Memorias de Charles G. Finney
Conversión a Cristo

Capítulo 2 · 21 min de lectura · 27 min de escucha

Conversión a Cristo

Un domingo por la noche, en el otoño de 1821, tomé la decisión de resolver de una vez la cuestión de la salvación de mi alma: si era posible, haría la paz con Dios. Pero como estaba muy ocupado en los asuntos del bufete, sabía que, sin una gran firmeza de propósito, nunca llegaría a atender de verdad el asunto. For eso resolví allí mismo, en la medida de lo posible, evitar todo negocio y todo lo que pudiera distraer mi atención, y entregarme por completo a la tarea de asegurar la salvación de mi alma. Llevé a cabo esta resolución con todo el rigor y la constancia de que fui capaz. Sin embargo, me vi obligado a pasar bastante tiempo en el bufete. Pero, como lo quiso la providencia de Dios, no tuve mucho trabajo ni el lunes ni el martes, y tuve oportunidad de leer mi Biblia y dedicarme a la oración la mayor parte del tiempo.

Pero yo era muy orgulloso sin saberlo. Había supuesto que no me importaba mucho la opinión de los demás, pensaran lo que pensaran de mí; y de hecho había sido bastante singular, mientras estaba en Adams, en asistir a las reuniones de oración y en la atención que había prestado a la religión. En esto había sido tan singular que a veces la iglesia llegó a pensar que yo debía de ser un inquiridor angustiado. Pero cuando llegué a enfrentarme a la cuestión, descubrí que no quería en absoluto que nadie supiera que estaba buscando la salvación de mi alma. Cuando oraba, solo susurraba mi oración, después de haber tapado el ojo de la cerradura de la puerta, no fuera que alguien descubriera que estaba orando. Antes de aquel tiempo tenía mi Biblia sobre la mesa, junto con los libros de derecho, y nunca se me había ocurrido avergonzarme de que me encontraran leyéndola, como tampoco me habría avergonzado de que me encontraran leyendo cualquiera de mis otros libros.

Pero después de haberme dedicado en serio al asunto de mi propia salvación, mantuve mi Biblia, en lo posible, fuera de la vista. Si estaba leyéndola cuando entraba alguien, le echaba encima mis libros de derecho, para dar la impresión de que no la había tenido en la mano. En lugar de ser franco y estar dispuesto a hablar del asunto con todo el mundo, como antes, me encontré sin ganas de conversar con nadie. No quería ver a mi ministro, porque no quería que supiera cómo me sentía, y no confiaba en que entendiera mi caso y me diera la orientación que necesitaba. For las mismas razones evitaba conversar con los ancianos de la iglesia o con cualquiera de los cristianos. For un lado, me avergonzaba que supieran cómo me sentía; y por otro, temía que me orientaran mal. Me sentía encerrado con la Biblia como única guía.

Durante el lunes y el martes mi convicción aumentó; pero aun así parecía que mi corazón se endurecía más. No podía derramar una lágrima; no podía orar. No tenía oportunidad de orar más que en voz baja, y con frecuencia sentía que, si pudiera estar solo en un lugar donde pudiera usar la voz y desahogarme, encontraría alivio en la oración. Estaba retraído y evitaba, en lo posible, hablar con nadie de ningún tema. Sin embargo, procuraba hacerlo de modo que nadie llegara a sospechar que estaba buscando la salvación de mi alma.

El martes por la noche me había puesto muy nervioso, y durante la noche me sobrevino una sensación extraña, como si estuviera a punto de morir. Sabía que, si moría, me hundiría en el infierno; pero me calmé como mejor pude hasta la mañana.

A primera hora salí hacia el bufete. Pero justo antes de llegar, algo pareció salirme al paso con preguntas como estas; de hecho, parecía que la pregunta surgía dentro de mí, como si una voz interior me dijera: «¿Qué estás esperando? ¿No prometiste entregar tu corazón a Dios? ¿Y qué estás tratando de hacer? ¿Estás intentando labrarte una justicia propia?».

Justo en ese punto, toda la cuestión de la salvación del evangelio se abrió ante mi mente de una manera que en aquel momento me pareció de lo más maravillosa. Creo que entonces vi, con tanta claridad como nunca en mi vida, la realidad y la plenitud de la expiación de Cristo. Vi que su obra era una obra consumada, y que, en lugar de tener o necesitar alguna justicia propia que me recomendara ante Dios, tenía que someterme a la justicia de Dios por medio de Cristo. La salvación del evangelio me pareció el ofrecimiento de algo que había que aceptar; algo pleno y completo; y que todo lo que se necesitaba de mi parte era dar mi propio consentimiento para abandonar mis pecados y aceptar a Cristo. La salvación, me parecía, en lugar de ser algo que había que obrar con mis propias obras, era algo que se hallaba por entero en el Señor Jesucristo, quien se presentaba ante mí como mi Dios y mi Salvador.

Sin darme cuenta claramente, me había detenido en la calle, justo donde la voz interior pareció detenerme. No sé decir cuánto tiempo permanecí así. Pero después de que esta clara revelación estuvo un rato ante mi mente, pareció que se me hacía la pregunta: «¿La aceptarás ahora, hoy?». Respondí: «Sí; la aceptaré hoy, o moriré en el intento».

Al norte del pueblo, y pasando una colina, había un bosquecillo por el que yo tenía la costumbre de pasear casi a diario, más o menos, cuando hacía buen tiempo. Ya era octubre, y había pasado la época de mis frecuentes paseos por allí. Sin embargo, en lugar de ir al bufete, me di la vuelta y dirigí mis pasos hacia el bosque, sintiendo que debía estar solo, lejos de todo ojo y oído humano, para poder derramar mi oración ante Dios.

Pero aun así mi orgullo tenía que manifestarse. Al cruzar la colina, se me ocurrió que alguien podría verme y suponer que me iba a orar. Y sin embargo, probablemente no había en la tierra una sola persona que hubiera sospechado tal cosa al verme ir. Pero tan grande era mi orgullo, y tan dominado estaba por el temor de los hombres, que recuerdo que me escabullí a lo largo de la cerca hasta quedar tan lejos que nadie del pueblo pudiera verme. Luego me interné en el bosque, calculo que un cuarto de milla, pasé al otro lado de la colina y encontré un lugar donde unos árboles grandes habían caído unos sobre otros, dejando un espacio abierto entre ellos. Allí vi que podía hacerme una especie de aposento. Me metí en aquel lugar y me arrodillé para orar. Recuerdo que, al volverme para subir al bosque, dije: «Entregaré mi corazón a Dios, o nunca bajaré de allí». Recuerdo que lo repetía mientras subía: «Entregaré mi corazón a Dios antes de volver a bajar».

Pero cuando intenté orar, descubrí que mi corazón no quería orar. Había supuesto que, con solo estar donde pudiera hablar en voz alta sin que nadie me oyera, podría orar con libertad. ¡Pero he aquí que, cuando llegué a intentarlo, me quedé mudo! Es decir, no tenía nada que decirle a Dios; o, al menos, solo podía decir unas pocas palabras, y esas sin corazón. Al intentar orar, me parecía oír un crujido entre las hojas, y me detenía y alzaba la vista para ver si venía alguien. Esto lo hice varias veces.

Finalmente me encontré al borde de la desesperación. Me dije: «No puedo orar. Mi corazón está muerto para Dios y no quiere orar». Entonces me reproché haber prometido entregar mi corazón a Dios antes de salir del bosque. Cuando llegué a intentarlo, vi que no podía entregar mi corazón a Dios. Lo más íntimo de mi alma se resistía, y mi corazón no salía al encuentro de Dios. Empecé a sentir profundamente que era demasiado tarde; que sin duda Dios me había abandonado y ya no había esperanza para mí.

Me oprimía el pensamiento de lo temerario de mi promesa de entregar mi corazón a Dios aquel día o morir en el intento. Me parecía que aquello obligaba a mi alma, y sin embargo iba a romper mi voto. Me sobrevino un gran abatimiento y desaliento, y me sentí casi demasiado débil para mantenerme de rodillas.

Justo en ese momento volví a creer que oía a alguien acercarse, y abrí los ojos para ver si era así. Pero allí mismo se me mostró con claridad la revelación del orgullo de mi corazón como la gran dificultad que se interponía en el camino. Un sentimiento abrumador de mi maldad, al avergonzarme de que un ser humano me viera de rodillas ante Dios, se apoderó de mí con tanta fuerza que grité con todas mis fuerzas, y exclamé que no saldría de aquel lugar aunque me rodearan todos los hombres de la tierra y todos los demonios del infierno. «¡Cómo!», dije, «¡un pecador tan degradado como yo, de rodillas confesando sus pecados al Dios grande y santo, y avergonzado de que un ser humano, un pecador como yo, lo encuentre de rodillas tratando de hacer la paz con su Dios ofendido!». El pecado me pareció espantoso, infinito. Me quebrantó delante del Señor.

Justo en ese momento, este pasaje de la Escritura pareció caer en mi mente con un torrente de luz: «Entonces iréis y oraréis a mí, y yo os oiré. Entonces me buscaréis y me hallaréis, cuando me busquéis de todo vuestro corazón». Al instante me aferré a él con el corazón. Antes había creído en la Biblia intelectualmente; pero nunca había entrado en mi mente la verdad de que la fe era una confianza voluntaria y no un estado intelectual. Era tan consciente, como de mi propia existencia, de que en aquel momento confiaba en la veracidad de Dios. De algún modo sabía que aquello era un pasaje de la Escritura, aunque no creo haberlo leído nunca. Sabía que era la palabra de Dios y, por así decirlo, la voz de Dios lo que me hablaba. Clamé a él: «Señor, te tomo la palabra. Ahora tú sabes que te busco de todo mi corazón, y que he venido aquí a orarte; y tú has prometido oírme».

Aquello pareció zanjar la cuestión de que yo podía entonces, aquel mismo día, cumplir mi voto. El Espíritu pareció hacer hincapié en esta idea del texto: «cuando me busquéis de todo vuestro corazón». La cuestión del cuándo, es decir, del tiempo presente, pareció caer con peso en mi corazón. Le dije al Señor que lo tomaría por su palabra; que él no podía mentir; y que, por tanto, estaba seguro de que oía mi oración y de que se dejaría hallar por mí.

Entonces me dio muchas otras promesas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, especialmente algunas preciosísimas acerca de nuestro Señor Jesucristo. Jamás podré hacer entender con palabras a ningún ser humano cuán preciosas y verdaderas me parecieron aquellas promesas. Las tomé una tras otra como verdad infalible, como afirmaciones de Dios, que no puede mentir. No parecían caer tanto en mi intelecto como en mi corazón, para quedar al alcance de las facultades voluntarias de mi mente; y yo me aferraba a ellas, me las apropiaba y me agarraba de ellas como se agarra un hombre que se ahoga.

Seguí así orando y recibiendo y apropiándome de promesas durante mucho tiempo; no sé cuánto. Oré hasta que mi mente quedó tan llena que, antes de darme cuenta, estaba de pie y subiendo a paso ligero la cuesta hacia el camino. La cuestión de si me había convertido ni siquiera se me había pasado por la mente; pero mientras subía, abriéndome paso entre las hojas y los arbustos, recuerdo que dije con gran énfasis: «Si alguna vez me convierto, predicaré el evangelio».

Pronto llegué al camino que llevaba al pueblo y empecé a reflexionar sobre lo ocurrido; y descubrí que mi mente había quedado maravillosamente tranquila y en paz. Me dije: «¿Qué es esto? Debo de haber contristado al Espíritu Santo hasta hacerlo apartarse por completo. He perdido toda mi convicción. No tengo ni una pizca de preocupación por mi alma; sin duda el Espíritu me ha dejado». «¡Vaya!», pensé, «nunca en mi vida he estado tan lejos de preocuparme por mi propia salvación».

Entonces recordé lo que le había dicho a Dios mientras estaba de rodillas: que le había dicho que lo tomaría por su palabra; y, de hecho, recordé muchas cosas que había dicho, y concluí que no era de extrañar que el Espíritu me hubiera dejado; que, para un pecador como yo, aferrarse así a la palabra de Dios era presunción, si no blasfemia. Concluí que en mi exaltación había contristado al Espíritu Santo y quizá había cometido el pecado imperdonable.

Caminé tranquilamente hacia el pueblo; y mi mente estaba tan perfectamente en calma que parecía como si toda la naturaleza escuchara. Era el 10 de octubre, un día muy agradable. Me había ido al bosque inmediatamente después de un desayuno temprano, y cuando regresé al pueblo descubrí que era la hora de la comida. Sin embargo, no había tenido la menor conciencia del tiempo transcurrido; me parecía que había estado fuera del pueblo solo un rato.

Pero ¿cómo iba a explicar la calma de mi mente? Intenté recuperar mi convicción, volver a sentir la carga de pecado bajo la cual había estado luchando. Pero todo sentido de pecado, toda conciencia de pecado o culpa presente, se había apartado de mí. Me dije: «¿Qué es esto, que no puedo despertar ningún sentimiento de culpa en mi alma, siendo tan gran pecador como soy?». Intenté en vano inquietarme por mi estado presente. Estaba tan tranquilo y en paz que intenté preocuparme por eso mismo, no fuera que se debiera a que había contristado al Espíritu hasta apartarlo. Pero, por más vueltas que le diera, no lograba inquietarme en absoluto por mi alma ni por mi estado espiritual. El reposo de mi mente era indeciblemente grande. Jamás podré describirlo con palabras. El pensamiento de Dios era dulce para mi mente, y la más profunda tranquilidad espiritual se había apoderado por completo de mí. Era un gran misterio, pero no me angustiaba ni me desconcertaba.

Fui a comer y descubrí que no tenía apetito. Luego fui al bufete y vi que el juez W—— se había ido a comer. Bajé mi contrabajo y, como acostumbraba, empecé a tocar y a cantar algunas piezas de música sacra.

Pero en cuanto empecé a cantar aquellas palabras sagradas, me eché a llorar. Parecía que mi corazón se había vuelto todo líquido; y mis sentimientos estaban en tal estado que no podía oír mi propia voz cantando sin que mi sensibilidad se desbordara. Me asombré de ello e intenté contener las lágrimas, pero no pude. Después de intentarlo en vano, guardé el instrumento y dejé de cantar.

Después de la comida nos dedicamos a trasladar nuestros libros y muebles a otro despacho. Estuvimos muy ocupados en ello y apenas conversamos en toda la tarde. Mi mente, sin embargo, permaneció en aquel estado de profunda tranquilidad. Había una gran dulzura y ternura en mis pensamientos y sentimientos. Todo parecía ir bien, y nada parecía alterarme ni perturbarme en lo más mínimo.

Poco antes del anochecer se apoderó de mi mente el pensamiento de que, en cuanto me quedara solo en el nuevo despacho, intentaría orar de nuevo; que de ningún modo iba a abandonar el asunto de la religión y darlo por perdido; y que, por tanto, aunque ya no sentía ninguna preocupación por mi alma, seguiría orando.

Al anochecer ya teníamos los libros y los muebles en su sitio, y encendí un buen fuego en una chimenea abierta, con la esperanza de pasar la velada solo. Justo al oscurecer, el juez W——, viendo que todo estaba en orden, me dio las buenas noches y se fue a su casa. Yo lo había acompañado hasta la puerta; y cuando cerré la puerta y me di la vuelta, mi corazón pareció volverse líquido dentro de mí. Todos mis sentimientos parecieron alzarse y derramarse, y el clamor de mi corazón era: «Quiero derramar toda mi alma ante Dios». El impulso de mi alma era tan grande que me precipité a la habitación que había detrás del despacho principal para orar.

En la habitación no había fuego ni luz; sin embargo, me pareció que estaba perfectamente iluminada. Al entrar y cerrar la puerta tras de mí, me pareció como si me encontrara cara a cara con el Señor Jesucristo. No se me ocurrió entonces, ni durante algún tiempo después, que aquello fuera enteramente un estado mental. Al contrario, me pareció que lo veía como vería a cualquier otro hombre. No dijo nada, pero me miró de tal manera que me quebrantó allí mismo a sus pies. Desde entonces siempre he considerado esto un estado mental de lo más notable; porque me pareció una realidad que él estaba de pie delante de mí, y yo caí a sus pies y derramé mi alma ante él. Lloré en voz alta como un niño e hice las confesiones que pude con la voz ahogada. Me parecía que bañaba sus pies con mis lágrimas; y sin embargo, que yo recuerde, no tuve la impresión clara de tocarlo.

Debí de permanecer en este estado bastante tiempo, pero mi mente estaba demasiado absorta en aquel encuentro para recordar nada de lo que dije. Pero sé que, en cuanto mi mente se calmó lo suficiente para apartarse del encuentro, volví al despacho principal y vi que el fuego que había hecho con leños grandes casi se había consumido. Pero cuando me volví y estaba a punto de sentarme junto al fuego, recibí un poderoso bautismo del Espíritu Santo. Sin esperarlo, sin haber pensado nunca que hubiera tal cosa para mí, sin recordar haber oído jamás a ninguna persona en el mundo mencionar algo así, el Espíritu Santo descendió sobre mí de una manera que parecía atravesarme, cuerpo y alma. Podía sentir la impresión, como una ola de electricidad, que me atravesaba una y otra vez. De hecho, parecía venir en olas y más olas de amor líquido, porque no podría expresarlo de otro modo. Parecía el aliento mismo de Dios. Recuerdo claramente que parecía abanicarme, como unas alas inmensas.

No hay palabras que puedan expresar el maravilloso amor que fue derramado en mi corazón. Lloré en voz alta de gozo y de amor; y no sé si no debería decir que literalmente bramaba las efusiones indecibles de mi corazón. Estas olas pasaban sobre mí, y sobre mí, y sobre mí, una tras otra, hasta que recuerdo que grité: «Moriré si estas olas siguen pasando sobre mí». Dije: «Señor, no puedo soportar más»; y sin embargo no tenía miedo de la muerte. No sé cuánto tiempo permanecí en este estado, con este bautismo rodando sobre mí y atravesándome. Pero sé que era ya tarde, por la noche, cuando un miembro de mi coro —pues yo era el director del coro— entró en el despacho a verme. Era miembro de la iglesia. Me encontró en este estado de llanto en voz alta y me dijo: «Señor Finney, ¿qué le pasa?». Durante un rato no pude responderle. Entonces dijo: «¿Le duele algo?». Me recompuse como mejor pude y respondí: «No, pero soy tan feliz que no puedo vivir».

Se dio la vuelta y salió del despacho, y a los pocos minutos regresó con uno de los ancianos de la iglesia, cuya tienda estaba casi enfrente de nuestro despacho. Este anciano era un hombre muy serio; en mi presencia había sido siempre muy circunspecto, y casi nunca lo había visto reír. Cuando entró, yo estaba más o menos en el mismo estado en que me encontraba cuando el joven salió a llamarlo. Me preguntó cómo me sentía, y empecé a contárselo. En lugar de decir nada, le dio un ataque de risa de lo más convulsivo. Parecía que le era imposible dejar de reír desde lo más hondo de su corazón.

Había en el vecindario un joven que se preparaba para entrar en la universidad, con quien yo había tenido mucha intimidad. Nuestro ministro, según supe después, había hablado repetidas veces con él sobre el tema de la religión y le había advertido que no se dejara descarriar por mí. Le dijo que yo era un joven muy descuidado en cuanto a la religión, y pensaba que, si se juntaba mucho conmigo, su mente se distraería y no se convertiría.

Después de que yo me convertí, y de que este joven se convirtió, me contó que varias veces, cuando el señor Gale lo amonestaba por juntarse tanto conmigo, le había dicho que mis conversaciones a menudo le habían afectado más, en lo religioso, que su predicación. De hecho, yo había desahogado bastante mis sentimientos con este joven.

Pero justo cuando estaba contándole mis sentimientos a este anciano de la iglesia y al otro miembro que estaba con él, este joven entró en el despacho. Yo estaba sentado de espaldas a la puerta y apenas noté que entraba. Escuchó con asombro lo que yo decía, y lo primero que supe fue que medio cayó al suelo y gritó en la mayor agonía de espíritu: «¡Oren por mí, se lo ruego!». El anciano de la iglesia y el otro miembro se arrodillaron y empezaron a orar por él; y cuando terminaron, oré yo mismo por él. Poco después todos se retiraron y me dejaron solo.

Entonces surgió en mi mente la pregunta: «¿For qué se rió así el anciano B——? ¿No pensaría que yo estaba bajo un engaño, o loco?». Esta sugerencia trajo una especie de oscuridad sobre mi mente, y empecé a preguntarme si era correcto que yo —un pecador como el que había sido— orara por aquel joven. Pareció cerrarse una nube sobre mí; no tenía asidero en nada en que pudiera descansar; y al poco rato me fui a la cama, no angustiado, pero todavía sin saber qué pensar de mi estado. A pesar del bautismo que había recibido, esta tentación oscureció tanto mi visión que me acosté sin estar seguro de haber hecho la paz con Dios.

Pronto me dormí, pero casi enseguida desperté de nuevo a causa del gran torrente del amor de Dios que había en mi corazón. Estaba tan lleno de amor que no podía dormir. Pronto volví a dormirme, y desperté de la misma manera. Cuando despertaba, esta tentación volvía sobre mí, y el amor que parecía haber en mi corazón disminuía; pero en cuanto me dormía, sentía tal calor dentro de mí que despertaba de inmediato. Así seguí hasta que, ya muy entrada la noche, logré descansar profundamente.

Cuando desperté por la mañana, el sol ya había salido y derramaba una luz clara en mi habitación. No hay palabras que puedan expresar la impresión que me causó aquella luz del sol. Al instante, el bautismo que había recibido la noche anterior volvió sobre mí de la misma manera. Me incorporé de rodillas en la cama y lloré en voz alta de gozo, y durante un rato estuve demasiado abrumado por el bautismo del Espíritu para hacer otra cosa que derramar mi alma ante Dios. Parecía que el bautismo de aquella mañana venía acompañado de una suave reprensión, y el Espíritu parecía decirme: «¿Dudarás?». «¿Dudarás?». Clamé: «¡No! No dudaré; no puedo dudar». Entonces él aclaró tanto el asunto a mi mente que de hecho me fue imposible dudar de que el Espíritu de Dios había tomado posesión de mi alma. En este estado se me enseñó la doctrina de la justificación por la fe como una experiencia presente. Esa doctrina nunca se había apoderado de mi mente de tal manera que yo la hubiera visto claramente como una doctrina fundamental del evangelio. De hecho, no sabía en absoluto lo que significaba en su sentido propio. Pero ahora podía ver y entender lo que quería decir el pasaje: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo». Podía ver que, en el momento en que creí, allá arriba en el bosque, todo sentido de condenación había desaparecido por completo de mi mente; y que, desde ese momento, no podía sentir culpa ni condenación por más esfuerzo que hiciera. Mi sentimiento de culpa había desaparecido; mis pecados habían desaparecido; y no creo que sintiera más culpa que si nunca hubiera pecado.

Esta era justamente la revelación que necesitaba. Me sentía justificado por la fe y, hasta donde podía ver, me hallaba en un estado en el que no pecaba. En lugar de sentir que pecaba todo el tiempo, mi corazón estaba tan lleno de amor que rebosaba. Mi copa rebosaba de bendición y de amor, y no podía sentir que estuviera pecando contra Dios. Tampoco podía recuperar el más mínimo sentimiento de culpa por mis pecados pasados. De esta experiencia, que yo recuerde, no dije nada a nadie en aquel momento; es decir, de esta experiencia de la justificación.

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