Capítulo 16 · 42 min de lectura · 54 min de escucha
Avivamiento en Troy y en New Lebanon
A PRINCIPIOS del otoño de aquel año, 1826, acepté una invitación del reverendo doctor Beman y de su consistorio para trabajar con ellos en Troy por el avivamiento de la religión. En Troy pasé el otoño y el invierno, y el avivamiento fue poderoso en aquella ciudad. Ya he dicho que el señor Nettleton había sido enviado a Albany por el doctor Beecher, según entendí, para hacer frente a los avivamientos que se estaban extendiendo por el centro de Nueva York. Yo había tenido la mayor confianza en el señor Nettleton, aunque nunca lo había visto. Había tenido el mayor deseo de verlo; tanto que a menudo había soñado que lo visitaba y que obtenía de él información sobre los mejores medios de promover un avivamiento. For lo que había oído de su éxito en promover avivamientos, me sentía dispuesto a sentarme a sus pies casi como me sentaría a los pies de un apóstol. En aquel tiempo mi confianza en él era tan grande que creo que podría haberme llevado, casi o del todo, a su antojo.
Poco después de llegar a Troy, bajé a Albany para verlo. Era huésped de una familia que yo conocía. Pasé con él parte de una tarde y conversamos acerca de sus opiniones doctrinales, en especial sobre las opiniones que sostenían las iglesias holandesa y presbiteriana en cuanto a la naturaleza de la depravación moral. Descubrí que estaba enteramente de acuerdo conmigo, hasta donde tuve oportunidad de conversar con él, en todos los puntos de teología que tratamos. De hecho, ni el doctor Beecher ni el señor Nettleton se habían quejado de nuestra enseñanza en aquellos avivamientos. No se quejaban en absoluto de que no enseñáramos lo que ellos consideraban el verdadero evangelio. De lo que se quejaban era de algo que suponían sumamente censurable en las medidas que empleábamos.
Nuestra conversación fue breve en cada uno de los puntos que tocamos. Observé que evitaba el tema de cómo promover avivamientos. Cuando le dije que pensaba quedarme en Albany para oírlo predicar por la noche, mostró inquietud y comentó que no debían verme con él.
For eso el juez C——, que me había acompañado desde Troy y que había estudiado en la universidad con el señor Nettleton, fue conmigo a la reunión, y nos sentamos juntos en la galería. Vi lo suficiente para convencerme de que no podía esperar de él consejo ni instrucción alguna, y de que estaba allí para hacerme frente; pronto descubrí que no me equivocaba.
Después de escribir el párrafo anterior, se me ha llamado la atención sobre una afirmación de la biografía del señor Nettleton según la cual él intentó en vano cambiar mis opiniones y prácticas en la promoción de los avivamientos de la religión. No puedo creer que el señor Nettleton autorizara nunca tal afirmación, porque ciertamente jamás intentó hacerlo. Como he dicho, en aquel tiempo podría haberme moldeado a su antojo; pero no me dijo ni una palabra sobre mi manera de dirigir los avivamientos, ni me escribió jamás una palabra sobre el tema. Me mantuvo a distancia; y aunque, como he dicho, conversamos sobre algunos puntos de teología muy debatidos entonces, era evidente que no estaba dispuesto a decir nada acerca de los avivamientos, y no me permitió acompañarlo a la reunión. Esa fue la única vez que lo vi hasta que me encontré con él en la convención de New Lebanon. En ningún momento intentó el señor Nettleton corregir mis opiniones en lo relativo a los avivamientos.
Pronto empezamos a sentir en Troy la influencia de las cartas del doctor Beecher sobre algunos de los miembros principales de la iglesia del doctor Beman. Esta oposición fue en aumento, alimentada sin duda por una influencia de fuera, hasta que finalmente se decidió presentar una queja contra el doctor Beman y llevar su caso ante el presbiterio. Así se hizo; y durante varias semanas el presbiterio estuvo reunido examinando los cargos contra él.
Mientras tanto, yo seguí con mis labores en el avivamiento. Los cristianos continuaban orando poderosamente a Dios. Yo predicaba y oraba sin cesar, y el avivamiento siguió adelante con poder creciente, mientras el doctor Beman, entretanto, se veía obligado a dedicar casi toda su atención a su causa ante el presbiterio. Cuando el presbiterio hubo examinado los cargos y sus especificaciones, creo que fue casi o completamente unánime en desestimar todo el asunto y en justificar la conducta que él había seguido. El cargo no era de herejía, ni lo eran tampoco las especificaciones, según creo, sino que se refería a cosas inventadas por los enemigos del avivamiento y por quienes se dejaban extraviar por una influencia de fuera.
En medio del avivamiento se hizo necesario que dejara Troy durante una o dos semanas para visitar a mi familia en Whitesboro. Mientras estuve fuera, el doctor Beman invitó a predicar al reverendo Horatio Foote. No sé cuántas veces predicó, pero esto sí recuerdo: que ofendió mucho a los miembros de la iglesia que ya estaban descontentos. Según supe, cargó contra ellos con los discursos más escrutadores. Al final, unos cuantos decidieron retirarse de la congregación. Así lo hicieron, y fundaron otra congregación; pero eso fue después de que yo dejara Troy, no recuerdo cuánto tiempo después.
El fracaso de este intento de hundir al doctor Beman desconcertó considerablemente al movimiento de fuera que se oponía al avivamiento. Durante este avivamiento ocurrieron muchísimos incidentes de gran interés que debo pasar en silencio, no sea que parezcan censurar con demasiada severidad a los opositores de la obra.
En este avivamiento, como en los anteriores, hubo un espíritu de oración muy ferviente. Teníamos todos los días, a las once, una reunión de oración que iba de casa en casa. Recuerdo que en una de esas reuniones un tal señor S——, cajero de un banco de aquella ciudad, se sintió tan apremiado por el espíritu de oración que, cuando se despidió la reunión, no pudo levantarse de sus rodillas, pues todos acabábamos de estar arrodillados en oración. Permaneció de rodillas, retorciéndose y gimiendo en agonía. Dijo: «Oren por el señor ——», el presidente del banco del que él era cajero. Este presidente era un hombre rico e inconverso. Cuando se vio que su alma estaba de parto por aquel hombre, los que oraban se arrodillaron y lucharon en oración por su conversión. En cuanto el ánimo del señor S—— quedó tan aliviado que pudo irse a casa, todos nos retiramos; y poco después el presidente del banco, por quien habíamos orado, manifestó tener esperanza en Cristo. Antes de esto, según creo, no había asistido a ninguna de las reuniones, y no se sabía que estuviera preocupado por su salvación. Pero la oración prevaleció, y Dios pronto tomó su caso en sus manos.
El padre del juez C——, el que había estado conmigo en Albany, vivía con su hijo, de quien yo era huésped en aquel tiempo. El anciano había sido juez en Vermont. Era notablemente correcto en su vida exterior, un hombre venerable cuya casa, en Vermont, había sido el hogar de los ministros que visitaban el lugar; y según todas las apariencias estaba muy satisfecho de su vida amable y justa a sus propios ojos. Su esposa me había hablado de su ansiedad por la conversión de él, y su hijo había expresado repetidas veces el temor de que la justicia propia de su padre nunca fuera vencida y de que su amabilidad natural arruinara su alma.
Un domingo por la mañana, el Espíritu Santo me abrió el entendimiento sobre aquel caso y me mostró cómo alcanzarlo. En pocos momentos tuve todo el asunto en la mente. Bajé las escaleras, conté a la anciana y a su hijo lo que iba a hacer y los exhorté a orar fervientemente por él. Seguí la indicación divina, y la palabra se apoderó de él con tal poder que pasó la noche en vela. Su esposa me informó de que había pasado una noche de angustia, de que su justicia propia había quedado completamente aniquilada y de que estaba casi desesperado. Su hijo me había dicho que durante mucho tiempo se había enorgullecido de ser mejor que los miembros de la iglesia. Pronto se convirtió de manera clara, y vivió una vida cristiana hasta el final.
Antes de que yo dejara Troy, una joven, la señorita S——, de New Lebanon, en el condado de Columbia, hija única de uno de los diáconos o ancianos de la iglesia de New Lebanon, vino a Troy, según entendí, para comprar un vestido para un baile al que deseaba asistir. Tenía en Troy una joven pariente que se contaba entre los nuevos convertidos y era una cristiana celosa. Esta invitó a la señorita S—— a asistir con ella a todas las reuniones. Aquello despertó la enemistad de su corazón. Estaba muy inquieta; pero su prima le rogaba día tras día que se quedara y asistiera a las reuniones, hasta que, antes de marcharse, se convirtió por completo a Cristo.
En cuanto se le abrieron los ojos y estuvo en paz con Dios, se fue inmediatamente a casa y comenzó a trabajar por un avivamiento en aquel lugar. La religión en New Lebanon se hallaba entonces en un estado muy bajo. Los jóvenes eran casi todos inconversos, y los miembros antiguos de la iglesia estaban en un estado muy frío e ineficaz. El padre de la señorita S—— se había vuelto muy formalista, y desde hacía mucho tiempo los asuntos religiosos estaban en gran medida descuidados en el lugar. Tenían un ministro anciano, un buen hombre, espero, pero que no parecía saber cómo realizar la obra de avivamiento.
La señorita S—— empezó primero por su casa, y suplicó a su padre que abandonara su «vieja oración», como ella decía, que despertara y se comprometiera de veras con la religión. Como era muy querida en la familia, y especialmente por su padre, su conversión y su conversación lo impresionaron profundamente. Muy pronto despertó, se volvió otro hombre y sintió profundamente que necesitaban un avivamiento de la religión. La hija fue también a casa de su pastor y comenzó con una hija de él que vivía en sus pecados. Esta pronto se convirtió, y las dos se unieron en oración por un avivamiento de la religión y se pusieron a trabajar, de casa en casa, despertando a la gente.
En el transcurso de una o dos semanas se había despertado tanto interés que la señorita S—— vino ella misma a Troy a rogarme que fuera allá a predicar. Se lo habían pedido el pastor y miembros de la iglesia. Fui y prediqué. El Espíritu del Señor fue derramado, y el avivamiento pronto avanzó con gran poder. Casi todos los días ocurrían incidentes muy interesantes. Las conversiones notables se multiplicaron, y un cambio grande y bendito transformó el aspecto religioso de todo el lugar.
Allí estábamos fuera de la región envenenada por la influencia de la oposición levantada por el doctor Beecher y el señor Nettleton; por eso, durante el avivamiento oímos muy poco de oposición en aquel lugar, especialmente por parte de los que profesaban la religión. Todo parecía marchar en armonía dentro de la iglesia, hasta donde sé. Pronto se les llevó a sentir que necesitaban mucho un avivamiento, y parecían muy agradecidos de que Dios los hubiera visitado. La mayoría de los hombres prominentes de la comunidad se convirtieron.
Entre ellos estaba un tal doctor W——, de quien se decía que era incrédulo. Al principio mostró bastante hostilidad hacia el avivamiento y declaró que la gente estaba loca. Pero la señorita S—— y algunos otros, que tomaron a pecho su caso, lo hicieron objeto especial de oración, y tenían una gran fe en que, a pesar de su ardiente oposición, pronto se convertiría. Un domingo por la mañana vino a la reunión, y pude ver que los que sentían carga por él estaban abrumados. Tenían la cabeza inclinada y estuvieron en actitud de oración durante casi todo el sermón. Sin embargo, antes de la noche era evidente que la oposición del doctor empezaba a ceder. Escuchó durante todo el día, y aquella noche la pasó con el ánimo profundamente agitado. A la mañana siguiente vino a verme, sumiso como un niño pequeño, y confesó que había estado completamente equivocado. Fue muy franco al abrirme su corazón y al declarar el cambio que se había operado en él. Era evidente que era otro hombre; y desde aquel día se puso a trabajar en la obra y siguió adelante con todas sus fuerzas.
Había también un tal señor T——, comerciante, probablemente el ciudadano más prominente y rico del pueblo en aquel tiempo, pero escéptico. Recuerdo que una noche prediqué sobre el texto: «La intención de la carne es enemistad contra Dios». Él estaba presente. Había sido un hombre muy moral, en el sentido común de esa palabra, y había sido muy difícil fijar en su mente algo que lo convenciera de pecado. Su esposa era una mujer cristiana, y el Señor había convertido a su hija. El estado de las cosas en el pueblo y en su familia le había interesado lo bastante como para venir a la reunión y oír lo que se decía. Al día siguiente de aquel sermón sobre la depravación moral, confesó que estaba convencido. Me dijo que le había llegado con un poder irresistible. Vio que todo era verdad, y me aseguró que estaba decidido a servir al Señor el resto de su vida.
Recuerdo también que John T. Avery, conocido evangelista que ha trabajado en muchos lugares durante muchos años, estuvo presente en aquella reunión. Su familia vivía en New Lebanon. Había nacido y se había criado allí, y era entonces un muchacho de quizá quince o dieciséis años. A la mañana siguiente de aquel sermón vino a verme, uno de los jóvenes convertidos más interesantes que he visto jamás. Empezó a contarme lo que había pasado por su mente durante varios días, y luego añadió: «El sermón me envolvió por completo y me arrastró consigo. Podía entenderlo. Me rendí; lo entregué todo a Cristo». Lo dijo de una manera que no se puede olvidar. Pero ¿para qué multiplicar los casos? Podría pasar horas relatando incidentes y la conversión de individuos concretos. Pero no debo entrar demasiado en detalles.
Pero debo mencionar un pequeño incidente relacionado en cierto modo con la oposición que se había manifestado en Troy. El presbiterio de Columbia celebró una reunión en algún lugar de su jurisdicción mientras yo estaba en New Lebanon; y, al ser informados de que yo trabajaba en una de sus iglesias, nombraron una comisión para visitar el lugar e investigar el estado de las cosas; porque, por lo que les llegaba de Troy y de otros lugares, y por la oposición del señor Nettleton y las cartas del doctor Beecher, se les había llevado a creer que mi método de dirigir los avivamientos era tan sumamente censurable que el presbiterio tenía el deber de investigarlo. Nombraron a dos de sus miembros, según supe después, para visitar el lugar, y ellos intentaron hacerlo. Según supe más tarde, aunque no recuerdo haberlo oído entonces, la noticia de esta decisión del presbiterio llegó a New Lebanon, y se temió que, si venía la comisión, pudiera crear alguna división y causar algún trastorno. Algunos de los cristianos más comprometidos hicieron de ello un motivo especial de oración; y durante uno o dos días antes de la fecha en que se los esperaba, oraron mucho para que el Señor dispusiera las cosas y no permitiera que aquello dividiera la iglesia ni introdujera ningún elemento de discordia. Se esperaba que la comisión llegara el domingo y asistiera a las reuniones. Pero el día anterior se desató una violenta tormenta de nieve, y la nieve cayó tan espesa que les resultó imposible pasar; quedaron detenidos durante el domingo, y el lunes regresaron a sus propias congregaciones. Aquellos hermanos eran el reverendo J—— B—— y el reverendo señor C——. El señor C—— era pastor de la iglesia presbiteriana de Hudson, Nueva York, y el señor B—— era pastor de la iglesia presbiteriana de Chatham, un pueblo situado unas quince o dieciséis millas al sur de Albany.
Poco después recibí una carta del señor B—— en la que me informaba de que el presbiterio lo había nombrado miembro de una comisión para visitarme e indagar acerca de mi modo de dirigir los avivamientos, y me invitaba a pasar un domingo con él y a predicar en su iglesia. Así lo hice. Según supe después, su informe al presbiterio fue que era innecesario e inútil que tomaran ninguna otra medida en el caso; que el Señor estaba en la obra, y que debían tener cuidado, no fuesen tal vez hallados resistiendo a Dios. No oí nada más de oposición por ese lado. Nunca he dudado de que el presbiterio de Columbia estaba sinceramente alarmado por lo que había oído. Nunca he puesto en duda la corrección de la conducta que siguieron, y siempre he admirado su manifiesta honradez al recibir el testimonio de las fuentes apropiadas. Hasta donde sé, a partir de entonces simpatizaron con la obra que se estaba realizando.
For aquel tiempo, alguien, no sé quién, propuso celebrar una convención o consulta sobre el tema de cómo dirigir los avivamientos. Se entabló correspondencia entre los hermanos del Oeste que habían participado en aquellos avivamientos y los hermanos del Este que se habían opuesto a ellos. Finalmente se acordó celebrar la convención en un día determinado, creo que en julio de 1827, en New Lebanon, donde yo había estado trabajando. Yo había dejado New Lebanon y pasaba una breve temporada en el pueblo de Little Falls, a orillas del Mohawk, cerca de Utica. Allí ocurrieron algunos incidentes muy interesantes durante mi corta estancia; pero nada tan notable como para tener naturalmente cabida en este relato, ya que me vi obligado a marcharme tras muy poco tiempo en aquel lugar y volver a New Lebanon para asistir a la convención.
Parece que el propósito de esta reunión ha sido desde entonces muy mal entendido por muchos. Encuentro que existe en la opinión pública la impresión de que se había presentado alguna queja contra mí, y de que esta reunión tenía por objeto juzgarme a mí, como acusado, ante un concilio. Pero no fue así en modo alguno. Yo no tuve nada que ver con la organización de la convención. Ni me interesaban sus resultados más particularmente que a cualquiera de los miembros que asistieron. El propósito era llegar a conocer los hechos de aquellos avivamientos a los que tanto se había combatido, consultar acerca de ellos, comparar opiniones y ver si no podíamos llegar a un entendimiento mejor del que había existido entre los opositores de los avivamientos en el Este y los hermanos que habían sido instrumentos para promoverlos.
Llegué a New Lebanon uno o dos días antes de que se reuniera la convención. El día señalado llegaron los miembros invitados. No eran hombres nombrados por ningún cuerpo eclesiástico, sino que habían sido invitados por los hermanos más interesados, del Este y del Oeste, a reunirse para consultarse. Ninguno de nosotros representaba a iglesia ni cuerpo eclesiástico alguno. Nos reunimos sin ninguna autoridad para actuar en nombre de la iglesia ni de ninguna de sus ramas, sino simplemente, como he dicho, para consultarnos, comparar opiniones y ver si en realidad había algo mal; y, si lo había, ponernos de acuerdo para corregir lo que estuviera mal, por una parte o por la otra. For mi parte, suponía que en cuanto los hermanos se reunieran, intercambiaran opiniones y se entendieran los hechos, los hermanos del Este que se habían opuesto a los avivamientos, especialmente el doctor Beecher y el señor Nettleton, verían su error y que habían sido engañados, y que el asunto quedaría zanjado; porque estaba seguro de que las cosas de que se quejaban en sus cartas no tenían fundamento en los hechos.
De los hermanos que compusieron esta convención puedo recordar a los siguientes: del Este estaban el doctor Beecher y el señor Nettleton, el doctor Joel Hawes, de Hartford, el doctor Dutton, de New Haven, el doctor Humphrey, presidente del Amherst College, el reverendo Justin Edwards, de Andover, y un número considerable de otros hermanos cuyos nombres no recuerdo. Del Oeste, es decir, del centro de Nueva York, donde se habían desarrollado aquellos avivamientos, estaban el doctor Beman, de Troy, el doctor Lansing, de Auburn, el señor Aiken, de Utica, el señor Frost, de Whitesboro, el señor Gillett, de Rome, el señor Coe, de New Hartford, el señor Gale, de Western, el señor Weeks, de Paris Hill, y quizá algunos otros cuyos nombres no recuerdo ahora, y yo mismo.
Pronto descubrimos que el doctor Beecher se traía cierta estrategia entre manos al organizar la convención. Sin embargo, no le dimos importancia. Se organizó la convención, y creo que el doctor Humphrey la presidió como moderador. No existía, que yo sepa, el menor sentimiento de animosidad entre los miembros de la convención. Es cierto que los miembros del Oeste miraban con recelo al señor Weeks, como ya he insinuado, por considerarlo el responsable, en grado considerable, del malentendido de los hermanos del Este. En cuanto la convención quedó debidamente organizada y se expuso y entendió el asunto que teníamos delante, los hermanos del Oeste plantearon la pregunta de cuál era la fuente de la que el doctor Beecher y el señor Nettleton habían recibido su información. Habíamos estado especialmente deseosos de averiguar quién estaba engañando a aquellos hermanos y dándoles una visión tal de los avivamientos que se sentían justificados en la conducta que seguían. Queríamos saber de dónde había procedido toda aquella misteriosa oposición. For eso planteamos la pregunta de inmediato, y quisimos que aquellos hermanos nos dijeran de qué fuente habían recibido su información acerca de aquellos avivamientos. Enseguida se vio que era una pregunta embarazosa.
Debería haber señalado antes, y ahora quiero que se entienda claramente, que ninguno de los ministros del Este que asistieron a la convención había manifestado oposición alguna, excepto el doctor Beecher y el señor Nettleton. No era difícil ver desde el principio que el doctor Beecher se sentía comprometido y que su reputación estaba en juego; que, como algunas de sus cartas habían llegado a la prensa, se le haría responsable de ellas si resultaba que no habían estado justificadas. Era muy evidente que tanto él como el señor Nettleton estaban muy susceptibles. También era muy patente que el doctor Beecher se había asegurado la asistencia de estos ministros, los más influyentes de Nueva Inglaterra, a fin de sostenerse ante el público y justificarse en la conducta que había seguido. En cuanto al señor Nettleton, el doctor Beecher le había asegurado que Nueva Inglaterra lo respaldaría, y que todos los tribunales eclesiásticos de Nueva Inglaterra se pronunciarían a su favor y lo sostendrían. Cuando se planteó la pregunta sobre las fuentes de la información, el doctor Beecher respondió: «No hemos venido aquí a que nos catequicen; y nuestra dignidad espiritual nos prohíbe responder a semejantes preguntas». A mí me pareció extraño que, después de haberse escrito y publicado cartas como las que habían aparecido contra aquellos avivamientos; después de haberse afirmado como hechos cosas que no lo eran en absoluto; y después de haberse levantado semejante tormenta de oposición a lo largo y ancho del país, cuando nos habíamos reunido para considerar toda la cuestión, no se nos permitiera conocer la fuente de la que se había obtenido su información. Pero nos vimos completamente incapaces de averiguar nada al respecto.
La convención sesionó varios días; pero, a medida que salían a la luz los hechos relativos a los avivamientos, el señor Nettleton se puso tan nervioso que no pudo asistir a varias de nuestras sesiones. Veía claramente que estaba perdiendo terreno y que no se podía establecer nada que justificara la conducta que seguía. Esto también debió de ser muy visible para el doctor Beecher.
Debería haber dicho antes que, cuando surgió la cuestión de cómo habían de conocerse los hechos acerca de aquellos avivamientos, el doctor Beecher sostuvo que no debía recibirse el testimonio de los hermanos del Oeste que habían participado en promoverlos; que, como éramos en cierto sentido parte interesada en la cuestión, y habíamos sido nosotros mismos objeto de sus censuras, sería como testificar en nuestra propia causa; que por tanto no éramos admisibles como testigos, y que no debían recibirse de nosotros los hechos. Pero a esto los hermanos del Este no quisieron prestar oído ni por un momento. El doctor Humphrey observó con mucha firmeza que nosotros éramos los mejores testigos que podían presentarse; que sabíamos lo que habíamos hecho y lo que se había hecho en aquellos avivamientos de la religión; que éramos, por tanto, los testigos más competentes y más dignos de crédito; y que la convención debía recibir nuestras declaraciones sin vacilación. En esto, hasta donde sé, hubo acuerdo universal, con excepción del doctor Beecher y el señor Nettleton.
Sin embargo, era muy evidente en aquel momento que esta decisión afectó mucho tanto al doctor Beecher como al señor Nettleton. Veían que, si los hechos salían a la luz de boca de los hermanos que habían presenciado los avivamientos, que habían estado sobre el terreno y lo sabían todo de ellos, podrían desmentir por completo todos los malentendidos y todas las afirmaciones falsas que se habían hecho y sostenido sobre el tema. Nuestra reunión fue muy fraternal de principio a fin; no se manifestaron disputas ni amargura; y, con la excepción de los dos hermanos que he nombrado, el doctor Beecher y el señor Nettleton, los hermanos del Este se mostraron sinceros, deseosos de conocer la verdad y contentos de enterarse de los pormenores de los avivamientos del Oeste.
Hubo varios puntos de discusión durante la convención, en especial uno sobre si era apropiado que las mujeres tomaran parte en las reuniones sociales. El doctor Beecher planteó esa objeción y la argumentó extensamente, insistiendo en que esa práctica era antibíblica e inadmisible. A esto respondió el doctor Beman con un discurso muy breve, mostrando de manera concluyente que esa práctica era familiar a los apóstoles, y que en el capítulo once de Corintios el apóstol llamaba la atención de la iglesia sobre el hecho de que las mujeres cristianas habían escandalizado las ideas orientales con su costumbre de tomar parte y orar en sus reuniones religiosas sin velo. Mostró claramente que el apóstol no se quejaba de que tomaran parte en la reunión, sino de que lo hicieran quitándose el velo, lo cual había escandalizado el sentir general y dado ocasión de reproche a los opositores paganos. El apóstol no reprendía la práctica de que oraran, sino que simplemente les amonestaba a llevar el velo cuando lo hicieran. A esta réplica del doctor Beman no se dio ni se intentó respuesta alguna. Era manifiestamente demasiado concluyente para admitir refutación.
Hacia el final de la convención, entró el señor Nettleton, visiblemente muy agitado, y dijo que ahora iba a dar a conocer a la convención las razones que había tenido para la conducta que había seguido. Tenía lo que él llamaba «una carta histórica», en la que pretendía exponer las razones y declarar los hechos en que había fundado su oposición. Me alegré de oír el anuncio de que deseaba leer esta carta a la convención. Se había enviado una copia de ella al señor Aiken cuando yo trabajaba con él en Utica, y el señor Aiken me la había dado. La tenía en mi poder en la convención, y la habría sacado a relucir a su debido tiempo si el señor Nettleton no lo hubiera hecho.
Procedió a leer la carta. Era una exposición, bajo epígrafes distintos, de las cosas de que se quejaba y que, según se le había informado, se practicaban en aquellos avivamientos, y especialmente por mi parte. Es evidente que la carta iba dirigida a mí en particular, aunque quizá rara vez se me mencionaba en ella por mi nombre. Sin embargo, las cosas de que se quejaba estaban presentadas de tal manera que no había forma de equivocarse sobre su intención. La convención escuchó atentamente toda la carta, que era tan larga como un sermón. Luego el señor Nettleton observó que la convención tenía ante sí los hechos sobre los que él había actuado, y que, a su juicio, habían exigido y justificado sus procedimientos.
Cuando se sentó, me levanté y expresé mi satisfacción por que se hubiera leído aquella carta; y comenté que yo tenía una copia y que la habría leído a su debido tiempo si el señor Nettleton no lo hubiera hecho. Luego afirmé que, en lo que a mí personalmente se refería, ni uno solo de los hechos allí mencionados y denunciados era cierto. Y añadí: «Aquí están todos los hermanos con quienes he realizado todas estas labores, y ellos saben si se me puede imputar alguna de estas cosas en cualquiera de sus congregaciones. Si saben o creen que alguna de estas cosas es cierta de mí, que lo digan ahora y aquí».
Todos ellos afirmaron al instante, o diciéndolo expresamente o con su manifiesta aquiescencia, que no sabían de nada semejante. El señor Weeks estaba presente; y yo esperaba, por tanto, que si se decía algo en respuesta a mi negación explícita de todos los hechos que se me imputaban en la carta del señor Nettleton, vendría del señor Weeks. Suponía que, si él había escrito al doctor Beecher o al señor Nettleton afirmando esos hechos, se sentiría obligado a hablar allí mismo y a justificar lo que había escrito. Pero no dijo ni una palabra. Nadie allí pretendió justificar una sola frase de la carta histórica del señor Nettleton que se refiriera a mí. Esto, naturalmente, dejó atónitos al señor Nettleton y al doctor Beecher. Si alguno de sus supuestos hechos lo habían recibido del señor Weeks, sin duda esperaban que hablara y justificara lo que había escrito. Pero no dijo nada que diera a entender que tuviera conocimiento de ninguno de los hechos que el señor Nettleton había presentado en su carta. La lectura de esta carta, y lo que siguió inmediatamente, preparó el camino para clausurar la convención.
Y ahora vienen algunas cosas que lamento verme obligado a mencionar. El señor Justin Edwards había estado presente en todas las discusiones y había asistido, creo, a todas las sesiones de la convención. Era amigo muy íntimo del doctor Beecher y del señor Nettleton, y debió de ver con claridad cómo estaba todo el asunto. No sé por sugerencia de quién, pero hacia el final de la convención presentó una serie de resoluciones en las que, paso a paso, resolvía desaprobar tales y tales y tales medidas en la promoción de los avivamientos. Repasó en sus resoluciones casi, si no todas, las especificaciones contenidas en la carta histórica del señor Nettleton, desaprobando todas las cosas de las que el señor Nettleton se había quejado.
Cuando hubo leído sus resoluciones, varios de los hermanos del Oeste dijeron de inmediato: «Aprobamos estas resoluciones, pero ¿cuál es su propósito? Es evidente que su propósito es crear en el público la impresión de que se han practicado tales cosas; y de que esta convención, al condenar esas prácticas, condena a los hermanos que han participado en aquellos avivamientos; y de que, por tanto, esta convención justifica la oposición que se ha hecho. El doctor Beecher insistió en que el propósito de las resoluciones era enteramente de cara al futuro; que no se afirmaba ni se insinuaba nada respecto al pasado, sino que solo habían de servir de mojones y de dar a conocer que la convención desaprobaba tales cosas, si alguna vez llegaban a existir, sin implicar en modo alguno que se hubiera hecho nada semejante.
Se respondió inmediatamente que, dado que tales quejas se habían difundido y era de conocimiento público que se habían formulado tales cargos, era evidente que estas resoluciones tenían por objeto respaldar a los hermanos que habían hecho la oposición y crear la impresión de que en aquellos avivamientos se habían hecho las cosas que las resoluciones condenaban. Era, en efecto, perfectamente claro que tal era el sentido de aquellas resoluciones por parte del señor Beecher y del señor Nettleton.
Los hermanos del Oeste dijeron: «For supuesto que votaremos estas resoluciones. Creemos en estas cosas tanto como ustedes, y desaprobamos las prácticas condenadas en ellas tanto como ustedes mismos; por tanto, no podemos dejar de votarlas. Pero creemos que tienen por objeto justificar esta oposición, y que su aplicación es retrospectiva más que de cara al futuro». Con todo, aprobamos las resoluciones, creo que por unanimidad; y recuerdo haber dicho que, por mi parte, estaba dispuesto a que estas resoluciones se dieran a conocer y a que todos los hechos quedaran sometidos a la publicación y al fallo del juicio solemne. Propuse entonces que, antes de separarnos, aprobáramos una resolución contra la tibieza en la religión, condenándola con tanta fuerza como cualquiera de las prácticas mencionadas en las resoluciones. El doctor Beecher declaró que no había peligro alguno de tibieza; tras lo cual la convención se levantó sine die.
No necesito decir cómo recibió el público la publicación de todas las actas. En el segundo volumen de la biografía del doctor Beecher, página 101, encuentro la siguiente nota del editor. Dice: «Una lectura atenta de las actas de esta convención nos ha convencido de que no había ninguna diferencia radical de opiniones entre los hermanos del Oeste y los de Nueva Inglaterra, y de que, de no haber sido por la influencia de un individuo, allí mismo podría haberse alcanzado el mismo arreglo que después se logró en Filadelfia». Sin duda esto es cierto. Lo cierto es que, si el señor Nettleton no hubiera prestado oído a informes falsos y no se hubiera comprometido contra aquellos avivamientos, no se habría celebrado, ni pensado siquiera, ninguna convención sobre este tema. Era tanto más sorprendente que diera crédito a tales informes cuanto que él mismo había sido tan a menudo objeto de múltiples tergiversaciones. Pero estaba casi agotado, se había vuelto sumamente nervioso y era, por tanto, temeroso y fácil de alterar; y además tenía la flaqueza, que le atribuye el doctor Beecher en su biografía, de no ceder nunca en su propia voluntad. Estoy seguro de que digo esto con sentimientos enteramente bondadosos hacia el señor Nettleton. Nunca abrigué ni tuve otros.
Después de esta convención, la reacción del sentir público fue abrumadora. A fines del otoño de ese mismo año me encontré con el señor Nettleton en la ciudad de Nueva York. Me dijo que estaba allí para dar al público, en forma de folleto, sus cartas contra los avivamientos del Oeste. Le pregunté si publicaría su «carta histórica», la que había leído ante la convención. Dijo que tenía que publicar sus cartas para justificar lo que había hecho. Le dije que, si publicaba aquella carta, se volvería contra él mismo, pues todos los que conocían aquellos avivamientos verían que había actuado sin una razón válida. Respondió que publicaría sus cartas y que se arriesgaría a la reacción. Publicó varias otras cartas, pero aquella, hasta donde pude saber, no la publicó. Si hubiera sido cierta, su publicación habría dado la impresión de que su oposición había estado justificada. Pero, como no era cierta, le convino no publicarla. Aquí debo hacer una breve mención de algunas cosas que encuentro en la biografía del doctor Beecher, acerca de las cuales creo que debe de haber habido algún malentendido. La biografía lo presenta como alguien que justificó su oposición a aquellos avivamientos —es decir, a la manera en que se dirigieron— hasta el día de su muerte, y que sostuvo que los males denunciados eran reales y que la oposición los corrigió. Si esa era su opinión después de aquella convención, debió de seguir creyendo que los hermanos que testificaron que no se había hecho nada semejante eran una partida de mentirosos, y debió de rechazar por completo nuestro testimonio unánime. Pero, puesto que él y el señor Nettleton estaban sumamente deseosos de justificar su oposición, si aún creían ciertas aquellas afirmaciones de la «carta histórica», ¿por qué no la publicaron, apelando a quienes estuvieron sobre el terreno y presenciaron los avivamientos? Si la carta hubiera sido cierta, su publicación habría sido su justificación. Si aún la creían cierta, ¿por qué no se publicó junto con las demás cartas del señor Nettleton? Que lo revelado en aquella convención había quebrantado la confianza del doctor Beecher en la sabiduría y la justicia de la oposición del señor Nettleton lo había deducido yo del hecho de que, durante mis labores en Boston, año y medio después de la convención y después de publicadas las cartas del señor Nettleton, el doctor Beecher, hablando de aquella convención, comentó que, después de ella, «no habría querido que el señor Nettleton viniera a Boston ni por mil dólares». ¿Es posible que, hasta su muerte, el doctor Beecher siguiera creyendo que los pastores de las iglesias donde ocurrieron aquellos avivamientos eran unos mentirosos, indignos de crédito en cuanto a hechos que tenían que estar dentro de su conocimiento personal?
Encuentro en las biografías del doctor Beecher y del señor Nettleton muchas quejas del mal espíritu que reinaba en aquellos avivamientos. Su error está en atribuir el espíritu de denuncia al bando equivocado. Que yo recuerde, durante aquellos avivamientos nunca oí mencionar en público el nombre del doctor Beecher ni el del señor Nettleton, y desde luego no en tono de censura.
Que yo sepa, nunca se habló de ellos, ni siquiera en conversaciones privadas, con la menor amargura. Los amigos y promotores de aquellos avivamientos tenían un espíritu dulce y cristiano, y estaban lo más lejos posible de ser denunciadores. Si hubieran tenido un espíritu de denuncia, nunca habrían podido promover aquellos benditos avivamientos, ni los avivamientos habrían podido resultar tan gloriosos como resultaron. No: la denuncia estaba del lado de la oposición. Una cita de la biografía del doctor Beecher ilustrará el ánimo de la oposición. En el segundo volumen, página 101, se presenta al doctor Beecher diciéndome en la convención de New Lebanon: «Finney, conozco su plan, y usted sabe que lo conozco; usted piensa venir a Connecticut y llevar un reguero de fuego hasta Boston. Pero si lo intenta, vive el Señor que le saldré al paso en la frontera del estado, llamaré a todos los artilleros y lucharé cada palmo del camino hasta Boston, y luego lucharé con usted allí». No recuerdo esto; pero, puesto que el doctor Beecher lo recuerda, sirva para ilustrar el espíritu de su oposición. Lo cierto es que fue engañado burdamente a cada paso. Yo no tenía intención ni deseo alguno de ir a Connecticut ni a Boston. Lo anterior, y muchas otras cosas que encuentro en su biografía, muestran cuán completamente fue engañado y cuán absolutamente ignoraba el carácter, los motivos y los actos de quienes habían trabajado en aquellos gloriosos avivamientos. No escribo estas cosas con agrado. Encuentro en esta biografía mucho que me sorprende y me lleva a la conclusión de que, por algún error, el doctor Beecher ha sido malentendido y mal presentado. Pero paso por alto otros asuntos.
Después de esta convención no oí nada más de la oposición del doctor Beecher y del señor Nettleton. La oposición en esa forma se había agotado. Los resultados de los avivamientos fueron tales que cerraron la boca de los contradictores y convencieron a todo el mundo de que eran en verdad avivamientos de la religión puros y gloriosos, tan lejos de todo lo censurable como cualquier avivamiento que se haya presenciado jamás en este mundo. Lea cualquiera el libro de los Hechos de los Apóstoles y el relato de los avivamientos de su tiempo, y lea después lo que dicen en sus epístolas sobre la reacción, el retroceso y las apostasías que siguieron. Luego averigüe la verdad respecto de los gloriosos avivamientos sobre los que he venido escribiendo, su comienzo, su progreso y sus resultados, que se han hecho cada vez más manifiestos durante casi cuarenta años, y no podrá dejar de ver que estos avivamientos fueron tan verdaderamente de Dios como aquellos.
Los avivamientos deberían crecer en pureza y en poder a medida que crece el conocimiento. Los convertidos de los tiempos apostólicos eran o bien judíos, con todos sus prejuicios e ignorancia, o bien paganos degradados. No se había descubierto el arte de la imprenta. No se podían conseguir ejemplares del Antiguo Testamento ni de la palabra escrita de Dios, salvo los ricos que podían comprar copias manuscritas. El cristianismo no tenía una literatura accesible a las masas. Los medios de instrucción no estaban al alcance. Con tanta oscuridad e ignorancia, con tantas nociones falsas de la religión, con tanto que extraviaba y degradaba, y tan pocos medios para sostener una reforma religiosa, no era de esperar que los avivamientos de la religión fueran puros y libres de errores.
Nosotros tenemos, y predicamos, el mismo evangelio que predicaron los apóstoles. Tenemos todos los medios para guardarnos del error en la doctrina y en la práctica, y para asegurar una religión sana conforme al evangelio. El pueblo entre el que prevalecieron estos grandes avivamientos era un pueblo inteligente y culto. Tenía en abundancia, en medio de él, no solo los medios de una educación secular, sino también los de una educación religiosa. Casi todas las iglesias tenían un pastor instruido, capaz y fiel. Estos pastores eran muy capaces de juzgar la solidez y la discreción de un evangelista cuyas labores deseaban aprovechar. Eran muy capaces de juzgar si las medidas empleadas eran apropiadas. Dios puso su sello, de una manera sumamente llamativa y notable, sobre las doctrinas que se predicaban y sobre los medios que se usaban para llevar adelante aquella gran obra. Los resultados se encuentran hoy en todas partes del país. Los convertidos de aquellos avivamientos todavía viven y trabajan por Cristo y por las almas en casi todos, si no todos, los estados de esta Unión. Es de justicia decir que se cuentan entre los cristianos más inteligentes y útiles de este o de cualquier otro país.
Como desde entonces he trabajado extensamente en este país y en Gran Bretaña, y nadie ha puesto reparos a mis medidas, se ha supuesto y afirmado que, desde la oposición que hicieron el señor Nettleton y el doctor Beecher, me he reformado y he abandonado las medidas de que ellos se quejaban. Esto es un error completo. Siempre y en todas partes he usado todas las medidas que usé en aquellos avivamientos, y a menudo he añadido otras siempre que lo he considerado conveniente. Nunca he visto la necesidad de reformarme en este respecto. Si volviera a vivir mi vida, creo que, con la experiencia de más de cuarenta años en labores de avivamiento, usaría, en las mismas circunstancias, sustancialmente las mismas medidas que usé entonces.
Y que no se entienda que me atribuyo el mérito a mí mismo. Nada de eso. No fue sabiduría mía la que me dirigió. Se me hizo sentir mi ignorancia y mi dependencia, y se me llevó a mirar continuamente a Dios en busca de su dirección. No tuve duda entonces, ni la he tenido nunca, de que Dios me guio por su Espíritu a seguir el camino que seguí. Me guiaba con tanta claridad, día tras día, que nunca dudé ni pude dudar de que era dirigido por Dios.
No dudo de que los hermanos que se opusieron a aquellos avivamientos fueran hombres buenos. Que fueron extraviados y engañados de manera burda y sumamente perjudicial, lo dudo igual de poco. Si murieron creyendo que tenían razones justas para lo que hicieron, escribieron y dijeron, y que corrigieron los males de que se quejaban, murieron burdamente engañados en este respecto. No conviene a la seguridad de la iglesia, ni al honor de los avivamientos, ni a la gloria de Cristo, que la posteridad crea que aquellos males existieron y fueron corregidos con un espíritu y de una manera como los que se han presentado. Habría guardado silencio si no se hubiera hecho un esfuerzo tan marcado por perpetuar y confirmar la ilusión de que la oposición a aquellos avivamientos fue justificada y tuvo éxito. Lo cierto es que no fue ni lo uno ni lo otro.
No tengo duda de que alguien llevó al doctor Beecher a creer que su oposición estaba justificada. Según su biografía, en Filadelfia, la primavera siguiente a la convención, él mismo, el doctor Beman y otros acordaron dejar el tema y no publicar nada más acerca de aquellos avivamientos. La verdad es que toda la controversia y todo lo publicado había estado del lado de la oposición. Antes de la reunión de Filadelfia, el señor Nettleton había publicado sus cartas, y yo no vi nada más impreso sobre el tema.
Yo no fui parte del acuerdo alcanzado en Filadelfia; sin embargo, si la biografía del doctor Beecher no hubiera reabierto este tema, con el propósito manifiesto de justificar la conducta que él siguió y de grabar en la mente del público la impresión de que, al hacer aquella oposición a los avivamientos, realizó una obra grande y buena, no me sentiría llamado a decir lo que ahora no tendría justificación para callar. Escribo por conocimiento personal, y a mí no me importa quién pudo haber dado al doctor Beecher los supuestos hechos sobre los que actuó. Aquellos hechos alegados no eran hechos, como declaré ante la convención; y a esa declaración asintieron todos los hermanos con quienes yo había trabajado. Esto era una prueba, si es que algo puede probarse por testimonio humano. Este testimonio, al parecer, el doctor Beecher no lo creyó, si su biógrafo no lo ha presentado mal. ¿Y qué dirán a esto las iglesias del condado de Oneida? ¿Creerán, pueden creer, que hombres como el reverendo doctor Aiken, el reverendo John Frost, el reverendo Moses Gillett, el reverendo señor Coe y los demás hombres de aquel condado que asistieron a la convención faltaron deliberadamente a la verdad sobre un asunto que estaba dentro de su propio conocimiento personal? No importa quiénes fueran los informantes del doctor Beecher; ciertamente ninguno de los pastores de los lugares donde prevalecieron aquellos avivamientos le dio jamás información alguna que justificara su conducta, y ningún otro entendía el asunto tan bien como ellos. Sostengo que, como decidió la convención, ellos eran los mejores testigos posibles de lo que se dijo y se hizo en sus propias congregaciones; y su testimonio fue unánime en que no se hicieron cosas como las que se imputaban.
Había leído los cargos fuertes, y aun terribles, contra los hermanos que trabajaron en aquellos avivamientos, contenidos en la carta del doctor Beecher al doctor Taylor, en la que afirma que su correspondencia justificará lo que estaba haciendo y escribiendo contra aquellos hermanos. Cuando supe que este asunto iba a exponerse ante el público en la biografía del doctor Beecher, esperé que por fin llegaríamos a conocer a los autores de aquellos informes mediante la publicación de su correspondencia. Pero no veo nada en su correspondencia que justifique su conducta. ¿Se van a repetir prácticamente y a dejar fijados estos cargos, mientras se oculta la correspondencia con la que se dice que están justificados? Si, como parece, el doctor Beecher siguió rechazando nuestro testimonio unánime hasta el día de su muerte, ¿no podemos saber por el testimonio contrario de quién se impugna el nuestro?
En la página 103 del segundo volumen de la autobiografía del doctor Beecher leemos lo siguiente: «En la primavera de 1828 —dijo el doctor Beecher conversando sobre el tema—, descubrí que los amigos del señor Finney estaban tramando sus planes para influir en la asamblea general, que celebraba su sesión en Filadelfia, y para colocar a uno de sus hombres en el puesto del señor Skinner. La iglesia de Skinner acababa de pedirme que les predicara; y les contesté que supliría, si lo deseaban, mientras la asamblea estuviera en sesión. Aquello le atascó las ruedas a alguien. Me quedé hasta el final, cuando Beman predicó media jornada. Eso desbarató sus planes. Fracasaron». No sé decir qué significa esto. Al leer lo anterior, y lo que sigue hasta el final del capítulo, junto con lo que encuentro en otras partes de esta biografía sobre el tema, me quedo asombrado ante las sospechas y las ilusiones que agitaban la mente del doctor Beecher. Si alguno de mis amigos intentaba hacerse con el púlpito que el doctor Skinner había dejado vacante, no recuerdo haber oído hablar de ello jamás. Yo era en aquel tiempo ministro de la iglesia presbiteriana y estaba predicando en Filadelfia mientras la asamblea estaba en sesión y mientras el doctor Beecher se hallaba allí. Ignoraba como un niño todas estas maniobras que revela la biografía. No compartí ninguno de los terrores y desasosiegos que parecen haber angustiado tanto al doctor Beecher y al señor Nettleton. Si alguno de mis amigos compartía el estado de ánimo en que se hallaban estos hermanos, yo no lo supe.
El relato veraz de mis labores hasta la época de la convención, y desde entonces en adelante, mostrará lo poco que sabía o me importaba lo que el doctor Beecher y el señor Nettleton decían o hacían acerca de mí. Bendigo al Señor porque fui guardado de desviarme de mi obra por su oposición, y porque nunca me inquieté por ella. Cuando estaba en Auburn, como he relatado, Dios me había dado la seguridad de que él haría que toda oposición redundara en bien sin que yo me desviara para responder a mis opositores. Eso nunca lo olvidé. Bajo esta seguridad divina seguí adelante con un ojo sincero y un espíritu confiado; y ahora, cuando leo qué agitaciones, sospechas y malentendidos se apoderaron de la mente de estos hermanos, me quedo asombrado ante su ilusión y la consiguiente ansiedad respecto de mí y de mis labores. Precisamente cuando el doctor Beecher estaba en Filadelfia maniobrando con miembros de la asamblea general, según se relata en su biografía, yo estaba trabajando en aquella ciudad, y llevaba varios meses haciéndolo en diferentes iglesias, en medio de un poderoso avivamiento de la religión, ignorando por completo a qué había ido allí el doctor Beecher. Nunca podré estar lo bastante agradecido de que Dios me guardara de agitarme y de cambiar de espíritu o de manera de concebir mis labores a causa de toda la oposición de aquellos días.
Capítulo 16 completado
Avivamiento en Troy y en New Lebanon