Capítulo 17 · 12 min de lectura · 16 min de escucha
Avivamiento en Stephentown
DESPUÉS de esta convención, permanecí poco tiempo en New Lebanon. No creo que la convención perjudicara el estado religioso de la gente de aquel lugar. Lo habría hecho si hubiera salido a la luz algún hecho que justificara la oposición que, como sabían, se había hecho a los avivamientos que habían sido objeto de discusión. Pero, tal como resultó, creo que la iglesia de New Lebanon fue edificada y fortalecida por lo que supo de la convención. De hecho, todo se había llevado con un espíritu que tendía a edificar a la gente más que a hacerla tropezar.
Poco después de que se levantara la convención, un domingo, al bajar del púlpito, me presentaron a una joven de apellido S——, de Stephentown.
Me preguntó si no podría ir a su pueblo a predicar. Le respondí que tenía las manos llenas y que no veía cómo podría hacerlo. Vi que la emoción profunda le ahogaba la voz; pero, como no tenía tiempo para conversar con ella entonces, me fui a mi alojamiento.
Después hice averiguaciones sobre Stephentown, un lugar situado al norte de New Lebanon y colindante con él. Muchos años antes había muerto un hombre rico que dejó a la iglesia presbiteriana de aquel lugar un fondo cuyos intereses bastaban para sostener a un pastor. Poco después, un tal señor B——, que había sido capellán en el ejército de la Revolución, se estableció allí como pastor de la iglesia. Permaneció hasta que la iglesia decayó, y al final se volvió un incrédulo declarado. Esto había ejercido una influencia de lo más desastrosa en aquel pueblo.
Siguió viviendo entre ellos, abiertamente hostil a la religión cristiana.
Después de que dejara de ser pastor de la iglesia, habían tenido uno o dos ministros instalados. Aun así, la iglesia decayó, y el estado de la religión fue de mal en peor, hasta que finalmente, como eran tan pocos los que asistían a las reuniones, abandonaron el templo y celebraban sus cultos del domingo en una pequeña escuela que estaba cerca de la iglesia.
El último ministro que habían tenido afirmaba que se había quedado hasta que no más de media docena de personas del pueblo asistían los domingos; y aunque había un fondo para su sostenimiento y su salario se pagaba con regularidad, no podía creer que fuera su deber gastar su tiempo trabajando en semejante campo. For eso se le había despedido. Ninguna otra denominación había tomado posesión del campo de manera que despertara algún interés público, y todo el pueblo era un completo erial moral. Quedaban tres ancianos de la iglesia presbiteriana y unos veinte miembros. La única persona soltera de la iglesia era esta señorita S—— de la que he hablado.
Casi todo el pueblo estaba en un estado de impenitencia. Era un municipio agrícola grande y rico, sin ninguna población de importancia.
El domingo siguiente, la señorita S—— volvió a salirme al encuentro al bajar yo del púlpito, me rogó que fuera allá a predicar y me preguntó si sabía algo del estado de las cosas allí. Le dije que sí; pero que no sabía cómo podría ir. Pareció muy afectada, demasiado para conversar, porque no podía dominar sus sentimientos. Estos hechos, junto con lo que yo había oído, empezaron a hacer mella en mí, y mi mente comenzó a conmoverse profundamente respecto al estado de las cosas en Stephentown. Finalmente le dije que, si los ancianos de la iglesia deseaban que fuera, podía hacer anunciar que yo iría, si el Señor quería, y predicaría en su iglesia el domingo siguiente a las cinco de la tarde. Eso me permitiría predicar dos veces en New Lebanon, y después podría ir a caballo hasta Stephentown y predicar a las cinco. Aquello pareció iluminarle el semblante y quitarle el peso del corazón. Se fue a casa e hizo dar el anuncio.
Así pues, el domingo siguiente, después de predicar por segunda vez, uno de los jóvenes convertidos de New Lebanon se ofreció a llevarme a Stephentown en su carruaje. Cuando vino a buscarme en su calesa, le pregunté: «¿Tiene usted un caballo tranquilo?». «¡Oh, sí!», respondió, «perfectamente tranquilo»; y, sonriendo, preguntó: «¿For qué me lo pregunta?». «Forque —respondí—, si el Señor quiere que yo vaya a Stephentown, el diablo lo impedirá si puede; y si usted no tiene un caballo tranquilo, intentará que me mate». Sonrió, y seguimos adelante; y, por extraño que parezca, antes de llegar, aquel caballo se desbocó dos veces y estuvo a punto de matarnos. Su dueño expresó el mayor asombro y dijo que nunca le había ocurrido nada semejante.
Sin embargo, a su debido tiempo llegamos sanos y salvos a casa del señor S——, padre de la señorita S—— que he mencionado. Vivía a una media milla de la iglesia, en dirección a New Lebanon. Al entrar, nos encontramos con María —pues así se llamaba—, que nos recibió con lágrimas, pero con gozo, y me llevó a un cuarto donde pudiera estar a solas, ya que aún no era la hora de la reunión. Poco después la oí orar en un cuarto encima del mío. Cuando llegó la hora de la reunión, fuimos todos y encontramos una concurrencia muy numerosa. La congregación estaba solemne y atenta, pero aquella noche no ocurrió nada muy particular. Pasé la noche en casa del señor S——, y esta María parecía estar orando sobre mi cuarto casi toda la noche. Podía oír su voz baja y temblorosa, interrumpida a menudo por sollozos y un llanto manifiesto. Yo no había quedado en volver; pero antes de irme por la mañana, me suplicó con tanta insistencia que consentí en que se me fijara una cita para las cinco del domingo siguiente.
Cuando subí el domingo siguiente, ocurrió casi lo mismo que la vez anterior; pero la congregación estaba más apretada, y como el edificio era viejo, por miedo a que las galerías se vinieran abajo, las habían apuntalado firmemente durante la semana. La segunda vez que prediqué allí pude ver un aumento manifiesto de la solemnidad y del interés. Entonces dejé fijada otra cita para predicar. En el tercer culto el Espíritu de Dios fue derramado sobre la congregación.
Había un tal juez P——, que vivía en una pequeña aldea en una parte del municipio, y que tenía una familia numerosa de hijos inconversos. Al final del culto, cuando bajé del púlpito, la señorita S—— se me acercó y me señaló un banco —el edificio tenía entonces los antiguos bancos cuadrados— en el que estaba sentada una joven muy abrumada por sus sentimientos. Entré a hablar con ella y descubrí que era una de las hijas de este juez P——. Su convicción era muy profunda. Me senté a su lado y le di instrucciones; y creo que, antes de salir del edificio, se convirtió. Era una joven muy inteligente y ferviente, y llegó a ser una cristiana muy útil. Más tarde fue la esposa del evangelista Underwood, que ha sido tan conocido en muchas de las iglesias, especialmente en Nueva Jersey, y en Nueva Inglaterra.
Ella y la señorita S—— parecieron unir inmediatamente sus oraciones. Pero yo no veía todavía mucho movimiento entre los miembros más antiguos de la iglesia. Estaban en tales relaciones unos con otros que entre ellos tenía que haber mucho arrepentimiento y mucha confesión como condición para entrar en la obra.
El estado de las cosas en Stephentown exigía ahora que dejara New Lebanon y me instalara allí. Así lo hice. Entretanto, el espíritu de oración había venido poderosamente sobre mí, como venía ocurriendo desde hacía algún tiempo con la señorita S——. Al extenderse y crecer tan manifiestamente el poder de la oración, la obra pronto adquirió un carácter muy poderoso; tanto que la palabra del Señor derribaba a los hombres más fuertes y los dejaba enteramente impotentes. Podría nombrar muchos casos de esta clase.
Uno de los primeros que recuerdo ocurrió un domingo en que predicaba sobre el texto: «Dios es amor». Había un hombre llamado J——, hombre de nervios fuertes y de considerable prominencia como agricultor en el pueblo. Estaba sentado casi justo delante de mí, cerca del púlpito. Lo primero que observé fue que cayó y se retorció en agonía durante unos momentos; pero después se quedó quieto, casi inmóvil, aunque completamente impotente. Permaneció en ese estado hasta que terminó la reunión, y entonces lo llevaron a su casa. Muy pronto se convirtió y llegó a ser un obrero eficaz para traer a sus amigos a Cristo.
En el curso de este avivamiento, Zebulon R. Shipherd, célebre abogado del condado de Washington, Nueva York, que se encontraba asistiendo al tribunal en Albany, al oír del avivamiento de Stephentown dispuso sus asuntos de manera que pudo venir a trabajar conmigo en el avivamiento. Era un hombre cristiano ferviente, asistía a todas las reuniones y las disfrutaba mucho. Estaba allí cuando se celebraron las elecciones de noviembre en todo el estado. Yo esperaba el día de las elecciones con bastante preocupación, temiendo que la agitación de aquel día retrasara mucho la obra. Exhorté a los cristianos a velar y orar mucho para que la obra no fuera detenida por ninguna agitación que se produjera ese día.
La noche del día de las elecciones prediqué. Cuando bajé del púlpito, después de predicar, el señor Shipherd —que, dicho sea de paso, era el padre del reverendo J. J. Shipherd, quien más tarde fundó Oberlin— me hizo señas desde el banco donde estaba sentado para que fuera adonde él estaba. Era un banco en el rincón del edificio, a la izquierda del púlpito. Fui hacia él y encontré a uno de los caballeros que habían estado sentados a la mesa recibiendo los votos durante el día, tan abrumado por la convicción de pecado que no podía levantarse de su asiento. Entré, conversé un poco con él y oré con él, y se convirtió de manera manifiesta. Entretanto, una parte considerable de la congregación se había sentado. Al salir del banco, cuando estaba a punto de retirarme, me llamaron la atención hacia otro banco, al lado derecho del púlpito, donde estaba otro de aquellos hombres que habían tenido un papel destacado en la elección y habían estado recibiendo votos, exactamente en el mismo estado de ánimo. Estaba demasiado abrumado por sus sentimientos para salir del edificio. Fui y conversé también con él; y, si recuerdo bien, se convirtió antes de salir del edificio. Menciono estos casos como muestras del carácter de la obra en aquel lugar.
He mencionado que la familia del señor P—— era numerosa.
Recuerdo que dieciséis miembros de aquella familia, entre hijos y nietos, se convirtieron, según se esperaba; y creo que todos ellos se unieron a la iglesia antes de que me marchara. Había en el pueblo otra familia de apellido M——, también numerosa y muy influyente, una de las que más del pueblo. La mayor parte de la gente vivía dispersa a lo largo de un camino que, si recuerdo bien, tenía unas cinco millas de large. Al hacer averiguaciones descubrí que no había ni una sola familia religiosa en todo aquel camino, ni una sola casa en la que se mantuviera el culto familiar.
Concerté una cita para predicar en una escuela de aquel camino, y cuando llegué, el local estaba abarrotado. Tomé por texto: «La maldición del Señor está en la casa del impío». El Señor me dio una visión muy clara del tema, y pude presentar la verdad con eficacia. Les dije que tenía entendido que no había una sola familia que orara en todo aquel distrito. Lo cierto es que el pueblo estaba en un estado espantoso. La influencia del señor B——, su antiguo ministro, ahora incrédulo, había dado su fruto natural; y entre los impenitentes de aquel pueblo quedaba muy poca convicción de la verdad y la realidad de la religión. Aquella reunión de la que he hablado tuvo como resultado, creo, la convicción de casi todos los que estuvieron presentes en ella. El avivamiento se extendió por aquel vecindario, y recuerdo que en esta familia M—— hubo diecisiete conversiones esperanzadoras.
Pero había varias famihas en el pueblo, de bastante influencia, que no asistían a las reuniones. Parecía que estaban tan bajo la influencia del señor B—— que estaban decididas a no asistir. Sin embargo, en medio del avivamiento, este señor B—— murió de una muerte horrible, y eso puso fin a su oposición.
He dicho que había varias famihas en el pueblo que no asistían a las reuniones, y yo no lograba idear ningún medio para inducirlas a asistir. La señorita S—— de New Lebanon, que se había convertido en Troy, se enteró de que estas famihas no asistían y subió a Stephentown; y como su padre era un hombre muy conocido y muy respetado, era recibida con respeto y deferencia en cualquier familia que deseara visitar. Fue a visitar a una de estas famihas. Creo que conocía a sus hijas, y las indujo a acompañarla a la reunión. Pronto se interesaron tanto que no hizo falta ninguna influencia para persuadirlas a asistir. Luego fue a otra, con el mismo resultado, y a otra; y finalmente, creo, consiguió que asistieran todas las famihas que se habían mantenido alejadas. Estas famihas se convirtieron casi todas, o todas, antes de que yo dejara el pueblo. De hecho, casi todos los habitantes principales del pueblo fueron recogidos en la iglesia, y el pueblo quedó moralmente renovado. No he vuelto allí desde aquella época, que fue en el otoño de 1827. Pero a menudo he tenido noticias de allí, y el avivamiento produjo resultados permanentes. Los convertidos resultaron ser firmes, y la iglesia ha mantenido un buen grado de vigor espiritual.
Como en otros lugares, los rasgos sobresalientes de este avivamiento fueron un poderoso espíritu de oración que prevalecía; una convicción de pecado abrumadora; conversiones a Cristo repentinas y poderosas; un gran amor y un gozo desbordante en los convertidos, y su gran fervor, actividad y utilidad en sus oraciones y labores por los demás. Este avivamiento ocurrió en el pueblo colindante con New Lebanon, e inmediatamente después de la convención. La oposición había recibido en aquella convención su golpe de muerte. Pocas veces he trabajado en un avivamiento con mayor satisfacción para mí mismo, o con menos oposición, que en Stephentown. Al principio la gente se irritaba un poco bajo la predicación, pero el Espíritu Santo la aplicaba con tal poder que pronto dejé de oír quejas.
Capítulo 17 completado
Avivamiento en Stephentown