Noche tras noche
Abril

Capítulo 4 · 53 min de lectura · 1 h 8 min de escucha

Abril

1 de abril

«Es el tiempo de buscar al Señor.» (Oseas 10:12)

Se dice que este mes de abril deriva su nombre del verbo latino aperio, que significa abrir, porque todos los brotes y capullos se están abriendo ahora, y hemos llegado a las puertas del año florido. Lector, si todavía no eres salvo, que tu corazón, en armonía con el despertar universal de la naturaleza, se abra para recibir al Señor. Cada flor que se abre te advierte que es el tiempo de buscar al Señor; no desentones con la naturaleza, sino deja que tu corazón brote y florezca con santos deseos. ¿Me dices que la sangre ardiente de la juventud salta en tus venas? Entonces te ruego que des tu vigor al Señor. Fue mi indecible dicha ser llamado en la temprana juventud, y de buena gana alabaría al Señor por ello cada día. La salvación no tiene precio, venga cuando venga; pero ¡oh!, una salvación temprana tiene doble valor. Jóvenes y doncellas, puesto que podéis perecer antes de llegar a la plenitud de la vida, «es el tiempo de buscar al Señor». Vosotros que sentís los primeros signos de decadencia, apresurad el paso: esa tos hueca, ese rubor febril, son advertencias con las que no debéis jugar; para vosotros es en verdad el tiempo de buscar al Señor. ¿Me pareció ver un poco de gris mezclado con tus cabellos, en otro tiempo tan abundantes? Los años se van acercando a toda prisa, y la muerte se aproxima a marchas forzadas; que cada vuelta de la primavera te despierte para poner en orden tu casa. Querido lector, si ya estás avanzado en años, déjame rogarte y suplicarte que no te demores más. Ahora hay para ti un día de gracia; sé agradecido por ello; pero es un tiempo limitado y se acorta cada vez que hace tictac ese reloj. Aquí, en esta habitación silenciosa, en esta primera noche de otro mes, te hablo lo mejor que puedo con papel y tinta, y desde lo más íntimo de mi alma, como siervo de Dios, pongo delante de ti esta advertencia: «Es el tiempo de buscar al Señor». No desprecies esta obra; puede ser tu último llamado a escapar de la destrucción, la sílaba final de los labios de la gracia.

2 de abril

«Verá linaje, vivirá por largos días, y la voluntad del Señor será en su mano prosperada.» (Isaías 53:10)

Pedid por el pronto cumplimiento de esta promesa, todos los que amáis al Señor. Es tarea fácil orar cuando nuestros deseos están asentados y cimentados sobre la propia promesa de Dios. ¿Cómo podrá negarse a cumplirla el que dio la palabra? La veracidad inmutable no puede rebajarse con una mentira, y la fidelidad eterna no puede degradarse con el descuido. Dios tiene que bendecir a su Hijo; su pacto lo obliga a ello. Lo que el Espíritu nos impulsa a pedir para Jesús es lo que Dios ha decretado darle. Siempre que ores por el reino de Cristo, que tus ojos contemplen el alba del día bendito que se acerca, cuando el Crucificado recibirá su coronación en el lugar donde los hombres lo rechazaron. Ánimo, vosotros que con oración trabajáis y os afanáis por Cristo con un éxito de los más pequeños: no será siempre así; tenéis por delante tiempos mejores. Vuestros ojos no pueden ver el dichoso porvenir: tomad prestado el telescopio de la fe; limpiad del cristal el aliento empañado de vuestras dudas; mirad por él y contemplad la gloria venidera. Lector, permítenos preguntarte: ¿haces tú de esto tu oración constante? Recuerda que el mismo Cristo que nos manda decir: «Danos hoy nuestro pan de cada día», nos había dado primero esta petición: «Santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra». Que tus oraciones no sean todas acerca de tus propios pecados, tus propias necesidades, tus propias imperfecciones, tus propias pruebas; sino que suban por la escalera estrellada y lleguen hasta Cristo mismo; y entonces, al acercarte al propiciatorio rociado de sangre, ofrece continuamente esta oración: «Señor, extiende el reino de tu amado Hijo». Una petición así, presentada con fervor, elevará el espíritu de todas tus devociones. Cuida de probar la sinceridad de tu oración trabajando por promover la gloria del Señor.

3 de abril

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros.» (Isaías 53:6)

He aquí una confesión de pecado común a todo el pueblo escogido de Dios. Todos han caído, y por eso, en coro común, todos dicen, desde el primero que entró en el cielo hasta el último que ha de entrar allí: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas». La confesión, siendo así unánime, es también especial y particular: «Cada cual se apartó por su camino». Hay una pecaminosidad peculiar en cada uno de los individuos; todos son pecadores, pero cada uno con alguna agravante especial que no se halla en su compañero. Es señal del arrepentimiento genuino que, aunque se asocia naturalmente con otros penitentes, toma también una posición de soledad. «Cada cual se apartó por su camino» es la confesión de que cada hombre había pecado contra una luz peculiar a él mismo, o había pecado con una agravante que no podía percibir en los demás. Esta confesión es sin reservas; no hay una palabra que reste fuerza, ni una sílaba a modo de excusa. La confesión es una renuncia a todo alegato de justicia propia. Es la declaración de hombres que se saben culpables: culpables con agravantes, culpables sin excusa; están de pie con sus armas de rebelión hechas pedazos, y claman: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino». Sin embargo, no oímos lamentos dolientes acompañando esta confesión de pecado; porque la frase siguiente la convierte casi en un cántico. «Mas el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros.» Es la más dolorosa de las tres frases, pero rebosa de consuelo. Es extraño que donde se concentró la miseria reinara la misericordia; que donde el dolor llegó a su colmo las almas cansadas hallen descanso. El Salvador molido es la curación de los corazones molidos. ¡Mira cómo la penitencia más humilde da paso a una confianza segura simplemente con mirar a Cristo en la cruz!

4 de abril

«Venid, y subamos al monte del Señor.» (Isaías 2:3)

Es sumamente provechoso para nuestras almas elevarnos por encima de este presente siglo malo hacia algo más noble y mejor. Los afanes de este mundo y el engaño de las riquezas tienden a ahogar todo lo bueno que hay en nosotros, y nos volvemos irritables, abatidos, quizá orgullosos y carnales. Bueno es para nosotros cortar estos espinos y cardos, porque la semilla celestial sembrada entre ellos difícilmente dará cosecha; ¿y dónde hallaremos mejor hoz con que cortarlos que la comunión con Dios y con las cosas del reino? En los valles de Suiza muchos de los habitantes están deformes, y todos tienen aspecto enfermizo, porque la atmósfera está cargada de miasmas y es pesada y estancada; pero allá arriba, en la montaña, se halla una raza robusta, que respira el aire limpio y fresco que sopla desde las nieves vírgenes de las cumbres alpinas. Bueno sería que los moradores del valle pudieran dejar con frecuencia sus moradas entre los pantanos y las nieblas de la fiebre, y aspirar el aire tonificante de las colinas. A tal hazaña de escalada te invito esta noche. Que el Espíritu de Dios nos ayude a dejar las nieblas del temor y las fiebres de la ansiedad, y todos los males que se juntan en este valle de la tierra, y a subir a los montes del gozo y la bienaventuranza anticipados. ¡Que Dios el Espíritu Santo corte las cuerdas que nos retienen aquí abajo, y nos ayude a subir! Demasiadas veces estamos como águilas encadenadas, sujetas a la roca; solo que, a diferencia del águila, empezamos a amar nuestra cadena, y quizá, si de verdad llegara la prueba, nos resistiríamos a que se rompiera. Que Dios nos conceda ahora gracia para que, si no podemos escapar de la cadena en cuanto a la carne, lo hagamos en cuanto al espíritu; y dejando el cuerpo, como a un criado, al pie del monte, que nuestra alma, como Abraham, alcance la cumbre de la montaña, para gozar allí de la comunión con el Altísimo.

5 de abril

«Delante de la honra está la humildad.» (Proverbios 15:33)

La humillación del alma siempre trae consigo una bendición positiva. Si vaciamos nuestro corazón del yo, Dios lo llenará de su amor. El que desea una comunión íntima con Cristo debe recordar la palabra del Señor: «Miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra». Inclínate si quieres subir al cielo. ¿No decimos de Jesús: «Descendió para poder ascender»? Así también tú. Tienes que crecer hacia abajo para poder crecer hacia arriba; porque la más dulce comunión con el cielo la tienen las almas humildes, y solo ellas. Dios no negará ninguna bendición a un espíritu completamente humillado. «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos», con todas sus riquezas y tesoros. Todo el tesoro de Dios será traspasado por escritura de donación al alma que sea lo bastante humilde para poder recibirlo sin enorgullecerse por ello. Dios nos bendice a todos hasta la plena medida y el extremo de lo que es seguro para él hacer. Si no recibes una bendición, es porque no es seguro para ti tenerla. Si nuestro Padre celestial dejara que tu espíritu no humillado ganara una victoria en su santa guerra, te robarías la corona para ti mismo, y al encontrarte con un nuevo enemigo caerías víctima; de modo que se te mantiene abajo por tu propia seguridad. Cuando un hombre es sinceramente humilde, y nunca se atreve a tocar ni un grano de la alabanza, casi no hay límite para lo que Dios hará por él. La humildad nos dispone para ser bendecidos por el Dios de toda gracia, y nos capacita para tratar eficazmente con nuestros semejantes. La verdadera humildad es una flor que adornará cualquier jardín. Es una salsa con la que puedes sazonar cada plato de la vida, y en todos los casos hallarás una mejora. Ya sea oración o alabanza, ya sea trabajo o sufrimiento, la genuina sal de la humildad nunca puede usarse en exceso.

6 de abril

«En el nombre del Señor yo los destruiré.» (Salmo 118:12)

Nuestro Señor Jesús, por su muerte, no compró derecho solo a una parte de nosotros, sino al hombre entero. En su pasión contemplaba nuestra santificación completa, espíritu, alma y cuerpo, para reinar él mismo de manera suprema y sin rival en este triple reino. Es tarea de la naturaleza nueva que Dios ha dado a los regenerados hacer valer los derechos del Señor Jesucristo. Alma mía, en cuanto eres hija de Dios, debes conquistar todo el resto de ti misma que aún queda sin bendecir; debes someter todas tus facultades y pasiones al cetro de plata del reinado lleno de gracia de Jesús, y nunca debes darte por satisfecha hasta que aquel que es Rey por compra llegue a ser también Rey por coronación de gracia, y reine en ti de manera suprema. Puesto que el pecado no tiene derecho a ninguna parte de nosotros, emprendemos una guerra buena y legítima cuando procuramos, en el nombre de Dios, expulsarlo. Oh cuerpo mío, eres miembro de Cristo: ¿toleraré que estés sujeto al príncipe de las tinieblas? Oh alma mía, Cristo ha padecido por tus pecados y te ha redimido con su preciosísima sangre: ¿permitiré que tu memoria se convierta en almacén de maldad, o tus pasiones en teas de iniquidad? ¿Entregaré mi juicio para que el error lo pervierta, o mi voluntad para que sea llevada en grilletes de iniquidad? No, alma mía, eres de Cristo, y el pecado no tiene derecho alguno sobre ti.

¡Ten valor en cuanto a esto, oh cristiano! No te desanimes, como si tus enemigos espirituales nunca pudieran ser destruidos. Eres capaz de vencerlos; no con tu propia fuerza, pues con ella el más débil de ellos sería demasiado para ti; pero puedes vencerlos, y los vencerás, por la sangre del Cordero. No preguntes: «¿Cómo los desarraigaré, si son más grandes y más poderosos que yo?», sino acude al fuerte en busca de fuerza, espera humildemente en Dios, y el Fuerte de Jacob vendrá sin duda en tu socorro, y cantarás victoria por su gracia.

7 de abril

«Líbrame de homicidios, oh Dios, Dios de mi salvación; y mi lengua cantará en alta voz tu justicia.» (Salmo 51:14)

En esta solemne confesión es grato observar que David nombra claramente su pecado. No lo llama homicidio involuntario, ni habla de él como de una imprudencia por la cual le sobrevino un accidente desafortunado a un hombre digno, sino que lo llama por su verdadero nombre: homicidio, culpa de sangre. Él no mató con su propia mano al marido de Betsabé; pero aun así fue en el corazón de David donde se tramó que Urías fuera muerto, y delante del Señor era su asesino. Aprende a ser sincero con Dios en la confesión. No des nombres hermosos a pecados viles; llámalos como quieras, no olerán más dulcemente. Lo que Dios ve que son, eso esfuérzate tú por sentir que son; y con toda franqueza de corazón reconoce su verdadero carácter. Observa que David estaba evidentemente oprimido por la gravedad de su pecado. Es fácil usar palabras, pero es difícil sentir su significado. El salmo cincuenta y uno es la fotografía de un espíritu contrito. Busquemos un quebrantamiento de corazón semejante; porque, por excelentes que sean nuestras palabras, si nuestro corazón no es consciente de que el pecado merece el infierno, no podemos esperar hallar perdón.

Nuestro texto contiene una oración ferviente: está dirigida al Dios de salvación. Es su prerrogativa perdonar; es su nombre mismo y su oficio salvar a los que buscan su rostro. Mejor aún, el texto lo llama el Dios de mi salvación. Sí, bendito sea su nombre: mientras todavía voy a él por la sangre de Jesús, puedo regocijarme en el Dios de mi salvación.

El salmista termina con un voto digno de elogio: si Dios lo libra, cantará; más aún, «cantará en alta voz». ¿Quién podría cantar de otra manera acerca de una misericordia como esta? Pero observa el tema del cántico: «tu justicia». Debemos cantar de la obra consumada de un precioso Salvador; y el que más conoce del amor que perdona cantará con más fuerza.

8 de abril

«No temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo.» (Salmo 23:4)

¡Mira cuán independiente de las circunstancias externas puede hacer el Espíritu Santo al cristiano! ¡Qué luz tan brillante puede resplandecer dentro de nosotros cuando todo está oscuro fuera! ¡Qué firmes, qué felices, qué serenos, qué llenos de paz podemos estar cuando el mundo se sacude de un lado a otro y las columnas de la tierra son removidas! Aun la muerte misma, con todas sus terribles influencias, no tiene poder para suspender la música del corazón del cristiano, sino que más bien hace que esa música sea más dulce, más clara, más celestial, hasta que el último acto bondadoso que la muerte puede hacer es dejar que la melodía terrenal se funda en el coro celestial, el gozo temporal en la dicha eterna. Tengamos, pues, confianza en el poder del bendito Espíritu para consolarnos. Querido lector, ¿ves venir la pobreza? No temas; el Espíritu divino puede darte, en tu escasez, una abundancia mayor que la que tienen los ricos en su opulencia. No sabes qué gozos pueden estar guardados para ti en la cabaña alrededor de la cual la gracia plantará las rosas del contentamiento. ¿Eres consciente de que tus fuerzas corporales van fallando cada vez más? ¿Esperas sufrir largas noches de languidez y días de dolor? ¡Oh, no estés triste! Esa cama puede llegar a ser para ti un trono. Poco sabes cómo cada punzada que atraviesa tu cuerpo puede ser un fuego refinador que consuma tu escoria, un rayo de gloria que ilumine las partes secretas de tu alma. ¿Se te oscurecen los ojos? Jesús será tu luz. ¿Te fallan los oídos? El nombre de Jesús será la mejor música de tu alma, y su persona tu querido deleite. Sócrates solía decir: «Los filósofos pueden ser felices sin música»; y los cristianos pueden ser más felices que los filósofos cuando se les quitan todos los motivos externos de regocijo. ¡En ti, Dios mío, triunfará mi corazón, venga lo que venga de males por fuera! Por tu poder, oh bendito Espíritu, mi corazón se alegrará en gran manera, aunque todo me falte aquí abajo.

9 de abril

«Tu benignidad me ha engrandecido.» (Salmo 18:35)

Estas palabras pueden traducirse: «tu bondad me ha engrandecido». David atribuyó con gratitud toda su grandeza, no a su propia bondad, sino a la bondad de Dios. «Tu providencia» es otra lectura; y la providencia no es otra cosa que la bondad en acción. La bondad es el capullo del cual la providencia es la flor; o la bondad es la semilla de la cual la providencia es la cosecha. Algunos lo traducen: «tu ayuda», que no es sino otra palabra para la providencia, siendo la providencia la firme aliada de los santos, que los ayuda en el servicio de su Señor. O también: «tu humildad me ha engrandecido». «Tu condescendencia» puede quizá servir como lectura abarcadora, que combina las ideas mencionadas, incluida la de humildad. Es el hacerse pequeño Dios lo que causa que seamos engrandecidos. Somos tan pequeños que, si Dios manifestara su grandeza sin condescendencia, seríamos pisoteados bajo sus pies; pero Dios, que tiene que inclinarse para mirar los cielos y bajarse para ver lo que hacen los ángeles, vuelve sus ojos aún más abajo, y mira a los humildes y contritos, y los engrandece. Hay todavía otras lecturas, como por ejemplo la de la Septuaginta, que dice: «tu disciplina» (tu corrección paternal) «me ha engrandecido»; mientras que la paráfrasis caldea dice: «tu palabra me ha acrecentado». Aun así la idea es la misma. David atribuye toda su grandeza a la bondad condescendiente de su Padre que está en los cielos. Que este sentimiento resuene en nuestros corazones esta noche, mientras echamos nuestras coronas a los pies de Jesús y clamamos: «Tu benignidad me ha engrandecido». ¡Cuán maravillosa ha sido nuestra experiencia de la benignidad de Dios! ¡Qué benignas han sido sus correcciones! ¡Qué benigna su paciencia! ¡Qué benignas sus enseñanzas! ¡Qué benignos sus llamamientos! Medita en este tema, oh creyente. Despierte la gratitud; ahónde la humildad; avive el amor antes de que te duermas esta noche.

10 de abril

«Porque esta noche ha estado conmigo el ángel de Dios.» (Hechos 27:23)

La tempestad y la larga oscuridad, unidas al peligro inminente de naufragio, habían puesto a la tripulación del barco en una triste situación; un solo hombre entre ellos permanecía perfectamente sereno, y con su palabra los demás recobraron el ánimo. Pablo era el único que tenía corazón suficiente para decir: «Varones, tened buen ánimo». Había a bordo veteranos legionarios romanos y valientes marineros viejos, y sin embargo su pobre prisionero judío tenía más ánimo que todos ellos. Tenía un Amigo secreto que le mantenía el valor. El Señor Jesús despachó a un mensajero celestial para susurrar palabras de consuelo al oído de su fiel siervo; por eso llevaba un rostro resplandeciente y hablaba como un hombre tranquilo.

Si tememos al Señor, podemos esperar intervenciones oportunas cuando nuestro caso está en lo peor. Las tormentas no alejan de nosotros a los ángeles, ni la oscuridad los estorba. Los serafines no tienen por humillación visitar a los más pobres de la familia celestial. Si las visitas de los ángeles son pocas y espaciadas en tiempos ordinarios, serán frecuentes en nuestras noches de tempestad y zozobra. Los amigos pueden apartarse de nosotros cuando estamos bajo presión, pero nuestro trato con los habitantes del mundo angélico será más abundante; y con la fuerza de las palabras de amor que nos traen desde el trono por la escalera de Jacob, seremos fuertes para hacer hazañas. Querido lector, ¿es esta para ti una hora de angustia? Entonces pide una ayuda especial. Jesús es el ángel del pacto, y si ahora se busca su presencia con fervor, no será negada. Lo que esa presencia trae en ánimo para el corazón lo recuerdan quienes, como Pablo, han tenido al ángel de Dios junto a ellos en una noche de tormenta, cuando las anclas ya no sujetaban y las rocas estaban cerca.

«Oh ángel de mi Dios, acércate;

en medio de las tinieblas calma mi temor;

ruge con fuerza el mar bravío y tempestuoso:

tu presencia, Señor, me consolará.»

11 de abril

«Mira mi aflicción y mi dolor, y perdona todos mis pecados.» (Salmo 25:18)

Bien nos va cuando las oraciones acerca de nuestras penas van unidas a súplicas acerca de nuestros pecados; cuando, estando bajo la mano de Dios, no estamos del todo absortos en nuestro dolor, sino que recordamos nuestras ofensas contra Dios. Bueno es también llevar la pena y el pecado al mismo lugar. Fue a Dios a quien David llevó su pena; fue a Dios a quien David confesó su pecado. Observa, pues, que debemos llevar nuestras penas a Dios. Aun tus pequeñas penas puedes echarlas sobre Dios, porque él cuenta los cabellos de tu cabeza; y tus grandes penas puedes encomendárselas, porque él tiene el océano en el hueco de su mano. Acude a él, sea cual sea tu aflicción presente, y lo hallarás capaz y dispuesto a aliviarte. Pero también debemos llevar nuestros pecados a Dios. Debemos llevarlos a la cruz, para que la sangre caiga sobre ellos, a fin de limpiar su culpa y destruir su poder contaminador.

La lección especial del texto es esta: que hemos de ir al Señor con nuestras penas y con nuestros pecados con el espíritu correcto. Fíjate en que todo lo que David pide acerca de su pena es: «Mira mi aflicción y mi dolor»; pero la petición siguiente es muchísimo más expresa, definida, decidida y clara: «Perdona todos mis pecados». Muchos que sufren lo habrían expresado así: «Quita mi aflicción y mi dolor, y mira mis pecados». Pero David no dice eso; clama: «Señor, en cuanto a mi aflicción y mi dolor, no daré órdenes a tu sabiduría. Señor, míralos; te los dejo a ti; me alegraría que se me quitara el dolor, pero haz como quieras; pero en cuanto a mis pecados, Señor, sé lo que quiero de ellos: tengo que ser perdonado; no puedo soportar estar bajo su maldición ni un momento». El cristiano tiene la pena por más liviana en la balanza que el pecado; puede soportar que sus aflicciones continúen, pero no puede sostener la carga de sus transgresiones.

12 de abril

«El huerto del rey.» (Nehemías 3:15)

La mención que hace Nehemías del huerto del rey trae a la memoria el paraíso que el Rey de reyes preparó para Adán. El pecado ha arruinado por completo aquella hermosa morada de todas las delicias, y ha echado fuera a los hijos de los hombres a labrar la tierra, que les produce espinos y cardos. Alma mía, recuerda la caída, porque fue tu caída. Llora mucho, porque el Señor del amor fue tan vergonzosamente maltratado por la cabeza de la raza humana, de la cual tú eres miembro, tan indigno como cualquiera. Mira cómo dragones y demonios habitan en esta hermosa tierra, que una vez fue un huerto de delicias.

Mira allá otro huerto del Rey, que el Rey riega con su sudor de sangre: Getsemaní, cuyas hierbas amargas son mucho más dulces para las almas renovadas que aun los sabrosos frutos del Edén. Allí se deshizo el daño que la serpiente causó en el primer huerto; allí fue quitada la maldición de la tierra, y la llevó la simiente prometida de la mujer. Alma mía, piensa mucho en la agonía y la pasión; acude al huerto de la prensa de olivas, y contempla a tu gran Redentor rescatándote de tu estado perdido. Este es en verdad el huerto de los huertos, donde el alma puede ver la culpa del pecado y el poder del amor, dos visiones que superan a todas las demás.

¿No hay otro huerto del Rey? Sí, corazón mío, tú lo eres, o deberías serlo. ¿Cómo florecen las flores? ¿Aparece algún fruto escogido? ¿Pasea el Rey dentro, y descansa en las enramadas de mi espíritu? Cuide yo de que las plantas estén podadas y regadas, y de que se cacen las zorras dañinas. Ven, Señor, y que sople el viento celestial a tu llegada, para que se esparzan los aromas de tu huerto. Tampoco debo olvidar el huerto del Rey que es la iglesia. Oh Señor, envíale prosperidad. Reedifica sus muros, nutre sus plantas, madura sus frutos, y del inmenso desierto rescata la tierra estéril y haz de ella «un huerto del Rey».

13 de abril

«Y pondrá su mano sobre la cabeza del holocausto, y será aceptado para expiación suya.» (Levítico 1:4)

El haber sido hecho nuestro Señor «pecado por nosotros» se expone aquí mediante la muy significativa transferencia del pecado al becerro, que hacían los ancianos del pueblo. La imposición de la mano no era un mero toque de contacto, porque en algunos otros lugares de la Escritura la palabra original tiene el sentido de apoyarse con todo el peso, como en la expresión: «tu ira pesa gravemente sobre mí» (Salmo 88:7). Ciertamente esta es la esencia misma y la naturaleza de la fe, que no solo nos pone en contacto con el gran Sustituto, sino que nos enseña a apoyarnos en él con toda la carga de nuestra culpa. El Señor hizo que se juntaran sobre la cabeza del Sustituto todas las ofensas de su pueblo del pacto; pero cada uno de los escogidos es llevado personalmente a ratificar este solemne acto del pacto cuando, por la gracia, se le capacita para poner por la fe su mano sobre la cabeza del «Cordero inmolado desde antes de la fundación del mundo». Creyente, ¿recuerdas aquel día de arrobamiento en que comprendiste por primera vez el perdón por medio de Jesús, el que lleva el pecado? ¿No puedes hacer una alegre confesión y unirte al escritor diciendo: «Mi alma recuerda con deleite su día de liberación. Cargado de culpa y lleno de temores, vi a mi Salvador como mi Sustituto, y puse mi mano sobre él; ¡oh, con qué timidez al principio!, pero el valor creció y la confianza se afirmó hasta que apoyé mi alma enteramente en él; y ahora es mi gozo incesante saber que mis pecados ya no me son imputados, sino que fueron puestos sobre él; y, como en el caso de las deudas del viajero herido, Jesús, como el buen samaritano, ha dicho de toda mi pecaminosidad futura: Ponlo a mi cuenta”»? ¡Bendito descubrimiento! ¡Eterno solaz de un corazón agradecido!

«Mis muchos pecados, a él transferidos,

jamás volverán a ser hallados;

perdidos en el río expiatorio de su sangre,

¡donde todo crimen queda ahogado!»

14 de abril

«Decid al justo que le irá bien.» (Isaías 3:10)

Al justo le va bien siempre. Si hubiera dicho: «Decid al justo que le va bien en su prosperidad», tendríamos que estar agradecidos por tan gran favor, porque la prosperidad es una hora de peligro, y es un don del cielo ser guardado de sus lazos; o si hubiera estado escrito: «Le va bien cuando está bajo persecución», tendríamos que estar agradecidos por una seguridad tan sustentadora, porque la persecución es dura de llevar; pero cuando no se menciona ningún tiempo, todo tiempo queda incluido. Los «irá» de Dios deben entenderse siempre en su sentido más amplio. Desde el principio del año hasta el fin del año, desde que se juntan las primeras sombras de la tarde hasta que brilla el lucero de la mañana, en todas las condiciones y bajo todas las circunstancias, al justo le irá bien. Le va tan bien que no podríamos imaginar que le fuera mejor, porque está bien alimentado: se alimenta de la carne y la sangre de Jesús; está bien vestido: lleva la justicia imputada de Cristo; está bien alojado: mora en Dios; está bien casado: su alma está unida con lazos de unión matrimonial a Cristo; está bien provisto, porque el Señor es su Pastor; está bien dotado, porque el cielo es su herencia. Al justo le va bien: bien por autoridad divina; la boca de Dios pronuncia la consoladora seguridad. Oh amados, si Dios declara que todo está bien, diez mil diablos podrán declarar que está mal, pero nos reímos de todos ellos. Bendito sea Dios por una fe que nos capacita para creer a Dios cuando las criaturas lo contradicen. Te va bien en todo tiempo, dice la Palabra, oh justo; entonces, amado, si no puedes verlo, que la palabra de Dios te sirva en lugar de la vista; sí, créelo por autoridad divina con más confianza que si te lo dijeran tus ojos y tus sentimientos. A quien Dios bendice, bendito es en verdad, y lo que sus labios declaran es verdad segurísima y firme.

15 de abril

«Levántalos para siempre.» (Salmo 28:9)

El pueblo de Dios necesita ser levantado. Son muy pesados por naturaleza. No tienen alas, o, si las tienen, son como la paloma de antaño que yacía entre los tiestos; y necesitan la gracia divina para hacerlos remontarse con alas cubiertas de plata y con plumas de oro amarillo. Por naturaleza las chispas vuelan hacia arriba, pero las almas pecadoras de los hombres caen hacia abajo. ¡Oh Señor, «levántalos para siempre»! David mismo dijo: «A ti, oh Señor, levantaré mi alma», y aquí siente la necesidad de que las almas de otros hombres sean levantadas tanto como la suya. Cuando pidas esta bendición para ti, no olvides buscarla también para los demás. Hay tres maneras en que el pueblo de Dios necesita ser levantado. Necesitan ser elevados en su carácter. ¡Levántalos, oh Señor; no permitas que tu pueblo sea como la gente del mundo! El mundo está puesto en el maligno; ¡sácalos de él! La gente del mundo anda tras la plata y el oro, buscando sus propios placeres y la satisfacción de sus concupiscencias; pero, Señor, levanta a tu pueblo por encima de todo esto; guárdalos de ser «rastrilladores de basura», como llama John Bunyan al hombre que siempre andaba rastrillando en busca de oro. ¡Pon tú sus corazones en su Señor resucitado y en la herencia celestial! Además, los creyentes necesitan ser prosperados en el combate. En la batalla, si parecen caer, oh Señor, dígnate darles la victoria. Si el pie del enemigo está sobre su cuello por un momento, ayúdalos a empuñar la espada del Espíritu, y a ganar al fin la batalla. Señor, levanta el ánimo de tus hijos en el día del combate; no permitas que se sienten en el polvo, lamentándose para siempre. No permitas que el adversario los aflija gravemente y los haga inquietarse; sino que, si han sido perseguidos como Ana, canten de la misericordia de un Dios que libra.

También podemos pedir a nuestro Señor que los levante al final. Levántalos llevándolos a casa; levanta sus cuerpos de la tumba, y eleva sus almas a tu reino eterno en gloria.

16 de abril

«Y hubo en sus manos firmeza hasta que se puso el sol». (Éxodo 17:12)

Tan poderosa era la oración de Moisés que todo dependía de ella. Las peticiones de Moisés desbarataron al enemigo más que la lucha de Josué. Sin embargo, ambas cosas eran necesarias. Así, en el conflicto del alma, la fuerza y el fervor, la decisión y la devoción, el valor y la vehemencia deben unir sus fuerzas, y todo irá bien. Tienes que luchar contra tu pecado, pero la mayor parte de la lucha debe librarse a solas, en privado con Dios. La oración, como la de Moisés, mantiene en alto ante el Señor la señal del pacto. La vara era el emblema de la obra de Dios con Moisés, el símbolo del gobierno de Dios en Israel. Aprende, oh santo que suplicas, a mantener en alto ante él la promesa y el juramento de Dios. El Señor no puede negar sus propias declaraciones. Mantén en alto la vara de la promesa, y tendrás lo que quieras.

Moisés se cansó, y entonces sus amigos le ayudaron. Cuando en algún momento tu oración decaiga, deja que la fe sostenga una mano y que la santa esperanza levante la otra, y la oración, sentada sobre la piedra de Israel, la roca de nuestra salvación, perseverará y prevalecerá. Guárdate del desfallecimiento en la devoción; si Moisés lo sintió, ¿quién podrá escapar de él? Es mucho más fácil luchar contra el pecado en público que orar contra él en privado. Se ha observado que Josué nunca se cansó de pelear, pero Moisés sí se cansó de orar; cuanto más espiritual es un ejercicio, más difícil le resulta a la carne y a la sangre sostenerlo. Clamemos, pues, por una fuerza especial, y que el Espíritu de Dios, que ayuda nuestra flaqueza, así como permitió que Moisés recibiera ayuda, nos capacite para continuar como él con las manos firmes «hasta que se puso el sol»; hasta que termine la tarde de la vida; hasta que lleguemos a la salida de un sol mejor, en la tierra donde la oración queda absorbida en la alabanza.

17 de abril

«Quisiéramos ver a Jesús». (Juan 12:21)

El clamor del mundano es siempre: «¿Quién nos mostrará el bien?». Busca su satisfacción en las comodidades, los placeres y las riquezas terrenales. Pero el pecador vivificado solo conoce un bien. «¡Quién me diera el saber dónde hallarlo!». Cuando ha despertado de verdad a sentir su culpa, aunque derramaras a sus pies el oro de la India, diría: «Llévatelo: quiero encontrarlo a él». Es algo bienaventurado para un hombre haber reunido sus deseos en un foco, de modo que todos se centren en un solo objeto. Cuando tiene cincuenta deseos distintos, su corazón se parece a un fangal de agua estancada, extendido en una ciénaga que engendra miasmas y pestilencia; pero cuando todos sus deseos son llevados a un solo cauce, su corazón llega a ser como un río de agua pura que corre veloz para fertilizar los campos. Dichoso el que tiene un solo deseo, si ese único deseo está puesto en Cristo, aunque todavía no se haya cumplido. Si Jesús es el deseo de un alma, es una señal bienaventurada de la obra divina en ella. Un hombre así nunca se contentará con meras ordenanzas. Dirá: «Quiero a Cristo; tengo que tenerlo; las meras ordenanzas no me sirven de nada; lo quiero a él mismo; no me ofrezcas estas cosas; me ofreces el cántaro vacío mientras me muero de sed; dame agua, o muero. Jesús es el deseo de mi alma. ¡Quisiera ver a Jesús!».

¿Es esta tu condición, lector mío, en este momento? ¿Tienes un solo deseo, y es por Cristo? Entonces no estás lejos del reino de los cielos. ¿Tienes un solo anhelo en tu corazón, y es ese único anhelo el de ser lavado de todos tus pecados en la sangre de Jesús? ¿Puedes decir de verdad: «Daría todo lo que tengo por ser cristiano; renunciaría a todo lo que tengo y espero, con tal de sentir que tengo parte en Cristo»? Entonces, a pesar de todos tus temores, ten buen ánimo: el Señor te ama, y pronto saldrás a la luz del día y te gozarás en la libertad con que Cristo hace libres a los hombres.

18 de abril

«Y tú dijiste: Ciertamente yo te haré bien». (Génesis 32:12)

Cuando Jacob estaba al otro lado del arroyo Jaboc, y Esaú venía con hombres armados, buscó con fervor la protección de Dios, y como razón suprema alegó: «Y tú dijiste: Ciertamente yo te haré bien». ¡Oh, la fuerza de ese argumento! Estaba sujetando a Dios a su palabra: «Tú dijiste». El atributo de la fidelidad de Dios es un espléndido cuerno del altar al cual asirse; pero la promesa, que encierra el atributo y algo más, es un asidero todavía más poderoso: «Tú dijiste: Ciertamente yo te haré bien». ¿Y lo ha dicho él, y no lo hará? «Sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso». ¿No será veraz él? ¿No cumplirá él su palabra? ¿No permanecerá firme y se cumplirá toda palabra que sale de sus labios? Salomón, en la dedicación del templo, usó este mismo poderoso argumento. Rogó a Dios que se acordara de la palabra que había dicho a su padre David, y que bendijera aquel lugar. Cuando un hombre firma un pagaré, su honor queda comprometido; pone su firma y debe saldarlo cuando llegue el vencimiento, o de lo contrario pierde su crédito. Jamás se dirá que Dios deja de pagar sus letras. El crédito del Altísimo nunca ha sido puesto en duda, y nunca lo será. Es puntual al instante: nunca se adelanta a su hora, pero tampoco se retrasa nunca. Escudriña la palabra de Dios de principio a fin, compárala con la experiencia del pueblo de Dios, y hallarás que ambas concuerdan desde lo primero hasta lo último. Más de un patriarca encanecido ha dicho con Josué: «No ha faltado una palabra de todas las buenas palabras que el Señor vuestro Dios había dicho de vosotros; todas os han acontecido». Si tienes una promesa divina, no necesitas alegarla con un «si»; puedes presentarla con certeza. El Señor quería cumplir la promesa, o no la habría dado. Dios no da sus palabras solo para aquietarnos y mantenernos esperanzados por un tiempo con la intención de darnos largas al final; sino que cuando habla, es porque se propone hacer lo que ha dicho.

19 de abril

«El Amén». (Apocalipsis 3:14)

La palabra Amén confirma solemnemente lo que se ha dicho antes; y Jesús es el gran Confirmador; inmutable, para siempre es «el Amén» en todas sus promesas. Pecador, quisiera consolarte con esta reflexión. Jesucristo dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Si vienes a él, él dirá «Amén» en tu alma; su promesa será verdadera para ti. Dijo en los días de su carne: «La caña cascada no quebrará». Oh tú, pobre corazón quebrantado y herido, si vienes a él, te dirá «Amén», y eso será verdad en tu alma como en cientos de casos en años pasados. Cristiano, ¿no es también muy consolador para ti que no haya una sola palabra salida de los labios del Salvador que él haya retirado jamás? Las palabras de Jesús permanecerán cuando el cielo y la tierra pasen. Si te aferras siquiera a media promesa, la hallarás verdadera. Guárdate de aquel a quien llaman «Recortapromesas», que destruirá mucho del consuelo de la palabra de Dios.

Jesús es Sí y Amén en todos sus oficios. Fue Sacerdote para perdonar y limpiar una vez; es Amén como Sacerdote todavía. Fue Rey para gobernar y reinar en favor de su pueblo y para defenderlo con su brazo poderoso; es un Rey Amén, el mismo todavía. Fue Profeta en la antigüedad, para predecir los bienes venideros; sus labios son dulcísimos y destilan miel todavía: es un Profeta Amén. Es Amén en cuanto al mérito de su sangre; es Amén en cuanto a su justicia. Ese manto sagrado seguirá siendo hermosísimo y glorioso cuando la naturaleza decaiga. Es Amén en cada uno de los títulos que lleva: tu Esposo, que nunca busca el divorcio; tu Amigo, más unido que un hermano; tu Pastor, contigo en el oscuro valle de la muerte; tu Ayuda y tu Libertador; tu Castillo y tu Alta Torre; el Cuerno de tu fortaleza, tu confianza, tu gozo, tu todo en todo, y tu Sí y Amén en todo.

20 de abril

«Pelea las batallas del Señor». (1 Samuel 18:17)

La hueste juramentada de los escogidos de Dios sigue en guerra sobre la tierra, y Jesucristo es el Capitán de su salvación. Él ha dicho: «He aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». ¡Escucha los gritos de guerra! Que el pueblo de Dios se mantenga ahora firme en sus filas, y que a nadie le desfallezca el corazón. Es cierto que ahora mismo en Inglaterra la batalla se ha vuelto contra nosotros, y si el Señor Jesús no alza su espada, no sabemos qué será de la iglesia de Dios en esta tierra; pero tengamos buen ánimo y portémonos varonilmente. Nunca hubo un día en que el protestantismo pareciera temblar más en la balanza que ahora, cuando se hace un feroz esfuerzo por restaurar al anticristo romano en su antiguo trono. Nos hace gran falta una voz audaz y una mano fuerte que prediquen y proclamen el antiguo evangelio por el cual sangraron los mártires y murieron los confesores. El Salvador está todavía en la tierra por su Espíritu; que esto nos anime. Él está siempre en medio de la pelea, y por eso la batalla no es dudosa. ¡Y mientras arrecia el conflicto, qué dulce satisfacción es saber que el Señor Jesús, en su oficio de nuestro gran Intercesor, está abogando con éxito por su pueblo! Oh espectador ansioso, no mires tanto la batalla de abajo, porque allí quedarás envuelto en humo y espantado por los vestidos revolcados en sangre; alza más bien tus ojos allá arriba, donde el Salvador vive e intercede, porque mientras él intercede, la causa de Dios está segura. Peleemos como si todo dependiera de nosotros, pero miremos arriba y sepamos que todo depende de él.

Ahora, por los lirios de la pureza cristiana y por las rosas de la expiación del Salvador, por las gacelas y por las ciervas del campo, os conjuramos a vosotros, los que amáis a Jesús, a que os portéis valientemente en la Guerra Santa, por la verdad y la justicia, por el reino y las joyas de la corona de vuestro Maestro. ¡Adelante! «porque no es vuestra la guerra, sino de Dios».

21 de abril

«El que además está a la diestra de Dios». (Romanos 8:34)

Aquel que una vez fue despreciado y desechado entre los hombres ocupa ahora la honrosa posición de un Hijo amado y honrado. La diestra de Dios es el lugar de majestad y de favor. Nuestro Señor Jesús es el representante de su pueblo. Cuando murió por ellos, tuvieron descanso; resucitó por ellos, y tuvieron libertad; cuando se sentó a la diestra de su Padre, tuvieron favor, honra y dignidad. La resurrección y exaltación de Cristo es la exaltación, la aceptación, la entronización y la glorificación de todo su pueblo, porque él es su cabeza y representante. Este sentarse a la diestra de Dios debe verse, pues, como la aceptación de la persona del Fiador, la recepción del Representante y, por tanto, la aceptación de nuestras almas. Oh santo, ve en esto tu segura libertad de toda condenación. «¿Quién es el que condenará?». ¿Quién condenará a los hombres que están en Jesús a la diestra de Dios?

La diestra es el lugar del poder. Cristo, a la diestra de Dios, tiene toda potestad en el cielo y en la tierra. ¿Quién peleará contra el pueblo cuyo Capitán está investido de tal poder? Oh alma mía, ¿qué puede destruirte si la Omnipotencia es tu ayudador? Si la égida del Todopoderoso te cubre, ¿qué espada podrá herirte? Descansa segura. Si Jesús es tu Rey que todo lo vence, y ha hollado a tus enemigos bajo sus pies; si el pecado, la muerte y el infierno han sido todos vencidos por él, y tú estás representada en él, de ninguna manera podrás ser destruida.

«De Jesús el nombre tremendo

pone en fuga a todo enemigo:

Jesús, el manso, el Cordero airado,

es un León en la batalla.

«Aunque nos resista todo el infierno,

a todo el infierno derribamos;

y venciéndolo, por la sangre de Jesús,

seguimos marchando a vencer».

22 de abril

«No tendrás temor de espanto nocturno». (Salmo 91:5)

¿Qué es este espanto? Puede ser el grito de alarma por un incendio, o el ruido de ladrones, o apariciones imaginarias, o el alarido de una enfermedad repentina o de la muerte. Vivimos en el mundo de la muerte y del dolor; podemos, por tanto, esperar males tanto en las vigilias de la noche como bajo el resplandor del sol abrasador. Ni debe esto alarmarnos, porque, sea cual sea el espanto, la promesa es que el creyente no tendrá temor. ¿Por qué habría de tenerlo? Digámoslo más de cerca: ¿por qué habríamos de tenerlo nosotros? Dios nuestro Padre está aquí, y estará aquí durante todas las horas solitarias; es un Vigía todopoderoso, un Guardián que no duerme, un Amigo fiel. Nada puede suceder sin su dirección, porque aun el mismo infierno está bajo su control. Las tinieblas no son oscuras para él. Ha prometido ser un muro de fuego alrededor de su pueblo; ¿y quién podrá atravesar semejante barrera? Bien pueden temer los mundanos, porque tienen sobre sí a un Dios airado, dentro de sí una conciencia culpable y bajo sí un infierno abierto; pero nosotros, que descansamos en Jesús, somos salvos de todo esto por su rica misericordia. Si cedemos a un temor necio, deshonraremos nuestra profesión y llevaremos a otros a dudar de la realidad de la piedad. Deberíamos tener miedo de tener miedo, no sea que contristemos al Espíritu Santo con una desconfianza necia. ¡Fuera, pues, presagios sombríos y aprensiones infundadas! Dios no ha olvidado tener misericordia, ni ha encerrado sus piedades; puede que sea de noche en el alma, pero no tiene por qué haber espanto, porque el Dios de amor no cambia. Los hijos de luz pueden andar en tinieblas, pero no por eso son desechados; antes bien, ahora pueden probar su adopción confiando en su Padre celestial como los hipócritas no pueden hacerlo.

«Aunque la noche sea oscura y triste,

las tinieblas no pueden ocultar de ti;

tú eres el que, sin cansarte nunca,

velas dondequiera que esté tu pueblo».

23 de abril

«Y he aquí en medio del trono ... estaba un Cordero como inmolado». (Apocalipsis 5:6)

¿Por qué habría de aparecer nuestro Señor exaltado con sus heridas en la gloria? Las heridas de Jesús son sus glorias, sus joyas, sus ornamentos sagrados. A los ojos del creyente, Jesús es hermosísimo porque es «blanco y rubio»: blanco por su inocencia, y rubio por su propia sangre. Lo vemos como el lirio de pureza incomparable, y como la rosa teñida de carmesí con su propia sangre. Cristo es hermoso en el Olivete y en el Tabor, y junto al mar, pero ¡oh!, nunca hubo un Cristo tan incomparable como el que colgó de la cruz. Allí contemplamos todas sus bellezas en perfección, todos sus atributos desplegados, todo su amor derramado, todo su carácter expresado. Amados, las heridas de Jesús son mucho más hermosas a nuestros ojos que todo el esplendor y la pompa de los reyes. La corona de espinas es más que una diadema imperial. Es verdad que ahora no lleva el cetro de caña, pero había en él una gloria que jamás brilló en un cetro de oro. Jesús lleva la apariencia de un Cordero inmolado como su traje de corte, con el que cortejó nuestras almas y las redimió por su expiación completa. Y no son estos solo los ornamentos de Cristo: son los trofeos de su amor y de su victoria. Ha repartido despojos con los fuertes. Ha redimido para sí una gran multitud que nadie puede contar, y estas cicatrices son los memoriales de la batalla. ¡Ah! Si Cristo ama así conservar el recuerdo de sus sufrimientos por su pueblo, ¡cuán preciosas deberían ser para nosotros sus heridas!

«Mirad cómo cada herida suya

destila un precioso bálsamo

que sana las cicatrices que el pecado hizo

y cura todo mal mortal.

«Esas heridas son bocas que predican su gracia,

los estandartes de su amor,

los sellos de nuestra esperada dicha

en el paraíso de arriba».

24 de abril

«Se han mostrado las flores en la tierra, el tiempo de la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola». (Cantares 2:12)

Dulce es la estación de la primavera: el largo y triste invierno nos ayuda a apreciar su grato calor, y su promesa del verano realza sus delicias presentes. Después de periodos de abatimiento del espíritu, es delicioso contemplar de nuevo la luz del Sol de justicia; entonces nuestras gracias adormecidas se levantan de su letargo, como el azafrán y el narciso de sus lechos de tierra; entonces nuestro corazón se alegra con deliciosas notas de gratitud, mucho más melodiosas que el gorjeo de los pájaros, y la consoladora certeza de la paz, infinitamente más deleitosa que el arrullo de la tórtola, se oye dentro del alma. Ahora es el tiempo en que el alma debe buscar la comunión con su Amado; ahora debe levantarse de su bajeza natural y apartarse de sus antiguas compañías. Si no izamos la vela cuando la brisa es favorable, seremos dignos de reproche: los tiempos de refrigerio no deben pasar sobre nosotros sin que los aprovechemos. Cuando Jesús mismo nos visita con ternura y nos ruega que nos levantemos, ¿podemos ser tan viles que rechacemos su petición? Él mismo ha resucitado para atraernos tras de sí; ahora nos ha reavivado por su Espíritu Santo, para que, en novedad de vida, subamos a los lugares celestiales y tengamos comunión con él. Bástenos nuestro estado invernal en cuanto a frialdad e indiferencia; cuando el Señor crea una primavera en nuestro interior, que nuestra savia fluya con vigor y nuestra rama florezca en altos propósitos. Oh Señor, si no es primavera en mi frío corazón, te ruego que lo hagas así, porque estoy cansado de todo corazón de vivir lejos de ti. ¡Oh, el largo y triste invierno! ¿Cuándo le pondrás fin? ¡Ven, Espíritu Santo, y renueva mi alma! ¡Vivifícame! ¡Restáurame y ten misericordia de mí! ¡Esta misma noche quisiera implorar con fervor al Señor que se compadezca de su siervo y me envíe un feliz avivamiento de la vida espiritual!

25 de abril

«Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él». (Apocalipsis 3:20)

¿Cuál es tu deseo esta noche? ¿Está puesto en las cosas celestiales? ¿Anhelas disfrutar de la alta doctrina del amor eterno? ¿Deseas libertad en una comunión muy íntima con Dios? ¿Aspiras a conocer la altura, y la profundidad, y la longitud, y la anchura? Entonces tienes que acercarte a Jesús; tienes que obtener una visión clara de él en su preciosidad y plenitud; tienes que contemplarlo en su obra, en sus oficios, en su persona. El que entiende a Cristo recibe una unción del Santo, por la cual conoce todas las cosas. Cristo es la gran llave maestra de todas las cámaras de Dios; no hay tesoro de Dios que no se abra y entregue toda su riqueza al alma que vive cerca de Jesús. ¿Estás diciendo: «¡Oh, si él morara en mi pecho!»? «¿Ojalá hiciera de mi corazón su morada para siempre?». Abrid la puerta, amados, y él entrará en vuestras almas. Hace mucho que está llamando, y todo con este fin: cenar con vosotros, y vosotros con él. Cena con vosotros porque vosotros ponéis la casa o el corazón, y vosotros con él porque él trae las provisiones. No podría cenar con vosotros si no fuera en vuestro corazón, poniendo vosotros la casa; ni podríais vosotros cenar con él, pues tenéis la despensa vacía, si él no trajera consigo las provisiones. Abrid, pues, de par en par las puertas de vuestra alma. Él vendrá con ese amor que anheláis sentir; vendrá con ese gozo al que no podéis llevar por vuestras fuerzas a vuestro pobre espíritu abatido; traerá la paz que ahora no tenéis; vendrá con sus frascos de vino y sus dulces manzanas de amor, y os alegrará hasta que no tengáis otra enfermedad que la del «amor que todo lo vence, amor divino». Solo abridle la puerta, echad fuera a sus enemigos, dadle las llaves de vuestro corazón, y él morará allí para siempre. ¡Oh, amor maravilloso, que trae a tal huésped a morar en tal corazón!

26 de abril

«Bienaventurado el que vela». (Apocalipsis 16:15)

«Cada día muero», dijo el apóstol. Esta era la vida de los primeros cristianos; iban a todas partes con la vida en las manos. En nuestros días no somos llamados a pasar por las mismas persecuciones terribles: si lo fuéramos, el Señor nos daría gracia para soportar la prueba; pero las pruebas de la vida cristiana en el momento presente, aunque por fuera no sean tan terribles, son aún más capaces de vencernos que las de la época del fuego. Tenemos que soportar la burla del mundo, y eso es poco; sus halagos, sus palabras suaves, sus discursos untuosos, sus adulaciones, su hipocresía, son mucho peores. Nuestro peligro está en enriquecernos y volvernos orgullosos, en entregarnos a las modas de este presente siglo malo y perder nuestra fe. O si la riqueza no es la prueba, las preocupaciones del mundo son igual de dañinas. Si no podemos ser despedazados por el león rugiente, si podemos ser abrazados hasta la muerte por el oso, poco le importa al diablo cuál de las dos cosas sea, con tal de destruir nuestro amor a Cristo y nuestra confianza en él. Me temo que la iglesia cristiana corre mucho más peligro de perder su integridad en estos días blandos y sedosos que en aquellos tiempos más ásperos. Ahora tenemos que estar despiertos, porque atravesamos el terreno encantado, y es muy probable que nos durmamos para nuestra propia ruina, a menos que nuestra fe en Jesús sea una realidad y nuestro amor a Jesús una llama vehemente. Muchos, en estos días de profesión fácil, probablemente resulten ser cizaña y no trigo; hipócritas con hermosas máscaras en el rostro, pero no verdaderos hijos nacidos del Dios vivo. Cristiano, no pienses que estos son tiempos en los que puedes prescindir de la vigilancia o del santo ardor; necesitas estas cosas más que nunca, y que Dios, el Espíritu eterno, despliegue en ti su omnipotencia, para que puedas decir, tanto en todas estas cosas más blandas como en las más ásperas: «Somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó».

27 de abril

«El Señor es Rey eternamente y para siempre». (Salmo 10:16)

Jesucristo no es un pretendiente despótico que reclame un derecho divino, ¡sino que es real y verdaderamente el ungido del Señor! «Agradó al Padre que en él habitase toda plenitud». Dios le ha dado todo poder y toda autoridad. Como Hijo del Hombre, es ahora cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, y reina sobre el cielo, la tierra y el infierno, con las llaves de la vida y de la muerte en su cinto. Ciertos príncipes se han complacido en llamarse reyes por la voluntad popular, y ciertamente nuestro Señor Jesucristo lo es en su iglesia. Si pudiera someterse a votación si él ha de ser Rey en la iglesia, todo corazón creyente lo coronaría. ¡Ojalá pudiéramos coronarlo más gloriosamente de lo que lo hacemos! No consideraríamos malgastado ningún gasto que pudiera glorificar a Cristo. El sufrimiento sería placer, y la pérdida sería ganancia, si así pudiéramos rodear su frente de coronas más brillantes y hacerlo más glorioso a los ojos de los hombres y de los ángeles. Sí, él reinará. ¡Viva el Rey! ¡Salve, Rey Jesús! Salid, almas vírgenes que amáis a vuestro Señor, inclinaos a sus pies, sembrad su camino con los lirios de vuestro amor y las rosas de vuestra gratitud: «Traed la regia diadema, y coronadlo Señor de todos». Además, nuestro Señor Jesús es Rey en Sion por derecho de conquista: ha tomado por asalto el corazón de su pueblo y ha dado muerte a los enemigos que lo tenían en cruel esclavitud. En el mar Rojo de su propia sangre, nuestro Redentor ha ahogado al Faraón de nuestros pecados: ¿no será él Rey en Jesurún? Nos ha librado del yugo de hierro y de la pesada maldición de la ley: ¿no será coronado el Libertador? Somos su porción, la que tomó de mano del amorreo con su espada y con su arco: ¿quién arrebatará de su mano su conquista? ¡Salve, Rey Jesús! ¡Con gozo reconocemos tu suave dominio! Reina en nuestros corazones para siempre, tú, amable Príncipe de paz.

28 de abril

«Toda la casa de Israel es de dura frente y de duro corazón». (Ezequiel 3:7)

¿No hay excepciones? No, ni una. Aun la raza favorecida es descrita así. ¿Tan malos son los mejores? Entonces, ¿cómo serán los peores? Ven, corazón mío, considera hasta qué punto tienes parte en esta acusación universal, y mientras lo consideras, está dispuesto a avergonzarte de aquello en que hayas sido culpable. La primera acusación es la desvergüenza, o dureza de frente, una falta de santa vergüenza, una osadía profana en el mal. Antes de mi conversión, podía pecar y no sentir remordimiento, oír de mi culpa y sin embargo seguir sin humillarme, y aun confesar mi iniquidad sin mostrar por ello ninguna humillación interior. ¡Que un pecador vaya a la casa de Dios y finja orarle y alabarle revela un descaro de la peor especie! ¡Ay!, desde el día de mi nuevo nacimiento he dudado de mi Señor en su misma cara, he murmurado sin sonrojarme en su presencia, he adorado ante él de manera descuidada, y he pecado sin lamentarme por ello. Si mi frente no fuera como el diamante, más dura que el pedernal, tendría mucho más santo temor y una contrición de espíritu mucho más profunda. ¡Ay de mí, soy uno de la desvergonzada casa de Israel! La segunda acusación es la dureza de corazón, y no debo atreverme a declararme inocente en esto. Una vez no tenía más que un corazón de piedra, y aunque por la gracia tengo ahora un corazón nuevo y de carne, queda mucho de mi antigua obstinación. No me conmueve la muerte de Jesús como debería; ni me mueven como debieran la ruina de mis semejantes, la maldad de los tiempos, la disciplina de mi Padre celestial y mis propios fracasos. ¡Oh, si mi corazón se derritiera al relato de los sufrimientos y la muerte de mi Salvador! Quisiera Dios que me viera libre de esta muela de abajo que llevo dentro, de este odioso cuerpo de muerte. Bendito sea el nombre del Señor: la enfermedad no es incurable; la preciosa sangre del Salvador es el disolvente universal, y a mí, aun a mí, me ablandará eficazmente, hasta que mi corazón se derrita como la cera delante del fuego.

29 de abril

«El Señor se complace en su pueblo». (Salmo 149:4)

¡Cuán abarcador es el amor de Jesús! No hay parte de los intereses de su pueblo que él no considere, y nada que concierna a su bienestar le resulta indiferente. No solo piensa en ti, creyente, como un ser inmortal, sino también como un ser mortal. No lo niegues ni lo dudes: «Aun vuestros cabellos están todos contados». «Por el Señor son ordenados los pasos del hombre bueno, y él se deleita en su camino». Triste cosa sería para nosotros que este manto de amor no cubriera todos nuestros asuntos, ¡porque qué daño podría hacérsenos en aquella parte de nuestros negocios que no estuviera bajo la mirada de nuestro bondadoso Señor! Creyente, ten por seguro que al corazón de Jesús le importan tus asuntos más humildes. La anchura de su tierno amor es tal que puedes acudir a él en todas las cosas; porque en todas tus aflicciones él es afligido, y como el padre se compadece de los hijos, así se compadece él de ti. Los intereses más humildes de todos sus santos son llevados sobre el ancho pecho del Hijo de Dios. ¡Oh, qué corazón es el suyo, que no solo abarca a las personas de su pueblo, sino que abarca también los diversos e innumerables asuntos de todas esas personas! ¿Piensas tú, oh cristiano, que puedes medir el amor de Cristo? ¡Piensa en lo que su amor te ha traído: justificación, adopción, santificación, vida eterna! Las riquezas de su bondad son inescrutables; nunca podrás contarlas, ni siquiera concebirlas. ¡Oh, la anchura del amor de Cristo! ¿Tendrá un amor como este solo la mitad de nuestro corazón? ¿Recibirá a cambio un amor frío? ¿Hallarán la maravillosa misericordia y el tierno cuidado de Jesús solo una débil respuesta y un tardío reconocimiento? ¡Alma mía, afina tu arpa para un alegre cántico de acción de gracias! Ve a tu descanso gozosa, porque no eres una errante desamparada, sino una hija amada, vigilada, cuidada, provista y defendida por tu Señor.

30 de abril

«¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!». (Salmo 139:17)

La omnisciencia divina no ofrece consuelo alguno a la mente impía, pero para el hijo de Dios rebosa de consolación. Dios siempre está pensando en nosotros, nunca aparta de nosotros su mente, nos tiene siempre delante de sus ojos; y eso es precisamente lo que deseamos, porque sería espantoso existir un solo momento fuera de la mirada de nuestro Padre celestial. Sus pensamientos son siempre tiernos, amorosos, sabios, prudentes, de largo alcance, y nos traen incontables beneficios: por eso es un deleite escogido recordarlos. El Señor siempre pensó en su pueblo: de ahí su elección y el pacto de gracia por el cual se asegura su salvación; siempre pensará en ellos: de ahí su perseverancia final, por la cual serán llevados a salvo a su descanso final. En todos nuestros extravíos, la mirada atenta del Vigía Eterno está fija sobre nosotros para siempre: nunca vagamos fuera del alcance de los ojos del Pastor. En nuestras penas nos observa sin cesar, y no se le escapa ni una punzada; en nuestras fatigas toma nota de todo nuestro cansancio, y escribe en su libro todas las luchas de sus fieles. Estos pensamientos del Señor nos rodean en todos nuestros caminos y penetran hasta la región más íntima de nuestro ser. Ni un nervio ni un tejido, ni una válvula ni un vaso de nuestra organización corporal quedan sin su cuidado; todas las pequeñeces de nuestro pequeño mundo están en el pensamiento del gran Dios.

Querido lector, ¿te es esto precioso? Entonces aférrate a ello. Nunca te dejes extraviar por esos necios filósofos que predican un Dios impersonal y hablan de una materia que existe y se gobierna por sí misma. El Señor vive y piensa en nosotros; esta es una verdad demasiado preciosa para que nos la dejemos arrebatar a la ligera. La atención de un noble se valora tanto que quien la recibe da por hecha su fortuna; pero ¡qué será ser objeto del pensamiento del Rey de reyes! Si el Señor piensa en nosotros, todo va bien, y podemos estar siempre gozosos.

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