Capítulo 12 · 26 min de lectura · 33 min de escucha
Avivamiento en Western
YA HE hablado de cómo me desvié hacia Western cuando regresaba del sínodo de Utica. En este lugar comenzó aquella serie de avivamientos que más tarde se llamaron «los avivamientos del Oeste». Hasta donde sé, fueron estos avivamientos los que primero atrajeron la atención, y despertaron la oposición, de ciertos ministros prominentes del Este, y levantaron el grito de las «nuevas medidas».
Las iglesias de aquella región eran en su mayoría presbiterianas. Había en aquel condado, sin embargo, tres ministros congregacionalistas que se hacían llamar «la Asociación de Oneida», y que por aquel entonces publicaron un folleto contra esos avivamientos. Eso sí lo sabíamos; pero como el folleto no causó ninguna impresión pública que pudiéramos advertir, nunca se le respondió públicamente, que yo sepa. Pensábamos que era probable que aquella asociación tuviera mucho que ver con la oposición que se levantó en el Este. Su líder, el reverendo William R. Weeks, como era bien sabido, abrazaba y propagaba las doctrinas peculiares del doctor Emmons, e insistía mucho en lo que él llamaba «el sistema de la eficiencia divina». Sus opiniones peculiares sobre este tema lo llevaban naturalmente a desconfiar de todo lo que no estuviera ligado a ellas, tanto en la predicación como en los medios empleados para promover un avivamiento. Parecía tener poca o ninguna confianza en las conversiones que no llevaran a los hombres a abrazar sus ideas sobre la eficiencia divina y la soberanía divina; y como los que trabajábamos en aquellos avivamientos no compartíamos en absoluto sus ideas en ese punto, era muy natural que tuviera poca confianza en la autenticidad de los avivamientos. Pero nunca supusimos que toda la oposición pudiera haberse originado en informes procedentes de alguno de los miembros de aquella asociación.
No se respondió públicamente a las cartas que llegaron a la prensa, ni a nada de lo que se publicó en contra de los avivamientos. Los que estábamos ocupados en ellos teníamos las manos demasiado llenas, y el corazón demasiado lleno, para desviarnos a contestar cartas, informes o publicaciones que tan manifiestamente tergiversaban el carácter de la obra. El hecho de que no se diera ninguna respuesta en su momento hizo que el público de fuera, alejado del ámbito de aquellos avivamientos y donde no se conocían los hechos, malinterpretara su carácter. Llegó a haber tanto malentendido que ha sido común que hombres buenos, al referirse a aquellos avivamientos, den por sentado que, aunque en conjunto fueron avivamientos de la religión, se condujeron de tal manera que se manifestaron en ellos grandes desórdenes, y que hubo mucho que lamentar en sus resultados.
Pues bien, todo esto es un completo error. Relataré con toda la imparcialidad que pueda las características de estos avivamientos y los medios que se usaron para promoverlos, y mostraré, lo mejor que sepa, su verdadero carácter y sus resultados; sabiendo bien, como sé, que hay multitudes de testigos vivos que pueden dar fe de la verdad de lo que digo o, si en algo me equivoco, corregirme.
Y ahora vuelvo a Western, en el condado de Oneida, donde comenzaron estos avivamientos. He dicho que el señor Gale se había establecido en una granja en Western, que empleaba a algunos jóvenes para que le ayudaran a cultivarla, que se dedicaba a enseñarles y que procuraba recuperar la salud. Fui directamente a su casa y durante varias semanas fui su huésped. Llegamos allí un jueves, creo, y aquella tarde había una reunión de oración fija en la escuela, cerca de la iglesia. La iglesia no tenía ministro estable, y el señor Gale no podía predicar; de hecho, no había ido allí a predicar, sino solo por su salud. Creo que normalmente tenían ministro solo parte del tiempo; y durante algún tiempo antes de que yo llegara, creo, no habían tenido predicación regular en absoluto en la iglesia presbiteriana. Había tres ancianos en la iglesia y unos pocos miembros; pero la iglesia era muy pequeña, y la religión estaba en su punto más bajo. No parecía haber vida, ni valor, ni iniciativa por parte de los cristianos; y no se hacía nada para procurar la conversión de los pecadores ni la santificación de la iglesia.
For la tarde el señor Gale me invitó a ir a la reunión de oración, y fui. Me pidieron que dirigiera la reunión; pero me negué, pues esperaba estar allí solo aquella tarde, y prefería oírlos orar y hablar a tomar parte yo mismo en la reunión. Abrió la reunión uno de los ancianos, que leyó un capítulo de la Biblia y luego un himno, que cantaron. Después hizo una larga oración, o quizá debería decir una exhortación, o hizo un relato; apenas sé cómo llamarlo. Le contó al Señor cuántos años llevaban celebrando aquella reunión de oración cada semana, y que no se había dado ninguna respuesta a sus oraciones. Hizo afirmaciones y confesiones que me escandalizaron mucho. Cuando terminó, otro anciano retomó el mismo tema. Leyó un himno y, después de cantarlo, hizo una larga oración en la que repasó casi el mismo terreno, añadiendo las afirmaciones que el primero había omitido. Luego siguió el tercer anciano en el mismo tono. Para entonces yo podía decir con Pablo que mi espíritu se enardecía dentro de mí. Habían terminado y estaban a punto de despedir la reunión. Pero uno de los ancianos me preguntó si no quería decir unas palabras antes de despedirla. Me levanté y tomé sus afirmaciones y confesiones como texto; y me pareció en aquel momento que Dios me inspiraba para hacerles un examen terriblemente escrutador.
Cuando me levanté no tenía ni idea de lo que iba a decir; pero el Espíritu de Dios vino sobre mí, y tomé sus oraciones, sus afirmaciones y sus confesiones, y las disequé. Las puse en evidencia, y les pregunté si se había entendido que aquella reunión de oración era una reunión de oración de burla; si se habían reunido abiertamente para burlarse de Dios, dando a entender que toda la culpa de lo que había venido ocurriendo durante todo aquel tiempo había de atribuirse a su soberanía.
Al principio noté que todos parecían enojados. Algunos dijeron después que habían estado a punto de levantarse y marcharse. Pero los seguí por el rastro de sus oraciones y confesiones, hasta que el anciano que era el hombre principal entre ellos, y que había abierto la reunión, rompió a llorar y exclamó: «¡Hermano Finney, todo es verdad!». Cayó de rodillas y lloró en voz alta. Esta fue la señal para un quebrantamiento general. Todos, hombres y mujeres, se pusieron de rodillas. Probablemente no había más de una docena de presentes; pero eran los miembros principales de la iglesia. Todos lloraron, confesaron y quebrantaron su corazón delante de Dios. Esta escena continuó, supongo, durante una hora; y pocas veces he presenciado un quebrantamiento y una confesión más completos.
En cuanto se repusieron un poco, me rogaron que me quedara y les predicara el día de reposo. Lo consideré como la voz del Señor y accedí. Esto fue el jueves por la noche. El viernes mi mente estuvo muy ejercitada. Me iba con frecuencia a la iglesia para dedicarme a la oración secreta, y tenía un poderoso asidero en Dios. La noticia se difundió, y el día de reposo la iglesia estaba llena de oyentes. Prediqué todo el día, y Dios descendió con gran poder sobre la gente. Era manifiesto para todos que la obra de la gracia había comenzado. Concerté predicaciones en distintas partes del municipio, en escuelas y en el centro, durante la semana; y la obra crecía de día en día.
Mientras tanto, mi propia mente estaba muy ejercitada en oración; y descubrí que el espíritu de oración prevalecía, especialmente entre las mujeres de la iglesia. La señora B—— y la señora H——, esposas de dos de los ancianos de la iglesia, se vieron, según comprobé, casi de inmediato muy ejercitadas en oración. Cada una tenía una familia de hijos inconversos; y se aferraron en oración con un fervor que a mí me daba la promesa de que sus famihas habían de convertirse. La señora H——, sin embargo, era una mujer de salud muy frágil, y hacía mucho que apenas se aventuraba a salir a ninguna reunión. Pero, como el día era agradable, había salido a la reunión de oración a la que me he referido, y pareció captar la inspiración de aquella reunión y llevársela consigo a casa.
Fue la semana siguiente, creo, cuando pasé por casa del señor H—— y lo encontré pálido y agitado. Me dijo: «Hermano Finney, creo que mi esposa se va a morir. Está tan ejercitada en su mente que no puede descansar ni de día ni de noche, sino que está entregada por completo a la oración. Ha pasado toda la mañana», dijo, «en su cuarto, gimiendo y luchando en oración; y temo que acabe con sus fuerzas por completo». Al oír mi voz en la sala de estar, ella salió de su dormitorio, y en su rostro había un resplandor del todo celestial. Su semblante estaba iluminado por una esperanza y un gozo que claramente venían del cielo. Exclamó: «¡Hermano Finney, el Señor ha venido! ¡Esta obra se extenderá por toda esta región! Una nube de misericordia se cierne sobre todos nosotros, y veremos una obra de gracia como nunca hemos visto». Su esposo parecía sorprendido, desconcertado, y no sabía qué decir. Era algo nuevo para él, pero no para mí. Yo había presenciado escenas así antes, y creía que la oración había prevalecido; es más, en mi propia alma estaba seguro de ello.
La obra siguió adelante, se extendió y prevaleció, hasta que empezó a dar indicios inconfundibles de la dirección en que el Espíritu de Dios la conducía desde aquel lugar. La distancia hasta Rome era de nueve millas, creo. Más o menos a mitad de camino había un pequeño pueblo llamado Elmer's Hill. Había allí una escuela grande donde yo daba una conferencia semanal; y pronto se hizo manifiesto que la obra se extendía en dirección a Rome y Utica. Había un asentamiento a unas tres millas al nordeste de Rome, llamado Wright's Settlement. Muchísimas personas bajaban de Rome y de Wright's Settlement para asistir a las reuniones de Elmer's Hill, y la obra pronto empezó a hacer efecto entre ellas.
Pero debo relatar algunos de los incidentes que ocurrieron en el avivamiento de Western. La señora B——, a quien ya me he referido, tenía una familia numerosa de hijos inconversos. Uno de los hijos era, creo, profesante de la religión y vivía en Utica; el resto de la familia estaba en casa. Era una familia muy amable; y a la hija mayor, en especial, la familia la había considerado manifiestamente casi perfecta. Fui varias veces a conversar con ella; pero vi que la familia cuidaba tanto sus sentimientos que no podía despojarla de su justicia propia. Era evidente que le habían hecho creer que era casi, si no del todo, cristiana. Su vida había sido tan irreprochable que resultaba muy difícil convencerla de pecado. La segunda hija era también una muchacha muy amable; pero no se consideraba digna de ser comparada con la mayor en cuanto a amabilidad y excelencia de carácter.
Un día, mientras hablaba con S——, la mayor, e intentaba hacerle verse como una gran pecadora a pesar de su moralidad, C——, la segunda hija, me dijo: «Señor Finney, creo que es usted demasiado duro con S——. Si me hablara así a mí, sentiría que me lo merezco; pero no creo que ella se lo merezca». Después de fracasar varias veces en mis intentos de lograr la convicción y la conversión de S——, decidí esperar mi momento y aprovechar alguna ocasión en que la encontrara fuera de casa o sola. No tardó en llegar la oportunidad. Entablé conversación con ella y, con la ayuda de Dios, le quité la cubierta del corazón, y quedó bajo una poderosa convicción de pecado. El Espíritu la persiguió con gran poder. La familia estaba sorprendida y muy angustiada por S——; pero Dios le apremió la cuestión hasta que, tras una lucha de pocos días, se quebrantó por completo y entró en el reino, una convertida tan hermosa como quizá no he visto otra. Sus convicciones fueron tan profundas que, cuando salió a la luz, era fuerte en la fe, tenía clara la comprensión de su deber y de la verdad, y enseguida se convirtió en todo un ejército por su poder para el bien entre sus amigos y conocidos.
Mientras tanto, C——, la segunda hija, se alarmó mucho por sí misma y se angustió muchísimo por la salvación de su propia alma. La madre parecía estar en verdaderos dolores de parto del alma, día y noche. Yo pasaba a ver a la familia casi a diario, y a veces dos o tres veces al día. Uno tras otro los hijos se fueron convirtiendo; y cada día esperábamos ver a C—— salir como una convertida radiante.
Pero, por alguna razón, se demoraba. Estaba claro que se resistía al Espíritu; y un día pasé a verla y la encontré sola en la sala de estar. Le pregunté cómo le iba, y me respondió: «Señor Finney, estoy perdiendo mi convicción. No me siento ni de lejos tan preocupada por mí misma como antes». Justo en ese momento se abrió una puerta y entró en la habitación la señora B——, y le conté lo que C—— había dicho. Le impresionó tanto que gimió en voz alta y cayó postrada en el suelo. No podía levantarse; y luchaba y gemía sus oraciones de una manera que enseguida me indicó que C—— tenía que convertirse.
No podía decir mucho con palabras, pero sus gemidos y sus lágrimas daban testimonio de la extrema agonía de su alma. En cuanto ocurrió esta escena, el Espíritu de Dios vino manifiestamente de nuevo sobre C——. Cayó de rodillas, y antes de levantarse se quebrantó; y llegó a ser, según todas las apariencias, una convertida tan completa como S——. Los hijos de los B——, varones y mujeres, se convirtieron todos en aquel tiempo, creo, excepto el menor, que entonces era un niño pequeño. Uno de los hijos ha predicado el evangelio durante muchos años.
Entre otros incidentes, recuerdo el caso de una joven de una parte alejada del municipio que venía casi todos los días a la reunión del centro. Había conversado con ella varias veces y la había encontrado profundamente convencida de pecado y, de hecho, casi desesperada. Esperaba oír de un día para otro que se había convertido; pero seguía estancada, o más bien la desesperación se apoderaba de ella cada vez más. Esto me hizo sospechar que algo andaba mal en su casa. Le pregunté si sus padres eran cristianos. Dijo que eran miembros de la iglesia. Le pregunté si asistían a las reuniones. Dijo: «Sí, el día de reposo». «¿No asisten tus padres a las reuniones en otros momentos?». «No», fue la respuesta. «¿Tienen culto familiar en casa?». «No, señor», dijo. «Antes lo teníamos; pero hace mucho que no tenemos culto familiar». Esto me reveló al instante la piedra de tropiezo. Le pregunté cuándo podría encontrar probablemente a su padre y a su madre en casa. Me dijo que casi en cualquier momento, pues rara vez salían. Sintiendo que era infinitamente peligroso dejar este caso como estaba, fui a la mañana siguiente a ver a la familia.
Esta hija era, creo, hija única; en todo caso, era la única hija que vivía en casa. La encontré abatida, desanimada y hundida en la desesperación. Le dije a la madre: «El Espíritu del Señor está contendiendo con su hija». «Sí», dijo ella, «puede que sí». Le pregunté si oraba por ella. Me dio una respuesta que me hizo comprender que no sabía lo que era orar por ella. Pregunté por su esposo. Me dijo que estaba trabajando en el campo. Le pedí que lo llamara. Vino, y al entrar le dije: «¿Ve usted el estado en que se encuentra su hija?». Respondió que le parecía que ella se sentía muy mal. «¿Y está usted despierto y entregado a la oración por ella?». Su respuesta reveló que, si alguna vez se había convertido, era un miserable apóstata y no tenía asidero alguno en Dios. «Y», le dije, «ustedes no tienen culto familiar». «No, señor». «Pues bien», le dije, «he visto a su hija, día tras día, abatida por la convicción, y he sabido que el problema está aquí, en casa. Usted le ha cerrado a su hija el reino de los cielos. Ni entra usted, ni la deja entrar a ella. Su incredulidad y su mundanalidad impiden la conversión de su hija y arruinarán su propia alma. Ahora tiene usted que arrepentirse. No pienso salir de esta casa hasta que usted y su esposa se arrepientan y se quiten del camino de su hija. Tienen que establecer el culto familiar y reedificar el altar que se ha derrumbado. Ahora, mi querido señor, ¿quiere usted ponerse aquí de rodillas, usted y su esposa, y orar? ¿Y promete que desde ahora cumplirá con su deber, levantará su altar familiar y volverá a Dios?».
Les hablé con tanto fervor que ambos se echaron a llorar. Mi fe era tan firme que no hablaba en broma cuando les dije que no saldría de la casa hasta que se arrepintieran y establecieran su altar familiar. Sentía que la obra tenía que hacerse, y hacerse en aquel momento. Me eché de rodillas y comencé a orar; y ellos se arrodillaron y lloraron amargamente. Confesé por ellos lo mejor que pude, y traté de llevarlos a Dios y de prevalecer ante Dios en favor de ellos. Fue una escena conmovedora. Ambos quebrantaron su corazón y confesaron sus pecados; y antes de que nos levantáramos, la hija entró en libertad y se convirtió manifiestamente. Se levantó gozándose en Cristo. En este avivamiento se dieron muchas respuestas a la oración y muchas escenas de gran interés.
Hay un episodio de mi propia experiencia que, para honra de Dios, no debo dejar de relatar aquí. Había predicado y orado casi sin cesar durante el tiempo que llevaba en casa del señor Gale. Como acostumbraba a orar en voz alta en privado, para mayor comodidad, y para que no me oyeran, había extendido una piel de búfalo en el pajar, donde solía pasar buena parte de mi tiempo en oración secreta a Dios, cuando no estaba fuera visitando o predicando. El señor Gale me había advertido varias veces que, si no me cuidaba, iba a sobrepasar mis fuerzas y a derrumbarme. Pero el Espíritu de oración estaba sobre mí, y yo no quería resistirle, sino que le daba libre curso y gastaba sin reservas mis fuerzas derramando mi alma ante Dios. Era noviembre, y el tiempo se estaba volviendo frío. El señor Gale y yo habíamos salido a visitar a inquiridores con su caballo y su calesín. Volvimos a casa, entramos en el granero y desenganchamos el caballo. En lugar de entrar en la casa, subí a gatas al pajar para derramar ante Dios en oración mi alma cargada. Oré hasta que la carga me dejó. Estaba tan agotado que me desplomé y me quedé profundamente dormido. Debí de dormirme casi al instante, a juzgar por el hecho de que no recordaba que hubiera pasado ningún tiempo después de terminada la lucha en mi alma. Lo primero que supe fue que el señor Gale subía trepando al pajar y decía: «Hermano Finney, ¿estás muerto?». Desperté, y al principio no podía explicar por qué estaba allí dormido, ni hacerme idea de cuánto tiempo llevaba allí. Pero una cosa sabía: que mi mente estaba en calma y mi fe era inquebrantable. La obra seguiría adelante; de eso estaba seguro. Ya he dicho que fui ordenado al ministerio por un presbiterio. Esto fue años antes de la división de la iglesia presbiteriana en lo que se conoce como las Asambleas de la Vieja y de la Nueva Escuela. La conocida doctrina de la capacidad e incapacidad natural y moral la sostenía la iglesia presbiteriana casi universalmente en la región donde comencé mi ministerio. Debo repetir también aquí que el señor Gale, quien por indicación del presbiterio había atendido en cierta medida mis estudios teológicos, sostenía firmemente la doctrina de la incapacidad del pecador para obedecer a Dios; y el tema, tal como él lo presentaba en su predicación, como ocurría con la mayoría de los ministros presbiterianos de aquel tiempo, dejaba en la gente la impresión de que debían esperar el tiempo de Dios. Si eran elegidos, a su debido tiempo el Espíritu los convertiría; si no eran elegidos, nada que pudieran hacer por sí mismos, ni que otro pudiera hacer por ellos, les sería jamás de provecho para salvación. Sostenían la doctrina de que la depravación moral era constitucional y pertenecía a la naturaleza misma; que la voluntad, aunque libre para hacer el mal, era del todo impotente para todo bien; que la obra del Espíritu Santo al cambiar el corazón era una operación física sobre la sustancia o esencia del alma; que el pecador era pasivo en la regeneración hasta que el Espíritu Santo hubiera implantado un nuevo principio en su naturaleza, y que todos los esfuerzos de su parte eran del todo inútiles; que, propiamente hablando, no había medios de regeneración, pues esta era una recreación física del alma por la acción directa del Espíritu Santo; que la expiación se limitaba a los elegidos, y que la salvación de los no elegidos era una imposibilidad absoluta.
En mis estudios y controversias con el señor Gale, yo había sostenido lo contrario. Afirmaba que la depravación moral es, y tiene que ser, una actitud voluntaria de la mente; que consiste, y tiene que consistir, en la entrega de la voluntad a la satisfacción de los deseos, o, como dice la Biblia, de los deseos de la carne, en oposición a lo que la ley de Dios exige. En coherencia con esto, sostenía que la influencia del Espíritu de Dios sobre el alma del hombre es moral, es decir, persuasiva; que Cristo lo presentó como un maestro; que su obra es convencer y convertir al pecador mediante la enseñanza y la persuasión divinas.
Sostenía también que hay medios de regeneración, y que las verdades de la Biblia están, por su naturaleza, encaminadas a llevar al pecador a abandonar su maldad y volverse a Dios. Sostenía además que debe haber una adecuación de los medios al fin que se busca; es decir, que hay que iluminar el entendimiento, poner delante del pecador lo irrazonable de la depravación moral y revelarle claramente su maldad y lo que merece; que, hecho esto, se le podía presentar con fuerza la misión de Cristo y él podía entenderla; que seguir este camino con el pecador tendía a convertirlo a Cristo; y que cuando esto se hacía con fidelidad y oración, teníamos derecho a esperar que el Espíritu Santo cooperara con nosotros, dando eficacia a nuestro débil esfuerzo.
Además, sostenía que el Espíritu Santo obra en el predicador, revelándole claramente estas verdades en su debido orden y capacitándolo para ponerlas delante de la gente en la proporción y el orden adecuados para convertirla. Entendía entonces, como entiendo ahora, que el encargo y la promesa que Cristo dio a los apóstoles y a la iglesia se aplican hoy día: «Id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». Esto lo consideraba un encargo confiado a mí, a todos los ministros y a la iglesia, con la promesa expresa de que, cuando salimos a esta obra con un ojo sencillo y un corazón dado a la oración, Cristo estará con nosotros por su Espíritu, dando eficacia a nuestros esfuerzos por salvar almas. Me parecía entonces, como me ha parecido siempre desde entonces, que el gran fracaso del ministerio y de la iglesia en la promoción de la religión consistía, en gran medida, en la falta de una adecuación apropiada de los medios a ese fin. Durante años yo había escuchado la predicación del señor Gale, y nunca pude ver en ella ninguna adecuación para convertir a nadie. No me parecía que ese pudiera haber sido su propósito. Comprobé que lo mismo ocurría con todos los sermones que oía en cualquier parte. En una ocasión había hablado con el señor Gale sobre este tema, y le había dicho que, de todas las causas que jamás se han defendido, la causa de la religión era, a mi juicio, la que tenía menos abogados capaces; y que si los abogados en el foro siguieran, al defender la causa de sus clientes, el mismo método que siguen los ministros al defender la causa de Cristo ante los pecadores, no ganarían ni un solo caso.
Pero en aquel tiempo el señor Gale no podía verlo; pues ¿qué relación había entre los medios y los fines, según su idea de en qué consistía la regeneración y de la manera en que el Espíritu Santo cambiaba el corazón?
A modo de ilustración: poco después de empezar a predicar, en medio de un poderoso avivamiento, llegó al lugar un joven del seminario teológico de Princeton. El antiguo pastor de la iglesia, un caballero de edad, vivía allí y tenía gran curiosidad por oír predicar a este joven. La iglesia no tenía pastor en aquel momento; yo tenía, por tanto, el cargo exclusivo del púlpito y llevaba las cosas según mi propio criterio. Él dijo que había conocido al joven antes de que fuera a la universidad, que deseaba mucho ver qué progresos había hecho, y quería que yo le dejara predicar. Le dije que temía ponerlo a predicar, no fuera a estropear la obra por no predicar lo que se necesitaba en ese momento. «Oh», dijo el anciano caballero, «él predicará la verdad; y en la religión, como usted sabe, no hay relación entre los medios y los fines, así que no hay peligro de que estropee la obra». Le respondí: «Esa no es mi doctrina. Creo que en la religión hay tanta relación entre los medios y los fines como en la naturaleza; y por eso no puedo consentir que predique».
A menudo he tenido que seguir sustancialmente el mismo camino en los avivamientos de la religión; y a veces, al hacerlo, he visto que ofendía; pero no me atrevía a obrar de otro modo. En medio de un avivamiento de la religión, cuando las almas necesitaban una instrucción particular, adaptada a su condición y a sus necesidades del momento, no me atrevía a poner a un desconocido en el púlpito que estaba a mi cargo para que predicara alguno de sus grandes sermones, y por lo general, además, un sermón nada adaptado a las necesidades de la gente. For esta conducta se me ha acusado con frecuencia de creer que podía predicar mejor que otros. Y confieso que sí creía que podía atender las necesidades de la gente mejor que quienes sabían menos de ellas, o que quienes les predicarían sus viejos sermones escritos; y creía que Cristo había puesto la obra en mis manos de tal manera que yo estaba obligado a adecuar los medios a los fines, y no llamar a otros que sabían poco del estado de las cosas para que intentaran instruir a la gente. En estos casos hice exactamente lo que habría querido que hicieran conmigo.
Yo no me permitiría entrar donde otro hombre estuviera trabajando para promover un avivamiento y dejarme poner en su lugar, sabiendo poco o nada del estado de la gente.
He dicho que en Western fui huésped del señor Gale, y que él había llegado a la conclusión de que nunca se había convertido. Me contó el proceso de su mente: que había creído firmemente, como tantas veces me había insistido, que Dios no bendeciría mis labores porque yo no quería predicar lo que él consideraba las verdades del Evangelio. Pero cuando vio que el Espíritu de Dios sí acompañaba mis labores, eso le llevó a concluir que estaba equivocado; y esto lo condujo a revisar de tal manera todo su estado de ánimo y sus ideas como predicador que acabó concluyendo que nunca se había convertido y que él mismo no entendía el Evangelio. Durante el avivamiento de Western asistió a casi todas las reuniones; y antes de muchas semanas me dijo que había llegado a un estado de ánimo completamente distinto respecto a su propia alma, que había cambiado sus ideas sobre el Evangelio y que pensaba que yo tenía razón. Dijo que daba gracias a Dios por no haber tenido influencia sobre mí para llevarme a adoptar sus ideas; que, si hubiera prevalecido, yo habría quedado arruinado como ministro. Desde entonces se convirtió en un obrero muy eficaz, en la medida en que su salud se lo permitía, en el avivamiento de aquella región.
La doctrina en la que yo insistía, que el mandamiento de obedecer a Dios implicaba la capacidad de hacerlo, suscitó al principio, en algunos lugares, una oposición considerable. Como además negaba que la depravación moral fuera física, o depravación de la naturaleza, y sostenía que es enteramente voluntaria, y por tanto que las influencias del Espíritu son de enseñanza, persuasión y convicción, y, por supuesto, una influencia moral, muchos me consideraban maestro de doctrinas nuevas y extrañas. De hecho, todavía en 1832, cuando trabajaba en Boston por primera vez, el doctor Beecher dijo que nunca antes había oído predicar la doctrina de que las influencias del Espíritu son morales, en oposición a físicas. For eso, en considerable medida, ministros y cristianos consideraban esa doctrina como una negación práctica de toda influencia del Espíritu; y de ahí que, aunque yo siempre insistí mucho, y sin cesar, en la acción divina en la convicción y la regeneración, y en todo ejercicio cristiano, pasó mucho tiempo antes de que dejara de oírse el grito de que yo negaba la acción del Espíritu Santo en la regeneración y la conversión. Se decía que yo enseñaba la autoconversión, la autorregeneración; y no pocas veces se me reprendió por dirigirme al pecador como si toda la culpa de su impenitencia fuera solo suya, y por instarle a someterse de inmediato. Sin embargo, persistí en este camino, y ministros y cristianos vieron que Dios lo reconocía como su verdad y lo bendecía para la salvación de miles de almas.
He hablado de las reuniones de Elmer's Hill, y he dicho que la gente de Rome y de Wright's Settlement empezó a acudir en gran número; y que el efecto manifiesto de la palabra sobre los que venían indicaba claramente que la obra se extendía con rapidez en esa dirección.
Capítulo 12 completado
Avivamiento en Western