Capítulo 7 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha
Julio
1 de julio
«La voz del Señor Dios que se paseaba en el huerto al aire del día». (Génesis 3:8)
Alma mía, ahora que ha llegado el aire fresco del día, retírate un rato y escucha la voz de tu Dios. Él está siempre dispuesto a hablar contigo cuando tú estás preparada para oír. Si hay alguna tardanza en la comunión, no es por su parte, sino enteramente por la tuya, porque él está a la puerta y llama, y con solo que su pueblo abra, él se goza en entrar. Pero ¿en qué estado está mi corazón, que es el huerto de mi Señor? ¿Puedo atreverme a esperar que esté bien podado y regado, y que esté dando fruto digno de él? Si no, él tendrá mucho que reprender; pero aun así le ruego que venga a mí, porque nada puede poner mi corazón en buen estado con tanta seguridad como la presencia del Sol de justicia, que trae salud en sus alas. Ven, pues, oh Señor, Dios mío; mi alma te invita con fervor y te espera con anhelo. ¡Ven a mí, oh Jesús, mi muy amado, y planta flores nuevas en mi huerto, como las que veo florecer con tanta perfección en tu carácter sin igual! ¡Ven, oh Padre mío, que eres el Labrador, y trátame con tu ternura y tu prudencia! ¡Ven, oh Espíritu Santo, y empapa de rocío toda mi naturaleza, como ahora las hierbas se humedecen con el rocío de la tarde! ¡Oh, si Dios me hablara! ¡Habla, Señor, que tu siervo oye! ¡Oh, si anduviera conmigo! Estoy dispuesto a entregarle todo mi corazón y mi mente, y todo otro pensamiento se acalla. Solo pido lo que él se deleita en dar. Estoy seguro de que se dignará tener comunión conmigo, porque me ha dado su Santo Espíritu para que permanezca conmigo para siempre. Dulce es el fresco crepúsculo, cuando cada estrella parece un ojo del cielo y el viento fresco es como el aliento del amor celestial. Padre mío, mi Hermano mayor, mi dulce Consolador, habla ahora con misericordia, porque tú me has abierto el oído y no he sido rebelde.
2 de julio
«A ti clamaré, oh Señor, Roca mía; no guardes silencio conmigo, no sea que, si guardas silencio conmigo, sea yo semejante a los que descienden al sepulcro». (Salmo 28:1)
El clamor es la expresión natural del dolor, y una manera adecuada de expresarse cuando nos fallan todos los demás modos de súplica; pero el clamor ha de dirigirse solamente al Señor, porque clamar al hombre es malgastar nuestros ruegos en el aire. Cuando consideramos lo dispuesto que está el Señor a oír y su capacidad para socorrer, veremos buena razón para dirigir enseguida todas nuestras súplicas al Dios de nuestra salvación. En vano se llamará a las peñas en el día del juicio, pero nuestra Roca atiende a nuestro clamor.
«No guardes silencio conmigo». Los meros formalistas pueden darse por satisfechos sin respuestas a sus oraciones, pero los suplicantes genuinos no; no se conforman con los efectos de la oración misma en calmar la mente y someter la voluntad: tienen que ir más allá y obtener respuestas reales del cielo, o no pueden descansar; y anhelan recibir esas respuestas enseguida: temen aun un poco del silencio de Dios. La voz de Dios es a menudo tan terrible que hace temblar el desierto; pero su silencio es igualmente sobrecogedor para un suplicante ansioso. Cuando Dios parece cerrar su oído, no por eso hemos de cerrar nosotros la boca, sino clamar con más fervor; porque cuando nuestra voz se vuelve aguda de ansia y de dolor, él no nos negará por mucho tiempo su atención. ¡En qué caso tan terrible estaríamos si el Señor guardara silencio para siempre ante nuestras oraciones! «No sea que, si guardas silencio conmigo, sea yo semejante a los que descienden al sepulcro». Privados del Dios que responde a la oración, estaríamos en una situación más lamentable que los muertos en la tumba, y pronto descenderíamos al mismo nivel que los perdidos en el infierno. Tenemos que recibir respuesta a la oración: el nuestro es un caso urgente de extrema necesidad; sin duda el Señor hablará paz a nuestras mentes agitadas, porque jamás podrá hallar en su corazón el permitir que perezcan sus propios escogidos.
3 de julio
«Si sufrimos, también reinaremos con él». (2 Timoteo 2:12)
No debemos imaginar que sufrimos por Cristo y con Cristo si no estamos en Cristo. Querido amigo, ¿confías solo en Jesús? Si no es así, sea lo que sea lo que tengas que lamentar en la tierra, no estás «sufriendo con Cristo» y no tienes esperanza de reinar con él en el cielo. Tampoco hemos de concluir que todos los sufrimientos de un cristiano son sufrimientos con Cristo, porque es esencial que sea llamado por Dios a sufrir. Si somos temerarios e imprudentes y nos metemos en situaciones para las que ni la providencia ni la gracia nos han preparado, deberíamos preguntarnos si no estamos más bien pecando que teniendo comunión con Jesús. Si dejamos que la pasión ocupe el lugar del juicio, y que la propia voluntad reine en lugar de la autoridad de la Escritura, pelearemos las batallas del Señor con las armas del diablo, y si nos cortamos los dedos no debemos sorprendernos. Además, en las aflicciones que nos sobrevienen como consecuencia del pecado, no debemos soñar que sufrimos con Cristo. Cuando María habló mal de Moisés y la lepra la contaminó, no estaba sufriendo por Dios. Además, el sufrimiento que Dios acepta ha de tener la gloria de Dios como su fin. Si sufro para ganarme un nombre o conquistar aplausos, no obtendré otra recompensa que la del fariseo. Se requiere también que el amor a Jesús y el amor a sus escogidos sean siempre el resorte principal de toda nuestra paciencia. Debemos manifestar el Espíritu de Cristo en mansedumbre, benignidad y perdón. Escudriñemos y veamos si de veras sufrimos con Jesús. Y si así sufrimos, ¿qué es nuestra «leve tribulación» comparada con reinar con él? ¡Oh, es tan bienaventurado estar en el horno con Cristo, y tan grande honra estar en la picota con él, que aunque no hubiera recompensa futura podríamos tenernos por dichosos en la honra presente; pero siendo la recompensa tan eterna, tan infinitamente mayor de lo que teníamos derecho a esperar, ¿no tomaremos la cruz con presteza y seguiremos nuestro camino gozosos?
4 de julio
«El limpio de manos, y puro de corazón; el que no ha elevado su alma a la vanidad, ni jurado con engaño». (Salmo 24:4)
La santidad práctica exterior es una señal muy preciosa de la gracia. Es de temer que muchos que profesan la fe han pervertido la doctrina de la justificación por la fe de tal modo que tratan las buenas obras con desprecio; si es así, recibirán desprecio eterno en el último gran día. Si nuestras manos no están limpias, lavémoslas en la preciosa sangre de Jesús, y alcemos así a Dios manos puras. Pero «el limpio de manos» no bastará si no va unido a «puro de corazón». La verdadera religión es obra del corazón. Podemos lavar lo de fuera del vaso y del plato tanto como queramos, pero si lo de dentro está sucio, estamos sucios del todo a los ojos de Dios, porque nuestro corazón es más verdaderamente nosotros mismos que nuestras manos; la vida misma de nuestro ser está en la naturaleza interior, y de ahí la necesidad imperiosa de pureza interior. Los de limpio corazón verán a Dios; todos los demás no son más que murciélagos ciegos.
El hombre nacido para el cielo «no ha elevado su alma a la vanidad». Todos los hombres tienen sus gozos, por los cuales se elevan sus almas; el mundano eleva su alma en los deleites carnales, que no son más que vanidades vacías; pero el santo ama cosas más sustanciales; como Josafat, se anima su corazón en los caminos del Señor. El que se contenta con algarrobas será contado con los cerdos. ¿Te satisface el mundo? Entonces ya tienes tu recompensa y tu porción en esta vida; aprovéchala bien, porque no conocerás otro gozo.
«Ni jurado con engaño». Los santos siguen siendo hombres de honor. La palabra del cristiano es su único juramento, pero vale tanto como veinte juramentos de otros hombres. El hablar falso dejará fuera del cielo a cualquier hombre, porque el mentiroso no entrará en la casa de Dios, sean cuales sean sus profesiones o sus obras. Lector, ¿te condena el texto que tenemos delante, o esperas subir al monte del Señor?
5 de julio
«Confiad en el Señor perpetuamente, porque en el Señor Dios está la fortaleza de los siglos». (Isaías 26:4)
Puesto que tenemos un Dios así en quien confiar, apoyémonos en él con todo nuestro peso; echemos fuera resueltamente toda incredulidad y procuremos librarnos de las dudas y los temores que tanto estropean nuestro consuelo, ya que no hay excusa para el temor cuando Dios es el fundamento de nuestra confianza. Un padre amoroso se afligiría profundamente si su hijo no pudiera confiar en él; ¡y qué poco generosa, qué poco bondadosa es nuestra conducta cuando ponemos tan poca confianza en nuestro Padre celestial, que nunca nos ha fallado ni nos fallará jamás! Bien estaría que la duda fuera desterrada de la casa de Dios; pero es de temer que el viejo Incredulidad sea hoy tan ágil como cuando el salmista preguntaba: «¿Se ha acabado para siempre su misericordia? ¿No volverá más a sernos propicio?». David no había probado muy largamente la poderosa espada del gigante Goliat, y sin embargo dijo: «Ninguna como ella». La había probado una vez, en la hora de su victoria juvenil, y había demostrado ser del buen metal, y por eso la alabó para siempre; del mismo modo deberíamos hablar bien de nuestro Dios: no hay nadie semejante a él arriba en los cielos ni abajo en la tierra. «¿A qué, pues, me haréis semejante, o seré igualado? dice el Santo». No hay roca como la roca de Jacob, y nuestros mismos enemigos son jueces de ello. Lejos de consentir que las dudas vivan en nuestro corazón, tomaremos a toda esa detestable cuadrilla, como hizo Elías con los profetas de Baal, y la degollaremos junto al arroyo; y como corriente donde matarlas escogeremos el sagrado torrente que mana del costado herido de nuestro Salvador. Hemos pasado por muchas pruebas, pero nunca hemos sido arrojados a un lugar donde no pudiéramos hallar en nuestro Dios todo lo que necesitábamos. Animémonos, pues, a confiar en el Señor perpetuamente, seguros de que su fortaleza eterna será, como lo ha sido, nuestro socorro y nuestro sostén.
6 de julio
«¿Cuántas son mis iniquidades y pecados?». (Job 13:23)
¿Has pesado y considerado alguna vez de verdad cuán grande es el pecado del pueblo de Dios? Piensa cuán atroz es tu propia transgresión, y hallarás que no solo un pecado aquí y otro allá se alza como un pico de los Alpes, sino que tus iniquidades están amontonadas unas sobre otras, como en la vieja fábula de los gigantes que pusieron el Pelión sobre el Osa, montaña sobre montaña. ¡Qué cúmulo de pecado hay en la vida de uno de los hijos de Dios más santificados! Intenta multiplicar esto, el pecado de uno solo, por la multitud de los redimidos, «una gran compañía, la cual ninguno podía contar», y tendrás alguna idea de la gran masa de la culpa del pueblo por el que Jesús derramó su sangre. Pero llegamos a una idea más adecuada de la magnitud del pecado por la grandeza del remedio provisto. Es la sangre de Jesucristo, el Hijo único y muy amado de Dios. ¡El Hijo de Dios! ¡Los ángeles echan sus coronas delante de él! Todas las sinfonías corales del cielo rodean su trono glorioso. «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos. Amén». Y, sin embargo, toma sobre sí forma de siervo, y es azotado y traspasado, molido y desgarrado, y al fin muerto, porque nada sino la sangre del Hijo de Dios encarnado podía hacer expiación por nuestras ofensas. Ninguna mente humana puede estimar adecuadamente el valor infinito del sacrificio divino, porque, por grande que sea el pecado del pueblo de Dios, la expiación que lo quita es inconmensurablemente mayor. Por tanto, el creyente, aun cuando el pecado avance como una inundación negra y el recuerdo del pasado sea amargo, puede todavía estar en pie ante el trono resplandeciente del Dios grande y santo, y clamar: «¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó». Mientras el recuerdo de su pecado lo llena de vergüenza y de tristeza, a la vez lo convierte en el fondo oscuro que hace resaltar el brillo de la misericordia: la culpa es la noche oscura en la que la hermosa estrella del amor divino brilla con sereno esplendor.
7 de julio
«Cuando pasé junto a ti, te dije: Vive». (Ezequiel 16:6)
Tú, que has sido salvado, considera con gratitud este mandato de misericordia. Observa que este decreto de Dios es majestuoso. En nuestro texto vemos a un pecador sin nada en sí más que pecado, que no espera nada sino ira; pero el Señor eterno pasa en su gloria; mira, se detiene y pronuncia la palabra solitaria pero regia: «Vive». Allí habla un Dios. ¿Quién sino él podría atreverse a tratar así con la vida y a dispensarla con una sola palabra? Además, este decreto es múltiple. Cuando él dice «Vive», eso incluye muchas cosas. Aquí hay vida judicial. El pecador está a punto de ser condenado, pero el Poderoso dice: «Vive», y él se levanta perdonado y absuelto. Es vida espiritual. No conocíamos a Jesús: nuestros ojos no podían ver a Cristo, nuestros oídos no podían oír su voz; el Señor dijo: «Vive», y fuimos vivificados los que estábamos muertos en delitos y pecados. Además, incluye la vida de gloria, que es la perfección de la vida espiritual. «Te dije: Vive»; y esa palabra rueda a través de todos los años del tiempo hasta que llega la muerte, y en medio de las sombras de la muerte se oye todavía la voz del Señor: «¡Vive!». En la mañana de la resurrección es esa misma voz la que repite el arcángel: «Vive»; y cuando los espíritus santos suben al cielo para ser bienaventurados para siempre en la gloria de su Dios, es por el poder de esta misma palabra: «Vive». Observa además que es un mandato irresistible. Saulo de Tarso va camino de Damasco para prender a los santos del Dios vivo. Se oye una voz del cielo y se ve una luz más resplandeciente que el sol, y Saulo clama: «Señor, ¿qué quieres que haga?». Este mandato es un mandato de gracia gratuita. Cuando los pecadores son salvados, es única y exclusivamente porque Dios quiere hacerlo para engrandecer su gracia libre, no comprada y no buscada. Cristianos, ved vuestra posición: deudores de la gracia; mostrad vuestra gratitud con vidas fervientes y semejantes a Cristo, y puesto que Dios os ha mandado vivir, procurad vivir de veras.
8 de julio
«Encamíname en tu verdad, y enséñame; porque tú eres el Dios de mi salvación; en ti he esperado todo el día». (Salmo 25:5)
Cuando el creyente ha comenzado a andar con pies temblorosos por el camino del Señor, pide que se le siga guiando hacia adelante, como a un niño pequeño sostenido por la mano protectora de su padre, y anhela ser instruido aún más en el abecedario de la verdad. La enseñanza experimental es el tema central de esta oración. David sabía mucho, pero sentía su ignorancia, y deseaba seguir en la escuela del Señor: cuatro veces en dos versículos solicita una beca en el colegio de la gracia. Bien les iría a muchos que profesan la fe si, en vez de seguir sus propias ocurrencias y abrirse nuevas sendas de pensamiento por su cuenta, preguntaran por los buenos caminos antiguos de la verdad de Dios y suplicaran al Espíritu Santo que les diera un entendimiento santificado y un espíritu dócil. «Porque tú eres el Dios de mi salvación». El Señor trino y uno es el Autor y Consumador de la salvación de su pueblo. Lector, ¿es él el Dios de tu salvación? ¿Hallas en la elección del Padre, en la expiación del Hijo y en la vivificación del Espíritu todos los fundamentos de tu esperanza eterna? Si es así, puedes usar esto como argumento para obtener nuevas bendiciones: si el Señor ha determinado salvarte, sin duda no se negará a instruirte en sus caminos. Es algo dichoso poder dirigirnos al Señor con la confianza que David manifiesta aquí; nos da gran poder en la oración y consuelo en la prueba. «En ti he esperado todo el día». La paciencia es la hermosa sierva e hija de la fe; esperamos con alegría cuando estamos seguros de que no esperaremos en vano. Es nuestro deber y nuestro privilegio esperar en el Señor, en el servicio, en la adoración, en la expectación y en la confianza, todos los días de nuestra vida. Nuestra fe será una fe probada, y si es de la clase verdadera, soportará la prueba continua sin ceder. No nos cansaremos de esperar en Dios si recordamos cuánto tiempo y con cuánta gracia esperó él una vez por nosotros.
9 de julio
«Y apartó Dios la luz de las tinieblas». (Génesis 1:4)
El creyente tiene dos principios obrando dentro de sí. En su estado natural estaba sujeto a un solo principio, que eran las tinieblas; ahora ha entrado la luz, y los dos principios no concuerdan. Fíjate en las palabras del apóstol Pablo en el capítulo siete de Romanos: «Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí. Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios; mas veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi espíritu, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros». ¿Cómo se produce este estado de cosas? «El Señor apartó la luz de las tinieblas». Las tinieblas, por sí solas, están quietas y sin perturbación; pero cuando el Señor envía la luz, hay conflicto, porque la una se opone a las otras: un conflicto que no cesará jamás hasta que el creyente sea enteramente luz en el Señor. Si hay una división dentro del cristiano individual, es seguro que habrá una división fuera. Tan pronto como el Señor da luz a un hombre, este procede a separarse de las tinieblas que lo rodean; se aparta de una religión meramente mundana de ceremonias exteriores, porque ya nada que no sea el evangelio de Cristo lo satisfará, y se retira de la sociedad mundana y de las diversiones frívolas y busca la compañía de los santos, porque «nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos». La luz se junta con la luz, y las tinieblas con las tinieblas. Lo que Dios ha separado, no intentemos jamás unirlo; antes bien, así como Cristo salió fuera del campamento llevando su vituperio, salgamos nosotros de entre los impíos y seamos un pueblo propio. Él era santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores; y como él fue, así hemos de ser nosotros: inconformes con el mundo, disidentes de todo pecado y distinguidos del resto de la humanidad por nuestra semejanza con nuestro Maestro.
10 de julio
«Y fue la tarde y la mañana el primer día». (Génesis 1:5)
La tarde era «tinieblas» y la mañana era «luz», y, sin embargo, a las dos juntas se les da el nombre que se da solo a la luz. Esto es algo notable, pero tiene una analogía exacta en la experiencia espiritual. En todo creyente hay tinieblas y luz, y, sin embargo, no ha de llamársele pecador porque haya pecado en él, sino que ha de llamársele santo porque posee cierto grado de santidad. Este será un pensamiento sumamente consolador para quienes lloran sus flaquezas y preguntan: «¿Puedo ser hijo de Dios habiendo tanta oscuridad en mí?». Sí; porque tú, como el día, no tomas tu nombre de la tarde, sino de la mañana; y en la palabra de Dios se habla de ti como si ya fueras perfectamente santo, como pronto lo serás. Se te llama hijo de luz, aunque todavía hay tinieblas en ti. Se te nombra por lo que es la cualidad predominante a los ojos de Dios, que un día será el único principio que quede. Observa que la tarde viene primero. Por naturaleza somos tinieblas primero en el orden del tiempo, y la oscuridad suele ser lo primero en nuestra dolorida percepción, llevándonos a clamar con profunda humillación: «Dios, sé propicio a mí, pecador». El lugar de la mañana es el segundo: amanece cuando la gracia vence a la naturaleza. Es un bendito aforismo de John Bunyan: «Lo que es último, dura para siempre». Lo que es primero cede a su debido tiempo a lo último; pero nada viene después de lo último. De modo que, aunque por naturaleza seas tinieblas, una vez que llegas a ser luz en el Señor ya no hay tarde que siga; «no se pondrá jamás tu sol». El primer día en esta vida es una tarde y una mañana; pero el segundo día, cuando estemos con Dios para siempre, será un día sin tarde, sino un solo, sagrado, alto y eterno mediodía.
11 de julio
«De esto contaréis a vuestros hijos, y vuestros hijos a sus hijos, y sus hijos a la otra generación». (Joel 1:3)
De esta manera sencilla, por la gracia de Dios, ha de mantenerse siempre vivo en la tierra un testimonio viviente de la verdad: los amados del Señor han de transmitir a sus herederos su testimonio del evangelio y del pacto, y estos, a su vez, a sus descendientes. Este es nuestro primer deber: hemos de comenzar junto al fuego del hogar; mal predicador es el que no comienza su ministerio en casa. Hay que buscar a los paganos por todos los medios, y hay que recorrer los caminos y los vallados, pero el hogar tiene un derecho anterior, y ¡ay de los que invierten el orden que el Señor ha dispuesto! Enseñar a nuestros hijos es un deber personal; no podemos delegarlo en los maestros de la escuela dominical ni en otras ayudas amistosas; estos pueden ayudarnos, pero no pueden librarnos de la sagrada obligación; los sustitutos y padrinos son en este caso invenciones perversas: las madres y los padres deben, como Abraham, mandar a sus casas en el temor de Dios y hablar con sus hijos de las maravillosas obras del Altísimo. La enseñanza de los padres es un deber natural: ¿quién más apropiado para velar por el bienestar del hijo que quienes son los autores de su existencia misma? Descuidar la instrucción de nuestros hijos es peor que propio de bestias. La religión familiar es necesaria para la nación, para la familia misma y para la iglesia de Dios. Por mil maquinaciones el papismo avanza solapadamente en nuestra tierra, y uno de los medios más eficaces para resistir sus incursiones se deja casi descuidado, a saber, la instrucción de los niños en la fe. ¡Ojalá despertaran los padres a la importancia de este asunto! Es un deber agradable hablar de Jesús a nuestros hijos e hijas, y tanto más cuanto que a menudo ha resultado ser una obra aceptada, porque Dios ha salvado a los hijos por medio de las oraciones y amonestaciones de los padres. Que cada casa a la que llegue este volumen honre al Señor y reciba su sonrisa.
12 de julio
«Su reino celestial». (2 Timoteo 4:18)
Aquella ciudad del gran Rey es un lugar de servicio activo. Los espíritus rescatados le sirven día y noche en su templo. Jamás cesan de cumplir la buena voluntad de su Rey. Siempre «descansan», en lo que toca al sosiego y la ausencia de preocupaciones; y nunca «descansan», en el sentido de la indolencia o la inactividad. La Jerusalén de oro es el lugar de la comunión con todo el pueblo de Dios. Nos sentaremos con Abraham, Isaac y Jacob en comunión eterna. Conversaremos en lo alto con la noble hueste de los escogidos, que reinan todos con aquel que, por su amor y su brazo poderoso, los ha llevado a salvo a casa. No cantaremos solos, sino que en coro alabaremos a nuestro Rey. El cielo es un lugar de victoria consumada. Siempre que, cristiano, has alcanzado una victoria sobre tus concupiscencias, siempre que, tras dura lucha, has dejado muerta a tus pies una tentación, tienes en esa hora un anticipo del gozo que te espera cuando el Señor quebrante en breve a Satanás debajo de tus pies, y te encuentres más que vencedor por medio de aquel que te amó. El paraíso es un lugar de seguridad. Cuando disfrutas de la plena certidumbre de fe, tienes la prenda de aquella gloriosa seguridad que será tuya cuando seas ciudadano perfecto de la Jerusalén celestial. ¡Oh mi dulce hogar, Jerusalén, feliz puerto de mi alma! Gracias, aun ahora, a aquel cuyo amor me ha enseñado a anhelarte; pero gracias más fuertes en la eternidad, cuando te posea.
«Mi alma ha probado ya las uvas,
y ahora anhela ir
donde guarda mi amado Señor su viña
y crecen todos los racimos.
«De la vid verdadera y viva
mi alma hambrienta quiere comer,
y banquetear con el fruto divino,
huésped por siempre jamás».
13 de julio
«Serán vueltos atrás mis enemigos el día en que yo clamare; esto sé, que Dios está por mí». (Salmo 56:9)
Es imposible que ningún lenguaje humano exprese el pleno significado de esta deliciosa frase: «Dios está por mí». Él estaba «por nosotros» antes de que fueran hechos los mundos; estaba «por nosotros», o no habría dado a su Hijo muy amado; estaba «por nosotros» cuando hirió al Unigénito y descargó sobre él todo el peso de su ira: estaba «por nosotros», aunque estaba contra él; estaba «por nosotros» cuando estábamos arruinados en la caída: nos amó a pesar de todo; estaba «por nosotros» cuando éramos rebeldes contra él y lo desafiábamos con mano alzada; estaba «por nosotros», o no nos habría llevado a buscar humildemente su rostro. Ha estado «por nosotros» en muchas luchas; hemos sido llamados a enfrentarnos a ejércitos de peligros; hemos sido asaltados por tentaciones de fuera y de dentro: ¿cómo habríamos permanecido ilesos hasta esta hora si él no hubiera estado «por nosotros»? Está «por nosotros» con toda la infinitud de su ser; con toda la omnipotencia de su amor; con toda la infalibilidad de su sabiduría; revestido de todos sus atributos divinos, está «por nosotros», eterna e inmutablemente «por nosotros»; «por nosotros» cuando esos cielos azules se enrollen como un vestido gastado; «por nosotros» por toda la eternidad. Y porque él está «por nosotros», la voz de la oración asegurará siempre su ayuda. «Serán vueltos atrás mis enemigos el día en que yo clamare». No es una esperanza incierta, sino una seguridad bien fundada: «esto sé». Dirigiré a ti mi oración y esperaré la respuesta, seguro de que llegará y de que mis enemigos serán derrotados, porque «Dios está por mí». ¡Oh creyente, qué dichoso eres con el Rey de reyes de tu parte! ¡Qué seguro con semejante Protector! ¡Qué segura tu causa, defendida por semejante Abogado! Si Dios está por ti, ¿quién contra ti?
14 de julio
«Al amanecer, vino María Magdalena a ver el sepulcro». (Mateo 28:1)
Aprendamos de María Magdalena cómo obtener comunión con el Señor Jesús. Observa cómo buscaba. Buscó al Salvador muy de mañana. Si puedes esperar a Cristo y tener paciencia con la esperanza de tener comunión con él en algún momento lejano, nunca tendrás comunión en absoluto; porque el corazón preparado para la comunión es un corazón que tiene hambre y sed. Lo buscó también con muy grande valor. Otros discípulos huyeron del sepulcro, porque temblaban y estaban espantados; pero de María se dice que «estaba» junto al sepulcro. Si quieres tener a Cristo contigo, búscalo con valentía. Que nada te detenga. Desafía al mundo. Sigue adelante donde otros huyen. Buscó a Cristo con fidelidad: estaba junto al sepulcro. A algunos les cuesta permanecer junto a un Salvador vivo, pero ella permaneció junto a uno muerto. Busquemos a Cristo de esta manera, aferrándonos hasta a lo más pequeño que tenga que ver con él, permaneciendo fieles aunque todos los demás lo abandonen. Observa además que buscó a Jesús con fervor: estaba «llorando». Aquellas lágrimas fueron como hechizos que cautivaron al Salvador y lo hicieron salir y mostrarse a ella. Si deseas la presencia de Jesús, ¡llora por ella! Si no puedes ser feliz a menos que él venga y te diga: «Tú eres mi amado», pronto oirás su voz. Por último, buscó solo al Salvador. ¿Qué le importaban los ángeles? Se volvió de ellos; su búsqueda era solo por su Señor. Si Cristo es tu único y solo amor, si tu corazón ha echado fuera a todos los rivales, no te faltará por mucho tiempo el consuelo de su presencia. María Magdalena buscaba así porque amaba mucho. Despertemos a la misma intensidad de afecto; que nuestro corazón, como el de María, esté lleno de Cristo, y nuestro amor, como el suyo, no se satisfará con nada menos que él mismo. ¡Oh Señor, revélate a nosotros esta noche!
15 de julio
«Apareció primeramente a María Magdalena». (Marcos 16:9)
Jesús «apareció primeramente a María Magdalena», probablemente no solo por su gran amor y su búsqueda perseverante, sino porque, como insinúa el contexto, ella había sido un trofeo especial del poder libertador de Cristo. Aprende de esto que la grandeza de nuestro pecado antes de la conversión no debe hacernos imaginar que no podemos ser especialmente favorecidos con el grado más alto de comunión. Ella era alguien que lo había dejado todo para llegar a ser una acompañante constante del Salvador. Él era su primer y principal objeto. Muchos que estaban del lado de Cristo no tomaron la cruz de Cristo; ella sí. Empleaba sus bienes en socorrer sus necesidades. Si queremos ver mucho de Cristo, sirvámosle. Dime quiénes son los que más a menudo se sientan bajo la bandera de su amor y beben los tragos más hondos de la copa de la comunión, y estoy seguro de que serán los que más dan, los que mejor sirven y los que permanecen más cerca del corazón sangrante de su amado Señor. Pero observa cómo se reveló Cristo a esta mujer afligida: por una palabra, «María». Bastó una sola palabra con su voz, y al instante ella lo reconoció, y su corazón le rindió vasallaje con otra palabra; su corazón estaba demasiado lleno para decir más. Esa única palabra sería naturalmente la más adecuada para la ocasión. Implica obediencia. Ella dijo: «Maestro». No hay estado de ánimo en el que esta confesión de vasallaje resulte demasiado fría. No; cuando tu espíritu arda más con el fuego celestial, entonces dirás: «Yo soy tu siervo; rompiste mis prisiones». Si puedes decir «Maestro», si sientes que su voluntad es tu voluntad, entonces estás en un lugar feliz y santo. Él tiene que haber dicho «María», o de lo contrario tú no podrías haber dicho «Raboni». Mira, pues, por todo esto, cómo Cristo honra a los que lo honran, cómo el amor atrae a nuestro Amado, cómo basta una sola palabra suya para convertir nuestro llanto en gozo, cómo su presencia es el sol del corazón.
16 de julio
«Tú te levantarás y tendrás misericordia de Sión, porque es tiempo de tener misericordia de ella; sí, el plazo ha llegado. Porque tus siervos aman sus piedras, y del polvo de ella tienen compasión». (Salmo 102:13, 14)
Un hombre egoísta en la aflicción es sumamente difícil de consolar, porque las fuentes de su consuelo están enteramente dentro de sí mismo, y cuando está triste todas sus fuentes se secan. Pero un hombre de corazón grande, lleno de amor cristiano a los hombres, tiene otras fuentes de las que proveerse de consuelo además de las que están dentro de él. Ante todo puede acudir a su Dios y hallar allí ayuda abundante; y puede descubrir motivos de consolación en cosas que atañen al mundo en general, a su país y, sobre todo, a la iglesia. David estaba sumamente afligido en este Salmo; escribió: «Soy como el búho de las soledades. Velo, y soy como el pájaro solitario sobre el tejado». La única manera en que podía consolarse era pensando que Dios se levantaría y tendría misericordia de Sión: aunque él estaba triste, Sión prosperaría; por bajo que fuera su propio estado, Sión se levantaría. ¡Hombre cristiano, aprende a consolarte en el trato misericordioso de Dios con la iglesia! Lo que es tan querido para tu Maestro, ¿no debería ser para ti más querido que todo lo demás? ¿Qué importa que tu camino sea oscuro? ¿No puedes alegrar tu corazón con los triunfos de su cruz y la extensión de su verdad? Nuestras propias aflicciones personales se olvidan mientras miramos, no solo lo que Dios ha hecho y está haciendo por Sión, sino las cosas gloriosas que aún hará por su iglesia. Prueba esta receta, oh creyente, siempre que estés triste de corazón y abatido de espíritu: olvídate de ti mismo y de tus pequeños asuntos, y procura el bien y la prosperidad de Sión. Cuando dobles la rodilla en oración a Dios, no limites tu petición al estrecho círculo de tu propia vida, por probada que esté, sino envía tus anhelantes oraciones por la prosperidad de la iglesia: «Pedid la paz de Jerusalén», y tu propia alma será refrescada.
17 de julio
«Que no escape ninguno». (1 Reyes 18:40)
Cuando el profeta Elías hubo recibido la respuesta a su oración, y el fuego del cielo hubo consumido el sacrificio en presencia de todo el pueblo, llamó a los israelitas reunidos a prender a los sacerdotes de Baal, y clamó con severidad: «Que no escape ninguno». Los llevó a todos al arroyo de Cisón, y allí los degolló. Así ha de ser con nuestros pecados: todos están condenados; no ha de quedar ni uno. Nuestro pecado favorito tiene que morir. No lo perdones por mucho que clame. Hiere, aunque te sea tan querido como un Isaac. Hiere, porque Dios hirió al pecado cuando fue puesto sobre su propio Hijo. Con propósito firme e inquebrantable has de condenar a muerte ese pecado que un día fue el ídolo de tu corazón. ¿Preguntas cómo vas a lograrlo? Jesús será tu poder. En el pacto de gracia se te ha dado gracia para vencer el pecado; tienes fuerza para ganar la victoria en la cruzada contra las concupiscencias interiores, porque Cristo Jesús ha prometido estar contigo hasta el fin. Si quieres triunfar sobre las tinieblas, ponte en la presencia del Sol de justicia. No hay lugar tan apropiado para descubrir el pecado y recuperarse de su poder y su culpa como la presencia inmediata de Dios. Job nunca supo deshacerse del pecado ni la mitad de bien que cuando sus ojos de fe se posaron en Dios; y entonces se aborreció a sí mismo y se arrepintió en el polvo y la ceniza. El oro fino del cristiano se empaña a menudo. Necesitamos el fuego sagrado que consuma la escoria. Acudamos a nuestro Dios: él es fuego consumidor; no consumirá nuestro espíritu, sino nuestros pecados. Que la bondad de Dios nos mueva a un celo sagrado y a una santa venganza contra esas iniquidades que son aborrecibles a sus ojos. Sal a pelear contra Amalec con la fuerza de él, y destruye por completo a esa banda maldita: que no escape ninguno.
18 de julio
«Ninguno apretará a su compañero; cada uno irá por su camino». (Joel 2:8)
Las langostas siempre guardan su fila, y aunque su número es legión, no se amontonan unas sobre otras de modo que sus columnas se desordenen. Este hecho notable de la historia natural muestra cuán completamente ha infundido el Señor el espíritu de orden en su universo, puesto que las criaturas vivientes más pequeñas están tan gobernadas por él como las esferas que giran o los mensajeros seráficos. Sería sabio que los creyentes se rigieran por la misma influencia en toda su vida espiritual. En sus virtudes cristianas, ninguna virtud debería usurpar la esfera de otra ni devorar las entrañas de las demás para su propio sustento. El afecto no debe sofocar la honradez, el valor no debe echar a codazos del campo a la debilidad, la modestia no debe atropellar la energía y la paciencia no debe degollar la resolución. Lo mismo sucede con nuestros deberes: uno no debe estorbar a otro; la utilidad pública no debe dañar la piedad privada; el trabajo de la iglesia no debe arrinconar el culto familiar. Mal está ofrecer a Dios un deber manchado con la sangre de otro. Cada cosa es hermosa en su tiempo, pero no de otro modo. Fue al fariseo a quien Jesús dijo: «Esto era menester hacer, y no dejar lo otro». La misma regla se aplica a nuestra posición personal: debemos cuidar de conocer nuestro lugar, ocuparlo y mantenernos en él. Debemos ministrar según la capacidad que el Espíritu nos ha dado, y no entrometernos en el terreno de nuestro consiervo. Nuestro Señor Jesús nos enseñó a no codiciar los primeros lugares, sino a estar dispuestos a ser los más pequeños entre los hermanos. Lejos de nosotros un espíritu envidioso y ambicioso; sintamos la fuerza del mandato del Maestro y hagamos como él nos manda, guardando la fila con el resto de la hueste. Esta noche veamos si estamos guardando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, y sea nuestra oración que en todas las iglesias del Señor Jesús prevalezcan la paz y el orden.
19 de julio
«La caña cascada no quebrará, y el pábilo que humea no apagará». (Mateo 12:20)
¿Qué hay más débil que la caña cascada o el pábilo que humea? Una caña que crece en el pantano o la ciénaga: basta que se pose en ella el pato salvaje, y se quiebra; basta que la roce el pie del hombre, y queda cascada y rota; cada viento que pasa sobre el río la mece de acá para allá. No puedes concebir nada más frágil o quebradizo, ni cuya existencia esté más en peligro, que una caña cascada. Mira luego el pábilo que humea: ¿qué es? Tiene una chispa dentro, es verdad, pero casi sofocada; el aliento de un niño podría apagarla; nada tiene una existencia más precaria que su llama. Aquí se describen cosas débiles, y sin embargo Jesús dice de ellas: «El pábilo que humea no apagaré; la caña cascada no quebraré». Algunos de los hijos de Dios son hechos fuertes para hacer grandes obras para él; Dios tiene aquí y allá sus Sansones, capaces de arrancar las puertas de Gaza y llevarlas a la cumbre del monte; tiene unos pocos valientes que son hombres como leones; pero la mayoría de su pueblo es una raza tímida y temblorosa. Son como los estorninos, que se asustan de cada transeúnte; un pequeño rebaño medroso. Si viene la tentación, son atrapados como pájaros en la trampa; si amenaza la prueba, están a punto de desmayar; su frágil barquilla es zarandeada de arriba abajo por cada ola; van a la deriva como un ave marina sobre la cresta de las olas: cosas débiles, sin fuerza, sin sabiduría, sin previsión. Y, sin embargo, débiles como son, y porque son tan débiles, tienen esta promesa hecha especialmente para ellos. ¡Aquí hay gracia y benignidad! ¡Aquí hay amor y misericordia! ¡Cómo nos descubre la compasión de Jesús, tan suave, tan tierna, tan considerada! Nunca tenemos por qué retroceder ante su toque. Nunca tenemos por qué temer una palabra áspera de él; aunque bien podría reprendernos por nuestra debilidad, no nos reprende. Las cañas cascadas no recibirán golpes de él, ni el pábilo que humea ceños que lo apaguen.
20 de julio
«Y ahora, ¿qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas las aguas de Sihor?». (Jeremías 2:18)
Por diversos milagros, por variadas misericordias, por liberaciones asombrosas, el Señor había demostrado ser digno de la confianza de Israel. Sin embargo, ellos derribaron los vallados con que Dios los había cercado como un huerto sagrado; abandonaron a su propio Dios verdadero y vivo, y se fueron tras dioses falsos. Constantemente los reprendía el Señor por este desvarío, y nuestro texto contiene un ejemplo de cómo Dios razonaba con ellos: «¿Qué tienes tú en el camino de Egipto, para que bebas las aguas del río cenagoso?», porque así puede traducirse. «¿Por qué andas errante tan lejos y dejas tu propia corriente fresca del Líbano? ¿Por qué abandonas Jerusalén para desviarte hacia Menfis y Tafnes? ¿Por qué estás tan extrañamente empeñado en el mal, que no puedes contentarte con lo bueno y saludable, sino que quieres ir tras lo que es malo y engañoso?». ¿No hay aquí una palabra de reconvención y advertencia para el cristiano? Oh verdadero creyente, llamado por la gracia y lavado en la preciosa sangre de Jesús, tú has probado una bebida mejor que la que puede darte el río cenagoso de los placeres de este mundo; has tenido comunión con Cristo; has alcanzado el gozo de ver a Jesús y de recostar tu cabeza en su pecho. ¿Te contentan después de eso las bagatelas, las canciones, los honores y las diversiones de esta tierra? ¿Has comido el pan de los ángeles, y puedes vivir de algarrobas? El buen Rutherford dijo una vez: «He probado el maná mismo de Cristo, y me ha quitado el gusto por el pan moreno de los goces de este mundo». Me parece que así debería ser contigo. Si andas errante tras las aguas de Egipto, ¡oh, vuelve pronto a la única fuente viva! Las aguas de Sihor pueden ser dulces para los egipcios, pero para ti solo resultarán amargura. ¿Qué tienes tú que ver con ellas? Jesús te hace esta pregunta esta noche: ¿qué le responderás?
21 de julio
«¿Por qué andaré yo enlutado?». (Salmo 42:9)
¿Puedes responder a esto, creyente? ¿Puedes hallar alguna razón por la que tan a menudo estás de luto en vez de regocijarte? ¿Por qué ceder a presentimientos sombríos? ¿Quién te dijo que la noche nunca terminaría en día? ¿Quién te dijo que el mar de las circunstancias se retiraría hasta no dejar más que largas leguas del fango de una pobreza horrible? ¿Quién te dijo que el invierno de tu descontento iría de helada en helada, de la nieve, el hielo y el granizo a una nieve más profunda y a una tempestad aún más violenta de desesperación? ¿No sabes que el día sigue a la noche, que la pleamar viene después de la bajamar, que la primavera y el verano suceden al invierno? ¡Espera, pues! ¡Espera siempre! Porque Dios no te falla. ¿No sabes que tu Dios te ama en medio de todo esto? Los montes, cuando están ocultos en la oscuridad, son tan reales como de día, y el amor de Dios es tan verdadero para ti ahora como lo fue en tus momentos más radiantes. Ningún padre castiga siempre: tu Señor aborrece la vara tanto como tú; solo se interesa en usarla por aquella razón que debería hacerte dispuesto a recibirla, a saber, que obra tu bien duradero. Todavía subirás la escalera de Jacob con los ángeles y contemplarás a aquel que está sentado en lo alto de ella: tu Dios del pacto. Todavía, en medio de los esplendores de la eternidad, olvidarás las pruebas del tiempo, o solo las recordarás para bendecir al Dios que te condujo a través de ellas y obró por medio de ellas tu bien duradero. Ven, canta en medio de la tribulación. Regocíjate aun mientras pasas por el horno. ¡Haz que el desierto florezca como la rosa! Haz que el yermo resuene con tus gozos exultantes, porque estas leves tribulaciones pronto pasarán, y entonces, «siempre con el Señor», tu dicha nunca menguará.
«No desmayes ni temas: sus brazos están cerca;
él no cambia, y tú le eres querido;
solo cree y verás
que Cristo es para ti el todo en todo».
22 de julio
«¡He aquí el hombre!». (Juan 19:5)
Si hay un lugar donde nuestro Señor Jesús llega a ser más plenamente el gozo y el consuelo de su pueblo, es allí donde se hundió más hondo en los abismos del dolor. Venid acá, almas agraciadas, y contemplad al hombre en el huerto de Getsemaní; contemplad su corazón tan rebosante de amor que no puede contenerlo, tan lleno de dolor que tiene que hallar desahogo. Contemplad el sudor de sangre que destila de cada poro de su cuerpo y cae en tierra. Contemplad al hombre mientras le clavan los clavos en las manos y los pies. Alzad la vista, pecadores arrepentidos, y ved la dolorosa imagen de vuestro Señor sufriente. Miradlo mientras las gotas de rubí se posan en la corona de espinas y adornan con gemas inestimables la diadema del Rey del Dolor. Contemplad al hombre cuando todos sus huesos se descoyuntan, y es derramado como aguas y puesto en el polvo de la muerte; Dios lo ha desamparado, y el infierno lo rodea. Mirad y ved: ¿hubo jamás dolor como el dolor que le ha venido a él? Todos los que pasáis por el camino, acercaos y contemplad este espectáculo de aflicción, único, sin igual, maravilla para hombres y ángeles, prodigio sin par. ¡Contemplad al Emperador del Dolor, que no tuvo igual ni rival en sus agonías! Miradlo fijamente, vosotros los que lloráis, porque si no hay consuelo en un Cristo crucificado, no hay gozo en la tierra ni en el cielo. Si en el precio de rescate de su sangre no hay esperanza, oh arpas del cielo, no hay gozo en vosotras, y la diestra de Dios no conocerá deleites para siempre. No tenemos más que sentarnos con más constancia al pie de la cruz para estar menos turbados por nuestras dudas y aflicciones. No tenemos más que ver sus dolores, y nos avergonzaremos de mencionar los nuestros. No tenemos más que mirar fijamente sus heridas para sanar las nuestras. Si queremos vivir rectamente, ha de ser contemplando su muerte; si queremos elevarnos a la dignidad, ha de ser considerando su humillación y su dolor.
23 de julio
«La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado». (1 Juan 1:7)
«Limpia», dice el texto, no «limpiará». Hay multitudes que piensan que, como esperanza de moribundos, pueden aguardar el perdón. ¡Oh, cuánto mejor, infinitamente mejor, es tener la limpieza ahora que depender de la mera posibilidad de ser perdonado cuando me llegue la hora de morir! Algunos imaginan que la conciencia del perdón es un logro que solo se alcanza tras muchos años de experiencia cristiana. Pero el perdón del pecado es algo presente: un privilegio para este día, un gozo para esta misma hora. En el momento en que un pecador confía en Jesús, queda plenamente perdonado. El texto, al estar escrito en tiempo presente, indica también continuidad: ayer era «limpia», hoy es «limpia», mañana será «limpia»; así será siempre contigo, cristiano, hasta que cruces el río; a cada hora puedes acudir a esta fuente, porque todavía limpia. Observa también la plenitud de la limpieza: «La sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado»; no solo del pecado, sino «de todo pecado». Lector, no puedo decirte la extraordinaria dulzura de esta palabra, pero ruego a Dios el Espíritu Santo que te dé a probarla. Múltiples son nuestros pecados contra Dios. Sea la cuenta pequeña o grande, el mismo recibo puede saldar la una como la otra. La sangre de Jesucristo es un pago tan bendito y divino por las transgresiones de Pedro, el que blasfemó, como por las faltas de Juan, el que amaba; nuestra iniquidad se ha ido, toda se ha ido de una vez, y toda se ha ido para siempre. ¡Bendita plenitud! ¡Qué tema tan dulce en el que detenerse cuando uno se entrega al sueño!
«Pecados contra un Dios santo;
pecados contra sus justas leyes;
pecados contra su amor, su sangre;
pecados contra su nombre y su causa;
pecados inmensos como el mar:
de todos ellos él me limpia».
24 de julio
«Su campamento es muy grande». (Joel 2:11)
Considera, alma mía, el poderío del Señor, que es tu gloria y tu defensa. Él es varón de guerra; el Señor es su nombre. Todas las fuerzas del cielo están a sus órdenes; legiones aguardan a su puerta; querubines y serafines, vigilantes y santos, principados y potestades, todos están atentos a su voluntad. Si nuestros ojos no estuvieran cegados por la oftalmía de la carne, veríamos caballos de fuego y carros de fuego alrededor de los amados del Señor. Las fuerzas de la naturaleza están todas sujetas al control absoluto del Creador: el viento tempestuoso y la tormenta, el relámpago y la lluvia, la nieve y el granizo, y el suave rocío y el sol que alegra, vienen y van por su decreto. Él desata las ligaduras del Orión y ata las delicias de las Pléyades. La tierra, el mar y el aire, y los lugares debajo de la tierra, son los cuarteles de los grandes ejércitos del Señor; el espacio es su campamento, la luz es su estandarte y la llama es su espada. Cuando sale a la guerra, el hambre asola la tierra, la peste hiere a las naciones, el huracán barre el mar, el torbellino sacude los montes y el terremoto hace temblar el mundo firme. En cuanto a las criaturas vivientes, todas reconocen su dominio, y desde el gran pez que tragó al profeta hasta «toda clase de moscas» que plagaron el campo de Zoán, todas son sus siervas y, como la oruga, la langosta y el pulgón, son escuadrones de su gran ejército, porque su campamento es muy grande. Alma mía, procura estar en paz con este Rey poderoso; más aún, asegúrate de alistarte bajo su estandarte, porque hacerle la guerra es locura, y servirle es gloria. Jesús, Emanuel, Dios con nosotros, está dispuesto a recibir reclutas para el ejército del Señor: si todavía no estoy alistado, vaya yo a él antes de dormir y le ruegue que me acepte por sus méritos; y si ya soy, como espero, soldado de la cruz, tenga yo buen ánimo, porque el enemigo no tiene poder alguno comparado con mi Señor, cuyo campamento es muy grande.
25 de julio
«En su angustia me buscarán de mañana». (Oseas 5:15)
Las pérdidas y las adversidades son con frecuencia los medios que el gran Pastor usa para traer a casa a sus ovejas descarriadas; como perros feroces, acosan a las extraviadas hasta devolverlas al redil. No hay manera de domar a los leones si están demasiado bien alimentados; hay que abatir su gran fuerza y reducirles la comida, y entonces se someterán a la mano del domador; y a menudo hemos visto al cristiano hecho obediente a la voluntad del Señor por la escasez de pan y el trabajo duro. Cuando son ricos y se han enriquecido en bienes, muchos de los que profesan la fe llevan la cabeza demasiado alta y hablan con suma jactancia. Como David, se lisonjean: «Mi monte está firme; no seré jamás conmovido». Cuando el cristiano se vuelve rico, tiene buena reputación, buena salud y una familia feliz, con demasiada frecuencia admite al señor Seguridad Carnal a banquetear a su mesa, y entonces, si es verdadero hijo de Dios, se le está preparando una vara. Espera un poco, y quizá veas sus bienes desvanecerse como un sueño. Allí se va una parte de su hacienda: ¡qué pronto cambian de dueño las tierras! Esa deuda, esa letra protestada: ¡qué deprisa le llueven las pérdidas! ¿Dónde acabarán? Es una bendita señal de vida divina si, cuando estos apuros se suceden uno tras otro, comienza a angustiarse por sus apostasías y se vuelve a su Dios. ¡Benditas las olas que arrojan al marinero sobre la roca de la salvación! Las pérdidas en los negocios son a menudo santificadas para enriquecimiento de nuestra alma. Si el alma escogida no quiere venir al Señor con las manos llenas, vendrá con ellas vacías. Si Dios, en su gracia, no halla otro medio de hacer que lo honremos entre los hombres, nos arrojará a lo profundo; si no lo honramos en el pináculo de las riquezas, nos llevará al valle de la pobreza. Pero no desmayes, heredero del dolor, cuando así seas reprendido; reconoce más bien la mano amorosa que castiga, y di: «Me levantaré e iré a mi Padre».
26 de julio
«Para hacerlo sentar con los príncipes». (Salmo 113:8)
Nuestros privilegios espirituales son del más alto orden. «Con los príncipes» es el lugar de la sociedad selecta. «Y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo». Hablad de sociedad selecta: ¡no hay ninguna como esta! «Somos linaje escogido, pueblo adquirido, real sacerdocio». «Nos hemos acercado a la congregación de los primogénitos que están inscritos en los cielos». Los santos tienen audiencia en la corte: los príncipes tienen entrada ante el rey cuando la gente común ha de quedarse lejos. El hijo de Dios tiene libre acceso a los atrios interiores del cielo. «Porque por él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre». «Lleguémonos, pues, confiadamente», dice el apóstol, «al trono de la gracia celestial». Entre los príncipes hay riqueza abundante; pero ¿qué es la abundancia de los príncipes comparada con las riquezas de los creyentes?, porque «todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios». «El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Los príncipes tienen un poder particular. Un príncipe del imperio del cielo tiene gran influencia: empuña un cetro en su propio dominio; se sienta en el trono de Jesús, porque «nos ha hecho reyes y sacerdotes para Dios, y reinaremos por los siglos de los siglos». Reinamos sobre el reino unido del tiempo y la eternidad. Los príncipes, además, tienen una honra especial. Podemos mirar desde arriba toda dignidad nacida de la tierra desde la eminencia en que nos ha colocado la gracia. Porque ¿qué es la grandeza humana comparada con esto: «Y juntamente nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús»? Compartimos la honra de Cristo, y comparados con esto, los esplendores terrenales no merecen ni un pensamiento. La comunión con Jesús es una joya más rica que cuantas han brillado jamás en una diadema imperial. La unión con el Señor es una corona de hermosura que eclipsa todo el resplandor de la pompa imperial.
27 de julio
«¿Quién acusará a los escogidos de Dios?». (Romanos 8:33)
¡Bendito desafío! ¡Qué imposible es responderlo! Todo pecado de los escogidos fue puesto sobre el gran Campeón de nuestra salvación y quitado por la expiación. No hay pecado alguno en el libro de Dios contra su pueblo: él no ve pecado en Jacob ni iniquidad en Israel; están justificados en Cristo para siempre. Cuando fue quitada la culpa del pecado, fue quitado el castigo del pecado. Para el cristiano no hay golpe de la mano airada de Dios; no, ni siquiera un solo ceño de la justicia punitiva. El creyente puede ser castigado por su Padre, pero Dios el Juez no tiene nada que decir al cristiano, salvo: «Te he absuelto: estás libre de culpa». Para el cristiano no hay muerte penal en este mundo, y mucho menos muerte segunda. Está completamente libre de todo el castigo, así como de la culpa del pecado, y también le ha sido quitado el poder del pecado. Este puede atravesarse en nuestro camino y agitarnos con una guerra perpetua; pero el pecado es un enemigo vencido para toda alma unida a Jesús. No hay pecado que un cristiano no pueda vencer con solo que confíe en que su Dios lo hará. Los que llevan la ropa blanca en el cielo vencieron por la sangre del Cordero, y nosotros podemos hacer lo mismo. Ninguna concupiscencia es demasiado poderosa, ningún pecado que nos asedia está demasiado atrincherado; podemos vencer por el poder de Cristo. Créelo, cristiano: tu pecado es cosa condenada. Puede patalear y forcejear, pero está condenado a morir. Dios ha escrito la condenación sobre su frente. Cristo lo ha crucificado, «enclavándolo en su cruz». Ve ahora y hazlo morir, y el Señor te ayude a vivir para su alabanza, porque el pecado, con toda su culpa, su vergüenza y su temor, ha desaparecido.
«Aquí hay perdón por las transgresiones pasadas,
no importa cuán negro sea su color;
y, oh alma mía, mira con asombro:
también hay perdón para los pecados por venir».
28 de julio
«El cual anduvo haciendo bienes». (Hechos 10:38)
Pocas palabras, pero una miniatura exquisita del Señor Jesucristo. No hay muchas pinceladas, pero son los trazos del pincel de un maestro. Del Salvador, y solo del Salvador, es esto verdad en el sentido más pleno, más amplio y más absoluto. «Anduvo haciendo bienes». Por esta descripción es evidente que hacía el bien personalmente. Los evangelistas nos dicen constantemente que tocaba al leproso con su propio dedo, que ungía los ojos de los ciegos, y que en los casos en que se le pedía que solo dijera la palabra a distancia, no solía acceder, sino que iba él mismo al lecho del enfermo y allí obraba personalmente la curación. Una lección para nosotros: si queremos hacer el bien, hagámoslo nosotros mismos. Da limosna con tu propia mano; una mirada o una palabra amable realzará el valor del don. Habla a un amigo acerca de su alma; tu llamamiento amoroso tendrá más influencia que toda una biblioteca de folletos. ¡La manera en que nuestro Señor hacía el bien muestra su actividad incesante! No hacía solo el bien que le quedaba a mano, sino que «anduvo» de un lado a otro en sus misiones de misericordia. En toda la tierra de Judea apenas hubo aldea o caserío que no se alegrara al verlo. ¡Cómo reprende esto la manera lenta y remolona en que muchos que profesan la fe sirven al Señor! Ciñamos los lomos de nuestro entendimiento y no nos cansemos de hacer bien. ¿No da a entender el texto que Jesucristo se desviaba de su camino para hacer el bien? «Anduvo haciendo bienes». Nunca lo detuvieron el peligro ni la dificultad. Buscaba a los destinatarios de sus propósitos de gracia. Así debemos hacer nosotros. Si los viejos planes no dan resultado, debemos probar otros nuevos, porque los nuevos intentos a veces logran más que los métodos habituales. También se insinúan la perseverancia de Cristo y la unidad de su propósito, y la aplicación práctica del tema puede resumirse en estas palabras: «Nos dejó ejemplo, para que sigamos sus pisadas».
29 de julio
«Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí». (Juan 6:37)
Esta declaración encierra la doctrina de la elección: hay algunos que el Padre dio a Cristo. Encierra la doctrina del llamamiento eficaz: estos que son dados tienen que venir y vendrán; por obstinadamente que se resistan, serán sacados de las tinieblas a la luz admirable de Dios. Nos enseña la necesidad indispensable de la fe; porque aun los que son dados a Cristo no son salvos si no vienen a Jesús. Aun ellos tienen que venir, porque no hay otro camino al cielo sino por la puerta, Cristo Jesús. Todos los que el Padre da a nuestro Redentor tienen que venir a él; por tanto, nadie puede llegar al cielo si no viene a Cristo.
¡Oh, el poder y la majestad que hay en las palabras «vendrá a mí»! No dice que tienen poder para venir, ni que pueden venir si quieren, sino que «vendrán». El Señor Jesús, por medio de sus mensajeros, su palabra y su Espíritu, fuerza dulce y misericordiosamente a los hombres a entrar para que coman en su cena de bodas; y esto lo hace, no violando el libre albedrío del hombre, sino por el poder de su gracia. Yo puedo ejercer poder sobre la voluntad de otro hombre, y sin embargo la voluntad de ese otro hombre puede ser perfectamente libre, porque la constricción se ejerce de una manera acorde con las leyes de la mente humana. Jesús, el Señor, sabe cómo, por argumentos irresistibles dirigidos al entendimiento, por razones poderosas que apelan a los afectos y por la influencia misteriosa de su Espíritu Santo, que obra sobre todas las facultades y pasiones del alma, someter de tal manera al hombre entero que, si antes era rebelde, se rinde gozosamente a su gobierno, sometido por el amor soberano. Pero ¿cómo se conocerá a los que Dios ha escogido? Por este resultado: que aceptan a Cristo de buena gana y con gozo, y vienen a él con fe sencilla y no fingida, descansando en él como toda su salvación y todo su deseo. Lector, ¿has venido así a Jesús?
30 de julio
«Al que a mí viene, no le echo fuera». (Juan 6:37)
No se pone límite a la duración de esta promesa. No dice solamente: «No echaré fuera a un pecador cuando venga por primera vez», sino: «No le echo fuera». El original dice: «No, no le echaré fuera», o «Nunca, nunca le echaré fuera». El texto significa que Cristo no rechazará a un creyente al principio; y que así como no lo hará al principio, tampoco lo hará al final.
Pero ¿y si el creyente peca después de haber venido? «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». Pero ¿y si los creyentes se apartan? «Yo sanaré su rebelión, los amaré de pura gracia, porque mi ira se apartó de ellos». ¡Pero los creyentes pueden caer en la tentación! «Fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis llevar; antes dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar». ¡Pero el creyente puede caer en pecado como cayó David! Sí, pero él «los purificará con hisopo, y serán limpios; los lavará, y serán más blancos que la nieve»; «Los limpiaré de toda su maldad».
«Una vez en Cristo, en Cristo para siempre;
nada podrá separarnos de su amor».
«Yo doy a mis ovejas», dice él, «vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano». ¿Qué dices a esto, oh mente temblorosa y débil? ¿No es esta una misericordia preciosa: que, al venir a Cristo, no vienes a uno que te tratará bien por un poco de tiempo y luego te despedirá, sino que él te recibirá y te hará su esposa, y serás suya para siempre? No recibas ya otra vez el espíritu de servidumbre para estar en temor, sino el espíritu de adopción, por el cual clamarás: ¡Abba, Padre! ¡Oh, la gracia de estas palabras: «No le echo fuera»!
31 de julio
«Y de estos había cantores... de día y de noche estaban en aquella obra». (1 Crónicas 9:33)
Bien dispuesto estaba en el templo que el sagrado cántico nunca cesara: siempre alababan los cantores al Señor, porque para siempre es su misericordia. Así como la misericordia no cesaba de reinar ni de día ni de noche, tampoco la música acallaba su santo ministerio. Corazón mío, en el cántico incesante del templo de Sión se te enseña dulcemente una lección: tú también eres deudor constante; procura que tu gratitud, como el amor, nunca deje de ser. La alabanza de Dios es constante en el cielo, que ha de ser tu morada final; aprende a practicar el aleluya eterno. Mientras el sol esparce su luz alrededor de la tierra, sus rayos despiertan a los creyentes agradecidos para que entonen su himno matutino, de modo que por el sacerdocio de los santos se mantiene a todas horas una alabanza perpetua; envuelven nuestro globo en un manto de acción de gracias y lo ciñen con un cinturón de oro de cántico.
El Señor merece siempre ser alabado por lo que él es en sí mismo, por sus obras de creación y de providencia, por su bondad para con sus criaturas, y especialmente por el acto supremo de la redención y todas las maravillosas bendiciones que de él fluyen. Siempre es provechoso alabar al Señor: alegra el día e ilumina la noche; aligera la fatiga y suaviza el dolor; y sobre la alegría terrenal derrama un resplandor santificador que hace menos probable que nos ciegue con su brillo. ¿No tenemos en este momento algo que cantar? ¿No podemos tejer un cántico con nuestros gozos presentes, o nuestras liberaciones pasadas, o nuestras esperanzas futuras? La tierra da sus frutos de verano: el heno está guardado, el grano dorado invita a la hoz, y el sol, que se demora largamente en brillar sobre una tierra fructífera, acorta el intervalo de sombra para que podamos alargar las horas de adoración devota. Por el amor de Jesús, animémonos a cerrar el día con un salmo de alegría santificada.
Capítulo 7 completado
Julio