Memorias de Charles G. Finney
Avivamiento en Rome

Capítulo 13 · 27 min de lectura · 35 min de escucha

Avivamiento en Rome

POR ESTE tiempo, el reverendo Moses Gillett, pastor de la iglesia congregacional de Rome, al oír lo que el Señor estaba haciendo en Western, vino, acompañado de una tal señorita H——, uno de los miembros prominentes de su iglesia, a ver la obra que se estaba realizando. Ambos quedaron muy impresionados por la obra de Dios. Yo veía que el Espíritu de Dios los estaba removiendo hasta lo más hondo de su ser. A los pocos días, el señor Gillett y la señorita H—— volvieron a subir. La señorita H—— era una joven cristiana muy devota y fervorosa. En esta segunda visita, el señor Gillett me dice: «Hermano Finney, me parece que tengo una Biblia nueva. Nunca antes había entendido las promesas como ahora; nunca antes me había aferrado a ellas; no puedo descansar», dijo; «mi mente está llena de este asunto, y las promesas son nuevas para mí». Esta conversación, que se prolongó durante un buen rato, me dio a entender que el Señor lo estaba preparando para una gran obra en su propia congregación.

Poco después, cuando el avivamiento estaba en pleno vigor en Western, el señor Gillett me convenció de que intercambiáramos los púlpitos por un día. Accedí a regañadientes.

El sábado anterior al día del intercambio, camino de Rome, lamenté mucho haber accedido. Sentía que estropearía mucho la obra en Western, porque el señor Gillett predicaría alguno de sus viejos sermones, que yo sabía muy bien que no podían adaptarse al estado de las cosas. Sin embargo, la gente estaba orando; y aquello no detendría la obra, aunque pudiera retrasarla. Fui a Rome y prediqué tres veces el día de reposo. Para mí era del todo manifiesto que la palabra causaba gran efecto. Durante el día pude ver que muchas cabezas estaban inclinadas, y que un gran número de personas estaban abatidas bajo una profunda convicción de pecado. For la mañana prediqué sobre el texto: «La intención de la carne es enemistad contra Dios», y seguí en la misma línea por la tarde y por la noche. El lunes por la mañana esperé hasta que el señor Gillett regresó de Western. Le conté mis impresiones sobre el estado de la gente. No pareció darse cuenta de que la obra comenzaba con tanto poder como yo suponía. Pero quería convocar a los inquiridores, si los había en la congregación, y deseaba que yo estuviera presente en la reunión. Ya he dicho que los medios que había usado hasta entonces para promover avivamientos eran mucha oración, secreta y en grupo, la predicación pública, la conversación personal y las visitas de casa en casa; y cuando los inquiridores se multiplicaban, les señalaba reuniones e invitaba a los que estaban buscando a reunirse para recibir una instrucción adecuada a sus necesidades. Estos eran los medios, y los únicos medios, que había usado hasta entonces para procurar la conversión de las almas. El señor Gillett me pidió que estuviera presente en la reunión de inquiridores que proponía. Le dije que sí, y que podía hacer correr la voz por el pueblo de que habría una reunión de inquiridores el lunes por la noche. Yo iría a Western y volvería justo al anochecer; quedando entendido que él no debía decir a la gente que esperaba que yo estuviera presente. La reunión se convocó en casa de uno de sus diáconos. Al llegar, encontramos la amplia sala de estar llena hasta no caber más. El señor Gillett miró a su alrededor con sorpresa y con visible agitación; pues vio que la reunión la formaban muchos de los miembros más inteligentes e influyentes de su congregación, y sobre todo, en gran parte, los jóvenes prominentes del pueblo. Pasamos un rato intentando conversar con ellos; y pronto vi que el sentimiento era tan profundo que había peligro de un estallido emocional casi incontrolable. For eso le dije al señor Gillett: «No conviene seguir la reunión de esta forma. Diré algunas palabras, las que necesitan, y luego los despediré».

No se había dicho ni hecho nada en la reunión para crear agitación. El sentimiento era del todo espontáneo. La obra actuaba con tal poder que incluso unas pocas palabras de conversación hacían que los hombres más fuertes se retorcieran en sus asientos, como si les hubieran clavado una espada en el corazón. Probablemente no sería posible, para quien nunca hubiera presenciado una escena así, darse cuenta de la fuerza que a veces tiene la verdad bajo el poder del Espíritu Santo. Era, en verdad, una espada, y una espada de dos filos. El dolor que producía cuando se presentaba de manera escrutadora en unas pocas palabras de conversación causaba una angustia que parecía insoportable.

El señor Gillett se agitó muchísimo. Se puso pálido y, con bastante excitación, dijo: ««¿Qué haremos? «¿Qué haremos?». Le puse la mano en el hombro y le dije en un susurro: «Tranquilo, tranquilo, hermano Gillett». Luego me dirigí a ellos de la manera más suave, pero clara, que pude, llamando su atención enseguida hacia su único remedio y asegurándoles que era un remedio presente y del todo suficiente. Les señalé a Cristo como el Salvador del mundo, y seguí en ese tono tanto tiempo como pudieron soportarlo, que, en verdad, fueron solo unos momentos.

El señor Gillett se agitó tanto que me acerqué a él y, tomándolo del brazo, le dije: «Oremos». Nos arrodillamos en medio de la sala donde habíamos estado de pie. Dirigí la oración en voz baja y sin apasionamiento; pero intercedí ante el Salvador para que interpusiera su sangre, allí mismo y en ese momento, y llevara a todos aquellos pecadores a aceptar la salvación que él ofrecía y a creer para salvación de sus almas. La agitación se hacía más honda a cada momento; y como oía sus sollozos y suspiros, terminé mi oración y me levanté de repente. Todos se levantaron, y les dije: «Ahora, por favor, váyanse a casa sin decirse una palabra unos a otros. Procuren guardar silencio y no estallen en ninguna manifestación ruidosa de sentimiento; váyanse sin decir palabra a sus habitaciones».

En ese momento, un joven llamado W——, dependiente en la tienda del señor H——, y uno de los jóvenes más destacados del lugar, estuvo tan a punto de desmayarse que cayó sobre unos jóvenes que estaban junto a él; y todos ellos medio se desvanecieron y cayeron juntos. Esto estuvo a punto de provocar un griterío; pero los hice callar y dije a los jóvenes: «For favor, abran esa puerta de par en par, salgan, y que todos se retiren en silencio». Hicieron lo que les pedí. No gritaron; pero salieron sollozando y suspirando, y se oían sus sollozos y suspiros hasta que llegaron a la calle.

Este señor W——, al que me he referido, guardó silencio hasta que entró por la puerta de la casa donde vivía; pero ya no pudo contenerse más. Cerró la puerta, cayó al suelo y prorrumpió en fuertes lamentos a la vista de su terrible condición. Esto reunió a la familia a su alrededor y esparció la convicción entre todos ellos.

Más tarde supe que escenas parecidas ocurrieron en otras famihas. Varios, según se comprobó después, se convirtieron en la reunión y se fueron a casa tan llenos de gozo que apenas podían contenerse.

A la mañana siguiente, en cuanto fue de día claro, la gente empezó a acudir a casa del señor Gillett para pedirnos que fuéramos a visitar a miembros de sus famihas que, según decían, estaban bajo la más intensa convicción. Tomamos un desayuno apresurado y salimos. En cuanto estuvimos en la calle, la gente salía corriendo de muchas casas y nos rogaba que entráramos en ellas. Como solo podíamos visitar un lugar a la vez, cuando entrábamos en una casa los vecinos acudían en tropel y llenaban la habitación más grande. Nos quedábamos y les dábamos instrucción un rato, y luego íbamos a otra casa, y la gente nos seguía.

Encontramos un estado de cosas de lo más extraordinario. La convicción era tan profunda y general que a veces entrábamos en una casa y encontrábamos a algunos de rodillas y a otros postrados en el suelo. Así visitamos, conversamos y oramos, de casa en casa, hasta el mediodía. Entonces le dije al señor Gillett: «Así no podemos seguir; tenemos que tener una reunión de inquiridores. No podemos ir de casa en casa, y no estamos atendiendo en absoluto las necesidades de la gente». Estuvo de acuerdo conmigo; pero surgió la pregunta: ¿dónde tendremos la reunión?

Un tal señor F——, hombre religioso, regentaba por entonces un hotel en la esquina, en el centro del pueblo. Tenía un comedor grande; y el señor Gillett dijo: «Voy a entrar a ver si me permite convocar la reunión de inquiridores en su comedor». Obtuvo el permiso sin dificultad, y fue enseguida a las escuelas públicas y avisó de que a la una habría una reunión de inquiridores en el comedor del señor F——. Fuimos a casa, comimos y salimos hacia la reunión. Veíamos a la gente apresurarse, y algunos incluso corrían hacia la reunión. Venían de todas direcciones. Para cuando llegamos, la sala, aunque grande, estaba atestada hasta no caber más. Hombres, mujeres y niños llenaban la estancia.

Esta reunión fue muy parecida a la de la noche anterior. El sentimiento era abrumador. Algunos hombres de los nervios más firmes quedaron tan abatidos por las palabras que se dijeron que no podían valerse por sí mismos, y sus amigos tuvieron que llevarlos a casa. Esta reunión duró hasta casi la noche. Resultó en un gran número de conversiones esperanzadoras, y fue el medio de extender mucho la obra por todas partes.

Esa noche prediqué, y el señor Gillett convocó una reunión de inquiridores para la mañana siguiente en el juzgado.

Era una sala mucho mayor que el comedor, aunque no tan céntrica. Sin embargo, a la hora fijada, el juzgado estaba abarrotado; y pasamos buena parte del día dando instrucción, y la obra siguió adelante con un poder maravilloso. Volví a predicar por la noche, y el señor Gillett convocó una reunión de inquiridores para la mañana siguiente en la iglesia, pues ninguna otra sala del pueblo era ya lo bastante grande para dar cabida a los inquiridores.

For la noche, si recuerdo bien el orden de las cosas, intentamos celebrar una reunión de oración y conversación en una escuela grande. Pero apenas había comenzado la reunión cuando el sentimiento se hizo tan profundo que, para evitar un estallido indeseable de emoción desbordante, propuse al señor Gillett que despidiéramos la reunión y pidiéramos a la gente que se fuera en silencio, y a los cristianos que pasaran la noche en oración secreta o en oración familiar, según les pareciera más conveniente. A los pecadores los exhortamos a no dormir hasta que hubieran entregado su corazón a Dios. Después de esto la obra se hizo tan general que prediqué cada noche, creo, durante veinte noches seguidas, y dos veces el día de reposo. Durante este tiempo nuestras reuniones de oración se celebraban en la iglesia, de día. La reunión de oración se tenía en una parte del día, y la reunión de inquiridores en la otra. Cada día, si mal no recuerdo, después de que la obra comenzara así, celebrábamos una reunión de oración y una reunión de inquiridores, con predicación por la noche. Había una solemnidad en todo el lugar, y un temor reverente que hacía sentir a todos que Dios estaba allí.

Llegaban ministros de los pueblos vecinos y expresaban gran asombro por lo que veían y oían, y no era para menos. Las conversiones se multiplicaban con tal rapidez que no teníamos manera de saber quiénes se habían convertido. For eso, cada noche, al final de mi sermón, pedía a todos los que se hubieran convertido ese día que pasaran al frente y se presentaran delante del púlpito, para que pudiéramos conversar un poco con ellos. Cada noche nos sorprendían el número y la clase de personas que pasaban al frente.

En una de nuestras reuniones de oración de la mañana, la parte baja de la iglesia estaba llena. Me levanté y estaba diciendo algunas palabras a la gente cuando entró en la reunión un hombre inconverso, un comerciante. Avanzó hasta encontrar asiento delante de mí, cerca de donde yo estaba hablando. Apenas llevaba unos momentos sentado cuando cayó de su asiento como si le hubieran disparado. Se retorcía y gemía de manera terrible. Me acerqué a la puerta del banco y vi que se trataba enteramente de una agonía del alma.

Cerca de él estaba sentado un médico escéptico. Salió de su banco, vino y examinó al hombre que estaba tan angustiado. Le tomó el pulso y examinó el caso durante unos momentos. No dijo nada, sino que se apartó, apoyó la cabeza contra una columna que sostenía la galería, y mostró una gran agitación.

Dijo después que vio en seguida que era angustia del alma, y que aquello le quitó por completo el escepticismo. Poco después se convirtió, según todo hacía esperar. Oramos por el hombre que había caído en el banco; y antes de que saliera del edificio, creo, su angustia pasó, y se gozó en Cristo.

Otro médico, hombre muy amable pero escéptico, tenía una hijita y una esposa dada a la oración. La pequeña H——, una niña de quizá ocho o nueve años, estaba fuertemente convencida de pecado, y su madre estaba muy interesada en su estado de ánimo. Pero su padre, al principio, se indignó bastante. Le dijo a su esposa: «El tema de la religión es demasiado elevado para mí. Nunca he podido entenderlo. ¿Y me dices que esa niña pequeña lo entiende tanto como para estar convencida de pecado con conocimiento de causa? No lo creo. Sé que no es así. No puedo soportarlo. Es fanatismo; es locura». No obstante, la madre de la niña se mantuvo firme en la oración. El doctor hizo estos comentarios, según supe, con bastante acaloramiento. En seguida tomó su caballo y fue a ver a un paciente a varias millas de distancia. For el camino, como contó después, aquel tema se apoderó de su mente de tal manera que se le abrió por completo al entendimiento; y todo el plan de salvación por Cristo se le hizo tan claro que vio que un niño podía entenderlo. Se maravilló de que alguna vez le hubiera parecido tan misterioso. Lamentó muchísimo lo que le había dicho a su esposa sobre la pequeña H——, y tenía prisa por llegar a casa para retirarlo. Pronto llegó a casa convertido en otro hombre; le contó a su esposa lo que había pasado en su mente; animó a la querida pequeña H—— a venir a Cristo; y padre e hija han sido desde entonces cristianos fervorosos, y han vivido muchos años y hecho mucho bien.

Pero en este avivamiento, como en otros que he conocido, Dios hizo cosas tremendas en justicia. Un día de reposo, mientras yo estaba allí, cuando bajábamos del púlpito y estábamos a punto de salir de la iglesia, un hombre vino apresurado al señor Gillett y a mí, y nos pidió que fuéramos a cierto lugar, diciendo que allí un hombre había caído muerto. Yo estaba ocupado conversando con alguien, y el señor Gillett fue solo. Cuando terminé la conversación, fui a casa del señor Gillett, y él regresó pronto y relató este hecho. Tres hombres que se habían opuesto a la obra se habían reunido aquel día de reposo y pasado el día bebiendo y ridiculizando la obra. Siguieron así hasta que uno de ellos cayó muerto de repente. Cuando el señor Gillett llegó a la casa y le relataron las circunstancias, dijo: «¡Ahí lo tienen! No cabe duda de que este hombre ha sido abatido por Dios y ha sido enviado al infierno». Sus compañeros quedaron sin habla. No podían decir nada; pues era evidente para ellos que su conducta había traído sobre él este terrible golpe de la indignación divina.

A medida que avanzaba la obra, fue alcanzando a casi toda la población. Casi todos los abogados, comerciantes y médicos, y casi todos los hombres principales, y, de hecho, casi toda la población adulta del pueblo, fueron alcanzados, especialmente los que pertenecían a la congregación del señor Gillett. Antes de que me fuera, me dijo: «En lo que respecta a mi congregación, el milenio ya ha llegado. Toda mi gente está convertida. De todas mis labores pasadas no tengo un solo sermón que sirva en absoluto para mi congregación, porque todos son cristianos». El señor Gillett informó después que, durante los veinte días que pasé en Rome, hubo quinientas conversiones en aquel pueblo.

Mientras avanzaba esta obra, se levantó bastante agitación en Utica, y había allí quienes se inclinaban a ridiculizar lo que ocurría en Rome. El señor H——, que vivía en Rome, era un ciudadano muy destacado, y se le tenía por la cabeza de la sociedad del lugar en cuanto a riqueza e inteligencia. Pero era escéptico; o quizá debería decir que sostenía ideas unitarias. Era un hombre muy moral y respetable, y guardaba sus peculiares opiniones sin hacer alarde de ellas, diciendo muy poco a nadie sobre el asunto. El primer domingo que prediqué allí, el señor H—— estuvo presente; y, según me contó después, mi predicación lo dejó tan atónito que resolvió no volver. Se fue a su casa y dijo a su familia: «Ese hombre está loco, y no me sorprendería que prendiera fuego al pueblo». Se mantuvo alejado de las reuniones unas dos semanas. Entretanto la obra creció tanto que confundió su escepticismo, y quedó sumido en una gran perplejidad.

Era presidente de un banco en Utica, y solía bajar allá para asistir a la reunión semanal de los directores. En una de esas ocasiones, uno de los directores empezó a burlarse de él por el estado de cosas en Rome, como si allí todos se estuvieran volviendo locos. El señor H—— observó: «Señores, digan lo que quieran, hay algo muy notable en lo que está pasando en Rome. Ciertamente ningún poder ni elocuencia humanos han producido lo que vemos allí. Yo no lo puedo entender. Ustedes dicen que pronto se calmará. “Sin duda la intensidad de sentimiento que hay ahora en Rome tendrá que calmarse pronto, o la gente se volverá loca. Pero, señores», dijo, «no hay filosofía que explique ese estado de ánimo, a menos que haya en él algo divino».

Después de que el señor H—— llevaba unas dos semanas sin venir a las reuniones, unos cuantos nos reunimos una tarde para hacer de él un motivo especial de oración. El Señor nos dio una fe firme al orar por él, y sentimos la convicción de que el Señor estaba obrando en su alma. Esa misma noche vino a la reunión. Cuando entró en el templo, el señor Gillett me susurró, sentados como estábamos en el púlpito: «Hermano Finney, ha venido el señor H——. Espero que no digas nada que lo ofenda». «No», le dije, «pero tampoco lo voy a perdonar». En aquellos días me veía obligado a predicar enteramente sin preparación previa, porque no tenía en toda la semana ni una hora que pudiera dedicar a ordenar de antemano mis ideas.

Escogí mi tema y prediqué. La palabra hizo una impresión poderosa; y, como yo esperaba y me lo había propuesto, hizo una impresión poderosa en el propio señor H——. Creo que fue esa misma noche cuando, al terminar la reunión, pedí que todos los que se hubieran convertido ese día y esa noche pasaran al frente y lo declararan, y el señor H—— fue uno de los que avanzaron, con paso deliberado y solemne, y declaró que había entregado su corazón a Dios. Se le veía humilde y arrepentido, y siempre he creído que se convirtió de verdad a Cristo.

El estado de cosas en el pueblo, y en los alrededores, era tal que nadie podía entrar en el pueblo sin sentirse sobrecogido por la impresión de que Dios estaba allí de una manera peculiar y maravillosa. Para ilustrarlo contaré un incidente. El alguacil mayor del condado residía en Utica. Había dos juzgados en el condado, uno en Rome y otro en Utica; por consiguiente el alguacil, de apellido B——, tenía muchos asuntos en Rome. Más tarde me contó que había oído hablar de lo que pasaba en Rome, y que él, junto con otros, se había reído bastante en el hotel donde se hospedaba de lo que habían oído.

Pero un día tuvo que ir a Rome. Dijo que se alegró de tener asuntos allí, porque quería ver por sí mismo qué era aquello de lo que tanto hablaba la gente, y cómo estaban realmente las cosas en Rome. Siguió su camino en su trineo de un caballo, según me dijo, sin ninguna impresión particular en el ánimo, hasta que cruzó lo que llamaban el canal viejo, un lugar a una milla del pueblo, creo. Dijo que, tan pronto como cruzó el canal viejo, le sobrevino una impresión extraña, un temor reverente tan profundo que no se lo podía sacudir. Sentía como si Dios llenara toda la atmósfera. Dijo que aquello fue en aumento todo el camino, hasta que llegó al pueblo. Se detuvo en el hotel del señor F——, y el mozo de cuadra salió y se hizo cargo de su caballo. Notó, dijo, que el mozo parecía sentirse exactamente como él, como si tuviera miedo de hablar. Entró en la casa y encontró allí al caballero con quien tenía que tratar sus asuntos. Dijo que era evidente que todos estaban tan impresionados que apenas podían atender a los negocios. Dijo que varias veces, en el poco tiempo que estuvo allí, tuvo que levantarse bruscamente de la mesa, ir a la ventana y mirar afuera, tratando de distraer su atención para no echarse a llorar. Notó, dijo, que todos los demás parecían sentir lo mismo que él. Jamás se había imaginado un temor reverente semejante, una solemnidad semejante, un estado de cosas semejante. Despachó sus asuntos a toda prisa y volvió a Utica; pero, como él dijo, para no hablar nunca más a la ligera de la obra de Rome. Unas semanas después, en Utica, se convirtió, según todas las esperanzas; y las circunstancias las contaré en su debido lugar.

Ya he hablado del asentamiento de Wright, un poblado a unas dos o tres millas al nordeste de Rome. El avivamiento tuvo allí un efecto poderoso, y convirtió a la gran masa de los habitantes.

Los medios que se emplearon en Rome fueron los mismos que yo había usado antes, y ningún otro: la predicación; la oración pública, en grupo y en privado; las exhortaciones y la conversación personal. Es difícil concebir un estado de sentimiento religioso tan profundo y tan general, sin un solo caso de desorden, ni tumulto, ni fanatismo, ni nada censurable, como el que se vio en Rome. Muchos de los convertidos de aquel avivamiento, esparcidos por todo el país, viven todavía hoy; y pueden atestiguar que en aquellas reuniones reinaban el mayor orden y la mayor solemnidad, y que se ponía el máximo cuidado en evitar todo lo que pudiera lamentarse.

La obra del Espíritu era tan espontánea, tan poderosa y tan arrolladora, que hacía falta ejercer la mayor cautela y sabiduría al dirigir todas las reuniones, a fin de impedir un desborde de sentimiento indeseable que pronto habría agotado la sensibilidad de la gente y provocado una reacción. Pero no siguió ninguna reacción, como sabe todo el que conoce los hechos. Mantuvieron durante varios meses, y creo que durante más de un año después, en todas las estaciones del año, una reunión de oración al salir el sol que tenía una asistencia muy nutrida y era tan interesante como quizá pueda serlo una reunión de oración. El estado moral de la gente cambió tanto que el señor Gillett comentaba a menudo que no parecía el mismo lugar. El pecado que quedaba se veía obligado a esconder la cabeza. Allí no se podía tolerar ni por un momento ninguna inmoralidad abierta. No he dado más que un esbozo muy pálido de lo que pasó en Rome. Una descripción fiel de todos los conmovedores incidentes que se agolparon en aquel avivamiento llenaría por sí sola un volumen.

Debería decir unas palabras acerca del espíritu de oración que prevalecía en Rome por aquel tiempo. Creo que fue el sábado en que bajé de Western para intercambiar púlpitos con el señor Gillett cuando me reuní por la tarde con la iglesia en una reunión de oración, en su templo. Me esforcé por hacerles entender que Dios respondería de inmediato a la oración, siempre que cumplieran las condiciones bajo las cuales él había prometido responderla; y especialmente si «creían, en el sentido de esperar que él respondiera a sus peticiones. Noté que la iglesia estaba muy interesada en lo que yo decía, y sus rostros mostraban un deseo intenso de ver la respuesta a sus oraciones. Hacia el final de la reunión recuerdo haber hecho esta observación: «Creo de veras que, si esta tarde se unen en la oración de fe a Dios para que derrame su Espíritu de inmediato, recibirán respuesta del cielo antes de lo que tardarían en recibir un mensaje de Albany por el correo más rápido que pudiera enviarse».

Lo dije con mucho énfasis, y lo sentía así; y noté que la gente quedó sorprendida por la seriedad y la fe con que me expresé respecto a una respuesta inmediata a la oración. Lo cierto es que había visto ese resultado tantas veces en respuesta a la oración que hice la observación sin el menor recelo. Ninguno de los miembros de la iglesia dijo nada en aquel momento; pero supe, después de que la obra había comenzado, que tres o cuatro miembros de la iglesia pasaron por el estudio del señor Gillett, y se sintieron tan impresionados por lo que se había dicho sobre las respuestas rápidas a la oración que decidieron tomarle la palabra a Dios y ver si respondería mientras aún estaban hablando. Uno de ellos me contó después que el Espíritu de Dios les dio una fe maravillosa para pedir una respuesta inmediata; y añadió: «La respuesta llegó, en efecto, más rápido de lo que habríamos podido recibir respuesta de Albany por el correo más rápido que hubiéramos podido enviar».

En verdad el pueblo estaba lleno de oración. Fueras donde fueras, oías la voz de la oración. Si pasabas por la calle y se daba el caso de que dos o tres cristianos estaban juntos, estaban orando. «Dondequiera que se encontraban, oraban. Dondequiera que había un pecador sin convertir, sobre todo si mostraba alguna oposición, encontrabas a dos o tres hermanos o hermanas que se ponían de acuerdo para hacer de él un motivo particular de oración.

Vivía en Rome la esposa de un oficial del ejército de los Estados Unidos, hija de un destacado ciudadano del lugar. Esta señora mostró bastante oposición a la obra y, según se decía, dijo cosas duras contra ella; y eso hizo que se la tomara como motivo particular de oración. Esto había llegado a mi conocimiento poco antes del suceso que voy a relatar. Creo que, en este caso, algunas de las mujeres principales hicieron de esta señora un motivo particular de oración, ya que era una persona de mucha influencia en el lugar. Era una señora culta, de gran fuerza de carácter y de voluntad firme; y, naturalmente, hacía sentir su oposición. Pero casi en cuanto se supo esto, y se dio el espíritu de oración por ella en particular, el Espíritu de Dios tomó su caso en sus manos. Una noche, casi inmediatamente después de enterarme de su caso, y quizá la noche del mismo día en que supe los hechos, una vez despedida la reunión y retirada la gente, el señor Gillett y yo nos habíamos quedado hasta el último momento, conversando con algunas personas profundamente abatidas bajo la convicción. Cuando ellas se fueron, y estábamos a punto de retirarnos, el sacristán vino apresuradamente hacia nosotros cuando salíamos y nos dijo: «Hay una señora en aquel banco que no puede salir; no se puede valer. ¿No vienen a verla?». Volvimos, y he aquí que allí, caída en el banco, estaba la señora de quien he hablado, completamente abrumada por la convicción. El banco había estado lleno, y ella había intentado retirarse con los demás que salieron; pero como era la última en salir, se encontró sin fuerzas para tenerse en pie y se desplomó en el suelo, sin que lo notaran los que habían salido antes que ella. Conversamos un poco con ella, y vimos que el Señor la había herido con una convicción de pecado indecible. Después de orar con ella, y de encargarle solemnemente que entregara su corazón a Cristo de inmediato, la dejé; y el señor Gillett, creo, la ayudó a llegar a su casa. Estaba a pocos pasos de allí. Supimos después que, al llegar a casa, se metió sola en una habitación y pasó allí la noche. Era una fría noche de invierno. Se encerró con llave y pasó la noche a solas.

Al día siguiente expresó su esperanza en Cristo y, por lo que sé, resultó estar sólidamente convertida.

Creo que debo mencionar también la conversión de la señora Gillett durante este avivamiento. Era hermana del misionero Mills, uno de los jóvenes cuyo celo condujo a la organización de la Junta Americana. Era una mujer hermosa, bastante más joven que su marido, y su segunda esposa. Antes de que el señor Gillett se casara con ella, había estado bajo convicción durante varias semanas, y había llegado casi a perder el juicio. Tenía la impresión, si mal no recuerdo, de que no era una de los elegidos, y de que para ella no había salvación. Poco después de comenzar el avivamiento en Rome, el Espíritu del Señor volvió a traerla a una poderosa convicción.

Era una mujer refinada y aficionada a vestir bien; y, como es muy común, llevaba en la cabeza y en su persona algunos adornos sin importancia; nada, sin embargo, que yo hubiera pensado que pudiera ser en absoluto piedra de tropiezo en su camino. Siendo su huésped, conversé con ella repetidas veces a medida que crecía su convicción; pero nunca se me ocurrió que su afición a vestir bien pudiera estorbar su conversión a Dios. Pero como la obra se hizo tan poderosa, su angustia llegó a ser alarmante; y el señor Gillett, sabiendo lo que le había pasado antes, temía mucho que cayera en aquel estado de desaliento en que había estado años atrás. Ella se apoyaba en mí para recibir instrucción. Casi cada vez que yo entraba en la casa, venía a mí y me rogaba que orara por ella, y me decía que su angustia era más de lo que podía soportar. Era evidente que iba rápidamente hacia la desesperación; pero yo veía que dependía demasiado de mí, y por eso procuraba evitarla.

Así siguió la cosa, hasta que un día entré en la casa y me metí en el estudio. Al cabo de unos momentos, como de costumbre, ya la tenía delante, rogándome que orara por ella y lamentándose de que para ella no había salvación. Me levanté bruscamente y la dejé sin orar con ella, diciéndole que no servía de nada que yo orara por ella, que estaba confiando en mis oraciones. Cuando hice esto, se desplomó como si fuera a desmayarse. Aun así la dejé sola, y me fui bruscamente del estudio a la sala. Al cabo de unos momentos vino corriendo por el vestíbulo hasta la sala, con el rostro encendido, exclamando: «¡Oh, señor Finney! ¡He encontrado al Salvador! ¡He encontrado al Salvador! ¿No cree usted que eran los adornos de mi pelo los que estorbaban mi conversión? Me he dado cuenta de que, cuando oraba, se me venían delante, y me sentía tentada, según creía, a renunciar a ellos. Pero», dijo, «yo pensaba que eran pequeñeces, y que a Dios no le importaban esas pequeñeces. Eso era una tentación de Satanás. Pero los adornos que llevaba volvían una y otra vez a mi mente cada vez que intentaba entregar mi corazón a Dios. Cuando usted me dejó tan bruscamente», dijo, «me vi empujada a la desesperación. Me postré, y he aquí que esos adornos volvieron a presentarse; y dije: no voy a permitir que estas cosas vuelvan a presentarse; las apartaré de mí para siempre». Y dijo: «Renuncié a ellos, y los aborrecí como cosas que estorbaban mi salvación. En cuanto prometí renunciar a ellos, el Señor se reveló a mi alma; y ¡oh!», dijo, «me pregunto cómo no lo había entendido antes. Esa era realmente mi gran dificultad antes, cuando estaba bajo convicción: mi afición a vestir bien; y yo no lo sabía».

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