Capítulo 14 · 30 min de lectura · 38 min de escucha
Avivamiento en Utica
Cuando llevaba unos veinte días en Rome, murió uno de los ancianos de la iglesia del señor Aiken en Utica, un hombre muy destacado y muy útil, y bajé para asistir a su funeral. El señor Aiken dirigió el servicio fúnebre, y por él supe que el espíritu de oración ya se manifestaba en su congregación y en aquella ciudad. Me contó que una de las mujeres principales de su iglesia había estado tan profundamente ejercitada en su alma por el estado de la iglesia y de los impíos de aquella ciudad, que había orado dos días con sus noches, casi sin cesar, hasta que sus fuerzas quedaron del todo agotadas; que había tenido literalmente dolores de parto en el alma, hasta tal punto que, cuando se le acabaron las fuerzas, no podía soportar la carga de su mente a menos que alguien estuviera orando con ella, alguien en cuya oración pudiera apoyarse, alguien que pudiera expresar a Dios los deseos de ella.
Yo lo entendí así, y le dije al señor Aiken que la obra ya había comenzado en el corazón de aquella mujer. Él lo reconoció, desde luego, y quiso que yo empezara a trabajar de inmediato con él y con su gente. Pronto lo hice, y, como era de esperar, la obra comenzó en seguida. La palabra surtió efecto inmediato, y el lugar se llenó de la influencia manifiesta del Espíritu Santo. Nuestras reuniones estaban abarrotadas todas las noches, y la obra se extendió y avanzó con poder, sobre todo en las dos congregaciones presbiterianas, de una de las cuales era pastor el señor Aiken, y de la otra el señor Brace. Repartí mis labores entre las dos congregaciones.
Poco después de empezar en Utica, le comenté al señor Aiken que el señor B——, el alguacil de quien ya he hablado, no asistía a las reuniones, por lo que yo había visto. Pero unas noches después, justo cuando iba a empezar a predicar, el señor Aiken me susurró que el señor B—— había entrado.
Me lo señaló mientras avanzaba por el pasillo hacia su asiento. Tomé mi texto y comencé a hablar a la congregación. Apenas llevaba unos momentos hablando cuando vi que el señor B—— se ponía de pie en su banco, se daba la vuelta con calma, se envolvía en su gabán y se arrodillaba. Noté que esto llamó la atención de los que estaban sentados cerca y lo conocían, y causó bastante impresión en aquella parte del templo. El alguacil permaneció de rodillas durante todo el servicio. Luego se retiró a su habitación en el hotel donde se hospedaba. Era un hombre de unos cincuenta años, quizá, y soltero.
Me contó después que, al llegar a casa, tenía el ánimo muy cargado, y repasó el tema que había estado escuchando. Yo había instado a la congregación a aceptar a Cristo tal como se presenta en el evangelio. El sermón había tratado de la cuestión de aceptar a Cristo en el momento presente, y de toda la situación en cuanto a la relación del pecador con él y de la relación de él con el pecador. Dijo que había guardado en su mente los puntos que se habían expuesto, y que se los presentó solemnemente a sí mismo, y dijo: «Alma mía, ¿consientes en esto? ¿Aceptarás a Cristo, y dejarás el pecado, y te entregarás a ti misma? ¿Y lo harás ahora?». Dijo que, en la agonía de su mente, se había echado sobre la cama. Se planteó la cuestión de este modo, y conjuró a su alma a aceptar «ahora, y aquí». Allí mismo, dijo, su angustia lo dejó tan de repente que se quedó dormido, y no despertó hasta varias horas después. Cuando despertó, encontró su mente llena de paz y de descanso en Cristo; y desde aquel momento se convirtió en un obrero ferviente para Cristo entre sus conocidos.
El hotel donde se hospedaba lo llevaba en aquel tiempo un tal señor S——. El Espíritu se apoderó poderosamente de aquella casa.
El propio señor S—— fue pronto objeto de oración y se convirtió; y también un gran número de sus familiares y de sus huéspedes. De hecho, aquel hotel, el más grande del pueblo, se convirtió en un centro de influencia espiritual, y muchos se convirtieron allí. Las diligencias que pasaban por el pueblo se detenían en el hotel; y tan poderosa era la impresión en la comunidad que supe de varios casos de personas que se detuvieron solo para comer o para pasar una noche y que cayeron en una poderosa convicción y se convirtieron antes de salir del pueblo. En verdad, tanto aquí como en Rome, era un comentario corriente que nadie podía estar en el pueblo, ni pasar por él, sin darse cuenta de la presencia de Dios; que una influencia divina parecía impregnar el lugar, y toda la atmósfera parecía palpitar de vida divina.
Un comerciante de Lowville vino a Utica a hacer algunos negocios de su ramo. Se alojó en el hotel donde se hospedaba el señor B——. Encontró que todas las conversaciones del pueblo eran de tal índole que lo molestaban mucho, porque era un hombre inconverso. Estaba disgustado, y dijo que allí no podía hacer negocios; que todo era religión; y resolvió volverse a casa. No podía entrar en una tienda sin que le metieran la religión por delante, y no podía hacer negocios con ellos. Esa misma noche se volvería a casa.
Había hecho estos comentarios delante de algunos de los jóvenes convertidos que se hospedaban en el hotel, y creo que especialmente delante del señor B——. Como se esperaba que la diligencia saliera ya entrada la noche, lo vieron ir al mostrador, poco antes de retirarse, para pagar su cuenta, diciendo que probablemente el señor S—— no estaría levantado cuando pasara la diligencia, y que por eso quería saldar la cuenta antes de acostarse. El señor S—— contó que, mientras el hombre pagaba su cuenta, notó que tenía el ánimo muy agitado, y sugirió a varios de los caballeros que se hospedaban allí que hicieran de él un motivo de oración. Lo llevaron, creo, a la habitación del señor B——, conversaron con él y oraron con él, y antes de que llegara la diligencia ya era un hombre convertido. Y tan inquieto se sintió de inmediato por la gente de su propio pueblo que, cuando llegó la diligencia, tomó pasaje y se fue a casa en seguida. En cuanto llegó a casa, contó a su familia su experiencia, los reunió y oró con ellos. Como era un ciudadano muy destacado y muy franco, y proclamaba por todas partes lo que el Señor había hecho por su alma, aquello produjo de inmediato una impresión muy solemne en Lowville, y pronto resultó en un gran avivamiento en aquel lugar.
Fue en medio del avivamiento de Utica cuando oímos hablar por primera vez de la oposición a aquellos avivamientos que estaba surgiendo en el Este. El señor Nettleton escribió algunas cartas al señor Aiken, con quien yo trabajaba, en las que se veía claramente que estaba muy equivocado en cuanto al carácter de aquellos avivamientos. El señor Aiken me mostró esas cartas, y circularon entre los ministros de la región, como se pretendía que circularan. Entre ellas había una en la que el señor Nettleton exponía por extenso lo que consideraba censurable en la manera de conducir estos avivamientos; pero como en aquellos avivamientos no se hacía, ni se había conocido en absoluto, ninguna de las cosas de que él se quejaba, no hicimos otro caso de las cartas que leerlas y dejarlas pasar. El señor Aiken, sin embargo, respondió en privado a una o dos de ellas, asegurando al señor Nettleton que no se hacían tales cosas. No recuerdo ahora si el señor Nettleton se quejaba de que a veces las mujeres oraban en las reuniones de grupo. Era cierto, sin embargo, que en unos pocos casos algunas mujeres —y algunas mujeres muy destacadas, que se sentían fuertemente apremiadas en espíritu— dirigían la oración en las reuniones de grupo que celebrábamos a diario de casa en casa. Que yo sepa, no se manifestó ninguna oposición a esto, ni en Utica ni en Rome. Yo no tuve ninguna parte en introducir la práctica entre la gente, y no sé si existía allí antes o no. De hecho, por lo que sé, no era tema de mucha conversación ni reflexión en la región donde ocurría. Ya he dicho que se sabía que el señor Weeks, que sostenía las doctrinas más chocantes en cuanto a la eficiencia divina, se oponía a aquellos avivamientos. Para información de quienes quizá no sepan que alguna vez se sostuvieron tales doctrinas, diré que el señor Weeks, y los que estaban de acuerdo con él, sostenían que tanto el pecado como la santidad se producían en la mente por un acto directo del poder omnipotente; que Dios hacía a los hombres pecadores o santos a su soberano arbitrio, pero en ambos casos por un acto directo del poder omnipotente, un acto tan irresistible como el de la creación misma; que de hecho Dios era el único agente propiamente dicho del universo, y que todas las criaturas actuaban solo según él las movía y las obligaba a actuar por su poder irresistible; que todo pecado del universo, tanto de los hombres como de los demonios, era el resultado de un acto directo e irresistible por parte de Dios. Esto intentaban probarlo con la Biblia.
La idea que el señor Weeks tenía de la conversión, o regeneración, era que Dios, que había hecho pecadores a los hombres, al regenerarlos los llevaba también a admitir que él tenía derecho a hacerlos pecadores para su gloria, y a enviarlos al infierno por los pecados que él mismo había creado directamente en ellos, o que los había obligado a cometer por la fuerza de la omnipotencia. No tenía ninguna confianza en las conversiones que no llevaban a los pecadores a aceptar esta manera de ver el asunto. Quienes hayan leído los nueve sermones del señor Weeks sobre el tema verán que no he tergiversado sus ideas. Y como esta opinión del señor Weeks la abrazaban en considerable medida los ministros y los creyentes profesantes de aquella región, su conocida oposición, junto con la de algunos otros ministros, envalentonó y aumentó mucho la oposición de otros.
La obra, sin embargo, siguió adelante con gran poder, convirtiendo a toda clase de personas, hasta que el señor Aiken informó de la conversión, según todas las esperanzas, de quinientas personas en el curso de unas pocas semanas, la mayoría de ellas, creo, de su propia congregación. Los avivamientos eran algo relativamente nuevo en aquella región, y la gran masa del pueblo no se había convencido de que fueran obra de Dios. No les inspiraban el temor reverente que les inspiraron después. Parecía estar muy extendida la impresión de que aquellos avivamientos pronto pasarían, y resultarían no haber sido más que una mera excitación de los sentimientos naturales. No quiero decir que los que estaban interesados en la obra tuvieran semejante idea.
En medio de aquel avivamiento ocurrió una circunstancia que causó una impresión poderosa. El presbiterio de Oneida se reunió allí mientras el avivamiento estaba en todo su vigor. Entre otros había un clérigo anciano, desconocido para mí, a quien molestaban mucho el calor y el fervor del avivamiento. Encontró que la mente del público estaba completamente absorta en el tema de la religión; que había oración y conversación religiosa por todas partes, hasta en las tiendas y otros lugares públicos. Nunca había visto un avivamiento, y nunca había oído lo que oyó allí. Era escocés y, creo, no llevaba mucho tiempo en este país.
El viernes por la tarde, antes de que el presbiterio levantara la sesión, se puso de pie y pronunció un discurso violento contra el avivamiento, tal como se estaba desarrollando. Lo que dijo escandalizó y entristeció mucho a los cristianos que estaban presentes. Sentían deseos de postrarse sobre su rostro delante de Dios y clamar a él para que impidiera que lo que aquel hombre había dicho causara algún daño.
El presbiterio levantó la sesión al anochecer. Algunos de los miembros se fueron a casa, y otros se quedaron a pasar la noche. Los cristianos se entregaron a la oración. Aquella noche hubo un gran clamor a Dios para que contrarrestara cualquier mala influencia que pudiera resultar de aquel discurso. A la mañana siguiente, encontraron a aquel hombre muerto en su cama.
En el curso de estos avivamientos, personas de lejos, desde casi todas direcciones, al oír lo que el Señor estaba haciendo, o atraídas por la curiosidad y el asombro ante lo que oían, venían a verlo por sí mismas; y muchas de ellas se convirtieron a Cristo. Entre estos visitantes estuvo el doctor Garnet Judd, que poco después fue como misionero a las islas Sandwich, y a quien los amigos de las misiones conocen bien desde hace muchos años. Pertenecía a la congregación del señor Weeks, a quien me he referido. Su padre, el anciano doctor Judd, era un cristiano ferviente. Bajó a Utica y simpatizó grandemente con el avivamiento.
For aquel mismo tiempo, una joven, la señorita F—— T——, de algún lugar de Nueva Inglaterra, vino a Utica en las siguientes circunstancias: era maestra de una escuela secundaria en los alrededores de Newburgh, Nueva York. Como los periódicos hablaban mucho del avivamiento de Utica, la señorita T——, entre otros, se llenó de asombro y de admiración, y del deseo de ir a ver por sí misma qué significaba aquello. Dio vacaciones a su escuela por diez días y tomó la diligencia para Utica. Al pasar por la calle Genesee camino del hotel, vio en uno de los letreros el nombre de B—— T——. Era una completa forastera en Utica, y no sabía que tuviera allí ningún conocido ni pariente. Pero después de pasar un día o dos en su hotel, y de preguntar quién era B—— T——, le envió una nota diciéndole que la hija de un tal señor T——, nombrando a su padre, estaba en el hotel y tendría mucho gusto en verlo. El señor T—— fue a visitarla y descubrió que era una pariente lejana suya, y la invitó en seguida a su casa. Ella aceptó la invitación, y él, que era un cristiano ferviente, la llevó en seguida a todas las reuniones y trató de despertar su interés por la religión. Ella quedó muy sorprendida por todo lo que vio, y bastante molesta.
Era una joven enérgica, muy culta y orgullosa; y la manera en que la gente conversaba con ella, y le insistía en la necesidad de entregar su corazón a Dios de inmediato, la perturbaba mucho. La predicación que oía noche tras noche hizo en ella una profunda impresión. Se insistía mucho en la culpa de los pecadores; y en lo que oía ocupaban un lugar destacado lo que merecían y el peligro que corrían de la condenación eterna. Esto despertó su oposición; pero aun así la obra de convicción avanzaba poderosamente en su corazón.
Entretanto yo no la había visto para conversar con ella, pero el señor T—— me había contado cuál era su estado de ánimo.
Después de retorcerse unos días bajo la verdad, vino a mi alojamiento. Se sentó en el sofá de la sala. Acerqué mi silla frente a ella y comencé a insistirle en los derechos que Dios tiene sobre ella. Se refirió a mi predicación de que los pecadores merecían ser enviados a un infierno eterno, y dijo que no podía aceptarlo, que no creía que Dios fuera un ser así. Le respondí: «Es que todavía no entiendes lo que es el pecado en su verdadera naturaleza y en lo que merece; si lo entendieras, no te quejarías de Dios por enviar al pecador a un infierno eterno». Luego le expuse el tema en la conversación con toda la claridad que pude. For mucho que detestara creerlo, la convicción de que era verdad se le iba haciendo irresistible. Seguí conversando en esta línea durante algún tiempo, hasta que vi que estaba a punto de hundirse bajo la convicción ya madura; y entonces me volví y dije unas palabras sobre el lugar que ocupa Jesús, y sobre cuál es la verdadera situación en cuanto a la salvación de quienes así merecían ser condenados.
Su rostro palideció; un momento después levantó las manos y dio un grito, y luego cayó hacia delante sobre el brazo del sofá y dejó que se le quebrantara el corazón. Creo que hasta entonces no había llorado en absoluto. Tenía los ojos secos, el rostro demacrado y pálido, la sensibilidad toda encerrada; pero ahora se abrieron las compuertas, y derramó todo su corazón desbordado delante de Dios. No tuve necesidad de decirle nada más. Pronto se levantó y se fue a su alojamiento. Casi de inmediato dejó su escuela, se ofreció como misionera en el extranjero, se casó con un tal señor Gulick y partió hacia las islas Sandwich, creo que al mismo tiempo que el doctor Judd. Su historia como misionera es bien conocida. Ha sido una misionera muy eficaz, y ha criado varios hijos que también son misioneros.
Mientras tuve mi residencia en Utica, prediqué con frecuencia en New Hartford, un pueblo a cuatro millas al sur de Utica. Hubo allí una preciosa y poderosa obra de gracia, siendo entonces pastor de la iglesia presbiteriana un tal señor Coe. Prediqué también en Whitesboro’, otro hermoso pueblo, a cuatro millas al oeste de Utica, donde también hubo un poderoso avivamiento. El pastor, el señor John Frost, fue un obrero de lo más eficaz en la obra.
En esta zona ocurrió algo que no debo dejar de mencionar. Había una fábrica de algodón a orillas del arroyo Oriskany, un poco más arriba de Whitesboro’, en un lugar que ahora se llama New York Mills. Era propiedad de un tal señor W——, un hombre inconverso, pero un caballero de alta posición y buenas costumbres. Mi cuñado, el señor G—— A, era por entonces el encargado de la fábrica. Me invitaron a ir a predicar allí, y subí una noche y prediqué en la escuela del pueblo, que era grande y estaba llena de oyentes. Pude ver que la palabra surtía un efecto poderoso en la gente, sobre todo entre los jóvenes que trabajaban en la fábrica.
A la mañana siguiente, después del desayuno, entré en la fábrica para recorrerla. Al pasar, noté que había bastante agitación entre los que estaban ocupados en sus telares, sus hiladoras y demás herramientas de trabajo. Al atravesar una de las salas, donde un gran número de muchachas atendían su tejido, vi a un par de ellas que me miraban y hablaban entre sí con mucha seriedad; y pude ver que estaban bastante agitadas, aunque las dos se reían. Me dirigí despacio hacia ellas. Me vieron venir, y era evidente que estaban muy nerviosas. Una de ellas trataba de anudar un hilo roto, y noté que le temblaban tanto las manos que no lo podía anudar. Me acerqué despacio, mirando a uno y otro lado la maquinaria al pasar; pero noté que aquella muchacha se agitaba cada vez más y no podía seguir con su trabajo. Cuando llegué a ocho o diez pies de ella, la miré con solemnidad. Ella se dio cuenta, y quedó completamente vencida, se desplomó y rompió a llorar. La impresión prendió casi como la pólvora, y en pocos momentos casi todos los que estaban en la sala lloraban. Este sentimiento se extendió por toda la fábrica. El señor W——, el dueño del establecimiento, estaba presente, y al ver cómo estaban las cosas, dijo al encargado: «Pare el molino, y deje que la gente se ocupe de la religión; porque es más importante que nuestras almas se salven que el que esta fábrica funcione». En seguida se cerró la compuerta y se detuvo la fábrica; pero ¿dónde nos reuniríamos? El encargado sugirió que la sala de las hiladoras era grande, y que, recogidas las hiladoras, podíamos reunirnos allí. Así lo hicimos, y apenas he asistido nunca a una reunión más poderosa. Siguió adelante con gran poder. El edificio era grande, y había en él mucha gente, desde el desván hasta el sótano. El avivamiento recorrió la fábrica con un poder asombroso, y en el curso de unos pocos días casi todos los que trabajaban en ella se habían convertido, según todas las esperanzas.
Como se ha dicho mucho sobre la conversión de Theodore D. Weld en Utica, quizá convenga que dé un relato exacto de los hechos. Tenía una tía, la señora C——, que vivía en Utica y era una mujer muy dada a la oración y muy piadosa. Él era hijo de un eminente clérigo de Nueva Inglaterra, y su tía creía que era cristiano. Solía dirigir el culto familiar en la casa de ella. Antes de comenzar el avivamiento, había ingresado en Hamilton College, en Clinton. La obra de Utica había llamado tanto la atención que muchas personas de Clinton, y entre ellas algunos de los profesores del colegio, habían bajado a Utica y contado lo que allí pasaba, y eso había provocado bastante agitación. Weld ocupaba un lugar muy destacado entre los estudiantes de Hamilton College, y tenía una influencia muy grande. Al oír lo que pasaba en Utica, se exaltó mucho, y su oposición se despertó con fuerza. Según supe, llegó a expresar su oposición a la obra con palabras del todo ultrajantes.
Esto se supo en Utica, y su tía, en cuya casa se había hospedado, se inquietó mucho por él. Para mí era un completo desconocido. Su tía le escribió pidiéndole que viniera a casa a pasar un domingo, oyera la predicación y se interesara por la obra. Al principio se negó, pero finalmente reunió a algunos de los estudiantes y les dijo que había decidido bajar a Utica; que sabía que aquello tenía que ser fanatismo o exaltación; que sabía que no lo conmovería, y que ya verían que no lo conmovería. Vino lleno de oposición, y su tía pronto supo que no tenía intención de oírme predicar. El señor Aiken solía ocupar el púlpito por la mañana, y yo por la tarde y por la noche. Su tía supo que pensaba ir a la iglesia del señor Aiken por la mañana, cuando esperaba que predicara el señor Aiken; pero que no iría ni por la tarde ni por la noche, porque estaba resuelto a no oírme.
En vista de esto, el señor Aiken sugirió que yo predicara por la mañana. Acepté, y fuimos a la reunión. El señor Aiken dirigió la parte preliminar del culto, como de costumbre. La señora C—— vino a la reunión con su familia, y entre ellos el señor Weld. Ella se las arregló para que él quedara sentado en el banco de tal manera que no pudiera salir fácilmente sin que ella misma y uno o dos miembros más de la familia salieran antes que él; porque temía, según dijo, que se marchara al ver que yo iba a predicar. Yo sabía que su influencia entre los jóvenes de Utica era muy grande, y que su venida tendría un poderoso efecto para hacer que se unieran en oposición a la obra. El señor Aiken me lo señaló cuando entró y tomó asiento.
Después de la parte preliminar, me levanté y anuncié este texto: «Un pecador destruye mucho bien». Nunca había predicado sobre él ni lo había oído predicar; pero vino a mi mente con gran poder, y eso decidió la elección del texto. Comencé a predicar y a mostrar, con muchísimos ejemplos, cómo un pecador puede destruir mucho bien, y cómo la influencia de un solo hombre puede destruir a muchísimas almas. Supongo que pinté un retrato bastante vivo de Weld, de cuál era su influencia y del daño que podía hacer. Una o dos veces hizo un esfuerzo por salir; pero su tía, al darse cuenta, se echaba hacia delante, se apoyaba en el banco de enfrente y se ponía a orar en silencio, y él no podía salir sin perturbarla y molestarla; así que se quedó en su asiento hasta que terminó la reunión.
Al día siguiente entré en una tienda de la calle Genesee para conversar con algunas personas que había allí, pues tenía la costumbre de ir de un lugar a otro para conversar; ¿y a quién me encontré allí sino a Weld? Se me echó encima sin ningún miramiento, y creo que durante casi una hora, o una hora entera, me habló de la manera más insultante. Nunca había oído nada semejante. Yo apenas tuve ocasión de decirle algo, porque su lengua no paraba. Tenía un gran don de palabra. Pronto llamó la atención de todos los que estaban en la tienda; la noticia corrió por las calles, y los dependientes de las tiendas vecinas se fueron juntando y se quedaron a oír lo que decía. En la tienda se paró todo negocio, y todos se entregaron a escuchar sus injurias. Pero al fin le hablé apelando a su conciencia y le dije: «Señor Weld, ¿es usted hijo de un ministro de Cristo, y es esta la manera en que debe comportarse?». Dije unas pocas palabras en ese sentido, y vi que le dolieron; y, soltando algo muy duro, salió en seguida de la tienda.
Yo también salí y volví a casa del señor Aiken, donde me alojaba por entonces. Apenas llevaba allí unos momentos cuando alguien llamó a la puerta, y como no había ningún criado a mano, fui yo mismo a abrir. ¿Y quién había de entrar sino el señor Weld? Tenía aspecto de estar a punto de hundirse. Comenzó en seguida a hacer la más humilde confesión y a pedir perdón por la manera en que me había tratado, y se expresó en los términos más fuertes de condenación de sí mismo. Le tomé amablemente de la mano y conversé un poco con él; le aseguré que no le guardaba ningún rencor, y lo exhorté encarecidamente a entregar su corazón a Dios. Creo que oré con él antes de que se fuera. Se marchó, y no supe nada más de él aquel día.
Aquella noche prediqué, creo, en New Hartford, y volví ya tarde. A la mañana siguiente supe que él había ido a casa de su tía muy impresionado y sometido. Ella le pidió que orara en el culto familiar. Dijo que al principio la idea lo escandalizó. Pero su enemistad se levantó tanto que pensó que esa era una manera en que todavía no había expresado su oposición, y que por tanto accedería a lo que ella le pedía. Se arrodilló, y comenzó y prosiguió lo que su tía pretendía que fuera una oración; pero, según su propio relato, fue la sarta más blasfema de injurias que pueda pronunciarse. Siguió de la manera más asombrosa, hasta que todos quedaron sacudidos por la emoción y el asombro; y siguió tanto tiempo que la luz se apagó antes de que terminara. Su tía intentó conversar con él y orar con él; pero la oposición de su corazón era terrible. Se asustó del estado de ánimo que él mostraba. Después de orar con él y de rogarle que entregara su corazón a Dios, se retiró.
Él se fue a su cuarto; y ratos se paseaba por la habitación, y ratos se tendía en el suelo. Pasó toda la noche en aquel terrible estado de ánimo, enojado, rebelde, y sin embargo con una convicción tan grande que apenas podía vivir. Justo al rayar el día, mientras se paseaba de un lado a otro de su cuarto, dijo, le sobrevino una presión que lo aplastó contra el suelo; y con ella vino una voz que parecía ordenarle que se arrepintiera, que se arrepintiera ahora. Dijo que aquello lo derribó al suelo, y allí se quedó hasta que, ya avanzada la mañana, su tía subió y lo encontró en el suelo llamándose mil veces necio; y, según toda apariencia humana, con el corazón hecho pedazos.
La noche siguiente se levantó en la reunión y preguntó si podía hacer una confesión. Le respondí que sí, y hizo una confesión pública delante de toda la congregación. Dijo que le correspondía quitar la piedra de tropiezo que había puesto delante de todo el pueblo, y que quería la oportunidad de hacer la confesión más pública que pudiera. Y en efecto hizo una confesión muy humilde, sincera y quebrantada.
Desde entonces llegó a ser un colaborador muy eficaz en la obra. Trabajó con diligencia; y, siendo un orador poderoso, y muy dotado para la oración y el trabajo, fue instrumento durante varios años para hacer muchísimo bien y para la conversión, según todas las esperanzas, de muchísimas almas. Con el tiempo su salud se debilitó por sus grandes trabajos. Tuvo que dejar el colegio, y se fue de excursión de pesca a la costa del Labrador. Volvió con la salud renovada, el mismo obrero ferviente que era antes de irse. Durante bastante tiempo encontré en él un colaborador eficaz allí donde yo procuraba trabajar.
He dicho que no se dio respuesta pública a lo que llegó a imprimirse en oposición a estos avivamientos; es decir, a nada de lo escrito por el doctor Beecher o el señor Nettleton. También he dicho que los ministros que componían la Asociación de Oneida publicaron un folleto en oposición a la obra. A este, creo, no se dio respuesta pública. Recuerdo que un ministro unitario que residía en Trenton, en ese condado, publicó un folleto injurioso en el que tergiversaba mucho la obra y me atacaba personalmente. A este le respondió públicamente el reverendo señor Wetmore, uno de los miembros del presbiterio de Oneida.
Este avivamiento ocurrió en el invierno y la primavera de 1826. Cuando los convertidos ya habían sido recibidos en las iglesias de todo el condado, el reverendo John Frost, pastor de la iglesia presbiteriana de Whitesboro’, publicó un folleto con un relato del avivamiento, y afirmó, si mal no recuerdo, que dentro de los límites de aquel presbiterio los convertidos sumaban tres mil. No tengo ningún ejemplar de ninguno de estos folletos. He dicho que la obra se extendió desde Rome y Utica, como desde un centro, en todas direcciones. Venían ministros desde bastante lejos, y pasaban más o menos tiempo asistiendo a las reuniones y ayudando de diversas maneras a impulsar la obra. Yo extendí mis propias labores por un campo tan amplio como pude, y trabajé más o menos por todo el territorio del presbiterio. No puedo recordar ahora todos los lugares donde pasé más o menos tiempo. Los pastores de todas aquellas iglesias simpatizaban profundamente con la obra; y, como hombres buenos y leales, se pusieron sobre el altar e hicieron todo lo que pudieron por impulsar aquel grande y glorioso movimiento; y Dios les dio una rica recompensa.
Las doctrinas que se predicaban en estos avivamientos eran las mismas que ya he expuesto. En lugar de decir a los pecadores que usaran los medios de gracia y pidieran en oración un corazón nuevo, los llamábamos a que se hicieran un corazón nuevo y un espíritu nuevo, y les insistíamos en el deber de rendirse a Dios al instante. Les decíamos que el Espíritu estaba contendiendo con ellos para inducirlos a darle ahora su corazón, a creer ahora, y a entrar de una vez en una vida de consagración a Cristo, de fe, de amor y de obediencia cristiana. Les enseñábamos que, mientras pedían en oración el Espíritu Santo, lo estaban resistiendo constantemente; y que si cedían de una vez a lo que su propia conciencia les decía que era su deber, serían cristianos. Procurábamos mostrarles que todo lo que hacían o decían antes de haberse sometido, haber creído y haber entregado su corazón a Dios, era todo pecado; no era lo que Dios les pedía que hicieran, sino que era simplemente aplazar el arrepentimiento y resistir al Espíritu Santo.
Una enseñanza como esta, por supuesto, encontró la oposición de muchos; sin embargo, el Espíritu de Dios la bendijo grandemente. Antes se había supuesto necesario que el pecador permaneciera mucho tiempo bajo convicción; y no era raro oír a creyentes veteranos decir que habían estado bajo convicción muchos meses, o años, antes de encontrar alivio; y era evidente que tenían la impresión de que, cuanto más tiempo hubieran estado bajo convicción, mayor era la evidencia de que se habían convertido de verdad. Nosotros enseñábamos lo contrario. Yo insistía en que, si permanecían mucho tiempo bajo convicción, corrían el peligro de volverse justos en su propia opinión, en el sentido de que pensarían que habían orado mucho y hecho mucho para persuadir a Dios de que los salvara; y que al final se conformarían con una falsa esperanza. Les decíamos que, bajo esa convicción prolongada, corrían el peligro de contristar al Espíritu de Dios hasta alejarlo, y que cuando cesara su angustia de ánimo se produciría naturalmente una reacción; sentirían menos angustia, y quizá alcanzarían cierto grado de consuelo, del cual corrían el peligro de deducir que se habían convertido; que el mero pensamiento de que posiblemente se habían convertido podía producir cierto grado de gozo, que podrían confundir con el gozo y la paz cristianos; y que este estado de ánimo podía engañarlos todavía más al tomarlo como prueba de que se habían convertido.
Procurábamos desarraigar a fondo esta falsa enseñanza. Insistíamos entonces, como lo he hecho siempre desde entonces, en la sumisión inmediata como lo único que Dios podía aceptar de sus manos; y en que toda demora, bajo cualquier pretexto, era rebelión contra Dios. Con esta enseñanza llegó a ser muy común que las personas cayeran en convicción y se convirtieran en el curso de unas pocas horas, y a veces en el curso de unos pocos minutos. Tales conversiones repentinas alarmaban a muchas personas buenas; y, como era de esperar, predecían que los convertidos caerían y resultaría que no se habían convertido de verdad. Pero los hechos demostraron que entre aquellas conversiones repentinas se contaban algunos de los cristianos más influyentes que jamás se hayan conocido en aquella región; y esto ha concordado con mi propia experiencia a lo largo de todo mi ministerio. He dicho que el señor Aiken respondió en privado a algunas de las cartas del señor Nettleton y del doctor Beecher. Algunas de las cartas del doctor Beecher de aquel tiempo llegaron a imprimirse, pero no se les hizo caso públicamente. Las respuestas del señor Aiken, que envió por correo, no parecieron cambiar en nada la oposición ni del señor Nettleton ni del doctor Beecher. For una carta que el doctor Beecher escribió por aquel tiempo al doctor Taylor, de New Haven, se veía que alguien le había dado la impresión de que los hermanos que promovían aquellos avivamientos faltaban a la verdad. En esa carta afirmaba que el espíritu de mentira predominaba de tal manera en aquellos avivamientos que no se podía creer en absoluto a los hermanos que los promovían. Esta carta del doctor Beecher al doctor Taylor llegó a imprimirse. Si se volviera a publicar hoy, la gente de la región donde se dieron aquellos avivamientos encontraría muy extraño que el doctor Beecher hubiera podido escribir jamás, aunque fuera en una carta privada, semejantes cosas de los ministros y cristianos que promovían aquellos grandes y maravillosos avivamientos.
Capítulo 14 completado
Avivamiento en Utica