Capítulo 10 · 54 min de lectura · 1 h 10 min de escucha
Octubre
1 de octubre
«Gracia y gloria dará el Señor». (Salmo 84:11)
Generoso es el Señor en su naturaleza; dar es su deleite. Sus dones son preciosos sin medida, y se dan tan gratuitamente como la luz del sol. Él da gracia a sus escogidos porque así lo quiere, a sus redimidos a causa de su pacto, a los llamados a causa de su promesa, a los creyentes porque la buscan, a los pecadores porque la necesitan. Da gracia abundantemente, oportunamente, constantemente, prontamente, soberanamente; duplicando el valor del don por la manera de concederlo. La gracia en todas sus formas la otorga libremente a su pueblo: gracia que consuela, que preserva, que santifica, que dirige, que instruye, que ayuda, la derrama generosamente en sus almas sin cesar, y siempre lo hará, suceda lo que suceda. Puede sobrevenir la enfermedad, pero el Señor dará gracia; puede alcanzarnos la pobreza, pero la gracia se nos concederá sin falta; la muerte ha de venir, pero la gracia encenderá una vela en la hora más oscura. Lector, ¡qué bienaventurado es, mientras los años giran y las hojas comienzan otra vez a caer, gozar de una promesa tan inmarchitable como esta: «Gracia dará el Señor»!
La pequeña conjunción «y» de este versículo es un remache de diamante que une el presente con el futuro: la gracia y la gloria siempre van juntas. Dios las ha casado, y nadie puede divorciarlas. El Señor nunca negará la gloria a un alma a quien ha concedido libremente vivir de su gracia; en verdad, la gloria no es otra cosa que la gracia con su vestido de sábado, la gracia en plena flor, la gracia como fruto de otoño, sazonada y perfecta. ¡Nadie puede decir cuán pronto tendremos la gloria! Puede ser que antes de que se acabe este mes de octubre veamos la Ciudad Santa; pero sea el intervalo más largo o más corto, dentro de poco seremos glorificados. La gloria, la gloria del cielo, la gloria de la eternidad, la gloria de Jesús, la gloria del Padre, el Señor la dará sin falta a sus escogidos. ¡Oh, rara promesa de un Dios fiel!
Dos eslabones de oro de una cadena celestial:
quien posee la gracia, la gloria alcanzará.
2 de octubre
«Varón muy amado». (Daniel 10:11)
Hijo de Dios, ¿dudas en apropiarte este título? ¡Ah! ¿te ha hecho olvidar tu incredulidad que tú también eres muy amado? ¿No habrás de haber sido muy amado para ser comprado con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación? Cuando Dios hirió a su Hijo unigénito por ti, ¿qué era esto sino ser muy amado? Vivías en pecado y te revolcabas en él: ¿no habrás de haber sido muy amado para que Dios te soportara con tanta paciencia? Fuiste llamado por la gracia y conducido a un Salvador, y hecho hijo de Dios y heredero del cielo. Todo esto prueba, ¿no es así?, un amor muy grande y sobreabundante. Desde entonces, sea que tu camino haya sido áspero de pruebas o llano de misericordias, ha estado lleno de evidencias de que eres un varón muy amado. Si el Señor te ha castigado, no ha sido con ira; si te ha hecho pobre, en la gracia has sido rico. Cuanto más indigno te sientas, más evidencia tienes de que nada sino un amor inefable pudo haber llevado al Señor Jesús a salvar a un alma como la tuya. Cuanto más demérito sientas, más clara es la manifestación del amor abundante de Dios al haberte escogido, y llamado, y hecho heredero de la dicha. Ahora bien, si hay tal amor entre Dios y nosotros, vivamos bajo su influencia y su dulzura, y usemos el privilegio de nuestra posición. No nos acerquemos a nuestro Señor como si fuéramos extraños, o como si él no quisiera oírnos, porque somos muy amados por nuestro amoroso Padre. «El que no perdonó ni aun a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Ven confiadamente, oh creyente, porque a pesar de los susurros de Satanás y de las dudas de tu propio corazón, eres muy amado. Medita esta noche en la extraordinaria grandeza y fidelidad del amor divino, y así vete a tu lecho en paz.
3 de octubre
«Él mismo padeció siendo tentado». (Hebreos 2:18)
Es un pensamiento común, y sin embargo sabe a néctar para el corazón cansado: Jesús fue tentado como yo. Has oído esa verdad muchas veces: ¿la has captado? Él fue tentado a los mismos pecados en que nosotros caemos. No separes a Jesús de nuestra humanidad común. Es un cuarto oscuro el que estás atravesando, pero Jesús lo atravesó antes. Es una lucha encarnizada la que libras, pero Jesús se ha enfrentado cara a cara con el mismo enemigo. Tengamos buen ánimo: Cristo ha llevado la carga antes que nosotros, y las huellas manchadas de sangre del Rey de gloria pueden verse a lo largo del camino que recorremos en esta hora. Hay algo más dulce todavía: Jesús fue tentado, pero Jesús nunca pecó. Entonces, alma mía, no es necesario que peques, porque Jesús fue hombre, y si un hombre soportó estas tentaciones y no pecó, entonces en su poder sus miembros también pueden dejar de pecar. Algunos principiantes en la vida divina piensan que no pueden ser tentados sin pecar, pero se equivocan; no hay pecado en ser tentado, pero sí hay pecado en ceder a la tentación. Aquí hay consuelo para los duramente tentados. Hay aún más para animarlos si reflexionan en que el Señor Jesús, aunque tentado, triunfó gloriosamente, y así como él venció, así ciertamente vencerán también sus seguidores, porque Jesús es el hombre representativo de su pueblo; la Cabeza ha triunfado, y los miembros participan de la victoria. Los temores son innecesarios, porque Cristo está con nosotros, armado para nuestra defensa. Nuestro lugar de seguridad es el seno del Salvador. Quizá somos tentados precisamente ahora para empujarnos más cerca de él. ¡Bendito sea cualquier viento que nos lleve al puerto del amor de nuestro Salvador! Dichosas heridas, que nos hacen buscar al amado Médico. Vosotros, los tentados, venid a vuestro Salvador tentado, porque él puede compadecerse de vuestras flaquezas, y socorrerá a todo el que sea probado y tentado.
4 de octubre
«Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». (1 Juan 2:1)
«Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos». Sí, aunque pequemos, todavía lo tenemos. Juan no dice: «Si alguno hubiere pecado, ha perdido a su abogado», sino «abogado tenemos», pecadores como somos. Todo el pecado que un creyente haya cometido jamás, o que se le pueda permitir cometer, no puede destruir su interés en el Señor Jesucristo como su abogado. El nombre que aquí se da a nuestro Señor es sugestivo. «Jesús». ¡Ah! entonces él es un abogado como el que necesitamos, porque Jesús es el nombre de aquel cuya ocupación y deleite es salvar. «Llamarán su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados». Su nombre más dulce implica su éxito. Luego, es «Jesús Cristo»: Christos, el ungido. Esto muestra su autoridad para abogar. El Cristo tiene derecho a abogar, porque es el abogado designado por el Padre mismo y el sacerdote escogido. Si fuera de nuestra elección, podría fallar; pero si Dios ha puesto el socorro sobre uno que es poderoso, bien podemos poner nuestra aflicción donde Dios ha puesto su socorro. Él es Cristo, y por tanto autorizado; él es Cristo, y por tanto capacitado, porque la unción lo ha preparado plenamente para su obra. Él puede abogar de tal manera que conmueva el corazón de Dios y prevalezca. ¡Qué palabras de ternura, qué frases de persuasión usará el ungido cuando se levante a abogar por mí! Queda una letra más de su nombre: «Jesucristo el justo». Este no es solo su carácter sino su alegato. Es su carácter, y si el Justo es mi abogado, entonces mi causa es buena, o él no la habría abrazado. Es su alegato, porque responde a la acusación de injusticia contra mí con el alegato de que él es justo. Se declara mi sustituto y pone su obediencia a mi cuenta. Alma mía, tienes un amigo bien preparado para ser tu abogado; no puede sino triunfar; déjate enteramente en sus manos.
5 de octubre
«El que creyere y fuere bautizado, será salvo». (Marcos 16:16)
El señor MacDonald preguntó a los habitantes de la isla de St. Kilda cómo debe salvarse un hombre. Un anciano respondió: «Seremos salvos si nos arrepentimos, y abandonamos nuestros pecados, y nos volvemos a Dios». «Sí», dijo una mujer de mediana edad, «y también con un corazón sincero». «Así es», añadió un tercero, «y con oración»; y agregó un cuarto: «Ha de ser la oración del corazón». «Y también tenemos que ser diligentes», dijo un quinto, «en guardar los mandamientos». Así, habiendo aportado cada uno su blanca, y sintiendo que se había compuesto un credo muy decente, todos miraron y escucharon esperando la aprobación del predicador, pero lo que habían despertado era su más profunda compasión. La mente carnal siempre se traza un camino en el que el yo pueda obrar y engrandecerse, pero el camino del Señor es todo lo contrario. Creer y ser bautizado no son méritos de los que gloriarse: son tan sencillos que la jactancia queda excluida, y la gracia gratuita se lleva la palma. Puede ser que el lector no sea salvo: ¿cuál es la razón? ¿Te parece dudoso el camino de salvación tal como lo establece el texto? ¿Cómo puede serlo, cuando Dios ha empeñado su propia palabra en su certeza? ¿Te parece demasiado fácil? Entonces, ¿por qué no lo atiendes? Su misma facilidad deja sin excusa a quienes lo descuidan. Creer es simplemente confiar, depender, apoyarse en Cristo Jesús. Ser bautizado es someterse a la ordenanza que nuestro Señor cumplió en el Jordán, a la que se sometieron los convertidos en Pentecostés, a la que el carcelero obedeció la misma noche de su conversión. La señal externa no salva, pero nos representa nuestra muerte, sepultura y resurrección con Jesús, y, como la Cena del Señor, no ha de descuidarse. Lector, ¿crees en Jesús? Entonces, querido amigo, desecha tus temores: serás salvo. ¿Sigues siendo incrédulo? Entonces recuerda que no hay más que una puerta, y si no quieres entrar por ella, perecerás en tus pecados.
6 de octubre
«Había tomado mujer etíope». (Números 12:1)
Extraña elección la de Moisés, pero ¡cuánto más extraña la elección de aquel que es profeta como Moisés, y mayor que él! Nuestro Señor, que es hermoso como el lirio, ha entrado en unión matrimonial con una que confiesa ser morena, porque el sol la miró. Es la maravilla de los ángeles que el amor de Jesús se haya puesto en hombres pobres, perdidos y culpables. Todo creyente, cuando está lleno del sentido del amor de Jesús, ha de quedar también abrumado de asombro de que tal amor se prodigue en un objeto tan absolutamente indigno de él. Conociendo como conocemos nuestra culpa secreta, nuestra infidelidad y la negrura de nuestro corazón, nos deshacemos en agradecida admiración ante la incomparable gratuidad y soberanía de la gracia. Jesús tuvo que hallar la causa de su amor en su propio corazón; no pudo hallarla en nosotros, porque allí no está. Aun después de nuestra conversión hemos sido morenos, aunque la gracia nos ha hecho hermosos. El santo Rutherford dijo de sí mismo lo que cada uno de nosotros debe suscribir: «Su relación conmigo es que yo estoy enfermo, y él es el Médico que necesito. ¡Ay, cuántas veces juego al tira y afloja con Cristo! Él ata, yo desato; él edifica, yo derribo; yo riño con Cristo, ¡y él se pone de acuerdo conmigo veinte veces al día!». Tiernísimo y fidelísimo Esposo de nuestras almas, prosigue tu obra de gracia conformándonos a tu imagen, hasta que nos presentes a ti mismo, aun a nosotros, pobres etíopes, sin mancha ni arruga ni cosa semejante. Moisés encontró oposición a causa de su matrimonio, y tanto él como su esposa fueron objeto de miradas malévolas. ¿Podemos extrañarnos de que este mundo vano se oponga a Jesús y a su esposa, y especialmente cuando se convierten grandes pecadores? Porque esta es siempre la objeción del fariseo: «Este a los pecadores recibe». Todavía revive la vieja causa de la contienda: «Porque había tomado mujer etíope».
7 de octubre
«Ahora bien, ¿en quién confías?». (Isaías 36:5)
Lector, esta es una pregunta importante. Escucha la respuesta del cristiano, y mira si es la tuya. «¿En quién confías?». «Confío», dice el cristiano, «en un Dios trino. Confío en el Padre, creyendo que me escogió antes de la fundación del mundo; confío en que él proveerá para mí en su providencia, me enseñará, me guiará, me corregirá si es necesario, y me llevará a su propia casa, donde están las muchas moradas. Confío en el Hijo. Dios verdadero de Dios verdadero es él: el hombre Cristo Jesús. Confío en que él quitará todos mis pecados por su propio sacrificio y me adornará con su perfecta justicia. Confío en que será mi Intercesor, para presentar mis oraciones y deseos ante el trono de su Padre, y confío en que será mi Abogado en el último gran día, para defender mi causa y justificarme. Confío en él por lo que es, por lo que ha hecho y por lo que ha prometido hacer todavía. Y confío en el Espíritu Santo: él ha comenzado a salvarme de mis pecados innatos; confío en que los expulsará a todos; confío en que refrenará mi genio, someterá mi voluntad, iluminará mi entendimiento, contendrá mis pasiones, consolará mi abatimiento, ayudará a mi debilidad, alumbrará mis tinieblas; confío en que morará en mí como mi vida, reinará en mí como mi Rey, me santificará por completo, espíritu, alma y cuerpo, y luego me llevará a morar con los santos en luz para siempre».
¡Oh, bendita confianza! ¡Confiar en aquel cuyo poder nunca se agotará, cuyo amor nunca menguará, cuya bondad nunca cambiará, cuya fidelidad nunca faltará, cuya sabiduría nunca quedará perpleja, y cuya perfecta bondad nunca conocerá disminución! ¡Dichoso tú, lector, si esta confianza es la tuya! Confiando así, gozarás ahora de dulce paz, y de gloria en lo venidero, y el fundamento de tu confianza nunca será removido.
8 de octubre
«Orando por el Espíritu Santo». (Judas 20)
Observa la gran característica de la verdadera oración: «Por el Espíritu Santo». La semilla de la devoción aceptable debe venir del granero del cielo. Solo la oración que viene de Dios puede ir a Dios. Debemos disparar las flechas del Señor de vuelta hacia él. El deseo que él escribe en nuestro corazón moverá su corazón y hará descender una bendición, pero los deseos de la carne no tienen poder ante él.
Orar por el Espíritu Santo es orar con fervor. Las oraciones frías le piden al Señor que no las oiga. Los que no ruegan con fervor, no ruegan en absoluto. Tanto valdría hablar de un fuego tibio como de una oración tibia: es esencial que esté al rojo vivo. Es orar con perseverancia. El verdadero suplicante cobra fuerza a medida que avanza, y se vuelve más ferviente cuando Dios tarda en responder. Cuanto más tiempo permanece cerrada la puerta, con más vehemencia usa la aldaba, y cuanto más se demora el ángel, más resuelto está a no dejarlo ir sin la bendición. Hermosa a los ojos de Dios es la importunidad llorosa, agonizante e invencible. Significa orar con humildad, porque el Espíritu Santo nunca nos envanece con orgullo. Su oficio es convencer de pecado, y así inclinarnos en contrición y quebrantamiento de espíritu. Nunca cantaremos Gloria in excelsis si no oramos a Dios De profundis: desde lo profundo hemos de clamar, o nunca contemplaremos la gloria en las alturas. Es oración amorosa. La oración debe estar perfumada de amor, saturada de amor: amor a nuestros hermanos santos y amor a Cristo. Además, ha de ser una oración llena de fe. Un hombre prevalece solo en la medida en que cree. El Espíritu Santo es el autor de la fe, y la fortalece, de modo que oramos creyendo la promesa de Dios. ¡Ojalá esta bendita combinación de excelentes gracias, inestimables y dulces como las especias del mercader, sea fragante dentro de nosotros porque el Espíritu Santo está en nuestros corazones! Bienaventurado Consolador, ejerce tu gran poder dentro de nosotros, ayudando nuestra flaqueza en la oración.
9 de octubre
«Mas él no le respondió palabra». (Mateo 15:23)
Los buscadores sinceros que todavía no han obtenido la bendición pueden hallar consuelo en la historia que tenemos delante. El Salvador no concedió la bendición de inmediato, aunque la mujer tenía gran fe en él. Tenía la intención de darla, pero esperó un poco. «Él no le respondió palabra». ¿No eran buenas sus oraciones? No las hubo mejores en el mundo. ¿No era apremiante su caso? Tristemente apremiante. ¿No sentía ella suficientemente su necesidad? La sentía de manera abrumadora. ¿No era bastante ferviente? Lo era intensamente. ¿No tenía fe? La tenía en un grado tan alto que aun Jesús se maravilló y dijo: «Oh mujer, grande es tu fe». Mira, pues: aunque es verdad que la fe trae paz, no siempre la trae instantáneamente. Puede haber ciertas razones que pidan la prueba de la fe más bien que la recompensa de la fe. La fe genuina puede estar en el alma como una semilla escondida, pero tal vez todavía no ha brotado ni florecido en gozo y paz. Un silencio doloroso del Salvador es la penosa prueba de muchas almas que buscan, pero más pesada aún es la aflicción de una respuesta dura y cortante como esta: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perros». Muchos, al esperar en el Señor, hallan deleite inmediato, pero no es así con todos. Algunos, como el carcelero, pasan en un momento de las tinieblas a la luz, pero otros son plantas de crecimiento más lento. Puede que se te dé un sentido más hondo del pecado en lugar de un sentido del perdón, y en tal caso necesitarás paciencia para soportar el duro golpe. ¡Ah, pobre corazón! aunque Cristo te golpee y te magulle, o aun te mate, confía en él; aunque te dirigiera una palabra airada, cree en el amor de su corazón. No dejes, te lo ruego, de buscar a mi Señor ni de confiar en él porque todavía no hayas obtenido el gozo consciente que anhelas. Échate sobre él, y depende de él con perseverancia aun donde no puedas esperar con regocijo.
10 de octubre
«Y te libraré de la mano de los malos, y te redimiré de la mano de los fuertes». (Jeremías 15:21)
Observa el glorioso carácter personal de la promesa. Yo libraré, yo redimiré. El Señor mismo interviene para librar y redimir a su pueblo. Se compromete personalmente a rescatarlo. Su propio brazo lo hará, para que él tenga la gloria. Aquí no se dice una palabra de ningún esfuerzo nuestro que pudiera necesitarse para ayudar al Señor. No se toman en cuenta ni nuestra fuerza ni nuestra debilidad, sino que el solitario Yo, como el sol en los cielos, brilla resplandeciente en su plena suficiencia. ¿Por qué, pues, calculamos nuestras fuerzas y consultamos con carne y sangre, para nuestra penosa herida? El Señor tiene poder suficiente sin pedir prestado a nuestro débil brazo. ¡Paz, pensamientos incrédulos! Estad quietos, y sabed que el Señor reina. Tampoco hay alusión alguna a medios y causas secundarias. El Señor no dice nada de amigos y ayudantes: emprende la obra solo, y no siente necesidad de brazos humanos que le ayuden. Vanas son todas nuestras miradas alrededor, hacia compañeros y parientes; son cañas quebradas si nos apoyamos en ellos: a menudo no quieren cuando pueden, y no pueden cuando quieren. Puesto que la promesa viene solo de Dios, bueno sería esperar solo en él; y cuando lo hacemos, nuestra expectación nunca nos falla. ¿Quiénes son los malos para que los temamos? El Señor los consumirá por completo; son más dignos de lástima que de temor. En cuanto a los fuertes y terribles, solo son un terror para los que no tienen un Dios a quien acudir, porque cuando el Señor está de nuestra parte, ¿a quién temeremos? Si corremos al pecado para agradar a los malos, tenemos motivo para alarmarnos; pero si retenemos nuestra integridad, la furia de los tiranos será dirigida para nuestro bien. Cuando el pez se tragó a Jonás, halló en él un bocado que no podía digerir; y cuando el mundo devora a la iglesia, se alegra de librarse de ella otra vez. En todos los tiempos de prueba de fuego, en nuestra paciencia poseamos nuestras almas.
11 de octubre
«A los que predestinó, a estos también llamó». (Romanos 8:30)
En la segunda epístola a Timoteo, capítulo primero, versículo noveno, están estas palabras: «Quien nos salvó y llamó con llamamiento santo». Pues bien, aquí hay una piedra de toque con la que podemos probar nuestro llamamiento. Es «llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia». Este llamamiento prohíbe toda confianza en nuestras propias obras y nos conduce solo a Cristo para la salvación, pero después nos limpia de obras muertas para servir al Dios vivo y verdadero. Como aquel que te llamó es santo, así has de ser tú santo. Si vives en pecado, no has sido llamado; pero si eres verdaderamente de Cristo, puedes decir: «Nada me duele tanto como el pecado; deseo librarme de él; Señor, ayúdame a ser santo». ¿Es este el anhelo de tu corazón? ¿Es este el tenor de tu vida para con Dios y su divina voluntad? Además, en Filipenses 3:13, 14, se nos habla del «supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús». ¿Es, pues, tu llamamiento un llamamiento supremo? ¿Ha ennoblecido tu corazón y lo ha puesto en las cosas celestiales? ¿Ha elevado tus esperanzas, tus gustos, tus deseos? ¿Ha levantado el tenor constante de tu vida, de modo que la pases con Dios y para Dios? Otra prueba la hallamos en Hebreos 3:1: «Participantes del llamamiento celestial». Llamamiento celestial significa un llamado desde el cielo. Si solo el hombre te llama, no has sido llamado. ¿Es tu llamamiento de Dios? ¿Es un llamado al cielo tanto como desde el cielo? A menos que seas extranjero aquí y el cielo sea tu hogar, no has sido llamado con un llamamiento celestial; porque los que han sido así llamados declaran que esperan la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios, y ellos mismos son extranjeros y peregrinos sobre la tierra. ¿Es así tu llamamiento, santo, supremo, celestial? Entonces, amado, has sido llamado por Dios, porque tal es el llamamiento con que Dios llama a su pueblo.
12 de octubre
«El Consolador, el Espíritu Santo». (Juan 14:26)
Esta época es de manera peculiar la dispensación del Espíritu Santo, en la cual Jesús nos alienta, no por su presencia personal, como lo hará dentro de poco, sino por la morada interior y la permanencia constante del Espíritu Santo, que es siempre el Consolador de la iglesia. Su oficio es consolar los corazones del pueblo de Dios. Él convence de pecado; él ilumina e instruye; pero aun así la parte principal de su obra consiste en alegrar los corazones de los renovados, en confirmar a los débiles y en levantar a todos los que están abatidos. Esto lo hace revelándoles a Jesús. El Espíritu Santo consuela, pero Cristo es la consolación. Si se nos permite la figura, el Espíritu Santo es el Médico, pero Jesús es la medicina. Él sana la herida, pero lo hace aplicando el santo ungüento del nombre y la gracia de Cristo. No toma de lo suyo, sino de lo de Cristo. Así que, si damos al Espíritu Santo el nombre griego de Paráclito, como a veces hacemos, nuestro corazón confiere a nuestro bendito Señor Jesús el título de Paráclesis. Si el uno es el Consolador, el otro es el Consuelo. Ahora bien, con tan rica provisión para su necesidad, ¿por qué habría de estar el cristiano triste y abatido? El Espíritu Santo se ha comprometido por gracia a ser tu Consolador: ¿te imaginas, oh creyente débil y tembloroso, que será negligente con su sagrado encargo? ¿Puedes suponer que ha emprendido lo que no puede o no quiere cumplir? Si es su obra especial fortalecerte y consolarte, ¿supones que ha olvidado su oficio, o que fallará en el amoroso ministerio que ejerce para contigo? No, no pienses tan duramente del tierno y bendito Espíritu cuyo nombre es «el Consolador». Él se deleita en dar óleo de gozo en lugar de luto, y manto de alegría en lugar del espíritu angustiado. Confía tú en él, y ciertamente te consolará hasta que la casa del luto se cierre para siempre y haya comenzado el banquete de bodas.
13 de octubre
«Fuerte es como la muerte el amor». (Cantares 8:6)
¿De quién puede ser este amor que es tan poderoso como el conquistador de monarcas, el destructor de la raza humana? ¿No sonaría a sátira si se aplicara a mi pobre, débil y apenas vivo amor a Jesús mi Señor? Sí lo amo, y quizá por su gracia hasta podría morir por él; pero en cuanto a mi amor en sí mismo, apenas puede soportar una burla, cuánto menos una muerte cruel. Sin duda es el amor de mi Amado el que aquí se menciona: el amor de Jesús, el incomparable amante de las almas. Su amor fue en verdad más fuerte que la muerte más terrible, porque soportó triunfalmente la prueba de la cruz. Fue una muerte lenta, pero el amor sobrevivió al tormento; una muerte vergonzosa, pero el amor menospreció la vergüenza; una muerte penal, pero el amor llevó nuestras iniquidades; una muerte abandonada y solitaria, de la cual el Padre eterno escondió su rostro, pero el amor soportó la maldición y triunfó sobre todo. Nunca hubo tal amor, nunca tal muerte. Fue un duelo desesperado, pero el amor se llevó la palma. ¿Qué, pues, corazón mío? ¿No se despierta en ti emoción alguna al contemplar tan celestial afecto? Sí, Señor mío, anhelo, suspiro por sentir tu amor ardiendo como un horno dentro de mí. Ven tú mismo y enciende el ardor de mi espíritu.
«Por cada gota de sangre carmesí
así vertida para hacerme vivir,
¿oh, por qué, por qué no tengo yo
mil vidas que te pueda dar?»
¿Por qué habría de desesperar de amar a Jesús con un amor fuerte como la muerte? Él lo merece; yo lo deseo. Los mártires sintieron tal amor, y no eran más que carne y sangre; ¿por qué no yo, entonces? Lamentaban su debilidad, y sin embargo de la debilidad sacaron fuerzas. La gracia les dio toda su constancia inquebrantable; la misma gracia hay para mí. Jesús, amante de mi alma, derrama tal amor, sí, tu amor, en mi corazón esta noche.
14 de octubre
«Y no os conforméis a este mundo». (Romanos 12:2)
Si un cristiano puede posiblemente ser salvo mientras se conforma a este mundo, en todo caso habrá de ser así como por fuego. Una salvación tan escasa es casi tan de temer como de desear. Lector, ¿quisieras dejar este mundo en las tinieblas de un lecho de muerte desolado, y entrar en el cielo como un marinero náufrago que trepa por las rocas de su tierra natal? Entonces sé mundano; mézclate con los adoradores de Mamón, y niégate a salir fuera del campamento llevando el vituperio de Cristo. Pero ¿quisieras tener un cielo aquí abajo tanto como un cielo allá arriba? ¿Quisieras comprender con todos los santos cuál es la altura y la profundidad, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento? ¿Quisieras recibir una amplia entrada en el gozo de tu Señor? Entonces salid de en medio de ellos, y apartaos, y no toquéis lo inmundo. ¿Quisieras alcanzar la plena certidumbre de la fe? No podrás obtenerla mientras tengas comunión con los pecadores. ¿Quisieras arder de amor vehemente? Tu amor será apagado por los chaparrones de la sociedad impía. No puedes llegar a ser un gran cristiano: podrás ser un niño en la gracia, pero nunca podrás ser un hombre perfecto en Cristo Jesús mientras te entregues a las máximas mundanas y a los modos de negociar de los hombres del mundo. Mal está que un heredero del cielo sea gran amigo de los herederos del infierno. Mal aspecto tiene que un cortesano sea demasiado íntimo de los enemigos de su rey. Aun las pequeñas inconsecuencias son peligrosas. Las espinas pequeñas hacen grandes ampollas, las polillas pequeñas destruyen los vestidos finos, y las pequeñas frivolidades y pequeñas picardías robarán a la religión mil gozos. Oh tú que profesas la fe, demasiado poco separado de los pecadores, no sabes lo que pierdes por tu conformidad con el mundo. Te corta los tendones de la fuerza y te hace arrastrarte donde deberías correr. Así pues, por tu propio consuelo y por tu crecimiento en la gracia, si eres cristiano, sé cristiano, y sé uno señalado y distinto.
15 de octubre
«Mas redimirás con cordero el primogénito del asno; y si no lo redimieres, le quebrarás la cerviz». (Éxodo 34:20)
Toda criatura primogénita debía ser del Señor, pero como el asno era inmundo, no podía presentarse en sacrificio. ¿Qué hacer entonces? ¿Se le permitiría quedar libre de la ley universal? De ningún modo. Dios no admite excepciones. El asno le corresponde, pero no lo aceptará; no rebajará su derecho, y sin embargo no puede agradarse de la víctima. No quedaba otra vía de escape que la redención: la criatura debía salvarse mediante la sustitución de un cordero en su lugar; o, si no era redimida, debía morir. Alma mía, aquí hay una lección para ti. Ese animal inmundo eres tú; eres con justicia propiedad del Señor que te hizo y te preserva, pero eres tan pecador que Dios no quiere, no puede, aceptarte; y se ha llegado a esto: el Cordero de Dios ha de ocupar tu lugar, o tú has de morir eternamente. Que todo el mundo conozca tu gratitud a ese Cordero sin mancha que ya ha sangrado por ti, y así te ha redimido de la maldición mortal de la ley. ¿No habrá sido a veces una pregunta para el israelita cuál debía morir, el asno o el cordero? ¿No se detendría el buen hombre a estimar y comparar? Ciertamente no había comparación entre el valor del alma del hombre y la vida del Señor Jesús, y sin embargo el Cordero muere, y el hombre, el asno, es perdonado. Alma mía, admira el amor sin límites de Dios hacia ti y hacia otros de la raza humana. ¡Gusanos comprados con la sangre del Hijo del Altísimo! ¡Polvo y ceniza redimidos con un precio muy superior a la plata y al oro! ¡Qué destino habría sido el mío si no se hubiera hallado abundante redención! El quebrar la cerviz del asno no era más que una pena momentánea; pero ¿quién medirá la ira venidera, a la cual no puede imaginarse límite alguno? Inestimablemente querido es el glorioso Cordero que nos ha redimido de semejante destino.
16 de octubre
«Contigo está el manantial de la vida». (Salmo 36:9)
Hay momentos en nuestra experiencia espiritual en que el consejo o la simpatía humanos, o las ordenanzas religiosas, no logran consolarnos ni ayudarnos. ¿Por qué lo permite nuestro Dios lleno de gracia? Quizá porque hemos vivido demasiado sin él, y por eso nos quita todo aquello de lo que solíamos depender, para empujarnos hacia sí mismo. Es una cosa bendita vivir junto al manantial. Mientras nuestros odres están llenos, nos contentamos, como Agar e Ismael, con ir al desierto; pero cuando se secan, nada nos sirve sino «Tú eres Dios que ve». Somos como el pródigo: amamos los comederos de los cerdos y olvidamos la casa de nuestro Padre. Recuerda que podemos hacer comederos de cerdos y algarrobas aun de las formas de la religión; son cosas benditas, pero podemos ponerlas en el lugar de Dios, y entonces no tienen valor. Cualquier cosa se convierte en ídolo cuando nos aleja de Dios: aun la serpiente de bronce ha de ser despreciada como «Nehustán» si la adoramos en lugar de Dios. El pródigo nunca estuvo más seguro que cuando fue empujado al seno de su padre, porque no podía hallar sustento en ninguna otra parte. Nuestro Señor nos favorece con un hambre en la tierra para que le busquemos más a él. La mejor posición para un cristiano es vivir enteramente y directamente de la gracia de Dios, permaneciendo todavía donde estuvo al principio: «Como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo». Nunca pensemos ni por un momento que nuestra posición descansa en nuestra santificación, nuestra mortificación, nuestras gracias o nuestros sentimientos, sino sepamos que porque Cristo ofreció una expiación completa, por eso somos salvos; porque estamos completos en él. No teniendo nada propio en qué confiar, sino descansando en los méritos de Jesús, su pasión y su santa vida nos proveen el único fundamento seguro de confianza. Amados, cuando somos llevados a un estado de sed, es seguro que nos volveremos con avidez al manantial de la vida.
17 de octubre
«En su brazo recogerá los corderos». (Isaías 40:11)
Nuestro buen Pastor tiene en su rebaño una variedad de experiencias: algunos son fuertes en el Señor, y otros son débiles en la fe; pero él es imparcial en su cuidado de todas sus ovejas, y el cordero más débil le es tan querido como el más adelantado del rebaño. Los corderos suelen rezagarse, son propensos a extraviarse y fáciles de cansarse, pero de todo el peligro de estas flaquezas el Pastor los protege con su brazo de poder. Halla almas recién nacidas, como corderitos, a punto de perecer, y las nutre hasta que la vida se hace vigorosa; halla mentes débiles a punto de desmayar y morir, y las consuela y renueva sus fuerzas. A todos los pequeños los recoge, porque no es la voluntad de nuestro Padre celestial que se pierda uno de ellos. ¡Qué vista tan aguda ha de tener para verlos a todos! ¡Qué corazón tan tierno para cuidarlos a todos! ¡Qué brazo tan largo y poderoso para recogerlos a todos! Durante su vida en la tierra fue un gran recogedor de los más débiles, y ahora que mora en el cielo, su corazón amoroso suspira por los mansos y contritos, los tímidos y débiles, los temerosos y desfallecidos de aquí abajo. ¡Con qué dulzura me recogió a sí mismo, a su verdad, a su sangre, a su amor, a su iglesia! ¡Con qué gracia eficaz me obligó a venir a él! Desde mi primera conversión, ¡cuántas veces me ha hecho volver de mis extravíos y me ha encerrado una vez más dentro del círculo de su brazo eterno! Lo mejor de todo es que lo hace todo él mismo, personalmente, sin delegar la tarea del amor, sino dignándose él mismo a rescatar y preservar a su más indigno siervo. ¿Cómo lo amaré bastante o le serviré dignamente? Quisiera engrandecer su nombre hasta los confines de la tierra, pero ¿qué puede hacer por él mi debilidad? Gran Pastor, añade a tus misericordias esta otra: un corazón que te ame más verdaderamente, como debo.
18 de octubre
«Ciertamente el obedecer es mejor que los sacrificios». (1 Samuel 15:22)
A Saúl se le había ordenado destruir por completo a todos los amalecitas y su ganado. En lugar de hacerlo, perdonó al rey y permitió que su pueblo tomara lo mejor de los bueyes y de las ovejas. Cuando se le pidieron cuentas por ello, declaró que lo había hecho con la intención de ofrecer sacrificio a Dios; pero Samuel le salió al paso de inmediato con la certeza de que los sacrificios no eran excusa para un acto de rebelión directa. La sentencia que tenemos delante merece imprimirse en letras de oro y colgarse ante los ojos de la presente generación idólatra, que es muy aficionada a los adornos del culto voluntario, pero descuida por completo las leyes de Dios. Ten siempre presente que mantenerte estrictamente en el camino del mandato de tu Salvador es mejor que cualquier forma externa de religión; y que escuchar su precepto con oído atento es mejor que traer la grosura de los carneros, o cualquier otra cosa preciosa, para ponerla sobre su altar. Si estás dejando de guardar el más pequeño de los mandamientos de Cristo a sus discípulos, te ruego que no seas desobediente por más tiempo. Todas las pretensiones que hagas de apego a tu Señor, y todos los actos devotos que realices, no compensan la desobediencia. «El obedecer», aun en la cosa más leve y pequeña, «es mejor que los sacrificios», por pomposos que sean. No hables de cantos gregorianos, ropajes suntuosos, incienso y estandartes; lo primero que Dios requiere de su hijo es obediencia; y aunque entregaras tu cuerpo para ser quemado, y todos tus bienes para dar de comer a los pobres, si no escuchas los preceptos del Señor, todas tus formalidades de nada te servirán. Es una cosa bendita ser enseñable como un niño pequeño, pero es mucho más bendito, una vez aprendida la lección, llevarla a cabo al pie de la letra. ¡Cuántos adornan sus templos y engalanan a sus sacerdotes, pero se niegan a obedecer la palabra del Señor! Alma mía, no entres tú en su secreto.
19 de octubre
«Dios mi Hacedor, que da cánticos en la noche». (Job 35:10)
Cualquiera puede cantar de día. Cuando la copa está llena, el hombre saca de ella su inspiración. Cuando la riqueza rueda en abundancia a su alrededor, cualquiera puede alabar al Dios que da una cosecha copiosa o hace volver a puerto un navío cargado. Es bastante fácil para un arpa eólica susurrar música cuando soplan los vientos: lo difícil es que la música brote cuando no se mueve ni un soplo. Es fácil cantar cuando podemos leer las notas a la luz del día; pero hábil es el que canta cuando no hay un rayo de luz con que leer, el que canta de corazón. Nadie puede componer por sí mismo un cántico en la noche; podrá intentarlo, pero hallará que un cántico en la noche ha de ser inspirado por Dios. Si todo va bien, puedo tejer cánticos, formándolos dondequiera que voy con las flores que crecen en mi sendero; pero ponme en un desierto, donde no crece nada verde, ¿y con qué compondré un himno de alabanza a Dios? ¿Cómo hará un mortal una corona para el Señor donde no hay joyas? Basta que esta voz esté clara y este cuerpo lleno de salud, y puedo cantar la alabanza de Dios; pero calla mi lengua, ponme en el lecho del dolor, ¿y cómo entonaré entonces las altas alabanzas de Dios, a menos que él mismo me dé el cántico? No, no está en poder del hombre cantar cuando todo le es adverso, a menos que un carbón del altar toque sus labios. Fue un cántico divino el que cantó Habacuc cuando en la noche dijo: «Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya frutos; aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento; aunque las ovejas sean quitadas de la majada, y no haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en el Señor, y me gozaré en el Dios de mi salvación». Entonces, puesto que nuestro Hacedor da cánticos en la noche, esperemos en él la música. Oh tú, Músico principal, no nos dejes sin cántico porque la aflicción está sobre nosotros, sino afina tú nuestros labios a la melodía de la acción de gracias.
20 de octubre
«No detengas». (Isaías 43:6)
Aunque este mensaje fue enviado al sur y se refería a la descendencia de Israel, puede ser provechosamente una llamada para nosotros mismos. Por naturaleza somos remisos para toda cosa buena, y es una lección de la gracia aprender a avanzar en los caminos de Dios. Lector, ¿no eres convertido, pero deseas confiar en el Señor Jesús? Entonces no te detengas. El amor te invita, las promesas te aseguran el éxito, la preciosa sangre prepara el camino. No dejes que los pecados ni los temores te estorben; ven a Jesús tal como eres. ¿Anhelas orar? ¿Quisieras derramar tu corazón ante el Señor? No te detengas. El propiciatorio está preparado para los que necesitan misericordia; los clamores de un pecador prevalecerán ante Dios. Estás invitado, más aún, se te manda orar; ven, pues, confiadamente al trono de la gracia.
Querido amigo, ¿ya eres salvo? Entonces no te detengas en unirte al pueblo del Señor. No descuides las ordenanzas del bautismo y de la Cena del Señor. Puede que seas de carácter tímido, pero debes luchar contra ello, no sea que te lleve a la desobediencia. Hay una dulce promesa hecha a los que confiesan a Cristo; de ningún modo la pierdas, no sea que caigas bajo la condenación de los que lo niegan. Si tienes talentos, no te detengas en usarlos. No acumules tu riqueza, no malgastes tu tiempo; no dejes que tus capacidades se oxiden ni que tu influencia quede sin usar. Jesús no se detuvo; imítalo siendo el primero en la abnegación y el sacrificio de ti mismo. No te detengas en la comunión íntima con Dios, en apropiarte con valentía las bendiciones del pacto, en avanzar en la vida divina, en escudriñar los preciosos misterios del amor de Cristo. Tampoco, amado amigo, seas culpable de detener a otros con tu frialdad, tu dureza o tus sospechas. Por amor de Jesús, avanza tú mismo, y anima a otros a hacer lo mismo. El infierno y las huestes coaligadas de la superstición y la incredulidad se adelantan a la lucha. Oh soldados de la cruz, no os detengáis.
21 de octubre
«¿Por qué estáis turbados, y suben pensamientos a vuestros corazones?». (Lucas 24:38)
«¿Por qué dices, oh Jacob, y hablas tú, Israel: Mi camino está escondido del Señor, y de mi Dios pasó mi juicio?». El Señor cuida de todas las cosas, y las criaturas más humildes participan de su providencia universal, pero su providencia particular está sobre sus santos. «El ángel del Señor acampa alrededor de los que le temen». «La sangre de ellos será preciosa ante sus ojos». «Estimada es a los ojos del Señor la muerte de sus santos». «Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados». Que te alegre y consuele el hecho de que, siendo él el Salvador de todos los hombres, es especialmente el Salvador de los que creen. Eres su cuidado peculiar; su tesoro real, que él guarda como a la niña de su ojo; su viña, sobre la que vela día y noche. «Aun vuestros cabellos están todos contados». Que el pensamiento de su amor especial hacia ti sea un calmante espiritual, un dulce sosiego para tu aflicción: «No te desampararé, ni te dejaré». Dios te dice eso a ti tanto como a cualquier santo de la antigüedad. «No temas; yo soy tu escudo, y tu galardón sobremanera grande». Perdemos mucho consuelo por la costumbre de leer sus promesas como dirigidas a toda la iglesia, en lugar de aplicárnoslas directamente a nosotros mismos. Creyente, aférrate a la palabra divina con una fe personal que se la apropia. Piensa que oyes a Jesús decir: «Yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Piensa que lo ves caminando sobre las aguas de tu aflicción, porque él está allí, y está diciendo: «No temáis, yo soy; no tengáis miedo». ¡Oh, esas dulces palabras de Cristo! Que el Espíritu Santo te haga sentirlas como dichas a ti; olvida a los demás por un rato, acepta la voz de Jesús como dirigida a ti, y di: «Jesús me susurra consuelo; no puedo rechazarlo; me sentaré bajo su sombra con gran deleite».
22 de octubre
«Tomará de lo mío, y os lo hará saber». (Juan 16:15)
Hay momentos en que todas las promesas y doctrinas de la Biblia de nada sirven, a menos que una mano llena de gracia nos las aplique. Tenemos sed, pero estamos demasiado débiles para arrastrarnos hasta el arroyo. Cuando un soldado es herido en la batalla, poco le sirve saber que en el hospital hay quienes pueden vendar sus heridas, y medicinas para aliviar todos los dolores que ahora sufre: lo que necesita es que lo lleven allá y le apliquen los remedios. Así sucede con nuestras almas, y para suplir esta necesidad hay uno, el Espíritu de verdad, que toma de las cosas de Jesús y nos las aplica. No pienses que Cristo ha puesto sus gozos en estantes celestiales para que trepemos hasta ellos por nuestra cuenta; antes bien, él se acerca y derrama su paz en nuestros corazones. Oh cristiano, si esta noche te afanas bajo hondas angustias, tu Padre no te da promesas para luego dejarte que las saques de la Palabra como cubos de un pozo, sino que las promesas que ha escrito en la Palabra las escribirá de nuevo en tu corazón. Él te manifestará su amor y, por su bendito Espíritu, disipará tus cuidados y aflicciones. Sábelo, oh tú que lloras: es prerrogativa de Dios enjugar toda lágrima de los ojos de su pueblo. El buen samaritano no dijo: «Aquí tienes el vino, y aquí el aceite para ti»; realmente derramó el aceite y el vino. Así Jesús no solo te da el dulce vino de la promesa, sino que sostiene el cáliz de oro junto a tus labios y vierte la sangre vital en tu boca. El pobre peregrino, enfermo y cansado del camino, no solo es fortalecido para andar, sino que es llevado en alas de águila. ¡Glorioso evangelio, que lo provee todo para el desvalido, que se acerca a nosotros cuando no podemos alcanzarlo, que nos trae gracia antes de que busquemos la gracia! Aquí hay tanta gloria en el dar como en el don. Dichoso el pueblo que tiene al Espíritu Santo para que le traiga a Jesús.
23 de octubre
«¿Por qué dormís? Levantaos y orad para que no entréis en tentación». (Lucas 22:46)
¿Cuándo está el cristiano más expuesto a dormirse? ¿No es cuando sus circunstancias temporales son prósperas? ¿No lo has comprobado así? Cuando tenías aflicciones diarias que llevar al trono de la gracia, ¿no estabas más despierto que ahora? Los caminos fáciles hacen viajeros soñolientos. Otro tiempo peligroso es cuando todo va agradablemente en las cosas espirituales. Cristiano no se durmió cuando había leones en el camino, ni cuando vadeaba el río, ni cuando luchaba con Apolión; pero cuando hubo subido la mitad de la colina Dificultad y llegó a un cenador delicioso, se sentó y en seguida se quedó dormido, para su gran pesar y pérdida. La Tierra Encantada es un lugar de brisas balsámicas, cargadas de fragantes aromas e influencias suaves, que tienden todas a adormecer a los peregrinos. Recuerda la descripción de Bunyan: «Luego llegaron a un cenador, cálido y que prometía mucho refrigerio a los peregrinos cansados; porque estaba primorosamente labrado por encima, embellecido con verdor y provisto de bancos y escaños. Tenía también un mullido lecho donde los cansados podían reclinarse». «El cenador se llamaba el Amigo del Perezoso, y estaba hecho a propósito para seducir, si fuera posible, a algunos de los peregrinos a que tomaran allí su descanso cuando estuvieran cansados». Tenlo por seguro: es en los lugares fáciles donde los hombres cierran los ojos y se pierden en la tierra soñadora del olvido. El viejo Erskine observó sabiamente: «Prefiero un diablo que ruge a un diablo que duerme». No hay tentación ni la mitad de peligrosa que no ser tentado. El alma angustiada no duerme; es después de entrar en una confianza apacible y una plena certidumbre cuando corremos peligro de adormecernos. Los discípulos se durmieron después de haber visto a Jesús transfigurado en la cumbre del monte. Ten cuidado, cristiano gozoso: los buenos estados de ánimo son vecinos cercanos de las tentaciones; sé tan feliz como quieras, pero sé vigilante.
24 de octubre
«Comenzó a lavar los pies de los discípulos». (Juan 13:5)
El Señor Jesús ama tanto a su pueblo que cada día sigue haciendo por él mucho que es análogo a lavar sus pies manchados. Acepta sus acciones más pobres; siente su más honda tristeza; oye su deseo más leve, y perdona cada una de sus transgresiones. Sigue siendo su siervo, además de su Amigo y Maestro. No solo realiza hazañas majestuosas por ellos, como cuando lleva la mitra en la frente y las piedras preciosas resplandecen en su pectoral, y se levanta a abogar por ellos, sino que, humilde y pacientemente, todavía anda entre su pueblo con el lebrillo y la toalla. Esto lo hace cuando día tras día quita de nosotros nuestras constantes flaquezas y pecados. Anoche, cuando doblaste la rodilla, confesaste con tristeza que mucho de tu conducta no era digno de tu profesión; y aun esta noche tienes que lamentar de nuevo haber vuelto a caer en la misma necedad y el mismo pecado de que una gracia especial te libró hace mucho tiempo; y sin embargo Jesús tendrá gran paciencia contigo; oirá tu confesión de pecado; dirá: «Quiero, sé limpio»; volverá a aplicar la sangre rociada, hablará paz a tu conciencia y quitará toda mancha. Es un gran acto de amor eterno que Cristo absuelva al pecador de una vez para siempre y lo ponga en la familia de Dios; pero ¡qué paciencia condescendiente hay cuando el Salvador, con mucha longanimidad, soporta las necedades tantas veces repetidas de su discípulo descarriado, lavando día tras día y hora tras hora las multiplicadas transgresiones de su hijo extraviado, pero amado todavía! Secar un diluvio de rebelión es algo maravilloso, pero soportar el goteo constante de ofensas repetidas, sobrellevar una prueba perpetua de la paciencia, ¡esto sí es divino! Mientras hallamos consuelo y paz en la limpieza diaria de nuestro Señor, su influencia legítima sobre nosotros será aumentar nuestra vigilancia y avivar nuestro deseo de santidad. ¿Es así?
25 de octubre
«Espigó en el campo en pos de los segadores; y aconteció por ventura que aquella parte del campo era de Booz, el cual era de la parentela de Elimelec». (Rut 2:3)
Aconteció por ventura. Sí, no parecía más que un accidente, pero ¡qué divinamente fue dirigido! Rut había salido con la bendición de su suegra, bajo el cuidado del Dios de su suegra, a un trabajo humilde pero honroso, y la providencia de Dios guiaba cada uno de sus pasos. Poco sabía ella que entre las gavillas hallaría un marido, que él la haría copropietaria de todas aquellas anchas tierras, y que ella, una pobre extranjera, llegaría a ser una de las antepasadas del gran Mesías. Dios es muy bueno con los que confían en él, y a menudo los sorprende con bendiciones inesperadas. Poco sabemos lo que nos puede suceder mañana, pero este dulce hecho puede alegrarnos: que no se nos negará ningún bien. El azar queda desterrado de la fe de los cristianos, porque ellos ven la mano de Dios en todo. Los sucesos triviales de hoy o de mañana pueden acarrear consecuencias de la mayor importancia. Oh Señor, trata a tus siervos con tanta gracia como trataste a Rut.
¡Qué bendito sería si, vagando esta noche por el campo de la meditación, aconteciera por ventura que diéramos con el lugar donde nuestro Pariente cercano se nos revelará! Oh Espíritu de Dios, guíanos a él. Preferiríamos espigar en su campo antes que llevarnos la cosecha entera de cualquier otro. ¡Oh, las huellas de su rebaño, que puedan conducirnos a los verdes pastos donde él mora! Este es un mundo fatigoso cuando Jesús está ausente; mejor podríamos pasar sin sol y sin luna que sin él; pero ¡qué divinamente hermosas se vuelven todas las cosas en la gloria de su presencia! Nuestras almas conocen la virtud que mora en Jesús, y nunca pueden estar contentas sin él. Esperaremos en oración esta noche hasta que acontezca por ventura que demos con una parte del campo que pertenezca a Jesús, en la cual él se nos manifieste.
26 de octubre
«Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo». (Eclesiastés 1:7)
Todo lo que hay bajo la luna está en movimiento; el tiempo no sabe nada del reposo. La tierra sólida es una bola que rueda, y el gran sol mismo es una estrella que cumple obedientemente su curso alrededor de alguna lumbrera mayor. Las mareas mueven el mar, los vientos agitan el océano del aire, la fricción desgasta la roca: el cambio y la muerte gobiernan en todas partes. El mar no es el almacén de un avaro para una riqueza de aguas, porque así como por una fuerza las aguas fluyen a él, por otra son levantadas de él. Los hombres nacen solo para morir: todo es prisa, inquietud y aflicción de espíritu. Amigo del inmutable Jesús, ¡qué gozo es reflexionar en tu herencia inmutable, tu mar de dicha que estará siempre lleno, puesto que Dios mismo derramará en él ríos eternos de delicias! Buscamos una ciudad permanente más allá de los cielos, y no seremos defraudados. El pasaje que tenemos delante bien puede enseñarnos gratitud. El padre Océano es un gran receptor, pero es un generoso distribuidor. Lo que los ríos le traen, lo devuelve a la tierra en forma de nubes y lluvia. Está en desacuerdo con el universo el hombre que lo toma todo y no devuelve nada. Dar a otros no es sino sembrar semilla para nosotros mismos. El que es tan buen mayordomo que está dispuesto a usar sus bienes para su Señor, recibirá más en encargo. Amigo de Jesús, ¿le estás devolviendo conforme al beneficio recibido? Mucho se te ha dado: ¿cuál es tu fruto? ¿Lo has hecho todo? ¿No puedes hacer más? Ser egoísta es ser malvado. Supongamos que el océano no entregara nada de su tesoro de agua: traería la ruina sobre nuestra raza. No permita Dios que ninguno de nosotros siga la política mezquina y destructiva de vivir para sí mismo. Jesús no se agradó a sí mismo. Toda la plenitud habita en él, pero de su plenitud tomamos todos. ¡Oh, el espíritu de Jesús, para que de aquí en adelante no vivamos para nosotros mismos!
27 de octubre
«Todos nosotros somos como suciedad». (Isaías 64:6)
El creyente es una nueva criatura; pertenece a una generación santa y a un pueblo adquirido; el Espíritu de Dios está en él, y en todos los sentidos está muy lejos del hombre natural; pero a pesar de todo, el cristiano sigue siendo pecador. Lo es por la imperfección de su naturaleza, y lo seguirá siendo hasta el fin de su vida terrenal. Los negros dedos del pecado dejan tiznones en nuestras más hermosas vestiduras. El pecado estropea nuestro arrepentimiento sobre la rueda antes de que el gran Alfarero lo haya terminado. El egoísmo mancha nuestras lágrimas, y la incredulidad adultera nuestra fe. Lo mejor que jamás hicimos, aparte del mérito de Jesús, solo aumentó el número de nuestros pecados; porque cuando hemos estado más limpios a nuestros propios ojos, aun así, como los cielos, no somos limpios a los ojos de Dios; y si él notó necedad en sus ángeles, mucho más ha de notarla en nosotros, aun en nuestros estados de ánimo más angelicales. El cántico que vibra hasta el cielo y procura emular los acordes de los serafines tiene disonancias humanas. La oración que mueve el brazo de Dios sigue siendo una oración magullada y maltrecha, y solo mueve ese brazo porque el que no tiene pecado, el gran Mediador, ha intervenido para quitar el pecado de nuestra súplica. La fe más dorada o el grado más puro de santificación que un cristiano haya alcanzado jamás en la tierra, tiene todavía tanta aleación que, considerado en sí mismo, solo es digno de las llamas. Cada noche que nos miramos en el espejo vemos a un pecador, y necesitamos confesar: «Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia». ¡Oh, qué preciosa es la sangre de Cristo para corazones como los nuestros! ¡Qué don tan inestimable es su perfecta justicia! ¡Y qué brillante la esperanza de una santidad perfecta en lo venidero! Aun ahora, aunque el pecado mora en nosotros, su poder está quebrantado. No tiene dominio; es una serpiente con el espinazo roto; estamos en amargo conflicto con ella, pero es con un enemigo vencido con quien tenemos que habérnoslas. Un poco más, y entraremos victoriosos en la ciudad donde no entra ninguna cosa sucia.
28 de octubre
«Su cabeza, como oro finísimo; sus cabellos crespos, negros como el cuervo». (Cantares 5:11)
Todas las comparaciones fallan para representar al Señor Jesús, pero la esposa usa las mejores que tiene a su alcance. Por la cabeza de Jesús podemos entender su deidad, «porque Dios es la cabeza de Cristo»; y entonces el lingote del oro más puro es la mejor metáfora concebible, pero demasiado pobre para describir a uno tan precioso, tan puro, tan querido, tan glorioso. Jesús no es un grano de oro, sino un vasto globo de él, una masa inestimable de tesoro que ni la tierra ni el cielo pueden superar. Las criaturas son mero hierro y barro; todas perecerán como madera, heno y hojarasca; pero la Cabeza siempre viviente de la creación de Dios resplandecerá por los siglos de los siglos. En él no hay mezcla, ni la más pequeña mancha de aleación. Él es para siempre infinitamente santo y enteramente divino. Los cabellos crespos representan su vigor varonil. No hay nada afeminado en nuestro Amado. Es el más varonil de los hombres. Valiente como un león, trabajador como un buey, veloz como un águila. Toda belleza concebible e inconcebible se halla en él, aunque una vez fue despreciado y desechado entre los hombres.
«Su cabeza, el oro más fino;
con secreto y dulce perfume,
sus rizos caen, todos tan negros
como la pluma del cuervo».
La gloria de su cabeza no ha sido rapada; está eternamente coronado de majestad sin par. El cabello negro indica frescura juvenil, porque Jesús tiene sobre sí el rocío de su juventud. Otros languidecen con la edad, pero él es sacerdote para siempre, como lo fue Melquisedec; otros vienen y van, pero él permanece como Dios en su trono, por los siglos de los siglos. Lo contemplaremos esta noche y lo adoraremos. Los ángeles tienen los ojos fijos en él; sus redimidos no deben apartar de él la mirada. ¿Dónde hay otro Amado como este? ¡Oh, una hora de comunión con él! ¡Fuera, cuidados intrusos! Jesús me atrae, y corro en pos de él.
29 de octubre
«Mas los ojos de ellos estaban velados, para que no le conociesen». (Lucas 24:16)
Los discípulos debieron haber reconocido a Jesús; habían oído su voz tan a menudo, y habían contemplado aquel rostro desfigurado tantas veces, que es asombroso que no lo descubrieran. Sin embargo, ¿no te pasa lo mismo a ti? No has visto a Jesús últimamente. Has ido a su mesa, y no lo has encontrado allí. Estás esta noche en una oscura aflicción, y aunque él dice claramente: «Yo soy, no temáis», no puedes discernirlo. ¡Ay! nuestros ojos están velados. Conocemos su voz; hemos mirado su rostro; hemos reclinado la cabeza sobre su pecho, y sin embargo, aunque Cristo está muy cerca de nosotros, estamos diciendo: «¡Quién me diera saber dónde hallarle!». Deberíamos conocer a Jesús, porque tenemos las Escrituras que reflejan su imagen, y sin embargo ¡qué posible es para nosotros abrir ese libro precioso y no tener ni un atisbo del Bienamado! Querido hijo de Dios, ¿estás en ese estado? Jesús apacienta entre los lirios de la palabra, y tú andas entre esos lirios, y sin embargo no lo contemplas. Él acostumbra pasearse por los claros de la Escritura y tener comunión con su pueblo, como el Padre lo hacía con Adán al aire del día; y sin embargo tú estás en el huerto de la Escritura, pero no puedes verlo, aunque él siempre está allí. ¿Y por qué no lo vemos? En nuestro caso, como en el de los discípulos, ha de atribuirse a la incredulidad. Evidentemente ellos no esperaban ver a Jesús, y por eso no lo reconocieron. En gran medida, en las cosas espirituales recibimos lo que esperamos del Señor. Solo la fe puede llevarnos a ver a Jesús. Haz de esta tu oración: «Señor, abre mis ojos, para que vea a mi Salvador presente conmigo». Es cosa bendita desear verlo; pero ¡oh! es mucho mejor contemplarlo. Para los que le buscan es bondadoso; pero para los que le hallan, ¡es querido más allá de toda expresión!
30 de octubre
«Oh tú que habitas en los huertos, los compañeros escuchan tu voz; házmela oír». (Cantares 8:13)
Mi dulce Señor Jesús recuerda bien el huerto de Getsemaní, y aunque ha dejado aquel huerto, ahora habita en el huerto de su iglesia: allí abre su pecho a los que gozan de su bendita compañía. Esa voz de amor con que habla a su amada es más musical que las arpas del cielo. Hay en ella una profundidad de amor melodioso que deja muy atrás toda música humana. Decenas de millares en la tierra, y millones en lo alto, son favorecidos con sus acentos armoniosos. Algunos a quienes conozco bien, y a quienes envidio grandemente, están en este momento escuchando la voz amada. ¡Ojalá yo participara de sus gozos! Es verdad que algunos de ellos son pobres, otros están postrados en cama, y algunos cerca de las puertas de la muerte; pero, oh Señor mío, con gusto pasaría hambre con ellos, me consumiría con ellos o moriría con ellos, con tal de oír tu voz. En otro tiempo la oía a menudo, pero he entristecido a tu Espíritu. Vuélvete a mí con compasión, y dime una vez más: «Yo soy tu salvación». Ninguna otra voz puede contentarme; conozco tu voz, y no puedo ser engañado por otra; déjame oírla, te lo ruego. No sé lo que dirás, ni pongo condición alguna, oh Amado mío; solo déjame oírte hablar, y si es una reprensión, te bendeciré por ella. Quizá para limpiar mi oído torpe se necesite una operación muy dolorosa para la carne, pero cueste lo que cueste, no me aparto de este único deseo que me consume: hazme oír tu voz. Horada de nuevo mi oreja; traspasa mi oído con tus notas más ásperas, pero no permitas que siga sordo a tus llamados. Esta noche, Señor, concede a tu indigno siervo su deseo, porque soy tuyo, y tú me compraste con tu sangre. Tú abriste mis ojos para verte, y esa vista me ha salvado. Señor, abre tú mi oído. He leído tu corazón; déjame ahora oír tus labios.
31 de octubre
«Yo te conocí en el desierto, en tierra de gran sequedad». (Oseas 13:5)
Sí, Señor, en verdad me conociste en mi estado caído, y aun entonces me escogiste para ti. Cuando yo era repugnante y me aborrecía a mí mismo, me recibiste como hijo tuyo y satisficiste mis anhelantes necesidades. Bendito sea para siempre tu nombre por esta misericordia gratuita, rica y abundante. Desde entonces, mi experiencia interior ha sido a menudo un desierto; pero tú me has reconocido todavía como tu amado, y has derramado en mí corrientes de amor y de gracia para alegrarme y hacerme fructífero. Sí, cuando mis circunstancias externas han estado en lo peor y he vagado por tierra de sequedad, tu dulce presencia me ha consolado. Los hombres no me han conocido cuando me aguardaba el desprecio, pero tú has conocido mi alma en las adversidades, porque ninguna aflicción empaña el brillo de tu amor. Señor lleno de gracia, te engrandezco por toda tu fidelidad para conmigo en circunstancias de prueba, y lamento haberte olvidado alguna vez y haberme enaltecido en el corazón, cuando todo lo debía a tu benignidad y a tu amor. ¡Ten misericordia de tu siervo en esto!
Alma mía, si Jesús te reconoció así en tu bajo estado, procura reconocerlo a él y a su causa ahora que estás en tu prosperidad. No te envanezcas por tus éxitos mundanos hasta avergonzarte de la verdad o de la pobre iglesia con la que has estado unida. Sigue a Jesús al desierto: lleva la cruz con él cuando el calor de la persecución arrecie. Él te reconoció, oh alma mía, en tu pobreza y tu vergüenza; nunca seas tan traicionera que te avergüences de él. ¡Oh, más vergüenza ante el pensamiento de avergonzarme de mi Amado más querido! Jesús, mi alma está apegada a ti.
«Me volveré a ti en días de luz
tanto como en noches de afán;
¡tú, el más brillante entre todo lo que brilla!
¡Tú, el más hermoso de los hermosos!»
Capítulo 10 completado
Octubre