nueva York, comencé mis labores en el Tabernáculo. El Espíritu del Señor se derramó sobre nosotros, y tuvimos un precioso avivamiento mientras seguí siendo pastor de aquella iglesia. Estando en Nueva York, recibí muchas solicitudes de jóvenes que querían que los tomara como estudiantes de teología. Sin embargo, tenía demasiado entre manos para emprender semejante tarea. Pero los hermanos que construyeron el Tabernáculo lo tenían en cuenta, y prepararon una sala debajo del coro, que pensábamos usar para reuniones de oración, pero sobre todo como aula de teología. El número de solicitudes había sido tan grande que yo había decidido dar cada año en esa sala un curso de lecciones de teología y dejar que asistieran gratuitamente los estudiantes que quisieran.

Pero por entonces, y antes de que yo comenzara mis lecciones en Nueva York, se produjo la ruptura en el Seminario Lane, a causa de que los síndicos prohibieron a los estudiantes discutir la cuestión de la esclavitud. Cuando esto ocurrió, el señor Arthur Tappan me propuso que, si yo iba a algún lugar de Ohio y alquilaba locales donde pudiera reunir a aquellos jóvenes, darles mis ideas teológicas y prepararlos para la obra de predicar por todo el Oeste, él correría con todos los gastos de la empresa. Insistió mucho en esta propuesta. Pero yo no sabía cómo dejar Nueva York, ni veía cómo podía cumplir los deseos del señor Tappan, aunque simpatizaba mucho con él en cuanto a ayudar a aquellos jóvenes. La mayoría de ellos se habían convertido en aquellos grandes avivamientos en los que yo había tomado parte en mayor o menor medida.

Mientras se consideraba este asunto, creo que en enero de 1835, llegaron a Nueva York el reverendo John Jay Shipherd, de Oberlin, y el reverendo Asa Mahan, de Cincinnati, para persuadirme de que fuera a Oberlin como profesor de teología. El señor Mahan había sido uno de los síndicos del Seminario Lane: el único, creo, que se había opuesto a la prohibición de la libre discusión. El señor Shipherd había fundado una colonia y organizado una escuela en Oberlin como un año antes, y había obtenido una carta constitutiva lo bastante amplia para una universidad. El señor Mahan nunca había estado en Oberlin. Se habían talado los árboles del recinto del colegio, se habían levantado algunas viviendas y un edificio del colegio, y se habían reunido unos cien alumnos en el departamento preparatorio o académico de la institución.

La propuesta que me presentaron era que fuera allá y me hiciera cargo de los estudiantes que habían dejado el Seminario Lane, y les enseñara teología. Estos mismos estudiantes habían propuesto ir a Oberlin si yo aceptaba el llamamiento. La propuesta coincidía con las ideas de Arthur y Lewis Tappan y de muchos amigos del esclavo que compartían el deseo del señor Tappan de que aquellos jóvenes fueran instruidos y llevados al ministerio. Tuvimos varias consultas sobre el tema. Los hermanos de Nueva York interesados en la cuestión ofrecieron, si yo iba a pasar la mitad de cada año en Oberlin, dotar a la institución en lo tocante a las cátedras, y hacerlo de inmediato.

Yo tenía entendido que los síndicos del Seminario Lane habían actuado «por encima de» los profesores y que, en ausencia de varios de ellos, habían aprobado la odiosa resolución que había hecho que los estudiantes se marcharan. For eso le dije al señor Shipherd que no iría en ningún caso a menos que los síndicos concedieran dos puntos. Uno era que nunca se entrometieran en el régimen interno de la escuela, sino que lo dejaran por completo a discreción de los profesores. El otro era que se nos permitiera recibir a las personas de color en las mismas condiciones que a los blancos;

que no se hiciera ninguna distinción por motivo del color.

Cuando estas condiciones se enviaron a Oberlin, se convocó a los síndicos, y tras una gran lucha por vencer sus propios prejuicios y los prejuicios de la comunidad, aprobaron resoluciones que aceptaban las condiciones propuestas. Eliminada esta dificultad, se convocó a los amigos de Nueva York para ver qué podían hacer para dotar a la institución. En el curso de una o dos horas habían cubierto una suscripción para dotar ocho cátedras; tantas, según se suponía, como la institución necesitaría durante varios años.

Pero después de suscrito este fondo de dotación, sentí una gran dificultad en dejar aquel admirable lugar para predicar el evangelio, donde se reunían tales multitudes al alcance de mi voz. Estaba seguro, además, de que en esta nueva empresa encontraríamos gran oposición desde muchos frentes. For eso le dije a Arthur Tappan que no tenía paz sobre el asunto; que encontraríamos gran oposición a causa de nuestros principios antiesclavistas; y que solo podíamos esperar fondos muy escasos para levantar nuestros edificios y procurar todo el equipo necesario de un colegio; que por tanto, después de todo, no veía claro comprometerme, a menos que pudiera hacerse algo que nos garantizara los fondos indispensables.

El corazón de Arthur Tappan era tan grande como todo Nueva York, y aun podría decir que tan grande como el mundo. Cuando le expuse así el caso, me dijo: «Hermano Finney, mis ingresos personales suman por término medio unos cien mil dólares al año. Pues bien, si usted va a Oberlin, se hace cargo de esa obra, sigue adelante y se ocupa de que se levanten los edificios y se provea una biblioteca y todo lo demás, le comprometo todos mis ingresos, excepto lo que necesite para mantener a mi familia, hasta que ustedes estén libres de necesidades económicas». Como tenía plena confianza en el hermano Tappan, le dije: «Con eso basta. Hasta aquí, las dificultades quedan resueltas».

Pero aún quedaba una gran dificultad en dejar mi iglesia de Nueva York. Nunca había pensado que mis labores en Oberlin fueran a interferir con mi trabajo de avivamiento y mi predicación. For eso se acordó entre la iglesia y yo que pasaría los inviernos en Nueva York y los veranos en Oberlin, y que la iglesia correría con los gastos de mis idas y venidas.

Una vez arreglado esto, tomé a mi familia y llegué a Oberlin a comienzos del verano de 1835.

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