Noche tras noche
Mayo

Capítulo 5 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha

Mayo

1 de mayo

«Yo soy la rosa de Sarón». (Cantares 2:1)

Toda la belleza que pueda haber en el mundo material, Jesucristo la posee en el mundo espiritual en grado diez veces mayor. Entre las flores, la rosa es tenida por la más dulce, pero Jesús es infinitamente más hermoso en el jardín del alma de lo que la rosa pueda serlo en los jardines de la tierra. Él ocupa el primer lugar como el más hermoso entre diez mil. Él es el sol, y todos los demás son las estrellas; los cielos y el día son oscuros comparados con él, porque el Rey en su hermosura lo sobrepasa todo. «Yo soy la rosa de Sarón». Esta era la mejor y la más rara de las rosas. Jesús no es solamente «la rosa»; es «la rosa de Sarón», así como llama «oro» a su justicia, y luego añade: «el oro de Ofir»: lo mejor de lo mejor. Es positivamente hermoso, y superlativamente el más hermoso. Hay variedad en sus encantos. La rosa deleita la vista, y su fragancia es agradable y refrescante; así, cada uno de los sentidos del alma, sea el gusto o el tacto, el oído, la vista o el olfato espiritual, halla en Jesús su debida satisfacción. Aun el recuerdo de su amor es dulce. Toma la rosa de Sarón, deshójala pétalo a pétalo, y guarda los pétalos en el jarrón de la memoria, y hallarás cada uno fragante mucho tiempo después, llenando la casa de perfume. Cristo satisface el gusto más elevado del espíritu más cultivado hasta la plenitud. El mayor aficionado a los perfumes queda del todo satisfecho con la rosa; y cuando el alma haya llegado a la cumbre del verdadero buen gusto, seguirá contenta con Cristo; más aún, estará mejor capacitada para apreciarlo. El cielo mismo no posee nada que supere a la rosa de Sarón. ¿Qué emblema puede expresar plenamente su belleza? El habla humana y las cosas nacidas de la tierra no alcanzan a describirlo. Los encantos más escogidos de la tierra, todos juntos, apenas retratan débilmente su abundante preciosidad. ¡Rosa bendita, florece en mi corazón para siempre!

2 de mayo

«Conforme a la fe murieron todos estos». (Hebreos 11:13)

¡He aquí el epitafio de todos aquellos santos bienaventurados que durmieron antes de la venida de nuestro Señor! Nada importa de qué otro modo murieran, ya fuera de vejez o de muerte violenta; este único punto, en el que todos coinciden, es el más digno de ser registrado: «conforme a la fe murieron todos estos». En la fe vivieron: era su consuelo, su guía, su motivo y su sostén; y en esa misma gracia espiritual murieron, terminando el cántico de su vida en la dulce melodía en la que habían perseverado tanto tiempo. No murieron descansando en la carne ni en sus propios logros; no se apartaron de su primer camino de aceptación ante Dios, sino que se mantuvieron en el camino de la fe hasta el fin. La fe es tan preciosa para morir como para vivir.

Morir en la fe tiene clara referencia al pasado. Creyeron las promesas que habían sido dadas antes, y estaban seguros de que sus pecados habían sido borrados por la misericordia de Dios. Morir en la fe tiene que ver con el presente. Estos santos estaban confiados en su aceptación ante Dios, disfrutaban de los rayos de su amor y descansaban en su fidelidad. Morir en la fe mira hacia el futuro. Durmieron afirmando que el Mesías ciertamente vendría, y que cuando apareciera en la tierra en los últimos días, ellos se levantarían de sus sepulcros para contemplarlo. Para ellos, los dolores de la muerte no eran sino los dolores de parto de un estado mejor. Ten ánimo, alma mía, al leer este epitafio. Tu carrera, por la gracia, es una carrera de fe, y rara vez te alegra la vista; este ha sido también el sendero de los más brillantes y de los mejores. La fe fue la órbita en la que se movieron estas estrellas de primera magnitud todo el tiempo que brillaron aquí; y dichosa eres tú, porque es también la tuya. Mira de nuevo esta noche a Jesús, el autor y consumador de tu fe, y dale gracias por haberte dado una fe igualmente preciosa que la de las almas que ya están en la gloria.

3 de mayo

«Nuestro pronto auxilio». (Salmo 46:1)

Las bendiciones del pacto no están destinadas solo a ser contempladas, sino a ser apropiadas. Aun nuestro Señor Jesús nos es dado para nuestro uso presente. Creyente, no te sirves de Cristo como deberías. Cuando estás en apuros, ¿por qué no le cuentas toda tu pena? ¿No tiene él un corazón compasivo, y no puede consolarte y aliviarte? No; vas a todos tus amigos, menos a tu mejor Amigo, y cuentas tu historia en todas partes excepto en el seno de tu Señor. ¿Estás agobiado por los pecados de este día? Aquí hay una fuente llena de sangre: úsala, santo, úsala. ¿Ha vuelto sobre ti el sentimiento de culpa? La gracia perdonadora de Jesús puede probarse una y otra vez. Ven a él enseguida para ser limpiado. ¿Lamentas tu debilidad? Él es tu fortaleza: ¿por qué no apoyarte en él? ¿Te sientes desnudo? Ven acá, alma; vístete del manto de la justicia de Jesús. No te quedes mirándolo; póntelo. Despójate de tu propia justicia, y también de tus propios temores: ponte el lino fino y blanco, porque fue hecho para llevarlo puesto. ¿Te sientes enfermo? ¡Toca la campanilla nocturna de la oración y despierta al Médico Amado! Él te dará el cordial que te reanimará. Eres pobre, pero tienes «un pariente, varón poderoso y rico». ¡Qué! ¿No irás a él a pedirle que te dé de su abundancia, cuando te ha hecho esta promesa, que serás coheredero con él, y ha traspasado a tu nombre todo lo que él es y todo lo que tiene? No hay nada que a Cristo le desagrade más que el que su pueblo haga de él una pieza de exhibición y no se sirva de él. Le encanta que lo empleemos. Cuantas más cargas pongamos sobre sus hombros, más precioso nos será.

«Seamos, pues, sencillos con él,

no reacios, rígidos ni fríos,

como si nuestro Belén pudiera ser

lo que el Sinaí fue en la antigüedad».

4 de mayo

«Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible». (1 Pedro 1:23)

Pedro exhortó con todo fervor a los santos dispersos a amarse unos a otros «entrañablemente, de corazón puro», y sabiamente tomó su argumento, no de la ley, ni de la naturaleza, ni de la filosofía, sino de aquella naturaleza elevada y divina que Dios ha implantado en su pueblo. Así como algún juicioso preceptor de príncipes se esforzaría por engendrar y fomentar en ellos un espíritu regio y un porte digno, hallando argumentos en su posición y su linaje, así Pedro, considerando al pueblo de Dios como herederos de la gloria, príncipes de sangre real, descendientes del Rey de reyes, la más verdadera y antigua aristocracia de la tierra, les dice: «Mirad que os améis unos a otros, a causa de vuestro noble nacimiento, pues habéis nacido de simiente incorruptible; a causa de vuestro linaje, pues descendéis de Dios, el Creador de todas las cosas; y a causa de vuestro destino inmortal, porque vosotros nunca pasaréis, aunque la gloria de la carne se marchite y aun su existencia cese». Bueno sería que, con espíritu de humildad, reconociéramos la verdadera dignidad de nuestra naturaleza regenerada y viviéramos a su altura. ¿Qué es un cristiano? Si lo comparas con un rey, él añade a la dignidad regia la santidad sacerdotal. La realeza del rey a menudo reside solo en su corona, pero en el cristiano está infundida en lo más íntimo de su naturaleza. Por su nuevo nacimiento está tan por encima de sus semejantes como el hombre está por encima de la bestia que perece. Sin duda debería conducirse en todos sus tratos como quien no pertenece a la multitud, sino que ha sido escogido del mundo, distinguido por la gracia soberana, inscrito entre «el pueblo adquirido», y que por eso no puede arrastrarse por el polvo como los demás, ni vivir a la manera de los ciudadanos del mundo. Que la dignidad de vuestra naturaleza y el resplandor de vuestras perspectivas, oh creyentes en Cristo, os constriñan a aferraros a la santidad y a evitar aun la apariencia del mal.

5 de mayo

«El que maneja sabiamente un asunto hallará el bien; y el que confía en el Señor es bienaventurado». (Proverbios 16:20)

La sabiduría es la verdadera fuerza del hombre; y bajo su guía es como mejor cumple los fines de su existencia. Manejar sabiamente el asunto de la vida le da al hombre el disfrute más rico y le ofrece la ocupación más noble para sus facultades; por eso, gracias a ella, halla el bien en el sentido más pleno. Sin sabiduría, el hombre es como el pollino del asno montés, que corre de acá para allá, malgastando unas fuerzas que podrían emplearse con provecho. La sabiduría es la brújula por la cual el hombre ha de gobernar su rumbo a través del páramo sin senderos de la vida; sin ella es un barco a la deriva, juguete de los vientos y las olas. El hombre tiene que ser prudente en un mundo como este, o no hallará el bien, sino que caerá en innumerables males. El peregrino se herirá gravemente los pies entre las zarzas del bosque de la vida si no elige sus pasos con la máxima cautela. El que está en un desierto infestado de bandas de ladrones debe manejar las cosas con sabiduría si quiere viajar seguro. Si, enseñados por el Gran Maestro, seguimos adonde él nos guía, hallaremos el bien aun en esta morada oscura; hay frutos celestiales que recoger de este lado de las enramadas del Edén, y cánticos del paraíso que cantar entre las arboledas de la tierra. Pero ¿dónde se hallará esta sabiduría? Muchos han soñado con ella, pero no la han poseído. ¿Dónde la aprenderemos? Escuchemos la voz del Señor, porque él ha declarado el secreto; ha revelado a los hijos de los hombres en qué consiste la verdadera sabiduría, y la tenemos en el texto: «El que confía en el Señor es bienaventurado». La verdadera manera de manejar sabiamente un asunto es confiar en el Señor. Este es el hilo seguro para salir de los laberintos más intrincados de la vida; síguelo y hallarás la dicha eterna. El que confía en el Señor tiene un diploma de sabiduría otorgado por la inspiración: dichoso es ahora, y más dichoso será arriba. Señor, en esta dulce hora del anochecer, camina conmigo en el jardín y enséñame la sabiduría de la fe.

6 de mayo

«Todos los días de mi tiempo señalado esperaré». (Job 14:14)

Una breve estancia en la tierra hará el cielo más celestial. Nada hace tan dulce el descanso como el trabajo; nada vuelve tan grata la seguridad como el haber estado expuestos a la alarma. Las amargas copas de cuasia de la tierra darán gusto al vino nuevo que chispea en las copas de oro de la gloria. Nuestra armadura abollada y nuestros rostros llenos de cicatrices harán más ilustre nuestra victoria allá arriba, cuando seamos recibidos en los asientos de los que han vencido al mundo. No tendríamos plena comunión con Cristo si no peregrináramos por un tiempo aquí abajo, porque él fue bautizado con un bautismo de sufrimiento entre los hombres, y nosotros debemos ser bautizados con el mismo si queremos compartir su reino. La comunión con Cristo es tan honrosa que el dolor más agudo es un precio liviano para obtenerla. Otra razón de nuestra permanencia aquí es el bien de los demás. No querríamos entrar en el cielo hasta que nuestra obra esté hecha, y puede que aún estemos destinados a llevar luz a almas sumidas en la oscuridad en el desierto del pecado. Nuestra estancia prolongada aquí es sin duda para la gloria de Dios. Un santo probado, como un diamante bien tallado, resplandece mucho en la corona del Rey. Nada da tanto honor a un artesano como una prueba larga y severa de su obra, y que esta la resista triunfalmente sin ceder en ninguna parte. Somos hechura de Dios, en quienes él será glorificado por nuestras aflicciones. Es para honra de Jesús que soportamos la prueba de nuestra fe con gozo sagrado. Que cada uno entregue sus propios anhelos a la gloria de Jesús, y sienta: «Si mi yacer en el polvo engrandeciera a mi Señor aunque fuera una pulgada, déjame seguir echado entre los tiestos de la tierra. Si vivir en la tierra para siempre hiciera más glorioso a mi Señor, mi cielo sería quedar fuera del cielo». Nuestro tiempo está fijado y establecido por decreto eterno. No estemos ansiosos por ello, sino esperemos con paciencia hasta que se abran las puertas de perla.

7 de mayo

«Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho y anda». (Juan 5:8)

Como muchos otros, el paralítico había estado esperando que se obrara un prodigio y se diera una señal. Con cansancio vigilaba el estanque, pero ningún ángel venía, o no venía para él; y sin embargo, pensando que era su única oportunidad, seguía esperando, y no sabía que había Uno cerca de él cuya palabra podía sanarlo en un momento. Muchos están en la misma situación: esperan alguna emoción singular, una impresión notable o una visión celestial; esperan en vano y vigilan para nada. Aun suponiendo que en unos pocos casos se vean señales notables, estas son raras, y nadie tiene derecho a esperarlas en su propio caso; sobre todo nadie que sienta su impotencia para aprovechar el movimiento del agua aunque llegara. Es una reflexión muy triste que decenas de miles estén ahora esperando en el uso de medios, ordenanzas, votos y resoluciones, y hayan esperado así desde tiempo inmemorial, en vano, del todo en vano. Mientras tanto, estas pobres almas olvidan al Salvador presente, que les manda mirarlo a él y ser salvas. Él podría sanarlas al instante, pero prefieren esperar a un ángel y un prodigio. Confiar en él es el camino seguro a toda bendición, y él es digno de la confianza más absoluta; pero la incredulidad les hace preferir los fríos pórticos de Betesda al cálido seno de su amor. ¡Oh, que el Señor vuelva su mirada esta noche sobre las multitudes que están en este caso; que perdone los desaires que hacen a su poder divino, y las llame con esa voz dulce y constreñidora a levantarse del lecho de la desesperación y, con la energía de la fe, tomar su lecho y andar! Oh Señor, escucha nuestra oración por todos ellos en esta hora tranquila de la puesta del sol, y que antes de que despunte el día miren y vivan.

Amable lector, ¿hay algo en esta porción para ti?

8 de mayo

«Amístate ahora con él». (Job 22:21)

Si queremos de veras «amistarnos con Dios y tener paz», debemos conocerlo como él se ha revelado, no solo en la unidad de su esencia y subsistencia, sino también en la pluralidad de sus personas. Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen»: que el hombre no se contente hasta conocer algo de ese «nosotros» de quien procede su ser. Procura conocer al Padre; hunde tu cabeza en su seno con profundo arrepentimiento, y confiesa que no eres digno de ser llamado su hijo; recibe el beso de su amor; deja que el anillo, señal de su fidelidad eterna, esté en tu dedo; siéntate a su mesa y deja que tu corazón se regocije en su gracia. Luego avanza y procura conocer mucho del Hijo de Dios, que es el resplandor de la gloria de su Padre, y que sin embargo, con indecible condescendencia de gracia, se hizo hombre por nosotros; conócelo en la singular complejidad de su naturaleza: Dios eterno, y a la vez hombre finito y sufriente; síguelo cuando anda sobre las aguas con paso de Dios, y cuando se sienta junto al pozo con el cansancio de la humanidad. No te des por satisfecho a menos que conozcas mucho de Jesucristo como tu Amigo, tu Hermano, tu Esposo, tu todo. No olvides al Espíritu Santo; procura obtener una visión clara de su naturaleza y carácter, de sus atributos y de sus obras. Contempla a ese Espíritu del Señor que al principio se movió sobre el caos y produjo el orden; que ahora visita el caos de tu alma y crea el orden de la santidad. Contémplalo como el Señor y dador de la vida espiritual, el Iluminador, el Instructor, el Consolador y el Santificador. Contémplalo cuando, como unción santa, desciende sobre la cabeza de Jesús, y luego reposa sobre ti, que eres como el borde de sus vestiduras. Una fe tal, inteligente, bíblica y experimental, en la Trinidad en la Unidad es tuya si de veras conoces a Dios; y tal conocimiento trae paz de verdad.

9 de mayo

«Ven, oh amado mío, salgamos al campo ... veamos si brotan las vides». (Cantares 7:11,12)

La iglesia estaba a punto de emprender una labor esforzada, y deseaba la compañía de su Señor en ella. No dice: «Yo iré», sino «salgamos». ¡Bendito es el trabajo cuando Jesús está a nuestro lado! Es tarea del pueblo de Dios podar las vides de Dios. Como nuestros primeros padres, hemos sido puestos en el huerto del Señor para ser útiles; salgamos, pues, al campo. Observa que la iglesia, cuando está en su sano juicio, desea gozar de la comunión con Cristo en todas sus muchas labores. Algunos se imaginan que no pueden servir activamente a Cristo y a la vez tener comunión con él: están equivocados. Sin duda es muy fácil desperdiciar nuestra vida interior en ejercicios exteriores, y llegar a quejarnos con la esposa: «Me pusieron a guardar las viñas; y mi viña, que era mía, no guardé»; pero no hay razón para que esto suceda, salvo nuestra propia necedad y descuido. Lo cierto es que un profesante puede no hacer nada y, sin embargo, volverse tan muerto en las cosas espirituales como los que están más ocupados. María no fue alabada por estar sentada, sino por estar sentada a los pies de Jesús. De igual modo, los cristianos no han de ser alabados por descuidar sus deberes con el pretexto de tener comunión secreta con Jesús: lo encomiable no es estar sentado, sino estar sentado a los pies de Jesús. No pienses que la actividad sea en sí misma un mal: es una gran bendición y un medio de gracia para nosotros. Pablo llamó gracia que se le había dado el que se le permitiera predicar; y toda forma de servicio cristiano puede convertirse en una bendición personal para quienes lo ejercen. Los que tienen más comunión con Cristo no son reclusos ni ermitaños con mucho tiempo libre, sino obreros incansables que se afanan por Jesús y que, en su afán, lo tienen a él a su lado, de modo que son colaboradores de Dios. Recordemos, pues, en cualquier cosa que tengamos que hacer por Jesús, que podemos hacerla, y debemos hacerla, en íntima comunión con él.

10 de mayo

«El unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad». (Juan 1:14)

Creyente, tú puedes dar testimonio de que Cristo es el unigénito del Padre, así como el primogénito de entre los muertos. Puedes decir: «Para mí es divino, aunque sea humano para todo el resto del mundo. Ha hecho por mí lo que nadie sino un Dios podría hacer. Ha sometido mi voluntad obstinada, ha derretido un corazón de diamante, ha abierto puertas de bronce y ha quebrado cerrojos de hierro. Ha cambiado para mí mi lamento en risa y mi desolación en gozo; ha llevado cautiva mi cautividad, y ha hecho que mi corazón se alegre con gozo inefable y glorioso. Piensen otros de él lo que quieran; para mí él tiene que ser el unigénito del Padre: bendito sea su nombre. Y está lleno de gracia. ¡Ah! Si no lo hubiera estado, yo nunca habría sido salvo. Me atrajo cuando luchaba por escapar de su gracia; y cuando al fin vine, todo tembloroso, como un reo condenado, a su propiciatorio, me dijo: “Tus pecados, que son muchos, te son todos perdonados: ten ánimo”. Y está lleno de verdad. Verdaderas han sido sus promesas; ni una ha fallado. Doy testimonio de que jamás un siervo tuvo un amo como el que yo tengo; jamás un hermano tuvo un pariente como él lo ha sido para mí; jamás una esposa tuvo un esposo como Cristo lo ha sido para mi alma; jamás un pecador tuvo un Salvador mejor; jamás un afligido tuvo un consolador mejor que el que Cristo ha sido para mi espíritu. No quiero a nadie fuera de él. En la vida, él es mi vida, y en la muerte será la muerte de la muerte; en la pobreza, Cristo es mi riqueza; en la enfermedad, él mulle mi cama; en las tinieblas, él es mi estrella, y en la claridad, él es mi sol; él es el maná del campamento en el desierto, y será el trigo nuevo de la hueste cuando lleguen a Canaán. Jesús es para mí todo gracia y nada de ira, todo verdad y nada de falsedad: y de verdad y de gracia está lleno, infinitamente lleno. Alma mía, esta noche, bendice con todas tus fuerzas al Unigénito».

11 de mayo

«Solamente esfuérzate y sé muy valiente». (Josué 1:7)

El tierno amor de nuestro Dios por sus siervos hace que se preocupe por el estado de sus sentimientos interiores. Desea que tengan buen ánimo. Algunos tienen por cosa pequeña que un creyente se vea atormentado por dudas y temores, pero Dios no piensa así. Por este texto queda claro que nuestro Maestro no quiere que estemos enredados en temores. Nos quiere sin afán, sin duda, sin cobardía. Nuestro Maestro no tiene en tan poco nuestra incredulidad como nosotros. Cuando estamos abatidos, padecemos una grave dolencia con la que no se debe jugar, sino que hay que llevarla de inmediato al Médico amado. A nuestro Señor no le gusta ver triste nuestro semblante. Era ley de Asuero que nadie entrara en el atrio del rey vestido de luto; esta no es la ley del Rey de reyes, porque podemos venir enlutados tal como estamos; pero aun así él quiere que nos despojemos del espíritu angustiado y nos vistamos del manto de alegría, porque hay mucha razón para regocijarse. El cristiano debe tener un espíritu valiente, para glorificar al Señor soportando las pruebas de manera heroica. Si es medroso y pusilánime, deshonrará a su Dios. Además, ¡qué mal ejemplo da! Esta enfermedad de la duda y el desaliento es una epidemia que pronto se propaga entre el rebaño del Señor. Un creyente abatido entristece a veinte almas. Más aún, a menos que mantengas en alto tu valor, Satanás podrá más que tú. Que tu espíritu se alegre en Dios tu Salvador; el gozo del Señor será tu fortaleza, y ningún demonio del infierno te ganará terreno; pero la cobardía arroja al suelo la bandera. Además, el trabajo es liviano para el hombre de espíritu alegre; y el éxito acompaña a la alegría. El hombre que trabaja regocijándose en su Dios, creyendo de todo corazón, tiene el éxito garantizado. El que siembra con esperanza segará con regocijo; por tanto, querido lector, «esfuérzate y sé muy valiente».

12 de mayo

«No temas de descender a Egipto, porque yo te pondré allí por gran nación. Yo descenderé contigo a Egipto, y yo también ciertamente te haré subir de allí». (Génesis 46:3,4)

Jacob debió de estremecerse al pensar en dejar la tierra donde había peregrinado su padre y habitar entre extranjeros paganos. Era un escenario nuevo, y probablemente difícil: ¿quién se aventuraría sin inquietud entre los cortesanos de un monarca extranjero? Sin embargo, el camino estaba evidentemente señalado para él, y por eso resolvió ir. Esta es con frecuencia la posición de los creyentes hoy: son llamados a peligros y tentaciones del todo desconocidos; en tales ocasiones, imiten el ejemplo de Jacob ofreciendo a Dios sacrificios de oración y buscando su dirección; no den un paso hasta haber esperado en el Señor para recibir su bendición: entonces tendrán al compañero de Jacob como su amigo y ayudador. ¡Qué bendición sentirse seguros de que el Señor está con nosotros en todos nuestros caminos, y se digna descender con nosotros a nuestras humillaciones y destierros! Aun más allá del océano, el amor de nuestro Padre brilla como el sol en su fuerza. No podemos vacilar en ir adonde el Señor promete su presencia; aun el valle de sombra de muerte se ilumina con el resplandor de esta seguridad. Avanzando con fe en su Dios, los creyentes tendrán la promesa de Jacob. Serán hechos subir de nuevo, ya sea de las angustias de la vida o de las cámaras de la muerte. La descendencia de Jacob salió de Egipto a su debido tiempo, y así todos los fieles pasarán ilesos a través de la tribulación de la vida y del terror de la muerte. Ejercitemos la confianza de Jacob. «No temas», es el mandato del Señor y su divino aliento para quienes, por su orden, se lanzan a nuevos mares; la presencia y la protección divinas prohíben aun un solo temor incrédulo. Sin nuestro Dios temeríamos movernos; pero cuando él nos lo ordena, sería peligroso demorarse. Lector, avanza y no temas.

13 de mayo

«Mi porción eres tú, oh Señor». (Salmo 119:57)

Mira tus posesiones, oh creyente, y compara tu porción con la suerte de tus semejantes. Algunos tienen su porción en el campo; son ricos, y sus cosechas les rinden un aumento de oro; pero ¿qué son las cosechas comparadas con tu Dios, que es el Dios de las cosechas? ¿Qué son los graneros rebosantes comparados con aquel que es el Labrador y te alimenta con el pan del cielo? Algunos tienen su porción en la ciudad; su riqueza es abundante y les llega en corrientes constantes, hasta que se convierten en un verdadero depósito de oro; pero ¿qué es el oro comparado con tu Dios? No podrías vivir de él; tu vida espiritual no podría sostenerse con él. Ponlo sobre una conciencia atribulada: ¿podría calmar sus punzadas? Aplícalo a un corazón abatido, y mira si puede detener un solo gemido o quitar una sola pena. Pero tú tienes a Dios, y en él tienes más de lo que el oro o las riquezas jamás podrían comprar. Algunos tienen su porción en lo que la mayoría de los hombres ama: el aplauso y la fama; pero pregúntate: ¿no es tu Dios más para ti que eso? ¿Y si una miríada de clarines resonara en tu alabanza, te prepararía eso para pasar el Jordán, o te alentaría ante la perspectiva del juicio? No; hay penas en la vida que la riqueza no puede aliviar; y está la profunda necesidad de la hora de la muerte, para la cual ninguna riqueza puede proveer. Pero cuando tienes a Dios por porción, tienes más que todo lo demás junto. En él se satisface toda necesidad, sea en la vida o en la muerte. Con Dios por porción eres rico de verdad, porque él suplirá tu necesidad, consolará tu corazón, aliviará tu pena, guiará tus pasos, estará contigo en el valle oscuro y luego te llevará a casa, para que lo disfrutes como tu porción para siempre. «Tengo bastante», dijo Esaú; es lo mejor que un hombre mundano puede decir; pero Jacob responde: «Lo tengo todo», nota demasiado alta para las mentes carnales.

14 de mayo

«En su brazo llevará los corderos, y en su seno los llevará». (Isaías 40:11)

¿Quién es aquel de quien se dicen palabras tan llenas de gracia? Es el Buen Pastor. ¿Por qué lleva los corderos en su seno? Porque tiene un corazón tierno, y cualquier debilidad derrite al instante su corazón. Los suspiros, la ignorancia, la flaqueza de los pequeños de su rebaño despiertan su compasión. Es su oficio, como fiel Sumo Sacerdote, atender al débil. Además, los compró con sangre; son su propiedad: tiene que cuidar, y cuidará, de aquello que tan caro le costó. Además, es responsable de cada cordero, obligado por los compromisos del pacto a no perder ni uno. Más aún, todos ellos son parte de su gloria y de su recompensa.

Pero ¿cómo hemos de entender la expresión «los llevará»? A veces los lleva no permitiendo que soporten muchas pruebas. La providencia los trata con ternura. A menudo son «llevados» al ser llenos de un grado inusual de amor, de modo que se mantienen en pie y firmes. Aunque su conocimiento no sea profundo, hallan gran dulzura en lo que sí conocen. Con frecuencia los «lleva» dándoles una fe muy sencilla, que toma la promesa tal como está y, creyendo, corre con cada angustia directamente a Jesús. La sencillez de su fe les da un grado inusual de confianza, que los lleva por encima del mundo.

«Lleva los corderos en su seno». Aquí hay un afecto sin límites. ¿Los pondría en su seno si no los amara mucho? Aquí hay una tierna cercanía: tan cerca están que no podrían estar más cerca. Aquí hay una santa familiaridad: hay preciosos pasajes de amor entre Cristo y sus débiles. Aquí hay una seguridad perfecta: en su seno, ¿quién podrá hacerles daño? Tendrían que hacer daño primero al Pastor. Aquí hay un descanso perfecto y el más dulce consuelo. ¡Ciertamente no somos lo bastante conscientes de la infinita ternura de Jesús!

15 de mayo

«Hechos perfectos». (Hebreos 12:23)

Recuerda que hay dos clases de perfección que el cristiano necesita: la perfección de la justificación en la persona de Jesús, y la perfección de la santificación obrada en él por el Espíritu Santo. Al presente, la corrupción permanece todavía aun en el pecho de los regenerados; la experiencia pronto nos lo enseña. Dentro de nosotros hay todavía concupiscencias y malas imaginaciones. Pero me regocijo al saber que viene el día en que Dios terminará la obra que ha comenzado; y presentará mi alma no solo perfecta en Cristo, sino perfecta por el Espíritu, sin mancha ni arruga ni cosa semejante. ¿Puede ser verdad que este pobre corazón mío, pecador, haya de llegar a ser santo como Dios es santo? ¿Puede ser que este espíritu, que a menudo clama: «¡Miserable hombre de mí! ¿Quién me librará del cuerpo de este pecado y de esta muerte?», llegue a verse libre del pecado y de la muerte, que no tenga ya cosas malas que atormenten mis oídos, ni pensamientos impíos que turben mi paz? ¡Oh, hora feliz! ¡Que se apresure! Cuando cruce el Jordán, la obra de la santificación quedará terminada; pero no antes de ese momento me atreveré siquiera a reclamar perfección en mí mismo. Entonces mi espíritu recibirá su último bautismo en el fuego del Espíritu Santo. Me parece que anhelo morir para recibir esa última y definitiva purificación que me introducirá en el cielo. Ni un ángel será más puro que yo, porque podré decir, en doble sentido: «Estoy limpio», por la sangre de Jesús y por la obra del Espíritu. ¡Oh, cómo deberíamos ensalzar el poder del Espíritu Santo por hacernos así aptos para estar delante de nuestro Padre en el cielo! Pero que la esperanza de la perfección futura no nos haga contentarnos ahora con la imperfección. Si lo hace, nuestra esperanza no puede ser genuina; porque una buena esperanza es algo que purifica, aun ahora. La obra de la gracia tiene que permanecer en nosotros ahora, o no podrá ser perfeccionada entonces. Oremos para «ser llenos del Espíritu», a fin de que llevemos cada vez más los frutos de justicia.

16 de mayo

«Y dijo: Así ha dicho el Señor: Haced en este valle muchas zanjas. Porque el Señor ha dicho así: No veréis viento, ni veréis lluvia; y este valle será lleno de agua, para que bebáis vosotros, y vuestros ganados, y vuestras bestias». (2 Reyes 3:16,17)

Los ejércitos de los tres reyes desfallecían por falta de agua: Dios estaba a punto de enviarla, y con estas palabras el profeta anunció la bendición que venía. Aquí había un caso de impotencia humana: ni una gota de agua podían obtener todos aquellos valientes de los cielos, ni hallarla en los pozos de la tierra. Así, a menudo, el pueblo del Señor no sabe ya qué hacer; ve la vanidad de la criatura y aprende por experiencia dónde ha de hallarse su ayuda. Aun así, el pueblo debía hacer una preparación creyente para la bendición divina; tenían que cavar las zanjas en las que se recogería el precioso líquido. La iglesia, con sus diversos medios, esfuerzos y oraciones, debe disponerse para ser bendecida; ella debe hacer los estanques, y el Señor los llenará. Esto ha de hacerse con fe, con la plena certeza de que la bendición está a punto de descender. Al poco tiempo hubo una concesión singular del beneficio necesitado. No cayó el aguacero de las nubes como en el caso de Elías, sino que de una manera silenciosa y misteriosa se llenaron los estanques. El Señor tiene sus propios modos soberanos de obrar: no está atado a maneras y tiempos como nosotros, sino que hace como le place entre los hijos de los hombres. A nosotros nos toca recibir de él con gratitud, y no dictarle. Debemos notar también la notable abundancia de la provisión: hubo suficiente para la necesidad de todos. Y así ocurre con la bendición del evangelio: todas las necesidades de la congregación y de la iglesia entera serán satisfechas por el poder divino en respuesta a la oración; y por encima de todo esto, pronto se dará la victoria a los ejércitos del Señor.

¿Qué estoy haciendo yo por Jesús? ¿Qué zanjas estoy cavando? Oh Señor, prepárame para recibir la bendición que tan dispuesto estás a conceder.

17 de mayo

«Mi siervo eres tú; te escogí». (Isaías 41:9)

Si hemos recibido la gracia de Dios en nuestro corazón, su efecto práctico ha sido hacernos siervos de Dios. Puede que seamos siervos infieles; ciertamente somos siervos inútiles; pero aun así, bendito sea su nombre, somos sus siervos: llevamos su librea, comemos a su mesa y obedecemos sus mandatos. En otro tiempo fuimos siervos del pecado, pero aquel que nos hizo libres nos ha tomado ahora en su familia y nos ha enseñado a obedecer su voluntad. No servimos a nuestro Maestro perfectamente, pero lo haríamos si pudiéramos. Al oír la voz de Dios que nos dice: «Mi siervo eres tú», podemos responder con David: «Yo soy tu siervo; rompiste mis prisiones». Pero el Señor no solo nos llama sus siervos, sino sus escogidos: «te escogí». No lo escogimos nosotros primero a él, sino que él nos escogió a nosotros. Si somos siervos de Dios, no siempre lo fuimos; el cambio debe atribuirse a la gracia soberana. El ojo de la soberanía nos distinguió, y la voz de la gracia inmutable declaró: «Con amor eterno te he amado». Mucho antes de que comenzara el tiempo o fuera creado el espacio, Dios había escrito sobre su corazón los nombres de su pueblo escogido, los había predestinado para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, y los había ordenado herederos de toda la plenitud de su amor, de su gracia y de su gloria. ¡Qué consuelo hay aquí! ¿Nos ha amado el Señor durante tanto tiempo, y nos desechará todavía? Él sabía cuán duros de cerviz seríamos; entendía que nuestro corazón era malo, y aun así hizo la elección. ¡Ah! Nuestro Salvador no es un amante voluble. No se siente encantado por un tiempo con algunos destellos de belleza de los ojos de su iglesia, para luego desecharla por su infidelidad. No; se desposó con ella en la eternidad antigua; y está escrito del Señor: «Él aborrece el repudio». La elección eterna es un lazo sobre nuestra gratitud y sobre su fidelidad que ninguna de las dos puede desconocer.

18 de mayo

«Después». (Hebreos 12:11)

¡Qué dichosos son los cristianos probados después! No hay calma más profunda que la que sigue a una tormenta. ¿Quién no se ha regocijado en el resplandor después de la lluvia? Los banquetes de la victoria son para los soldados bien ejercitados. Después de matar al león comemos la miel; después de subir el collado Dificultad, nos sentamos en el cenador a descansar; después de atravesar el valle de la Humillación, después de luchar con Apolión, aparece el resplandeciente con la rama sanadora del árbol de la vida. Nuestras penas, como las quillas de los barcos que pasan por el mar, dejan tras de sí una estela plateada de luz santa «después». Es paz, dulce y profunda paz, la que sigue al horrible tumulto que una vez reinó en nuestras almas atormentadas y culpables. ¡Mira, pues, el feliz estado del cristiano! Tiene lo mejor al final, y por eso en este mundo recibe primero lo peor. Pero aun lo peor que recibe son «después» cosas buenas: duras aradas que rinden cosechas gozosas. Aun ahora se enriquece con sus pérdidas, se levanta con sus caídas, vive muriendo y se llena vaciándose; si, pues, sus penosas aflicciones le rinden tanto fruto apacible en esta vida, ¿cuál será la vendimia plena de gozo «después» en el cielo? Si sus noches oscuras son tan brillantes como los días del mundo, ¿cómo serán sus días? Si aun la luz de sus estrellas es más espléndida que el sol, ¿cómo será la luz de su sol? ¡Si puede cantar en un calabozo, con cuánta dulzura cantará en el cielo! ¡Si puede alabar al Señor en el fuego, cómo lo ensalzará delante del trono eterno! Si el mal es bueno para él ahora, ¿qué será para él entonces la bondad desbordante de Dios? ¡Oh, bendito «después»! ¿Quién no querría ser cristiano? ¿Quién no llevaría la cruz presente por la corona que viene después? Pero aquí hay trabajo para la paciencia, porque el descanso no es para hoy, ni el triunfo para el presente, sino «después». Espera, alma mía, y deja que la paciencia tenga su obra completa.

19 de mayo

«Y pidió para sí la muerte». (1 Reyes 19:4)

Era algo notable que el hombre que nunca había de morir, aquel para quien Dios había ordenado una suerte infinitamente mejor, el hombre que sería llevado al cielo en un carro de fuego y sería trasladado para no ver muerte, orara así: «Déjame morir; no soy yo mejor que mis padres». Tenemos aquí una prueba memorable de que Dios no siempre responde a la oración en la forma, aunque siempre lo hace en el efecto. Dio a Elías algo mejor que lo que pedía, y así realmente lo oyó y le respondió. Extraño fue que Elías, con su corazón de león, quedara tan abatido por la amenaza de Jezabel que pidiera morir, y benditamente bondadoso fue de parte de nuestro Padre celestial no tomarle la palabra a su siervo desalentado. Hay un límite en la doctrina de la oración de fe. No hemos de esperar que Dios nos dé todo lo que se nos antoje pedir. Sabemos que a veces pedimos y no recibimos, porque pedimos mal. Si pedimos lo que no está prometido; si vamos en contra del espíritu que el Señor quiere que cultivemos; si pedimos en contra de su voluntad o de los decretos de su providencia; si pedimos solo para satisfacer nuestra propia comodidad y sin mirar a su gloria, no debemos esperar recibir. Sin embargo, cuando pedimos con fe, no dudando nada, si no recibimos exactamente lo que pedimos, recibiremos un equivalente, y más que un equivalente. Como observa alguien: «Si el Señor no paga en plata, pagará en oro; y si no paga en oro, pagará en diamantes». Si no te da exactamente lo que pides, te dará lo que equivale a ello, y lo que te alegrarás mucho de recibir en su lugar. Sé, pues, querido lector, constante en la oración, y haz de esta noche un tiempo de ferviente intercesión, pero mira bien lo que pides.

20 de mayo

«Con cuerdas humanas los atraje, con cuerdas de amor». (Oseas 11:4)

Nuestro Padre celestial nos atrae a menudo con las cuerdas del amor; pero ¡ay!, ¡qué remisos somos para correr hacia él! ¡Con qué lentitud respondemos a sus suaves impulsos! Nos atrae a ejercer una fe más sencilla en él; pero todavía no hemos alcanzado la confianza de Abraham; no dejamos con Dios nuestras preocupaciones mundanas, sino que, como Marta, nos afanamos con muchos quehaceres. Nuestra escasa fe trae flaqueza a nuestras almas; no abrimos bien la boca, aunque Dios ha prometido llenarla. ¿No nos atrae esta noche a confiar en él? ¿No lo oímos decir: «Ven, hijo mío, y confía en mí. El velo está rasgado; entra en mi presencia, y acércate confiadamente al trono de mi gracia. Soy digno de tu más plena confianza; echa sobre mí tus cuidados. Sacúdete del polvo de tus preocupaciones y vístete tus hermosas ropas de gozo»? Pero, ¡ay!, aunque se nos llama con tonos de amor al bendito ejercicio de esta gracia consoladora, no queremos venir. Otras veces nos atrae a una comunión más íntima con él. Hemos estado sentados en el umbral de la casa de Dios, y él nos invita a pasar a la sala del banquete y cenar con él, pero declinamos el honor. Hay cámaras secretas que todavía no se nos han abierto; Jesús nos invita a entrar en ellas, pero nos echamos atrás. ¡Vergüenza para nuestros corazones fríos! No somos sino pobres amantes de nuestro dulce Señor Jesús, indignos de ser sus siervos, y mucho menos su esposa; y sin embargo nos ha exaltado a ser hueso de sus huesos y carne de su carne, desposados con él por un glorioso pacto matrimonial. ¡En esto consiste el amor! Pero es un amor que no admite una negativa. Si no obedecemos las suaves atracciones de su amor, enviará la aflicción para empujarnos a una intimidad más estrecha con él. Nos quiere más cerca, y nos tendrá más cerca. ¡Qué hijos tan necios somos al rechazar esas cuerdas de amor, y traer así sobre nuestras espaldas ese azote de cuerdas que Jesús sabe usar!

21 de mayo

«Hay trigo en Egipto». (Génesis 42:2)

El hambre apretaba a todas las naciones, y parecía inevitable que Jacob y su familia padecieran gran necesidad; pero el Dios de la providencia, que nunca olvida a los objetos de su amor electivo, había almacenado un granero para su pueblo, avisando a los egipcios de la escasez y llevándolos a guardar el grano de los años de abundancia. Poco esperaba Jacob la liberación desde Egipto, pero allí estaba el trigo guardado para él. Creyente, aunque todas las cosas parezcan estar contra ti, ten por seguro que Dios ha hecho una reserva en tu favor; en el registro de tus penas hay una cláusula salvadora. De algún modo te librará, y en algún lugar proveerá para ti. El lado del que surja tu rescate puede ser muy inesperado, pero la ayuda vendrá con toda seguridad en tu extremo apuro, y engrandecerás el nombre del Señor. Si los hombres no te alimentan, lo harán los cuervos; y si la tierra no da trigo, el cielo dejará caer maná. Ten, pues, buen ánimo y descansa tranquilo en el Señor. Dios puede hacer salir el sol por el occidente si le place, y convertir la fuente de la angustia en el cauce del deleite. El trigo de Egipto estaba todo en manos del amado José; él abría o cerraba los graneros a su voluntad. Y así, las riquezas de la providencia están todas en el poder absoluto de nuestro Señor Jesús, que las repartirá generosamente a su pueblo. José estaba más que dispuesto a socorrer a su propia familia; y Jesús no cesa en su fiel cuidado por sus hermanos. Nuestra tarea es ir en busca de la ayuda que se nos ha provisto: no debemos quedarnos sentados en el desaliento, sino ponernos en movimiento. La oración nos llevará pronto a la presencia de nuestro Hermano real; una vez ante su trono, no tenemos más que pedir y recibir: sus graneros no se han agotado; todavía hay trigo; su corazón no es duro; él nos dará el trigo. Señor, perdona nuestra incredulidad, y esta noche constríñenos a tomar abundantemente de tu plenitud y a recibir gracia sobre gracia.

22 de mayo

«He aquí que tú eres hermoso, amado mío». (Cantares 1:16)

Desde todo punto de vista nuestro Bienamado es hermosísimo. Nuestro Padre celestial dispone nuestras diversas experiencias para darnos nuevos miradores desde los cuales contemplar la hermosura de Jesús; ¡qué amables son nuestras pruebas cuando nos elevan a donde podemos obtener vistas más claras de Jesús que las que la vida ordinaria podría darnos! Lo hemos visto desde la cumbre de Amana, desde la cumbre de Senir y de Hermón, y ha brillado sobre nosotros como el sol en su fuerza; pero lo hemos visto también «desde las guaridas de los leones, desde los montes de los leopardos», y no ha perdido nada de su hermosura. Desde la languidez del lecho de enfermo, desde los bordes del sepulcro, hemos vuelto nuestros ojos al Esposo de nuestra alma, y nunca ha sido otra cosa que «todo hermoso». Muchos de sus santos lo han mirado desde la lobreguez de los calabozos y desde las rojas llamas de la hoguera, y sin embargo nunca han pronunciado una mala palabra de él, sino que han muerto ensalzando sus incomparables encantos. ¡Oh, noble y grata ocupación la de estar para siempre contemplando a nuestro dulce Señor Jesús! ¿No es inefablemente delicioso ver al Salvador en todos sus oficios y percibirlo incomparable en cada uno? ¿Girar, por así decirlo, el caleidoscopio y hallar nuevas combinaciones de gracias sin igual? En el pesebre y en la eternidad, en la cruz y en su trono, en el huerto y en su reino, entre ladrones o en medio de querubines, él es en todas partes «todo él codiciable». Examina con cuidado cada pequeño acto de su vida y cada rasgo de su carácter, y es tan hermoso en lo diminuto como en lo majestuoso. Júzgalo como quieras, no podrás censurarlo; pésalo como te plazca, y no será hallado falto. La eternidad no descubrirá la sombra de una mancha en nuestro Amado, sino que más bien, a medida que pasen los siglos, sus glorias ocultas resplandecerán con un esplendor aún más inconcebible, y su inefable hermosura arrebatará cada vez más a todas las mentes celestiales.

23 de mayo

«No compraste para mí caña aromática por dinero». (Isaías 43:24)

Los que adoraban en el templo solían traer presentes de perfumes aromáticos para quemarlos sobre el altar de Dios; pero Israel, en el tiempo de su apostasía, se volvió mezquina e hizo muy pocas ofrendas votivas a su Señor: esto era señal de frialdad de corazón hacia Dios y su casa. Lector, ¿no te ocurre esto nunca a ti? ¿No podría la queja del texto alzarse contra ti de vez en cuando, si no con frecuencia? Los pobres de bolsillo, si son ricos en fe, no serán menos aceptados porque sus dones sean pequeños; pero, lector pobre, ¿das al Señor en justa proporción, o se retiene del tesoro sagrado la blanca de la viuda? El creyente rico debe estar agradecido por el talento que se le ha confiado, pero no debe olvidar su gran responsabilidad, porque a quien mucho se le da, mucho se le demandará; pero, lector rico, ¿tienes presentes tus obligaciones, y le devuelves al Señor conforme al beneficio recibido? Jesús dio su sangre por nosotros: ¿qué le daremos nosotros a él? Somos suyos, y todo lo que tenemos, porque nos ha comprado para sí: ¿podemos actuar como si fuéramos nuestros? ¡Oh, más consagración! ¡Y para ello, oh, más amor! Bendito Jesús, ¡qué bondad la tuya al aceptar nuestra caña aromática comprada por dinero! Nada es demasiado costoso como tributo a tu amor sin rival, ¡y sin embargo recibes con agrado la más pequeña muestra sincera de afecto! Recibes nuestras pobres nomeolvides y prendas de amor como si fueran preciosas en sí mismas, aunque en verdad no son más que el ramillete de flores silvestres que el niño trae a su madre. Que nunca nos volvamos mezquinos contigo, y que desde esta hora nunca más te oigamos quejarte de nosotros por retener los dones de nuestro amor. Te daremos las primicias de nuestros frutos y te pagaremos el diezmo de todo, y luego confesaremos: «de lo recibido de tu mano te damos».

24 de mayo

«Solamente que converséis como es digno del evangelio de Cristo». (Filipenses 1:27)

La palabra «converséis» no se refiere meramente a nuestra charla y trato unos con otros, sino a todo el curso de nuestra vida y conducta en el mundo. La palabra griega significa los actos y los privilegios de la ciudadanía; y así se nos manda que nuestros actos, como ciudadanos de la nueva Jerusalén, sean como es digno del evangelio de Cristo. ¿Qué clase de conducta es esta? En primer lugar, el evangelio es muy sencillo. Así, los cristianos deben ser sencillos y llanos en sus costumbres. Debe haber en nuestros modales, en nuestro hablar, en nuestro vestir, en toda nuestra conducta, esa sencillez que es el alma misma de la belleza. El evangelio es eminentemente verdadero; es oro sin escoria; y la vida del cristiano carecerá de brillo y de valor sin la joya de la verdad. El evangelio es un evangelio muy intrépido; proclama con valentía la verdad, les guste o no a los hombres: nosotros debemos ser igualmente fieles e inquebrantables. Pero el evangelio es también muy apacible. Observa este espíritu en su Fundador: «La caña cascada no quebrará». Algunos profesantes son más punzantes que un seto de espinos; tales hombres no se parecen a Jesús. Procuremos ganar a otros por la mansedumbre de nuestras palabras y actos. El evangelio es muy amoroso. Es el mensaje del Dios de amor a una raza perdida y caída. El último mandato de Cristo a sus discípulos fue: «Que os améis unos a otros». ¡Oh, que haya más unión y amor reales y cordiales hacia todos los santos; más tierna compasión hacia las almas de los peores y más viles de los hombres! No debemos olvidar que el evangelio de Cristo es santo. Nunca excusa el pecado: lo perdona, pero solo por medio de una expiación. Si nuestra vida ha de parecerse al evangelio, debemos evitar no solo los vicios más groseros, sino todo lo que pudiera estorbar nuestra perfecta conformidad con Cristo. Por amor a él, por amor a nosotros mismos y por amor a los demás, debemos esforzarnos día tras día para que nuestro conversar sea cada vez más conforme a su evangelio.

25 de mayo

«Y levantándose en la misma hora, volvieron a Jerusalén ... y ellos contaban las cosas que les habían acontecido en el camino, y cómo había sido conocido de ellos». (Lucas 24:33,35)

Cuando los dos discípulos llegaron a Emaús y se estaban reconfortando con la cena, el misterioso forastero que tanto los había cautivado en el camino tomó el pan y lo partió, se dio a conocer a ellos, y luego desapareció de su vista. Lo habían obligado a quedarse con ellos porque el día ya había declinado; pero ahora, aunque era mucho más tarde, su amor era una lámpara a sus pies, y aun alas; olvidaron la oscuridad, su cansancio desapareció del todo, y enseguida desanduvieron los sesenta estadios para contar la alegre noticia de un Señor resucitado que se les había aparecido en el camino. Llegaron a los cristianos de Jerusalén y fueron recibidos con un estallido de buenas noticias antes de que pudieran contar su propia historia. Estos primeros cristianos ardían todos en deseos de hablar de la resurrección de Cristo y de proclamar lo que sabían del Señor; hacían de sus experiencias un bien común. Que su ejemplo nos impresione profundamente esta noche. También nosotros debemos dar testimonio acerca de Jesús. El relato de Juan sobre el sepulcro necesitaba ser completado por Pedro; y María podía hablar de algo más todavía; juntos, tenemos un testimonio completo del cual nada puede faltar. Cada uno de nosotros tiene dones peculiares y manifestaciones especiales; pero el único fin que Dios tiene a la vista es el perfeccionamiento de todo el cuerpo de Cristo. Debemos, pues, traer nuestras posesiones espirituales y ponerlas a los pies de los apóstoles, y repartir a todos de lo que Dios nos ha dado. No retengas ninguna parte de la verdad preciosa, sino habla lo que sabes y testifica lo que has visto. Que ni la fatiga ni la oscuridad, ni la posible incredulidad de tus amigos, pesen un solo momento en la balanza. ¡Arriba, y marcha al lugar del deber, y cuenta allí cuán grandes cosas ha mostrado Dios a tu alma!

26 de mayo

«Permaneced en la fe». (Hechos 14:22)

La perseverancia es la insignia de los verdaderos santos. La vida cristiana no es solo un comienzo en los caminos de Dios, sino también una permanencia en ellos mientras dure la vida. Le sucede al cristiano lo que al gran Napoleón, que dijo: «La conquista me ha hecho lo que soy, y la conquista debe sostenerme». Así, bajo Dios, querido hermano en el Señor, la conquista te ha hecho lo que eres, y la conquista debe sostenerte. Tu lema ha de ser: «Excelsior». Solo es verdadero vencedor, y será coronado al final, el que persevera hasta que la trompeta de guerra ya no suene más. La perseverancia es, por tanto, el blanco de todos nuestros enemigos espirituales. Al mundo no le importa que seas cristiano por un tiempo, con tal de poder tentarte a abandonar tu peregrinación y establecerte a comprar y vender con él en la feria de la Vanidad. La carne procurará enredarte e impedir que prosigas hacia la gloria. «Es un trabajo agotador ser peregrino; vamos, déjalo. ¿He de ser siempre mortificada? ¿Nunca se me ha de complacer? Dame al menos un permiso en esta guerra constante». Satanás lanzará muchos ataques feroces contra tu perseverancia; será el blanco de todas sus flechas. Procurará estorbarte en el servicio: insinuará que no estás haciendo ningún bien y que necesitas descanso. Tratará de cansarte del sufrimiento; te susurrará: «Maldice a Dios, y muérete». O atacará tu firmeza: «¿De qué sirve ser tan celoso? Quédate tranquilo como los demás; duerme como otros, y deja que tu lámpara se apague como lo hacen las otras vírgenes». O asaltará tus convicciones doctrinales: «¿Por qué te aferras a esos credos confesionales? Los hombres sensatos se están volviendo más liberales; están quitando los linderos antiguos: ponte a tono con los tiempos». Lleva, pues, cristiano, tu escudo bien ajustado a tu armadura, y clama con fuerza a Dios, para que por su Espíritu perseveres hasta el fin.

27 de mayo

«¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo?». (2 Samuel 9:8)

Si Mefiboset quedó tan humillado por la bondad de David, ¿qué seremos nosotros en la presencia de nuestro bondadoso Señor? Cuanta más gracia tenemos, menos pensamos de nosotros mismos, porque la gracia, como la luz, revela nuestra impureza. Santos eminentes apenas han sabido con qué compararse, tan claro y agudo ha sido su sentido de indignidad. «Soy», dice el santo Rutherford, «una rama seca y marchita, un pedazo de cadáver, huesos secos, e incapaz de pasar por encima de una paja». En otro lugar escribe: «Excepto en cuanto a los estallidos abiertos, no me falta nada de lo que tuvieron Judas y Caín». Los objetos más viles de la naturaleza le parecen a la mente humillada tener preferencia sobre ella, porque nunca han contraído pecado: un perro puede ser glotón, feroz o sucio, pero no tiene conciencia que violar ni Espíritu Santo a quien resistir. Un perro puede ser un animal sin valor, y sin embargo, con un poco de bondad, pronto se le gana para que ame a su amo, y le es fiel hasta la muerte; pero nosotros olvidamos la bondad del Señor y no lo seguimos cuando nos llama. La expresión «perro muerto» es la más expresiva de todas las expresiones de desprecio, pero no es demasiado fuerte para expresar el aborrecimiento de sí mismos que sienten los creyentes instruidos. No fingen una falsa modestia; quieren decir lo que dicen; se han pesado en las balanzas del santuario y han descubierto la vanidad de su naturaleza. En el mejor de los casos no somos más que barro, polvo animado, meros montículos que andan; pero considerados como pecadores, somos verdaderos monstruos. Publíquese en el cielo como una maravilla que el Señor Jesús haya puesto el amor de su corazón en gente como nosotros. Aunque seamos polvo y ceniza, tenemos que engrandecer, y engrandeceremos, «la supereminente grandeza de su gracia». ¿No podía su corazón hallar descanso en el cielo? ¿Tenía que venir a estas tiendas de Cedar en busca de esposa, y escoger una novia a quien el sol había mirado? ¡Oh cielos y tierra, prorrumpid en cántico, y dad toda la gloria a nuestro dulce Señor Jesús!

28 de mayo

«Esto traigo a mi memoria, por lo cual tengo esperanza». (Lamentaciones 3:21)

La memoria es con frecuencia la esclava del desaliento. Las mentes desesperadas traen a la memoria cada presagio sombrío del pasado y se extienden sobre cada rasgo lúgubre del presente; así la memoria, vestida de cilicio, presenta a la mente una copa mezclada de hiel y ajenjo. Sin embargo, no hay necesidad de esto. La sabiduría puede transformar fácilmente la memoria en un ángel de consuelo. Ese mismo recuerdo que en su mano izquierda trae tantos presagios lúgubres puede ser enseñado a llevar en su derecha una riqueza de señales esperanzadoras. No tiene por qué llevar una corona de hierro; puede ceñir su frente con una diadema de oro, toda tachonada de estrellas. Así ocurrió en la experiencia de Jeremías: en el versículo anterior, la memoria lo había llevado a una profunda humillación del alma: «Mi alma lo tiene aún en memoria, y está humillada dentro de mí»; y ahora esa misma memoria lo devolvió a la vida y al consuelo. «Esto traigo a mi memoria, por lo cual tengo esperanza». Como una espada de dos filos, su memoria primero mató su orgullo con un filo, y luego dio muerte a su desesperación con el otro. Como principio general, si ejercitáramos nuestra memoria con más sabiduría, podríamos, en nuestra angustia más oscura, encender un fósforo que prendiera al instante la lámpara del consuelo. No hace falta que Dios cree una cosa nueva sobre la tierra para devolver el gozo a los creyentes; si escarbaran con oración entre las cenizas del pasado, hallarían luz para el presente; y si se volvieran al libro de la verdad y al trono de la gracia, su candela pronto brillaría como antes. Sea nuestro recordar la misericordia del Señor y repasar sus obras de gracia. Abramos el volumen del recuerdo, tan ricamente iluminado con memoriales de misericordia, y pronto estaremos felices. Así la memoria puede ser, como la llama Coleridge, «el manantial íntimo del gozo»; y cuando el divino Consolador la doblega a su servicio, puede ser la principal entre los consoladores terrenales.

29 de mayo

«Maldito delante del Señor el hombre que se levantare y reedificare esta ciudad de Jericó». (Josué 6:26)

Si fue maldito el que reedificó Jericó, mucho más lo será el hombre que se afana por restaurar el papismo entre nosotros. En los días de nuestros padres, las gigantescas murallas del papismo cayeron por el poder de su fe, la perseverancia de sus esfuerzos y el toque de sus trompetas del evangelio; y ahora hay algunos que quisieran reedificar ese sistema maldito sobre su antiguo fundamento. Oh Señor, dígnate frustrar sus empeños injustos y derribar cada piedra que levanten. Debería ser un asunto serio para nosotros quedar completamente limpios de todo error que pueda tender a fomentar el espíritu del papismo, y cuando hayamos hecho limpieza a fondo en casa, deberíamos procurar por todos los medios oponernos a su propagación, demasiado rápida, fuera de ella, en la iglesia y en el mundo. Esto último puede hacerse en secreto mediante la oración ferviente, y en público mediante un testimonio decidido. Debemos advertir con prudente audacia a los que se inclinan hacia los errores de Roma; debemos instruir a los jóvenes en la verdad del evangelio y contarles las negras obras del papismo en los tiempos antiguos. Debemos contribuir a difundir la luz más plenamente por todo el país, porque los sacerdotes, como los búhos, aborrecen la luz del día. ¿Estamos haciendo todo lo que podemos por Jesús y el evangelio? Si no, nuestra negligencia hace el juego a la clerecía. ¿Qué estamos haciendo para difundir la Biblia, que es la ruina y el veneno del papa? ¿Estamos esparciendo buenos y sanos escritos del evangelio? Lutero dijo una vez: «El diablo odia las plumas de ganso», y sin duda tiene buenas razones, porque los escritores diligentes, con la bendición del Espíritu Santo, han hecho mucho daño a su reino. Si los miles que leerán esta breve palabra esta noche hacen todo lo que puedan para impedir la reedificación de este Jericó maldito, la gloria del Señor avanzará entre los hijos de los hombres. Lector, ¿qué puedes hacer tú? ¿Qué harás?

30 de mayo

«A fin de que no sirvamos más al pecado». (Romanos 6:6)

Cristiano, ¿qué tienes tú que ver con el pecado? ¿No te ha costado ya bastante? Niño quemado, ¿vas a jugar con el fuego? ¡Qué! Habiendo estado ya entre las fauces del león, ¿vas a entrar por segunda vez en su guarida? ¿No has tenido bastante de la serpiente antigua? ¿No envenenó él una vez todas tus venas, y vas a jugar sobre la cueva del áspid y a poner tu mano por segunda vez sobre la caverna del basilisco? ¡Oh, no seas tan loco, tan necio! ¿Te dio alguna vez el pecado verdadero placer? ¿Hallaste en él una satisfacción sólida? Si así fue, vuelve a tu antigua servidumbre y lleva otra vez la cadena, si eso te deleita. Pero puesto que el pecado nunca te dio lo que prometía, sino que te engañó con mentiras, no te dejes atrapar por segunda vez por el viejo cazador: sé libre, ¡y que el recuerdo de tu antigua esclavitud te prohíba entrar de nuevo en la red! Es contrario a los designios del amor eterno, que miran todos a tu pureza y santidad; no vayas, pues, en contra de los propósitos de tu Señor. Otro pensamiento debería refrenarte del pecado. Los cristianos nunca pecan a bajo precio; pagan un alto precio por la iniquidad. La transgresión destruye la paz de la mente, oscurece la comunión con Jesús, estorba la oración y trae tinieblas sobre el alma; por tanto, no seas siervo ni esclavo del pecado. Hay todavía un argumento más alto: cada vez que «sirves al pecado», has «crucificado de nuevo al Señor, y lo has expuesto a vituperio». ¿Puedes soportar ese pensamiento? ¡Oh! Si has caído hoy en algún pecado especial, puede que mi Maestro haya enviado esta amonestación esta noche para hacerte volver antes de que te hayas apartado mucho. Vuélvete de nuevo a Jesús; él no ha olvidado su amor por ti; su gracia sigue siendo la misma. Con llanto y arrepentimiento, ven a su estrado, y serás recibido otra vez en su corazón; serás puesto de nuevo sobre una peña, y tus pasos serán afirmados.

31 de mayo

«El que sana todas tus dolencias». (Salmo 103:3)

Por humillante que sea la afirmación, el hecho es cierto: todos padecemos, en mayor o menor grado, la enfermedad del pecado. ¡Qué consuelo saber que tenemos un gran Médico que puede y quiere sanarnos! Pensemos en él un rato esta noche. Sus curaciones son muy rápidas: hay vida en una mirada a él; sus curaciones son radicales: ataca el centro de la enfermedad; y por eso sus curaciones son seguras y ciertas. Nunca falla, y la enfermedad nunca vuelve. No hay recaída donde Cristo sana; no hay temor de que sus pacientes sean meramente remendados por un tiempo: hace de ellos hombres nuevos; les da también un corazón nuevo, y pone dentro de ellos un espíritu recto. Es experto en todas las enfermedades. Los médicos suelen tener alguna especialidad. Aunque sepan un poco de casi todos nuestros dolores y males, por lo general hay una enfermedad que han estudiado por encima de todas las demás; pero Jesucristo conoce a fondo toda la naturaleza humana. Se siente tan a gusto con un pecador como con otro, y nunca se ha encontrado con un caso extraordinario que le resultara difícil. Ha tenido que tratar complicaciones extraordinarias de extrañas enfermedades, pero ha sabido exactamente, con una sola mirada de sus ojos, cómo tratar al paciente. Es el único médico universal; y la medicina que da es la única verdadera panacea, que sana en todos los casos. Sea cual sea nuestra dolencia espiritual, deberíamos acudir de inmediato a este Médico divino. No hay quebranto de corazón que Jesús no pueda vendar. «Su sangre limpia de todo pecado». Basta con pensar en las miríadas que han sido libradas de toda clase de enfermedades por el poder y la virtud de su toque, y nos pondremos gozosos en sus manos. Confiamos en él, y el pecado muere; lo amamos, y la gracia vive; lo esperamos, y la gracia se fortalece; lo vemos tal como él es, y la gracia queda perfeccionada para siempre.

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