Noche tras noche
Junio

Capítulo 6 · 54 min de lectura · 1 h 10 min de escucha

Junio

1 de junio

«Cambiará su desierto en Edén». (Isaías 51:3)

Me parece ver en visión un desierto horrible y yermo, un desierto grande y terrible, como el Sahara. No percibo en él nada que alivie la vista; por todas partes me fatiga la visión de una arena ardiente y árida, sembrada de diez mil esqueletos blanqueados de hombres desdichados que expiraron en la angustia, tras haberse extraviado en aquel páramo despiadado. ¡Qué espectáculo tan espantoso! ¡Qué horror! ¡Un mar de arena sin límite y sin oasis, un cementerio sin consuelo para una raza desamparada! ¡Pero mira y maravíllate! De repente, brotando de la arena abrasadora, veo una planta de renombre; y a medida que crece echa capullos, el capullo se abre: es una rosa, y a su lado un lirio inclina su modesta cabeza; y, ¡milagro de milagros!, al difundirse la fragancia de esas flores, el desierto se transforma en un campo fértil, y todo alrededor florece profusamente; le es dada la gloria del Líbano, la hermosura del Carmelo y de Sarón. No lo llames Sahara; llámalo Paraíso. No hables más de él como del valle de sombra de muerte, porque donde los esqueletos yacían blanqueándose al sol, he aquí que se proclama una resurrección, y se levantan los muertos, un ejército poderoso, llenos de vida inmortal. Jesús es esa planta de renombre, y su presencia hace nuevas todas las cosas. Y no es menor la maravilla en la salvación de cada individuo. Allá te veo, querido lector, echado fuera, criatura recién nacida, sin envolver, sin lavar, sucio en tu propia sangre, abandonado para ser presa de las fieras. Pero he aquí que una mano divina ha echado una joya en tu seno, y por amor a ella la providencia divina se ha compadecido de ti y te ha cuidado; has sido lavado y limpiado de tu inmundicia, has sido adoptado en la familia del cielo, el hermoso sello del amor está sobre tu frente, y el anillo de la fidelidad en tu mano: ahora eres un príncipe para Dios, aunque una vez fuiste un huérfano desechado. ¡Oh, aprecia sobremanera el poder y la gracia incomparables que convierten los desiertos en jardines y hacen que el corazón estéril cante de gozo!

2 de junio

«Maestro bueno». (Mateo 19:16)

Si el joven del evangelio usó este título al hablar a nuestro Señor, ¡con cuánta más razón puedo dirigirme yo a él así! Él es verdaderamente mi Maestro en ambos sentidos: un Maestro que gobierna y un Maestro que enseña. Me deleito en correr a hacer sus encargos y en sentarme a sus pies. Soy a la vez su siervo y su discípulo, y tengo por mi mayor honra reconocer este doble carácter. Si me preguntara por qué lo llamo «bueno», tendría una respuesta pronta. Es verdad que «ninguno es bueno sino uno, es a saber, Dios»; pero es que él es Dios, y toda la bondad de la Deidad resplandece en él. En mi experiencia lo he hallado bueno; tan bueno, en verdad, que todo el bien que tengo me ha venido por medio de él. Fue bueno conmigo cuando estaba muerto en el pecado, porque me levantó por el poder de su Espíritu; ha sido bueno conmigo en todas mis necesidades, pruebas, luchas y tristezas. Nunca podría haber un Maestro mejor, porque su servicio es libertad y su gobierno es amor: ojalá yo fuera un siervo la milésima parte de bueno. Cuando me enseña como mi Rabí, es inefablemente bueno: su doctrina es divina, su manera es condescendiente, su espíritu es la mansedumbre misma. Ningún error se mezcla con su instrucción: pura es la verdad de oro que presenta, y todas sus enseñanzas conducen a la bondad, santificando a la vez que edificando al discípulo. Los ángeles lo hallan un buen Maestro y se deleitan en rendirle homenaje a sus pies. Los santos antiguos comprobaron que era un buen Maestro, y cada uno de ellos se gozaba en cantar: «¡Oh Señor, yo soy tu siervo!». Mi propio humilde testimonio ha de ser ciertamente en el mismo sentido. Daré este testimonio ante mis amigos y vecinos, porque quizá mi testimonio los lleve a buscar a mi Señor Jesús como su Maestro. ¡Ojalá lo hicieran! Nunca se arrepentirían de un acto tan sabio. Si tan solo tomaran su yugo fácil, se hallarían en un servicio tan regio que se alistarían en él para siempre.

3 de junio

«Se humilló a sí mismo». (Filipenses 2:8)

Jesús es el gran maestro de la humildad de corazón. Necesitamos aprender de él cada día. ¡Mira al Maestro tomar una toalla y lavar los pies de sus discípulos! Seguidor de Cristo, ¿no te humillarás tú? Míralo como el Siervo de los siervos, ¡y ciertamente no podrás ser orgulloso! ¿No es esta frase el compendio de su biografía: «Se humilló a sí mismo»? ¿No estuvo en la tierra despojándose siempre, primero de un manto de honor y luego de otro, hasta que, desnudo, fue clavado en la cruz? ¿Y no vació allí lo más íntimo de su ser, derramando la sangre de su vida, entregándose por todos nosotros, hasta que lo pusieron sin un céntimo en una tumba prestada? ¡Cuán bajo fue llevado nuestro amado Redentor! ¿Cómo podemos, pues, ser orgullosos? Ponte al pie de la cruz y cuenta las gotas de púrpura con que has sido limpiado; mira la corona de espinas; observa sus hombros azotados, de los que todavía manan arroyos carmesíes; mira las manos y los pies entregados al hierro áspero, y todo su ser a la burla y al escarnio; mira la amargura, y las punzadas, y las agonías del dolor interior, que se manifiestan en su cuerpo exterior; oye el grito estremecedor: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Y si no caes postrado en tierra delante de esa cruz, nunca la has visto; si no te humillas en la presencia de Jesús, no lo conoces. Estabas tan perdido que nada podía salvarte sino el sacrificio del unigénito de Dios. Piensa en ello, y así como Jesús se inclinó por ti, inclínate tú con humildad a sus pies. El sentido del asombroso amor de Cristo hacia nosotros tiende a humillarnos más aún que la conciencia de nuestra propia culpa. Que el Señor nos lleve en contemplación al Calvario; entonces nuestra posición ya no será la del hombre pomposo y orgulloso, sino que tomaremos el lugar humilde de quien ama mucho porque mucho se le ha perdonado. El orgullo no puede vivir bajo la cruz. Sentémonos allí y aprendamos nuestra lección, y luego levantémonos y pongámosla en práctica.

4 de junio

«Recibido en gloria». (1 Timoteo 3:16)

Hemos visto a nuestro bienamado Señor en los días de su carne, humillado y muy afligido; porque fue «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto». Aquel cuyo resplandor es como la mañana vistió el cilicio de la tristeza como su ropa diaria: la vergüenza era su manto, y el oprobio su vestidura. Pero ahora, puesto que ha triunfado sobre todas las potestades de las tinieblas en el madero sangriento, nuestra fe contempla a nuestro Rey que vuelve de Edom con vestidos teñidos, revestido del esplendor de la victoria. ¡Qué glorioso debió de aparecer a los ojos de los serafines cuando una nube lo recibió y lo quitó de la vista mortal, y subió al cielo! Ahora lleva la gloria que tenía con Dios antes que el mundo fuese, y además otra gloria por encima de todo: la que se ha ganado bien en la lucha contra el pecado, la muerte y el infierno. Como vencedor lleva la ilustre corona. ¡Escucha cómo se eleva el cántico! Es un cántico nuevo y más dulce: «¡Digno es el Cordero que fue inmolado, porque nos ha redimido para Dios con su sangre!». Lleva la gloria de un Intercesor que nunca puede fallar, de un Príncipe que nunca puede ser derrotado, de un Conquistador que ha vencido a todo enemigo, de un Señor que tiene la lealtad del corazón de cada súbdito. Jesús lleva toda la gloria que la pompa del cielo puede conferirle, la que millones de millones de ángeles pueden tributarle. Ni con el máximo esfuerzo de tu imaginación puedes concebir su supereminente grandeza; y sin embargo habrá una revelación aún mayor de ella cuando descienda del cielo con gran poder, con todos los santos ángeles: «Entonces se sentará sobre el trono de su gloria». ¡Oh, el esplendor de esa gloria! Arrebatará el corazón de su pueblo. Y no es este el final, porque la eternidad resonará con su alabanza: «¡Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos!». Lector, si quieres gozarte en la gloria de Cristo en el más allá, él tiene que ser glorioso a tus ojos ahora. ¿Lo es?

5 de junio

«El que no ama no conoce a Dios». (1 Juan 4:8)

La marca distintiva del cristiano es su confianza en el amor de Cristo, y la entrega de sus afectos a Cristo en correspondencia. Primero, la fe pone su sello sobre el hombre capacitando al alma para decir con el apóstol: «Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí». Luego el amor da la contraseña, y estampa en el corazón la gratitud y el amor a Jesús en respuesta. «Nosotros lo amamos a él, porque él nos amó primero». En aquellas grandes edades antiguas, que son el periodo heroico de la religión cristiana, esta doble marca se veía claramente en todos los creyentes en Jesús; eran hombres que conocían el amor de Cristo y descansaban en él como un hombre se apoya en un bastón cuya firmeza ha probado. El amor que sentían hacia el Señor no era una emoción tranquila que escondían dentro de sí en la cámara secreta de su alma, y de la que solo hablaban en sus reuniones privadas cuando se juntaban el primer día de la semana y cantaban himnos en honor de Cristo Jesús, el crucificado, sino que era en ellos una pasión de una energía tan vehemente y consumidora que se hacía visible en todos sus actos, hablaba en su conversación ordinaria y asomaba por sus ojos aun en sus miradas más corrientes. El amor a Jesús era una llama que se alimentaba del núcleo y del corazón de su ser; y por eso, por su propia fuerza, se abría paso hasta el hombre exterior y brillaba allí. El celo por la gloria del Rey Jesús era el sello y la marca de todos los cristianos genuinos. Por su confianza en el amor de Cristo se atrevían a mucho, y por su amor a Cristo hacían mucho; y lo mismo sucede ahora. Los hijos de Dios son gobernados en sus facultades más íntimas por el amor: el amor de Cristo los constriñe; se regocijan de que el amor divino esté puesto sobre ellos, lo sienten derramado en sus corazones por el Espíritu Santo que les es dado, y entonces, por la fuerza de la gratitud, aman al Salvador entrañablemente, de corazón puro. Lector mío, ¿lo amas tú? ¡Antes de dormir, da una respuesta sincera a una pregunta de peso!

6 de junio

«¿Son israelitas? Yo también». (2 Corintios 11:22)

Tenemos aquí una pretensión personal, y una que necesita prueba. El apóstol sabía que su pretensión era indiscutible, pero hay muchas personas que, sin tener derecho a ese título, pretenden sin embargo pertenecer al Israel de Dios. Si declaramos con confianza: «Yo también soy israelita», digámoslo solo después de haber escudriñado nuestro corazón como en la presencia de Dios. Pero si podemos dar prueba de que seguimos a Jesús, si podemos decir de corazón: «Confío en él por completo, confío solo en él, confío en él con sencillez, confío en él ahora y confiaré en él siempre», entonces la posición que tienen los santos de Dios nos pertenece; todos sus goces son posesión nuestra; podemos ser los más pequeños en Israel, «menos que el más pequeño de todos los santos», y sin embargo, puesto que las misericordias de Dios pertenecen a los santos como santos, y no como santos avanzados ni como santos bien instruidos, podemos presentar nuestro alegato y decir: «¿Son israelitas? Yo también; por tanto, las promesas son mías, la gracia es mía, la gloria será mía». La pretensión, hecha con derecho, es una que rendirá un consuelo indecible. Cuando el pueblo de Dios se regocija de ser suyo, ¡qué dicha si podemos decir: «Yo también»! Cuando hablan de ser perdonados, justificados y aceptos en el Amado, ¡qué gozo responder: «Por la gracia de Dios, yo también»! Pero esta pretensión no solo tiene sus goces y privilegios, sino también sus condiciones y deberes. Debemos compartir con el pueblo de Dios tanto la nube como el sol. Cuando oímos que se habla de ellos con desprecio y burla por ser cristianos, debemos adelantarnos con valentía y decir: «Yo también». Cuando los vemos trabajar para Cristo, dando su tiempo, su talento, todo su corazón a Jesús, debemos poder decir: «Yo también». ¡Oh, demostremos nuestra gratitud con nuestra devoción, y vivamos como quienes, habiendo reclamado un privilegio, están dispuestos a asumir la responsabilidad que lo acompaña!

7 de junio

«Sé celoso». (Apocalipsis 3:19)

Si quieres ver almas convertidas, si quieres oír el clamor de que «los reinos de este mundo han venido a ser los reinos de nuestro Señor»; si quieres poner coronas sobre la cabeza del Salvador y ver su trono enaltecido, entonces llénate de celo. Porque, bajo Dios, la conversión del mundo ha de venir por el celo de la iglesia. Toda gracia hará proezas, pero esta será la primera; la prudencia, el conocimiento, la paciencia y el valor seguirán en su lugar, pero el celo debe ir a la vanguardia. No es la amplitud de tu conocimiento, aunque sea útil; no es la amplitud de tu talento, aunque no haya que despreciarlo; es tu celo el que hará grandes proezas. Este celo es fruto del Espíritu Santo: toma su fuerza vital de las continuas operaciones del Espíritu Santo en el alma. Si nuestra vida interior mengua, si nuestro corazón late lentamente delante de Dios, no conoceremos el celo; pero si todo es fuerte y vigoroso por dentro, no podremos menos que sentir una ansiedad amorosa por ver venir el reino de Cristo y hacerse su voluntad en la tierra como en el cielo. Un profundo sentido de gratitud alimentará el celo cristiano. Mirando a la caverna de la fosa de donde fuimos arrancados, hallamos abundantes razones para gastar y gastarnos del todo por Dios. Y el celo es estimulado también por el pensamiento del futuro eterno. Mira con ojos llorosos hacia abajo, a las llamas del infierno, y no puede dormir; mira hacia arriba con mirada ansiosa a las glorias del cielo, y no puede menos que ponerse en movimiento. Siente que el tiempo es corto comparado con la obra que hay que hacer, y por eso consagra todo lo que tiene a la causa de su Señor. Y siempre se fortalece con el recuerdo del ejemplo de Cristo. Él se cubrió de celo como de un manto. ¡Qué veloces corrían con él las ruedas del carro del deber! No conoció la demora en el camino. Demostremos que somos sus discípulos manifestando el mismo espíritu de celo.

8 de junio

«Ahora verás si te sucede mi dicho, o no». (Números 11:23)

Dios había hecho a Moisés una promesa categórica: durante todo un mes alimentaría con carne a la inmensa multitud en el desierto. Moisés, sorprendido por un arrebato de incredulidad, mira a los medios exteriores y no acierta a comprender cómo podrá cumplirse la promesa. Miró a la criatura en vez de mirar al Creador. Pero ¿acaso espera el Creador que la criatura cumpla su promesa por él? No; el que hace la promesa la cumple siempre por su propia omnipotencia, sin ayuda de nadie. Si él habla, la cosa está hecha, y hecha por él mismo. Sus promesas no dependen, para cumplirse, de la cooperación de la mezquina fuerza del hombre. Enseguida vemos el error que cometió Moisés. ¡Y, sin embargo, cuán a menudo hacemos nosotros lo mismo! Dios ha prometido suplir nuestras necesidades, y nosotros miramos a la criatura para que haga lo que Dios ha prometido hacer; y luego, al ver que la criatura es débil y endeble, nos entregamos a la incredulidad. ¿Por qué miramos siquiera hacia ese lado? ¿Irías al polo norte a recoger frutos madurados al sol? En verdad, no obrarías con más necedad si hicieras eso que cuando buscas fuerza en el débil y esperas que la criatura haga la obra del Creador. Pongamos, pues, la cuestión sobre su verdadera base. El fundamento de la fe no es que los medios visibles basten para cumplir la promesa, sino la plena suficiencia del Dios invisible, que con toda certeza hará lo que ha dicho. Si, después de ver claramente que la carga recae sobre el Señor y no sobre la criatura, aún nos atrevemos a dar lugar a la desconfianza, la pregunta de Dios nos llega con poder: «¿Se ha acortado la mano del Señor?». Y quiera él en su misericordia que, junto con la pregunta, resplandezca en nuestras almas aquella bendita declaración: «Ahora verás si te sucede mi dicho, o no».

9 de junio

«Escudriñad las Escrituras». (Juan 5:39)

La palabra griega que aquí se traduce escudriñar significa una búsqueda estricta, minuciosa, diligente y atenta, como la que hacen los hombres cuando buscan oro, o los cazadores cuando van de veras tras la presa. No debemos contentarnos con haber dado una lectura superficial a uno o dos capítulos, sino que, con la lámpara del Espíritu, hemos de buscar deliberadamente el sentido escondido de la palabra. La Santa Escritura requiere ser escudriñada: buena parte de ella solo puede aprenderse mediante un estudio cuidadoso. Hay leche para los niños, pero también alimento sólido para los hombres fuertes. Los rabinos dicen sabiamente que de cada palabra, y aun de cada tilde de la Escritura, pende una montaña de materia. Tertuliano exclama: «Adoro la plenitud de las Escrituras». Ningún hombre que se limite a hojear el libro de Dios podrá sacar provecho de él; hemos de cavar y excavar hasta dar con el tesoro escondido. La puerta de la palabra solo se abre con la llave de la diligencia. Las Escrituras reclaman ser escudriñadas. Son los escritos de Dios, llevan el sello y la aprobación divinos: ¿quién se atreverá a tratarlas con ligereza? El que las desprecia desprecia al Dios que las escribió. No permita Dios que ninguno de nosotros deje que su Biblia se convierta en testigo veloz contra él en el gran día de las cuentas. La palabra de Dios recompensará a quien la escudriñe. Dios no nos manda cribar una montaña de paja que contenga aquí y allá algún grano de trigo; la Biblia es grano ya aventado: no tenemos más que abrir la puerta del granero y hallarlo. La Escritura crece ante los ojos del que la estudia. Está llena de sorpresas. Bajo la enseñanza del Espíritu Santo, al ojo que escudriña resplandece con el esplendor de la revelación, como un vasto templo pavimentado de oro labrado y techado de rubíes, esmeraldas y toda clase de piedras preciosas. No hay mercadería como la mercadería de la verdad de la Escritura. Por último, las Escrituras revelan a Jesús: «Ellas son las que dan testimonio de mí». No puede presentarse a los lectores de la Biblia un motivo más poderoso que este: el que halla a Jesús halla la vida, el cielo, todas las cosas. Dichoso aquel que, escudriñando su Biblia, descubre a su Salvador.

10 de junio

«Ellas son las que dan testimonio de mí». (Juan 5:39)

Jesucristo es el Alfa y la Omega de la Biblia. Él es el tema constante de sus sagradas páginas; de principio a fin dan testimonio de él. En la creación lo discernimos enseguida como una de las personas de la santa Trinidad; lo vislumbramos en la promesa de la simiente de la mujer; lo vemos prefigurado en el arca de Noé; caminamos con Abraham cuando ve el día del Mesías; moramos en las tiendas de Isaac y de Jacob, alimentándonos de la promesa de gracia; oímos al venerable Israel hablar de Siloh; y en los numerosos tipos de la ley hallamos al Redentor abundantemente anunciado. Profetas y reyes, sacerdotes y predicadores, todos miran en una misma dirección: todos están como estaban los querubines sobre el arca, deseando mirar dentro y leer el misterio de la gran propiciación de Dios. Más claramente aún hallamos en el Nuevo Testamento que nuestro Señor es el único tema que lo llena todo. No es un lingote aquí y otro allá, ni polvo de oro esparcido con escasez; aquí pisas un suelo de oro macizo, porque toda la sustancia del Nuevo Testamento es Jesús crucificado, y hasta su frase final está enjoyada con el nombre del Redentor. Siempre deberíamos leer la Escritura a esta luz; deberíamos considerar la palabra como un espejo en el que Cristo se asoma desde el cielo; y entonces nosotros, mirando en él, vemos su rostro reflejado como en un espejo, oscuramente, es verdad, pero de tal manera que es una bendita preparación para verlo como lo veremos cara a cara. Este volumen contiene las cartas que Jesucristo nos escribe, perfumadas con su amor. Estas páginas son las vestiduras de nuestro Rey, y todas exhalan mirra, áloe y casia. La Escritura es la carroza real en la que viaja Jesús, y su interior está tapizado de amor por las doncellas de Jerusalén. Las Escrituras son los pañales del santo niño Jesús: desenvuélvelos y hallarás a tu Salvador. La quintaesencia de la palabra de Dios es Cristo.

11 de junio

«Allí quebró las saetas del arco, el escudo, y la espada, y la batalla». (Salmo 76:3)

El glorioso clamor de nuestro Redentor, «Consumado es», fue el toque de difuntos de todos los adversarios de su pueblo, el quebrantamiento de «las saetas del arco, el escudo, y la espada, y la batalla». ¡Contempla al héroe del Gólgota usando su cruz como yunque y sus aflicciones como martillo, haciendo añicos haz tras haz de nuestros pecados, esas envenenadas «saetas del arco»; pisoteando toda acusación formal y destruyendo todo cargo! ¡Qué golpes tan gloriosos descarga el poderoso Quebrantador con un martillo mucho más pesado que el arma legendaria de Thor! ¡Cómo vuelan en pedazos los dardos diabólicos y se rompen los escudos infernales como vasijas de alfarero! ¡Mira, saca de su vaina, forjada en el infierno, la temible espada del poder satánico! La parte sobre su rodilla, como quien quiebra la leña seca de un haz, y la arroja al fuego. Amados, ningún pecado de un creyente puede ser ya una saeta que lo hiera de muerte, ninguna condenación puede ser ya una espada que lo mate, porque el castigo de nuestro pecado lo llevó Cristo, y nuestro bendito Sustituto y Fiador hizo plena expiación por todas nuestras iniquidades. ¿Quién acusa ahora? ¿Quién condena ahora? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó. Jesús ha vaciado las aljabas del infierno, ha apagado todo dardo de fuego y ha quebrado la punta de toda saeta de ira; el suelo está sembrado de astillas y restos de las armas de la guerra del infierno, que solo quedan a nuestra vista para recordarnos nuestro antiguo peligro y nuestra gran liberación. El pecado ya no se enseñorea de nosotros. Jesús le ha puesto fin y lo ha quitado para siempre. Oh enemigo, acabados son para siempre los asolamientos. Hablad de todas las maravillas del Señor, vosotros los que hacéis mención de su nombre; no calléis, ni de día ni cuando el sol se va a su reposo. Bendice, alma mía, al Señor.

12 de junio

«El cual nos salvó, y llamó con llamamiento santo». (2 Timoteo 1:9)

El apóstol usa el tiempo perfecto y dice: «El cual nos salvó». Los creyentes en Cristo Jesús están salvados. No se los considera personas que se hallan en un estado esperanzador y que quizá al final serán salvadas, sino que ya están salvadas. La salvación no es una bendición que se haya de disfrutar en el lecho de muerte y cantar en un estado futuro allá arriba, sino algo que se ha de obtener, recibir, prometer y disfrutar ahora. El cristiano está perfectamente salvado en el propósito de Dios; Dios lo ha ordenado para salvación, y ese propósito está completo. Está salvado también en cuanto al precio que se ha pagado por él: «Consumado es», fue el clamor del Salvador antes de morir. El creyente está asimismo perfectamente salvado en su cabeza federal, porque así como cayó en Adán, así vive en Cristo. Esta salvación completa va acompañada de un santo llamamiento. Aquellos a quienes el Salvador salvó en la cruz son, a su debido tiempo, llamados eficazmente a la santidad por el poder de Dios el Espíritu Santo: dejan sus pecados; se esfuerzan por ser semejantes a Cristo; escogen la santidad, no por ninguna coacción, sino por el impulso de una nueva naturaleza que los lleva a regocijarse en la santidad con la misma naturalidad con que antes se deleitaban en el pecado. Dios no los escogió ni los llamó porque fueran santos, sino que los llamó para que fuesen santos, y la santidad es la hermosura que su obra produce en ellos. Las excelencias que vemos en un creyente son tan obra de Dios como la expiación misma. Así se pone de manifiesto, con gran dulzura, la plenitud de la gracia de Dios. La salvación tiene que ser por gracia, porque el Señor es su autor: ¿y qué otro motivo que la gracia podría moverlo a salvar a los culpables? La salvación tiene que ser por gracia, porque el Señor obra de tal manera que nuestra propia justicia queda excluida para siempre. Tal es el privilegio del creyente: una salvación presente; tal es la evidencia de que ha sido llamado a ella: una vida santa.

13 de junio

(Proverbios 30:8)

«Dios mío, no te alejes de mí». (—Salmo 38:21)

Aquí tenemos dos grandes lecciones: qué debemos pedir que se aparte de nosotros y qué debemos suplicar. El estado más feliz de un cristiano es su estado más santo. Así como hay más calor cuanto más cerca se está del sol, hay más felicidad cuanto más cerca se está de Cristo. Ningún cristiano disfruta de consuelo cuando tiene los ojos puestos en la vanidad; no halla satisfacción a menos que su alma sea vivificada en los caminos de Dios. El mundo puede hallar felicidad en otra parte, pero él no. No culpo a los impíos por lanzarse a sus placeres. ¿Por qué habría de hacerlo? Que se sacien. Es todo lo que tienen para disfrutar. Una esposa convertida que desesperaba de su marido era siempre muy bondadosa con él, porque decía: «Temo que este sea el único mundo en el que él será feliz, y por eso me he propuesto hacerlo tan feliz como pueda en él». Los cristianos deben buscar sus deleites en una esfera más alta que las insípidas frivolidades o los goces pecaminosos del mundo. Las ocupaciones vanas son peligrosas para las almas renovadas. Hemos oído hablar de un filósofo que, mientras miraba arriba, a las estrellas, cayó en un pozo; pero ¡cuán hondo caen los que miran abajo! Su caída es fatal. Ningún cristiano está seguro cuando su alma es perezosa y su Dios está lejos de él. Todo cristiano está siempre seguro en cuanto a la gran cuestión de su posición en Cristo, pero no lo está en cuanto a su experiencia de santidad y su comunión con Jesús en esta vida. Satanás no suele atacar a un cristiano que vive cerca de Dios. Cuando el cristiano se aparta de su Dios, se queda espiritualmente hambriento y trata de alimentarse de vanidades, es entonces cuando el diablo descubre su hora propicia. A veces puede plantarse cara a cara con el hijo de Dios que está activo en el servicio de su Señor, pero la batalla suele ser breve: el que resbala al bajar al Valle de la Humillación invita a Apolión a asaltarlo cada vez que da un paso en falso. ¡Oh, quién tuviera gracia para andar humildemente con nuestro Dios!

14 de junio

«Oh Señor, nuestra es la confusión de rostro... porque contra ti pecamos». (Daniel 9:8)

Un sentido profundo y una visión clara del pecado, de su atrocidad y del castigo que merece, deberían hacernos postrarnos ante el trono. Hemos pecado como cristianos. ¡Ay, que así haya sido! Favorecidos como hemos sido, aun así hemos sido ingratos; privilegiados más que la mayoría, no hemos dado fruto en proporción. ¿Quién hay que, aunque lleve mucho tiempo en la milicia cristiana, no se sonroje al mirar atrás? En cuanto a nuestros días antes de ser regenerados, sean perdonados y olvidados; pero desde entonces, aunque no hemos pecado como antes, sí hemos pecado contra la luz y contra el amor: una luz que de veras ha penetrado nuestra mente, y un amor en el que nos hemos regocijado. ¡Oh, la atrocidad del pecado de un alma perdonada! Un pecador no perdonado peca a bajo precio comparado con el pecado de uno de los propios escogidos de Dios, que ha tenido comunión con Cristo y ha recostado su cabeza en el pecho de Jesús. ¡Mira a David! Muchos hablarán de su pecado, pero yo te ruego que mires su arrepentimiento y oigas sus huesos quebrantados, mientras cada uno de ellos gime su dolorosa confesión. ¡Fíjate en sus lágrimas, cómo caen al suelo, y en los hondos suspiros con que acompaña la música apagada de su arpa! Hemos errado: busquemos, pues, el espíritu de penitencia. ¡Mira también a Pedro! Hablamos mucho de cómo Pedro negó a su Maestro. Recuerda que está escrito: «Lloró amargamente». ¿No tenemos nosotros negaciones de nuestro Señor que lamentar con lágrimas? ¡Ay, estos pecados nuestros, antes y después de la conversión, nos condenarían al lugar del fuego inextinguible si no fuera por la misericordia soberana que nos ha distinguido, arrebatándonos como tizones del incendio! Alma mía, inclínate bajo el sentido de tu pecaminosidad natural y adora a tu Dios. ¡Admira la gracia que te salva, la misericordia que te perdona la vida, el amor que te perdona!

15 de junio

«El que abre y ninguno cierra». (Apocalipsis 3:7)

Jesús es el guardián de las puertas del paraíso, y delante de toda alma creyente pone una puerta abierta que ningún hombre ni demonio podrá cerrarle. ¡Qué gozo será descubrir que la fe en él es la llave de oro de las puertas eternas! Alma mía, ¿llevas esta llave en tu seno, o confías en alguna ganzúa engañosa que al final te fallará? Oye esta parábola del predicador y recuérdala. El gran Rey ha preparado un banquete y ha proclamado a todo el mundo que nadie entrará sino los que traigan consigo la flor más hermosa que florezca. Los espíritus de los hombres avanzan hacia la puerta por millares, y cada uno trae la flor que estima la reina del jardín; pero son echados en tropel de la presencia real y no entran en las salas del festín. Unos llevan en la mano la mortífera belladona de la superstición, o las llamativas amapolas de Roma, o la cicuta de la justicia propia; pero estas no son gratas al Rey, y sus portadores quedan excluidos de las puertas de perla. Alma mía, ¿has cogido la rosa de Sarón? ¿Llevas siempre en tu seno el lirio de los valles? Si es así, cuando llegues a las puertas del cielo conocerás su valor, porque no tendrás más que mostrar esta flor escogidísima y el Portero abrirá: ni por un instante te negará la entrada, porque ante esa rosa el Portero abre siempre. Con la rosa de Sarón en la mano hallarás el camino hasta el trono de Dios mismo, porque el cielo mismo no posee nada que supere su radiante hermosura, y de todas las flores que florecen en el paraíso no hay ninguna que pueda rivalizar con el lirio de los valles. Alma mía, toma por la fe en tu mano la rosa roja como la sangre del Calvario; llévala con amor, consérvala por la comunión, hazla tu todo en todo por la vigilancia diaria, y serás bienaventurada más allá de toda dicha, feliz más allá de todo sueño. Jesús, sé mío para siempre, mi Dios, mi cielo, mi todo.

16 de junio

«El Señor es mi luz y mi salvación: ¿de quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida: ¿de quién he de atemorizarme?». (Salmo 27:1)

«El Señor es mi luz y mi salvación». Aquí hay un interés personal, «mi luz», «mi salvación»; el alma está segura de ello, y por eso lo declara con valentía. En el nuevo nacimiento se derrama en el alma la luz divina como precursora de la salvación; donde no hay luz suficiente para revelarnos nuestras propias tinieblas y hacernos anhelar al Señor Jesús, no hay evidencia de salvación. Después de la conversión, nuestro Dios es nuestro gozo, consuelo, guía, maestro y, en todos los sentidos, nuestra luz: él es luz dentro, luz alrededor, luz que se refleja en nosotros y luz que se nos ha de revelar. Fíjate: no se dice solamente que el Señor da luz, sino que él es luz; ni que da salvación, sino que él es salvación; así pues, el que por la fe se ha asido de Dios tiene en su posesión todas las bendiciones del pacto. Una vez asegurado esto como un hecho, el argumento que de él se deduce se presenta en forma de pregunta: «¿De quién temeré?». Es una pregunta que se responde a sí misma. No hay que temer a las potestades de las tinieblas, porque el Señor, nuestra luz, las destruye; y no hemos de temer la condenación del infierno, porque el Señor es nuestra salvación. Este es un desafío muy distinto del del jactancioso Goliat, porque no descansa en el vigor presuntuoso de un brazo de carne, sino en el poder real del omnipotente YO SOY. «El Señor es la fortaleza de mi vida». He aquí un tercer epíteto resplandeciente, para mostrar que la esperanza del escritor estaba atada con un cordón de tres dobleces que no podía romperse. Bien podemos acumular términos de alabanza allí donde el Señor prodiga obras de gracia. Nuestra vida deriva toda su fuerza de Dios; y si él se digna hacernos fuertes, no podrán debilitarnos todas las maquinaciones del adversario. «¿De quién he de atemorizarme?». La audaz pregunta mira al futuro tanto como al presente. «Si Dios por nosotros», ¿quién contra nosotros, ya sea ahora o en el tiempo venidero?

17 de junio

«Entonces cantó Israel esta canción: Sube, oh pozo; a él cantad». (Números 21:17)

Famoso era el pozo de Beer en el desierto, porque era objeto de una promesa: «Este es el pozo del cual el Señor dijo a Moisés: Junta el pueblo, y les daré agua». El pueblo necesitaba agua, y su Dios misericordioso se la había prometido. Nosotros necesitamos nuevas provisiones de la gracia celestial, y en el pacto el Señor se ha comprometido a darnos todo lo que nos haga falta. Luego el pozo llegó a ser motivo de un cántico. Antes de que brotara el agua, una fe alegre movió al pueblo a cantar; y al ver la fuente cristalina borbotear, la música se hizo aún más gozosa. De igual manera, nosotros, que creemos la promesa de Dios, deberíamos regocijarnos ante la perspectiva de avivamientos divinos en nuestras almas, y al experimentarlos nuestro santo gozo debería desbordarse. ¿Tenemos sed? No murmuremos, sino cantemos. La sed espiritual es amarga de soportar, pero no hace falta soportarla: la promesa señala un pozo; tengamos buen ánimo y busquémoslo. Además, el pozo era el centro de la oración. «Sube, oh pozo». Lo que Dios se ha comprometido a dar, debemos pedirlo, o mostraremos que no tenemos ni deseo ni fe. Esta noche pidamos que la Escritura que hemos leído y nuestros ejercicios devocionales no sean una formalidad vacía, sino un cauce de gracia para nuestras almas. ¡Oh, que Dios el Espíritu Santo obre en nosotros con todo su gran poder, llenándonos de toda la plenitud de Dios! Por último, el pozo era objeto de esfuerzo. «Caváronlo los príncipes del pueblo con sus bordones». El Señor quiere que seamos activos en obtener la gracia. Nuestros bordones no son muy aptos para cavar en la arena, pero debemos usarlos hasta el límite de nuestra capacidad. No hay que descuidar la oración; no hay que dejar de congregarnos; no hay que menospreciar las ordenanzas. El Señor nos dará su paz con suma abundancia, pero no por el camino de la ociosidad. Despertemos, pues, para buscar a aquel en quien están todas nuestras fuentes frescas.

18 de junio

«Yo vine a mi huerto, oh hermana, esposa mía». (Cantares 5:1)

El corazón del creyente es el huerto de Cristo. Él lo compró con su preciosa sangre, y entra en él y lo reclama como suyo. Un huerto implica separación. No es el campo comunal abierto; no es un desierto; está cercado de muros o rodeado de setos. ¡Ojalá viéramos más ancho y más fuerte el muro de separación entre la iglesia y el mundo! Entristece oír a los cristianos decir: «Bueno, esto no tiene nada de malo; aquello no tiene nada de malo», y acercarse así al mundo todo lo posible. La gracia está en franca bajamar en el alma que llega siquiera a plantearse hasta dónde puede llegar en su conformidad con el mundo. Un huerto es un lugar de belleza: supera con mucho las tierras silvestres sin cultivar. El cristiano genuino debe procurar ser en su vida más excelente que el mejor moralista, porque el huerto de Cristo debería producir las mejores flores de todo el mundo. Aun lo mejor es pobre comparado con lo que Cristo merece; no le ofrezcamos plantas marchitas y raquíticas. Los lirios y las rosas más raros, más ricos y más escogidos deberían florecer en el lugar que Jesús llama suyo. El huerto es un lugar de crecimiento. Los santos no han de quedarse sin desarrollarse, siempre meros capullos y botones. Debemos crecer en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. El crecimiento debería ser rápido allí donde Jesús es el Labrador y el Espíritu Santo el rocío de lo alto. Un huerto es un lugar de retiro. Así quiere el Señor Jesucristo que reservemos nuestras almas como un lugar en el que él pueda manifestarse, como no se manifiesta al mundo. ¡Oh, que los cristianos fueran más retirados, que guardaran su corazón más cerrado para Cristo! A menudo nos inquietamos y nos afanamos, como Marta, con muchos quehaceres, de modo que no tenemos para Cristo el espacio que tenía María, y no nos sentamos a sus pies como deberíamos. Conceda el Señor hoy las dulces lluvias de su gracia para regar su huerto.

19 de junio

«Mi Amado es mío, y yo suya; él apacienta entre lirios. Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, tórnate, Amado mío; sé semejante al gamo, o al cabrito de los ciervos, sobre los montes de Beter». (Cantares 2:16, 17)

Sin duda, si hay un versículo feliz en la Biblia, es este: «Mi Amado es mío, y yo suya». Es tan apacible, tan lleno de seguridad, tan rebosante de felicidad y contentamiento, que bien podría haberlo escrito la misma mano que escribió el Salmo veintitrés. Sin embargo, aunque el panorama es sumamente hermoso y encantador (la tierra no puede mostrar nada que lo supere), no es del todo un paisaje bañado de sol. Hay una nube en el cielo que proyecta una sombra sobre la escena. Escucha: «Hasta que apunte el día, y huyan las sombras».

Hay también una palabra acerca de los «montes de Beter», o «los montes de la separación», y para nuestro amor cualquier cosa que se parezca a la separación es amargura. Amado, quizá este sea tu estado de ánimo actual: no dudas de tu salvación; sabes que Cristo es tuyo, pero no estás disfrutando del banquete con él. Comprendes tu vital interés en él, de modo que no tienes ni sombra de duda de que eres suyo y de que él es tuyo, pero aun así su izquierda no está debajo de tu cabeza, ni su derecha te abraza. Una sombra de tristeza se cierne sobre tu corazón, quizá por la aflicción, ciertamente por la ausencia temporal de tu Señor; y así, aun mientras exclamas «Soy suyo», te ves obligado a ponerte de rodillas y a orar: «Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, tórnate, Amado mío».

«¿Dónde está?», pregunta el alma. Y llega la respuesta: «él apacienta entre lirios». Si queremos hallar a Cristo, debemos entrar en comunión con su pueblo; debemos acudir a las ordenanzas con sus santos. ¡Oh, quién pudiera vislumbrarlo esta noche! ¡Oh, cenar con él esta noche!

20 de junio

«Y luego, dejadas sus redes, le siguieron». (Marcos 1:18)

Cuando oyeron el llamamiento de Jesús, Simón y Andrés obedecieron enseguida y sin objeción. Si siempre pusiéramos en práctica, puntualmente y con celo resuelto, lo que oímos, allí mismo o en la primera ocasión oportuna, nuestra asistencia a los medios de gracia y nuestra lectura de buenos libros no dejarían de enriquecernos espiritualmente. No perderá su pan el que se ha cuidado de comérselo enseguida, ni se le puede privar del beneficio de la doctrina al que ya ha obrado conforme a ella. La mayoría de los lectores y oyentes se conmueven hasta el punto de proponerse enmendarse; pero, ¡ay!, el propósito es una flor que no ha cuajado, y por eso no da fruto; esperan, vacilan y luego olvidan, hasta que, como los estanques en las noches de helada, cuando el sol brilla de día solo se deshielan a tiempo para volver a helarse. Ese fatal mañana está teñido de rojo sangre por el asesinato de buenas resoluciones; es el matadero de los inocentes. Nos preocupa mucho que nuestro librito de «Lecturas vespertinas» no quede sin fruto, y por eso oramos para que los lectores no sean solo lectores, sino hacedores de la palabra. Practicar la verdad es la lectura más provechosa de ella. Si al leer estas páginas el lector se siente impresionado por algún deber, apresúrese a cumplirlo antes de que el santo fervor se haya ido de su alma, y deje sus redes y todo lo que tiene antes que ser hallado rebelde al llamamiento del Maestro. ¡No des lugar al diablo con la demora! Apresúrate mientras la oportunidad y el impulso vivificador coinciden felizmente. No te dejes atrapar en tus propias redes; rompe las mallas de la mundanalidad y vete adonde la gloria te llama. Dichoso el escritor que encuentre lectores resueltos a poner por obra sus enseñanzas: su cosecha será a ciento por uno, y su Maestro recibirá gran honra. ¡Quiera Dios que tal sea nuestra recompensa por estas breves meditaciones y apresuradas indicaciones! ¡Concédelo, oh Señor, a tu siervo!

21 de junio

«Pero el fundamento de Dios está firme». (2 Timoteo 2:19)

El fundamento sobre el cual descansa nuestra fe es este: que «Dios estaba en Cristo reconciliando el mundo a sí, no imputándole sus pecados». El gran hecho en el que confía la fe genuina es que «aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros», y que «también Cristo padeció una vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios»; «el cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero»; «el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados». En una palabra, la gran columna de la esperanza del cristiano es la sustitución. El sacrificio vicario de Cristo por los culpables; Cristo hecho pecado por nosotros para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él; Cristo ofreciendo un verdadero y propio sacrificio expiatorio y sustitutivo en lugar y en vez de todos los que el Padre le dio, que son conocidos por Dios por su nombre y se reconocen en su propio corazón por su confianza en Jesús: este es el hecho cardinal del evangelio. Si se quitara este fundamento, ¿qué podríamos hacer? Pero está firme como el trono de Dios. Lo sabemos; descansamos en él; nos regocijamos en él; y nuestro deleite es sostenerlo, meditar en él y proclamarlo, a la vez que deseamos ser impulsados y movidos por la gratitud hacia él en cada aspecto de nuestra vida y conducta. En estos días se lanza un ataque directo contra la doctrina de la expiación. Los hombres no soportan la sustitución. Rechinan los dientes ante la idea de que el Cordero de Dios cargue con el pecado del hombre. Pero nosotros, que conocemos por experiencia lo precioso de esta verdad, la proclamaremos a pesar de ellos, con confianza y sin cesar. No la diluiremos ni la cambiaremos, ni la desmenuzaremos de ningún modo ni manera. Seguirá siendo Cristo, un sustituto real, cargando con la culpa humana y sufriendo en lugar de los hombres. No podemos ni nos atrevemos a abandonarla, porque es nuestra vida, y a pesar de toda controversia sentimos que «Pero el fundamento de Dios está firme».

22 de junio

«Para que queden las cosas que son firmes». (Hebreos 12:27)

Tenemos en este momento en nuestra posesión muchas cosas que pueden ser sacudidas, y mal le sienta a un cristiano darles mucha importancia, porque no hay nada estable bajo estos cielos que giran; el cambio está escrito sobre todas las cosas. Sin embargo, tenemos ciertas «cosas que no pueden ser sacudidas», y te invito esta noche a pensar en ellas, para que, si te fueran quitadas todas las cosas que pueden ser sacudidas, halles verdadero consuelo en las cosas que no pueden ser sacudidas, que permanecerán. Sean cuales hayan sido o sean tus pérdidas, disfrutas de una salvación presente. Estás al pie de su cruz, confiando únicamente en el mérito de la preciosa sangre de Jesús, y ninguna subida ni bajada de los mercados puede afectar tu salvación en él; ninguna quiebra de bancos, ningún fracaso ni bancarrota puede tocarla. Además, esta noche eres hijo de Dios. Dios es tu Padre. Ningún cambio de circunstancias podrá jamás arrebatarte eso. Aunque las pérdidas te hayan llevado a la pobreza y te hayan despojado de todo, puedes decir: «Él sigue siendo mi Padre. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; por tanto, no me turbaré». Tienes otra bendición permanente, a saber, el amor de Jesucristo. Aquel que es Dios y Hombre te ama con toda la fuerza de su naturaleza afectuosa: nada puede alterar eso. Aunque la higuera no florezca y las ovejas falten del redil, nada importa al hombre que puede cantar: «Mi Amado es mío, y yo suya». Nuestra mejor porción y nuestra más rica herencia no podemos perderlas. Vengan las aflicciones que vengan, portémonos varonilmente; mostremos que no somos niños tan pequeños como para abatirnos por lo que pueda suceder en este pobre y fugaz estado del tiempo. Nuestra patria es la tierra de Emanuel, nuestra esperanza está más allá del cielo; y por eso, en calma como el océano en verano, veremos el naufragio de todo lo nacido de la tierra y aun así nos regocijaremos en el Dios de nuestra salvación.

23 de junio

«Esperando la adopción». (Romanos 8:23)

Aun en este mundo los santos son hijos de Dios, pero los hombres no pueden descubrir que lo son sino por ciertos rasgos morales. La adopción no se ha manifestado; los hijos aún no han sido declarados públicamente. Entre los romanos, un hombre podía adoptar a un niño y mantenerlo en privado durante mucho tiempo; pero había una segunda adopción, en público: cuando el niño era presentado ante las autoridades constituidas, le quitaban sus ropas anteriores, y el padre que lo tomaba por hijo le daba vestiduras adecuadas a su nueva condición de vida. «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser». Aún no estamos ataviados con la vestidura que corresponde a la familia real del cielo; llevamos en esta carne y sangre lo mismo que llevábamos como hijos de Adán; pero sabemos que «cuando él apareciere», aquel que es el «primogénito entre muchos hermanos», seremos semejantes a él, lo veremos tal como él es. ¿No te imaginas que un niño sacado de las clases más bajas de la sociedad y adoptado por un senador romano se diría a sí mismo: «Anhelo el día en que seré adoptado públicamente. Entonces dejaré estas ropas plebeyas y seré vestido como corresponde a mi rango de senador»? Feliz con lo que ha recibido, precisamente por eso gime por obtener la plenitud de lo que se le ha prometido. Así nos sucede a nosotros hoy. Esperamos el momento en que nos pondremos nuestras vestiduras propias y seremos manifestados como hijos de Dios. Somos jóvenes nobles que aún no han lucido sus coronas. Somos jóvenes desposadas, y el día de la boda aún no ha llegado; y por el amor que nos tiene nuestro Esposo, somos movidas a anhelar y suspirar por la mañana nupcial. Nuestra misma felicidad nos hace gemir por más; nuestro gozo, como un manantial crecido, ansía brotar como un géiser de Islandia que salta hasta los cielos, y se agita y gime dentro de nuestro espíritu por falta de espacio y lugar para manifestarse a los hombres.

24 de junio

«Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron y dijeron... sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses». (Daniel 3:16, 18)

El relato del varonil valor y la maravillosa liberación de los tres santos jóvenes, o mejor dicho, campeones, es muy a propósito para suscitar en el ánimo de los creyentes firmeza y constancia en sostener la verdad frente a la tiranía y en las mismas fauces de la muerte. Aprendan de su ejemplo, especialmente los cristianos jóvenes, a no sacrificar nunca su conciencia, ni en asuntos de fe en la religión ni en asuntos de rectitud en los negocios. Piérdelo todo antes que perder tu integridad, y cuando todo lo demás se haya ido, aférrate todavía a una conciencia limpia como la joya más rara que puede adornar el pecho de un mortal. No te guíes por el fuego fatuo de la conveniencia, sino por la estrella polar de la autoridad divina. Sigue lo recto a toda costa. Cuando no veas ventaja inmediata, anda por fe y no por vista. Hazle a Dios el honor de confiar en él cuando se trate de sufrir pérdidas por causa de los principios. ¡Mira si él será tu deudor! ¡Mira si no demuestra, aun en esta vida, su palabra de que «grande ganancia es la piedad con contentamiento», y de que a los que «buscan primeramente el reino de Dios y su justicia, todas estas cosas les serán añadidas»! Si llegara a suceder que, en la providencia de Dios, sales perdiendo por tu conciencia, verás que, si el Señor no te paga con la plata de la prosperidad terrenal, cumplirá su promesa con el oro del gozo espiritual. Recuerda que la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee. Llevar un espíritu sin engaño, tener un corazón sin remordimiento, gozar del favor y la sonrisa de Dios, es mayor riqueza que la que pudieran dar las minas de Ofir o ganar el comercio de Tiro. «Mejor es la comida de legumbres donde hay amor, que de buey engordado donde hay odio». Una onza de paz en el corazón vale más que una tonelada de oro.

25 de junio

«Y no halló la paloma donde sentar la planta de su pie». (Génesis 8:9)

Lector, ¿puedes hallar descanso fuera del arca, que es Cristo Jesús? Entonces ten por seguro que tu religión es vana. ¿Te conformas con algo menos que un conocimiento consciente de tu unión con Cristo y de tu parte en él? Entonces, ¡ay de ti! Si profesas ser cristiano y, sin embargo, hallas plena satisfacción en los placeres y ocupaciones del mundo, tu profesión es falsa. Si tu alma puede tenderse a descansar en las alcobas del pecado y hallar la cama lo bastante larga y la manta lo bastante ancha para cubrirse, entonces eres un hipócrita y estás muy lejos de tener pensamientos rectos acerca de Cristo o de percibir lo precioso que es. Pero si, por el contrario, sientes que, aunque pudieras entregarte al pecado sin castigo, el pecado mismo sería ya un castigo; y que, aunque pudieras tener el mundo entero y permanecer en él para siempre, sería suficiente desdicha no poder separarte de él, porque tu Dios, tu Dios, es lo que tu alma anhela, entonces ten buen ánimo: eres hijo de Dios. Con todos tus pecados e imperfecciones, toma esto como consuelo: si tu alma no halla descanso en el pecado, ¡no eres como el pecador! Si todavía clamas y anhelas algo mejor, Cristo no te ha olvidado, porque tú no lo has olvidado del todo a él. El creyente no puede pasar sin su Señor; las palabras no bastan para expresar lo que piensa de él. No podemos vivir de las arenas del desierto; necesitamos el maná que cae de lo alto; nuestros odres de confianza en la criatura no pueden darnos ni una gota de humedad, pero bebemos de la roca que nos sigue, y la roca es Cristo. Cuando te alimentas de él, tu alma puede cantar: «Él ha saciado de bien mi boca, de modo que me rejuvenezco como el águila»; pero si no lo tienes a él, tu lagar rebosante y tu granero lleno no pueden darte ninguna clase de satisfacción; antes bien, lamenta sobre ellos con las palabras de la sabiduría: «¡Vanidad de vanidades, todo vanidad!».

26 de junio

«Habiendo huido de la corrupción que está en el mundo por concupiscencia». (2 Pedro 1:4)

Desaparezca para siempre todo pensamiento de complacer a la carne, si quieres vivir en el poder de tu Señor resucitado. Mal estaría que un hombre que está vivo en Cristo habitara en la corrupción del pecado. «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?», dijo el ángel a la Magdalena. ¿Han de morar los vivos en el sepulcro? ¿Ha de estar la vida divina emparedada en el osario de la concupiscencia carnal? ¿Cómo podemos participar de la copa del Señor y a la vez beber la copa de Belial? Sin duda, creyente, has sido librado de las concupiscencias y los pecados manifiestos; pero ¿has escapado también de las varetas enviscadas, más secretas y engañosas, del cazador satánico? ¿Has salido de la concupiscencia del orgullo? ¿Has escapado de la pereza? ¿Has escapado del todo de la seguridad carnal? ¿Procuras día tras día vivir por encima de la mundanalidad, de la vanagloria de la vida y del vicio engañoso de la avaricia? Recuerda que es para esto para lo que has sido enriquecido con los tesoros de Dios. Si de veras eres escogido de Dios y amado por él, no permitas que todo el pródigo tesoro de la gracia se desperdicie en ti. Sigue la santidad; es la corona y la gloria del cristiano. ¡Una iglesia sin santidad! Es inútil para el mundo y no tiene estima alguna entre los hombres. Es una abominación, la risa del infierno, el aborrecimiento del cielo. Los peores males que jamás han venido sobre el mundo se los ha traído una iglesia sin santidad. Oh cristiano, los votos de Dios están sobre ti. Eres sacerdote de Dios: obra como tal. Eres rey de Dios: reina sobre tus concupiscencias. Eres escogido de Dios: no te asocies con Belial. El cielo es tu porción: vive como un espíritu celestial; así demostrarás que tienes verdadera fe en Jesús, porque no puede haber fe en el corazón si no hay santidad en la vida.

«Señor, deseo vivir como quien

lleva un nombre comprado con sangre,

como quien no teme sino entristecerte

y no conoce otra vergüenza».

27 de junio

«Cada uno en la vocación en que fue llamado, en ella se quede». (1 Corintios 7:20)

Algunas personas tienen la necia idea de que la única manera en que pueden vivir para Dios es haciéndose ministros, misioneros o lectoras de la Biblia. ¡Ay, a cuántos se les cerraría toda oportunidad de engrandecer al Altísimo si así fuera! Amados, no es el cargo, es el fervor; no es la posición, es la gracia lo que nos capacitará para glorificar a Dios. Con toda seguridad Dios es glorificado en el taller de aquel zapatero donde el obrero piadoso, mientras maneja la lezna, canta el amor del Salvador; sí, glorificado mucho más que en muchas sillas de coro de canónigo donde la religiosidad oficial cumple sus escasos deberes. El nombre de Jesús es glorificado por el pobre carretero sin letras que, mientras conduce su caballo, bendice a su Dios o habla a su compañero de trabajo junto al camino, tanto como por el teólogo popular que, como un Boanerges, va tronando el evangelio por todo el país. Dios es glorificado cuando le servimos en nuestras vocaciones propias. Cuida, querido lector, de no abandonar la senda del deber dejando tu ocupación, y cuida de no deshonrar tu profesión mientras estás en ella. Pensad poco de vosotros mismos, pero no penséis demasiado poco de vuestras vocaciones. Todo oficio lícito puede ser santificado por el evangelio para los fines más nobles. Acude a la Biblia y hallarás las formas más humildes de trabajo relacionadas, ya con las más audaces hazañas de la fe, ya con personas cuya vida se ha distinguido por su santidad. Por tanto, no estés descontento con tu vocación. Sea cual sea la posición o el trabajo que Dios te haya dado, permanece en ello, a menos que estés completamente seguro de que él te llama a otra cosa. Que tu primer cuidado sea glorificar a Dios hasta donde alcancen tus fuerzas allí donde estás. Llena tu esfera presente para alabanza suya, y si te necesita en otra, él te lo mostrará. Esta noche deja a un lado la ambición inquieta y abraza el contentamiento apacible.

28 de junio

«Mas la vara de Aarón devoró las varas de ellos». (Éxodo 7:12)

Este incidente es un emblema instructivo de la victoria segura de la obra divina sobre toda oposición. Siempre que se echa en el corazón un principio divino, aunque el diablo fabrique una falsificación y produzca enjambres de oponentes, tan cierto como que Dios está en la obra, esta devorará a todos sus enemigos. Si la gracia de Dios toma posesión de un hombre, los magos del mundo pueden echar al suelo todas sus varas, y cada vara puede ser tan astuta y venenosa como una serpiente, pero la vara de Aarón devorará las varas de ellos. Los dulces atractivos de la cruz cortejarán y ganarán el corazón del hombre, y el que vivía solo para esta tierra engañosa tendrá ahora ojos para las esferas superiores y alas para remontarse a las alturas celestiales. Cuando la gracia ha ganado la batalla, el mundano busca el mundo venidero. El mismo hecho se observa en la vida del creyente. ¡Qué multitudes de enemigos ha tenido que afrontar nuestra fe! Nuestros antiguos pecados: el diablo los echó delante de nosotros y se convirtieron en serpientes. ¡Qué ejércitos de ellos! Ah, pero la cruz de Jesús los destruye todos. La fe en Cristo acaba pronto con todos nuestros pecados. Luego el diablo ha lanzado otra hueste de serpientes en forma de pruebas del mundo, tentaciones e incredulidad; pero la fe en Jesús es más que suficiente para ellas y las vence a todas. ¡El mismo principio que todo lo absorbe resplandece en el servicio fiel a Dios! Con un amor entusiasta por Jesús se superan las dificultades, los sacrificios se vuelven placeres, los sufrimientos son honras. Pero si la religión es así una pasión que consume el corazón, se sigue que hay muchas personas que profesan religión pero no la tienen, porque lo que tienen no resiste esta prueba. Examínate, lector mío, en este punto. La vara de Aarón demostró su poder dado del cielo. ¿Lo hace tu religión? Si Cristo es algo, tiene que serlo todo. ¡Oh, no descanses hasta que el amor y la fe en Jesús sean las pasiones dominantes de tu alma!

29 de junio

«Mas en lo de los embajadores de los príncipes de Babilonia, que enviaron a él para saber del prodigio que había acontecido en aquella tierra, Dios lo dejó, para probarle, para hacer conocer todo lo que estaba en su corazón». (2 Crónicas 32:31)

Ezequías se estaba volviendo tan grande a sus propios ojos y se enorgullecía tanto del favor de Dios, que se infiltró la justicia propia, y a causa de su seguridad carnal la gracia de Dios fue retirada por un tiempo en sus operaciones más activas. Esto basta y sobra para explicar lo sucedido con los babilonios; porque si la gracia de Dios dejara al mejor cristiano, hay suficiente pecado en su corazón para convertirlo en el peor de los transgresores. Dejados a vosotros mismos, vosotros que sois los más fervientes por Cristo os enfriaríais como Laodicea hasta una tibieza nauseabunda; vosotros que sois sanos en la fe quedaríais blancos con la lepra de la falsa doctrina; vosotros que ahora andáis delante del Señor con excelencia e integridad os tambalearíais de acá para allá y vacilaríais con una embriaguez de malas pasiones. Como la luna, tomamos prestada nuestra luz; brillantes como somos cuando la gracia nos alumbra, somos la oscuridad misma cuando el Sol de justicia se retira. Por tanto, clamemos a Dios que nunca nos deje. «¡Señor, no quites de nosotros tu Santo Espíritu! ¡No retires de nosotros tu gracia que en nosotros mora! ¿No has dicho: Yo, el Señor, la guardo; cada momento la regaré; la guardaré de noche y de día, para que nadie la dañe”? Señor, guárdanos en todo lugar. Guárdanos cuando estemos en el valle, para que no murmuremos contra tu mano que nos humilla; guárdanos cuando estemos en el monte, para que no nos dé vértigo al ser enaltecidos; guárdanos en la juventud, cuando nuestras pasiones son fuertes; guárdanos en la vejez, cuando, envaneciéndonos de nuestra sabiduría, podamos resultar más necios que los jóvenes y atolondrados; ¡guárdanos cuando lleguemos a morir, no sea que, al final mismo, te neguemos! Guárdanos viviendo, guárdanos muriendo, guárdanos trabajando, guárdanos sufriendo, guárdanos luchando, guárdanos descansando, guárdanos en todo lugar, porque en todo lugar te necesitamos, ¡oh Dios nuestro!».

30 de junio

«¡Oh Señor Dios! he aquí que tú hiciste el cielo y la tierra con tu gran poder, y con tu brazo extendido, ni hay nada que sea difícil para ti». (Jeremías 32:17)

Precisamente cuando los caldeos rodeaban Jerusalén, y cuando la espada, el hambre y la peste habían asolado la tierra, Dios mandó a Jeremías que comprara un campo y que la escritura de traspaso fuera sellada y atestiguada legalmente. Era una compra extraña para un hombre sensato. La prudencia no podía justificarla, porque era comprar sin apenas probabilidad de que el comprador llegara jamás a disfrutar de la posesión. Pero a Jeremías le bastaba que su Dios se lo hubiera mandado, porque sabía bien que la sabiduría de Dios es justificada por todos sus hijos. Razonó así: «¡Ah, Señor Dios! Tú puedes hacer que este pedazo de tierra me sea útil; tú puedes librar esta tierra de estos opresores; tú puedes hacer que todavía me siente debajo de mi vid y de mi higuera en la heredad que he comprado; porque tú hiciste los cielos y la tierra, y no hay nada que sea difícil para ti». Esto daba majestad a los santos de antaño: que se atrevían a hacer, por mandato de Dios, cosas que la razón carnal condenaría. Ya sea un Noé que ha de construir un barco en tierra seca, un Abraham que ha de ofrecer a su único hijo, un Moisés que ha de menospreciar los tesoros de Egipto, o un Josué que ha de sitiar Jericó siete días sin usar más armas que el sonido de las bocinas de cuerno de carnero, todos obran por mandato de Dios, en contra de los dictados de la razón carnal; y el Señor les da una rica recompensa como fruto de su fe obediente. ¡Quiera Dios que en la religión de estos tiempos modernos hubiera una infusión más poderosa de esta fe heroica en Dios! Si nos aventuráramos más sobre la promesa desnuda de Dios, entraríamos en un mundo de maravillas que todavía nos es desconocido. Sea nuestro el lugar de confianza de Jeremías: nada es demasiado difícil para el Dios que creó los cielos y la tierra.

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