Capítulo 1 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Nacimiento y primera educación
Ha agradado a Dios, en cierta medida, unir mi nombre y mis labores a un amplio movimiento de la iglesia de Cristo, que algunos consideran una nueva era en su avance, especialmente en lo que se refiere a los avivamientos religiosos. Como este movimiento supuso, en gran medida, el desarrollo de ciertas maneras de entender la doctrina cristiana que no habían sido comunes, y se produjo mediante cambios en los medios empleados para llevar adelante la obra de evangelización, era muy natural que prevaleciera algún malentendido respecto a estas formulaciones modificadas de la doctrina y al uso de estas medidas; y, en consecuencia, que hasta cierto punto incluso hombres buenos pusieran en duda la sabiduría de estas medidas y la solidez de estas formulaciones teológicas; y que los hombres impíos se irritaran y, durante un tiempo, se opusieran tenazmente a estos grandes movimientos.
He hablado de mí mismo como vinculado a estos movimientos, pero solo como uno de los muchos ministros y otros siervos de Cristo que han tenido una parte destacada en promoverlos. Sé que cierta porción de la iglesia me ha considerado un innovador, tanto en doctrina como en medidas, y que muchos me han visto como alguien bastante destacado, sobre todo por atacar algunas de las viejas formas de pensamiento y de expresión teológica, y por exponer las doctrinas del evangelio, en muchos aspectos, con un lenguaje nuevo. Durante varios años, los amigos de aquellos avivamientos a los que se ha unido mi nombre y mi labor me han instado con insistencia a escribir su historia. Como tanto malentendido ha prevalecido acerca de ellos, se cree que la verdad histórica exige que yo mismo exponga las doctrinas que se predicaron, en lo que a mí respecta; las medidas que se emplearon; y los resultados de predicar esas doctrinas y de usar esas medidas.
Mi mente parece retroceder por instinto ante la idea de hablar tanto de mí mismo como me veré obligado a hacerlo si hablo con honestidad de aquellos avivamientos y de mi relación con ellos. For esta razón me he negado, hasta ahora, a emprender semejante obra. Últimamente los fideicomisarios del Oberlin College me han planteado el asunto y me han instado a emprenderla. Ellos, junto con muchos otros amigos de este país y de Inglaterra, han insistido en que era un deber para con la causa de Cristo que existiera en la iglesia una comprensión mejor que la que ha existido hasta ahora, sobre todo en cuanto a los avivamientos que ocurrieron en el centro del estado de Nueva York y en otros lugares desde 1821 y durante varios años después, porque esos avivamientos han sido muy tergiversados y combatidos.
Debo decir que abordo el tema con renuencia, por muchas razones. No he llevado ningún diario y, por tanto, debo depender de mi memoria. Es cierto que mi memoria es por naturaleza muy tenaz, y que los acontecimientos que he presenciado en los avivamientos religiosos han dejado una impresión muy profunda en mi mente; y recuerdo con gran claridad muchos más de los que tendré tiempo de contar. Todo el que ha presenciado avivamientos poderosos sabe que a diario se producen muchísimos casos de convicción y conversión, del mayor interés para la gente entre la cual ocurren. Cuando se conocen todos los hechos y circunstancias, a menudo producen un efecto conmovedor; y tales casos son con frecuencia tan numerosos que, si se narraran todos los hechos de gran interés de un solo avivamiento extenso en una sola localidad, llenarían un volumen grueso.
No me propongo seguir ese camino en lo que voy a escribir. Solo trazaré un bosquejo que, en conjunto, dé una idea razonablemente clara del carácter que tomaron estos avivamientos, y relataré solo unos pocos de los casos particulares de conversión que ocurrieron en distintos lugares.
Procuraré también dar cuenta de las doctrinas que se predicaron y de las medidas que se emplearon, y mencionaré, en general, los hechos que permitan a la iglesia en el futuro, al menos en parte, valorar el poder y la pureza de aquellas grandes obras de Dios.
Pero dudo en escribir un relato de aquellos avivamientos porque a menudo me ha sorprendido descubrir cuánto difiere mi propio recuerdo de los hechos del de otras personas que estuvieron en medio de aquellas escenas. Naturalmente, debo exponer los hechos tal como los recuerdo. He mencionado muchísimos de aquellos acontecimientos en mi predicación, para ilustrar las verdades que presentaba a la gente. Se me han recordado tantas veces, y yo los he mencionado tantas veces a lo largo de todos los años de mi ministerio, que no puedo menos que tener mucha confianza en que los recuerdo sustancialmente tal como ocurrieron. Si en algún caso expongo mal los hechos, o si mis recuerdos difieren mucho de los de otros, confío en que la iglesia creerá que lo que digo concuerda por completo con lo que hoy recuerdo de esos hechos. Ahora (1867-68) tengo setenta y cinco años. Naturalmente, recuerdo con más precisión las cosas que sucedieron hace muchos años que las recientes. En cuanto a las doctrinas predicadas, en lo que a mí respecta, y a los medios empleados para promover los avivamientos, creo que no puedo equivocarme.
Para dar un relato comprensible del papel que fui llamado a desempeñar en aquellas escenas, es necesario que cuente un poco de cómo llegué a adoptar las ideas doctrinales que he sostenido y predicado durante mucho tiempo, y que muchas personas han considerado objetables.
Debo empezar dando un relato muy breve de mi nacimiento, de mis primeras circunstancias y de mi educación, de mi conversión a Cristo, de mi estudio de la teología y de mi entrada en la obra del ministerio. Recuérdese que no voy a escribir una autobiografía, y que no entraré en el relato de los sucesos de mi vida privada más allá de lo que parezca necesario para explicar de forma comprensible cómo fui guiado en relación con estos grandes movimientos de la iglesia.
Nací en Warren, condado de Litchfield, Connecticut, el 29 de agosto de 1792. Cuando yo tenía unos dos años, mi padre se trasladó al condado de Oneida, Nueva York, que en aquel tiempo era en gran parte un territorio salvaje. La gente no gozaba de ningún privilegio religioso. Era muy difícil conseguir libros religiosos. Los nuevos colonos, que en su mayoría venían de Nueva Inglaterra, establecieron casi de inmediato escuelas comunes; pero entre ellos había muy poca predicación inteligente del evangelio. Gocé de los privilegios de una escuela común, verano e invierno, hasta los quince o dieciséis años, según creo; y avancé tanto que se me consideraba capaz de enseñar yo mismo en una escuela común, tal como entonces funcionaban esas escuelas.
Ninguno de mis padres profesaba la fe y, según creo, entre nuestros vecinos había muy pocas personas religiosas. Rara vez oía un sermón, salvo alguno ocasional de algún ministro itinerante, o alguna miserable perorata de algún predicador ignorante de los que a veces se encontraban en aquella región. Recuerdo muy bien que la ignorancia de los predicadores que oía era tal que la gente volvía de la reunión y pasaba un buen rato riendo sin poder contenerse de los extraños errores que se habían cometido y de los disparates que se habían dicho.
En los alrededores de la casa de mi padre acabábamos de levantar un templo e instalar a un ministro cuando mi padre se vio inducido a trasladarse otra vez al territorio salvaje que bordeaba la orilla sur del lago Ontario, un poco al sur de Sackett's Harbor. Allí viví de nuevo varios años, sin gozar de privilegios religiosos mejores que los que había tenido en el condado de Oneida.
A los veinte años, más o menos, volví a Connecticut, y de allí fui a Nueva Jersey, cerca de la ciudad de Nueva York, y me dediqué a la enseñanza. Enseñaba y estudiaba como mejor podía, y dos veces regresé a Nueva Inglaterra y asistí durante una temporada a una escuela superior. Mientras asistía a ella, pensé en ingresar en el Yale College. Mi preceptor era graduado de Yale, pero me aconsejó no ir. Dijo que sería una pérdida de tiempo, pues yo podía cursar fácilmente en dos años todo el plan de estudios de aquella institución, mientras que graduarme allí me costaría cuatro. Me presentó razones que me convencieron, y el resultado fue que no seguí adelante entonces con mi educación escolar. Sin embargo, más tarde adquirí algún conocimiento de latín, griego y hebreo. Pero nunca fui un erudito clásico, ni llegué a saber tanto de las lenguas antiguas como para considerarme capaz de criticar por mi cuenta nuestra traducción inglesa de la Biblia.
El maestro al que me he referido quería que me uniera a él para dirigir una academia en uno de los estados del Sur. Yo me inclinaba a aceptar su propuesta, con la intención de proseguir y completar mis estudios bajo su instrucción. Pero cuando informé a mis padres, a quienes no había visto en cuatro años, de mi proyectado viaje al sur, ambos vinieron enseguida a buscarme y me convencieron de que volviera a casa con ellos, al condado de Jefferson, Nueva York. Después de pasar un tiempo con ellos, decidí entrar como estudiante en el bufete del juez W——, en Adams, en aquel condado. Esto fue en 1818.
Hasta entonces nunca había gozado de lo que podría llamarse privilegios religiosos. Nunca había vivido en una comunidad que orara, salvo durante los periodos en que asistía a la escuela superior en Nueva Inglaterra; y la religión de aquel lugar era de un tipo que no podía en absoluto captar mi atención. Predicaba un clérigo anciano, un hombre excelente, muy amado y venerado por su gente; pero leía sus sermones de una manera que no dejaba en mi mente impresión alguna. Tenía un modo monótono y soporífero de leer lo que probablemente había escrito muchos años antes.
Para dar una idea de su predicación, diré que sus sermones manuscritos tenían el tamaño justo para meterlos dentro de una Biblia pequeña. Yo me sentaba en la galería y observaba que colocaba el manuscrito en medio de su Biblia e introducía los dedos en los lugares donde se hallaban los pasajes de la Escritura que iba a citar al leer el sermón. Esto le obligaba a sostener la Biblia con ambas manos y le hacía imposible todo gesto con ellas. A medida que avanzaba, leía los pasajes de la Escritura donde tenía metidos los dedos, y así iba liberando un dedo tras otro, hasta que los dedos de ambas manos quedaban fuera de sus lugares. Cuando ya había sacado todos los dedos, estaba cerca del final del sermón. Su lectura era del todo desapasionada y monótona; y aunque la gente atendía con mucha atención y reverencia a lo que leía, debo confesar que a mí no me parecía gran cosa como predicación.
Al salir de la reunión, a menudo oía a la gente hablar bien de sus sermones; y a veces se preguntaban si en lo que había dicho había querido aludir a algo que estaba ocurriendo entre ellos. Siempre parecía ser motivo de curiosidad saber a qué apuntaba, sobre todo si en su sermón había algo más que una árida discusión doctrinal. Y en realidad aquella predicación era tan buena como cualquiera que yo hubiera escuchado en otro lugar. Pero cualquiera puede juzgar si semejante predicación podía instruir o interesar a un joven que ni sabía nada de religión ni le importaba.
Cuando enseñaba en una escuela en Nueva Jersey, la predicación de la zona era principalmente en alemán. No creo haber oído ni media docena de sermones en inglés durante toda mi estancia en Nueva Jersey, que duró unos tres años.
Así que, cuando fui a Adams a estudiar derecho, era casi tan ignorante en religión como un pagano. Me había criado casi siempre en los bosques. Tenía muy poca consideración por el día de reposo y no poseía ningún conocimiento definido de la verdad religiosa.
En Adams, por primera vez, me senté con regularidad, durante bastante tiempo, bajo un ministerio instruido. El reverendo George W. Gale, de Princeton, Nueva Jersey, llegó a ser, poco después de que yo me estableciera allí, pastor de la Iglesia presbiteriana del lugar. Su predicación era del tipo de la vieja escuela; es decir, era rigurosamente calvinista; y cuando exponía las doctrinas, cosa que rara vez hacía, predicaba lo que se ha llamado hipercalvinismo. Naturalmente, se le consideraba muy ortodoxo; pero yo no lograba sacar mucha instrucción de su predicación. Como a veces le dije, me parecía que empezaba sus discursos por la mitad y daba por sentadas muchas cosas que, a mi juicio, necesitaban demostrarse. Parecía suponer que sus oyentes eran teólogos y que, por tanto, podía dar por sabidas todas las grandes doctrinas fundamentales del evangelio. Pero debo decir que su predicación más bien me dejaba perplejo que edificado.
Hasta entonces nunca había vivido en un lugar donde pudiera asistir a una reunión de oración regular. Como la iglesia celebraba una cada semana cerca de nuestro bufete, yo solía asistir y escuchar las oraciones siempre que podía ausentarme del trabajo a esa hora.
Al estudiar los fundamentos del derecho, descubrí que los autores antiguos citaban con frecuencia las Escrituras y se remitían especialmente a las instituciones mosaicas como autoridad para muchos de los grandes principios del derecho consuetudinario. Esto despertó tanto mi curiosidad que fui y compré una Biblia, la primera que tuve en mi vida; y cada vez que encontraba en los autores de derecho una referencia a la Biblia, buscaba el pasaje y lo consultaba en su contexto. Esto pronto hizo que me interesara de un modo nuevo por la Biblia, y la leí y medité en ella mucho más de lo que lo había hecho nunca. Sin embargo, gran parte de ella no la entendía.
El señor Gale tenía la costumbre de pasar con frecuencia por nuestro bufete, y parecía deseoso de saber qué impresión habían causado sus sermones en mi mente. Yo solía conversar con él con toda libertad, y ahora creo que a veces criticaba sus sermones sin piedad. Le planteaba las objeciones a sus posturas que se imponían a mi atención.
Al conversar con él y hacerle preguntas, me di cuenta de que su propia mente estaba, según me parecía, confusa, y de que no definía con precisión, ni para sí mismo, lo que quería decir con muchos de los términos importantes que usaba. De hecho, me resultaba imposible atribuir significado alguno a muchos de los términos que empleaba con gran solemnidad y frecuencia. ¿Qué quería decir con arrepentimiento? ¿Era un mero sentimiento de pesar por el pecado? ¿Era un estado de ánimo enteramente pasivo, o implicaba un elemento voluntario? Si era un cambio de mente, ¿en qué sentido lo era? ¿Qué quería decir con el término regeneración? ¿Qué significaba ese lenguaje aplicado a un cambio espiritual? ¿Qué quería decir con fe? ¿Era simplemente un estado intelectual? ¿Era solo una convicción, o persuasión, de que lo que dice el evangelio es verdad? ¿Qué quería decir con santificación? ¿Implicaba algún cambio físico en la persona, o alguna influencia física de parte de Dios? Yo no podía saberlo, ni me parecía que él mismo supiera en qué sentido usaba estos términos y otros semejantes.
Tuvimos muchísimas conversaciones interesantes, pero más bien parecían estimular mi propia mente a investigar que satisfacerme en cuanto a la verdad.
Pero a medida que leía mi Biblia y asistía a las reuniones de oración, oía predicar al señor Gale y conversaba con él, con los ancianos de la iglesia y con otros de vez en cuando, me fui inquietando mucho. Bastó un poco de reflexión para convencerme de que de ningún modo estaba en condiciones de ir al cielo si moría. Me parecía que en la religión tenía que haber algo de importancia infinita; y pronto quedó decidido en mí que, si el alma era inmortal, necesitaba un gran cambio en mi estado interior para estar preparado para la felicidad del cielo. Pero aún no había decidido si el evangelio y la religión cristiana eran verdaderos o falsos. Sin embargo, la cuestión era demasiado importante para permitirme descansar en la incertidumbre. Me llamaba especialmente la atención que las oraciones que escuchaba semana tras semana no eran contestadas, por lo que yo podía ver. De hecho, entendía por lo que decían en sus oraciones, y por otros comentarios en sus reuniones, que quienes las hacían no las consideraban contestadas.
Al leer mi Biblia, aprendí lo que Cristo había dicho acerca de la oración y de la respuesta a la oración. Había dicho: «Pedid, y recibiréis; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Forque cualquiera que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá». Leí también lo que Cristo afirma: que Dios está más dispuesto a dar su Espíritu Santo a los que se lo piden que los padres terrenales a dar buenas dádivas a sus hijos. Los oía orar continuamente por el derramamiento del Espíritu Santo, y confesar con la misma frecuencia que no recibían lo que pedían.
Se exhortaban unos a otros a despertar y comprometerse, y a orar con fervor por un avivamiento, afirmando que si cumplían con su deber, oraban por el derramamiento del Espíritu y lo hacían de veras, el Espíritu de Dios sería derramado, tendrían un avivamiento y los impenitentes se convertirían. Pero en sus reuniones de oración y de conversación confesaban continuamente, en sustancia, que no estaban avanzando nada en lograr un avivamiento.
Esta incoherencia, el hecho de que oraran tanto y no recibieran respuesta, era para mí una triste piedra de tropiezo. No sabía qué pensar de ello. Me preguntaba si debía entender que aquellas personas no eran verdaderos cristianos y que por eso no prevalecían ante Dios; o si yo entendía mal las promesas y enseñanzas de la Biblia sobre este asunto; o si debía concluir que la Biblia no era verdadera. Aquí había algo inexplicable para mí, y en cierto momento pareció que casi me empujaría al escepticismo. Me parecía que las enseñanzas de la Biblia no concordaban en absoluto con los hechos que tenía ante los ojos.
En una ocasión, estando yo en una de las reuniones de oración, me preguntaron si no deseaba que oraran por mí. Les dije que no, porque no veía que Dios contestara sus oraciones. Les dije: «Supongo que necesito que oren por mí, porque sé que soy pecador; pero no veo que les sirva de nada orar por mí, porque ustedes piden continuamente, pero no reciben. Han estado orando por un avivamiento desde que estoy en Adams, y todavía no lo tienen. Han estado orando para que el Espíritu Santo descienda sobre ustedes, y sin embargo se quejan de su flaqueza». Recuerdo haber usado entonces esta expresión: «Desde que asisto a estas reuniones ustedes han orado lo suficiente como para haber echado al diablo de Adams a fuerza de oraciones, si es que sus oraciones tienen alguna eficacia. Pero aquí siguen, orando y quejándose todavía». Hablaba muy en serio, y estaba no poco irritable, creo, por verme tan continuamente cara a cara con la verdad religiosa, lo cual era para mí algo nuevo. Pero al seguir leyendo mi Biblia, me di cuenta de que la razón por la que sus oraciones no eran contestadas era que no cumplían las condiciones reveladas bajo las cuales Dios había prometido contestar la oración; que no oraban con fe, en el sentido de esperar que Dios les diera lo que pedían.
Durante algún tiempo esta idea permaneció en mi mente como un interrogante confuso, más que en una forma definida que pudiera expresarse en palabras. Sin embargo, me alivió en cuanto a mis dudas sobre la verdad del evangelio; y después de luchar de ese modo durante unos dos o tres años, mi mente quedó del todo convencida de que, cualquiera que fuese la confusión que hubiera en mi mente, en la de mi pastor o en la de la iglesia, la Biblia era, no obstante, la verdadera palabra de Dios.
Resuelto esto, me encontré cara a cara con la cuestión de si aceptaría a Cristo tal como se presenta en el evangelio o seguiría una vida mundana. En aquel periodo, mi mente, según he sabido después, estaba tan impresionada por el Espíritu Santo que no podía dejar mucho tiempo sin resolver esta cuestión, ni podía vacilar mucho tiempo entre los dos caminos que se me presentaban.
Capítulo 1 completado
Nacimiento y primera educación