Capítulo 9 · 53 min de lectura · 1 h 9 min de escucha
Septiembre
1 de septiembre
«Esperad en él en todo tiempo». (Salmo 62:8)
La fe es tanto la norma de la vida temporal como de la espiritual; debemos tener fe en Dios para nuestros asuntos terrenales lo mismo que para nuestros negocios celestiales. Solo cuando aprendemos a confiar en Dios para que supla todas nuestras necesidades diarias viviremos por encima del mundo. No hemos de estar ociosos: eso mostraría que no confiamos en Dios, que hasta ahora obra, sino en el diablo, que es el padre de la ociosidad. No hemos de ser imprudentes ni temerarios; eso sería confiar en el azar, y no en el Dios vivo, que es un Dios de buena administración y de orden. Obrando con toda prudencia y rectitud, hemos de apoyarnos sencilla y enteramente en el Señor en todo tiempo.
Permíteme recomendarte una vida de confianza en Dios en las cosas temporales. Confiando en Dios, no te verás obligado a lamentarte por haber usado medios pecaminosos para enriquecerte. Sirve a Dios con integridad, y si no alcanzas éxito, al menos no pesará ningún pecado sobre tu conciencia. Confiando en Dios, no caerás en contradicción contigo mismo. El que confía en la astucia navega hoy hacia un lado y mañana hacia otro, como un barco zarandeado por el viento voluble; pero el que confía en el Señor es como un barco impulsado por el vapor: corta las olas, desafía al viento y traza una estela brillante, plateada y recta hasta el puerto de su destino. Sé un hombre con principios vivos dentro de ti; nunca te inclines ante las cambiantes costumbres de la sabiduría mundana. Anda por tu senda de integridad con pasos firmes, y muestra que eres invenciblemente fuerte con la fuerza que solo la confianza en Dios puede dar. Así serás librado de la inquietud ansiosa, no tendrás temor de las malas noticias, tu corazón estará firme, confiado en el Señor. ¡Qué agradable es dejarse llevar por la corriente de la providencia! No hay manera de vivir más bendita que una vida de dependencia de un Dios que guarda su pacto. No tenemos afán, porque él tiene cuidado de nosotros; no tenemos tribulaciones, porque echamos nuestras cargas sobre el Señor.
2 de septiembre
«Si no viereis señales y prodigios, no creeréis». (Juan 4:48)
El ansia de maravillas era un síntoma del estado enfermizo de la mente de los hombres en los días de nuestro Señor; rechazaban el alimento sólido y suspiraban por meros prodigios. El evangelio que tanto necesitaban no lo querían; los milagros que Jesús no siempre escogía dar, los exigían con avidez. Muchos hoy en día tienen que ver señales y prodigios, o no creerán. Algunos han dicho en su corazón: «Tengo que sentir un profundo horror en el alma, o nunca creeré en Jesús». Pero ¿y si nunca llegas a sentirlo, como probablemente nunca lo sientas? ¿Irás al infierno por despecho contra Dios, porque no quiere tratarte como a otro? Alguno se ha dicho a sí mismo: «Si tuviera un sueño, o si pudiera sentir una sacudida repentina de no sé qué, entonces creería». ¡Así soñáis vosotros, mortales indignos, que mi Señor ha de recibir órdenes de vosotros! Sois mendigos a su puerta, pidiendo misericordia, ¡y os empeñáis en redactar reglas y reglamentos sobre cómo ha de daros esa misericordia! ¿Pensáis que él se someterá a esto? Mi Maestro es de espíritu generoso, pero tiene un corazón verdaderamente regio; rechaza todo dictado y mantiene la soberanía de su obrar. Pues bien, querido lector, si tal es tu caso, ¿por qué ansías señales y prodigios? ¿No es el evangelio su propia señal y su propio prodigio? ¿No es este un milagro de milagros: que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda»? ¡Sin duda aquella preciosa palabra: «El que quiere, tome del agua de la vida gratuitamente», y aquella solemne promesa: «Al que a mí viene, no lo echo fuera», son mejores que señales y prodigios! A un Salvador veraz se le debe creer. Él es la verdad misma. ¿Por qué pides pruebas de la veracidad de aquel que no puede mentir? Los mismos demonios declararon que era el Hijo de Dios; ¿desconfiarás tú de él?
3 de septiembre
«El Señor prueba al justo». (Salmo 11:5)
Todos los acontecimientos están bajo el gobierno de la providencia; por consiguiente, todas las pruebas de nuestra vida exterior pueden rastrearse directamente hasta la gran Causa Primera. Por la puerta de oro de la ordenanza de Dios marchan en formación los ejércitos de la prueba, revestidos de su armadura de hierro y provistos de armas de guerra. Todas las providencias son puertas a la prueba. Aun nuestras misericordias, como las rosas, tienen sus espinas. Los hombres pueden ahogarse en mares de prosperidad tanto como en ríos de aflicción. Nuestras montañas no son demasiado altas, ni nuestros valles demasiado bajos para las tentaciones: las pruebas acechan en todos los caminos. En todas partes, arriba y abajo, estamos asediados y rodeados de peligros. Sin embargo, ningún chaparrón cae de la nube amenazadora sin permiso; cada gota tiene su orden antes de precipitarse a la tierra. Las pruebas que vienen de Dios son enviadas para probar y fortalecer nuestras gracias, y así a la vez para ilustrar el poder de la gracia divina, probar la autenticidad de nuestras virtudes y añadirles energía. Nuestro Señor, en su infinita sabiduría y su sobreabundante amor, estima tanto la fe de su pueblo que no lo resguardará de aquellas pruebas por las cuales la fe se fortalece. Nunca habrías poseído la preciosa fe que ahora te sostiene si la prueba de tu fe no hubiera sido como fuego. Eres un árbol que nunca habría echado tan buenas raíces si el viento no te hubiera mecido de un lado a otro y te hubiera hecho asirte firmemente de las preciosas verdades de la gracia del pacto. La comodidad mundana es un gran enemigo de la fe; afloja las articulaciones del santo valor y rompe los tendones del sagrado coraje. El globo nunca se eleva hasta que se cortan las amarras; la aflicción presta este servicio cortante a las almas creyentes. Mientras el trigo duerme cómodamente en la cascarilla, es inútil para el hombre; tiene que ser trillado y sacado de su lugar de reposo antes de que pueda conocerse su valor. Así que es bueno que el Señor pruebe al justo, porque eso le hace enriquecerse para con Dios.
4 de septiembre
«Balanzas justas, pesas justas, efa justo e hin justo tendréis». (Levítico 19:36)
Las pesas, las balanzas y las medidas debían ser todas conforme a la norma de la justicia. Sin duda ningún cristiano necesitará que se le recuerde esto en sus negocios, pues aunque la justicia fuera desterrada de todo el resto del mundo, debería hallar refugio en los corazones creyentes. Hay, sin embargo, otras balanzas que pesan las cosas morales y espirituales, y estas a menudo necesitan ser examinadas. Llamemos esta noche al inspector.
Las balanzas en que pesamos nuestro propio carácter y el de los demás, ¿son del todo exactas? ¿No convertimos nuestras onzas de bondad en libras, y las fanegas de excelencia de otros en celemines? Vigila aquí las pesas y medidas, cristiano. Las balanzas en que medimos nuestras pruebas y tribulaciones, ¿están conforme a la norma? Pablo, que tuvo que sufrir más que nosotros, llamó leves a sus aflicciones, y sin embargo a menudo consideramos pesadas las nuestras: ¡sin duda algo anda mal en las pesas! Debemos atender a este asunto, no sea que se nos denuncie ante el tribunal de arriba por trato injusto. Las pesas con que medimos nuestra creencia doctrinal, ¿son del todo justas? Las doctrinas de la gracia deberían tener para nosotros el mismo peso que los preceptos de la palabra, ni más ni menos; pero es de temer que en muchos uno u otro platillo está injustamente cargado. Es cosa grande dar la medida justa en la verdad. Cristiano, ten cuidado aquí. Esas medidas con que estimamos nuestras obligaciones y responsabilidades parecen más bien pequeñas. Cuando un rico no da a la causa de Dios más de lo que contribuyen los pobres, ¿es eso un efa justo y un hin justo? Cuando los ministros están medio muertos de hambre, ¿es eso un trato honrado? Cuando los pobres son despreciados, mientras los ricos impíos son admirados, ¿es eso una balanza justa? Lector, podríamos alargar la lista, pero preferimos dejarte como tarea de esta noche descubrir y destruir todas las balanzas, pesas y medidas injustas.
5 de septiembre
«¿Has entrado tú hasta las fuentes del mar?». (Job 38:16)
Algunas cosas de la naturaleza han de seguir siendo un misterio para los investigadores más inteligentes y emprendedores. El conocimiento humano tiene límites más allá de los cuales no puede pasar. El conocimiento universal es solo de Dios. Si esto es así en las cosas que se ven y son temporales, puedo estar seguro de que lo es aún más en los asuntos espirituales y eternos. ¿Por qué, pues, he estado torturando mi cerebro con especulaciones sobre el destino y la voluntad, el hado fijo y la responsabilidad humana? Estas verdades profundas y oscuras no soy más capaz de comprenderlas que de hallar el abismo que yace debajo, del cual el viejo océano saca sus caudales de agua. ¿Por qué tengo tanta curiosidad por conocer la razón de las providencias de mi Señor, el motivo de sus acciones, el propósito de sus visitaciones? ¿Podré algún día apretar el sol en mi puño y sostener el universo en la palma de mi mano? Y sin embargo, estas cosas son como la gota de un cubo comparadas con el Señor mi Dios. No me empeñe yo en entender lo infinito, sino que gaste mis fuerzas en amar. Lo que no puedo alcanzar por el intelecto lo puedo poseer por el afecto, y que eso me baste. No puedo penetrar en el corazón del mar, pero puedo disfrutar de las brisas saludables que barren su seno, y puedo navegar sobre sus olas azules con vientos favorables. Si pudiera entrar hasta las fuentes del mar, la hazaña no serviría de nada ni a mí ni a otros; no salvaría la barca que se hunde ni devolvería el marinero ahogado a su esposa y a sus hijos que lloran; tampoco me serviría de nada resolver misterios profundos, porque el más pequeño amor a Dios y el acto más sencillo de obediencia a él son mejores que el conocimiento más profundo. Señor mío, te dejo a ti lo infinito, y te ruego que apartes de mí un amor tal por el árbol del conocimiento que me aleje del árbol de la vida.
6 de septiembre
«Si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley». (Gálatas 5:18)
El que mira su propio carácter y su posición desde un punto de vista legal, no solo desesperará cuando llegue al final de su cuenta, sino que, si es sabio, desesperará desde el principio; porque si hemos de ser juzgados sobre la base de la ley, no se justificará ningún viviente. ¡Qué bienaventurado es saber que habitamos en los dominios de la gracia y no de la ley! Cuando pienso en mi estado delante de Dios, la pregunta no es: «¿Soy perfecto en mí mismo ante la ley?», sino: «¿Soy perfecto en Cristo Jesús?». Eso es algo muy diferente. No necesitamos preguntar: «¿Estoy sin pecado por naturaleza?», sino: «¿He sido lavado en el manantial abierto para el pecado y la inmundicia?». No es: «¿Soy en mí mismo agradable a Dios?», sino: «¿Soy acepto en el Amado?». El cristiano examina sus evidencias desde la cumbre del Sinaí y se alarma por su salvación; mucho mejor sería que leyera su título a la luz del Calvario. «Pues bien», dice, «mi fe tiene incredulidad dentro; no es capaz de salvarme». Si hubiera considerado el objeto de su fe en lugar de su fe, entonces habría dicho: «No hay falla en él, y por tanto estoy seguro». Suspira por su esperanza: «¡Ah, mi esperanza está estropeada y empañada por una ansiosa preocupación por las cosas presentes! ¿Cómo puedo ser acepto?». Si hubiera mirado el fundamento de su esperanza, habría visto que la promesa de Dios está firme, y que, sean cuales sean nuestras dudas, el juramento y la promesa nunca fallan. ¡Ah, creyente, siempre es más seguro para ti ser guiado por el Espíritu a la libertad del evangelio que llevar grilletes legales! Júzgate por lo que es Cristo, más que por lo que eres tú. Satanás intentará estropear tu paz recordándote tu pecaminosidad y tus imperfecciones: solo puedes hacer frente a sus acusaciones aferrándote fielmente al evangelio y negándote a llevar el yugo de servidumbre.
7 de septiembre
«Hay tristeza en el mar; no puede sosegarse». (Jeremías 49:23)
Poco sabemos qué tristeza puede haber en el mar en este momento. Nosotros estamos a salvo en nuestro tranquilo aposento, pero lejos, en el mar salado, el huracán puede estar buscando cruelmente la vida de los hombres. ¡Oye cómo aúllan los demonios de la muerte entre las jarcias; cómo cruje cada madero cuando las olas golpean como arietes contra el barco! ¡Dios os ayude, pobres empapados y extenuados! Mi oración sube al gran Señor del mar y de la tierra, para que convierta la tempestad en calma y os lleve al puerto que deseáis. Y no debo ofrecer solo oración; debo procurar hacer bien a esos hombres recios que arriesgan la vida tan constantemente. ¿He hecho alguna vez algo por ellos? ¿Qué puedo hacer? ¡Cuántas veces el mar embravecido se traga al marinero! Miles de cadáveres yacen donde yacen hondas las perlas. Hay en el mar una tristeza de muerte, que resuena en el largo lamento de viudas y huérfanos. La sal del mar está en muchos ojos de madres y esposas. Olas despiadadas, habéis devorado el amor de las mujeres y el sostén de los hogares. ¡Qué resurrección habrá de las cavernas del abismo cuando el mar entregue sus muertos! Hasta entonces habrá tristeza en el mar. Como si se compadeciera de los males de la tierra, el mar se agita sin cesar a lo largo de mil costas, gimiendo con un grito triste como el de sus propias aves, retumbando con un estruendo hueco de inquietud, desvariando con un descontento tumultuoso, irritándose con ronca ira, o resonando con las voces de diez mil guijarros que murmuran. El rugido del mar puede ser alegre para un espíritu gozoso, pero para el hijo del dolor el ancho, ancho océano es aún más desolado que el ancho, ancho mundo. Este no es nuestro reposo, y las olas inquietas nos lo dicen. Hay una tierra donde el mar ya no existe: hacia ella tenemos el rostro firmemente vuelto; vamos al lugar del cual el Señor ha hablado. Hasta entonces, echamos nuestras penas sobre el Señor, que antaño anduvo sobre el mar y que abre a su pueblo un camino por sus profundidades.
8 de septiembre
«La supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza, que operó en Cristo, resucitándole de los muertos». (Efesios 1:19, 20)
En la resurrección de Cristo, como en nuestra salvación, se desplegó nada menos que un poder divino. ¿Qué diremos de los que piensan que la conversión es obra del libre albedrío del hombre y se debe a la mejor disposición de su propio ánimo? Cuando veamos a los muertos levantarse de la tumba por su propio poder, entonces podremos esperar ver a pecadores impíos volverse a Cristo por su propio libre albedrío. No es la palabra predicada, ni la palabra leída en sí misma; todo poder vivificador procede del Espíritu Santo. Este poder era irresistible. Todos los soldados y los sumos sacerdotes no pudieron retener el cuerpo de Cristo en el sepulcro; la Muerte misma no pudo sujetar a Jesús en sus ligaduras: así de irresistible es el poder que se despliega en el creyente cuando es levantado a novedad de vida. Ningún pecado, ninguna corrupción, ningún demonio del infierno ni pecador de la tierra puede detener la mano de la gracia de Dios cuando se propone convertir a un hombre. Si Dios, con omnipotencia, dice: «Lo harás», el hombre no dirá: «No lo haré». Observa que el poder que levantó a Cristo de los muertos fue glorioso. Reflejó honra sobre Dios y sembró el desaliento en las huestes del mal. Así hay gran gloria para Dios en la conversión de cada pecador. Fue un poder eterno. «Cristo, habiendo resucitado de entre los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él». Así nosotros, resucitados de entre los muertos, no volvemos a nuestras obras muertas ni a nuestras viejas corrupciones, sino que vivimos para Dios. «Porque él vive, nosotros también viviremos». «Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios». «Como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en novedad de vida». Por último, observa en el texto la unión de la nueva vida con Jesús. El mismo poder que levantó a la Cabeza obra vida en los miembros. ¡Qué bendición es ser vivificados juntamente con Cristo!
9 de septiembre
«Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas». (Apocalipsis 4:4)
De estos representantes de los santos en el cielo se dice que están alrededor del trono. En el pasaje del Cantar de los Cantares donde Salomón canta del Rey sentado a su mesa, algunos traducen «una mesa redonda». De ahí que algunos expositores, a mi juicio sin forzar el texto, hayan dicho: «Hay igualdad entre los santos». Esa idea la transmite la igual cercanía de los veinticuatro ancianos. La condición de los espíritus glorificados en el cielo es de cercanía a Cristo, de visión clara de su gloria, de acceso constante a su corte y de comunión familiar con su persona; y en este respecto no hay diferencia alguna entre un santo y otro, sino que todo el pueblo de Dios, apóstoles, mártires, ministros o cristianos particulares y desconocidos, estarán todos sentados cerca del trono, donde contemplarán para siempre a su exaltado Señor y se saciarán de su amor. Todos estarán cerca de Cristo, todos arrebatados por su amor, todos comiendo y bebiendo a la misma mesa con él, todos igualmente amados como sus favoritos y amigos, aunque no todos sean igualmente recompensados como siervos.
Imiten los creyentes en la tierra a los santos del cielo en su cercanía a Cristo. Seamos en la tierra como son los ancianos en el cielo, sentados alrededor del trono. Que Cristo sea el objeto de nuestros pensamientos, el centro de nuestras vidas. ¿Cómo podemos soportar vivir a tal distancia de nuestro Amado? Señor Jesús, acércanos más a ti. Dinos: «Permaneced en mí, y yo en vosotros»; y permítenos cantar: «Su izquierda está debajo de mi cabeza, y su derecha me abraza».
Oh, elévame más alto, más cerca de ti,
y al subir más puro y más apto,
oh, que la humildad de mi alma
me haga postrarme más bajo a tus pies;
que, confiando menos en mí, más pruebe
el bendito consuelo de tu amor.
10 de septiembre
«Lobos de la tarde». (Habacuc 1:8)
Mientras preparaba el presente volumen, esta expresión particular me vino a la mente con tanta frecuencia que, para librarme de su constante insistencia, decidí dedicarle una página. El lobo de la tarde, enfurecido por un día de hambre, era más feroz y voraz de lo que habría sido por la mañana. ¿No podrá esta furiosa criatura representar nuestras dudas y temores después de un día de distracción mental, de pérdidas en los negocios y quizá de burlas mezquinas de nuestros semejantes? ¡Cómo aúllan nuestros pensamientos en nuestros oídos: «¿Dónde está tu Dios?»! ¡Qué voraces y codiciosos son, que se tragan toda sugerencia de consuelo y quedan tan hambrientos como antes! Gran Pastor, mata a estos lobos de la tarde, y manda a tus ovejas descansar en lugares de delicados pastos, sin que las perturbe la incredulidad insaciable. ¡Cuánto se parecen los demonios del infierno a los lobos de la tarde! Porque cuando el rebaño de Cristo está en un día nublado y oscuro, y su sol parece ponerse, se apresuran a despedazar y devorar. Apenas atacarán al cristiano a la luz del día de la fe, pero en la penumbra del conflicto del alma se lanzan sobre él. Oh tú, que diste tu vida por las ovejas, presérvalas de los colmillos del lobo.
Los falsos maestros, que astuta y diligentemente andan a la caza de la vida preciosa, devorando a los hombres con sus falsedades, son tan peligrosos y detestables como los lobos de la tarde. Las tinieblas son su elemento, el engaño su carácter, la destrucción su fin. Corremos más peligro con ellos cuando llevan piel de oveja. Bienaventurado el que es guardado de ellos, porque miles llegan a ser presa de lobos rapaces que entran en el redil de la iglesia.
¡Qué maravilla de la gracia es cuando feroces perseguidores se convierten! Porque entonces el lobo mora con el cordero, y hombres de disposición cruel e indomable se vuelven mansos y dóciles. Oh Señor, convierte a muchos así: por ellos oraremos esta noche.
11 de septiembre
«Guíame, Señor, en tu justicia a causa de mis enemigos». (Salmo 5:8)
Muy amarga es la enemistad del mundo contra el pueblo de Cristo. Los hombres perdonarán mil faltas en otros, pero magnificarán la ofensa más trivial en los seguidores de Jesús. En lugar de lamentar esto en vano, saquémosle provecho, y puesto que tantos están acechando nuestro tropiezo, sea esto un motivo especial para andar con mucho cuidado delante de Dios. Si vivimos descuidadamente, el mundo, con ojos de lince, pronto lo verá, y con sus cien lenguas esparcirá la historia, exagerada y adornada por el celo de la calumnia. Gritarán triunfantes: «¡Ajá! ¡Así lo queríamos! ¡Mirad cómo obran estos cristianos! Son hipócritas, todos sin excepción». Así se hará mucho daño a la causa de Cristo y se inferirá mucho insulto a su nombre. La cruz de Cristo es en sí misma una ofensa para el mundo; cuidemos de no añadir ninguna ofensa propia. Es «para los judíos tropezadero»: procuremos no poner tropiezos donde ya hay bastantes. «Para los griegos es locura»: no añadamos nuestra necedad para dar filo al desprecio con que los sabios de este mundo se burlan del evangelio. ¡Qué celosos debemos ser de nosotros mismos! ¡Qué rigurosos con nuestra conciencia! En presencia de adversarios que tergiversarán nuestras mejores obras e impugnarán nuestros motivos donde no puedan censurar nuestras acciones, ¡con cuánta circunspección debemos andar! Los peregrinos atraviesan la Feria de la Vanidad como personas sospechosas. No solo estamos bajo vigilancia, sino que hay más espías de los que sabemos. El espionaje está en todas partes, en casa y fuera de ella. Si caemos en manos de los enemigos, antes podemos esperar generosidad de un lobo o misericordia de un demonio que algo parecido a paciencia con nuestras flaquezas por parte de hombres que sazonan su incredulidad hacia Dios con escándalos contra su pueblo. ¡Oh Señor, guíanos siempre, no sea que nuestros enemigos nos hagan tropezar!
12 de septiembre
«Misericordia y juicio cantaré». (Salmo 101:1)
La fe triunfa en la prueba. Cuando la razón es arrojada al calabozo de más adentro, con los pies sujetos en el cepo, la fe hace resonar los muros del calabozo con sus alegres notas mientras clama: «Misericordia y juicio cantaré; a ti cantaré yo, oh Señor». La fe arranca la máscara negra del rostro de la tribulación y descubre al ángel que hay debajo. La fe mira la nube y ve que
«va preñada de misericordia, y se romperá
en bendiciones sobre su cabeza».
Hay motivo de canto aun en los juicios de Dios para con nosotros. Porque, primero, la prueba no es tan pesada como podría haber sido; luego, la tribulación no es tan severa como merecíamos haber soportado; y nuestra aflicción no es tan aplastante como la carga que otros tienen que llevar. La fe ve que en su peor dolor no hay nada penal; no hay en él una gota de la ira de Dios; todo es enviado en amor. La fe discierne el amor que brilla como una joya en el pecho de un Dios airado. La fe dice de su pena: «Esta es una insignia de honor, porque el hijo tiene que sentir la vara»; y luego canta del dulce fruto de sus dolores, porque obran para su bien espiritual. Más aún, dice la Fe: «Esta leve tribulación, que es momentánea, produce en mí un cada vez más excelente y eterno peso de gloria». Así la Fe cabalga en el caballo negro, venciendo y para vencer, pisoteando la razón carnal y el sentido de la carne, y entonando cantos de victoria en lo más reñido de la batalla.
«Todo lo que encuentro me ayuda
en mi senda hacia el gozo celestial,
donde, aunque ahora me acompañen pruebas,
las pruebas nunca más me afligirán.
«Bendito allí con un peso de gloria,
nunca olvidaré la senda,
sino que, exultante, clamaré que me condujo
al trono de mi bendito Salvador».
13 de septiembre
«Este a los pecadores recibe». (Lucas 15:2)
Observa la condescendencia de este hecho. Este Hombre, que se eleva por encima de todos los demás hombres, santo, inocente, limpio y apartado de los pecadores, este Hombre recibe a los pecadores. Este Hombre, que no es otro que el Dios eterno, ante quien los ángeles cubren sus rostros, este Hombre recibe a los pecadores. Se necesita una lengua de ángel para describir tan poderosa inclinación del amor. Que alguno de nosotros esté dispuesto a buscar a los perdidos no tiene nada de maravilloso: son de nuestra propia raza; pero que él, el Dios ofendido, contra quien se ha cometido la transgresión, tomara sobre sí forma de siervo, y llevara el pecado de muchos, y luego estuviera dispuesto a recibir a los más viles de los viles, esto es maravilloso.
«Este a los pecadores recibe»; no, sin embargo, para que sigan siendo pecadores, sino que los recibe para perdonar sus pecados, justificar sus personas, limpiar sus corazones por su palabra purificadora, preservar sus almas por la morada del Espíritu Santo, y capacitarlos para servirle, para anunciar sus alabanzas y para tener comunión con él. Recibe a los pecadores en el amor de su corazón, los levanta del estiércol y los lleva como joyas en su corona; los arrebata como tizones del incendio y los conserva como costosos monumentos de su misericordia. Nadie es tan precioso a los ojos de Jesús como los pecadores por quienes murió. Cuando Jesús recibe a los pecadores, no tiene un recibidor a la intemperie, ni un albergue de caridad donde los atienda por compasión, como hacen los hombres con los mendigos de paso, sino que abre las puertas de oro de su corazón real y recibe al pecador dentro de sí mismo; sí, admite al humilde penitente a una unión personal y lo hace miembro de su cuerpo, de su carne y de sus huesos. ¡Nunca hubo recibimiento como este! Este hecho sigue siendo segurísimo esta noche: él sigue recibiendo a los pecadores. ¡Quisiera Dios que los pecadores lo recibieran a él!
14 de septiembre
«Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis rebeliones al Señor; y tú perdonaste la maldad de mi pecado». (Salmo 32:5)
El dolor de David por el pecado fue amargo. Sus efectos se veían en su cuerpo: «se envejecieron sus huesos»; «su verdor se volvió en sequedades de verano». No pudo hallar remedio hasta que hizo una confesión completa ante el trono de la gracia celestial. Nos dice que por un tiempo guardó silencio, y su corazón se llenó más y más de dolor: como un lago de montaña cuya salida está obstruida, su alma estaba henchida de torrentes de pena. Fabricó excusas; procuró distraer sus pensamientos, pero todo fue en vano; como una llaga que supura, su angustia se acumulaba, y como no quería usar la lanceta de la confesión, su espíritu estaba lleno de tormento y no conocía descanso. Al fin llegó a esto: tenía que volver a su Dios con humilde arrepentimiento, o morir sin remedio; así que se apresuró al propiciatorio, y allí desenrolló el volumen de sus iniquidades ante el que todo lo ve, reconociendo todo el mal de sus caminos en un lenguaje como el que lees en el salmo cincuenta y uno y en otros salmos penitenciales. Hecho esto, una obra tan sencilla y a la vez tan difícil para el orgullo, recibió enseguida la señal del perdón divino; los huesos que habían sido quebrantados se recrearon, y salió de su aposento para cantar la bienaventuranza del hombre cuya transgresión ha sido perdonada. ¡Mira el valor de una confesión del pecado obrada por la gracia! Ha de estimarse por encima de todo precio, porque en todo caso donde hay una confesión genuina y llena de gracia, la misericordia se da gratuitamente, no porque el arrepentimiento y la confesión merezcan misericordia, sino por amor de Cristo. Bendito sea Dios, siempre hay sanidad para el corazón quebrantado; la fuente fluye siempre para limpiarnos de nuestros pecados. ¡Verdaderamente, oh Señor, tú eres un Dios «pronto a perdonar»! Por tanto, reconoceremos nuestras iniquidades.
15 de septiembre
«El pueblo a él cercano». (Salmo 148:14)
La dispensación del antiguo pacto era de distancia. Cuando Dios se apareció aun a su siervo Moisés, le dijo: «No te acerques; quita el calzado de tus pies»; y cuando se manifestó sobre el monte Sinaí a su propio pueblo escogido y apartado, uno de los primeros mandamientos fue: «Señalarás límites alrededor del monte». Tanto en el culto sagrado del tabernáculo como en el del templo, la idea de distancia estaba siempre en primer plano. La masa del pueblo ni siquiera entraba en el atrio exterior. En el atrio interior nadie sino los sacerdotes podía osar entrar; mientras que en el lugar más íntimo, el lugar santísimo, el sumo sacerdote entraba solo una vez al año. Era como si el Señor, en aquellas edades primeras, quisiera enseñar al hombre que el pecado le era tan absolutamente aborrecible que tenía que tratar a los hombres como a leprosos echados fuera del campamento; y cuando más se acercaba a ellos, aun así les hacía sentir la anchura de la separación entre un Dios santo y un pecador impuro. Cuando vino el evangelio, fuimos colocados sobre una base muy distinta. La palabra «Id» se cambió por «Venid»; la distancia dio paso a la cercanía, y nosotros, que en otro tiempo estábamos lejos, fuimos hechos cercanos por la sangre de Jesucristo. La Deidad encarnada no tiene muro de fuego a su alrededor. «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar» es la gozosa proclamación de Dios al aparecer en carne humana. Ya no enseña al leproso su lepra poniéndolo a distancia, sino sufriendo él mismo la pena de su contaminación. ¡Qué estado de seguridad y de privilegio es esta cercanía a Dios por medio de Jesús! ¿La conoces por experiencia? Si la conoces, ¿vives en el poder de ella? Maravillosa es esta cercanía, pero ha de seguirla una dispensación de cercanía aún mayor, cuando se diga: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos». Apresúralo, oh Señor.
16 de septiembre
«¿Soy yo el mar, o una ballena, para que me pongas guarda?». (Job 7:12)
Era una pregunta extraña para que Job se la hiciera al Señor. Se sentía demasiado insignificante para ser vigilado y castigado tan estrictamente, y esperaba no ser tan indómito que necesitara ser refrenado así. La pregunta era natural en alguien rodeado de miserias tan insoportables, pero, después de todo, admite una respuesta muy humillante. Es cierto que el hombre no es el mar, pero es aún más problemático e indómito. El mar respeta obedientemente su límite, y aunque no sea más que una franja de arena, no salta por encima de la frontera. Poderoso como es, oye el hasta aquí divino, y aun cuando más brama con la tempestad, respeta la palabra; pero el hombre obstinado desafía al cielo y oprime la tierra, y su furia rebelde no tiene fin. El mar, obediente a la luna, sube y baja con incesante regularidad, y así rinde una obediencia activa además de pasiva; pero el hombre, inquieto fuera de su esfera, duerme dentro de los límites del deber, perezoso donde debería ser activo. No quiere ni venir ni ir al mandato divino, sino que prefiere tercamente hacer lo que no debe y dejar sin hacer lo que se le exige. Cada gota del océano, cada burbuja perlada, cada copo de espuma, cada concha y cada guijarro sienten el poder de la ley, y ceden o se mueven al instante. ¡Oh, si nuestra naturaleza estuviera conformada a la voluntad de Dios siquiera una milésima parte de lo que lo está el mar! Llamamos al mar voluble y traicionero, ¡pero qué constante es! Desde los días de nuestros padres, y desde los tiempos antiguos anteriores a ellos, el mar está donde estaba, batiendo contra los mismos acantilados con la misma melodía; sabemos dónde hallarlo, no abandona su lecho ni cambia su incesante estruendo; pero ¿dónde está el hombre, el hombre vano y voluble? ¿Puede el sabio adivinar con qué locura será seducido la próxima vez para apartarse de su obediencia? Necesitamos más vigilancia que el mar embravecido, y somos mucho más rebeldes. Señor, gobiérnanos para tu propia gloria. Amén.
17 de septiembre
«Anímalo». (Deuteronomio 1:38)
Dios emplea a su pueblo para que se animen unos a otros. No dijo a un ángel: «Gabriel, mi siervo Josué está a punto de conducir a mi pueblo a Canaán: ve, anímalo». Dios nunca obra milagros innecesarios; si sus propósitos pueden cumplirse por medios ordinarios, no usará medios milagrosos. Gabriel no habría estado ni la mitad de capacitado para la tarea que Moisés. La compasión de un hermano es más preciosa que la embajada de un ángel. El ángel, veloz de alas, habría conocido mejor la orden del Maestro que el ánimo del pueblo. Un ángel nunca había experimentado la aspereza del camino, ni había visto las serpientes ardientes, ni había conducido a la multitud de dura cerviz por el desierto como lo había hecho Moisés. Deberíamos alegrarnos de que Dios obre por lo general en favor del hombre por medio del hombre. Esto forma un vínculo de fraternidad y, al depender mutuamente unos de otros, quedamos fundidos más completamente en una sola familia. Hermanos, tomad el texto como mensaje de Dios para vosotros. Trabajad para ayudar a otros, y procurad especialmente animarlos. Hablad con alegría al joven que busca con ansiedad; tratad con amor de quitar los tropiezos de su camino. Cuando halléis una chispa de gracia en el corazón, arrodillaos y soplad hasta convertirla en llama. Dejad que el joven creyente descubra poco a poco la aspereza del camino, pero habladle de la fuerza que mora en Dios, de la firmeza de la promesa y de los encantos de la comunión con Cristo. Procurad consolar a los afligidos y alentar a los abatidos. Hablad palabra en sazón al cansado, y animad a los temerosos a seguir su camino con alegría. Dios te anima con sus promesas; Cristo te anima al señalarte el cielo que ha ganado para ti, y el Espíritu te anima a ti al obrar en ti así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Imita la sabiduría divina, y anima a otros, conforme a la palabra de esta noche.
18 de septiembre
«Y me siguen». (Juan 10:27)
Debemos seguir a nuestro Señor tan sin vacilar como las ovejas siguen a su pastor, porque él tiene derecho a conducirnos adonde le plazca. No somos nuestros; hemos sido comprados por precio: reconozcamos los derechos de la sangre redentora. El soldado sigue a su capitán, el siervo obedece a su señor; cuánto más debemos seguir nosotros a nuestro Redentor, de quien somos posesión adquirida. No somos fieles a nuestra profesión de cristianos si ponemos en duda la orden de nuestro Jefe y Comandante. La sumisión es nuestro deber; la objeción, nuestra necedad. A menudo podría decirnos nuestro Señor como a Pedro: «¿Qué a ti? Sígueme tú». Adondequiera que Jesús nos lleve, él va delante de nosotros. Si no sabemos adónde vamos, sabemos con quién vamos. Con semejante compañero, ¿quién temerá los peligros del camino? El viaje puede ser largo, pero sus brazos eternos nos llevarán hasta el fin. La presencia de Jesús es la garantía de la salvación eterna; porque él vive, nosotros también viviremos. Debemos seguir a Cristo con sencillez y fe, porque las sendas por las que nos conduce acaban todas en gloria e inmortalidad. Es cierto que quizá no sean sendas llanas —pueden estar cubiertas de pruebas agudas como el pedernal—, pero conducen a la «ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». «Todas las sendas del Señor son misericordia y verdad para los que guardan su pacto». Pongamos plena confianza en nuestro Guía, puesto que sabemos que, venga prosperidad o adversidad, enfermedad o salud, popularidad o desprecio, su propósito se cumplirá, y ese propósito será bien puro y sin mezcla para cada heredero de la misericordia. Nos será dulce subir con Cristo por la ladera desolada del monte; y cuando la lluvia y la nieve nos azoten el rostro, su amor querido nos hará mucho más dichosos que los que se quedan en casa calentándose las manos al fuego del mundo. A la cumbre de Amana, a las guaridas de los leones o a los montes de los leopardos, seguiremos a nuestro Amado. Precioso Jesús, atráenos, y correremos en pos de ti.
19 de septiembre
«Por este niño oraba». (1 Samuel 1:27)
A las almas piadosas les deleita contemplar las misericordias que han obtenido en respuesta a la súplica, porque pueden ver en ellas el amor especial de Dios. Cuando podemos llamar Samuel a nuestras bendiciones, es decir, «pedido a Dios», nos serán tan queridas como lo era su hijo para Ana. Penina tenía muchos hijos, pero le vinieron como bendiciones comunes, no buscadas en oración; el único hijo de Ana, dado por el cielo, le era mucho más querido, porque era el fruto de fervientes súplicas. ¡Qué dulce fue para Sansón aquella agua que halló en «la fuente del que clamó»! Las copas de cuasia vuelven amargas todas las aguas, pero la copa de la oración pone dulzura en los tragos que trae. ¿Oramos por la conversión de nuestros hijos? ¡Qué doblemente dulce, cuando son salvos, ver en ellos cumplidas nuestras propias peticiones! Mejor es regocijarnos en ellos como fruto de nuestras súplicas que como fruto de nuestro cuerpo. ¿Hemos buscado del Señor algún don espiritual escogido? Cuando nos llegue, vendrá envuelto en la tela de oro de la fidelidad y la verdad de Dios, y así será doblemente precioso. ¿Hemos pedido éxito en la obra del Señor? ¡Qué gozosa es la prosperidad que llega volando en alas de la oración! Siempre es mejor que las bendiciones entren en nuestra casa por el camino legítimo, por la puerta de la oración; entonces son verdaderas bendiciones, y no tentaciones. Aun cuando la oración no prospera enseguida, las bendiciones se vuelven más ricas por la demora; el niño Jesús era tanto más amado a los ojos de María cuando lo halló después de haberlo buscado con dolor. Lo que ganamos por la oración debemos dedicarlo a Dios, como Ana dedicó a Samuel. El don vino del cielo; que vuelva al cielo. La oración lo trajo, la gratitud cantó sobre él; que la devoción lo consagre. Aquí habrá una ocasión especial para decir: «De lo tuyo te he dado». Lector, ¿es la oración tu elemento o tu fastidio? ¿Cuál de las dos?
20 de septiembre
«A la tarde no dejes reposar tu mano». (Eclesiastés 11:6)
En la tarde del día abundan las oportunidades: los hombres vuelven de su trabajo, y el celoso ganador de almas halla tiempo para proclamar el amor de Jesús. ¿No tengo yo ninguna obra vespertina para Jesús? Si no la tengo, no retenga ya más mi mano de un servicio que requiere abundante trabajo. Los pecadores perecen por falta de conocimiento; el que se demora puede hallar sus faldas teñidas de carmesí con la sangre de las almas. Jesús entregó ambas manos a los clavos; ¿cómo puedo yo retener una de las mías de su bendita obra? Noche y día trabajó y oró por mí; ¿cómo puedo yo dar una sola hora a mimar mi carne con una comodidad lujosa? ¡Arriba, corazón ocioso! Extiende tu mano para trabajar, o levántala para orar; el cielo y el infierno van en serio; que yo también vaya en serio, y siembre esta noche buena semilla para el Señor mi Dios.
La tarde de la vida tiene también sus llamamientos. La vida es tan corta que una mañana de vigor viril y una tarde de decadencia la componen toda. A algunos les parece larga, pero cuatro peniques son una gran suma de dinero para un pobre. La vida es tan breve que nadie puede permitirse perder un día. Bien se ha dicho que si un gran rey nos trajera un gran montón de oro y nos mandara tomar cuanto pudiéramos contar en un día, haríamos de él un día largo; comenzaríamos muy de mañana, y a la tarde no dejaríamos reposar nuestra mano; pero ganar almas es una obra mucho más noble; ¿cómo es que nos retiramos de ella tan pronto? A algunos se les concede una larga tarde de vejez lozana; si tal es mi caso, use yo los talentos que aún conservo, y sirva hasta la última hora a mi Señor bendito y fiel. Por su gracia moriré con el arnés puesto, y no dejaré mi encargo sino cuando deje mi cuerpo. La vejez puede instruir a los jóvenes, alentar a los desfallecidos y animar a los abatidos; si el atardecer tiene menos calor vigoroso, debe tener más sabiduría serena; por tanto, a la tarde no dejaré reposar mi mano.
21 de septiembre
«No juntes con los pecadores mi alma». (Salmo 26:9)
El temor hizo orar así a David, porque algo le susurraba: «Quizá, después de todo, seas juntado con los impíos». Ese temor, aunque estropeado por la incredulidad, brota en lo principal de una santa inquietud, nacida del recuerdo del pecado pasado. Aun el hombre perdonado se preguntará: «¿Y si al final se recordaran mis pecados y quedara fuera del catálogo de los salvos?». Recuerda su actual esterilidad —tan poca gracia, tan poco amor, tan poca santidad—, y mirando hacia el futuro, considera su debilidad y las muchas tentaciones que lo asedian, y teme caer y ser presa del enemigo. El sentimiento del pecado y del mal presente, y de sus corrupciones dominantes, lo obliga a orar con temor y temblor: «No juntes con los pecadores mi alma». Lector, si has hecho esta oración, y si tu carácter está bien descrito en el salmo del cual se ha tomado, no necesitas temer que seas juntado con los pecadores. ¿Tienes las dos virtudes que tenía David: el andar exterior en integridad y la confianza interior en el Señor? ¿Descansas en el sacrificio de Cristo, y puedes andar alrededor del altar de Dios con humilde esperanza? Si es así, ten por seguro que nunca serás juntado con los impíos, porque esa calamidad es imposible. La reunión en el juicio es de igual con igual. «Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero». Si, pues, eres como el pueblo de Dios, estarás con el pueblo de Dios. No puedes ser juntado con los impíos, porque has sido comprado a muy alto precio. Redimido por la sangre de Cristo, eres suyo para siempre, y donde él está, allí ha de estar su pueblo. Eres demasiado amado para ser desechado con los réprobos. ¿Perecerá uno que es querido para Cristo? ¡Imposible! ¡El infierno no puede retenerte! ¡El cielo te reclama! ¡Confía en tu Fiador y no temas!
22 de septiembre
«Cuando mi corazón esté abrumado, llévame a la Roca que es más alta que yo». (Salmo 61:2)
La mayoría de nosotros sabe lo que es tener el corazón abrumado; vaciado como cuando uno limpia una escudilla y la vuelve boca abajo; sumergido y tumbado de costado como un barco dominado por la tormenta. Los descubrimientos de la corrupción interior producen esto, si el Señor permite que el gran abismo de nuestra depravación se agite y arroje cieno y lodo. Las desilusiones y los quebrantos del corazón producen esto cuando ola tras ola rueda sobre nosotros y somos como una concha rota lanzada de un lado a otro por la resaca. Bendito sea Dios, en tales tiempos no estamos sin un consuelo plenamente suficiente: nuestro Dios es el puerto de las velas castigadas por la tempestad, el albergue de los peregrinos desamparados. Él es más alto que nosotros: su misericordia es más alta que nuestros pecados, su amor más alto que nuestros pensamientos. Da lástima ver a los hombres poner su confianza en algo más bajo que ellos mismos; pero nuestra confianza está puesta en un Señor sumamente alto y glorioso. Es una Roca, puesto que no cambia, y una Roca alta, porque las tempestades que nos abruman ruedan muy por debajo, a sus pies; no le perturban, sino que él las gobierna a su voluntad. Si nos ponemos al abrigo de esta elevada Roca, podemos desafiar al huracán; todo está en calma al resguardo de aquel acantilado imponente. ¡Ay!, tal es la confusión en que a menudo se ve sumida la mente atribulada, que necesitamos que se nos pilote hasta este refugio divino. De ahí la oración del texto. Oh Señor, Dios nuestro, por tu Espíritu Santo enséñanos el camino de la fe, condúcenos a tu reposo. El viento nos arrastra mar adentro, el timón no responde a nuestra débil mano; tú, solo tú, puedes guiarnos por encima de la barra, entre aquellas rocas sumergidas, hasta el puerto hermoso y seguro. ¡Cuán dependientes somos de ti! Te necesitamos para que nos lleves a ti. Ser sabiamente dirigidos y guiados a la seguridad y la paz es don tuyo, y solo tuyo. Dígnate esta noche tratar bien a tus siervos.
23 de septiembre
«Jesús le dijo: Si puedes creer». (Marcos 9:23)
Cierto hombre tenía un hijo endemoniado, afligido por un espíritu mudo. El padre, habiendo visto la inutilidad de los esfuerzos de los discípulos por sanar a su hijo, tenía poca o ninguna fe en Cristo, y por eso, cuando se le mandó traer a su hijo, dijo a Jesús: «Si puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos». Ahora bien, había un «si» en la pregunta, pero el pobre padre tembloroso había puesto el «si» en el lugar equivocado; Jesucristo, por tanto, sin mandarle que retirara el «si», lo coloca bondadosamente en su lugar legítimo. «No, en verdad», parecía decir, «no debería haber ningún “si” acerca de mi poder, ni acerca de mi voluntad; el “si” está en otra parte». «Si puedes creer, al que cree todo le es posible». La confianza del hombre se fortaleció, ofreció una humilde oración pidiendo aumento de fe, y al instante Jesús pronunció la palabra, y el demonio fue echado fuera, con la orden de no volver nunca más. Hay aquí una lección que necesitamos aprender. Nosotros, como este hombre, vemos a menudo que hay un «si» en alguna parte, pero nos equivocamos continuamente poniéndolo en el lugar equivocado. «Si» Jesús puede ayudarme; «si» puede darme gracia para vencer la tentación; «si» puede darme perdón; «si» puede darme éxito... ¡No! «Si» tú puedes creer, él puede y quiere. Has colocado mal tu «si». Si puedes confiar con seguridad, así como todas las cosas son posibles para Cristo, así todas las cosas serán posibles para ti. La fe está en el poder de Dios y está revestida de la majestad de Dios; lleva el vestido real y monta el caballo del Rey, porque es la gracia que el Rey desea honrar. Ciñéndose con el poder glorioso del Espíritu que todo lo obra, se vuelve, en la omnipotencia de Dios, poderosa para hacer, para atreverse y para sufrir. Todas las cosas, sin límite, son posibles para el que cree. Alma mía, ¿puedes creer esta noche a tu Señor?
24 de septiembre
«Yo dormía, pero mi corazón velaba». (Cantares 5:2)
Las paradojas abundan en la experiencia cristiana, y aquí tenemos una: la esposa estaba dormida, y sin embargo estaba despierta. Solo puede descifrar el enigma del creyente quien ha arado con la novilla de su propia experiencia. Los dos puntos del texto de esta noche son: una somnolencia lamentable y una vigilia esperanzadora. Yo dormía. Por el pecado que mora en nosotros podemos volvernos flojos en los deberes santos, perezosos en los ejercicios religiosos, apagados en los gozos espirituales, y del todo indolentes y descuidados. Este es un estado vergonzoso para alguien en quien habita el Espíritu vivificador; y es peligroso en grado sumo. Aun las vírgenes prudentes dormitan a veces, pero ya es hora de que todos sacudamos las ataduras de la pereza. Es de temer que muchos creyentes pierdan su fuerza como Sansón perdió sus cabellos, mientras duermen en el regazo de la seguridad carnal. Con un mundo que perece a nuestro alrededor, dormir es cruel; con la eternidad tan a la mano, es locura. Y sin embargo ninguno de nosotros está tan despierto como debería; unos cuantos truenos nos harían bien a todos, y puede ser que, si no nos sacudimos pronto, los tengamos en forma de guerra, o de peste, o de duelos y pérdidas personales. ¡Ojalá dejemos para siempre el lecho de la comodidad carnal, y salgamos con antorchas encendidas al encuentro del Esposo que viene! Mi corazón velaba. Esta es una señal dichosa. La vida no se ha extinguido, aunque esté tristemente sofocada. Cuando nuestro corazón renovado lucha contra nuestra pesadez natural, debemos estar agradecidos a la gracia soberana por mantener un poco de vitalidad dentro del cuerpo de esta muerte. Jesús oirá nuestros corazones, ayudará a nuestros corazones, visitará nuestros corazones; porque la voz del corazón despierto es en realidad la voz de nuestro Amado, que dice: «Ábreme». El santo celo sin duda descorrerá el cerrojo de la puerta.
«¡Oh actitud preciosa! Allí está
con tierno corazón y manos llenas;
mi alma abandona todo su pecado,
y deja entrar al celestial forastero».
25 de septiembre
«El cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría». (1 Corintios 1:30)
El intelecto del hombre busca descanso, y por naturaleza lo busca aparte del Señor Jesucristo. Los hombres instruidos tienden, aun después de convertidos, a mirar las sencilleces de la cruz de Cristo con ojos demasiado poco reverentes y amorosos. Quedan atrapados en la vieja red en que cayeron los griegos, y sienten el anhelo de mezclar la filosofía con la revelación. La tentación del hombre de pensamiento refinado y alta educación es apartarse de la sencilla verdad de Cristo crucificado e inventar, como se dice, una doctrina más intelectual. Esto llevó a las primeras iglesias cristianas al gnosticismo, y las hechizó con toda clase de herejías. Esta es la raíz de la neología y de las demás cosas finas que en días pasados estuvieron tan de moda en Alemania, y que hoy resultan tan seductoras para ciertas clases de teólogos. Quienquiera que seas, buen lector, y sea cual sea tu educación, si eres del Señor, ten por seguro que no hallarás descanso en una teología filosófica. Podrás recibir este dogma de un gran pensador, o aquel sueño de otro profundo razonador, pero lo que la paja es al trigo, eso serán ellos para la pura palabra de Dios. Todo lo que la razón, aun guiada de la mejor manera, puede descubrir no es más que el abecé de la verdad, y aun eso carece de certeza, mientras que en Cristo Jesús está atesorada toda la plenitud de la sabiduría y del conocimiento. Todos los intentos de los cristianos de contentarse con sistemas como los que aprobarían los pensadores unitarios y los de la iglesia amplia, han de fracasar; los verdaderos herederos del cielo deben volver a la realidad grandiosamente sencilla que hace brillar de gozo los ojos del labrador y alegra el corazón del pobre piadoso: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores». Jesús satisface al intelecto más elevado cuando se le recibe con fe, pero aparte de él la mente del regenerado no halla descanso. «El principio de la sabiduría es el temor del Señor». «Buen entendimiento tienen todos los que practican sus mandamientos».
26 de septiembre
«Aúlla, oh ciprés, porque el cedro cayó». (Zacarías 11:2)
Cuando en el bosque se oye el estruendo de una encina que cae, es señal de que el leñador anda cerca, y todo árbol de la arboleda puede temblar, no sea que mañana el filo cortante del hacha lo encuentre. Todos somos como árboles marcados para el hacha, y la caída de uno debería recordarnos que para cada cual, sea grande como el cedro o humilde como el ciprés, la hora señalada se acerca a paso furtivo. Confío en que no nos volvamos insensibles a la muerte por oír hablar de ella a menudo. Que nunca seamos como los pájaros del campanario, que hacen sus nidos mientras doblan las campanas y duermen tranquilos cuando los solemnes tañidos fúnebres estremecen el aire. Que consideremos la muerte como el más grave de todos los acontecimientos, y que su cercanía nos vuelva sobrios. Mal nos sienta divertirnos mientras nuestro destino eterno pende de un hilo. La espada está fuera de su vaina: no juguemos; está pulida y su filo es agudo: no nos entretengamos con ella. Quien no se prepara para la muerte es más que un necio común: es un loco. Cuando la voz de Dios se oye entre los árboles del huerto, que la higuera y el sicómoro, el olmo y el cedro, oigan igualmente su sonido.
Prepárate, siervo de Cristo, porque tu Señor viene de repente, cuando el mundo impío menos lo espera. Procura ser fiel en su obra, porque pronto se cavará tu sepultura. Preparaos, padres; procurad que vuestros hijos sean criados en el temor de Dios, porque pronto quedarán huérfanos; preparaos, hombres de negocios; cuidad que vuestros asuntos estén en orden y que sirváis a Dios de todo corazón, porque los días de vuestro servicio terrenal pronto terminarán, y seréis llamados a dar cuenta de lo hecho por medio del cuerpo, sea bueno o sea malo. Preparémonos todos para el tribunal del gran Rey con un cuidado que sea recompensado con el elogio lleno de gracia: «Bien, buen siervo y fiel»
27 de septiembre
«Mi amado metió su mano por el agujero de la puerta, y mis entrañas se conmovieron por él». (Cantares 5:4)
Llamar no bastaba, pues mi corazón estaba demasiado lleno de sueño, demasiado frío e ingrato para levantarse y abrir la puerta; pero el toque de su gracia eficaz ha hecho que mi alma se despabile. ¡Oh, la longanimidad de mi Amado, que se detuvo cuando se halló cerrado afuera, y a mí dormida en el lecho de la pereza! ¡Oh, la grandeza de su paciencia, que llamó y volvió a llamar, y añadió su voz a sus golpes, suplicándome que le abriera! ¡Cómo pude rechazarlo! ¡Corazón vil, sonrójate y avergüénzate! Pero la mayor bondad de todas es esta: que él se hace su propio portero y descorre él mismo el cerrojo. Tres veces bendita es la mano que se digna levantar el pestillo y girar la llave. Ahora veo que nada sino el poder de mi propio Señor puede salvar una masa tan perversa de maldad como yo; las ordenanzas fallan, aun el evangelio no tiene efecto en mí, hasta que su mano se extiende. Ahora percibo también que su mano obra bien donde todo lo demás fracasa: él puede abrir cuando ninguna otra cosa lo logra. Bendito sea su nombre, aun ahora siento su presencia llena de gracia. Bien pueden conmoverse mis entrañas por él cuando pienso en todo lo que ha sufrido por mí, y en mi mezquina correspondencia. He dejado que mis afectos se extravíen. He levantado rivales. Lo he entristecido. Oh tú, el más dulce y querido de todos los amados, te he tratado como una esposa infiel trata a su marido. ¡Oh, mis crueles pecados, mi cruel yo! ¿Qué puedo hacer? Las lágrimas son una pobre muestra de mi arrepentimiento; todo mi corazón hierve de indignación contra mí mismo. ¡Miserable de mí, que trato a mi Señor, mi Todo en todo, mi gozo sobremanera grande, como si fuera un extraño! Jesús, tú perdonas gratuitamente, pero esto no basta: impide mi infidelidad en el futuro. Enjuga con besos estas lágrimas, y luego purifica mi corazón y átalo a ti con cuerdas siete veces fuertes, para que nunca más se extravíe.
28 de septiembre
«Vuelve siete veces». (1 Reyes 18:43)
El éxito es seguro cuando el Señor lo ha prometido. Aunque hayas rogado mes tras mes sin señal de respuesta, no es posible que el Señor sea sordo cuando su pueblo se empeña en un asunto que atañe a su gloria. El profeta en la cumbre del Carmelo siguió luchando con Dios, y ni por un momento cedió al temor de que su causa fuera desestimada en los tribunales del Señor. Seis veces volvió el criado, pero en cada ocasión no se dijo otra palabra que: «Vuelve». No debemos ni soñar con la incredulidad, sino aferrarnos a nuestra fe aun hasta setenta veces siete. La fe envía a la esperanza expectante a mirar desde la cima del Carmelo, y si nada se divisa, la envía otra vez y otra vez. Lejos de quedar aplastada por las repetidas decepciones, la fe se anima a rogar con más fervor a su Dios. Se humilla, pero no se acobarda: sus gemidos son más hondos y sus suspiros más vehementes, pero nunca afloja su asidero ni detiene su mano. A la carne y la sangre les sería más grato recibir una respuesta pronta, pero las almas creyentes han aprendido a ser sumisas y a hallar que es bueno esperar al Señor tanto como esperar en el Señor. Las respuestas demoradas a menudo llevan al corazón a examinarse a sí mismo, y así conducen a la contrición y a la reforma espiritual: de este modo se asestan golpes mortales a nuestra corrupción, y se limpian las cámaras de las imágenes. El gran peligro es que los hombres desmayen y pierdan la bendición. Lector, no caigas en ese pecado, sino persevera en la oración y en la vigilancia. Al fin se vio la nubecilla, precursora segura de torrentes de lluvia, y así también contigo: la señal para bien se te dará sin falta, y te levantarás como príncipe que prevalece para gozar de la misericordia que has buscado. Elías era un hombre sujeto a las mismas pasiones que nosotros: su poder con Dios no residía en sus propios méritos. Si su oración de fe pudo tanto, ¿por qué no la tuya? Alega la preciosa sangre con importunidad incesante, y te será hecho conforme a tu deseo.
29 de septiembre
«Hallé al que mi alma ama: me así de él, y no lo dejé». (Cantares 3:4)
¿Nos recibe Cristo cuando venimos a él, a pesar de toda nuestra pecaminosidad pasada? ¿Nunca nos reprocha haber probado antes todos los demás refugios? ¿Y no hay nadie en la tierra como él? ¿Es él el mejor de todos los buenos, el más hermoso de todos los hermosos? ¡Oh, entonces alabémoslo! ¡Hijas de Jerusalén, ensalzadlo con pandero y arpa! ¡Abajo vuestros ídolos, arriba el Señor Jesús! Pisoteemos ahora los estandartes de la pompa y el orgullo, pero levántese en alto la cruz de Jesús, a la que el mundo mira con ceño y escarnece. ¡Oh, un trono de marfil para nuestro Rey Salomón! Sea puesto en alto para siempre, y siéntese mi alma a sus pies, y bese sus pies, y los lave con mis lágrimas. ¡Oh, qué precioso es Cristo! ¿Cómo puede ser que haya pensado tan poco en él? ¿Cómo es que puedo salir a buscar gozo o consuelo fuera, cuando él es tan pleno, tan rico, tan satisfactorio? Hermano creyente, haz un pacto con tu corazón de que nunca te apartarás de él, y pide a tu Señor que lo ratifique. Pídele que te ponga como un sello en su dedo y como un brazalete en su brazo. Pídele que te ate a sí, como la novia se adorna con sus atavíos y como el novio se pone sus joyas. Yo quisiera vivir en el corazón de Cristo; en las hendiduras de esa peña quisiera morar mi alma eternamente. El gorrión halló casa, y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos: tus altares, oh Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío; y así también quisiera yo hacer mi nido, mi hogar, en ti, y que nunca más salga de ti el alma de tu tórtola, sino que me acurruque junto a ti, oh Jesús, mi verdadero y único descanso.
«Cuando a mi Señor precioso hallo,
arden mis pasiones ardorosas;
con cuerdas de amor a él lo ato,
lo tengo y no lo dejaré».
30 de septiembre
«Mejor es perro vivo que león muerto». (Eclesiastés 9:4)
La vida es algo precioso, y aun en su forma más humilde es superior a la muerte. Esta verdad es eminentemente cierta en las cosas espirituales. Es mejor ser el más pequeño en el reino de los cielos que el más grande fuera de él. El grado más bajo de gracia es superior al desarrollo más noble de la naturaleza no regenerada. Donde el Espíritu Santo implanta vida divina en el alma, hay allí un depósito precioso que ninguno de los refinamientos de la educación puede igualar. El ladrón en la cruz aventaja a César en su trono; Lázaro entre los perros es mejor que Cicerón entre los senadores; y el cristiano más iletrado es, a los ojos de Dios, superior a Platón. La vida es la insignia de nobleza en el reino de las cosas espirituales, y los hombres que carecen de ella no son más que muestras más toscas o más finas del mismo material sin vida, necesitadas de ser vivificadas, pues están muertas en delitos y pecados.
Un sermón del evangelio vivo y lleno de amor, por inculto que sea en su materia y tosco en su estilo, es mejor que el discurso más fino desprovisto de unción y de poder. Un perro vivo vigila mejor que un león muerto, y presta más servicio a su amo; y así el más pobre predicador espiritual es infinitamente preferible al orador exquisito que no tiene más sabiduría que la de las palabras ni más energía que la del sonido. Lo mismo vale para nuestras oraciones y demás ejercicios religiosos: si en ellos somos vivificados por el Espíritu Santo, son aceptables a Dios por medio de Jesucristo, aunque nosotros los tengamos por cosas sin valor; mientras que nuestras grandes actuaciones en las que el corazón estaba ausente son, como leones muertos, mera carroña a los ojos del Dios vivo. ¡Oh, más bien gemidos vivos, suspiros vivos, desalientos vivos, que cantos sin vida y calmas muertas! Cualquier cosa es mejor que la muerte. Los gruñidos del perro del infierno al menos nos mantendrán despiertos; pero una fe muerta y una profesión muerta, ¿qué maldiciones mayores puede tener un hombre? ¡Vivifícanos, vivifícanos, oh Señor!
Capítulo 9 completado
Septiembre