Memorias de Charles G. Finney
Avivamiento en Reading, Pensilvania

Capítulo 19 · 28 min de lectura · 36 min de escucha

Avivamiento en Reading, Pensilvania

ESTANDO ya en Filadelfia, en el corazón de la iglesia presbiteriana, donde las ideas de Princeton se abrazaban casi universalmente, debo decir con más énfasis aún que antes, si cabe, que la mayor dificultad que encontré para promover avivamientos fue la falsa instrucción que se daba al pueblo, y en especial a los pecadores que inquirían. En verdad, en toda mi vida ministerial, en cada lugar y en cada país donde he trabajado, he hallado esta dificultad en mayor o menor grado; y estoy convencido de que multitudes viven en pecado que se convertirían de inmediato si se les instruyera como es debido. El fundamento del error del que hablo es el dogma de que la naturaleza humana es pecaminosa en sí misma, y de que, por tanto, los pecadores son del todo incapaces de hacerse cristianos. Se admite, de forma expresa o virtual, que los pecadores pueden querer ser cristianos, que de veras quieren serlo, y que a menudo lo intentan, y sin embargo, de algún modo, fracasan.

Había sido costumbre, y todavía lo es en cierta medida, que los ministros, cuando predicaban el arrepentimiento y exhortaban al pueblo a arrepentirse, salvaran su ortodoxia diciéndoles que no podían arrepentirse, como tampoco podían hacer un mundo. Pero al pecador había que ponerlo a hacer algo; y, con toda su ortodoxia, no soportaban decirle que no tenía nada que hacer. For eso tenían que ponerlo, con espíritu de justicia propia, a orar pidiendo un corazón nuevo. A veces le decían que cumpliera con su deber, que perseverara en el deber, que leyera la Biblia, que usara los medios de gracia; en suma, le decían que hiciera cualquier cosa y todas las cosas, menos precisamente lo que Dios le manda hacer. Dios le manda arrepentirse ahora, creer ahora, hacerse un corazón nuevo ahora. Pero tenían miedo de presentar las demandas de Dios de esta forma, porque continuamente le estaban diciendo al pecador que no tenía capacidad alguna para hacer estas cosas.

Como ilustración de lo que he encontrado en este y en otros países, en mayor o menor grado, desde que estoy en el ministerio, mencionaré un sermón que oí al reverendo Baptist Noel, en Inglaterra, hombre bueno y ortodoxo en el sentido común del término. Su texto fue: «Arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados, pues vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor». En primer lugar, presentó el arrepentimiento no como un cambio voluntario, sino involuntario, como algo que consiste en tristeza por el pecado, un mero estado de la sensibilidad. Luego insistió en que era deber del pecador arrepentirse, y le presentó las demandas de Dios. Pero estaba predicando a una congregación ortodoxa; y no debía dejar, ni dejó, de recordarles que no podían arrepentirse; que, aunque Dios se lo exigía, él sabía que les era imposible arrepentirse, salvo en la medida en que él les diera el arrepentimiento. «Me preguntan entonces», dijo, «qué deben hacer». «Vayan a casa», respondió, «y oren pidiendo arrepentimiento; y si no llega, vuelvan a orar pidiendo arrepentimiento; y si todavía no llega, sigan orando hasta que llegue». Y ahí los dejó. La congregación era numerosa, y la gente estaba muy atenta; y de veras me costó contenerme para no gritarle a la gente que se arrepintiera, y que no pensara que cumplía con su deber con solo orar pidiendo arrepentimiento.

Tales instrucciones siempre me dolieron muchísimo; y buena parte de mi labor en el ministerio ha consistido en corregir estas ideas y en apremiar al pecador a hacer inmediatamente lo que Dios le manda hacer. Cuando me ha preguntado si el Espíritu de Dios no tiene nada que ver en ello, le he dicho: «Sí; de hecho, por ti mismo no lo harás. Pero el Espíritu de Dios está luchando ahora contigo para llevarte a hacer precisamente lo que él quiere que hagas. Está luchando para llevarte al arrepentimiento, para llevarte a creer; y lucha contigo, no para conseguir que cumplas meros actos externos, sino para cambiar tu corazón». La iglesia, en muy gran medida, ha enseñado a los pecadores a empezar la religión por fuera, y a conseguir, mediante lo que ha llamado un cumplimiento externo del deber, un cambio interior de su voluntad y sus afectos.

Pero yo siempre he tratado esto como algo totalmente equivocado, heterodoxo y peligroso en el más alto grado. Se han dado casos casi innumerables en los que he visto que el fruto de esta enseñanza, de la que me he quejado, era una comprensión equivocada del deber por parte de los pecadores; y creo poder decir que he encontrado miles de pecadores, de todas las edades, que viven bajo este engaño y que jamás pensarían que se les pide algo más que orar pidiendo un corazón nuevo, llevar una vida moral, leer la Biblia, asistir a las reuniones, usar los medios de gracia y dejar toda la responsabilidad de su conversión y salvación en manos de Dios.

Desde Filadelfia, en el invierno de 1829-30, fui a Reading, una ciudad a unas cuarenta millas al oeste de Filadelfia. En ese lugar ocurrió un incidente, que mencionaré a su debido tiempo, que fue una ilustración notable del tipo de enseñanza al que me he referido y de sus resultados naturales. En Reading había varias iglesias alemanas y una iglesia presbiteriana. El pastor de esta última era el reverendo Dr. Greer. A petición suya y de los ancianos de la iglesia, fui a trabajar allí por un tiempo.

Pronto descubrí, sin embargo, que ni el Dr. Greer ni nadie de su congregación tenía una idea justa de lo que necesitaban, ni de lo que era realmente un avivamiento. Ninguno de ellos había visto nunca un avivamiento, por lo que pude averiguar. Además, todo esfuerzo de avivamiento para aquel invierno había quedado frustrado de antemano por el acuerdo de celebrar un baile cada dos semanas, al que asistían muchos miembros de la iglesia; y uno de los principales ancianos de la iglesia del Dr. Greer era uno de los organizadores. No pude saber que el Dr. Greer hubiera dicho jamás nada en contra. No tenían predicación entre semana y creo que ninguna reunión religiosa de ningún tipo.

Cuando vi cuál era el estado de las cosas, creí mi deber decirle al Dr. Greer que o bien aquellos bailes se abandonaban muy pronto, o no se me permitiría ocupar su púlpito; que aquellos bailes, frecuentados por los miembros de su iglesia y encabezados por uno de sus ancianos, no iban a poder convivir mucho tiempo con mi predicación. Pero él dijo: «Adelante; siga usted su propio camino». Así lo hice; y prediqué tres veces el día de reposo, y cuatro veces, creo, entre semana, durante unas tres semanas, antes de decir nada acerca de otras reuniones. No teníamos reuniones de oración, creo, porque los miembros laicos nunca habían tenido la costumbre de participar en tales reuniones.

Sin embargo, el tercer día de reposo, según creo, anuncié que el lunes por la noche habría una reunión de inquiridores en la sala de conferencias, en el sótano de la iglesia. Expliqué con la mayor claridad posible el objeto de la reunión y mencioné la clase de personas que deseaba que asistieran: invité a aquellos, y solo a aquellos, que estuvieran seriamente impresionados por el estado de su alma, que hubieran decidido ocuparse del asunto de inmediato y que desearan recibir instrucción sobre la cuestión concreta de qué debían hacer para ser salvos. El Dr. Greer no puso objeción, pues lo había dejado todo a mi criterio. Pero no creo que tuviera idea de que muchos, si es que alguno, asistirían a semejante reunión con semejante invitación, ya que hacerlo sería reconocer abiertamente que estaban ansiosos por la salvación de su alma y que habían decidido ocuparse del asunto enseguida.

El lunes fue un día más bien frío y de nieve. Creo que había notado que la convicción se estaba apoderando de la congregación; aun así, dudaba de cuántos asistirían a una reunión de inquiridores. Sin embargo, al llegar la noche, fui a la reunión. Entró el Dr. Greer, y ¡he aquí! la sala de conferencias, que era grande —creo que casi tan grande como la nave de la iglesia de arriba—, estaba llena; y al mirar a su alrededor, el Dr. Greer observó que estaban presentes la mayoría de los inconversos de su congregación, y entre ellos los que eran tenidos por los más respetables e influyentes.

No dijo nada en público. Pero a mí me dijo: «No sé nada de una reunión como esta; tómela usted en sus manos y llévela a su manera». Abrí la reunión con un breve discurso en el que les expliqué lo que deseaba: tener unos momentos de conversación con cada uno de ellos, y que me dijeran con franqueza cómo se sentían respecto al asunto, cuáles eran sus convicciones, cuáles sus resoluciones, cuáles sus dificultades. Les dije que, si estuvieran enfermos y llamaran a un médico, este querría conocer sus síntomas, y que ellos tendrían que decirle cómo estaban y cómo habían estado. Les dije: «No puedo adaptar la instrucción a su estado de ánimo actual si no me lo revelan. Lo que quiero, por tanto, es que me revelen, en el menor número de palabras posible, su estado de ánimo exacto en este momento. Ahora pasaré entre ustedes y daré a cada uno la oportunidad de decir, con las menos palabras posibles, cuál es su estado de ánimo». El Dr. Greer no dijo una palabra, pero me siguió por la sala, de pie o sentado a mi lado, y oyó todo lo que yo tenía que decir. Se mantuvo cerca de mí, porque yo hablaba con cada uno en voz baja, para no ser oído más que por los que estaban inmediatamente alrededor. Encontré en la reunión mucha convicción y mucho sentimiento. Estaban muy oprimidos por la convicción. La convicción se había apoderado de todas las clases, altos y bajos, ricos y pobres.

El Dr. Greer estaba profundamente conmovido. Aunque no decía nada, me era evidente que su interés era intenso. Ver a su congregación en semejante estado era algo de lo que nunca había tenido la menor idea. Vi que a veces le costaba dominar sus emociones.

Cuando hube dedicado a la conversación personal todo el tiempo de que disponía, volví al púlpito y les dirigí un discurso en el que, según mi costumbre, resumí lo que había hallado de interés en lo que me habían comunicado. Evitando toda alusión personal, tomé los casos representativos, los disequé, los corregí y los enseñé. Procuré despojarlos de sus malentendidos y errores, corregir la impresión que tenían de que simplemente debían usar los medios y esperar a que Dios los convirtiera; y en un discurso de quizá media hora o tres cuartos de hora, les expuse toda la situación con la mayor claridad que pude. Después de orar con ellos, invité a los que se sentían preparados para someterse, a los que estaban dispuestos allí mismo a comprometerse a vivir enteramente para Dios, a los que estaban dispuestos a encomendarse a la soberana misericordia de Dios en Cristo Jesús, a los que estaban dispuestos a abandonar todo pecado y a renunciar a él para siempre, a que se arrodillaran y, mientras yo oraba, se entregaran a Cristo e hicieran interiormente lo que yo les exhortaba a hacer. Invité a arrodillarse solamente a los que estaban dispuestos a hacer lo que Dios les exigía y lo que yo les había presentado. El Dr. Greer pareció muy sorprendido por la prueba que les puse y por la manera en que los apremié a una sumisión inmediata.

En cuanto vi que me habían entendido bien, les pedí que se arrodillaran, y yo mismo me arrodillé. El Dr. Greer se arrodilló a mi lado, pero no dijo nada. Presenté el caso a Dios en oración y me mantuve firme en el punto de que se sometieran, creyeran y se consagraran a Dios ahora mismo. Una solemnidad imponente invadía a la congregación, y reinaba un silencio de muerte, salvo por mi propia voz en oración y por los sollozos, los suspiros y el llanto que se oían aquí y allá por toda la congregación.

Después de exponer el caso delante de Dios, nos levantamos, y sin decir nada más pronuncié la bendición y los despedí. El Dr. Greer me estrechó cordialmente la mano y, sonriendo, me dijo: «Nos vemos por la mañana». Él se fue por su camino y yo a mi alojamiento. Hacia las once, calculo, llegó corriendo un mensajero a mi alojamiento, me llamó y me dijo que el Dr. Greer había muerto. Le pregunté qué significaba aquello. Dijo que acababa de acostarse, que le había dado un ataque de apoplejía y que había muerto en el acto. Era muy respetado y amado por su congregación, y estoy persuadido de que lo merecía. Era un hombre de formación completa y, confío, de piedad sincera. Pero su formación teológica no lo había preparado en absoluto para la obra del ministerio, que es ganar almas para Cristo. Además, era un hombre más bien tímido. No le gustaba hacer frente a su congregación y resistir las incursiones del pecado como debía. Su muerte repentina causó una gran conmoción y se convirtió en tema de conversación constante en toda la ciudad.

Aunque comprobé que un buen número, según toda apariencia humana, se había sometido en la reunión del lunes por la noche, la muerte del Dr. Greer, en circunstancias tan extraordinarias, distrajo mucho la atención del público durante una semana o más. Pero, una vez pasado su funeral y encauzados de nuevo los cultos vespertinos habituales, la obra adquirió un carácter poderoso y avanzó de la manera más alentadora.

En este avivamiento ocurrieron muchos incidentes muy interesantes. Recuerdo que una noche de mucha nieve, cuando ya había caído una nevada profunda que el viento huracanado arremolinaba de un modo terrible, me llamaron hacia la medianoche para ir a visitar a un hombre que, según me dijeron, estaba bajo una convicción tan terrible que no podría vivir si no se hacía algo por él. El hombre se llamaba B——.

Era un hombre fornido, muy musculoso, de gran fuerza de voluntad y nervios de acero; físicamente, un magnífico ejemplar de humanidad. Su esposa profesaba la fe; pero a él «nada se le daba de estas cosas».

Había estado en la reunión aquella noche, y el sermón lo había hecho pedazos. Se fue a casa en un estado de ánimo terrible; su convicción y su angustia fueron en aumento hasta vencer sus fuerzas físicas, y su familia temió que muriera. Aunque estábamos en medio de una tormenta tan terrible, enviaron a un mensajero a buscarme. Tuvimos que hacer frente a la tormenta y caminamos quizá cincuenta o sesenta varas. Oí sus gemidos, o más bien sus aullidos, antes de llegar cerca de la casa. Al entrar, lo encontré sentado en el suelo, con su esposa, creo, sosteniéndole la cabeza... ¡y qué expresión en su rostro! Era indescriptible. Acostumbrado como estaba a ver a personas bajo gran convicción, debo confesar que su aspecto me causó una impresión tremenda. Se retorcía de agonía, rechinaba los dientes y literalmente se mordía la lengua de dolor. Me gritó: «¡Oh, señor Finney! ¡Estoy perdido! ¡Soy un alma perdida!». Me impresioné muchísimo y exclamé: «Si esto es la convicción, ¿qué será el infierno?». Sin embargo, me repuse lo antes que pude y me senté a su lado. Al principio le costaba prestar atención; pero pronto llevé sus pensamientos al camino de salvación por medio de Cristo. Le puse al Salvador delante para que lo atendiera y lo aceptara. Pronto le fue quitada su carga. Se dejó persuadir a confiar en el Salvador, y salió libre y gozoso en la esperanza.

For supuesto, día tras día tenía las manos, la cabeza y el corazón completamente llenos. No había pastor que me ayudara, y la obra se extendía por todas partes. El anciano de la iglesia a quien me he referido como uno de los organizadores de sus bailes periódicos pronto quebrantó su corazón delante del Señor y se entregó a la obra; y, como consecuencia, su familia se convirtió en poco tiempo. El avivamiento barrió por completo las famihas de aquellos miembros de la iglesia que se entregaron a la obra.

Dije que en este lugar ocurrió un hecho que ilustraba la influencia de aquella enseñanza de la vieja escuela de la que me he quejado. Una mañana muy temprano, un abogado, de una de las famihas más respetables de la ciudad, se presentó en mi cuarto en la mayor agitación.

Vi que era un hombre de inteligencia de primer orden, y un caballero; pero no lo había visto en ninguna parte como para conocerlo. Entró, se presentó y me dijo que era un pecador perdido, que había llegado a la conclusión de que no había esperanza para él. Luego me contó que, cuando estaba en el Colegio de Princeton, él y dos de sus compañeros de clase se inquietaron mucho por su alma. Fueron juntos a ver al Dr. Ashbel Green, que entonces era presidente del colegio, y le preguntaron qué debían hacer para ser salvos. Me dijo que el doctor les contestó que se alegraba mucho de que hubieran venido a hacerle esa pregunta; y luego les dijo que se apartaran de toda mala compañía, que leyeran la Biblia con regularidad y que pidieran a Dios que les diera un corazón nuevo. «Sigan así», les dijo, «y perseveren en el deber; y el Espíritu de Dios los convertirá; o, si no, los dejará, y ustedes volverán otra vez a sus pecados». «Bien», le pregunté, «¿y cómo terminó aquello?». «¡Oh!», dijo él, «hicimos exactamente lo que nos dijo. Nos apartamos de las malas compañías y oramos para que Dios nos hiciera un corazón nuevo. Pero al poco tiempo nuestra convicción se desvaneció y ya no teníamos ganas de seguir orando. Perdimos todo interés en el asunto»; y entonces, rompiendo a llorar, dijo: «Mis dos compañeros están en tumbas de borrachos, y si no puedo arrepentirme, pronto estaré yo mismo en una». Esta observación me hizo notar que tenía indicios de ser un hombre que abusaba de los licores fuertes. Sin embargo, era temprano por la mañana; estaba completamente libre de bebida y en una angustia terrible por su alma.

Procuré instruirlo y mostrarle el error en que había caído bajo las instrucciones que había recibido, y que había resistido y contristado al Espíritu esperando que Dios hiciera lo que le había mandado hacer a él. Procuré mostrarle que, por la naturaleza misma del caso, Dios no podía hacer por él lo que le exigía que él hiciera. Dios le exigía arrepentirse, y Dios no podía arrepentirse por él; le exigía creer, pero Dios no podía creer por él; Dios le exigía someterse, pero no podía someterse por él. Luego procuré hacerle entender la acción que el Espíritu de Dios tiene al dar al pecador el arrepentimiento y un corazón nuevo: que es una persuasión divina; que el Espíritu lo lleva a ver sus pecados, lo apremia a abandonarlos y a huir de la ira venidera. Le presenta al Salvador, la expiación, el plan de salvación, y lo apremia a aceptarlo.

Le pregunté si no sentía en sí mismo esta urgencia, en estas verdades reveladas a su propia mente; y un llamado a someterse ahora, a creer, a hacerse un corazón nuevo. «¡Oh, sí!», dijo, «¡oh, sí! Veo y siento todo esto. Pero ¿no me ha abandonado Dios? ¿No ha pasado ya mi día de gracia?». Le dije: «¡No! Es evidente que el Espíritu de Dios todavía te llama, todavía te apremia al arrepentimiento; tú mismo reconoces que sientes esta urgencia en tu mente». Él preguntó: «¿Es esto, entonces, lo que está haciendo el Espíritu de Dios al mostrarme todo esto?». Le aseguré que sí; y que debía entenderlo como un llamado divino y como prueba concluyente de que no estaba abandonado ni había agotado con su pecado el día de gracia, sino de que Dios seguía luchando por salvarlo. Entonces le pregunté si respondería al llamado, si vendría a Jesús, si echaría mano de la vida eterna allí mismo.

Era un hombre inteligente, y el Espíritu de Dios estaba sobre él enseñándole y haciéndole entender cada palabra que yo decía. Cuando vi que el camino estaba del todo preparado, le pedí que se arrodillara y se sometiera; y así lo hizo, y, según toda apariencia humana, se convirtió por completo allí mismo. «¡Oh!», dijo después, «¡si el Dr. Green nos hubiera dicho lo que usted me ha dicho a mí, todos nos habríamos convertido de inmediato! Pero mis amigos y compañeros están perdidos; ¡y qué maravilla de misericordia que yo sea salvo!».

Recuerdo un incidente muy interesante en el caso de un comerciante de Reading, uno de cuyos negocios era la fabricación de whisky. Acababa de equipar una destilería muy grande con bastante gasto. La había construido a gran escala, con todos los últimos adelantos, y se estaba metiendo de lleno en el negocio. Pero en cuanto se convirtió, abandonó toda idea de seguir adelante con aquel negocio. Fue una conclusión espontánea de su propia mente. Dijo enseguida: «No quiero tener nada que ver con eso. Voy a derribar mi destilería. Ni la haré funcionar, ni la venderé para que otro la haga funcionar».

Su esposa era una buena mujer, y hermana del señor B——, cuya conversión he contado que ocurrió aquella noche de tormenta. El comerciante se llamaba O’B——. El avivamiento se apoderó con fuerza de su familia, y varios de ellos se convirtieron. No recuerdo ahora cuántos fueron; pero creo que se convirtieron todos los inconversos de su casa. También su hermano y la esposa de su hermano, y no sé cuántos más, pero un círculo bastante grande de parientes, estuvieron entre los convertidos. Pero el propio señor O’B—— tenía una salud débil y se iba apagando rápidamente a causa de la tisis. Lo visitaba con frecuencia y lo encontraba lleno de gozo.

Habíamos estado examinando a los candidatos para ser admitidos en la iglesia, y un gran número iba a ser recibido cierto día de reposo. Entre ellos estaban los miembros de su propia familia y aquellos parientes suyos que se habían convertido. Llegó la mañana del día de reposo. Pronto se vio que el señor O’B—— no viviría hasta el final del día. Llamó a su esposa junto a su cama y le dijo: «Querida, voy a pasar el día de reposo en el cielo. Que vaya toda la familia, y todos los amigos, y se unan a la iglesia de abajo; y yo me uniré a la iglesia de arriba». Antes de la hora del culto había muerto. Llamaron a unos amigos para amortajarlo; su familia y sus parientes se reunieron alrededor de su cuerpo, y luego se volvieron y vinieron al culto; y, como él lo había deseado, se unieron a la iglesia militante, mientras él iba a unirse a la iglesia triunfante.

Su pastor acababa de partir antes que él; y creo que fue esa misma mañana cuando le había dicho al señor O’B——: «Dale saludos de mi parte al hermano Greer cuando llegues al cielo». Sonrió con santo gozo y me dijo: «¿Cree usted que lo reconoceré?». Le dije: «Sí, sin duda lo reconocerás. Dale saludos de mi parte y dile que la obra avanza gloriosamente». «Lo haré, lo haré», dijo. Su esposa y su familia se sentaron a la mesa de la comunión, mostrando en el rostro una mezcla de gozo y de pena. Se manifestaba una especie de santo triunfo cuando se les hizo notar que el esposo, el padre, el hermano y el amigo estaba sentado aquel día a la mesa de Jesús en lo alto, mientras ellos estaban reunidos alrededor de su mesa en la tierra.

Hubo mucho de conmovedor e interesante en aquel avivamiento, en muchísimos aspectos. Tuvo lugar entre una población que no tenía idea alguna de lo que eran los avivamientos. La población alemana suponía que se había hecho cristiana por el bautismo y, sobre todo, por recibir la comunión. Casi todos ellos, si se les preguntaba cuándo se habían hecho cristianos, respondían que habían recibido la comunión en tal fecha de manos del Dr. M—— o de algún otro ministro alemán. Y cuando les preguntaba si pensaban que eso era religión, decían que sí, que suponían que sí. De hecho, esa era la idea del propio Dr. M——. Caminando con él hacia la tumba del Dr. Greer, el día de su funeral, me dijo que había hecho mil seiscientos cristianos, bautizándolos y dándoles la comunión, desde que era pastor de aquella iglesia. Él mismo parecía no tener otra idea de cómo hacerse cristiano que la de aprender el catecismo, ser bautizado y participar de la comunión.

El avivamiento tuvo que enfrentarse a esa manera de ver las cosas; y al principio la influencia iba casi por completo en esa dirección. Se sostenía, según me informaron, y no lo dudo, que el que ellos empezaran a pensar en ser religiosos convirtiéndose, y en establecer el culto familiar o en dedicarse a la oración secreta, no solo era fanatismo, sino que equivalía a decir que todos sus antepasados habían ido al infierno, pues ellos no habían hecho nada semejante. Los ministros alemanes predicaban contra todas esas cosas, según me dijeron quienes los oyeron, y hablaban con severidad de los que abandonaban los caminos de sus padres y creían necesario convertirse y mantener el culto familiar y la oración secreta.

Creo que la gran mayoría de la congregación del Dr. Greer se convirtió en este avivamiento. Al principio tuve bastante dificultad para librarme de la influencia de la prensa diaria. Creo que por entonces se publicaban allí dos o más periódicos diarios. Supe que los editores eran hombres dados a la bebida, y que no pocas veces, en actos públicos, los llevaban a casa en estado de embriaguez. La gente estaba bastante bajo la influencia de la prensa diaria; me refiero sobre todo a la población alemana. Estos editores empezaron a dar consejos religiosos al pueblo y a hablar contra el avivamiento y contra la predicación. Esto sumió a la gente en un estado de perplejidad. Siguió así día tras día y semana tras semana, hasta que al fin las cosas llegaron a tal punto que creí mi deber tomar nota de ello. Así que subí al púlpito cuando la casa estaba repleta y tomé por texto: «Vosotros de vuestro padre el diablo sois, y los deseos de vuestro padre queréis cumplir». Luego pasé a mostrar de qué manera los pecadores cumplen los deseos del diablo, señalando muchísimas formas en que hacen su trabajo sucio y hacen por él lo que él no puede hacer por sí mismo.

Cuando hube puesto bien el tema delante del pueblo, lo apliqué a la conducta seguida por los editores de aquellos periódicos diarios. Pregunté a la gente si no pensaban que esos editores estaban cumpliendo los deseos del diablo; si no creían que el diablo deseaba que hicieran precisamente lo que hacían. Luego les pregunté si era apropiado y decente que hombres de semejante carácter pretendieran dar instrucción religiosa al pueblo. Le dije a la gente cuál entendía yo que era su carácter, y descargué la mano sobre ellos con bastante dureza por pretender hombres así instruir al pueblo acerca de sus deberes para con Dios y para con su prójimo. Dije: «Si yo tuviera familia en este lugar, no tendría un periódico así en casa; temería tenerlo bajo mi techo; lo consideraría demasiado inmundo para tocarlo con los dedos, y lo tomaría con las tenazas y lo arrojaría a la calle». De algún modo, a la mañana siguiente los periódicos fueron a parar a la calle en bastante abundancia, y no vi ni oí nada más de su oposición.

Permanecí en Reading hasta muy entrada la primavera. Hubo muchas conversiones muy notables; y, que yo sepa, la congregación del Dr. Greer quedó completamente unida, muy animada y fortalecida, y con grandes adiciones a su número. Nunca he vuelto a ese lugar.

De Reading fui a Lancaster, Pensilvania, que era entonces, y lo fue hasta su muerte, la residencia del difunto presidente Buchanan. La iglesia presbiteriana de Lancaster no tenía pastor, y encontré la religión en un estado muy bajo. Nunca habían tenido un avivamiento y, evidentemente, no tenían una idea justa de lo que era, ni de los medios adecuados para conseguirlo. Permanecí en Lancaster muy poco tiempo. Sin embargo, la obra de Dios se avivó de inmediato, pues el Espíritu de Dios se derramó casi enseguida sobre el pueblo. Fui huésped de un anciano caballero llamado K——, que era uno de los ancianos de la iglesia y, de hecho, el hombre principal de ella.

Mientras estaba en su casa ocurrió un hecho relacionado con él que reveló el verdadero estado de cosas, desde el punto de vista religioso, en aquella iglesia. Un pastor anterior de la iglesia había invitado al señor K—— a hacerse miembro de la iglesia y a ocupar el cargo de anciano. Debo decir que los hechos que voy a relatar sobre este asunto me los contó él mismo. Un día de reposo por la noche, después de oír un par de sermones muy escrutadores, el anciano caballero no podía dormir. Estaba tan profundamente ejercitado en su mente que no pudo aguantar hasta la mañana. Me despertó en mitad de la noche, me expuso cuáles eran sus convicciones y luego me dijo que sabía que nunca se había convertido. Dijo que, cuando le pidieron que se hiciera miembro de la iglesia y anciano, sabía que no era un hombre convertido. Pero le insistieron tanto que finalmente consultó al reverendo Dr. C——, anciano ministro de una iglesia presbiteriana no lejos de Lancaster. Le expuso el hecho de que nunca se había convertido, y que sin embargo deseaban que se hiciera miembro de la iglesia para que pudiera ser anciano. El Dr. C——, a la vista de todas las circunstancias, le aconsejó que se hiciera miembro y aceptara el cargo, y así lo hizo.

Su convicción, en el momento del que hablo, era muy profunda. Le di la instrucción que me pareció que necesitaba, lo apremié a aceptar al Salvador y lo traté exactamente como trataría a cualquier otro pecador que inquiere. Fue un momento muy solemne. En aquella ocasión declaró que se sometía y aceptaba al Salvador. De su historia posterior no sé nada. Era sin duda un caballero de elevado carácter, y nunca, que yo sepa, hizo nada exteriormente que deshonrara la posición que ocupaba. Quienes conozcan el estado de la iglesia de la que el Dr. C—— era pastor, en lo tocante al cargo de anciano en aquella época, no se extrañarán del consejo que dio al señor K——.

Entre los incidentes que ocurrieron durante mi breve estancia en Lancaster, recuerdo el siguiente. Una noche prediqué sobre un tema que me llevó a insistir en la aceptación inmediata de Cristo. La casa estaba atestada, literalmente repleta. Al final del sermón hice un fuerte llamamiento a la gente para que se decidiera enseguida; y creo que invité a aquellos que ya se habían decidido y que querían aceptar al Salvador en ese momento a ponerse de pie, para que supiéramos quiénes eran y pudiéramos hacerlos objeto de oración. Según supe al día siguiente, había dos hombres sentados cerca de una de las puertas de la iglesia, uno de los cuales estaba muy afectado por el llamamiento y no podía evitar manifestar una emoción muy fuerte, cosa que su vecino observó. Sin embargo, el hombre no se puso de pie ni entregó su corazón a Dios. Yo les había inculcado la idea de que aquella podía ser la última oportunidad que algunos de ellos tendrían jamás de enfrentarse a esta cuestión y decidirla; que en una congregación tan numerosa no era improbable que hubiera allí quienes decidieran entonces su destino eterno, en un sentido o en otro. No era improbable que Dios retuviera a algunos de ellos en la decisión que tomaran en ese momento.

Después de despedida la reunión, según supe al día siguiente, estos dos hombres salieron juntos, y uno le dijo al otro: «Vi que te sentiste muy afectado por los llamamientos del señor Finney». «Así es», respondió. «Nunca en mi vida me había sentido así; y sobre todo cuando nos recordó que aquella podía ser la última vez que tendríamos la oportunidad de aceptar la oferta de misericordia». Siguieron conversando así un buen trecho y luego se separaron, cada uno camino de su casa. Era una noche oscura, y el que se había sentido tan profundamente afectado, y estaba tan oprimido por la convicción de que quizá estaba rechazando su última oferta, tropezó con el bordillo, cayó y se rompió el cuello. Me lo contaron al día siguiente.

Establecí reuniones de oración en Lancaster e insistí en que los ancianos de la iglesia participaran en ellas. Así lo hicieron ante mi insistente petición, aunque, según supe, nunca antes habían tenido esa costumbre. El interés parecía crecer de día en día, y se multiplicaban las conversiones esperanzadoras. No recuerdo ahora por qué no me quedé más tiempo del que me quedé; pero me fui tan pronto que no puedo dar nada parecido a un relato detallado de la obra allí.

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