Noche tras noche
Marzo

Capítulo 3 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha

Marzo

1 de marzo

«Él es precioso.» (1 Pedro 2:7)

Así como todos los ríos van al mar, así todos los deleites se concentran en nuestro Amado. Las miradas de sus ojos superan en brillo al sol; las bellezas de su rostro son más hermosas que las flores más escogidas; ninguna fragancia se compara con el aliento de su boca. Las gemas de la mina y las perlas del mar son cosas sin valor cuando se miden por su preciosura. Pedro nos dice que Jesús es precioso, pero no nos dijo, ni podía decirnos, cuán precioso, ni ninguno de nosotros podría calcular el valor del don inefable de Dios. Las palabras no pueden expresar cuán precioso es el Señor Jesús para su pueblo, ni decir plenamente cuán esencial es para su satisfacción y su dicha. Creyente, ¿no has hallado en medio de la abundancia un hambre dolorosa cuando tu Señor ha estado ausente? El sol brillaba, pero Cristo se había escondido, y todo el mundo era negro para ti; o era de noche, y como la resplandeciente estrella de la mañana se había ido, ninguna otra estrella podía darte siquiera un rayo de luz. ¡Qué desierto aullador es este mundo sin nuestro Señor! Si alguna vez se esconde de nosotros, se marchitan las flores de nuestro jardín; nuestros frutos agradables se pudren; las aves suspenden sus cantos, y una tempestad derriba nuestras esperanzas. Todas las velas de la tierra no pueden hacer el día si el Sol de justicia está eclipsado. Él es el alma de nuestra alma, la luz de nuestra luz, la vida de nuestra vida. Querido lector, ¿qué harías en el mundo sin él, cuando despiertas y miras hacia la batalla del día? ¿Qué harías de noche, cuando vuelves a casa rendido y cansado, si no hubiera puerta de comunión entre tú y Cristo? Bendito sea su nombre, no permitirá que probemos nuestra suerte sin él, porque Jesús nunca abandona a los suyos. Aun así, que el pensamiento de lo que sería la vida sin él realce su preciosura.

2 de marzo

«A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me es dada esta gracia de anunciar entre los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo.» (Efesios 3:8)

El apóstol Pablo consideraba un gran privilegio que se le permitiera predicar el evangelio. No miraba su llamamiento como una faena pesada, sino que se entregó a él con intenso deleite. Sin embargo, mientras Pablo estaba así agradecido por su oficio, su éxito en él lo humillaba profundamente. Cuanto más se llena una vasija, más hondo se hunde en el agua. Los ociosos pueden abrigar una vana opinión de sus capacidades, porque nunca han sido probadas; pero el obrero diligente pronto aprende su propia debilidad. Si buscas la humildad, prueba el trabajo duro; si quieres conocer tu nada, emprende alguna gran cosa para Jesús. Si quieres sentir cuán absolutamente impotente eres aparte del Dios vivo, emprende especialmente la gran obra de proclamar las inescrutables riquezas de Cristo, y sabrás, como nunca antes lo supiste, qué cosa tan débil e indigna eres. Aunque el apóstol conocía y confesaba así su debilidad, nunca estuvo perplejo en cuanto al tema de su ministerio. Desde su primer sermón hasta el último, Pablo predicó a Cristo, y nada más que a Cristo. Levantó en alto la cruz, y ensalzó al Hijo de Dios que sangró en ella. Sigue su ejemplo en todos tus esfuerzos personales por difundir las buenas nuevas de salvación, y sea «Jesucristo, y este crucificado» tu tema siempre repetido. El cristiano debería ser como esas hermosas flores de primavera que, cuando brilla el sol, abren sus cálices dorados, como diciendo: «¡Llénanos de tus rayos!», pero cuando el sol se esconde tras una nube, cierran sus cálices e inclinan la cabeza. Así debería sentir el cristiano la dulce influencia de Jesús; Jesús debe ser su sol, y él la flor que se entrega al Sol de justicia. ¡Oh, hablar solo de Cristo! Este es el tema que es a la vez «semilla para el que siembra y pan para el que come». Esta es el ascua encendida para los labios del que habla, y la llave maestra para el corazón del que oye.

3 de marzo

«Vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma.» (Mateo 3:16)

Así como el Espíritu de Dios descendió sobre el Señor Jesús, la cabeza, así también desciende, en su medida, sobre los miembros del cuerpo místico. Su descenso sobre nosotros es de la misma manera que aquel con que vino sobre nuestro Señor. A menudo hay en él una singular rapidez; antes de que nos demos cuenta, somos impulsados hacia adelante y hacia el cielo más allá de toda expectativa. Y sin embargo no hay en ello nada del atropello de la prisa terrenal, porque las alas de la paloma son tan suaves como veloces. La quietud parece esencial para muchas operaciones espirituales; el Señor está en el silbo apacible y delicado, y como el rocío, su gracia se destila en silencio. La paloma ha sido siempre el tipo escogido de la pureza, y el Espíritu Santo es la santidad misma. Donde él viene, todo lo puro y amable, y de buen nombre, abunda, y el pecado y la inmundicia se marchan. También reina la paz donde la Santa Paloma viene con poder; ella trae la rama de olivo que muestra que las aguas de la ira divina han menguado. La mansedumbre es resultado seguro del poder transformador de la Sagrada Paloma: los corazones tocados por su benigna influencia son mansos y humildes desde entonces y para siempre. La inocencia sigue como cosa natural; las águilas y los cuervos pueden cazar su presa; la tórtola puede soportar el agravio, pero no infligirlo. Debemos ser sencillos como palomas. La paloma es una imagen adecuada del amor; la voz de la tórtola está llena de afecto; y así el alma visitada por el bendito Espíritu abunda en amor a Dios, en amor a los hermanos y en amor a los pecadores; y sobre todo, en amor a Jesús. El Espíritu de Dios, moviéndose sobre la faz del abismo, produjo primero orden y vida, y en nuestros corazones él produce y fomenta vida y luz nuevas. Bendito Espíritu, así como reposaste sobre nuestro amado Redentor, reposa también sobre nosotros desde ahora y para siempre.

4 de marzo

«Serán abundantemente saciados de la grosura de tu casa.» (Salmo 36:8)

La reina de Sabá quedó asombrada ante la suntuosidad de la mesa de Salomón. Se quedó sin aliento al ver la provisión de un solo día; y se maravilló igualmente de la multitud de servidores que se alimentaban a la mesa real. Pero ¿qué es esto comparado con la hospitalidad del Dios de toda gracia? Diez mil veces diez mil de los suyos son alimentados cada día; hambrientos y sedientos, traen consigo gran apetito al banquete, pero ninguno de ellos vuelve sin saciarse; hay bastante para cada uno, bastante para todos, bastante para siempre. Aunque la hueste que se alimenta a la mesa del Señor es innumerable como las estrellas del cielo, cada uno recibe su porción de alimento. Piensa cuánta gracia necesita un solo santo: tanta, que nada sino lo Infinito podría abastecerlo por un solo día; y sin embargo el Señor pone su mesa, no para uno, sino para muchos santos; no para un día, sino para muchos años; y no solo para muchos años, sino de generación en generación. Observa el pleno festín de que habla el texto: los convidados al banquete de la misericordia son saciados, más aún, «abundantemente saciados»; y no con comida ordinaria, sino con grosura, la grosura peculiar de la casa misma de Dios; y tal festín está garantizado por una promesa fiel a todos aquellos hijos de los hombres que ponen su confianza bajo la sombra de las alas del Señor. Una vez pensé que, si tan solo pudiera obtener las sobras en la puerta trasera de la gracia de Dios, quedaría satisfecho; como la mujer que dijo: «Los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores»; pero a ningún hijo de Dios se le sirven jamás sobras y desperdicios; como Mefiboset, todos comen de la mesa del rey. En cuestiones de gracia, todos tenemos la porción de Benjamín: todos tenemos diez veces más de lo que podríamos haber esperado; y aunque nuestras necesidades son grandes, a menudo nos asombra la maravillosa abundancia de gracia que Dios nos da a disfrutar en la experiencia.

5 de marzo

«Di a mi alma: Yo soy tu salvación.» (Salmo 35:3)

¿Qué me enseña esta dulce oración? Será mi petición de esta noche; pero primero, que me sirva de meditación provechosa. El texto me hace saber, ante todo, que David tenía sus dudas; porque ¿por qué habría de orar: «Di a mi alma: Yo soy tu salvación», si no se hubiera visto a veces asaltado por dudas y temores? Tenga yo, pues, buen ánimo, porque no soy el único santo que tiene que quejarse de debilidad en la fe. Si David dudó, no tengo por qué concluir que no soy cristiano porque tengo dudas. El texto me recuerda que David no estaba contento mientras tenía dudas y temores, sino que acudió en seguida al propiciatorio para pedir seguridad; porque la estimaba más que mucho oro fino. También yo debo esforzarme por tener un sentido permanente de mi aceptación en el Amado, y no debo tener gozo cuando su amor no está derramado en mi alma. Cuando mi Esposo se ha ido de mí, mi alma debe ayunar, y ayunará. Aprendo también que David sabía dónde obtener plena seguridad. Fue a su Dios en oración, clamando: «Di a mi alma: Yo soy tu salvación». Debo estar mucho a solas con Dios si quiero tener un sentido claro del amor de Jesús. Si cesan mis oraciones, mi ojo de la fe se oscurecerá. Mucho en oración, mucho en el cielo; lento en la oración, lento en el progreso. Noto que David no se daría por satisfecho a menos que su seguridad tuviera un origen divino. «Di a mi alma.» ¡Señor, dilo tú! Nada que se quede corto de un testimonio divino en el alma contentará jamás al verdadero cristiano. Además, David no podía descansar a menos que su seguridad tuviera un vivo carácter personal. «Di a mi alma: Yo soy tu salvación.» Señor, aunque dijeras esto a todos los santos, no sería nada si no me lo dijeras a mí. Señor, he pecado; no merezco tu sonrisa; apenas me atrevo a pedirla; pero ¡oh!, di a mi alma, sí, a mi alma: «Yo soy tu salvación». Dame un sentido presente, personal, infalible e indiscutible de que soy tuyo y de que tú eres mío.

6 de marzo

«Antes de la destrucción se eleva el corazón del hombre.» (Proverbios 18:12)

Es un dicho antiguo y común que «los acontecimientos venideros proyectan su sombra delante de sí»; el sabio nos enseña que un corazón altivo es el preludio profético del mal. El orgullo es señal de destrucción tan segura como el cambio del mercurio en el barómetro es señal de lluvia; y mucho más infalible que eso. Cuando los hombres se han subido a caballo de la soberbia, la destrucción siempre los ha alcanzado. Muestre el corazón dolorido de David que la gloria de un hombre sufre un eclipse cuando se embelesa con su propia grandeza. 2 Sam. 24:10. Mira a Nabucodonosor, el poderoso constructor de Babilonia, arrastrándose por la tierra, comiendo hierba como los bueyes, hasta que sus uñas crecieron como las de las aves, y su pelo como plumas de águila. Dan. 4:33. El orgullo hizo del jactancioso una bestia, como antes hizo de un ángel un diablo. Dios aborrece los ojos altivos, y nunca deja de abatirlos. Todas las flechas de Dios apuntan a los corazones soberbios. Oh cristiano, ¿está altivo tu corazón esta noche? Porque el orgullo puede entrar en el corazón del cristiano lo mismo que en el del pecador; puede engañarle haciéndole soñar que es «rico, y se ha enriquecido, y no tiene necesidad de ninguna cosa». ¿Te glorías en tus gracias o en tus talentos? ¿Estás orgulloso de ti mismo porque has tenido santas disposiciones y dulces experiencias? Fíjate bien, lector: también a ti te espera una destrucción. Tus vistosas amapolas de vanidad serán arrancadas de raíz, tus gracias de hongo se marchitarán bajo el calor abrasador, y tu suficiencia propia vendrá a ser como paja para el muladar. Si olvidamos vivir al pie de la cruz en la más profunda humildad de espíritu, Dios no olvidará hacernos escocer bajo su vara. Una destrucción vendrá sobre ti, oh creyente indebidamente ensalzado: la destrucción de tus gozos y de tus consuelos, aunque no puede haber destrucción de tu alma. Por tanto, «el que se gloría, gloríese en el Señor».

7 de marzo

«Mejor es confiar en el Señor que confiar en el hombre.» (Salmo 118:8)

Sin duda el lector ha sido probado por la tentación de apoyarse en las cosas que se ven, en lugar de descansar solo en el Dios invisible. Los cristianos acuden a menudo al hombre en busca de ayuda y consejo, y estropean la noble sencillez de su confianza en su Dios. Si la porción de esta noche llega a los ojos de un hijo de Dios inquieto por las cosas temporales, razonaremos con él un momento. Confías en Jesús, y solo en Jesús, para tu salvación; entonces, ¿por qué estás turbado? «Por mi gran preocupación.» ¿No está escrito: «Echa sobre el Señor tu carga»? «Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego.» ¿No puedes confiar en Dios para las cosas temporales? «¡Ah, ojalá pudiera!» Si no puedes confiar en Dios para lo temporal, ¿cómo te atreves a confiar en él para lo espiritual? ¿Puedes confiarle la redención de tu alma, y no apoyarte en él para unas pocas misericordias menores? ¿No basta Dios para tu necesidad, o es su suficiencia demasiado estrecha para tus carencias? ¿Quieres otro ojo además del de aquel que ve todo lo secreto? ¿Desfallece su corazón? ¿Está cansado su brazo? Si es así, busca otro Dios; pero si él es infinito, omnipotente, fiel, verdadero y sabio en todo, ¿por qué andas tanto de acá para allá buscando otra confianza? ¿Por qué rastrillas la tierra para hallar otro fundamento, cuando este es bastante firme para soportar todo el peso que jamás puedas edificar sobre él? Cristiano, no mezcles tu vino con agua; no alees el oro de tu fe con la escoria de la confianza humana. Espera tú solamente en Dios, y sea de él tu esperanza. No codicies la calabacera de Jonás, sino descansa en el Dios de Jonás. Que los cimientos arenosos de la confianza terrenal sean la elección de los necios; pero tú, como quien prevé la tormenta, edifícate una morada permanente sobre la Roca de los siglos.

8 de marzo

«Ella llamó su nombre Benoni (hijo del dolor), mas su padre lo llamó Benjamín (hijo de mi mano derecha).» (Génesis 35:18)

Todo asunto tiene un lado luminoso además de uno oscuro. Raquel estaba abrumada por el dolor de su propio parto y de su muerte; Jacob, aunque lloraba la pérdida de la madre, podía ver la misericordia del nacimiento del niño. Bien nos irá si, mientras la carne se lamenta por las pruebas, nuestra fe triunfa en la fidelidad divina. El león de Sansón dio miel, y así lo harán nuestras adversidades, si las consideramos rectamente. El mar tempestuoso alimenta multitudes con sus peces; el bosque salvaje florece con hermosas florecillas; el viento borrascoso barre la peste, y la helada cortante afloja la tierra. Las nubes oscuras destilan gotas brillantes, y la tierra negra produce flores alegres. En cada mina de mal se halla una veta de bien. Los corazones tristes tienen una habilidad peculiar para descubrir el punto de vista más desfavorable desde el cual contemplar una prueba; si en el mundo hubiera un solo pantano, pronto estarían metidos en él hasta el cuello; y si en el desierto hubiera un solo león, lo oirían rugir. Todos tenemos algún tinte de esta miserable necedad, y a veces, como Jacob, estamos prontos a clamar: «Contra mí son todas estas cosas». La manera de andar de la fe es echar toda preocupación sobre el Señor, y luego esperar buenos resultados de las peores calamidades. Como los hombres de Gedeón, no se aflige por el cántaro roto, sino que se regocija de que la lámpara resplandezca más. De la áspera concha de ostra de la dificultad extrae la rara perla del honor, y de las profundas cavernas oceánicas de la angustia saca el inestimable coral de la experiencia. Cuando su marea de prosperidad baja, halla tesoros escondidos en la arena; y cuando su sol de deleite se pone, vuelve su telescopio de esperanza hacia las estrelladas promesas del cielo. Cuando la muerte misma aparece, la fe señala la luz de la resurrección más allá del sepulcro, haciendo así de nuestro Benoni moribundo nuestro Benjamín viviente.

9 de marzo

«Permaneced en mí.» (Juan 15:4)

La comunión con Cristo es remedio seguro para todo mal. Ya sea el ajenjo de la desgracia o el empalagoso hartazgo del deleite terrenal, la estrecha comunión con el Señor Jesús quitará la amargura del uno y la saciedad del otro. Vive cerca de Jesús, cristiano, y será cuestión de importancia secundaria que vivas en el monte del honor o en el valle de la humillación. Viviendo cerca de Jesús, estás cubierto por las alas de Dios, y debajo de ti están los brazos eternos. Que nada te aparte de ese santo trato, que es el privilegio escogido de un alma desposada con el muy amado. No te contentes con una entrevista de vez en cuando, sino procura conservar siempre su compañía, porque solo en su presencia tienes consuelo y seguridad. Jesús no debería ser para nosotros un amigo que nos visita de cuando en cuando, sino uno con quien andamos siempre. Tienes delante un camino difícil: procura, oh viajero hacia el cielo, no ir sin tu guía. Tienes que pasar por el horno de fuego; no entres en él a menos que, como Sadrac, Mesac y Abed-nego, tengas al Hijo de Dios por compañero. Tienes que tomar por asalto la Jericó de tus propias corrupciones: no emprendas la guerra hasta que, como Josué, hayas visto al Príncipe del ejército del Señor, con su espada desenvainada en la mano. Has de encontrarte con el Esaú de tus muchas tentaciones: no le salgas al encuentro hasta que, junto al vado de Jaboc, te hayas asido del ángel y hayas prevalecido. En todo caso, en toda condición, necesitarás a Jesús; pero sobre todo cuando se te abran las puertas de hierro de la muerte. Mantente cerca del Esposo de tu alma, reclina tu cabeza sobre su pecho, pide ser refrescado con el vino adobado de su granada, y al final él te hallará sin mancha, ni arruga, ni cosa semejante. Puesto que has vivido con él, y has vivido en él aquí, permanecerás con él para siempre.

10 de marzo

«El hombre ... corto de días, y hastiado de sinsabores.» (Job 14:1)

Puede sernos de gran provecho, antes de dormirnos, recordar este hecho triste, porque puede llevarnos a desprendernos de las cosas terrenales. No hay nada muy agradable en recordar que no estamos por encima de los dardos de la adversidad, pero puede humillarnos e impedir que nos jactemos como el salmista en nuestra porción de la mañana: «Mi monte está firme; no seré jamás conmovido». Puede impedir que echemos raíces demasiado hondas en este suelo, del cual tan pronto hemos de ser trasplantados al jardín celestial. Recordemos el frágil título con que poseemos nuestras misericordias temporales. Si recordáramos que todos los árboles de la tierra están señalados para el hacha del leñador, no estaríamos tan dispuestos a construir en ellos nuestros nidos. Debemos amar, pero amar con el amor que espera la muerte y que cuenta con las separaciones. Nuestros seres queridos no son sino un préstamo, y la hora en que debamos devolverlos a la mano del que los prestó puede estar ya a las puertas. Lo mismo es ciertamente verdad de nuestros bienes terrenales. ¿No se hacen alas las riquezas y se van volando? Nuestra salud es igualmente precaria. Frágiles flores del campo, no debemos contar con florecer para siempre. Hay un tiempo señalado para la debilidad y la enfermedad, cuando tendremos que glorificar a Dios sufriendo, y no con una actividad diligente. No hay un solo punto en que podamos esperar escapar de las agudas flechas de la aflicción; de nuestros pocos días no hay uno solo a salvo del dolor. La vida del hombre es un tonel lleno de vino amargo; el que busque gozo en él, mejor haría en buscar miel en un océano de salmuera. Amado lector, no pongas tus afectos en las cosas de la tierra, sino busca las cosas de arriba; porque aquí la polilla devora y el ladrón mina, pero allí todos los gozos son perpetuos y eternos. La senda de la aflicción es el camino a casa. ¡Señor, haz de este pensamiento una almohada para muchas cabezas cansadas!

11 de marzo

«Y a ti te llamarán Buscada.» (Isaías 62:12)

La gracia incomparable de Dios se ve muy claramente en que no solo fuimos buscados, sino buscados hasta ser hallados. Los hombres buscan una cosa que se ha perdido en el suelo de la casa, pero en tal caso solo hay búsqueda, no un buscar hasta dar con ella. La pérdida es más desconcertante y la búsqueda más perseverante cuando una cosa se busca hasta dar con ella. Estábamos mezclados con el fango: éramos como cuando una preciosa pieza de oro cae en la cloaca, y los hombres sacan e inspeccionan con cuidado una masa de inmundicia abominable, y siguen removiendo y rastrillando y buscando en el montón hasta hallar el tesoro. O, por usar otra figura, estábamos perdidos en un laberinto; vagábamos de aquí para allá, y cuando la misericordia vino tras nosotros con el evangelio, no nos halló a la primera; tuvo que buscarnos y rastrearnos hasta dar con nosotros; porque nosotros, como ovejas perdidas, estábamos tan desesperadamente perdidos, y habíamos vagado a tierra tan extraña, que no parecía posible que ni aun el Buen Pastor pudiera seguir el rastro de nuestros tortuosos extravíos. ¡Gloria a la gracia invencible: fuimos buscados hasta ser hallados! Ninguna tiniebla pudo escondernos, ninguna inmundicia pudo ocultarnos; fuimos hallados y traídos a casa. ¡Gloria al amor infinito: Dios el Espíritu Santo nos restauró!

Las vidas de algunos hijos de Dios, si pudieran escribirse, nos llenarían de santo asombro. Extraños y maravillosos son los caminos que Dios usó en su caso para hallar a los suyos. Bendito sea su nombre: nunca abandona la búsqueda hasta que los escogidos son eficazmente hallados. No son un pueblo buscado hoy y desechado mañana. La omnipotencia y la sabiduría unidas no fracasarán; serán llamados «¡Buscada!». Que alguien sea buscado hasta ser hallado es gracia sin igual; pero que nosotros lo seamos es gracia sin medida. No podemos hallar otra razón para ello que el amor soberano de Dios mismo, y solo podemos elevar nuestro corazón con asombro y alabar al Señor porque esta noche llevamos el nombre de «Buscada».

12 de marzo

«¿De quién eres tú?» (1 Samuel 30:13)

En la religión no puede haber neutralidad. O estamos alistados bajo la bandera del Príncipe Emanuel, para servirle y pelear sus batallas, o somos vasallos del príncipe negro, Satanás. «¿De quién eres tú?»

Lector, déjame ayudarte en tu respuesta. ¿Has «nacido de nuevo»? Si es así, perteneces a Cristo; pero sin el nuevo nacimiento no puedes ser suyo. ¿En quién confías? Porque los que creen en Jesús son hijos de Dios. ¿De quién es la obra que estás haciendo? Con toda seguridad sirves a tu amo, porque aquel a quien sirves queda por ello reconocido como tu señor. ¿Con quién te juntas? Si perteneces a Jesús, fraternizarás con los que visten la librea de la cruz. «Dios los cría y ellos se juntan.» ¿Cuál es tu manera de vivir? ¿Es celestial o es terrenal? ¿Qué has aprendido de tu Maestro? Porque los criados aprenden mucho de los amos con quienes están de aprendices. Si has hecho tu aprendizaje con Jesús, se dirá de ti, como se dijo de Pedro y de Juan: «Les reconocían que habían estado con Jesús».

Insistimos en la pregunta: «¿De quién eres tú?». Responde con sinceridad antes de dar sueño a tus ojos. Si no eres de Cristo, estás en una dura servidumbre: ¡huye de tu cruel amo! Entra al servicio del Señor del Amor, y gozarás de una vida de bienaventuranza. Si eres de Cristo, permíteme aconsejarte que hagas cuatro cosas. Perteneces a Jesús: obedécele a él; sea su palabra tu ley; sea su deseo tu voluntad. Perteneces al Amado: entonces ámalo; que tu corazón lo abrace; que toda tu alma se llene de él. Perteneces al Hijo de Dios: entonces confía en él; no descanses en ningún otro sino en él. Perteneces al Rey de reyes: entonces decídete por él. Así, sin necesidad de que te marquen en la frente, todos sabrán a quién perteneces.

13 de marzo

«Entonces él extendió su mano, y tomándola, la hizo entrar consigo en el arca.» (Génesis 8:9)

Rendida de tanto vagar, la paloma vuelve por fin al arca como a su único lugar de descanso. ¡Con qué pesadez vuela! ¡Va a caer! ¡Nunca llegará al arca! Pero sigue luchando. Noé ha estado todo el día atento a su paloma, y está dispuesto a recibirla. Ella tiene apenas fuerzas para llegar al borde del arca; a duras penas puede posarse en él, y está a punto de caer, cuando Noé extiende su mano y la hace entrar consigo. Fíjate en eso: «la hizo entrar consigo». No entró volando por sí misma, porque estaba demasiado temerosa o demasiado cansada para hacerlo. Voló hasta donde pudo, y entonces él extendió su mano y la hizo entrar consigo. Este acto de misericordia se mostró a la paloma errante, y no fue reprendida por sus extravíos. Tal como estaba, fue metida en el arca. Así tú, pecador que buscas, serás recibido con todo tu pecado. «Solo vuélvete»: estas son las dos palabras llenas de gracia de Dios: «solo vuélvete». ¡Cómo! ¿Nada más? No: «solo vuélvete». Esta vez ella no traía ninguna rama de olivo en el pico, nada en absoluto sino a sí misma y sus extravíos; pero es «solo vuélvete», y ella vuelve, y Noé la hace entrar. Vuela, tú que andas errante; vuela, tú que desfalleces, paloma como eres, aunque te creas negro como el cuervo por el fango del pecado: vuelve, vuelve al Salvador. Cada momento que esperas no hace sino aumentar tu miseria; tus intentos de acicalarte y hacerte digno de Jesús son todos vanidad. Ven a él tal como eres. «Vuélvete, oh rebelde Israel.» No dice: «Vuélvete, oh arrepentido Israel» (sin duda existe tal invitación), sino «oh rebelde», como rebelde con todas tus rebeliones encima: ¡vuélvete, vuélvete, vuélvete! ¡Jesús te está esperando! Extenderá su mano y «te hará entrar»: consigo, en él, el verdadero hogar de tu corazón.

14 de marzo

«Atenderé a mis caminos.» (Salmo 39:1)

Compañero de peregrinación, no digas en tu corazón: «Iré de aquí para allá y no pecaré»; porque nunca estás tan fuera de peligro de pecar como para jactarte de seguridad. El camino está muy enlodado; será difícil escoger por dónde pisar para no manchar tus vestidos. Este es un mundo de pez; tendrás que vigilar a menudo si, al manejarla, has de conservar limpias las manos. Hay un ladrón en cada recodo del camino para robarte tus joyas; hay una tentación en cada misericordia; hay un lazo en cada gozo; y si alguna vez llegas al cielo, será un milagro de la gracia divina que habrá de atribuirse enteramente al poder de tu Padre. Mantente en guardia. Cuando un hombre lleva una bomba en la mano, debe cuidar de no acercarse a una vela; y tú también debes cuidarte de no entrar en tentación. Aun tus acciones comunes son herramientas afiladas; debes cuidar cómo las manejas. No hay nada en este mundo que fomente la piedad del cristiano, sino todo para destruirla. ¡Cuán ansioso deberías estar por mirar a Dios, para que él te guarde! Tu oración debería ser: «Sostenme, y seré salvo». Después de orar, debes también velar, guardando cada pensamiento, palabra y acción con santo celo. No os expongáis sin necesidad; pero si sois llamados a exponeros, si se os manda ir adonde vuelan los dardos, nunca os aventuréis sin vuestro escudo; porque si alguna vez el diablo os encuentra sin vuestra rodela, se alegrará de que haya llegado su hora de triunfo, y pronto os hará caer heridos por sus flechas. Muertos no podéis ser; heridos sí podéis serlo. «Sé sobrio; sé vigilante; el peligro puede venir en la hora en que todo te parezca más seguro.» Por tanto, atiende a tus caminos, y vela en oración. Nadie cayó jamás en error por ser demasiado vigilante. Que el Espíritu Santo nos guíe en todos nuestros caminos; así agradarán siempre al Señor.

15 de marzo

«Lo hizo de todo corazón, y fue prosperado.» (2 Crónicas 31:21)

Esto no es cosa extraordinaria; es regla general del universo moral que prosperan los hombres que hacen su trabajo con todo el corazón, mientras que es casi seguro que fracasen los que van a su labor dejando atrás la mitad del corazón. Dios no da cosechas a los ociosos, salvo cosechas de cardos, ni le place enviar riqueza a los que no quieren cavar en el campo para hallar su tesoro escondido. Todos reconocen que, si un hombre quiere prosperar, ha de ser diligente en sus negocios. En la religión sucede lo mismo que en las demás cosas. Si quieres prosperar en tu obra para Jesús, que sea obra del corazón, y que se haga con todo tu corazón. Pon en la religión tanta fuerza, energía, entusiasmo y empeño como jamás pongas en los negocios, porque merece mucho más. El Espíritu Santo ayuda nuestras debilidades, pero no fomenta nuestra pereza; él ama a los creyentes activos. ¿Quiénes son los hombres más útiles en la iglesia cristiana? Los que hacen lo que emprenden para Dios con todo su corazón. ¿Quiénes son los maestros de escuela dominical que tienen más éxito? ¿Los de más talento? No; los más celosos; los hombres cuyo corazón arde: esos son los que ven a su Señor cabalgar prósperamente en la majestad de su salvación. La entrega de todo corazón se muestra en la perseverancia; puede haber fracaso al principio, pero el obrero diligente dirá: «Es la obra del Señor, y hay que hacerla; mi Señor me ha mandado hacerla, y en su fuerza la llevaré a cabo». Cristiano, ¿sirves así a tu Maestro «de todo corazón»? ¡Recuerda el empeño de Jesús! ¡Piensa qué obra del corazón fue la suya! Él podía decir: «El celo de tu casa me consumió». Cuando sudó grandes gotas de sangre, no era una carga ligera la que tenía que llevar sobre aquellos benditos hombros; y cuando derramó su corazón, no era un esfuerzo débil el que hacía por la salvación de su pueblo. ¿Fue Jesús tan ferviente, y seremos nosotros tibios?

16 de marzo

«Detén asimismo a tu siervo de las soberbias.» (Salmo 19:13)

Tal fue la oración del «varón conforme al corazón de Dios». ¿Necesitaba el santo David orar así? ¡Cuán necesaria, pues, ha de ser tal oración para nosotros, niños en la gracia! Es como si dijera: «Detenme, o me lanzaré de cabeza por el precipicio del pecado». Nuestra naturaleza mala, como un caballo resabiado, tiende a desbocarse. Que la gracia de Dios le ponga el freno y la sujete, para que no se precipite en el mal. ¡Qué no haría el mejor de nosotros si no fuera por los frenos que el Señor nos pone, tanto en la providencia como en la gracia! La oración del salmista va dirigida contra la peor forma de pecado: la que se comete con deliberación y obstinación. Aun los más santos necesitan ser «detenidos» de las transgresiones más viles. Es cosa solemne ver al apóstol Pablo advirtiendo a los santos contra los pecados más repugnantes. «Haced morir, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, pasiones desordenadas, mala concupiscencia y avaricia, que es idolatría.» ¡Cómo! ¿Necesitan los santos ser advertidos contra pecados como estos? Sí, lo necesitan. Las ropas más blancas, a menos que su pureza sea preservada por la gracia divina, serán manchadas por las manchas más negras. Cristiano experimentado, no te jactes de tu experiencia; todavía tropezarás si apartas la vista de aquel que es poderoso para guardarte sin caída. Vosotros, cuyo amor es ferviente, cuya fe es constante, cuyas esperanzas son brillantes, no digáis: «Nunca pecaremos», sino más bien clamad: «No nos metas en tentación». Hay bastante yesca en el corazón del mejor de los hombres para encender un fuego que arda hasta lo más profundo del infierno, a menos que Dios apague las chispas según van cayendo. ¿Quién habría soñado que el justo Lot pudiera ser hallado borracho y cometiendo inmundicia? Hazael dijo: «¿Es tu siervo un perro, para que haga tal cosa?», y somos muy propensos a usar la misma pregunta llena de justicia propia. Que la sabiduría infinita nos cure de la locura de la confianza en nosotros mismos.

17 de marzo

«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.» (Mateo 5:9)

Esta es la séptima de las bienaventuranzas; y el siete era entre los hebreos el número de la perfección. Puede ser que el Salvador colocara al pacificador en el séptimo lugar de la lista porque es el que más se acerca al hombre perfecto en Cristo Jesús. Quien quiera tener una bienaventuranza perfecta, en la medida en que puede gozarse en la tierra, debe alcanzar esta séptima bendición y llegar a ser pacificador. También tiene su significado el lugar que ocupa el texto. El versículo que lo precede habla de la bienaventuranza de «los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios». Conviene entender que hemos de ser «primeramente puros, después pacíficos». Nuestro espíritu pacífico nunca ha de ser un pacto con el pecado ni una tolerancia del mal. Debemos poner nuestro rostro como pedernal contra todo lo que es contrario a Dios y a su santidad: una vez que la pureza es cosa asentada en nuestras almas, podemos pasar a ser pacíficos. No menos parece que el versículo siguiente fue puesto allí a propósito. Por pacíficos que seamos en este mundo, seremos tergiversados y malentendidos; y no es de extrañar, porque aun el Príncipe de paz, por su misma mansedumbre pacífica, trajo fuego a la tierra. Él mismo, aunque amaba a la humanidad y no hizo mal alguno, fue «despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto». Por tanto, para que los de corazón pacífico no se sorprendan cuando se encuentren con enemigos, se añade en el versículo siguiente: «Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos». Así, los pacificadores no solo son declarados bienaventurados, sino que están rodeados de bendiciones. ¡Señor, danos gracia para subir hasta esta séptima bienaventuranza! Purifica nuestras mentes para que seamos «primeramente puros, después pacíficos», y fortalece nuestras almas, para que nuestro espíritu pacífico no nos lleve a la cobardía y a la desesperación cuando por tu causa seamos perseguidos.

18 de marzo

«Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado.» (Juan 15:9)

Así como el Padre ama al Hijo, de la misma manera ama Jesús a su pueblo. ¿Cuál es esa manera divina? Lo amó sin principio, y así ama Jesús a sus miembros. «Con amor eterno te he amado.» Puedes rastrear el comienzo del afecto humano; puedes hallar fácilmente el comienzo de tu amor a Cristo; pero su amor por nosotros es un río cuyo manantial está escondido en la eternidad. Dios el Padre ama a Jesús sin ningún cambio. Cristiano, toma esto por consuelo: no hay cambio alguno en el amor de Jesucristo hacia los que descansan en él. Ayer estabas en la cumbre del Tabor, y decías: «Él me ama»; hoy estás en el valle de la humillación, pero él te ama todavía igual. En el monte Mizar, y entre los hermonitas, oíste su voz, que hablaba tan dulcemente con las notas de amor de la tórtola; y ahora en el mar, o aun dentro del mar, cuando todas sus ondas y sus olas pasan sobre ti, su corazón es fiel a su antigua elección. El Padre ama al Hijo sin fin alguno, y así ama el Hijo a su pueblo. Santo, no tienes por qué temer que se suelte el cordón de plata, porque su amor por ti jamás cesará. Descansa confiado en que Cristo irá contigo aun hasta el sepulcro, y que, al salir de nuevo de él, será tu guía hacia los collados celestiales. Además, el Padre ama al Hijo sin medida alguna, y ese mismo amor inmensurable concede el Hijo a sus escogidos. Todo el corazón de Cristo está consagrado a su pueblo. Él «nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros». El suyo es un amor que excede a todo conocimiento. ¡Ah, tenemos verdaderamente un Salvador inmutable, un Salvador precioso, que ama sin medida, sin cambio, sin principio y sin fin, así como el Padre lo ama a él! Aquí hay mucho alimento para quienes saben digerirlo. ¡Que el Espíritu Santo nos introduzca en su tuétano y su grosura!

19 de marzo

«Y comió hasta que se hartó y le sobró.» (Rut 2:14)

Siempre que tenemos el privilegio de comer del pan que Jesús da, quedamos, como Rut, saciados con el abundante y dulce banquete. Cuando Jesús es el anfitrión, ningún convidado se va vacío de la mesa. Nuestra cabeza queda satisfecha con la preciosa verdad que Cristo revela; nuestro corazón se contenta con Jesús, como el objeto todo codiciable de su afecto; nuestra esperanza queda satisfecha, porque ¿a quién tenemos en el cielo sino a Jesús?; y nuestro deseo queda saciado, porque ¿qué más podemos desear que «conocer a Cristo y ser hallados en él»? Jesús llena nuestra conciencia hasta que está en perfecta paz; nuestro juicio, con la persuasión de la certeza de sus enseñanzas; nuestra memoria, con el recuerdo de lo que ha hecho; y nuestra imaginación, con la perspectiva de lo que todavía ha de hacer. Así como Rut «se hartó, y le sobró», así sucede con nosotros. Hemos bebido a grandes tragos; hemos pensado que podíamos abarcar todo Cristo; pero cuando hemos hecho cuanto podíamos, hemos tenido que dejar un inmenso resto. Nos hemos sentado a la mesa del amor del Señor y hemos dicho: «Nada sino lo infinito puede satisfacerme jamás; soy tan gran pecador que necesito un mérito infinito para lavar mi pecado»; pero nuestro pecado ha sido quitado, y hemos hallado que había mérito de sobra; nuestra hambre ha sido saciada en el banquete del amor sagrado, y hemos hallado que quedaba una abundancia de alimento espiritual. Hay en la Palabra de Dios ciertas cosas dulces que aún no hemos disfrutado, y que nos vemos obligados a dejar por un tiempo; porque somos como los discípulos a quienes Jesús dijo: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar». Sí, hay gracias que no hemos alcanzado; lugares de comunión más cercanos a Cristo a los que no hemos llegado; y alturas de comunión que nuestros pies no han escalado. En cada banquete de amor sobran muchas cestas de pedazos. Engrandezcamos la liberalidad de nuestro glorioso Booz.

20 de marzo

«Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia.» (Efesios 5:25)

¡Qué ejemplo de oro da Cristo a sus discípulos! Pocos maestros podrían atreverse a decir: «Si queréis practicar mi enseñanza, imitad mi vida»; pero como la vida de Jesús es la copia exacta de la virtud perfecta, él puede señalarse a sí mismo como el modelo de la santidad, además de ser su maestro. El cristiano no debe tomar por modelo nada que se quede corto de Cristo. En ninguna circunstancia debemos darnos por satisfechos a menos que reflejemos la gracia que había en él. Como esposo, el cristiano ha de mirar el retrato de Cristo Jesús, y ha de pintar conforme a ese modelo. El verdadero cristiano ha de ser un esposo tal como Cristo lo fue para su iglesia. El amor de un esposo es especial. El Señor Jesús abriga por la iglesia un afecto peculiar, puesto en ella por encima del resto de la humanidad: «Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo». La iglesia elegida es la predilecta del cielo, el tesoro de Cristo, la corona de su cabeza, el brazalete de su brazo, el pectoral de su corazón, el centro mismo y la médula de su amor. El esposo debe amar a su esposa con un amor constante, porque así ama Jesús a su iglesia. Él no varía en su afecto. Puede cambiar en las muestras de su afecto, pero el afecto mismo sigue siendo el mismo. El esposo debe amar a su esposa con un amor duradero, porque nada «nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro». El verdadero esposo ama a su esposa con un amor de corazón, ferviente e intenso. No es un mero servicio de labios. ¡Ah, amados! ¿Qué más pudo haber hecho Cristo como prueba de su amor que lo que ha hecho? Jesús tiene un amor lleno de deleite hacia su esposa: estima el afecto de ella, y se deleita en ella con dulce complacencia. Creyente, te maravillas del amor de Jesús; lo admiras: ¿lo estás imitando? En tus relaciones domésticas, ¿es esta la regla y la medida de tu amor: «así como Cristo amó a la iglesia»?

21 de marzo

«¿Podrás tú atar las dulces influencias de las Pléyades, o desatarás las ligaduras de Orión?» (Job 38:31)

Si nos inclinamos a jactarnos de nuestras capacidades, la grandeza de la naturaleza pronto puede mostrarnos cuán insignificantes somos. No podemos mover la más pequeña de todas las estrellas titilantes, ni apagar siquiera uno de los rayos de la mañana. Hablamos de poder, pero los cielos se burlan de nosotros. Cuando las Pléyades brillan en primavera con alegría primaveral, no podemos refrenar sus influencias; y cuando Orión reina en lo alto y el año está atado con los grilletes del invierno, no podemos aflojar sus ligaduras heladas. Las estaciones giran conforme a lo que Dios ha dispuesto, y toda la raza humana no puede producir en ello cambio alguno. Señor, ¿qué es el hombre?

En el mundo espiritual, como en el natural, el poder del hombre está limitado por todas partes. Cuando el Espíritu Santo derrama sus delicias en el alma, nadie puede perturbarlas; toda la astucia y la malicia de los hombres son ineficaces para detener el benéfico poder vivificador del Consolador. Cuando él se digna visitar una iglesia y avivarla, los enemigos más empedernidos no pueden resistir la buena obra; pueden ridiculizarla, pero no pueden refrenarla, como tampoco pueden hacer retroceder la primavera cuando las Pléyades gobiernan la hora. Dios lo quiere, y así ha de ser. Por otro lado, si el Señor, en su soberanía o en su justicia, ata a un hombre de modo que su alma queda en servidumbre, ¿quién puede darle libertad? Solo él puede quitar el invierno de la muerte espiritual de una persona o de un pueblo. Él desata las ligaduras de Orión, y nadie más que él. ¡Qué bendición es que pueda hacerlo! ¡Oh, que obrara esta maravilla esta noche! Señor, pon fin a mi invierno y haz que comience mi primavera. Con todos mis anhelos no puedo levantar mi alma de su muerte y de su torpeza, pero para ti todo es posible. Necesito influencias celestiales, los claros resplandores de tu amor, los rayos de tu gracia, la luz de tu rostro: esas son para mí las Pléyades. Sufro mucho por el pecado y la tentación: esos son mis signos invernales, mi terrible Orión. Señor, obra maravillas en mí y por mí. Amén.

22 de marzo

«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo.» (Juan 17:24)

¡Oh muerte! ¿Por qué tocas el árbol bajo cuyas extendidas ramas descansa el cansancio? ¿Por qué arrebatas a los excelentes de la tierra, en quienes está toda nuestra complacencia? Si tienes que usar tu hacha, úsala en los árboles que no dan fruto; entonces quizá se te agradecería. Pero ¿por qué has de derribar los hermosos cedros del Líbano? Oh, detén tu hacha y perdona al justo. Pero no, no puede ser; la muerte hiere a los mejores de nuestros amigos; los más generosos, los más dados a la oración, los más santos, los más consagrados, tienen que morir. ¿Y por qué? Es por la oración prevaleciente de Jesús: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo». Es eso lo que los lleva sobre alas de águila al cielo. Cada vez que un creyente sube de esta tierra al paraíso, es una respuesta a la oración de Cristo. Un buen teólogo antiguo observa: «Muchas veces Jesús y su pueblo tiran en sentidos contrarios en la oración. Tú doblas la rodilla en oración y dices: Padre, quiero que tus santos estén conmigo donde yo estoy”; Cristo dice: Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo”». Así el discípulo está en desacuerdo con su Señor. El alma no puede estar en ambos lugares: el ser amado no puede estar con Cristo y contigo a la vez. Ahora bien, ¿cuál de los dos intercesores ganará? Si tuvieras que elegir; si el Rey bajara de su trono y dijera: «Aquí hay dos suplicantes que oran el uno contra el otro; ¿a cuál se ha de responder?». ¡Oh, estoy seguro de que, aunque fuera una agonía, te pondrías en pie de un salto y dirías: «Jesús, no se haga mi voluntad, sino la tuya»! Renunciarías a tu oración por la vida de tu ser querido si pudieras comprender que Cristo está orando en sentido contrario: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo». Señor, tuyos serán. Por la fe los dejamos ir.

23 de marzo

«Os digo que si estos callaran, las piedras al instante clamarían.» (Lucas 19:40)

Pero ¿podrían clamar las piedras? Ciertamente podrían, si aquel que abre la boca del mudo les mandara alzar la voz. Sin duda, si hablaran, tendrían mucho que testificar en alabanza de aquel que las creó por la palabra de su poder; podrían ensalzar la sabiduría y el poder de su Hacedor, que las llamó a la existencia. ¿No hablaremos bien nosotros de aquel que nos hizo de nuevo, y que de las piedras levantó hijos a Abraham? Las viejas rocas podrían hablar del caos y del orden, y de la obra de las manos de Dios en las sucesivas etapas del drama de la creación; ¿y no podemos nosotros hablar de los decretos de Dios, de la gran obra de Dios en los tiempos antiguos, de todo lo que hizo por su iglesia en los días de antaño? Si las piedras hablaran, podrían contar de su picapedrero, cómo las sacó de la cantera y las dejó aptas para el templo; ¿y no podemos nosotros hablar de nuestro glorioso Picapedrero, que quebrantó nuestro corazón con el martillo de su palabra para edificarnos en su templo? Si las piedras clamaran, engrandecerían a su constructor, que las pulió y las labró a semejanza de un palacio; ¿y no hablaremos nosotros de nuestro Arquitecto y Constructor, que nos ha puesto en nuestro lugar en el templo del Dios vivo? Si las piedras pudieran clamar, tendrían una larga, larguísima historia que contar a modo de memorial, porque muchas veces se ha erigido una gran piedra como memorial delante del Señor; y también nosotros podemos testificar de Ebenezeres, piedras de ayuda, columnas de recuerdo. Las piedras rotas de la ley claman contra nosotros, pero Cristo mismo, que removió la piedra de la puerta del sepulcro, habla a nuestro favor. Bien podrían clamar las piedras, pero no se lo permitiremos: acallaremos su ruido con el nuestro; prorrumpiremos en cánticos sagrados y bendeciremos la majestad del Altísimo, glorificando todos nuestros días a aquel a quien Jacob llama el Pastor y la Piedra de Israel.

24 de marzo

«En aquella misma hora Jesús se alegró en espíritu.» (Lucas 10:21)

El Salvador fue «varón de dolores»; pero toda mente reflexiva ha descubierto que en lo más hondo de su alma llevaba un tesoro inagotable de gozo puro y celestial. De toda la raza humana, nunca hubo un hombre que tuviera una paz más profunda, más pura ni más duradera que nuestro Señor Jesucristo. «Fue ungido con óleo de alegría más que a sus compañeros.» Su inmensa benevolencia tuvo que proporcionarle, por la naturaleza misma de las cosas, el más profundo deleite posible, porque la benevolencia es gozo. Hubo unas pocas ocasiones notables en que este gozo se manifestó. «En aquella misma hora Jesús se alegró en espíritu, y dijo: Te alabo, oh Padre, Señor del cielo y de la tierra.» Cristo tuvo sus cánticos, aunque para él era de noche; aunque su rostro estaba desfigurado y su semblante había perdido el lustre de la felicidad terrenal, a veces se iluminaba con un esplendor sin par de satisfacción incomparable, cuando pensaba en el galardón de la recompensa, y en medio de la congregación cantaba su alabanza a Dios. En esto, el Señor Jesús es una bendita imagen de su iglesia en la tierra. A esta hora la iglesia espera andar en comunión de sentimiento con su Señor por un camino espinoso; a través de muchas tribulaciones se abre paso hacia la corona. Llevar la cruz es su oficio, y ser despreciada y tenida por extraña por los hijos de su madre es su suerte; y sin embargo la iglesia tiene un hondo pozo de gozo, del cual nadie puede beber sino sus propios hijos. Hay depósitos de vino, de aceite y de trigo escondidos en medio de nuestra Jerusalén, con los cuales los santos de Dios son sustentados y nutridos para siempre; y a veces, como en el caso de nuestro Salvador, tenemos nuestras temporadas de intenso deleite, porque «del río sus corrientes alegran la ciudad de nuestro Dios». Aunque seamos desterrados, nos regocijamos en nuestro Rey; sí, en él nos regocijamos en gran manera, mientras en su nombre alzamos nuestras banderas.

25 de marzo

«El Hijo del Hombre.» (Juan 3:13)

¡Con qué constancia usaba nuestro Maestro el título de «Hijo del Hombre»! Si hubiera querido, podría haber hablado siempre de sí mismo como el Hijo de Dios, el Padre eterno, el Admirable, el Consejero, el Príncipe de paz; ¡pero mira la humildad de Jesús! Prefiere llamarse a sí mismo el Hijo del Hombre. Aprendamos de nuestro Salvador una lección de humildad; no andemos nunca tras grandes títulos ni grados pomposos. Pero hay aquí un pensamiento mucho más dulce. Jesús amó tanto la naturaleza humana que se deleitó en honrarla; y puesto que es un alto honor, y en verdad la mayor dignidad de la humanidad, que Jesús sea el Hijo del Hombre, él suele exhibir este nombre, para colgar, por así decirlo, estrellas reales sobre el pecho de la humanidad, y mostrar el amor de Dios a la simiente de Abraham. Hijo del Hombre: cada vez que pronunciaba esa palabra, ponía un halo alrededor de la cabeza de los hijos de Adán. Pero hay quizá un pensamiento más precioso todavía. Jesucristo se llamó a sí mismo el Hijo del Hombre para expresar su unidad y su solidaridad con su pueblo. Así nos recuerda que él es aquel a quien podemos acercarnos sin temor. Como a un hombre, podemos llevarle todas nuestras penas y aflicciones, porque las conoce por experiencia; en cuanto él mismo padeció como «Hijo del Hombre», es poderoso para socorrernos y consolarnos. ¡Salve, bendito Jesús! Puesto que siempre usas ese dulce nombre que reconoce que eres hermano y pariente cercano, es para nosotros una querida prenda de tu gracia, de tu humildad, de tu amor.

«¡Oh, mira cómo Jesús se confía

a nuestro amor de niños,

como si con su trato llano

quisiera probar nuestro fervor!

Su nombre sagrado, palabra común,

le agrada oír en la tierra;

no hay en él majestad alguna

a la que el amor no pueda acercarse.»

26 de marzo

«Cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.» (Marcos 8:38)

Si hemos sido partícipes con Jesús de su vergüenza, compartiremos con él el esplendor que lo rodeará cuando aparezca de nuevo en gloria. ¿Estás tú, amado, con Cristo Jesús? ¿Te une a él una unión vital? Entonces estás hoy con él en su vergüenza; has tomado su cruz, y has salido con él fuera del campamento, llevando su vituperio; sin duda estarás con él cuando la cruz se cambie por la corona. Pero júzgate a ti mismo esta noche; porque si no estás con él en la regeneración, tampoco estarás con él cuando venga en su gloria. Si retrocedes ante el lado oscuro de la comunión, no comprenderás su período luminoso y dichoso, cuando venga el Rey, y todos sus santos ángeles con él. ¡Cómo! ¿Hay ángeles con él? Y sin embargo, no tomó a los ángeles: tomó la simiente de Abraham. ¿Están los santos ángeles con él? Ven, alma mía: si de verdad eres su amada, no puedes estar lejos de él. Si sus amigos y sus vecinos son convocados para ver su gloria, ¿qué piensas tú, si estás desposada con él? ¿Estarás lejos? Aunque sea un día de juicio, no puedes estar lejos de aquel corazón que, habiendo admitido a los ángeles a la intimidad, te ha admitido a ti a la unión. ¿No te ha dicho, oh alma mía: «Te desposaré conmigo en justicia, y en juicio, y en benignidad»? ¿No lo han dicho sus propios labios: «Yo soy tu esposo, y en ti está mi deleite»? Si los ángeles, que no son más que amigos y vecinos, estarán con él, es absolutamente seguro que su propia amada Hefzi-bá, en quien está todo su deleite, estará cerca de él y se sentará a su diestra. He aquí una estrella matutina de esperanza para ti, de un brillo tan extraordinario que bien puede alumbrar la experiencia más oscura y desolada.

27 de marzo

«Y ella dijo: Sí, Señor; mas los perrillos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores.» (Mateo 15:27)

Esta mujer halló consuelo en su miseria pensando grandes cosas de Cristo. El Maestro había hablado del pan de los hijos: «Pues bien —razonó ella—, ya que tú eres el Señor de la mesa de la gracia, sé que eres un anfitrión generoso, y que en tu mesa habrá con toda seguridad abundancia de pan; habrá tal abundancia para los hijos que sobrarán migajas para echarlas al suelo a los perros, y los hijos no saldrán perdiendo porque se alimente a los perros». Lo tenía por uno que ponía una mesa tan buena que todo lo que ella necesitaba no sería, en comparación, más que una migaja; y sin embargo, recuerda que lo que ella quería era que el demonio fuera echado de su hija. Era para ella una cosa muy grande, pero tenía tan alta estima de Cristo que dijo: «Para él no es nada; no es más que una migaja lo que Cristo ha de dar». Este es el camino real hacia el consuelo. Los grandes pensamientos acerca de tu pecado, por sí solos, te llevarán a la desesperación; pero los grandes pensamientos acerca de Cristo te guiarán al puerto de la paz. «Mis pecados son muchos, pero ¡oh!, no es nada para Jesús quitarlos todos. El peso de mi culpa me oprime como el pie de un gigante aplastaría a un gusano, pero para él no es más que un grano de polvo, porque ya llevó su maldición en su propio cuerpo sobre el madero. Será poca cosa para él darme el pleno perdón, aunque para mí recibirlo será una bendición infinita.» La mujer abre muy ancha la boca de su alma, esperando grandes cosas de Jesús, y él se la llena de su amor. Querido lector, haz tú lo mismo. Ella reconoció lo que Cristo le imputaba, pero se asió firmemente de él, y sacó argumentos aun de sus palabras duras; creyó grandes cosas de él, y así lo venció. Ganó la victoria creyendo en él. Su caso es un ejemplo de fe que prevalece; y si queremos vencer como ella, debemos imitar su táctica.

28 de marzo

«Os aceptaré como olor grato.» (Ezequiel 20:41)

Los méritos de nuestro gran Redentor son como olor grato para el Altísimo. Ya hablemos de la justicia activa o de la justicia pasiva de Cristo, hay en ambas la misma fragancia. Hubo olor grato en su vida activa, por la cual honró la ley de Dios e hizo que cada precepto brillara como una joya preciosa en el engaste puro de su propia persona. Así también fue su obediencia pasiva, cuando soportó con sumisión sin queja el hambre y la sed, el frío y la desnudez, y al fin sudó grandes gotas de sangre en Getsemaní, dio su espalda a los heridores y sus mejillas a los que le mesaban la barba, y fue clavado al cruel madero, para sufrir la ira de Dios en nuestro lugar. Estas dos cosas son gratas delante del Altísimo; y por causa de su hacer y de su morir, de sus sufrimientos sustitutivos y de su obediencia vicaria, el Señor nuestro Dios nos acepta. ¡Qué preciosura tiene que haber en él para vencer nuestra falta de preciosura! ¡Qué olor grato para quitar nuestro mal olor! ¡Qué poder purificador en su sangre para quitar un pecado como el nuestro! ¡Y qué gloria en su justicia para hacer que criaturas tan inaceptables sean aceptas en el Amado! Fíjate, creyente, cuán segura e inmutable tiene que ser nuestra aceptación, puesto que es en él. Cuida de no dudar nunca de tu aceptación en Jesús. Sin Cristo no puedes ser aceptado; pero, una vez que has recibido su mérito, no puedes dejar de ser aceptado. A pesar de todas tus dudas, temores y pecados, el ojo lleno de gracia del Señor nunca te mira con ira; aunque ve pecado en ti, en ti mismo, cuando te mira a través de Cristo no ve pecado alguno. Siempre eres acepto en Cristo, siempre bendito y querido para el corazón del Padre. Por tanto, eleva un cántico, y al ver subir esta noche, delante del trono de zafiro, el humeante incienso del mérito del Salvador, haz que suba también el incienso de tu alabanza.

29 de marzo

«Lo llamé, y no me respondió.» (Cantares 5:6)

La oración a veces se demora, como un suplicante a la puerta, hasta que el Rey sale a llenar su seno con las bendiciones que busca. Se sabe que el Señor, cuando ha dado una gran fe, la ha probado con largas tardanzas. Ha permitido que las voces de sus siervos resonaran en sus propios oídos como bajo un cielo de bronce. Han llamado a la puerta de oro, pero ha permanecido inmóvil, como si estuviera oxidada en sus goznes. Como Jeremías, han clamado: «Te cubriste de nube para que no pasase la oración nuestra». Así, santos verdaderos han continuado largo tiempo en paciente espera sin respuesta, no porque sus oraciones no fueran vehementes, ni porque no fueran aceptas, sino porque así le plugo a aquel que es Soberano y que da según su propio beneplácito. Si le place mandar que nuestra paciencia se ejercite, ¿no hará lo que quiera con lo suyo? Los mendigos no pueden escoger, ni en cuanto al tiempo, ni al lugar, ni a la forma. Pero debemos tener cuidado de no tomar las demoras en la oración por negativas: las letras de Dios a largo plazo serán pagadas puntualmente; no debemos permitir que Satanás sacuda nuestra confianza en el Dios de verdad señalándonos nuestras oraciones sin respuesta. Las peticiones no contestadas no son peticiones no oídas. Dios guarda un archivo para nuestras oraciones: no se las lleva el viento, sino que están atesoradas en los archivos del Rey. Hay un registro en la corte del cielo en el que se anota cada oración. Creyente probado, tu Señor tiene una redoma en la que se guardan las costosas gotas del dolor sagrado, y un libro en el que están contados tus santos gemidos. Dentro de poco, tu súplica prevalecerá. ¿No puedes contentarte con esperar un poco? ¿No será el tiempo de tu Señor mejor que el tuyo? Dentro de poco él aparecerá para consolarte, para gozo de tu alma, y te hará quitar el cilicio y la ceniza de la larga espera, y vestir la escarlata y el lino fino de la plena posesión.

30 de marzo

«Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos al Señor.» (Lamentaciones 3:40)

La esposa que ama tiernamente a su esposo ausente anhela su regreso; una separación prolongada de su señor es para su espíritu una media muerte; y así sucede con las almas que aman mucho al Salvador: tienen que ver su rostro; no pueden soportar que él esté lejos, sobre los montes de Beter, y no tenga ya comunión con ellas. Una mirada de reproche, un dedo levantado, serán dolorosos para los hijos amantes, que temen ofender a su tierno padre y solo son felices con su sonrisa. Amado, así fue una vez contigo. Un texto de la Escritura, una amenaza, un toque de la vara de la aflicción, y acudías a los pies de tu Padre clamando: «Hazme entender por qué contiendes conmigo». ¿Es así ahora? ¿Te contentas con seguir a Jesús de lejos? ¿Puedes contemplar sin alarma una comunión con Cristo interrumpida? ¿Puedes soportar que tu Amado ande en oposición a ti, porque tú andas en oposición a él? ¿Han hecho tus pecados división entre ti y tu Dios, y está tu corazón tranquilo? Oh, déjame advertirte con cariño, porque es cosa dolorosa cuando podemos vivir contentos sin el gozo presente del rostro del Salvador. Esforcémonos por sentir qué cosa tan mala es esta: ¡poco amor a nuestro propio Salvador moribundo, poco gozo en nuestro precioso Jesús, poca comunión con el Amado! Guardad una verdadera Cuaresma en vuestras almas, mientras os dolís de la dureza de vuestro corazón. ¡No os detengáis en el dolor! Recuerda dónde recibiste la salvación por primera vez. Ve en seguida a la cruz. Allí, y solo allí, puede ser vivificado tu espíritu. No importa cuán duros, cuán insensibles, cuán muertos hayamos llegado a estar: volvamos otra vez con todos los harapos, la pobreza y la contaminación de nuestra condición natural. Abracémonos a esa cruz, miremos esos ojos desfallecidos, bañémonos en esa fuente llena de sangre: esto nos devolverá nuestro primer amor; esto restaurará la sencillez de nuestra fe y la ternura de nuestro corazón.

31 de marzo

«Entonces Rizpa hija de Aja tomó una tela de cilicio y la tendió para sí sobre el peñasco, desde el principio de la siega hasta que llovió sobre ellos agua del cielo; y no dejó que ninguna ave del cielo se posase sobre ellos de día, ni fieras del campo de noche.» (2 Samuel 21:10)

Si el amor de una mujer por sus hijos muertos pudo hacerle prolongar su vigilia de duelo durante tanto tiempo, ¿nos cansaremos nosotros de considerar los sufrimientos de nuestro bendito Señor? Ella ahuyentaba las aves de rapiña, ¿y no ahuyentaremos nosotros de nuestras meditaciones esos pensamientos mundanos y pecaminosos que contaminan tanto nuestra mente como los temas sagrados en que nos ocupamos? ¡Fuera, aves de mal agüero! ¡Dejad en paz el sacrificio! Ella soportó los calores del verano, los rocíos de la noche y las lluvias, sin abrigo y sola. El sueño huía de sus ojos llorosos: su corazón estaba demasiado lleno para dormir. ¡Mirad cuánto amaba a sus hijos! ¿Soportará así Rizpa, y nosotros nos sobresaltaremos ante la primera pequeña molestia o prueba? ¿Somos tan cobardes que no podemos soportar sufrir con nuestro Señor? Ella ahuyentó aun a las fieras salvajes, con un valor poco común en su sexo, ¿y no estaremos nosotros dispuestos a hacer frente a todo enemigo por amor de Jesús? Estos hijos suyos fueron muertos por otras manos que las suyas, y sin embargo ella lloró y veló: ¿qué deberíamos hacer nosotros, que con nuestros pecados hemos crucificado a nuestro Señor? Nuestras obligaciones no tienen límite; nuestro amor debería ser ferviente y nuestro arrepentimiento completo. Velar con Jesús debería ser nuestra tarea; proteger su honra, nuestra ocupación; permanecer junto a su cruz, nuestro solaz. Aquellos cadáveres espantosos bien podían aterrar a Rizpa, especialmente de noche; pero en nuestro Señor, al pie de cuya cruz estamos sentados, no hay nada repulsivo, sino todo atrayente. Nunca hubo belleza viva tan cautivadora como un Salvador moribundo. Jesús, velaremos contigo todavía un poco, y tú, en tu gracia, descúbrete a nosotros; entonces no estaremos sentados bajo el cilicio, sino en un pabellón real.

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