Noche tras noche
Agosto

Capítulo 8 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha

Agosto

1 de agosto

«Tú coronas el año de tus bienes». (Salmo 65:11)

Todo el año, cada hora de cada día, Dios nos está bendiciendo ricamente; tanto cuando dormimos como cuando velamos, su misericordia nos acompaña. El sol puede dejarnos en herencia la oscuridad, pero nuestro Dios nunca cesa de brillar sobre sus hijos con rayos de amor. Como un río, su misericordia fluye siempre, con una plenitud inagotable como su propia naturaleza. Como la atmósfera que rodea constantemente la tierra y está siempre dispuesta a sostener la vida del hombre, la benevolencia de Dios rodea a todas sus criaturas; en ella, como en su elemento, viven, y se mueven, y son. Pero así como el sol de los días de verano nos alegra con rayos más cálidos y brillantes que en otras épocas, y así como los ríos crecen en ciertas estaciones por la lluvia, y así como la atmósfera misma está a veces cargada de influencias más frescas, más vigorizantes o más balsámicas que antes, así sucede con la misericordia de Dios: tiene sus horas doradas, sus días de desbordamiento, cuando el Señor engrandece su gracia ante los hijos de los hombres. Entre las bendiciones de las fuentes de abajo, los alegres días de la cosecha son una época especial de favor desbordante. Es la gloria del otoño que los dones maduros de la providencia se reparten entonces en abundancia; es la estación madura de la realización, mientras que todo lo anterior no era sino esperanza y expectación. Grande es la alegría de la siega. Dichosos los segadores que llenan sus brazos con la liberalidad del cielo. El salmista nos dice que la cosecha es la corona del año. ¡Sin duda estas misericordias que coronan el año reclaman una acción de gracias que las corone! Rindámosla con las emociones interiores de la gratitud. Que nuestros corazones se enciendan; que nuestro espíritu recuerde, medite y piense en esta bondad del Señor. Luego alabémoslo con nuestros labios, y ensalcemos y engrandezcamos el nombre de aquel de cuya generosidad fluye toda esta bondad. Glorifiquemos a Dios entregando nuestras ofrendas para su causa. Una prueba práctica de nuestra gratitud es una ofrenda especial de acción de gracias al Señor de la mies.

2 de agosto

«Y espigó en el campo hasta la tarde». (Rut 2:17)

Quiero aprender de Rut, la espigadora. Así como ella salió a recoger las espigas, así debo yo salir a los campos de la oración, la meditación, las ordenanzas y la escucha de la palabra, para recoger alimento espiritual. La espigadora recoge su porción espiga a espiga; sus ganancias son poco a poco: así debo yo contentarme con buscar verdades sueltas, si no hay mayor abundancia de ellas. Cada espiga ayuda a formar un manojo, y cada lección del evangelio contribuye a hacernos sabios para la salvación. La espigadora mantiene los ojos abiertos: si anduviera tropezando entre los rastrojos como en un sueño, no tendría carga que llevar gozosa a casa al caer la tarde. Debo velar en los ejercicios religiosos, no sea que se me vuelvan inútiles; temo haber perdido ya mucho. ¡Oh, si supiera estimar debidamente mis oportunidades y espigar con mayor diligencia! La espigadora se inclina por todo lo que halla, y así debo hacerlo yo. Los espíritus altivos critican y objetan, pero las mentes humildes espigan y sacan provecho. Un corazón humilde es una gran ayuda para oír el evangelio con fruto. La palabra implantada, que salva el alma, no se recibe sino con mansedumbre. Una espalda rígida hace una mala espigadora; ¡abajo, señor orgullo, eres un vil ladrón, al que no se puede tolerar ni un momento! Lo que la espigadora recoge, lo guarda: si dejara caer una espiga para hallar otra, el fruto de su jornada sería bien escaso; pone tanto cuidado en retener como en obtener, y así al final sus ganancias son grandes. ¡Cuántas veces olvido todo lo que oigo! La segunda verdad echa a la primera de mi cabeza, y así mi lectura y mi escucha acaban en mucho ruido y pocas nueces. ¿Siento como debo la importancia de atesorar la verdad? Un estómago hambriento hace sabia a la espigadora; si no hay grano en su mano, no habrá pan en su mesa; trabaja bajo el sentimiento de la necesidad, y por eso su paso es ligero y su mano firme. Yo tengo una necesidad aún mayor; Señor, ayúdame a sentirla, para que me impulse a espigar en campos que rinden tan abundante recompensa a la diligencia.

3 de agosto

«Y yendo él». (Lucas 8:42)

Jesús va pasando entre la multitud hacia la casa de Jairo, para resucitar a la hija muerta del principal; pero es tan pródigo en bondad que obra otro milagro mientras va de camino. Mientras esta vara de Aarón aún lleva la flor de una maravilla no cumplida, da las almendras maduras de una obra perfecta de misericordia. A nosotros nos basta, si tenemos un propósito, ir enseguida a cumplirlo; sería imprudente gastar nuestras energías por el camino. Si corremos a rescatar a un amigo que se ahoga, no podemos permitirnos agotar nuestras fuerzas en otro que corre el mismo peligro. A un árbol le basta dar una clase de fruto, y a un hombre cumplir su propia vocación particular. Pero nuestro Maestro no conoce límite de poder ni frontera de misión. Es tan fecundo en gracia que, como el sol que brilla mientras avanza en su órbita, su sendero resplandece de misericordia. Es una flecha veloz de amor, que no solo alcanza el blanco señalado, sino que perfuma el aire por el que vuela. De Jesús está saliendo siempre virtud, como los dulces aromas exhalan de las flores; y siempre emanará de él, como el agua de una fuente cristalina. ¡Qué estímulo tan delicioso nos ofrece esta verdad! Si nuestro Señor está tan dispuesto a sanar a los enfermos y bendecir a los necesitados, entonces, alma mía, no seas tú lenta en ponerte en su camino, para que te sonría. No seas remisa en pedir, si él es tan abundante en dar. Presta atención sincera a su palabra ahora y en todo tiempo, para que Jesús hable por ella a tu corazón. Donde él se deja hallar, acude allí, para que obtengas su bendición. Cuando está presente para sanar, ¿no te sanará a ti? Pero seguramente está presente aun ahora, porque siempre viene a los corazones que lo necesitan. ¿Y no lo necesitas tú? ¡Ah, él sabe cuánto! Hijo de David, vuelve tus ojos y mira la aflicción que ahora tienes delante, y sana a este suplicante.

4 de agosto

«Os herí con viento solano, y con tizoncillo, y con granizo en toda obra de vuestras manos». (Hageo 2:17)

¡Qué destructor es el granizo para las mieses en pie, que desgrana el precioso grano sobre el suelo! ¡Cuán agradecidos debemos estar cuando el trigo se libra de tan terrible ruina! Ofrezcamos al Señor acción de gracias. Más temibles aún son esos destructores misteriosos: el carbón, la caries, la roya y el tizoncillo. Convierten la espiga en una masa de hollín, o la pudren, o secan el grano, y todo de un modo tan fuera del control humano que el labrador se ve obligado a exclamar: «Dedo de Dios es este». Innumerables hongos diminutos causan el daño, y si no fuera por la bondad de Dios, el jinete del caballo negro pronto esparciría el hambre por la tierra. La misericordia infinita preserva el alimento de los hombres, pero a la vista de los agentes activos que están listos para destruir la cosecha, muy sabiamente se nos enseña a orar: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». La maldición anda suelta; tenemos constante necesidad de la bendición. Cuando vienen el añublo y el tizoncillo, son castigos del cielo, y los hombres deben aprender a oír la vara, y a quien la establece.

En lo espiritual, el tizoncillo no es un mal poco común. Cuando nuestra obra es más prometedora, aparece esta plaga. Esperábamos muchas conversiones, ¡y he aquí una apatía general, una mundanalidad desbordante o una cruel dureza de corazón! Puede que no haya pecado manifiesto en aquellos por quienes trabajamos, pero hay una falta de sinceridad y de decisión que defrauda tristemente nuestros deseos. De esto aprendemos nuestra dependencia del Señor, y la necesidad de orar para que ninguna plaga caiga sobre nuestra obra. El orgullo espiritual o la pereza pronto traerán sobre nosotros este terrible mal, y solo el Señor de la mies puede quitarlo. El tizoncillo puede atacar incluso nuestro propio corazón, y marchitar nuestras oraciones y ejercicios religiosos. Quiera el gran Labrador apartar tan grave calamidad. Brilla, bendito Sol de justicia, y ahuyenta las plagas.

5 de agosto

«¿Vendrán vuestros hermanos a la guerra, y vosotros os quedaréis aquí?». (Números 32:6)

El parentesco tiene sus obligaciones. Los rubenitas y los gaditas habrían obrado de modo poco fraternal si hubieran reclamado la tierra ya conquistada y hubieran dejado al resto del pueblo pelear solo por sus porciones. Hemos recibido mucho por medio de los esfuerzos y sufrimientos de los santos de años pasados, y si no damos alguna retribución a la iglesia de Cristo entregándole nuestras mejores energías, no somos dignos de estar alistados en sus filas. Otros combaten varonilmente los errores de la época, o rescatan a los que perecen de entre las ruinas de la caída, y si nosotros nos cruzamos de brazos en la ociosidad, bien necesitamos ser advertidos, no sea que caiga sobre nosotros la maldición de Meroz. El Señor de la viña dice: «¿Por qué estáis aquí todo el día ociosos?». ¿Cuál es la excusa del ocioso? El servicio personal a Jesús se vuelve tanto más el deber de todos por cuanto algunos lo prestan con alegría y abundancia. Los trabajos de misioneros consagrados y de ministros fervientes nos avergüenzan si nos quedamos quietos en la indolencia. Rehuir la prueba es la tentación de los que están reposados en Sión: de buena gana escaparían de la cruz y aun así llevarían la corona; para ellos la pregunta que meditamos esta noche es muy pertinente. Si los más preciosos son probados en el fuego, ¿hemos de escapar nosotros del crisol? Si el diamante tiene que ser atormentado en la rueda, ¿hemos de ser perfeccionados nosotros sin sufrimiento? ¿Quién ha mandado al viento que deje de soplar porque nuestra barca está en alta mar? ¿Por qué y con qué razón habríamos de ser tratados mejor que nuestro Señor? El primogénito sintió la vara, ¿y por qué no los hermanos menores? Es un orgullo cobarde el que escogería una almohada de plumas y un lecho de seda para un soldado de la cruz. Mucho más sabio es aquel que, estando primero resignado a la voluntad divina, crece por la energía de la gracia hasta complacerse en ella, y así aprende a recoger lirios al pie de la cruz y, como Sansón, a hallar miel en el león.

6 de agosto

«Toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y amén». (Salmo 72:19)

Esta es una petición grande. Interceder por toda una ciudad requiere un esfuerzo de fe, y hay veces en que una oración por un solo hombre basta para hacernos tambalear. ¡Pero cuán vasto alcance tuvo la intercesión del salmista al morir! ¡Cuán abarcadora! ¡Cuán sublime! «Toda la tierra sea llena de su gloria». No exceptúa un solo país, por más aplastado que esté bajo el pie de la superstición; no excluye una sola nación, por bárbara que sea. Por el caníbal tanto como por el civilizado, por todos los climas y razas se eleva esta oración: abarca todo el círculo de la tierra y no omite a ningún hijo de Adán. Debemos levantarnos y trabajar para nuestro Maestro, o no podremos ofrecer honradamente tal oración. La petición no se hace con corazón sincero a menos que nos esforcemos, según Dios nos ayude, por extender el reino de nuestro Maestro. ¿No hay algunos que descuidan tanto el suplicar como el trabajar? Lector, ¿es esta tu oración? Vuelve tus ojos al Calvario. Contempla al Señor de la vida clavado en una cruz, con la corona de espinas en torno a su frente, con la cabeza, las manos y los pies sangrando. ¡Cómo! ¿Puedes mirar este milagro de los milagros, la muerte del Hijo de Dios, sin sentir dentro de tu pecho una adoración maravillosa que el lenguaje jamás podrá expresar? Y cuando sientes la sangre aplicada a tu conciencia, y sabes que él ha borrado tus pecados, no eres un hombre si no te levantas de tus rodillas y clamas: «Toda la tierra sea llena de su gloria. Amén y amén». ¿Puedes inclinarte ante el Crucificado en amoroso homenaje y no desear ver a tu Monarca como señor del mundo? ¡Fuera contigo si puedes fingir que amas a tu Príncipe y no deseas verlo gobernante universal! Tu piedad no vale nada a menos que te lleve a desear que la misma misericordia que se te ha extendido a ti bendiga al mundo entero. Señor, es tiempo de siega: mete tu hoz, y siega.

7 de agosto

«Satanás nos estorbó». (1 Tesalonicenses 2:18)

Desde la primera hora en que el bien entró en conflicto con el mal, nunca ha dejado de ser cierto en la experiencia espiritual que Satanás nos estorba. Desde todos los puntos cardinales, a todo lo largo de la línea de batalla, en la vanguardia y en la retaguardia, al despuntar el día y a la hora de la medianoche, Satanás nos estorba. Si trabajamos en el campo, procura romper la reja del arado; si edificamos el muro, se afana por derribar las piedras; si queremos servir a Dios en el sufrimiento o en el combate, en todas partes Satanás nos estorba. Nos estorba cuando venimos por primera vez a Jesucristo. Feroces combates tuvimos con Satanás cuando por primera vez miramos a la cruz y vivimos. Ahora que somos salvos, se esfuerza por estorbar la plenitud de nuestro carácter personal. Quizá te estés felicitando: «Hasta ahora he andado con coherencia; nadie puede poner en duda mi integridad». Guárdate de jactarte, porque tu virtud será aún probada; Satanás dirigirá sus máquinas de guerra contra esa misma virtud por la que eres más conocido. Si hasta ahora has sido un creyente firme, tu fe será atacada dentro de poco; si has sido manso como Moisés, espera ser tentado a hablar precipitadamente con tus labios. Los pájaros picotearán tu fruto más maduro, y el jabalí lanzará sus colmillos contra tus vides más escogidas. Satanás nos estorbará con toda seguridad cuando seamos fervientes en la oración. Frena nuestra insistencia y debilita nuestra fe, a fin de que, si es posible, perdamos la bendición. Tampoco es Satanás menos vigilante en obstruir el esfuerzo cristiano. Nunca hubo un avivamiento de la religión sin un avivamiento de su oposición. Tan pronto como Esdras y Nehemías comienzan a trabajar, Sanbalat y Tobías se levantan para estorbarlos. ¿Y qué? No nos alarmamos porque Satanás nos estorbe, pues es prueba de que estamos del lado del Señor y hacemos la obra del Señor, y en su fuerza alcanzaremos la victoria y triunfaremos sobre nuestro adversario.

8 de agosto

«Al que cree todo le es posible». (Marcos 9:23)

Muchos que profesan ser cristianos viven siempre dudando y temiendo, y piensan desconsolados que este es el estado necesario de los creyentes. Es un error, porque «al que cree todo le es posible»; y nos es posible subir a un estado en el que una duda o un temor no sea más que un ave de paso que cruza revoloteando el alma, pero que nunca se detiene en ella. Cuando lees de las altas y dulces comuniones de que gozaron santos favorecidos, suspiras y murmuras en la cámara de tu corazón: «¡Ay, eso no es para mí!». Oh escalador, si tan solo tienes fe, todavía estarás sobre el soleado pináculo del templo, porque «al que cree todo le es posible». Oyes de las hazañas que hombres santos han hecho por Jesús; de lo que han gozado de él; de cuánto se le han parecido; de cómo han podido soportar grandes persecuciones por su causa; y dices: «¡Ah, en cuanto a mí, no soy más que un gusano; nunca podré llegar a esto!». Pero no hay nada que un santo haya sido que tú no puedas ser. No hay altura de gracia, ni logro de espiritualidad, ni claridad de seguridad, ni puesto de deber, que no esté abierto para ti si tan solo tienes el poder de creer. Deja a un lado tu cilicio y tu ceniza, y elévate a la dignidad de tu verdadera posición; eres pequeño en Israel porque quieres serlo, no porque haya necesidad alguna de ello. No conviene que te arrastres en el polvo, oh hijo de un Rey. ¡Sube! ¡El trono dorado de la seguridad te está esperando! La corona de la comunión con Jesús está lista para adornar tu frente. Vístete de púrpura y de lino fino, y haz banquete cada día con esplendidez; porque si crees, podrás comer la grosura de riñones de trigo; tu tierra fluirá leche y miel, y tu alma será saciada como de meollo y de grosura. Recoge doradas gavillas de gracia, porque te esperan en los campos de la fe. «Al que cree todo le es posible».

9 de agosto

«Apareció primeramente a María Magdalena, de la cual había echado siete demonios». (Marcos 16:9)

María de Magdala fue víctima de un mal espantoso. Estaba poseída no por un solo demonio, sino por siete. Estos terribles inquilinos causaban mucho dolor y contaminación al pobre cuerpo en que se habían alojado. El suyo era un caso desesperado y horrible. No podía ayudarse a sí misma, ni ningún socorro humano podía valerle. Pero Jesús pasó por allí y, sin que nadie se lo pidiera, y probablemente aun con la resistencia de la pobre endemoniada, pronunció la palabra de poder, y María de Magdala llegó a ser un trofeo del poder sanador de Jesús. Los siete demonios la dejaron, la dejaron para nunca volver, expulsados a la fuerza por el Señor de todos. ¡Qué bendita liberación! ¡Qué cambio tan feliz! ¡Del delirio al deleite, de la desesperación a la paz, del infierno al cielo! Enseguida se convirtió en seguidora constante de Jesús, recogiendo cada palabra suya, siguiendo sus pasos errantes, compartiendo su vida trabajosa; y además llegó a ser su generosa ayudadora, la primera de aquel grupo de mujeres sanadas y agradecidas que le servían de sus bienes. Cuando Jesús fue levantado en la crucifixión, María permaneció como partícipe de su oprobio: la hallamos primero mirando de lejos, y luego acercándose al pie de la cruz. No podía morir en la cruz con Jesús, pero se quedó tan cerca de ella como pudo, y cuando su bendito cuerpo fue bajado, observó cómo y dónde lo ponían. Fue la creyente fiel y vigilante, la última en el sepulcro donde Jesús dormía, la primera en la tumba de donde resucitó. Su santa fidelidad hizo de ella una testigo favorecida de su amado Raboni, que se dignó llamarla por su nombre y hacerla su mensajera de buenas nuevas para los temblorosos discípulos y para Pedro. Así la gracia la halló loca y la hizo ministra, echó fuera demonios y le concedió ver ángeles, la libró de Satanás y la unió para siempre al Señor Jesús. ¡Que también yo sea un milagro semejante de la gracia!

10 de agosto

«El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados». (Mateo 9:6)

¡Contempla una de las artes más poderosas del gran Médico: tiene poder para perdonar el pecado! Mientras vivió aquí abajo, antes de que se pagara el rescate, antes de que la sangre fuera literalmente rociada sobre el propiciatorio, tenía poder para perdonar el pecado. ¿No tendrá poder para hacerlo ahora que ha muerto? ¡Qué poder debe morar en aquel que ha saldado fielmente, hasta el último centavo, las deudas de su pueblo! Tiene un poder ilimitado ahora que ha acabado la prevaricación y puesto fin al pecado. Si lo dudáis, ¡miradlo resucitar de los muertos! ¡Contempladlo en el esplendor de su ascensión, elevado a la diestra de Dios! ¡Oídlo interceder ante el Padre eterno, señalando sus heridas, alegando el mérito de su sagrada pasión! ¡Qué poder para perdonar hay aquí! «Subiste a lo alto, tomaste dones para los hombres». «Dios lo ha ensalzado con su diestra para dar arrepentimiento y remisión de pecados». Los pecados más carmesíes son quitados por el carmesí de su sangre. En este momento, querido lector, cualquiera que sea tu pecaminosidad, Cristo tiene poder para perdonar, poder para perdonarte a ti, y a millones como tú. Una palabra basta para decirlo. No tiene nada más que hacer para ganar tu perdón; toda la obra expiatoria está hecha. Puede, en respuesta a tus lágrimas, perdonar hoy tus pecados y hacértelo saber. Puede infundir en tu alma en este mismo momento una paz con Dios que sobrepuja todo entendimiento, que brotará de la perfecta remisión de tus muchas iniquidades. ¿Crees esto? Confío en que lo crees. ¡Que experimentes ahora el poder de Jesús para perdonar el pecado! No pierdas tiempo en acudir al Médico de las almas; corre a él con palabras como estas:

«¡Jesús! ¡Maestro! oye mi clamor;

sálvame, sáname con una palabra;

desfallecido a tus pies yazgo;

tú has oído mi queja susurrada».

11 de agosto

«Consolación eterna». (2 Tesalonicenses 2:16)

«Consolación». Hay música en esta palabra: como el arpa de David, ahuyenta el mal espíritu de la melancolía. Fue un honor distinguido para Bernabé ser llamado «Hijo de consolación»; más aún, es uno de los nombres ilustres de uno mayor que Bernabé, porque el Señor Jesús es «la consolación de Israel». «Consolación eterna»: he aquí lo más selecto de todo, pues la eternidad del consuelo es su corona y su gloria. ¿Qué es esta «consolación eterna»? Incluye el sentimiento del pecado perdonado. El cristiano ha recibido en su corazón el testimonio del Espíritu de que sus iniquidades han sido deshechas como nube, y sus rebeliones como niebla espesa. Si el pecado está perdonado, ¿no es eso una consolación eterna? Además, el Señor da a su pueblo un sentimiento permanente de su aceptación en Cristo. El cristiano sabe que Dios lo mira como unido a Jesús. La unión con el Señor resucitado es una consolación de la clase más duradera; es, de hecho, eterna. Aunque la enfermedad nos postre, ¿no hemos visto a cientos de creyentes tan felices en la debilidad de la dolencia como lo habrían estado en el vigor de una salud robusta y floreciente? Aunque las flechas de la muerte nos traspasen el corazón, nuestro consuelo no muere, pues ¿no han oído nuestros oídos muchísimas veces los cantos de los santos, que se regocijaban porque el amor vivo de Dios estaba derramado en sus corazones en la hora de la muerte? Sí, el sentimiento de ser aceptos en el Amado es una consolación eterna. Además, el cristiano tiene la convicción de su seguridad. Dios ha prometido salvar a los que confían en Cristo: el cristiano confía en Cristo, y cree que Dios cumplirá su palabra y lo salvará. Se siente seguro en virtud de estar ligado a la persona y la obra de Jesús.

12 de agosto

«Se dejará ver entonces el arco en las nubes». (Génesis 9:14)

El arco iris, símbolo del pacto con Noé, es figura de nuestro Señor Jesús, que es el testigo del Señor para los pueblos. ¿Cuándo podemos esperar ver la señal del pacto? El arco iris solo se ve pintado sobre una nube. Cuando la conciencia del pecador está oscura de nubes, cuando recuerda su pecado pasado y llora y se lamenta delante de Dios, Jesucristo se le revela como el Arco iris del pacto, que despliega todos los gloriosos colores del carácter divino y anuncia paz. Al creyente, cuando le rodean sus pruebas y tentaciones, le es dulce contemplar la persona de nuestro Señor Jesucristo: verlo sangrando, viviendo, resucitando e intercediendo por nosotros. El arco iris de Dios está suspendido sobre la nube de nuestros pecados, nuestras penas y nuestras desdichas, para profetizar liberación. Pero no basta una nube para dar un arco iris; tiene que haber las gotas cristalinas que reflejen la luz del sol. Así, nuestras penas no solo deben amenazar, sino que deben caer realmente sobre nosotros. No habría habido Cristo para nosotros si la venganza de Dios hubiera sido solo una nube amenazadora: el castigo tenía que caer en gotas terribles sobre el Fiador. Hasta que no hay una angustia real en la conciencia del pecador, no hay Cristo para él; hasta que el castigo que siente se vuelve doloroso, no puede ver a Jesús. Pero también tiene que haber un sol; porque las nubes y las gotas de lluvia no forman arco iris si no brilla el sol. Amados, nuestro Dios, que es como el sol para nosotros, siempre brilla, pero no siempre lo vemos: las nubes ocultan su rostro; mas no importa qué gotas estén cayendo ni qué nubes estén amenazando: si él tan solo brilla, habrá enseguida un arco iris. Se dice que cuando vemos el arco iris, el aguacero ha pasado. Lo cierto es que cuando Cristo viene, nuestras tribulaciones se apartan; cuando contemplamos a Jesús, nuestros pecados se desvanecen, y nuestras dudas y temores se calman. Cuando Jesús anda sobre las aguas del mar, ¡qué profunda es la calma!

13 de agosto

«Y me acordaré de mi pacto». (Génesis 9:15)

Fíjate en la forma de la promesa. Dios no dice: «Y cuando miréis el arco, y vosotros os acordéis de mi pacto, entonces no destruiré la tierra», sino que está gloriosamente expresado, no sobre nuestra memoria, que es voluble y frágil, sino sobre la memoria de Dios, que es infinita e inmutable. «Estará el arco en las nubes, y lo veré para acordarme del pacto perpetuo». ¡Oh, no es que yo me acuerde de Dios, sino que Dios se acuerda de mí; eso es el fundamento de mi seguridad! No es que yo eche mano de su pacto, sino que su pacto echa mano de mí. ¡Gloria a Dios! Todos los baluartes de la salvación están asegurados por el poder divino, y aun las torres menores, que podríamos imaginar que se habrían dejado al hombre, están guardadas por la fuerza todopoderosa. Ni siquiera el recuerdo del pacto se deja a nuestra memoria, porque nosotros podríamos olvidar; pero nuestro Señor no puede olvidar a los santos que tiene esculpidos en las palmas de sus manos. Nos sucede como a Israel en Egipto: la sangre estaba sobre el dintel y los dos postes, pero el Señor no dijo: «Cuando vosotros veáis la sangre, pasaré de vosotros», sino: «Cuando yo vea la sangre, pasaré de vosotros». Mi mirar a Jesús me trae gozo y paz, pero es el mirar de Dios a Jesús lo que asegura mi salvación y la de todos sus escogidos, pues es imposible que nuestro Dios mire a Cristo, nuestro Fiador ensangrentado, y luego se enoje con nosotros por pecados ya castigados en él. No, ni siquiera se nos deja a nosotros ser salvos por acordarnos del pacto. Aquí no hay tejido mezclado: ni un solo hilo de la criatura estropea la tela. No es de hombre, ni por hombre, sino solo del Señor. Debemos acordarnos del pacto, y lo haremos por la gracia divina; pero el gozne de nuestra seguridad no está ahí: es que Dios se acuerda de nosotros, no que nosotros nos acordemos de él; y por eso el pacto es un pacto perpetuo.

14 de agosto

«Conozco sus angustias». (Éxodo 3:7)

El niño se alegra cuando canta: «Esto lo sabe mi padre»; ¿y no nos consolaremos nosotros al comprender que nuestro querido Amigo y tierno Esposo del alma lo sabe todo acerca de nosotros?

1. Él es el Médico, y si él lo sabe todo, no hay necesidad de que el paciente lo sepa. ¡Calla, corazón necio y agitado, que fisgas, atisbas y sospechas! Lo que no entiendes ahora, lo entenderás después, y mientras tanto Jesús, el Médico amado, conoce tu alma en las angustias. ¿Por qué ha de analizar el paciente toda la medicina, o evaluar todos los síntomas? Esa es la tarea del Médico, no la mía; a mí me toca confiar, y a él recetar. Si escribe su receta en caracteres extraños que no puedo leer, no me inquietaré por ello, sino que descansaré en su pericia infalible para aclararlo todo en el resultado, por misterioso que sea el proceso.

2. Él es el Señor, y su conocimiento ha de servirnos en lugar del nuestro; nosotros hemos de obedecer, no juzgar: «El siervo no sabe lo que hace su señor». ¿Ha de explicar el arquitecto sus planos a cada peón de la obra? Si él conoce su propio propósito, ¿no basta? La vasija en la rueda no puede adivinar a qué modelo será conformada, pero si el alfarero entiende su arte, ¿qué importa la ignorancia del barro? Mi Señor no debe ser interrogado más por alguien tan ignorante como yo.

3. Él es la Cabeza. Todo el entendimiento se centra allí. ¿Qué juicio tiene el brazo? ¿Qué comprensión tiene el pie? Todo el poder de conocer reside en la cabeza. ¿Por qué habría de tener el miembro un cerebro propio, cuando la cabeza cumple por él toda función intelectual? Aquí, pues, debe el creyente apoyar su consuelo en la enfermedad: no en que él mismo pueda ver el fin, sino en que Jesús lo sabe todo. Dulce Señor, sé tú para siempre ojo, alma y cabeza para nosotros, y haz que nos contentemos con saber solo lo que tú quieras revelar.

15 de agosto

«Y os daré un corazón de carne». (Ezequiel 36:26)

Un corazón de carne se conoce por su sensibilidad ante el pecado. Haber consentido una imaginación impura, o haber permitido que un deseo desenfrenado se detuviera aunque fuera un momento, basta para que un corazón de carne se aflija delante del Señor. El corazón de piedra llama nada a una gran iniquidad, pero no así el corazón de carne.

«Si a diestra o a siniestra me desvío,

en ese instante, Señor, repréndeme;

y déjame llorar toda mi vida

por haber contristado tu amor»

El corazón de carne es sensible a la voluntad de Dios. Mi señor Voluntad-propia es un gran fanfarrón, y es difícil someterlo a la voluntad de Dios; pero cuando se da el corazón de carne, la voluntad tiembla como hoja de álamo a cada soplo del cielo, y se inclina como un mimbre a cada brisa del Espíritu de Dios. La voluntad natural es hierro frío y duro, que no se deja forjar a martillazos; pero la voluntad renovada, como metal fundido, es pronto moldeada por la mano de la gracia. En el corazón de carne hay una ternura de los afectos. El corazón duro no ama al Redentor, pero el corazón renovado arde de afecto hacia él. El corazón duro es egoísta y exige fríamente: «¿Por qué he de llorar por el pecado? ¿Por qué he de amar al Señor?». Pero el corazón de carne dice: «Señor, tú sabes que te amo; ¡ayúdame a amarte más!». Muchos son los privilegios de este corazón renovado: «Aquí mora el Espíritu, aquí descansa Jesús». Está preparado para recibir toda bendición espiritual, y toda bendición viene a él. Está dispuesto a dar todo fruto celestial para honra y alabanza de Dios, y por eso el Señor se deleita en él. Un corazón tierno es la mejor defensa contra el pecado y la mejor preparación para el cielo. Un corazón renovado está en su atalaya esperando la venida del Señor Jesús. ¿Tienes tú este corazón de carne?

16 de agosto

«Nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu». (Romanos 8:23)

Se declara una posesión presente. En este momento tenemos las primicias del Espíritu. Tenemos el arrepentimiento, esa gema de primera agua; la fe, esa perla de valor incalculable; la esperanza, la esmeralda celestial; y el amor, el rubí glorioso. Ya hemos sido hechos «nuevas criaturas en Cristo Jesús» por la obra eficaz de Dios el Espíritu Santo. A esto se le llama primicias porque viene primero. Así como la gavilla mecida era lo primero de la cosecha, así la vida espiritual, y todas las gracias que adornan esa vida, son las primeras operaciones del Espíritu de Dios en nuestras almas. Las primicias eran la prenda de la cosecha. Tan pronto como el israelita había arrancado el primer puñado de espigas maduras, esperaba con alegre anticipación el tiempo en que la carreta crujiría bajo las gavillas. Así, hermanos, cuando Dios nos da cosas puras, amables y de buen nombre, como obra del Espíritu Santo, estas son para nosotros los presagios de la gloria venidera. Las primicias eran siempre santas al Señor, y nuestra nueva naturaleza, con todas sus facultades, es cosa consagrada. La nueva vida no es nuestra para que atribuyamos su excelencia a nuestro propio mérito; es imagen y creación de Cristo, y está destinada a su gloria. Pero las primicias no eran la cosecha, y las obras del Espíritu en nosotros en este momento no son la consumación: la perfección está aún por venir. No debemos jactarnos de haberlo alcanzado ya, y así tener la gavilla mecida por todo el producto del año: debemos tener hambre y sed de justicia, y anhelar el día de la plena redención. Querido lector, ensancha esta noche tu boca, y Dios la llenará. Que el don que ya posees despierte en ti una santa avaricia de más gracia. Gime dentro de ti por grados más altos de consagración, y tu Señor te los concederá, porque es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o aun pensamos.

17 de agosto

«Esta enfermedad no es para muerte». (Juan 11:4)

De las palabras de nuestro Señor aprendemos que la enfermedad tiene un límite. Aquí hay un «para» dentro del cual queda contenido su fin último, y más allá del cual no puede ir. Lázaro podría pasar por la muerte, pero la muerte no había de ser el desenlace final de su enfermedad. En toda enfermedad, el Señor dice a las olas del dolor: «Hasta aquí llegaréis, y no pasaréis adelante». Su propósito firme no es la destrucción, sino la instrucción de su pueblo. La sabiduría cuelga el termómetro en la boca del horno y regula el calor.

1. El límite es alentadoramente abarcador. El Dios de la providencia ha limitado el tiempo, la forma, la intensidad, la repetición y los efectos de todas nuestras enfermedades; cada punzada está decretada, cada hora de insomnio predestinada, cada recaída ordenada, cada abatimiento del espíritu conocido de antemano, y cada fruto santificador propuesto desde la eternidad. Nada, grande ni pequeño, escapa a la mano ordenadora de aquel que cuenta los cabellos de nuestra cabeza.

2. Este límite está sabiamente ajustado a nuestras fuerzas, al fin que se persigue y a la gracia asignada. La aflicción no viene al azar: el peso de cada golpe de la vara está medido con exactitud. El que no se equivocó al equilibrar las nubes y medir los cielos con su palmo no comete errores al dosificar los ingredientes que componen la medicina de las almas. No podemos sufrir demasiado ni ser aliviados demasiado tarde.

3. El límite está fijado con ternura. El bisturí del Cirujano celestial nunca corta más hondo de lo absolutamente necesario. «No aflige ni entristece de su corazón a los hijos de los hombres». El corazón de una madre clama: «Perdona a mi hijo»; pero ninguna madre es más compasiva que nuestro Dios lleno de gracia. Cuando consideramos cuán duros de boca somos, es una maravilla que no se nos guíe con un freno más áspero. Está llena de consuelo la idea de que aquel que ha fijado los límites de nuestra habitación ha fijado también los límites de nuestra tribulación.

18 de agosto

«Y le dieron a beber vino mezclado con mirra; mas él no lo tomó». (Marcos 15:23)

Una verdad de oro se encierra en el hecho de que el Salvador apartó de sus labios la copa de vino con mirra. En las alturas del cielo estaba el Hijo de Dios desde antiguo, y al mirar hacia abajo a nuestro globo midió el largo descenso hasta las profundidades extremas de la miseria humana; sumó el total de todas las agonías que la expiación requeriría, y no rebajó ni una jota. Determinó solemnemente que, para ofrecer un sacrificio expiatorio suficiente, debía recorrer todo el camino, desde lo más alto hasta lo más bajo, desde el trono de la más alta gloria hasta la cruz del más hondo dolor. Esta copa con mirra, con su efecto adormecedor, lo habría detenido a poca distancia del límite extremo de la miseria; por eso la rechazó. No quiso quedarse corto en nada de lo que se había comprometido a sufrir por su pueblo. ¡Ah, cuántos de nosotros hemos anhelado alivios para nuestra pena que nos habrían sido dañinos! Lector, ¿nunca has pedido verte libre de un servicio duro o de un sufrimiento con un afán caprichoso y obstinado? La providencia te ha quitado de un golpe el deseo de tus ojos. Di, cristiano: si se te hubiera dicho: «Si así lo deseas, ese ser amado vivirá, pero Dios será deshonrado», ¿habrías podido rechazar la tentación y decir: «Hágase tu voluntad»? ¡Oh, qué dulce es poder decir: «Señor mío, si por otras razones no necesito sufrir, pero si puedo honrarte más sufriendo, y si la pérdida de todo lo que tengo en la tierra te ha de traer gloria, entonces que así sea. Rehúso el consuelo, si se interpone en el camino de tu honra»! ¡Oh, que anduviéramos así más en las pisadas de nuestro Señor, soportando gozosamente la prueba por su causa, apartando pronta y voluntariamente el pensamiento del yo y de la comodidad cuando estorbe nuestro acabar la obra que él nos ha dado que hiciésemos! Se necesita mucha gracia, pero mucha gracia está provista.

19 de agosto

«Sácame de la red que han escondido para mí; porque tú eres mi fortaleza». (Salmo 31:4)

Nuestros enemigos espirituales son de la casta de la serpiente, y procuran atraparnos con astucia. La oración que tenemos delante supone la posibilidad de que el creyente sea atrapado como un pájaro. Tan diestramente hace su trabajo el cazador que los sencillos se ven pronto rodeados por la red. El texto pide que aun de las mallas de Satanás sea librado el cautivo; es una petición apropiada, y una que puede ser concedida: de entre las fauces del león y del vientre del infierno puede el amor eterno rescatar al santo. Puede hacer falta un tirón fuerte para salvar a un alma de la red de las tentaciones, y un tirón poderoso para librar a un hombre de los lazos de la astucia maliciosa, pero el Señor está a la altura de toda emergencia, y las redes del cazador más hábilmente tendidas nunca podrán retener a sus escogidos. ¡Ay de los que son tan hábiles en tender redes! Los que tientan a otros serán ellos mismos destruidos.

«Porque tú eres mi fortaleza». ¡Qué dulzura inexpresable se halla en estas pocas palabras! ¡Con qué gozo podemos afrontar los trabajos, y con qué alegría podemos soportar los sufrimientos, cuando podemos asirnos de la fuerza celestial! El poder divino desgarrará todas las redes de nuestros enemigos, confundirá sus intrigas y frustrará sus tretas villanas; dichoso el hombre que tiene de su lado un poder tan incomparable. Nuestra propia fuerza serviría de poco cuando estamos enredados en las redes de la astucia ruin, pero la fuerza del Señor está siempre disponible; no tenemos más que invocarla, y la hallaremos muy cerca. Si por la fe dependemos solamente de la fuerza del Dios fuerte de Israel, podemos usar nuestra santa confianza como argumento en la súplica.

«Señor, tu rostro buscamos sin cesar:

tentados somos, pobres y sin vigor;

guárdanos con corazón humilde y manso.

No nos dejes caer. No nos dejes caer».

20 de agosto

«Y repararon Jerusalén hasta el muro ancho». (Nehemías 3:8)

Las ciudades bien fortificadas tienen muros anchos, y así los tenía Jerusalén en su gloria. La Nueva Jerusalén debe, de igual modo, estar rodeada y preservada por un muro ancho de no conformidad con el mundo y de separación de sus costumbres y de su espíritu. La tendencia de estos días es derribar la santa barrera y hacer que la distinción entre la iglesia y el mundo sea meramente nominal. Los que profesan la fe ya no son estrictos ni puritanos, se lee por todas partes literatura dudosa, se consienten habitualmente pasatiempos frívolos, y una relajación general amenaza con despojar al pueblo propio del Señor de aquellas sagradas singularidades que lo separan de los pecadores. Será un mal día para la iglesia y para el mundo cuando la fusión propuesta se haya completado, y los hijos de Dios y las hijas de los hombres sean uno solo: entonces se dará paso a otro diluvio de ira. Amado lector, sea tu meta, en el corazón, en la palabra, en el vestir y en la acción, mantener el muro ancho, recordando que la amistad del mundo es enemistad con Dios.

El muro ancho ofrecía a los habitantes de Jerusalén un agradable lugar de paseo, desde el cual podían dominar las vistas de la campiña circundante. Esto nos recuerda los mandamientos del Señor, anchos sobremanera, en los cuales andamos en libertad en comunión con Jesús, contemplando desde lo alto los escenarios de la tierra y mirando hacia las glorias del cielo. Separados del mundo, y renunciando a toda impiedad y a los deseos de la carne, no estamos sin embargo en prisión, ni encerrados en límites estrechos; antes bien, andamos en libertad, porque guardamos sus preceptos. Ven, lector, anda esta noche con Dios en sus estatutos. Así como un amigo se encontraba con otro sobre el muro de la ciudad, así encuéntrate tú con tu Dios en el camino de la santa oración y meditación. Tienes derecho a recorrer los baluartes de la salvación, porque eres ciudadano libre de la villa real, ciudadano de la metrópoli del universo.

21 de agosto

«No dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis». (Isaías 45:19)

Podemos obtener mucho consuelo considerando lo que Dios no ha dicho. Lo que él ha dicho está inexpresablemente lleno de consuelo y deleite; lo que no ha dicho apenas es menos rico en consolación. Fue uno de estos «no dijo» lo que preservó el reino de Israel en los días de Jeroboam hijo de Joás, pues «el Señor no dijo que raería el nombre de Israel de debajo del cielo». 2 Reyes 14:27. En nuestro texto tenemos la seguridad de que Dios responderá a la oración, porque «no dijo a la descendencia de Israel: En vano me buscáis». Tú, que escribes contra ti mismo amarguras, deberías recordar que, digan lo que digan tus dudas y temores, si Dios no te ha cortado de la misericordia, no hay lugar para la desesperación: aun la voz de la conciencia tiene poco peso si no está respaldada por la voz de Dios. ¡Tiembla ante lo que Dios ha dicho! Pero no permitas que tus vanas imaginaciones te abrumen de abatimiento y de pecaminosa desesperación. Muchas personas tímidas se han visto atormentadas por la sospecha de que puede haber algo en el decreto de Dios que las excluya de la esperanza; pero he aquí una refutación completa de ese temor inquietante, porque ningún verdadero buscador puede estar destinado a la ira. «No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije», ni aun en lo secreto de mi decreto inescrutable, «En vano me buscáis». Dios ha revelado claramente que oirá la oración de los que lo invocan, y esa declaración no puede ser contradicha. Ha hablado tan firme, tan verazmente, tan justamente, que no puede haber lugar para la duda. No revela su mente en palabras ininteligibles, sino que habla clara y positivamente: «Pedid, y recibiréis». Cree, oh tembloroso, esta verdad segura: que la oración debe ser oída y lo será, y que nunca, ni aun en los secretos de la eternidad, ha dicho el Señor a ningún alma viviente: «En vano me buscáis».

22 de agosto

«Las inescrutables riquezas de Cristo». (Efesios 3:8)

Mi Maestro tiene riquezas que superan el cálculo de la aritmética, la medida de la razón, el sueño de la imaginación o la elocuencia de las palabras. ¡Son inescrutables! Puedes mirar, y estudiar, y sopesar, pero Jesús es un Salvador mayor de lo que piensas que es, aun cuando tus pensamientos alcanzan su máxima altura. Mi Señor está más dispuesto a perdonar que tú a pecar, más capacitado para perdonar que tú para transgredir. Mi Maestro está más dispuesto a suplir tus necesidades que tú a confesarlas. Nunca toleres pensamientos pobres acerca de mi Señor Jesús. Cuando pongas la corona sobre su cabeza, no harás sino coronarlo de plata cuando merece oro. Mi Maestro tiene riquezas de felicidad que darte ahora. Puede hacerte descansar en lugares de delicados pastos y conducirte junto a aguas de reposo. No hay música como la música de su flauta, cuando él es el Pastor y tú la oveja, y te recuestas a sus pies. No hay amor como el suyo; ni la tierra ni el cielo pueden igualarlo. Conocer a Cristo y ser hallado en él: ¡oh, esto es vida, esto es gozo, esto es meollo y grosura, vino añejo bien refinado! Mi Maestro no trata a sus siervos con mezquindad; les da como un rey da a otro rey; les da dos cielos: un cielo abajo, sirviéndole aquí, y un cielo arriba, deleitándose en él para siempre. Sus inescrutables riquezas se conocerán mejor en la eternidad. En el camino al cielo te dará todo lo que necesites; fortalezas de rocas serán tu refugio, se te dará tu pan y tus aguas serán seguras; pero es allá, allá, donde oirás el canto de los que triunfan, el clamor de los que festejan, y tendrás una visión cara a cara del glorioso y amado Señor. ¡Las inescrutables riquezas de Cristo! Esta es la melodía para los trovadores de la tierra y el cántico para los arpistas del cielo. Señor, enséñanos más y más de Jesús, y nosotros proclamaremos las buenas nuevas a otros.

23 de agosto

«Que habite Cristo por la fe en vuestros corazones». (Efesios 3:17)

Es deseable sobremanera que nosotros, como creyentes, tengamos la persona de Jesús constantemente delante, para inflamar nuestro amor hacia él y aumentar nuestro conocimiento de él. Quisiera Dios que todos mis lectores estuvieran inscritos como alumnos diligentes en el colegio de Jesús, estudiantes de Corpus Christi, o sea, del cuerpo de Cristo, resueltos a alcanzar un buen grado en la ciencia de la cruz. Pero para tener a Jesús siempre cerca, el corazón debe estar lleno de él, rebosante de su amor hasta desbordarse; por eso el apóstol ora «para que Cristo habite en vuestros corazones». ¡Mira cuán cerca quiere que esté Jesús! No puedes tener un objeto más cerca de ti que en el corazón mismo. «Que habite»: no que te visite de vez en cuando, como un visitante ocasional entra en una casa y se queda una noche, sino que habite; que Jesús llegue a ser el Señor y Morador de lo más íntimo de tu ser, para nunca más salir.

Observa las palabras: que habite en tu corazón, la mejor habitación de la casa del hombre; no solo en tus pensamientos, sino en tus afectos; no meramente en las meditaciones de la mente, sino en las emociones del corazón. Debemos anhelar un amor a Cristo del carácter más permanente, no un amor que se enciende en llamarada y luego se apaga en la oscuridad de unas pocas brasas, sino una llama constante, alimentada con combustible sagrado, como el fuego del altar, que nunca se apagaba. Esto no puede lograrse sino por la fe. La fe debe ser fuerte, o el amor no será ferviente; la raíz de la flor debe estar sana, o no podemos esperar que la flor sea fragante. La fe es la raíz del lirio, y el amor es la flor del lirio. Ahora bien, lector, Jesús no puede estar en el amor de tu corazón a menos que te asgas firmemente de él por la fe de tu corazón; y, por tanto, ora para que siempre confíes en Cristo, a fin de que siempre lo ames. Si el amor está frío, ten por seguro que la fe está decaída.

24 de agosto

«Si se prende fuego, y alcanza las espinas, y quema las gavillas amontonadas, o el trigo en pie, o el campo, el que encendió el fuego pagará ciertamente lo quemado». (Éxodo 22:6)

Pero ¿qué restitución puede hacer el que esparce los tizones del error o las brasas de la lascivia, y prende en las almas de los hombres el fuego del infierno? La culpa es incalculable, y el resultado irreparable. Si un ofensor así es perdonado, ¡qué dolor le causará mirar atrás, puesto que no puede deshacer el daño que ha hecho! Un mal ejemplo puede encender una llama que años de conducta enmendada no logran apagar. Quemar el alimento del hombre ya es bastante malo, ¡pero cuánto peor es destruir el alma! Puede sernos útil reflexionar hasta qué punto hemos sido culpables en el pasado, e indagar si, aun en el presente, no habrá en nosotros algún mal que tienda a causar daño a las almas de nuestros parientes, amigos o vecinos.

El fuego de la contienda es un mal terrible cuando estalla en una iglesia cristiana. Donde los convertidos se multiplicaban y Dios era glorificado, los celos y la envidia hacen con suma eficacia la obra del diablo. Donde se estaba recogiendo el grano dorado, como premio al trabajo del gran Booz, entra el fuego de la enemistad y deja poco más que humo y un montón de negrura. ¡Ay de aquellos por quienes vienen los escándalos! Que nunca vengan por medio de nosotros, porque aunque no podamos hacer restitución, ciertamente seremos los que más sufran si somos los principales ofensores. Los que alimentan el fuego merecen justa censura, pero el que primero lo enciende es el más culpable. La discordia suele prender primero en las espinas; se cría entre los hipócritas y los falsos profesantes de la iglesia, y de allí se extiende entre los justos, avivada por los vientos del infierno, y nadie sabe dónde acabará. Oh tú, Señor y dador de la paz, haznos pacificadores, y nunca permitas que ayudemos ni secundemos a los hombres de contienda, ni que causemos, aun sin querer, la menor división entre tu pueblo.

25 de agosto

«Si crees de todo corazón, bien puedes». (Hechos 8:37)

Estas palabras pueden responder a tus escrúpulos, piadoso lector, acerca de las ordenanzas. Quizá dices: «Tendría miedo de bautizarme; es algo tan solemne declarar que estoy muerto con Cristo y sepultado con él. No me sentiría con libertad de acercarme a la mesa del Maestro; tendría miedo de comer y beber juicio para mí, no discerniendo el cuerpo del Señor». ¡Ah, pobre tembloroso! Jesús te ha dado libertad; no tengas miedo. Si un extraño viniera a tu casa, se quedaría a la puerta o esperaría en el vestíbulo; no soñaría con entrar sin ser invitado en tu sala: no está en su casa. Pero tu hijo se mueve con toda libertad por la casa; y así sucede con el hijo de Dios. Un extraño no puede entrar donde un hijo sí puede aventurarse. Cuando el Espíritu Santo te ha hecho sentir el espíritu de adopción, puedes acercarte sin temor a las ordenanzas cristianas. La misma regla vale para los privilegios interiores del cristiano. Piensas, pobre buscador, que no se te permite alegrarte con gozo inefable y glorioso; si se te permite entrar por la puerta de Cristo, o sentarte en el extremo más bajo de su mesa, quedarás bien contento. ¡Ah, pero no tendrás menos privilegios que el más grande de todos! Dios no hace diferencia en su amor a sus hijos. Un hijo es un hijo para él; no lo hará un jornalero, sino que comerá del becerro grueso y tendrá la música y la danza, como si nunca se hubiera extraviado. Cuando Jesús entra en el corazón, da un permiso general para gozarse en el Señor. En la corte del Rey Jesús no se llevan cadenas. Nuestra admisión a todos los privilegios puede ser gradual, pero es segura. Quizá nuestro lector esté diciendo: «Ojalá pudiera gozar de las promesas y andar en libertad en los mandamientos de mi Señor». «Si crees de todo corazón, bien puedes». Suéltate de las ataduras de tu cuello, oh cautiva hija, porque Jesús te hace libre.

26 de agosto

«Y toda la gente, al verlo, se asombró en gran manera, y corriendo a él, lo saludaron». (Marcos 9:15)

¡Qué grande es la diferencia entre Moisés y Jesús! Cuando el profeta de Horeb había estado cuarenta días en el monte, experimentó una especie de transfiguración, de modo que su rostro resplandecía con un brillo extraordinario, y se puso un velo sobre el rostro, porque el pueblo no podía soportar mirar su gloria. No así nuestro Salvador. Él había sido transfigurado con una gloria mayor que la de Moisés, y sin embargo no está escrito que el pueblo quedara cegado por el resplandor de su rostro, sino más bien que se asombraron, y corriendo a él lo saludaron. La gloria de la ley repele, pero la gloria mayor de Jesús atrae. Aunque Jesús es santo y justo, con su pureza se mezcla tanta verdad y gracia que los pecadores corren a él asombrados de su bondad, cautivados por su amor; lo saludan, se hacen sus discípulos y lo toman por su Señor y Maestro. Lector, puede que justo ahora estés cegado por el deslumbrante resplandor de la ley de Dios. Sientes sus exigencias en tu conciencia, pero no puedes guardarla en tu vida. No es que halles falta en la ley; al contrario, merece tu más profunda estima; sin embargo, no te sientes atraído por ella hacia Dios en modo alguno; más bien se te endurece el corazón y te vas acercando a la desesperación. ¡Ah, pobre corazón! Aparta tus ojos de Moisés, con todo su esplendor que repele, y mira a Jesús, resplandeciente con glorias más suaves. ¡Contempla sus heridas que manan y su cabeza coronada de espinas! Él es el Hijo de Dios, y en esto es mayor que Moisés; pero es el Señor del amor, y en esto es más tierno que el legislador. Llevó la ira de Dios, y en su muerte reveló más de la justicia de Dios que el Sinaí en llamas; pero esa justicia está ahora vindicada, y de aquí en adelante es la guardiana de los que creen en Jesús. Mira, pecador, al Salvador que sangra, y al sentir la atracción de su amor, vuela a sus brazos, y serás salvo.

27 de agosto

«En tu mano encomiendo mi espíritu; tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad». (Salmo 31:5)

Estas palabras han sido usadas a menudo por hombres santos en la hora de su partida. Podemos considerarlas con provecho esta noche. El objeto de la solicitud del hombre fiel en la vida y en la muerte no es su cuerpo ni su hacienda, sino su espíritu; este es su tesoro escogido: si este está a salvo, todo está bien. ¿Qué es este estado mortal comparado con el alma? El creyente encomienda su alma a la mano de su Dios; de él vino, suya es, él la ha sostenido hasta aquí, es poderoso para guardarla, y es muy justo que la reciba. Todas las cosas están seguras en las manos del Señor; lo que confiamos al Señor estará a salvo, tanto ahora como en aquel día de los días hacia el cual nos apresuramos. Reposar bajo el cuidado del cielo es vivir en paz y morir en gloria. En todo tiempo debemos encomendar todo lo que tenemos a la mano fiel de Jesús; entonces, aunque la vida penda de un hilo y las adversidades se multipliquen como la arena del mar, nuestra alma habitará tranquila y se deleitará en apacibles lugares de reposo.

«Tú me has redimido, oh Señor, Dios de verdad». La redención es una base sólida para la confianza. David no había conocido el Calvario como nosotros, pero la redención temporal lo alentaba; ¿y no nos consolará aún más dulcemente la redención eterna? Las liberaciones pasadas son argumentos fuertes para pedir ayuda presente. Lo que el Señor ha hecho, lo volverá a hacer, porque él no cambia. Es fiel a sus promesas y misericordioso con sus santos; no se apartará de su pueblo.

«Aunque me mates, en ti confiaré,

aun desde el polvo te alabaré;

probaré, y contaré al probar,

tu amor que no se puede expresar.

Podrás castigarme y corregir,

mas nunca me podrás desatender;

pagado ya el precio del rescate,

en tu amor mi esperanza ha de descansar».

28 de agosto

«Canta, oh estéril». (Isaías 54:1)

Aunque hemos dado algún fruto para Cristo, y tenemos la gozosa esperanza de ser «plantío que su propia diestra plantó», hay momentos en que nos sentimos muy estériles. La oración no tiene vida, el amor está frío, la fe es débil, cada gracia en el jardín de nuestro corazón languidece y se marchita. Somos como flores bajo el sol ardiente, que necesitan el chaparrón refrescante. En tal condición, ¿qué hemos de hacer? El texto se nos dirige precisamente en ese estado. «Canta, oh estéril, levanta canción y da voces de júbilo». Pero ¿de qué puedo cantar? No puedo hablar del presente, y aun el pasado parece lleno de esterilidad. ¡Ah, puedo cantar de Jesucristo! Puedo hablar de las visitas que el Redentor me ha hecho en otro tiempo; o si no de estas, puedo engrandecer el gran amor con que amó a su pueblo cuando vino de las alturas del cielo para su redención. Iré otra vez a la cruz. Ven, alma mía; una vez estabas trabajada y cargada, y allí perdiste tu carga. Ve otra vez al Calvario. Quizá esa misma cruz que te dio vida te dé fecundidad. ¿Qué es mi esterilidad? Es la plataforma para su poder creador de fruto. ¿Qué es mi desolación? Es el engaste negro para el zafiro de su amor eterno. Iré en pobreza, iré en impotencia, iré con toda mi vergüenza y mis rebeldías; le diré que todavía soy su hijo, y confiando en su corazón fiel, aun yo, el estéril, cantaré y daré voces de júbilo.

Canta, creyente, porque eso alegrará tu propio corazón y el corazón de otros desolados. Sigue cantando, porque ahora que de veras te avergüenzas de ser estéril, pronto serás fecundo; ahora que Dios te hace aborrecer estar sin fruto, pronto te cubrirá de racimos. La experiencia de nuestra esterilidad es dolorosa, pero las visitas del Señor son deliciosas. El sentimiento de nuestra propia pobreza nos lleva a Cristo, y allí es donde necesitamos estar, porque en él se halla nuestro fruto.

29 de agosto

«Todo el tiempo de su nazareato no comerá nada de lo que se hace de la vid, desde los granillos hasta el hollejo». (Números 6:4)

Los nazareos habían hecho, entre otros votos, uno que les prohibía el uso del vino. Para que no violaran la obligación, se les prohibía beber vinagre de vino o bebidas fuertes, y para hacer la regla aún más clara, no debían tocar el jugo de uva sin fermentar, ni siquiera comer el fruto, fresco o seco. Para asegurar del todo la integridad del voto, ni siquiera se les permitía nada que tuviera que ver con la vid; en suma, debían evitar toda apariencia de mal. Sin duda esto es una lección para los separados del Señor, que les enseña a apartarse del pecado en todas sus formas, a evitar no solo sus aspectos más groseros, sino aun su espíritu y su semejanza. El andar estricto es muy despreciado en estos días, pero ten por seguro, querido lector, que es a la vez el más seguro y el más feliz. El que cede un punto o dos al mundo está en peligro espantoso; el que come las uvas de Sodoma pronto beberá el vino de Gomorra. Una pequeña grieta en el dique de Holanda deja entrar el mar, y la brecha se agranda rápidamente hasta que se inunda una provincia. La conformidad con el mundo, en cualquier grado, es un lazo para el alma, y la hace cada vez más propensa a los pecados de soberbia. Además, así como el nazareo que bebía jugo de uva no podía estar del todo seguro de que no hubiera sufrido cierto grado de fermentación, y por tanto no podía tener el corazón tranquilo de que su voto estuviera intacto, así el cristiano condescendiente y contemporizador no puede tener una conciencia sin remordimiento, sino que ha de sentir que su monitor interior duda de él. De las cosas dudosas no necesitamos dudar: para nosotros son malas. Con las cosas tentadoras no debemos jugar, sino huir de ellas a toda prisa. Más vale que se burlen de uno llamándolo puritano que ser despreciado como hipócrita. El andar cuidadoso puede implicar mucha abnegación, pero tiene sus propios placeres, que son más que suficiente recompensa.

30 de agosto

(Jeremías 17:14)

«He visto sus caminos, y lo sanaré». (Isaías 57:18)

Es prerrogativa exclusiva de Dios quitar la enfermedad espiritual. La enfermedad natural puede ser sanada por medio de los hombres como instrumentos, pero aun entonces la honra ha de darse a Dios, que da virtud a la medicina y concede al cuerpo humano poder para vencer la enfermedad. En cuanto a las dolencias espirituales, estas quedan solo en manos del gran Médico; él lo reclama como su prerrogativa: «Yo hago morir, y yo hago vivir; yo hiero, y yo sano»; y uno de los títulos escogidos del Señor es Jehová-Rafa, el Señor que te sana. «Te sanaré de tus heridas» es una promesa que no podría salir de labios de hombre, sino solo de la boca del Dios eterno. Por esto clamaba el salmista al Señor: «Sáname, oh Señor, porque mis huesos se estremecen», y otra vez: «Sana mi alma, porque contra ti he pecado». Por esto también los piadosos alaban el nombre del Señor, diciendo: «Él sana todas nuestras dolencias». El que hizo al hombre puede restaurar al hombre; el que fue al principio el creador de nuestra naturaleza puede crearla de nuevo. ¡Qué consuelo tan sublime es que en la persona de Jesús «habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente»! Alma mía, cualquiera que sea tu enfermedad, este gran Médico puede sanarte. Si él es Dios, no puede haber límite a su poder. Ven, pues, con el ojo ciego del entendimiento entenebrecido, ven con el pie cojo de la energía gastada, ven con la mano manca de la fe débil, con la fiebre de un genio airado o el escalofrío del abatimiento tembloroso; ven tal como estás, porque el que es Dios ciertamente puede librarte de tu plaga. Nadie detendrá la virtud sanadora que procede de Jesús nuestro Señor. Legiones de demonios han tenido que reconocer el poder del Médico amado, y ni una sola vez ha sido burlado. Todos sus pacientes han sido curados en el pasado y lo serán en el futuro, y tú serás uno de ellos, amigo mío, si tan solo descansas en él esta noche.

31 de agosto

«Si andamos en luz, como él está en luz». (1 Juan 1:7)

¡Como él está en luz! ¿Podremos alguna vez alcanzar esto? ¿Seremos alguna vez capaces de andar tan claramente en la luz como aquel a quien llamamos «Padre nuestro», de quien está escrito: «Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas»? Ciertamente este es el modelo que se nos pone delante, pues el Salvador mismo dijo: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto»; y aunque sintamos que nunca podremos igualar la perfección de Dios, debemos buscarla, y nunca quedar satisfechos hasta alcanzarla. El joven artista, al tomar su primer lápiz, apenas puede esperar igualar a Rafael o a Miguel Ángel; pero aun así, si no tuviera ante su mente un noble ideal de belleza, solo llegaría a algo muy pobre y vulgar. Pero ¿qué se quiere decir con la expresión de que el cristiano ha de andar en luz como Dios está en luz? Entendemos que significa semejanza, pero no grado. Estamos tan verdaderamente en la luz, tan de corazón en la luz, tan sinceramente en la luz, tan honradamente en la luz, aunque no podamos estar en ella en la misma medida. Yo no puedo habitar en el sol, es un lugar demasiado brillante para mi residencia, pero puedo andar a la luz del sol; y así, aunque no puedo alcanzar aquella perfección de pureza y verdad que pertenece por naturaleza al Señor de los ejércitos como el infinitamente bueno, sí puedo poner al Señor siempre delante de mí, y esforzarme, con la ayuda del Espíritu que mora en mí, por conformarme a su imagen. Aquel famoso comentarista antiguo, John Trapp, dice: «Podemos estar en la luz como Dios está en la luz en cuanto a la calidad, pero no en cuanto a la igualdad». Hemos de tener la misma luz, y tenerla y andar en ella tan verdaderamente como Dios, aunque la igualdad con Dios en su santidad y pureza debe quedar para cuando crucemos el Jordán y entremos en la perfección del Altísimo. Observa que las bendiciones de la sagrada comunión y de la purificación perfecta están ligadas al andar en la luz.

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