Capítulo 15 · 17 min de lectura · 21 min de escucha
Avivamiento en Auburn en 1826
EL DOCTOR LANSING, pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana de Auburn, vino a Utica para presenciar el avivamiento que había allí, y me instó a ir a trabajar con él por un tiempo. En el verano de 1826 accedí a su petición, fui allá y trabajé con él durante una temporada. Poco después de llegar a Auburn, descubrí que algunos de los profesores del seminario teológico de aquel lugar estaban adoptando una actitud hostil hacia el avivamiento. Ya sabía de antes que un número considerable de ministros al este de Utica mantenían correspondencia entre sí acerca de estos avivamientos y habían tomado una postura de hostilidad contra ellos.
Sin embargo, hasta que llegué a Auburn no fui plenamente consciente de la magnitud de la oposición que estaba destinado a encontrar por parte del ministerio; no del ministerio de la región donde yo había trabajado, sino de ministros de lugares donde no había trabajado, que no me conocían personalmente en absoluto, pero que se dejaban influir por los informes falsos que oían. Pero poco después de llegar a Auburn supe, por diversas fuentes, que se estaba llevando a cabo un sistema de espionaje que habría de desembocar, y que se proponía desembocar, en una amplia unión de ministros e iglesias para cercarme e impedir que se extendieran los avivamientos relacionados con mis labores.
For entonces se me informó de que el señor Nettleton había dicho que yo no podría avanzar más hacia el Este; que todas las iglesias de Nueva Inglaterra, especialmente, me tenían cerradas sus puertas. El señor Nettleton vino y se plantó firme en Albany; y llegó a mis manos una carta del doctor Beecher en la que exhortaba al señor Nettleton a plantarse varonilmente contra mí y contra los avivamientos del centro de Nueva York, prometiéndole que, cuando se reunieran los tribunales eclesiásticos (así los llamaba él) de Nueva Inglaterra, todos alzarían la voz y lo respaldarían en su oposición.
Pero por ahora debo volver a lo que ocurrió en Auburn. Poco después de llegar allí, mi mente quedó muy impresionada por el vasto alcance de aquel sistema de espionaje del que he hablado. El señor Frost, de Whitesboro, había llegado a conocer los hechos en gran medida y me los comunicó. Yo no dije nada en público, ni, que yo recuerde, en privado a nadie sobre el asunto, sino que me entregué a la oración. Día tras día miraba a Dios con gran fervor para que me dirigiera, pidiéndole que me mostrara el camino del deber y me diera gracia para capear el temporal.
Nunca olvidaré la escena que viví un día en mi cuarto, en casa del doctor Lansing. El Señor me mostró como en una visión lo que me esperaba. Se acercó tanto a mí, mientras yo estaba en oración, que mi carne literalmente temblaba sobre mis huesos. Me estremecí de pies a cabeza, bajo un pleno sentido de la presencia de Dios. Al principio, y durante algún tiempo, aquello se parecía más a estar en la cumbre del Sinaí, en medio de todos sus truenos, que en la presencia de la cruz de Cristo.
Nunca en mi vida, que yo recuerde, me sentí tan sobrecogido y humillado delante de Dios como entonces. Sin embargo, en lugar de sentir deseos de huir, parecía que me sentía atraído cada vez más cerca de Dios, que me acercaba más y más a aquella Presencia que me llenaba de un asombro y un temblor tan indecibles. Tras un tiempo de gran humillación delante de él, vino un gran levantamiento. Dios me aseguró que estaría conmigo y me sostendría; que ninguna oposición prevalecería contra mí; que en todo este asunto no tenía que hacer otra cosa que seguir con mi trabajo y esperar la salvación de Dios.
Nunca podré describir el sentido de la presencia de Dios ni todo lo que pasó entre Dios y mi alma en aquella ocasión. Me llevó a estar perfectamente confiado, perfectamente sereno, y a no albergar más que los sentimientos más perfectamente bondadosos hacia todos los hermanos que estaban engañados y se alineaban contra mí. Tenía la seguridad de que todo saldría bien; de que mi verdadero camino era dejarlo todo en manos de Dios y seguir con mi trabajo; y mientras la tormenta se formaba y la oposición crecía, ni por un momento dudé de cuál sería el desenlace. Nunca me inquietó; nunca pasé una hora de vigilia pensando en ello, cuando, según todas las apariencias externas, parecía que todas las iglesias del país, salvo aquellas donde yo había trabajado, iban a unirse para cerrarme sus púlpitos. Esa era, en efecto, según entendí, la determinación declarada de los hombres que encabezaban la oposición. Estaban tan engañados que pensaban que no había otro medio eficaz que unirse y, como ellos decían, «acabar con él». Pero Dios me aseguró que no podrían acabar conmigo.
Un pasaje del capítulo veinte de Jeremías se me aplicaba una y otra vez con gran poder. Dice así: «Me engañaste, oh Señor, y fui engañado». En el margen dice «sedujiste». «Más fuerte fuiste que yo, y me venciste; cada día he sido escarnecido; cada cual se burla de mí. Forque desde que hablo, doy voces, grito: Violencia y destrucción; porque la palabra del Señor me ha sido para afrenta y escarnio cada día. Y dije: No me acordaré más de él, ni hablaré más en su nombre; pero fue en mi corazón como un fuego ardiente metido en mis huesos; trabajé por sufrirlo, y no pude. Forque oí la murmuración de muchos, temor de todas partes: Denunciad, y denunciaremos. Todos mis amigos miraban si claudicaría. Quizá se dejará seducir, decían, y prevaleceremos contra él, y tomaremos de él nuestra venganza. Mas el Señor está conmigo como poderoso gigante; por tanto, los que me persiguen tropezarán, y no prevalecerán; serán avergonzados en gran manera, porque no prosperarán; tendrán perpetua confusión que jamás será olvidada. Oh Señor de los ejércitos, que sondas a los justos, que ves los riñones y el corazón, vea yo tu venganza de ellos; porque a ti he descubierto mi causa». Jeremías 20:7-12.
No quiero decir que este pasaje describiera literalmente mi caso ni expresara mis sentimientos; pero había tanta semejanza entre los casos que este pasaje fue a menudo un sostén para mi alma. El Señor no permitió que la oposición me llegara al corazón; y puedo decir con verdad que, hasta donde recuerdo, nunca tuve un sentimiento poco bondadoso hacia el señor Nettleton ni hacia el doctor Beecher, ni hacia ningún opositor destacado de la obra, durante todo el tiempo que duró su oposición.
Recuerdo haber sentido un horror peculiar ante el folleto publicado y la conducta adoptada por William R. Weeks, a quien ya he aludido. Quienes conocen la historia del señor Weeks recordarán que poco después de esto empezó a escribir un libro al que llamó «El progreso del peregrino en el siglo diecinueve». Se publicó por entregas y finalmente se encuadernó en un volumen, con el que muchos de los lectores de este relato quizá estén familiarizados. Era un hombre de considerable talento, y he de esperar que un buen hombre; pero, a mi juicio, muy engañado en su filosofía y sumamente desviado en su teología. No lo menciono porque desee decir mal alguno de él ni de su libro, sino solo para señalar que nunca dejó, hasta donde he podido saber, de oponerse en mayor o menor medida, directa e indirectamente, a los avivamientos que no favorecían sus opiniones peculiares. Se tomó mucho trabajo, sin nombrarlo, en defender la conducta del señor Nettleton al ponerse a la cabeza de la oposición a aquellos avivamientos. Pero Dios ha dispuesto de toda aquella influencia. Hace ya muchos años que no oigo nada de ella.
A pesar de la actitud que estaban adoptando algunos de los profesores de Auburn, en conexión con tantos ministros de fuera, el Señor pronto avivó su obra en Auburn. El señor Lansing tenía una congregación numerosa y muy inteligente. El avivamiento pronto prendió entre la gente y se volvió poderoso.
Fue en aquel tiempo cuando el doctor S——, de Auburn, que todavía reside allí, fue tan grandemente bendecido en su alma que se convirtió en otro hombre. El doctor S—— era anciano de la iglesia presbiteriana cuando llegué allí. Era un cristiano muy tímido y dado a la duda, y tenía poca eficacia cristiana porque tenía poca fe. Pronto, sin embargo, quedó profundamente convicto de pecado, y descendió a las profundidades de la humillación y la angustia, casi hasta la desesperación. Continuó en ese estado durante semanas, hasta que una noche, en una reunión de oración, quedó completamente vencido por sus sentimientos y cayó desplomado e impotente al suelo. Entonces Dios le abrió los ojos a la realidad de su salvación en Cristo. Esto ocurrió justo después de que yo dejara Auburn y fuera a trabajar a Troy, Nueva York. El doctor S—— pronto me siguió a Troy, y la primera vez que lo vi allí exclamó, con un énfasis muy suyo: «Hermano Finney, han sepultado al Salvador, ¡pero Cristo ha resucitado!». Recibió un bautismo tan maravilloso del Espíritu Santo que desde entonces ha sido el gozo y la admiración del pueblo de Dios.
En parte a consecuencia de la conocida desaprobación de mis labores por parte de muchos ministros, surgió bastante oposición en Auburn, y varios de los hombres principales de aquella gran población se pronunciaron con firmeza contra la obra. Pero el Espíritu del Señor estaba entre la gente con gran poder.
Recuerdo que un domingo por la mañana, mientras predicaba, estaba describiendo la manera en que algunos hombres se oponían a sus famihas y, si podían, impedían que se convirtieran. Di una descripción tan viva de un caso de esta clase que dije: «Probablemente, si yo los conociera a ustedes, podría llamar por su nombre a algunos de los que tratan así a sus famihas». En ese mismo instante un hombre gritó en la congregación: «¡Nómbreme a mí!», y luego dejó caer la cabeza sobre el banco que tenía delante; y era evidente que temblaba de gran emoción. Resultó que trataba así a su familia, y que aquella misma mañana había hecho las mismas cosas que yo había descrito. Dijo que su grito, «¡Nómbreme a mí!», fue tan espontáneo e irresistible que no pudo contenerlo. Pero me temo que nunca se convirtió a Cristo.
For aquel tiempo residía en Auburn un sombrerero llamado H——. Su esposa era una mujer cristiana; pero él era universalista y opositor del avivamiento. Llevó su oposición hasta el punto de prohibir a su esposa que asistiera a nuestras reuniones, y durante varias noches seguidas ella se quedó en casa. Una noche, cuando sonó la campana de aviso para la reunión, media hora antes de que se congregara la asamblea, la señora H—— estaba tan angustiada en su espíritu por su marido que se retiró a orar y pasó la media hora derramando su alma delante de Dios. Le contó cómo se comportaba su marido y que no la dejaba asistir a la reunión; y se acercó muchísimo a Dios.
Mientras la campana tañía para que la gente se reuniera, salió de su aposento, según supe, y encontró que su marido había vuelto del taller; y cuando ella entró en la sala, él le preguntó si no iba a ir a la reunión, y le dijo que, si iba, él la acompañaría. Más tarde me contó que había decidido asistir a la reunión aquella noche para ver si encontraba algo que justificara su oposición ante su esposa; o al menos algo de qué reírse y con qué apoyarse para ridiculizar toda la obra. Cuando propuso acompañar a su esposa, ella se sorprendió mucho, pero se preparó, y vinieron a la reunión.
De todo esto, como es natural, yo no sabía nada en aquel momento. Había estado todo el día visitando y trabajando con inquiridores, y no había tenido tiempo alguno para ordenar mis pensamientos, ni siquiera para decidirme por un texto. Durante los actos preliminares del culto me vino a la mente un texto. Eran las palabras del hombre que tenía un espíritu inmundo y que gritó: «Déjanos». Tomé esas palabras y me puse a predicar, procurando poner en evidencia la conducta de aquellos pecadores que querían que se los dejara en paz y que no querían tener nada que ver con Cristo. El Señor me dio poder para describir de manera muy viva el camino que seguía esa clase de hombres. En medio de mi discurso, vi a una persona caer de su asiento cerca del pasillo central, gritando de la manera más espantosa. La congregación se conmocionó mucho, y el clamor del hombre era tan grande que dejé de predicar y me quedé quieto. Al cabo de unos momentos, pedí a la congregación que permaneciera sentada mientras yo bajaba a hablar con el hombre. Descubrí que era este señor H—— del que vengo hablando. El Espíritu del Señor lo había convencido con tanto poder que no podía mantenerse en su asiento. Cuando llegué hasta él, había recobrado fuerzas lo suficiente para estar de rodillas, con la cabeza en el regazo de su esposa. Lloraba a gritos como un niño, confesaba sus pecados y se acusaba a sí mismo de una manera terrible. Le dije unas pocas palabras, a las que pareció prestar muy poca atención. El Espíritu de Dios tenía su atención tan por completo que pronto desistí de todo esfuerzo por hacer que atendiera a lo que yo decía. Cuando dije a la congregación quién era, todos lo conocían a él y su carácter, y aquello produjo lágrimas y sollozos en todas partes del edificio. Me quedé de pie un rato para ver si se calmaría lo bastante como para que yo pudiera continuar con el sermón; pero su llanto ruidoso lo hacía imposible. Nunca podré olvidar el semblante de su esposa, sentada mientras sostenía en el regazo el rostro de él entre sus manos. Había en su rostro un gozo santo y un triunfo que las palabras no pueden expresar.
Tuvimos varias oraciones, y luego despedí la reunión, y algunas personas ayudaron al señor H—— a llegar a su casa. Enseguida quiso que mandaran llamar a ciertos compañeros suyos con los que solía ridiculizar la obra del Señor en aquel lugar. No pudo descansar hasta haber mandado llamar a un gran número de ellos y haberles hecho su confesión, lo cual hizo con el corazón muy quebrantado.
Estaba tan abatido que durante dos o tres días no pudo andar por el pueblo, y siguió mandando llamar a los hombres que deseaba ver, para confesarse ante ellos y advertirles que huyeran de la ira que vendrá. En cuanto pudo salir, se puso a trabajar en la obra con la mayor humildad y sencillez de carácter, pero con gran fervor. Poco después fue nombrado anciano, o diácono, y desde entonces ha sido un cristiano muy ejemplar y útil. Su conversión fue tan notable y tan poderosa, y los resultados tan evidentes, que contribuyó mucho a acallar la oposición.
Había en el pueblo varios hombres ricos que se ofendieron con el doctor Lansing y conmigo, y con los obreros de aquel avivamiento; y después de que me marché, se juntaron y formaron una nueva congregación. La mayoría de ellos eran, en aquel momento, hombres inconversos. Que el lector tenga esto presente, porque en su debido lugar tendré ocasión de referirme a los resultados de esta oposición y de la formación de una nueva congregación, y a la posterior conversión de casi todos aquellos opositores.
Mientras estuve en Auburn, prediqué con más o menos frecuencia en las iglesias de los alrededores, y el avivamiento se extendió en varias direcciones, hasta Cayuga y Skeneateles. Esto fue en el verano y el otoño de 1826.
Poco después de mi llegada a Auburn, ocurrió algo de un carácter tan llamativo que debo relatarlo brevemente. Mi esposa y yo éramos huéspedes del doctor Lansing, el pastor de la iglesia. La iglesia estaba muy conformada al mundo, y los inconversos la acusaban de marcar la pauta en el vestir, la moda y la mundanalidad. Como de costumbre, dirigí mi predicación a lograr la reforma de la iglesia y a llevarla a un estado de avivamiento. Un domingo prediqué a la iglesia, con toda la penetración de que fui capaz, acerca de la postura que tenía ante el mundo. La palabra caló hondo en la gente.
Al terminar mi discurso, pedí al pastor, como de costumbre, que orara. Estaba muy impresionado por el sermón, y en lugar de ponerse a orar de inmediato, dirigió a la iglesia una exhortación breve pero muy ferviente, confirmando lo que yo les había dicho. En ese momento un hombre se levantó en la galería y dijo, de manera muy pausada y clara: «Señor Lansing, no creo que tales observaciones de su parte puedan hacer ningún bien mientras usted lleve una camisa con chorreras y un anillo de oro, y mientras su esposa y las damas de su familia se sienten, como lo hacen, delante de la congregación, vestidas como las que marcan la moda del día». Parecía que aquello iba a matar al doctor Lansing en el acto. No respondió nada, sino que se echó sobre el costado del púlpito y lloró como un niño. La congregación quedó casi tan conmocionada y conmovida como él. Casi todos dejaron caer la cabeza sobre el banco de delante, y muchos lloraban por todas partes. Salvo los sollozos y suspiros, el edificio estaba en un silencio profundo. Esperé unos momentos y, como el doctor Lansing no se movía, me levanté, hice una breve oración y despedí a la congregación.
Fui a casa con el querido pastor herido, y cuando toda la familia hubo vuelto de la iglesia, se quitó el anillo del dedo —era un delgado anillo de oro que apenas podía llamar la atención— y dijo que su primera esposa, en su lecho de muerte, se lo había quitado del dedo y se lo había puesto a él, pidiéndole que lo llevara por amor a ella. Así lo había hecho, sin pensar que pudiera ser piedra de tropiezo. De sus chorreras dijo que las había llevado desde niño y que no las consideraba nada impropio. De hecho, no recordaba cuándo había empezado a llevarlas, y por supuesto no pensaba en ellas para nada. «Pero —dijo—, si estas cosas son ocasión de ofensa para alguien, no las llevaré más». Era un hombre cristiano precioso y un pastor excelente.
Casi inmediatamente después de esto, la iglesia estuvo dispuesta a hacer ante el mundo una confesión pública de su apostasía y de su falta de espíritu cristiano. En consecuencia, se redactó una confesión que abarcaba todo el asunto. Se sometió a la aprobación de la iglesia y luego se leyó ante la congregación. La iglesia se levantó y permaneció en pie, muchos de ellos llorando mientras se leía la confesión. A partir de ese momento la obra avanzó con un poder mucho mayor.
La confesión era evidentemente obra del corazón y no una farsa; y Dios la aceptó de la manera más bondadosa y manifiesta, y se cerró la boca de los contradictores. Lo cierto es que, en gran medida, las iglesias y los ministros se hallaban en un estado bajo de gracia, y aquellos poderosos avivamientos los tomaron por sorpresa. No me extrañó mucho entonces, ni me ha extrañado después, que aquellas maravillosas obras de Dios no fueran bien comprendidas ni recibidas por quienes no estaban en un estado de avivamiento.
Hubo muchísimas conversiones interesantes en Auburn y sus alrededores, y también en todos los pueblos vecinos, por toda aquella parte del estado, a medida que la obra se extendía en todas direcciones. En la primavera de 1831 estuve de nuevo en Auburn y vi allí otro poderoso avivamiento. Las circunstancias fueron peculiares y profundamente interesantes, y se relatarán en su lugar correspondiente en este relato
Capítulo 15 completado
Avivamiento en Auburn en 1826