Memorias de Charles G. Finney
Avivamiento en Gouverneur

Capítulo 10 · 30 min de lectura · 39 min de escucha

Avivamiento en Gouverneur

En consecuencia, el hermano Nash regresó al día siguiente y anunció mi visita como yo deseaba. Tuve que cabalgar casi treinta millas, creo, para llegar al lugar. For la mañana llovió muy fuerte; pero la lluvia amainó a tiempo para que yo cabalgara hasta Antwerp. Mientras comía allí, volvió la lluvia, y diluvió literalmente hasta bien entrada la tarde. For la mañana, antes de salir, y a mediodía, parecía que no podría llegar a mi compromiso. Sin embargo, la lluvia amainó otra vez, a tiempo para que cabalgara a toda prisa hasta Gouverneur. Me encontré con que la gente ya no me esperaba aquel día, a causa del gran aguacero.

Antes de llegar al pueblo me encontré con un tal señor S——, uno de los principales miembros de la iglesia, que volvía de la reunión de la iglesia a su casa, por delante de la cual yo acababa de pasar. Detuvo su carruaje y, dirigiéndose a mí, me dijo: «¿Es usted el señor Finney?». Después de que respondí afirmativamente, me dice: «Haga el favor de volver a mi casa, porque insisto en que sea mi huésped. Está usted fatigado del largo viaje, y los caminos están tan mal que esta noche no habrá reunión». Le respondí que debía cumplir mi compromiso, y le pregunté si la reunión de la iglesia había terminado. Dijo que no había terminado cuando él salió, y que le parecía posible que yo llegara al pueblo antes de que la despidieran.

Seguí a toda prisa, me apeé a la puerta de la casa de reuniones y entré apresuradamente. El hermano Nash estaba de pie delante del púlpito; acababa de levantarse para despedir la reunión. Al verme entrar, alzó las manos y esperó a que me acercara al púlpito, y entonces me estrechó en sus brazos. Después de abrazarme así, me presentó a la congregación. En una palabra, les informé de que había venido a cumplir mi compromiso y de que, Dios mediante, predicaría a cierta hora que les indiqué.

Cuando llegó la hora, la casa estaba llena. La gente había oído lo bastante, a favor y en contra de mí, para tener despierta la curiosidad, y acudió todo el mundo. El Señor me dio un texto, subí al púlpito y abrí mi corazón a la gente. La palabra hizo un efecto poderoso. Creo que eso fue muy evidente para todos. Despedí la reunión, y aquella noche descansé un poco.

El hotel del pueblo lo llevaba en aquel tiempo un tal doctor S——, universalista declarado. A la mañana siguiente salí, como de costumbre, a visitar a la gente y a conversar con ellos acerca de su alma, y encontré el pueblo alborotado. Después de hacer unas cuantas visitas, me metí en una sastrería, donde encontré a un grupo de personas discutiendo el tema del sermón de la noche anterior.

Del doctor S—— yo no había oído hablar hasta entonces; pero lo encontré entre los que estaban en aquella sastrería, defendiendo sus ideas universalistas. Al entrar yo, los comentarios que se hicieron abrieron en seguida la conversación; y el doctor S—— dio un paso al frente, manifiestamente respaldado por toda la influencia de sus camaradas, para impugnar las posiciones que yo había sostenido y defender, frente a ellas, la doctrina de la salvación universal. Alguien me lo presentó, y le dije: «Doctor, tendría mucho gusto en conversar con usted acerca de sus ideas; pero si vamos a conversar, primero tenemos que ponernos de acuerdo sobre el método con que vamos a discutir». Estaba demasiado acostumbrado a discutir con universalistas para esperar que saliera nada bueno de ello, a menos que se acordaran ciertas condiciones y se respetaran durante la discusión. Propuse, pues, primero, que tomáramos un punto cada vez y lo discutiéramos hasta dejarlo resuelto, o hasta no tener nada más que decir sobre él, y luego otro, y otro, ciñéndonos al punto que se estuviera debatiendo; segundo, que no nos interrumpiéramos, sino que cada uno tuviera libertad para exponer su parecer sobre el punto sin ser interrumpido; y tercero, que no hubiera sutilezas ni meras chanzas, sino que guardáramos franqueza y cortesía, y diéramos a cada argumento el peso debido, fuera cual fuera el lado que lo presentara. Sabía que todos pensaban del mismo modo; y veía fácilmente que se habían confabulado y se habían reunido aquella mañana para sostenerse unos a otros en sus ideas.

Arreglados los preliminares, comenzamos la discusión. No tomó mucho tiempo demoler cada posición que él adoptaba. En realidad sabía muy poco de la Biblia. Tenía su manera de despachar, tal como los recordaba, los principales pasajes que suelen esgrimirse contra la doctrina del universalismo. Pero, como hacen siempre los universalistas, insistía sobre todo en la absoluta injusticia del castigo eterno.

Pronto le mostré a él, y a los que lo rodeaban, que tenía muy poco terreno en que apoyarse en lo que tocaba a la Biblia; y muy pronto adoptó la postura de que, dijera lo que dijera la Biblia, el castigo eterno era injusto; y que, por tanto, si la Biblia amenazaba a los hombres con un castigo eterno, no podía ser verdadera. Esto zanjó la cuestión en lo que tocaba a la Biblia. De hecho, veía fácilmente que todos eran escépticos y que de ningún modo cederían por ver que la Biblia contradecía sus ideas. Entonces me enfrenté con él sobre la justicia del castigo eterno. Vi que sus amigos se inquietaban y sentían como si los cimientos cedieran bajo sus pies. Al poco uno de ellos salió; y a medida que yo avanzaba, salió otro, y finalmente todos lo abandonaron, viendo, como sin duda vieron uno tras otro, que estaba completamente equivocado.

Él había sido su cabecilla; y Dios me dio así la oportunidad de dejarlo enteramente sin argumentos en presencia de sus seguidores. Cuando ya no tuvo nada más que decir, le insté con calor a ocuparse de inmediato de su salvación, me despedí de él muy amablemente y me fui, seguro de que pronto volvería a oír hablar de aquella conversación.

La esposa del doctor era una mujer cristiana y miembro de la iglesia. Me contó uno o dos días después que el doctor volvió a casa de aquella conversación aparentemente muy agitado, aunque ella no sabía dónde había estado. Se paseaba por la habitación, luego se sentaba, pero no podía permanecer sentado. Así alternaba entre pasearse y sentarse; y ella veía en su semblante que estaba muy turbado. Le dijo: «Doctor, ¿qué te pasa?». «Nada», fue su respuesta. Pero su agitación aumentaba, y ella volvió a preguntarle: «Doctor, dime, por favor, qué te pasa». Sospechaba que se había topado conmigo en alguna parte; y le dijo: «Doctor, ¿has visto al señor Finney esta mañana?». Esto lo detuvo en seco; rompió a llorar y exclamó: «¡Sí! ¡Y ha vuelto mis armas contra mi propia cabeza!». Su angustia se hizo intensa; y en cuanto se le abrió el camino para desahogarse, se rindió a sus convicciones, y poco después expresó su esperanza en Cristo. En pocos días sus compañeros fueron alcanzados, uno tras otro, hasta que, según creo, el avivamiento los barrió a todos.

He dicho que había una iglesia bautista y una presbiteriana, cada una con su casa de reuniones en el prado, no lejos la una de la otra; y que la iglesia bautista tenía pastor, pero la presbiteriana no. En cuanto estalló el avivamiento y atrajo la atención general, los hermanos bautistas comenzaron a oponerse a él. Hablaron en su contra, y usaron medios en verdad muy reprobables para detener su avance. Esto animó a un grupo de jóvenes a unirse mano con mano para fortalecerse unos a otros en su oposición a la obra. La iglesia bautista tenía bastante influencia; y la postura que adoptó envalentonó mucho a la oposición, y pareció darle una amargura y una fuerza particulares, como era de esperar. Aquellos jóvenes parecían alzarse como un baluarte en el camino del avance de la obra.

En este estado de cosas, el hermano Nash y yo, después de consultarlo, decidimos que aquello tenía que vencerse por la oración, y que no se podía alcanzar de ninguna otra manera. Así que nos retiramos a una arboleda y nos entregamos a la oración hasta que prevalecimos, y tuvimos la confianza de que ningún poder que la tierra o el infierno pudieran interponer tendría permiso para detener el avivamiento de forma permanente.

El domingo siguiente, después de predicar yo mismo mañana y tarde —porque toda la predicación la hacía yo, y el hermano Nash se entregaba casi continuamente a la oración—, nos reunimos a las cinco en la iglesia para una reunión de oración. La casa de reuniones estaba llena. Hacia el final de la reunión, el hermano Nash se levantó y se dirigió a aquel grupo de jóvenes que se habían unido mano con mano para resistir el avivamiento. Creo que estaban todos allí, y estaban sentados en guardia contra el Espíritu de Dios. Era demasiado solemne para que se atrevieran de veras a burlarse de lo que oían y veían; y sin embargo su descaro y su dura cerviz eran evidentes para todos.

El hermano Nash les habló con mucho fervor y les señaló la culpa y el peligro del camino que seguían. Hacia el final de su discurso, se acaloró sobremanera y les dijo: «¡Ahora, fíjense bien en lo que les digo, jóvenes! Dios romperá sus filas en menos de una semana, ya sea convirtiendo a algunos de ustedes, ya sea enviando a algunos de ustedes al infierno. ¡Lo hará tan ciertamente como que el Señor es mi Dios!». Estaba de pie en un lugar donde descargó la mano sobre el borde del banco que tenía delante, haciéndolo retumbar. En seguida se sentó, bajó la cabeza y gimió de dolor.

La casa quedó en un silencio de muerte, y la mayoría de la gente bajó la cabeza. Yo veía que los jóvenes estaban agitados. For mi parte, lamenté que el hermano Nash hubiera ido tan lejos. Se había comprometido a que Dios, en el plazo de una semana, o quitaría la vida a algunos de ellos y los enviaría al infierno, o convertiría a algunos. Sin embargo, el martes por la mañana de esa misma semana, el cabecilla de aquellos jóvenes vino a verme con la mayor angustia de espíritu. Estaba del todo dispuesto a someterse; y en cuanto me puse a apremiarlo, se quebrantó como un niño, confesó y manifiestamente se entregó a Cristo. Entonces dijo: «¿Qué debo hacer, señor Finney?». Le respondí: «Ve inmediatamente a todos tus compañeros, ora con ellos y exhórtalos a volverse en seguida al Señor». Así lo hizo; y antes de que terminara la semana, casi todos aquellos jóvenes, si no todos, tenían su esperanza puesta en Cristo.

Vivía en el pueblo un comerciante llamado S——. Era un hombre muy amable, un caballero, pero deísta. Su esposa era hija de un pastor presbiteriano. Era su segunda esposa, y la primera también había sido hija de un pastor presbiteriano. Así que había emparentado por matrimonio con dos famihas de pastores. Sus suegros se habían esforzado al máximo por lograr su conversión a Cristo. Era un hombre que leía y reflexionaba. Sus dos suegros eran presbiterianos de la vieja escuela, y le habían puesto en las manos el tipo de libros que presentaban sus ideas particulares. Esto lo había hecho tropezar mucho; y cuanto más leía, más se afirmaba en su convicción de que la Biblia era una fábula.

Su esposa me rogó encarecidamente que fuera a conversar con su marido. Me informó de sus ideas y de los esfuerzos que se habían hecho para llevarlo a abrazar la religión cristiana. Pero dijo que estaba tan firmemente asentado en sus ideas que no sabía si alguna conversación podría remediar el caso. No obstante, prometí ir a verlo, y lo hice. Su tienda estaba en la parte delantera del edificio en que vivían. Ella entró en la tienda y le pidió que pasara. Él se negó. Dijo que no serviría de nada; que ya había hablado bastante con pastores; que sabía de antemano exactamente lo que yo diría, y que no podía perder el tiempo; además, le resultaba muy desagradable. Ella le respondió: «Señor S——, nunca has tenido la costumbre de tratar así a los pastores que venían a verte. He invitado al señor Finney a venir a verte para tener una conversación sobre el tema de la religión; y me sentiré muy apenada y avergonzada si te niegas a recibirlo».

Él respetaba y amaba mucho a su esposa; y ella era en verdad una joya de mujer. For complacerla, consintió en pasar. La señora S—— me lo presentó y salió de la habitación. Entonces le dije: «Señor S——, no he venido aquí a tener ninguna disputa con usted; pero si está dispuesto a conversar, es posible que pueda sugerirle algo que le ayude a superar algunas de sus dificultades en cuanto a la religión cristiana, pues probablemente yo mismo las he sentido todas». Como le hablé con gran amabilidad, en seguida pareció sentirse a gusto conmigo, se sentó cerca de mí y dijo: «Mire, señor Finney, no hace falta que tengamos una larga conversación sobre este punto. Los dos estamos tan familiarizados con los argumentos de una y otra parte que puedo exponerle en muy pocos minutos precisamente las objeciones a la religión cristiana en que me apoyo, y que me siento del todo incapaz de superar. Supongo que sé de antemano cómo me las responderá, y que la respuesta me resultará del todo insatisfactoria. Pero, si lo desea, se las expondré».

Le rogué que lo hiciera; y comenzó, hasta donde puedo recordar, de esta manera: «Usted y yo estamos de acuerdo en creer en la existencia de Dios». «Sí». «Bien, estamos de acuerdo en que es infinitamente sabio, y bueno, y poderoso». «Sí». «Estamos de acuerdo en que, en nuestra misma creación, nos ha dado ciertas convicciones irresistibles de lo bueno y lo malo, de la justicia y la injusticia». «Sí». «Bien, entonces estamos de acuerdo en que todo lo que contraría nuestras convicciones irresistibles de justicia no puede venir de Dios». «Sí», le dije. «Lo que, según nuestras convicciones irresistibles, no es ni sabio ni bueno, no puede venir de Dios». «Sí —le dije—, en eso estamos de acuerdo». «Bien, pues —dijo él—, la Biblia nos enseña que Dios nos ha creado con una naturaleza pecaminosa, o que venimos a la existencia totalmente pecaminosos e incapaces de ningún bien, y esto conforme a ciertas leyes preestablecidas de las que Dios es el autor; que, a pesar de esta naturaleza pecaminosa, del todo incapaz de ningún bien, Dios nos manda obedecerle y ser buenos, cuando hacerlo nos es completamente imposible; y nos lo manda so pena de muerte eterna».

Le respondí: «Señor S——, ¿tiene usted una Biblia? ¿No quiere buscar el pasaje que enseña eso?». «Pero si no hace falta —dice él—; usted admite que la Biblia lo enseña». «No —le dije—, yo no creo tal cosa». «Entonces —continuó—, la Biblia enseña que Dios ha imputado el pecado de Adán a toda su posteridad; que heredamos por naturaleza la culpa de ese pecado, y estamos expuestos a la condenación eterna por la culpa del pecado de Adán. Ahora bien —dijo—, no me importa quién lo diga, ni qué libro enseñe tal cosa: sé que semejante enseñanza no puede venir de Dios. Es una contradicción directa de mis convicciones irresistibles de lo justo y de la justicia». «Sí —le respondí—, y así también contradice directamente las mías. Pero ahora —le dije—, ¿dónde se enseña esto en la Biblia?».

Empezó a citar el catecismo, como había hecho antes. «Pero —le respondí—, eso es el catecismo, no la Biblia». «Vaya —dijo él—, usted es un pastor presbiteriano, ¿no? Creía que el catecismo era una autoridad válida para usted». «No —le dije—; ahora estamos hablando de la Biblia, de si la Biblia es verdadera. ¿Puede usted decir que esta es la doctrina de la Biblia?». «Oh —dijo—, si va usted a negar que eso se enseña en la Biblia... vaya, esa es una postura que nunca había visto adoptar a un pastor presbiteriano». Luego pasó a decir que la Biblia mandaba a los hombres arrepentirse, pero al mismo tiempo les enseñaba que no podían arrepentirse; les mandaba obedecer y creer, y sin embargo al mismo tiempo les enseñaba que eso era imposible. Yo, naturalmente, me enfrenté de nuevo con él, y le pregunté dónde se enseñaban esas cosas en la Biblia. Él citaba el catecismo; pero yo no lo admitía.

Continuó diciendo que la Biblia enseñaba también que Cristo murió solo por los elegidos; y sin embargo mandaba a todos los hombres en todos los lugares, fueran elegidos o no, que creyeran, so pena de muerte eterna. «El hecho es —dijo— que la Biblia, en sus mandatos y en sus enseñanzas, contraría a cada paso mi sentido innato de la justicia. ¡No puedo aceptarla, no la aceptaré!». Se puso muy categórico y acalorado. Pero yo le dije:

«Señor S——, aquí hay un error. Esas no son las enseñanzas de la Biblia. Son más bien las tradiciones de los hombres que las enseñanzas de la Biblia». «Bien, entonces —dijo él—, señor Finney, ¡dígame de una vez qué es lo que usted cree!». Esto lo dijo con bastante impaciencia. Le dije: «Si me escucha unos momentos, le diré lo que creo. Entonces comencé y le expliqué cuáles eran mis ideas tanto de la ley como del evangelio. Era lo bastante inteligente para entenderme con facilidad y rapidez. En el curso de una hora, creo, recorrí con él todo el terreno de sus objeciones. Se interesó intensamente; y vi que las ideas que yo le presentaba eran nuevas para él.

Cuando llegué a detenerme en la expiación, y le mostré que fue hecha por todos los hombres —me detuve en su naturaleza, su propósito, su alcance y la gratuidad de la salvación por medio de Cristo—, vi crecer su emoción, hasta que al fin se cubrió la cara con ambas manos, echó la cabeza hacia adelante sobre las rodillas y tembló de pies a cabeza de emoción. Vi que la sangre se le subía a la cabeza y que las lágrimas empezaban a correr libremente. Me levanté rápidamente y salí de la habitación sin decir una palabra más. Vi que una flecha lo había traspasado, y esperaba que se convirtiera de inmediato. Resultó que se convirtió antes de salir de la habitación.

Muy poco después, la campana de la casa de reuniones tocó para una reunión de oración y conversación; fui a la reunión, y al poco de comenzar entraron el señor S—— y su esposa.

Su semblante mostraba que había sido profundamente conmovido. La gente miraba a su alrededor y parecía sorprendida de ver al señor S—— entrar en una reunión de oración. Siempre había tenido la costumbre de asistir al culto del día de reposo, según creo; pero acudir a una reunión de oración, y además de día, era algo nuevo. For su causa, ocupé buena parte del tiempo de aquella reunión con observaciones, a las que él prestó la máxima atención.

Su esposa me contó después que, mientras volvían a casa al terminar la reunión de oración, él le dijo: «Querida, ¿adónde se ha ido toda mi incredulidad? No logro recuperarla. No consigo que parezca tener algún sentido. Me parece que siempre fue un perfecto disparate. Y no puedo imaginar cómo pude ver el asunto como lo veía, ni respetar mis propios argumentos como los respetaba. Me parece», dijo, «como si me hubieran llamado a juzgar una espléndida obra de arquitectura, un templo magnífico; y que, en cuanto tuve a la vista una esquina del edificio, me disgusté, me di la vuelta y me negué a examinarlo más. Condené el conjunto sin fijarme en absoluto en sus proporciones. Exactamente así he tratado yo el gobierno de Dios». Ella me dijo que él siempre había sido especialmente encarnizado contra la doctrina del castigo eterno. Pero en esta ocasión, mientras caminaban a casa, él dijo que, por la manera en que había tratado a Dios, merecía la condenación eterna.

Su conversión fue muy clara y decidida. Abrazó con calor la causa de Cristo y se entregó de corazón a promover el avivamiento. Se unió a la iglesia, poco después fue nombrado diácono y, hasta el día de su muerte, según me han dicho, fue un hombre muy útil.

Tras la conversión del señor S—— y de aquel grupo de jóvenes al que he aludido, pensé que era hora de poner fin, si era posible, a la oposición de la iglesia bautista y de su ministro. Así que me entrevisté primero con un diácono de la iglesia bautista que se había opuesto con mucha amargura, y le dije: «Ya ha llevado usted su oposición bastante lejos. Tiene que estar convencido de que esta es la obra de Dios. No he hecho ninguna alusión en público a su oposición, y no deseo hacerla, ni dar a entender que sé que existe; pero ya ha ido usted bastante lejos, y si no se detiene inmediatamente, me sentiré en el deber de ocuparme de usted y denunciar su oposición desde el púlpito». Las cosas habían llegado a tal punto que yo estaba seguro de que tanto Dios como el público me respaldarían si llevaba a cabo la medida que proponía.

Él lo reconoció, dijo que lo sentía y prometió que haría confesión y que no se opondría más a la obra. Dijo que había cometido un gran error y que había sido engañado, pero que también había obrado con mucha maldad en ello. Luego fue a buscar a su ministro, y tuve una larga conversación con los dos juntos. El ministro confesó que había estado completamente equivocado, que había sido engañado y que había obrado mal, y que su sentimiento sectario lo había llevado demasiado lejos. Esperaba que yo lo perdonara, y pidió a Dios que lo perdonara. Le dije que no haría caso alguno de la oposición de su iglesia, con tal de que cesara; y ellos prometieron que así sería.

Pero entonces le dije: «Ahora bien, se ha convertido un número considerable de jóvenes cuyos padres pertenecen a su iglesia». Si mal no recuerdo, en aquel avivamiento se habían convertido hasta cuarenta de sus jóvenes. «Ahora», le dije, «si se pone usted a hacer proselitismo, eso creará un sentimiento sectario en ambas iglesias y será peor que cualquier oposición que haya hecho hasta ahora». Le dije: «A pesar de su oposición, la obra ha seguido adelante, porque los hermanos presbiterianos se han guardado de todo espíritu sectario y han tenido el espíritu de oración. Pero si se pone usted a hacer proselitismo, destruirá el espíritu de oración y detendrá el avivamiento inmediatamente». Él dijo que lo sabía; y que por tanto no diría nada sobre recibir a ninguno de los convertidos, ni abriría las puertas de la iglesia para recibirlos, hasta que hubiera pasado el avivamiento; y que entonces, sin ningún proselitismo, dejaría que todos los convertidos se unieran a la iglesia que quisieran.

Esto fue un viernes. Al día siguiente, sábado, tocaba su reunión mensual del pacto. Cuando se hubieron reunido, en lugar de cumplir su palabra, abrió de par en par las puertas de la iglesia e invitó a los convertidos a pasar al frente, contar su experiencia y unirse a la iglesia. Todos los que pudieron ser persuadidos contaron su experiencia, y al día siguiente hubo un gran despliegue para bautizarlos. El ministro mandó a buscar enseguida, y consiguió la ayuda de uno de los ministros bautistas más proselitistas que he conocido. Este llegó y se puso a predicar y a dar conferencias sobre el bautismo.

Recorrieron el pueblo en todas direcciones en busca de convertidos; y cada vez que encontraban a alguien dispuesto a unirse, organizaban una procesión, y desfilaban, y cantaban, y hacían un gran despliegue al ir al agua para bautizarlo. Esto pronto entristeció tanto a la iglesia presbiteriana que destruyó su espíritu de oración y de fe, y la obra se paró en seco. Durante seis semanas no hubo una sola conversión. Todos, santos y pecadores por igual, discutían la cuestión del bautismo.

Había en el pueblo un número considerable de hombres, algunos de ellos prominentes, que habían estado bajo fuerte convicción y parecían cerca de convertirse, y que habían quedado completamente distraídos por esta discusión sobre el bautismo; y, de hecho, ese parecía ser el efecto general. Todo el mundo podía ver que el avivamiento se había detenido, y que los bautistas, aunque se habían opuesto al avivamiento desde el principio, estaban empeñados en que todos los convertidos se unieran a su iglesia. Sin embargo, creo que la mayoría de los convertidos no se dejaron persuadir para ser sumergidos, aunque nadie les había dicho nada en sentido contrario.

Finalmente, un día de reposo dije a la gente: «Ya ven cómo están las cosas: la obra de conversión está suspendida, y no sabemos de ninguna conversión desde hace seis semanas; y ustedes saben la razón». No les conté en absoluto cómo el pastor de la iglesia bautista había faltado a su palabra, ni aludí a ello; porque sabía que informar a la gente de que él había incurrido en semejante conducta no haría ningún bien, sino mucho daño. Pero les dije: «No quiero ocupar un día de reposo predicando sobre este tema; pero si vienen el miércoles por la tarde a la una, y traen sus Bibhas y sus lápices para marcar los pasajes, les leeré todos los pasajes de la Biblia que se refieren al modo del bautismo; y les daré, tan fielmente como yo las entiendo, las opiniones de nuestros hermanos bautistas sobre todos esos pasajes, junto con las mías; y ustedes mismos juzgarán dónde está la verdad.

Cuando llegó el miércoles, la casa estaba abarrotada. Vi presentes a bastantes de los hermanos bautistas. Empecé y leí, primero en el Antiguo Testamento y luego en el Nuevo, todos los pasajes que, hasta donde yo sabía, tenían alguna relación con el modo del bautismo. Expuse la interpretación que los bautistas tenían de esos textos y las razones de su interpretación. Luego expuse la mía y mis razones. Vi que la impresión era clara y buena, y que no reinaba ningún mal espíritu; y la gente pareció quedar satisfecha en cuanto al modo del bautismo. Los hermanos bautistas, hasta donde sé, quedaron bastante convencidos de que yo había expuesto sus opiniones con justicia, y con tanta fuerza como ellos mismos podrían haberlo hecho, y también sus razones. Antes de despedir la reunión dije: «Si vienen mañana a la misma hora, a la una, les leeré todos los pasajes de la Biblia que se refieren a quiénes deben ser bautizados, y seguiré el mismo método que hoy».

Al día siguiente la casa estaba abarrotada, si cabe más que el día anterior. Estaban presentes bastantes de los principales hermanos bautistas, y observé al viejo pastor, el gran proselitista, sentado entre la congregación. Tras los ejercicios preliminares, me levanté y comencé mi lectura. En ese momento el pastor se levantó y dijo: «Señor Finney, tengo un compromiso y no puedo quedarme a escuchar sus lecturas. Pero querré responderle; ¿y cómo sabré qué línea sigue usted?». Le respondí: «Pastor, tengo aquí un pequeño esquema en el que cito todos los pasajes que voy a leer y anoto el orden en que trato el tema. Puede quedarse con mi esquema, si lo desea, y responder a él». Entonces salió y, según supuse, se fue a atender su compromiso.

Tomé entonces el pacto hecho con Abraham, y leí todo lo que en el Antiguo Testamento tenía relación directa con la cuestión de cómo se vinculan las famihas y los hijos a ese pacto. Di la interpretación bautista de los pasajes que leí, junto con la mía, con las razones de ambas partes, como había hecho el día anterior. Luego tomé el Nuevo Testamento y recorrí todos los pasajes que en él se refieren al tema. La gente se fue enterneciendo mucho, y las lágrimas corrieron con gran libertad cuando presenté aquel pacto como el pacto que Dios sigue haciendo con los padres y su casa. La congregación quedó muy conmovida y quebrantada.

Poco antes de que yo terminara, el diácono de la iglesia presbiteriana tuvo que salir con un niño que había estado sentado a su lado durante la larga reunión. Me contó después que, al entrar en el vestíbulo de la iglesia, encontró allí sentado al viejo pastor, con la puerta entreabierta, escuchando lo que yo decía y llorando él mismo de verdad.

Cuando terminé, la gente se agolpó a mi alrededor por todos lados y, con lágrimas, me dio las gracias por una exposición tan completa y satisfactoria del tema. Debería haber dicho que a la reunión asistieron no solo miembros de la iglesia, sino la comunidad en general. La cuestión quedó zanjada con inteligencia, y pronto la gente dejó de hablar de ella. En pocos días volvió el espíritu de oración, y el avivamiento revivió y siguió adelante con gran poder. No mucho después se administraron las ordenanzas, y un gran número de los convertidos se unieron a la iglesia.

Ya he insinuado que yo era huésped del señor S——.

Tenía una familia muy interesante. Él y su esposa —a la que todo el mundo llamaba «tía Lucy»— no tenían hijos propios; pero, de vez en cuando, movidos por el anhelo de su corazón, habían adoptado un niño tras otro, hasta llegar a diez; y eran de edades tan parecidas que, en ese momento, la familia la formaban él, «tía Lucy», su esposa, y diez jóvenes, creo que repartidos más o menos por igual entre muchachos y muchachas. Todos se convirtieron pronto, y sus conversiones fueron muy notables. Eran convertidos radiantes y jóvenes muy inteligentes; y nunca vi una familia más feliz y encantadora que ellos cuando todos estuvieron convertidos.

Pero la tía Lucy se había convertido en otras circunstancias, cuando no había avivamiento, y nunca había visto la frescura, la fuerza y el gozo de los convertidos en un avivamiento poderoso. Su fe y su amor, su gozo y su paz, la hicieron tropezar por completo. Empezó a pensar que nunca se había convertido; y aunque se había entregado en cuerpo y alma a promover la obra, justo en medio de ella cayó en la desesperación, a pesar de todo lo que se pudo decir o hacer. Llegó a la conclusión de que nunca se había convertido y, por supuesto, de que nunca podría convertirse.

Esto trajo a la familia un motivo de gran dolor y preocupación. Su esposo pensaba que iba a perder el juicio. Los jóvenes, que todos la tenían por madre, estaban llenos de inquietud por ella; y, de hecho, la casa quedó sumida en el duelo. El señor S—— dedicaba su tiempo a conversar y orar con ella, y a tratar de reavivar su esperanza. Tuve varias conversaciones con ella; pero, ante la gran luz que la experiencia de aquellos jóvenes convertidos, a la que ella escuchaba a diario, arrojaba a su alrededor, no había manera de persuadirla de que creyera que alguna vez se había convertido o que pudiera convertirse jamás.

Este estado de cosas continuó día tras día, hasta que yo mismo empecé a pensar que iba a perder el juicio. La calle en la que vivían estaba densamente poblada, casi como un pueblo, a lo largo de unas tres millas. La obra se había extendido por esa calle hasta que solo quedaba una persona adulta sin convertir. Era un joven llamado B—— H——, y se oponía a la obra de manera casi frenética. Casi todo el vecindario se dedicó a orar por este joven, y su caso estaba en boca de casi todos.

Un día entré y encontré a la tía Lucy muy afligida por este B—— H——. «¡Ay, Dios mío!», decía;

«¿qué será de él? ¡Pero, señor S——, seguro que va a perder su alma! ¿Qué será de él?». Parecía estar en la mayor angustia ante la idea de que aquel joven perdiera su alma. La escuché unos momentos, luego la miré con seriedad y le dije: «Tía Lucy, cuando tú y B—— H—— mueran, Dios tendrá que poner un tabique en el infierno y darte a ti una habitación aparte». Ella abrió sus grandes ojos azules y me miró con aire de reproche. «¡Pero, señor Finney!», dijo. «Así es», le dije. «¿Crees que Dios cometerá la gran incongruencia de ponerte a ti y a B—— H—— en el mismo lugar? Ahí está él, despotricando contra Dios; y tú, casi fuera de ti por sentir los insultos que él lanza contra Dios y por el temor de que vaya al infierno. ¿Crees tú que dos personas así, en dos estados de ánimo tan opuestos, pueden ser enviadas al mismo lugar?». Sostuve con calma su mirada de reproche y la miré fijamente a la cara. Al cabo de unos momentos se le relajaron las facciones y sonrió, por primera vez en muchos días. «Así es, querida», dijo el señor S——, «así es. ¿Cómo van a ir tú y B—— H—— al mismo lugar?». Ella se rio y dijo: «No podemos». Desde ese momento su desesperación se disipó, y salió de ella con claridad y tan feliz como cualquiera de los jóvenes convertidos. Este B—— H—— se convirtió más tarde.

A unos tres cuartos de milla de la casa del señor S—— vivía un tal señor M——, universalista convencido, que durante bastante tiempo se mantuvo alejado de nuestras reuniones. Una mañana, el padre Nash, que en aquel tiempo estaba conmigo en casa del señor S——, se levantó, como era su costumbre, muy temprano, y se fue a un bosquecillo situado a unas cincuenta varas del camino, quizá, para tener un rato de oración a solas. Era antes del amanecer; y el hermano Nash, como de costumbre, se entregó con gran intensidad a la oración. Era una de esas mañanas claras en que se pueden oír los sonidos a gran distancia. El señor M—— se había levantado y estaba fuera de casa a esa hora tan temprana, y oyó la voz de la oración. Escuchó, y pudo oír claramente la voz del padre Nash. Supo que era una oración, según dijo después, aunque no podía distinguir gran cosa de lo que decía. Sin embargo, dijo que sabía qué era y quién era. Y aquello le clavó una flecha en el corazón. Dijo que le trajo un sentido de la realidad de la religión como nunca antes lo había experimentado. La flecha quedó clavada. No halló alivio hasta que lo halló creyendo en Jesús.

No sé cuántos se convirtieron en aquel avivamiento. Era un gran municipio agrícola, poblado por habitantes acomodados. Estoy seguro de que la gran mayoría de ellos se convirtieron a Cristo en aquel avivamiento.

Hace muchos años que no voy a aquel lugar. Pero a menudo he tenido noticias de allí, y siempre he sabido que la religión se ha mantenido en un estado muy sano en aquel lugar, y que desde entonces nunca han tenido nada parecido a una discusión sobre el bautismo.

Las doctrinas predicadas para promover aquel avivamiento fueron las mismas que he predicado en todas partes. La depravación moral, total y voluntaria del hombre no regenerado; la necesidad de un cambio radical de corazón, por medio de la verdad, por la acción del Espíritu Santo; la divinidad y la humanidad de nuestro Señor Jesucristo; su expiación vicaria, suficiente para las necesidades de toda la humanidad; el don, la divinidad y la acción del Espíritu Santo; el arrepentimiento, la fe, la justificación por la fe, la santificación por la fe; la perseverancia en la santidad como condición de la salvación; en fin, todas las doctrinas distintivas del Evangelio fueron expuestas y presentadas con toda la claridad, precisión y fuerza que me fueron posibles en aquellas circunstancias. Reinó un gran espíritu de oración; y después de la discusión sobre el bautismo, reinó un espíritu de unidad, amor fraternal y comunión cristiana de lo más hermoso. Al final nunca tuve ocasión de reprender públicamente la oposición de los hermanos bautistas. En mis lecturas sobre el bautismo, el Señor me permitió mantener tal espíritu que no se suscitó ninguna controversia ni reinó ningún espíritu polémico. La discusión no produjo ningún mal resultado, sino un gran bien y, hasta donde pude ver, solo bien.

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