Capítulo 2 · 51 min de lectura · 1 h 5 min de escucha
Febrero
1 de febrero
«Tu amor me fue maravilloso». (2 Samuel 1:26)
Venid, queridos lectores, que cada uno de nosotros hable por sí mismo del amor maravilloso, no de Jonatán, sino de Jesús. No contaremos lo que nos han dicho, sino lo que hemos gustado y palpado del amor de Cristo. Tu amor para conmigo, oh Jesús, fue maravilloso cuando yo era un extraño que andaba errante lejos de ti, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos. Tu amor me impidió cometer el pecado que es para muerte y me apartó de destruirme a mí mismo. Tu amor detuvo el hacha cuando la Justicia decía: «¡Córtala! ¿Para qué inutiliza también la tierra?». Tu amor me llevó al desierto, me despojó allí y me hizo sentir la culpa de mi pecado y la carga de mi iniquidad. Tu amor me habló así, consolándome, cuando yo estaba en gran desaliento: «Ven a mí, y yo te haré descansar». ¡Oh, cuán incomparable fue tu amor cuando, en un instante, lavaste mis pecados e hiciste que mi alma contaminada, que estaba carmesí con la sangre de mi nacimiento y negra con la mugre de mis transgresiones, quedara blanca como la nieve recién caída y pura como la lana más fina! ¡Cómo mostraste tu amor cuando me susurraste al oído: «Yo soy tuyo y tú eres mío»! Tiernas fueron aquellas palabras cuando dijiste: «El Padre mismo os ama». Y dulces los momentos, dulcísimos, cuando me declaraste «el amor del Espíritu». Nunca olvidará mi alma aquellas cámaras de comunión donde te has revelado a mí. ¿Tuvo Moisés su hendidura en la peña, donde vio la estela, las espaldas de su Dios? También nosotros hemos tenido nuestras hendiduras en la peña, donde hemos visto los plenos esplendores de la Deidad en la persona de Cristo. ¿Recordaba David las sendas de la cabra montés, la tierra del Jordán y de los hermonitas? También nosotros podemos recordar lugares queridos a la memoria, iguales a estos en bienaventuranza. Precioso Señor Jesús, danos un trago fresco de tu amor maravilloso para comenzar el mes. Amén.
2 de febrero
«Y estas son cosas antiguas». (1 Crónicas 4:22)
Pero no tan antiguas como aquellas cosas preciosas que son el deleite de nuestras almas. Enumerémoslas por un momento, repasándolas como los avaros cuentan su oro. La elección soberana del Padre, por la cual nos escogió para vida eterna antes que existiera la tierra, es un asunto de vastísima antigüedad, pues la mente humana no puede concebir fecha alguna para ella. Fuimos escogidos antes de la fundación del mundo. El amor eterno acompañó a la elección, porque no fue un simple acto de la voluntad divina el que nos apartó, sino que en él intervinieron los afectos divinos. El Padre nos amó en el principio y desde el principio. He aquí un tema para la contemplación diaria. El propósito eterno de redimirnos de nuestra ruina prevista, de limpiarnos y santificarnos, y al fin glorificarnos, fue de antigüedad infinita, y corre a la par del amor inmutable y de la soberanía absoluta. El pacto se describe siempre como eterno, y Jesús, la segunda parte en él, tenía sus salidas desde la antigüedad; él se comprometió en sagrada fianza mucho antes de que la primera de las estrellas comenzara a brillar, y fue en él donde los escogidos fueron ordenados para vida eterna. Así, en el propósito divino quedó establecida una benditísima unión de pacto entre el Hijo de Dios y su pueblo escogido, que permanecerá como fundamento de su seguridad cuando el tiempo ya no sea. ¿No es bueno estar familiarizados con estas cosas antiguas? ¿No es vergonzoso que la mayoría de los que profesan la fe las descuiden tanto, y aun las rechacen? Si conocieran más su propio pecado, ¿no estarían más dispuestos a adorar la gracia que distingue? Admiremos y adoremos a la vez esta noche, mientras cantamos:
«Un monumento de gracia,
un pecador por sangre salvado;
los ríos de amor yo sigo
hasta la Fuente, que es Dios;
y en su sagrado seno veo
eternos pensamientos de amor hacia mí».
3 de febrero
«Dime… dónde apacientas, dónde haces sestear tu rebaño al mediodía». (Cantares 1:7)
Estas palabras expresan el anhelo del creyente por Cristo y su deseo de comunión presente con él. ¿Dónde apacientas a tu rebaño? ¿En tu casa? Iré, si allí puedo encontrarte. ¿En la oración privada? Entonces oraré sin cesar. ¿En la Palabra? Entonces la leeré con diligencia. ¿En tus ordenanzas? Entonces andaré en ellas con todo mi corazón. Dime dónde apacientas, porque dondequiera que tú estés como Pastor, allí me echaré yo como oveja; porque nadie sino tú puede suplir mi necesidad. No puedo estar satisfecho lejos de ti. Mi alma tiene hambre y sed del refrigerio de tu presencia. «Dime dónde haces sestear tu rebaño al mediodía», porque, sea al alba o al mediodía, mi único descanso ha de estar donde estás tú y tu amado rebaño. El descanso de mi alma ha de ser un descanso dado por la gracia, y solo puede hallarse en ti. ¿Dónde está la sombra de aquella peña? ¿Por qué no habría yo de reposar bajo ella? «¿Por qué había de estar yo como errante junto a los rebaños de tus compañeros?». Tú tienes compañeros: ¿por qué no habría de ser yo uno de ellos? Satanás me dice que soy indigno; pero siempre fui indigno, y aun así tú me has amado desde hace mucho; por tanto, mi indignidad no puede ser un obstáculo para que tenga comunión contigo ahora. Es verdad que soy débil en la fe y propenso a caer, pero mi misma debilidad es la razón por la que debería estar siempre donde tú apacientas a tu rebaño, para ser fortalecido y preservado seguro junto a las aguas de reposo. ¿Por qué habría de desviarme? No hay razón alguna para hacerlo, pero hay mil razones para no hacerlo, porque Jesús me hace señas para que vaya. Si se retiró un poco, es solo para hacerme apreciar más su presencia. Ahora que estoy afligido y angustiado por estar lejos de él, me conducirá otra vez a aquel rincón resguardado donde los corderos de su redil se protegen del sol abrasador.
4 de febrero
«Vuestro refugio contra el vengador de la sangre». (Josué 20:3)
Se dice que en la tierra de Canaán las ciudades de refugio estaban dispuestas de tal manera que cualquier hombre podía llegar a una de ellas en medio día como mucho. Así también la palabra de nuestra salvación está cerca de nosotros; Jesús es un Salvador presente, y el camino hacia él es corto; no es más que una sencilla renuncia a nuestros propios méritos y un asirse de Jesús para que sea nuestro todo en todo. Respecto a los caminos que llevaban a la ciudad de refugio, se nos dice que se mantenían con todo cuidado: cada río tenía su puente y se quitaba todo obstáculo, para que el hombre que huía encontrara un paso fácil hasta la ciudad. Una vez al año los ancianos recorrían los caminos y cuidaban de su buen estado, para que nada estorbara la huida de nadie ni hiciera que, por la demora, fuera alcanzado y muerto. ¡Con cuánta gracia quitan del camino las promesas del evangelio las piedras de tropiezo! Dondequiera que había atajos y desvíos, se colocaban postes indicadores con esta inscripción: «¡A la ciudad de refugio!». Esta es una imagen del camino a Cristo Jesús. No es el camino tortuoso de la ley; no es obedecer esto, aquello y lo otro; es un camino recto: «Cree y vive». Es un camino tan duro que ningún hombre justo en su propia opinión puede jamás recorrerlo, pero tan fácil que todo pecador que se sabe pecador puede hallar por él su camino al cielo. Tan pronto como el homicida alcanzaba las afueras de la ciudad, estaba a salvo; no le era necesario adentrarse mucho dentro de los muros, sino que los arrabales mismos eran protección suficiente. Aprende de esto que, si tan solo tocas el borde del manto de Cristo, quedarás sano; si tan solo te asas de él con «fe como un grano de mostaza», estás a salvo.
«Un poco de gracia genuina asegura
la muerte de todos nuestros pecados».
Solo que no pierdas tiempo, no te entretengas en el camino, porque el vengador de la sangre es ligero de pies; y puede que esté pisándote los talones en esta hora tranquila del anochecer.
5 de febrero
«En aquel tiempo respondió Jesús». (Mateo 11:25)
Es una manera singular de comenzar un versículo: «En aquel tiempo respondió Jesús». Si miras el contexto, no verás que nadie le hubiera hecho una pregunta, ni que estuviera conversando con ningún ser humano. Sin embargo, está escrito: «Respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre». Cuando un hombre responde, responde a una persona que le ha estado hablando. ¿Quién, pues, había hablado a Cristo? Su Padre. Sin embargo, no hay constancia de ello; y esto debería enseñarnos que Jesús tenía comunión constante con su Padre, y que Dios hablaba a su corazón tan a menudo, tan continuamente, que no era una circunstancia lo bastante singular como para dejar constancia de ella. Hablar con Dios era el hábito y la vida de Jesús. Como él es, así somos nosotros en este mundo; aprendamos, pues, la lección que nos enseña esta sencilla afirmación acerca de él. Que también nosotros tengamos una comunión silenciosa con el Padre, de modo que a menudo le respondamos, y aunque el mundo no sepa a quién hablamos, estemos respondiendo a esa voz secreta que ningún otro oído oye, y que nuestro propio oído, abierto por el Espíritu de Dios, reconoce con gozo. Dios nos ha hablado; hablemos nosotros a Dios: ya sea para poner nuestro sello de que Dios es veraz y fiel a su promesa, o para confesar el pecado del que el Espíritu de Dios nos ha convencido, o para reconocer la misericordia que nos ha dado la providencia de Dios, o para expresar nuestro asentimiento a las grandes verdades que Dios el Espíritu Santo ha abierto a nuestro entendimiento. ¡Qué privilegio es la comunión íntima con el Padre de nuestros espíritus! Es un secreto escondido del mundo, un gozo en el que ni el amigo más cercano se entromete. Si queremos oír los susurros del amor de Dios, nuestro oído ha de ser purificado y preparado para escuchar su voz. Que esta misma noche nuestro corazón esté en tal disposición que, cuando Dios nos hable, estemos, como Jesús, preparados para responderle en seguida.
6 de febrero
«Orad unos por otros». (Santiago 5:16)
Como estímulo para ofrecer con alegría oración intercesora, recuerda que esa oración es la más dulce que Dios oye, porque la oración de Cristo es de este carácter. En todo el incienso que nuestro gran Sumo Sacerdote pone ahora en el incensario de oro no hay un solo grano para sí mismo. Su intercesión ha de ser la más aceptable de todas las súplicas; y cuanto más se parezca nuestra oración a la de Cristo, más dulce será. Así, aunque las peticiones por nosotros mismos serán aceptadas, nuestras súplicas por otros, que tienen en sí más frutos del Espíritu, más amor, más fe, más amor fraternal, serán, por los preciosos méritos de Jesús, la ofrenda más dulce que podemos presentar a Dios, la grosura misma de nuestro sacrificio. Recuerda, además, que la oración intercesora es sumamente eficaz. ¡Qué maravillas ha obrado! La Palabra de Dios rebosa de sus hechos portentosos. Creyente, tienes en tu mano un instrumento poderoso; úsalo bien, úsalo constantemente, úsalo con fe, y ciertamente serás un bienhechor de tus hermanos. Cuando tengas el oído del Rey, háblale de los miembros dolientes de su cuerpo. Cuando se te conceda acercarte mucho a su trono, y el Rey te diga: «Pide, y te daré lo que quieras», que tus peticiones no sean solo por ti, sino por los muchos que necesitan su ayuda. Si tienes alguna gracia y no eres intercesor, esa gracia ha de ser pequeña como un grano de mostaza. Tienes justo la gracia suficiente para que tu alma flote libre de las arenas movedizas, pero no tienes profundas avenidas de gracia; de lo contrario, llevarías en tu gozosa barca un cargamento pesado de las necesidades de otros, y traerías de tu Señor, para ellos, ricas bendiciones que, de no ser por ti, quizá no habrían obtenido:
«¡Oh, que mis manos olviden su destreza,
que mi lengua quede muda, fría y quieta,
que este corazón que salta deje de latir,
si olvido el propiciatorio!».
7 de febrero
«Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid acá». (Apocalipsis 11:12)
Sin considerar estas palabras en su conexión profética, veámoslas como la invitación de nuestro gran Precursor a su pueblo santificado. A su debido tiempo se oirá «una gran voz del cielo» para cada creyente, que dirá: «Subid acá». Esto debería ser para los santos objeto de gozosa expectación. En lugar de temer el momento en que dejemos este mundo para ir al Padre, deberíamos anhelar ardientemente la hora de nuestra emancipación. Nuestro cántico debería ser:
«Mi corazón está con él en su trono,
y mal soporta la demora;
cada momento escuchando la voz:
“Levántate y ven”».
No somos llamados abajo, a la tumba, sino arriba, a los cielos. Nuestros espíritus nacidos del cielo deberían anhelar su aire natal. Sin embargo, el llamamiento celestial debería ser objeto de una espera paciente. Nuestro Dios sabe mejor que nadie cuándo decirnos: «Subid acá». No debemos desear adelantar la fecha de nuestra partida. Sé que el amor fuerte nos hará clamar:
«Oh Señor de los ejércitos, divide las olas,
y llévanos a todos a tierra en el cielo»;
pero la paciencia ha de tener su obra completa. Dios ordena con sabiduría exacta el tiempo más conveniente para que los redimidos permanezcan aquí abajo. Ciertamente, si pudiera haber pesares en el cielo, los santos podrían lamentar no haber vivido más tiempo aquí para hacer más bien. ¡Oh, quién tuviera más gavillas para el granero de mi Señor, más joyas para su corona! Pero ¿cómo, si no hay más trabajo? Es cierto que está el otro lado de la cuestión: que, viviendo tan poco, nuestros pecados son menos; pero ¡ah!, cuando servimos plenamente a Dios, y él nos concede esparcir semilla preciosa y cosechar a ciento por uno, hasta diríamos que es bueno para nosotros quedarnos donde estamos. Ya sea que nuestro Maestro diga «ve» o «quédate», estemos igualmente contentos, con tal de que nos conceda su presencia.
8 de febrero
«Él salvará a su pueblo de sus pecados». (Mateo 1:21)
Muchas personas, si se les pregunta qué entienden por salvación, responderán: «Ser librado del infierno y llevado al cielo». Este es uno de los resultados de la salvación, pero no es ni la décima parte de lo que contiene ese don. Es verdad que nuestro Señor Jesucristo redime a todo su pueblo de la ira venidera; lo salva de la terrible condenación que sus pecados habían traído sobre él; pero su triunfo es mucho más completo que esto. Él salva a su pueblo «de sus pecados». ¡Oh, dulce liberación de nuestros peores enemigos! Donde Cristo realiza una obra salvadora, echa a Satanás de su trono y no le deja ser amo por más tiempo. Nadie es verdadero cristiano si el pecado reina en su cuerpo mortal. El pecado estará en nosotros —nunca será expulsado del todo hasta que el espíritu entre en la gloria—, pero nunca tendrá dominio. Habrá una lucha por el dominio —un codiciar contra la nueva ley y el nuevo espíritu que Dios ha implantado—, pero el pecado nunca prevalecerá hasta ser monarca absoluto de nuestra naturaleza. Cristo será el Señor del corazón, y el pecado ha de ser mortificado. El León de la tribu de Judá prevalecerá, y el dragón será echado fuera. ¡Tú que profesas la fe! ¿Está sometido el pecado en ti? Si tu vida no es santa, tu corazón no ha cambiado, y si tu corazón no ha cambiado, no eres salvo. Si el Salvador no te ha santificado, no te ha renovado, no te ha dado odio al pecado y amor a la santidad, no ha hecho en ti nada de carácter salvador. La gracia que no hace a un hombre mejor que los demás es una falsificación sin valor. Cristo salva a su pueblo, no en sus pecados, sino de ellos. «Sin santidad nadie verá al Señor». «Apártese de iniquidad todo aquel que invoca el nombre de Cristo». Si no somos salvados del pecado, ¿cómo esperaremos ser contados entre su pueblo? Señor, sálvame ahora de todo mal, y capacítame para honrar a mi Salvador.
9 de febrero
«Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal [o, del maligno]». (Lucas 11:4)
Lo que se nos enseña a buscar o a evitar en la oración, debemos igualmente perseguirlo o evitarlo en la acción. Con mucho empeño, pues, debemos evitar la tentación, procurando andar con tanta cautela en el camino de la obediencia que nunca tentemos al diablo a tentarnos. No hemos de meternos en la espesura en busca del león. Caro podríamos pagar semejante presunción. Este león puede cruzarse en nuestro camino o saltar sobre nosotros desde la espesura, pero no nos toca a nosotros salir a cazarlo. El que se encuentra con él, aunque gane la batalla, la hallará una lucha dura. Que el cristiano ore para que se le ahorre el encuentro. Nuestro Salvador, que tenía experiencia de lo que significa la tentación, amonestó así con fervor a sus discípulos: «Orad que no entréis en tentación».
Pero hagamos lo que hagamos, seremos tentados; de ahí la oración: «Líbranos del mal». Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero no tiene ningún hijo sin tentación. El hombre natural nace para la aflicción como las chispas se levantan para volar, y el cristiano nace para la tentación con la misma certeza. Debemos estar siempre en guardia contra Satanás, porque, como un ladrón, no avisa de su llegada. Los creyentes que tienen experiencia de los caminos de Satanás saben que hay ciertas épocas en que lo más probable es que ataque, así como en ciertas estaciones cabe esperar vientos helados; así el cristiano se pone doblemente en guardia por temor al peligro, y el peligro se evita al prepararse para afrontarlo. Más vale prevenir que curar: es mejor estar tan bien armado que el diablo no te ataque, que sufrir los peligros de la lucha, aunque salgas vencedor. Ora esta noche, primero, para no ser tentado, y después, para que, si se permite la tentación, seas librado del maligno.
10 de febrero
«Yo deshice como a nube tus rebeliones, y como a niebla tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí». (Isaías 44:22)
Observa atentamente esta instructiva semejanza: nuestros pecados son como una nube. Así como las nubes tienen muchas formas y tonos, así también nuestras transgresiones. Así como las nubes oscurecen la luz del sol y ensombrecen el paisaje de abajo, así nuestros pecados nos ocultan la luz del rostro de Jehová y nos hacen sentarnos en sombra de muerte. Son cosas nacidas de la tierra, y suben de los lugares cenagosos de nuestra naturaleza; y cuando se han juntado hasta colmar su medida, nos amenazan con tormenta y tempestad. ¡Ay, que, a diferencia de las nubes, nuestros pecados no nos dan lluvias benignas, sino que más bien amenazan con anegarnos en un diluvio ardiente de destrucción! Oh negras nubes del pecado, ¿cómo puede hacer buen tiempo en nuestras almas mientras vosotras permanecéis?
Que nuestro ojo gozoso se detenga en el acto notable de la misericordia divina: «deshice». Dios mismo aparece en escena y, con divina benignidad, en lugar de manifestar su ira, revela su gracia: quita eficazmente el mal de una vez y para siempre, no disipando la nube con un soplo, sino deshaciéndola, borrándola de la existencia de una vez por todas. Contra el hombre justificado no queda pecado alguno; la gran transacción de la cruz ha quitado eternamente de él sus transgresiones. En la cumbre del Calvario se realizó de manera completa y eficaz la gran obra por la cual el pecado de todos los escogidos fue quitado para siempre.
En la práctica, obedezcamos el mandato lleno de gracia: «Vuélvete a mí». ¿Por qué habrían de vivir lejos de su Dios los pecadores perdonados? Si se nos han perdonado todos nuestros pecados, que ningún temor legalista nos impida acercarnos con la mayor confianza a nuestro Señor. Lamentemos nuestras rebeldías, pero no perseveremos en ellas. Esforcémonos poderosamente, en el poder del Espíritu Santo, por volver a la mayor cercanía posible de comunión con el Señor. ¡Oh Señor, restáuranos esta noche!
11 de febrero
«Has dejado tu primer amor». (Apocalipsis 2:4)
Siempre ha de recordarse aquella hora, la mejor y más luminosa, en que vimos por primera vez al Señor, perdimos nuestra carga, recibimos el rollo de la promesa, nos regocijamos en una salvación plena y seguimos nuestro camino en paz. Era primavera en el alma; el invierno había pasado; los retumbos de los truenos del Sinaí habían enmudecido; ya no se veían los destellos de sus relámpagos; contemplábamos a Dios reconciliado; la ley no amenazaba con venganza, la justicia no exigía castigo. Entonces aparecieron las flores en nuestro corazón; la esperanza, el amor, la paz y la paciencia brotaron del césped; el jacinto del arrepentimiento, la campanilla blanca de la santidad pura, el azafrán de la fe dorada, el narciso del primer amor, todos adornaban el jardín del alma. Había llegado el tiempo del canto de las aves, y nos regocijábamos con acción de gracias; engrandecíamos el santo nombre de nuestro Dios perdonador, y nuestra resolución era: «Señor, soy tuyo, enteramente tuyo; todo lo que soy y todo lo que tengo quisiera consagrártelo. Tú me compraste con tu sangre: déjame gastar y gastarme del todo en tu servicio. En la vida y en la muerte, déjame estar consagrado a ti». ¿Cómo hemos guardado esta resolución? Nuestro amor de desposorio ardía con una santa llama de devoción a Jesús: ¿es el mismo ahora? ¿No podría Jesús decirnos con razón: «Tengo contra ti que has dejado tu primer amor»? ¡Ay, es bien poco lo que hemos hecho por la gloria de nuestro Maestro! Nuestro invierno ha durado demasiado. Estamos fríos como el hielo cuando deberíamos sentir el ardor del verano y florecer con flores sagradas. Damos a Dios céntimos cuando él merece libras; más aún, merece que la sangre de nuestro corazón se acuñe en el servicio de su iglesia y de su verdad. Pero ¿seguiremos así? Oh Señor, después de habernos bendecido tan ricamente, ¿seremos ingratos y nos volveremos indiferentes a tu buena causa y a tu obra? ¡Oh, avívanos, para que volvamos a nuestro primer amor y hagamos nuestras primeras obras! Envíanos una primavera benigna, oh Sol de justicia.
12 de febrero
«Él os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre». (Juan 14:16)
El gran Padre se reveló a los creyentes de antaño antes de la venida de su Hijo, y Abraham, Isaac y Jacob lo conocieron como el Dios Todopoderoso. Luego vino Jesús, y el Hijo, siempre bendito, en su propia persona, fue la delicia de los ojos de su pueblo. En el momento de la ascensión del Redentor, el Espíritu Santo pasó a presidir la dispensación presente, y su poder se manifestó gloriosamente en Pentecostés y después de él. Él sigue siendo en esta hora el Emanuel presente —Dios con nosotros—, que mora en su pueblo y con él, vivificando, guiando y gobernando en medio de ellos. ¿Se reconoce su presencia como se debiera? No podemos controlar su obrar; él es soberanísimo en todas sus operaciones; pero ¿estamos lo bastante deseosos de obtener su ayuda, o lo bastante vigilantes para no provocarlo a retirarla? Sin él nada podemos hacer, pero por su energía todopoderosa pueden producirse los resultados más extraordinarios: todo depende de que él manifieste u oculte su poder. ¿Acudimos siempre a él, tanto para nuestra vida interior como para nuestro servicio exterior, con la dependencia respetuosa que corresponde? ¿No corremos con demasiada frecuencia antes de su llamado y actuamos independientemente de su ayuda? Humillémonos esta noche por nuestros descuidos pasados, y supliquemos ahora que el rocío celestial repose sobre nosotros, que el aceite sagrado nos unja, que la llama celestial arda dentro de nosotros. El Espíritu Santo no es un don temporal; él permanece con los santos. Solo tenemos que buscarlo debidamente, y será hallado por nosotros. Es celoso, pero es compasivo; si se va enojado, vuelve con misericordia. Condescendiente y tierno, no se cansa de nosotros, sino que espera todavía para tener piedad.
El pecado ha estado martillando mi corazón
hasta endurecerlo, vacío de amor;
que la gracia que ablanda, para estorbar su arte,
descienda de lo alto.
13 de febrero
«Ahora, pues, ninguna condenación hay». (Romanos 8:1)
Ven, alma mía, piensa en esto. Creyendo en Jesús, has sido real y eficazmente absuelta de la culpa; has sido sacada de tu prisión. Ya no estás encadenada como esclava; has sido librada ahora de la esclavitud de la ley; has sido liberada del pecado y puedes andar en libertad como persona libre; la sangre de tu Salvador ha obtenido tu plena absolución. Tienes ahora derecho a acercarte al trono de tu Padre. Ya no hay allí llamas de venganza que te espanten, ni espada de fuego; la justicia no puede herir al inocente. Tus incapacidades han sido quitadas: antes no podías ver el rostro de tu Padre; ahora puedes verlo. No podías hablar con él; pero ahora tienes acceso con confianza. Antes pesaba sobre ti el temor del infierno; pero ya no lo temes, porque ¿cómo puede haber castigo para el que no tiene culpa? El que cree no es condenado, y no puede ser castigado. Y, más que todo esto, los privilegios que habrías podido disfrutar si nunca hubieras pecado son tuyos ahora que estás justificada. Todas las bendiciones que habrías tenido si hubieras guardado la ley, y más aún, son tuyas, porque Cristo la ha guardado por ti. Todo el amor y la aceptación que la obediencia perfecta habría podido obtener de Dios te pertenecen, porque Cristo fue perfectamente obediente en tu lugar y ha imputado todos sus méritos a tu cuenta, para que fueras sobremanera rica por medio de aquel que por amor de ti se hizo sobremanera pobre. ¡Oh, cuán grande es la deuda de amor y gratitud que tienes con tu Salvador!
«Deudor solo de la misericordia,
de la misericordia del pacto canto;
revestido de tu justicia, no temo
presentar mi persona y mis ofrendas.
Los terrores de la ley y de Dios
nada tienen que ver conmigo;
la obediencia y la sangre de mi Salvador
ocultan de la vista todas mis transgresiones».
14 de febrero
«Al instante había sido sanada». (Lucas 8:47)
Esta noche tenemos ante nosotros uno de los milagros más conmovedores e instructivos del Salvador. La mujer era muy ignorante. Se imaginaba que el poder salía de Cristo por una ley de necesidad, sin que él lo supiera ni lo quisiera directamente. Además, desconocía la generosidad del carácter de Jesús, pues de lo contrario no se habría acercado por detrás para robar la curación que él estaba tan dispuesto a conceder. La miseria debería ponerse siempre justo delante del rostro de la misericordia. Si hubiera conocido el amor del corazón de Jesús, habría dicho: «No tengo más que ponerme donde él pueda verme: su omnisciencia le hará conocer mi caso, y su amor obrará en seguida mi curación». Admiramos su fe, pero nos maravilla su ignorancia. Después de obtener la curación, se regocijaba con temblor: se alegraba de que el poder divino hubiera obrado en ella una maravilla; pero temía que Cristo retirara la bendición y anulara la concesión de su gracia: ¡qué poco comprendía la plenitud de su amor! Nosotros no tenemos de él una visión tan clara como quisiéramos; no conocemos las alturas y profundidades de su amor; pero sabemos con certeza que es demasiado bueno para quitar a un alma temblorosa el don que ha logrado obtener. Pero he aquí lo maravilloso: por poco que fuera su conocimiento, su fe, porque era verdadera fe, la salvó, y la salvó en el acto. No hubo una demora fatigosa: el milagro de la fe fue instantáneo. Si tenemos fe como un grano de mostaza, la salvación es nuestra posesión presente y eterna. Si en la lista de los hijos del Señor estamos inscritos como los más débiles de la familia, aun así, siendo herederos por la fe, ningún poder, humano o diabólico, puede expulsarnos de la salvación. Si no nos atrevemos a reclinar la cabeza en su pecho como Juan, pero podemos aventurarnos entre la multitud detrás de él y tocar el borde de su manto, quedamos sanos. ¡Ánimo, alma tímida! Tu fe te ha salvado; ve en paz. «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios».
15 de febrero
«Con que te han alegrado». (Salmo 45:8)
¿Y quiénes tienen el privilegio de alegrar así al Salvador? Su iglesia, su pueblo. Pero ¿es posible? Él nos alegra a nosotros, pero ¿cómo podemos nosotros alegrarlo a él? Con nuestro amor. ¡Ah!, nos parece tan frío, tan débil; y así, en verdad, tenemos que confesar con tristeza que es; pero para Cristo es muy dulce. Escucha su propio elogio de ese amor en el áureo Cantar: «¡Cuán hermosos son tus amores, hermana, esposa mía! ¡Cuánto mejores que el vino tus amores!». Mira, corazón amante, cómo se deleita en ti. Cuando reclinas tu cabeza en su pecho, no solo recibes, sino que le das gozo; cuando contemplas con amor su rostro todo glorioso, no solo obtienes consuelo, sino que le impartes deleite. También nuestra alabanza le da gozo: no solo el canto de los labios, sino la melodía de la profunda gratitud del corazón. También nuestras ofrendas le son muy agradables; le encanta vernos poner sobre el altar nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros bienes, no por el valor de lo que damos, sino por el motivo del que brota la ofrenda. Para él, las humildes ofrendas de sus santos son más aceptables que millares de oro y plata. La santidad es para él como incienso y mirra. Perdona a tu enemigo, y alegrarás a Cristo; reparte de tus bienes a los pobres, y él se regocijará; sé instrumento para salvar almas, y le harás ver el fruto de la aflicción de su alma; proclama su evangelio, y serás para él olor grato; ve entre los ignorantes y levanta la cruz, y le habrás dado honra. Está en tu mano, aun ahora, quebrar el vaso de alabastro y derramar el precioso óleo de gozo sobre su cabeza, como hizo aquella mujer de antaño, cuyo memorial se cuenta hasta el día de hoy dondequiera que se predica el evangelio. ¿Te quedarás atrás, pues? ¿No perfumarás a tu amado Señor con la mirra, el áloe y la casia de la alabanza de tu corazón? ¡Sí, palacios de marfil, oiréis los cánticos de los santos!
16 de febrero
«Tu buen Espíritu». (Nehemías 9:20)
Común, demasiado común, es el pecado de olvidar al Espíritu Santo. Esto es necedad e ingratitud. Él merece mucho de nosotros, porque es bueno, supremamente bueno. Como Dios, es bueno esencialmente. Participa en la triple atribución de «Santo, santo, santo» que asciende al trino Jehová. Es pureza, verdad y gracia sin mezcla. Es bueno en su benevolencia, soportando con ternura nuestros extravíos, contendiendo con nuestras voluntades rebeldes, vivificándonos de nuestra muerte en el pecado y luego educándonos para el cielo como una nodriza amorosa cría a su niño. ¡Cuán generoso, perdonador y tierno es este paciente Espíritu de Dios! Es bueno en sus operaciones. Todas sus obras son buenas en el grado más eminente: sugiere buenos pensamientos, impulsa buenas acciones, revela buenas verdades, aplica buenas promesas, ayuda a buenos logros y conduce a buenos resultados. No hay bien espiritual en todo el mundo del que él no sea autor y sustentador, y el cielo mismo deberá a su obra el carácter perfecto de sus habitantes redimidos. Es bueno en sus oficios; ya sea como Consolador, Instructor, Guía, Santificador, Vivificador o Intercesor, cumple bien su oficio, y cada una de sus obras está cargada del mayor bien para la iglesia de Dios. Los que se rinden a sus influencias se vuelven buenos, los que obedecen sus impulsos hacen el bien, los que viven bajo su poder reciben bien. Comportémonos, pues, con una persona tan buena según lo que dicta la gratitud. Reverenciemos su persona y adorémoslo como Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos; reconozcamos su poder y nuestra necesidad de él esperando en él en todas nuestras santas empresas; busquemos su ayuda cada hora y nunca lo contristemos; y hablemos en su alabanza siempre que se presente la ocasión. La iglesia nunca prosperará hasta que crea con mayor reverencia en el Espíritu Santo. Él es tan bueno y bondadoso que es verdaderamente triste que se le contriste con desaires y negligencias.
17 de febrero
«Estando allí el Señor». (Ezequiel 35:10)
Los príncipes de Edom vieron todo el país desolado y contaban con conquistarlo fácilmente; pero había una gran dificultad en su camino, del todo desconocida para ellos: «El Señor estaba allí»; y en su presencia residía la seguridad especial de la tierra escogida. Cualesquiera que sean las maquinaciones y artimañas de los enemigos del pueblo de Dios, sigue existiendo la misma barrera eficaz para frustrar su designio. Los santos son la heredad de Dios, y él está en medio de ellos y protegerá a los suyos. ¡Qué consuelo nos da esta seguridad en nuestras aflicciones y conflictos espirituales! ¡Constantemente combatidos, y sin embargo perpetuamente preservados! ¡Cuántas veces dispara Satanás sus flechas contra nuestra fe!, pero nuestra fe desafía el poder de los dardos de fuego del infierno; no solo son desviados, sino que se apagan en su escudo, porque «el Señor está allí». Nuestras buenas obras son objeto de los ataques de Satanás. Jamás tuvo un santo una virtud o una gracia que no fuera blanco de las balas del infierno: ya fuera la esperanza brillante y chispeante, o el amor cálido y ferviente, o la paciencia que todo lo soporta, o el celo que arde como brasas de fuego, el viejo enemigo de todo lo bueno ha intentado destruirla. La única razón por la que sobrevive en nosotros algo virtuoso o amable es esta: «el Señor está allí».
Si el Señor está con nosotros durante la vida, no necesitamos temer por nuestra confianza en la hora de la muerte; porque cuando lleguemos a morir, hallaremos que «el Señor está allí»; donde las olas son más tempestuosas y el agua más fría, sentiremos el fondo y sabremos que es bueno: nuestros pies estarán firmes sobre la Roca de los siglos cuando el tiempo esté pasando. Amados, desde el principio hasta el fin de la vida de un cristiano, la única razón por la que no perece es que «el Señor está allí». Cuando el Dios del amor eterno cambie y deje perecer a sus escogidos, entonces podrá ser destruida la iglesia de Dios; pero no antes, porque está escrito: Jehová-sama, «el Señor está allí».
18 de febrero
«Padre, he pecado». (Lucas 15:18)
Es del todo cierto que aquellos a quienes Cristo ha lavado en su preciosa sangre no necesitan confesar su pecado como reos o criminales ante Dios el Juez, porque Cristo ha quitado para siempre todos sus pecados en sentido legal, de modo que ya no están en posición de ser condenados, sino que han sido aceptados de una vez para siempre en el Amado; pero, habiendo llegado a ser hijos, y ofendiendo como hijos, ¿no deberían cada día presentarse ante su Padre celestial y confesar su pecado, y reconocer su iniquidad en ese carácter? La naturaleza enseña que es deber de los hijos que yerran confesarse ante su padre terrenal, y la gracia de Dios en el corazón nos enseña que nosotros, como cristianos, tenemos el mismo deber para con nuestro Padre celestial. Ofendemos cada día, y no deberíamos descansar sin perdón cada día. Porque, suponiendo que mis faltas contra mi Padre no se lleven en seguida a él para ser lavadas por el poder purificador del Señor Jesús, ¿cuál será la consecuencia? Si no he buscado el perdón ni he sido lavado de estas ofensas contra mi Padre, me sentiré lejos de él; dudaré de su amor por mí; temblaré ante él; tendré miedo de orarle: me volveré como el pródigo, que, aunque seguía siendo hijo, estaba sin embargo lejos de su padre. Pero si, con la tristeza de un hijo por haber ofendido a un Padre tan bondadoso y amoroso, voy a él y se lo cuento todo, y no descanso hasta comprender que estoy perdonado, entonces sentiré un santo amor por mi Padre, y recorreré mi carrera cristiana no solo como salvo, sino como quien disfruta de paz presente en Dios por medio de Jesucristo mi Señor. Hay una gran diferencia entre confesar el pecado como reo y confesar el pecado como hijo. El seno del Padre es el lugar de las confesiones penitentes. Hemos sido limpiados de una vez para siempre, pero nuestros pies todavía necesitan ser lavados de la contaminación de nuestro andar diario como hijos de Dios.
19 de febrero
«Este halló primero a su hermano Simón». (Juan 1:41)
Este caso es un modelo excelente de todos los casos en que la vida espiritual es vigorosa. En cuanto un hombre ha hallado a Cristo, comienza a hallar a otros. No creeré que has gustado la miel del evangelio si puedes comértela toda tú solo. La verdadera gracia pone fin a todo monopolio espiritual. Andrés halló primero a su hermano Simón, y después a otros. El parentesco tiene un derecho muy fuerte sobre nuestros primeros esfuerzos personales. Andrés, hiciste bien en comenzar por Simón. Me pregunto si no hay algunos cristianos que reparten folletos en casas ajenas y que harían bien en dar un folleto en la suya propia; si no hay algunos ocupados en obras útiles fuera que descuidan su esfera especial de utilidad en casa. Puede que seas llamado, o puede que no, a evangelizar a la gente de alguna localidad en particular, pero ciertamente eres llamado a velar por tus propios criados, tus propios parientes y conocidos. Que tu religión comience en casa. Muchos comerciantes exportan sus mejores mercancías; el cristiano no debe hacerlo. Toda su conducta, en todas partes, debería tener el mejor aroma; pero cuide de producir el fruto más dulce de vida espiritual y de testimonio en su propia familia. Cuando Andrés fue a buscar a su hermano, poco imaginaba cuán eminente llegaría a ser Simón. Simón Pedro valía por diez Andrés, hasta donde podemos deducir de la historia sagrada, y sin embargo Andrés fue el instrumento para traerlo a Jesús. Puede que tú mismo andes muy escaso de talento, y aun así puedes ser el medio de atraer a Cristo a alguien que llegue a ser eminente en gracia y en servicio. ¡Ah, querido amigo, poco sabes las posibilidades que hay en ti! Puede que solo digas una palabra a un niño, y en ese niño puede estar dormido un corazón noble que conmoverá a la iglesia cristiana en los años venideros. Andrés tiene solo dos talentos, pero halla a Pedro. Ve, y haz tú lo mismo.
20 de febrero
«Entonces Jesús fue llevado del Espíritu al desierto, para ser tentado del diablo». (Mateo 4:1)
Un carácter santo no evita la tentación: Jesús fue tentado. Cuando Satanás nos tienta a nosotros, sus chispas caen sobre yesca; pero en el caso de Cristo fue como hacer saltar chispas sobre el agua; y aun así el enemigo continuó su obra malvada. Ahora bien, si el diablo sigue golpeando cuando no hay resultado, ¡cuánto más lo hará cuando sabe de qué material inflamable están hechos nuestros corazones! Aunque llegues a estar muy santificado por el Espíritu Santo, espera que el gran perro del infierno siga ladrándote. En los lugares frecuentados por los hombres esperamos ser tentados, pero ni siquiera el retiro nos librará de la misma prueba. Jesucristo fue apartado de la sociedad humana al desierto, y fue tentado por el diablo. La soledad tiene sus encantos y sus beneficios, y puede servir para refrenar los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida; pero el diablo nos seguirá hasta los retiros más hermosos. No supongas que solo los de mente mundana tienen pensamientos espantosos y tentaciones blasfemas, porque aun las personas de mente espiritual sufren lo mismo; y en la posición más santa podemos padecer la tentación más oscura. La más completa consagración del espíritu no te asegurará contra la tentación satánica. Cristo estaba consagrado de pies a cabeza. Su comida y su bebida era hacer la voluntad del que lo envió; ¡y aun así fue tentado! Tu corazón puede arder con una llama seráfica de amor a Jesús, y aun así el diablo intentará arrastrarte a la tibieza de Laodicea. Si me dices cuándo permite Dios que un cristiano deje a un lado su armadura, te diré cuándo ha dejado Satanás de tentar. Como los antiguos caballeros en tiempo de guerra, debemos dormir con el yelmo y la coraza abrochados, porque el gran engañador aprovechará nuestra primera hora descuidada para hacernos su presa. Que el Señor nos mantenga vigilantes en todo tiempo y nos conceda escapar al fin de la quijada del león y de la garra del oso.
21 de febrero
«¿Entiendes lo que lees?». (Hechos 8:30)
Seríamos maestros más capaces para otros, y estaríamos menos expuestos a ser llevados por todo viento de doctrina, si procurásemos tener una comprensión más inteligente de la Palabra de Dios. Como el Espíritu Santo, el Autor de las Escrituras, es el único que puede iluminarnos para entenderlas debidamente, deberíamos pedir constantemente su enseñanza y que nos guíe a toda la verdad. Cuando el profeta Daniel quiso interpretar el sueño de Nabucodonosor, ¿qué hizo? Se dio a la oración ferviente para que Dios le abriera la visión. El apóstol Juan, en su visión en Patmos, vio un libro sellado con siete sellos, que nadie fue hallado digno de abrir, ni siquiera de mirar. Después el libro fue abierto por el León de la tribu de Judá, que había vencido para abrirlo; pero primero está escrito: «Y yo lloraba mucho». Las lágrimas de Juan, que eran sus oraciones líquidas, fueron, en lo que a él tocaba, las llaves sagradas con que se abrió el libro plegado. Por tanto, si, para provecho tuyo y de otros, deseas ser «lleno del conocimiento de la voluntad de Dios en toda sabiduría e inteligencia espiritual», recuerda que la oración es tu mejor medio de estudio: como Daniel, entenderás el sueño y su interpretación cuando hayas buscado a Dios; y como Juan, verás desatarse los siete sellos de la verdad preciosa después de haber llorado mucho. Las piedras no se rompen sino con un uso esforzado del martillo; y el picapedrero tiene que ponerse de rodillas. Usa el martillo de la diligencia, y que se ejercite la rodilla de la oración, y no habrá en la revelación doctrina pétrea que te convenga entender que no salte en añicos bajo el ejercicio de la oración y de la fe. Puedes abrirte paso a través de cualquier cosa con la palanca de la oración. Los pensamientos y razonamientos son como las cuñas de acero que dan asidero sobre la verdad; pero la oración es la palanca, el hierro que fuerza el cofre de hierro del misterio sagrado, para que obtengamos el tesoro escondido dentro.
22 de febrero
«El Señor es tardo para la ira, y grande en poder». (Nahúm 1:3)
Jehová «es tardo para la ira». Cuando la misericordia viene al mundo, conduce corceles alados; los ejes de las ruedas de su carro están al rojo vivo por la velocidad; pero cuando la ira sale, avanza fatigosamente con pasos tardíos, porque Dios no se complace en la muerte del pecador. La vara de misericordia de Dios está siempre extendida en sus manos; su espada de justicia está en la vaina, sujeta por aquella mano traspasada de amor que sangró por los pecados de los hombres. «El Señor es tardo para la ira», porque es grande en poder. Verdaderamente grande en poder es el que tiene poder sobre sí mismo. Cuando el poder de Dios se refrena a sí mismo, entonces es poder de verdad: el poder que ata a la omnipotencia es la omnipotencia superada. Un hombre de mente fuerte puede soportar largo tiempo que lo insulten, y solo se resiente del agravio cuando el sentido de lo justo exige que actúe. La mente débil se irrita por poca cosa; la mente fuerte lo soporta como una roca que no se mueve, aunque mil rompientes se estrellen contra ella y arrojen su lastimosa malicia en espuma sobre su cumbre. Dios observa a sus enemigos, y sin embargo no se mueve, sino que contiene su ira. Si fuera menos divino de lo que es, hace mucho que habría desatado todos sus truenos y vaciado los arsenales del cielo; hace mucho que habría abrasado la tierra con los fuegos prodigiosos de sus regiones inferiores, y el hombre habría sido destruido por completo; pero la grandeza de su poder nos trae misericordia. Querido lector, ¿cuál es tu estado esta noche? ¿Puedes, con fe humilde, mirar a Jesús y decir: «Sustituto mío, tú eres mi roca, mi confianza»? Entonces, amado, no tengas miedo del poder de Dios; porque, si por la fe has huido a Cristo en busca de refugio, el poder de Dios no tiene por qué aterrarte más de lo que el escudo y la espada del guerrero han de aterrar a los que él ama. Alégrate más bien de que el que es «grande en poder» sea tu Padre y tu Amigo.
23 de febrero
«Toma la cruz, y sígueme.» (Marcos 10:21)
No te corresponde a ti fabricar tu propia cruz, aunque la incredulidad sea un maestro carpintero en eso de hacer cruces; tampoco se te permite escoger tu propia cruz, aunque la voluntad propia quisiera ser dueña y señora; sino que tu cruz ha sido preparada y señalada para ti por el amor divino, y has de aceptarla con alegría; has de tomar la cruz como tu insignia y tu carga escogidas, y no quedarte poniéndole reparos. Esta noche Jesús te pide que sometas tu hombro a su yugo fácil. No lo patees con malhumor, ni lo pisotees con vanagloria, ni caigas bajo él desesperado, ni huyas de él con miedo, sino tómalo como un verdadero seguidor de Jesús. Jesús fue portador de una cruz; él va delante en la senda del dolor. ¡Ciertamente no podrías desear mejor guía! Y si él llevó una cruz, ¿qué carga más noble podrías desear? La Via Crucis es el camino seguro; no temas recorrer sus sendas espinosas.
Amado, la cruz no está hecha de plumas, ni forrada de terciopelo; es pesada y lacera los hombros desobedientes; pero no es una cruz de hierro, aunque tus temores la hayan pintado con colores de hierro: es una cruz de madera, y un hombre puede llevarla, porque el Varón de dolores probó la carga. Toma tu cruz, y por el poder del Espíritu de Dios pronto estarás tan enamorado de ella que, como Moisés, no cambiarías el vituperio de Cristo por todos los tesoros de Egipto. Recuerda que Jesús la llevó, y olerá dulcemente; recuerda que pronto le seguirá la corona, y el pensamiento del peso de gloria venidero aliviará en gran manera la pesadez presente de la aflicción. El Señor te ayude a inclinar tu espíritu en sumisión a la voluntad divina antes de dormirte esta noche, para que, al despertar con el sol de mañana, salgas a la cruz del día con el espíritu santo y sumiso que conviene a un seguidor del Crucificado.
24 de febrero
«Oh Señor de los ejércitos, ¿hasta cuándo no tendrás piedad de Jerusalén? ... Y el Señor respondió al ángel ... buenas palabras, palabras consoladoras.» (Zacarías 1:12,13)
¡Qué dulce respuesta a una pregunta ansiosa! Regocijémonos en ella esta noche. Oh Sión, hay bienes reservados para ti; tu tiempo de angustia pronto pasará; tus hijos serán dados a luz; tu cautiverio acabará. Soporta con paciencia la vara por un tiempo, y en medio de la oscuridad sigue confiando en Dios, porque su amor arde hacia ti. Dios ama a la iglesia con un amor demasiado profundo para la imaginación humana: la ama con todo su corazón infinito. Por tanto, cobren ánimo sus hijos; no puede estar lejos de la prosperidad aquella a quien Dios habla «buenas palabras, palabras consoladoras». Cuáles sean esas palabras consoladoras, el profeta pasa a decírnoslo: «Celé a Jerusalén y a Sión con gran celo». El Señor ama tanto a su iglesia que no puede soportar que ella se extravíe tras otros; y cuando lo ha hecho, no puede consentir que sufra demasiado o con demasiado rigor. No permitirá que sus enemigos la aflijan: está airado contra ellos porque aumentan su miseria. Cuando Dios más parece abandonar a su iglesia, su corazón está más tierno hacia ella. La historia muestra que, siempre que Dios usa una vara para castigar a sus siervos, después la quiebra, como si aborreciera la vara que hizo sufrir a sus hijos. «Como el padre se compadece de los hijos, se compadece el Señor de los que le temen.» Dios no nos ha olvidado porque nos hiere: sus golpes no son prueba de falta de amor. Si esto es cierto de su iglesia en conjunto, lo es también, por necesidad, de cada miembro en particular. Quizá temas que el Señor te ha pasado por alto, pero no es así: el que cuenta las estrellas y a todas llama por sus nombres no corre peligro de olvidar a sus propios hijos. Conoce tu caso tan a fondo como si fueras la única criatura que jamás hizo, o el único santo al que jamás amó. Acércate a él y ten paz.
25 de febrero
«Y Jonás se levantó para huir de la presencia del Señor a Tarsis, y descendió a Jope.» (Jonás 1:3)
En lugar de ir a Nínive a predicar la Palabra, como Dios le había mandado, a Jonás le desagradó la tarea, y descendió a Jope para escapar de ella. Hay ocasiones en que los siervos de Dios rehúyen el deber. Pero ¿cuál es la consecuencia? ¿Qué perdió Jonás con su conducta? Perdió la presencia y el gozo consolador del amor de Dios. Cuando servimos a nuestro Señor Jesús como deben hacerlo los creyentes, nuestro Dios está con nosotros; y aunque tengamos al mundo entero en contra, si tenemos a Dios con nosotros, ¿qué importa? Pero en el momento en que retrocedemos y buscamos nuestras propias invenciones, estamos en alta mar sin piloto. Entonces podremos lamentarnos amargamente y gemir: «Oh Dios mío, ¿adónde te has ido? ¿Cómo he podido ser tan necio que he rehuido tu servicio, y de este modo he perdido todos los resplandores de tu rostro? Es un precio demasiado alto. Déjame volver a mi lealtad, para que me goce en tu presencia». En segundo lugar, Jonás perdió toda paz interior. El pecado destruye pronto el consuelo del creyente. Es el venenoso árbol upas, de cuyas hojas destilan gotas mortales que destruyen la vida del gozo y la paz. Jonás perdió todo aquello a lo que, en cualquier otro caso, habría podido acudir en busca de consuelo. No podía alegar la promesa de la protección divina, porque no andaba en los caminos de Dios; no podía decir: «Señor, me encuentro con estas dificultades en el cumplimiento de mi deber; por tanto, ayúdame a superarlas». Estaba cosechando sus propias obras; estaba harto de sus propios caminos. Cristiano, no hagas el papel de Jonás, a menos que desees que todas las ondas y las olas pasen sobre tu cabeza. A la larga descubrirás que es mucho más duro rehuir la obra y la voluntad de Dios que rendirte a ellas en seguida. Jonás perdió su tiempo, porque al fin y al cabo tuvo que ir a Nínive. Duro es contender con Dios; rindámonos a él en seguida.
26 de febrero
«Y si la lepra hubiere cubierto toda su carne, dará por limpio al llagado.» (Levítico 13:13)
Bastante extraña parece esta disposición, y sin embargo había sabiduría en ella, porque el hecho de que la enfermedad brotara hacia fuera demostraba que la constitución estaba sana. Esta noche nos hará bien considerar la enseñanza figurada de una regla tan singular. También nosotros somos leprosos, y podemos leer la ley del leproso como aplicable a nosotros mismos. Cuando un hombre se ve a sí mismo enteramente perdido y arruinado, cubierto de arriba abajo por la inmundicia del pecado, sin parte alguna libre de contaminación; cuando renuncia a toda justicia propia y se declara culpable delante del Señor, entonces queda limpio por la sangre de Jesús y la gracia de Dios. La iniquidad escondida, no sentida, no confesada, es la verdadera lepra; pero cuando el pecado es visto y sentido, ha recibido su golpe de muerte, y el Señor mira con ojos de misericordia al alma afligida por él. Nada hay más mortífero que la justicia propia, ni más esperanzador que la contrición. Debemos confesar que no somos «nada más que pecado», porque ninguna confesión que se quede corta de esto será toda la verdad; y si el Espíritu Santo obra en nosotros, convenciéndonos de pecado, no habrá dificultad en hacer tal reconocimiento: brotará espontáneamente de nuestros labios. ¡Qué consuelo ofrece el texto a los pecadores verdaderamente despertados: la misma circunstancia que tan gravemente los desanimaba se convierte aquí en señal y síntoma de un estado esperanzador! El despojar viene antes que el vestir; cavar los cimientos es lo primero en la construcción; y un hondo sentido del pecado es una de las primeras obras de la gracia en el corazón. Oh tú, pobre pecador leproso, sin un solo punto sano, cobra ánimo con el texto y ven tal como eres a Jesús:
«Pues sean nuestras deudas las que sean, grandes o pequeñas,
tan pronto como nada tenemos para pagar, nuestro Señor nos lo perdona todo.
Solo la pobreza completa pone al alma en libertad:
mientras podamos llamar nuestra una sola blanca, no tenemos el finiquito pleno.»
27 de febrero
«Cuyas salidas son desde el principio, desde la eternidad» (Miqueas 5:2)
El Señor Jesús tuvo salidas en favor de su pueblo como su representante delante del trono, mucho antes de que ellos aparecieran en el escenario del tiempo. Fue «desde la eternidad» cuando firmó el pacto con su Padre, comprometiéndose a pagar sangre por sangre, sufrimiento por sufrimiento, agonía por agonía y muerte por muerte, a favor de su pueblo; fue «desde la eternidad» cuando se entregó a sí mismo sin una palabra de queja, para que desde la coronilla de la cabeza hasta la planta del pie sudara grandes gotas de sangre, para que fuera escupido, traspasado, escarnecido, desgarrado y aplastado bajo los dolores de la muerte. Sus salidas como nuestro Fiador fueron desde la eternidad. ¡Detente, alma mía, y maravíllate! Tú tienes salidas en la persona de Jesús «desde la eternidad». No fue solo cuando naciste al mundo cuando Cristo te amó, sino que sus delicias estaban con los hijos de los hombres antes de que hubiera hijos de los hombres. A menudo pensaba en ellos; desde la eternidad y hasta la eternidad había puesto en ellos su afecto. ¡Cómo, alma mía! ¿Ha estado tanto tiempo ocupado en tu salvación, y no la llevará a cabo? ¿Ha estado desde la eternidad saliendo a salvarme, y me perderá ahora? ¡Cómo! ¿Me ha llevado en su mano como su joya preciosa, y me dejará ahora escurrir de entre sus dedos? ¿Me escogió antes de que los montes fueran engendrados, o de que se cavaran los cauces del abismo, y me rechazará ahora? ¡Imposible! Estoy seguro de que no me habría amado tanto tiempo si no fuera un Amante inmutable. Si pudiera cansarse de mí, se habría hartado de mí mucho antes de ahora. Si no me hubiera amado con un amor tan profundo como el infierno y tan fuerte como la muerte, se habría apartado de mí hace mucho. ¡Oh gozo por encima de todo gozo, saber que soy su herencia eterna e inalienable, que su Padre le dio antes que la tierra existiera! El amor eterno será la almohada de mi cabeza esta noche.
28 de febrero
«La tinaja de la harina no escaseó, ni menguó la botija del aceite, conforme a la palabra del Señor que había dicho por Elías.» (1 Reyes 17:16)
Mira la fidelidad del amor divino. Observas que esta mujer tenía necesidades diarias. Tenía que alimentarse a sí misma y a su hijo en tiempo de hambre; y ahora, además, había que alimentar también al profeta Elías. Pero aunque la necesidad era triple, la provisión de harina no escaseó, porque ella tenía una provisión constante. Cada día acudía a la tinaja, y sin embargo cada día seguía igual. Tú, querido lector, tienes necesidades diarias, y porque se presentan con tanta frecuencia, eres propenso a temer que la tinaja de la harina se vaciará algún día y que la botija del aceite te fallará. Ten la seguridad de que, conforme a la Palabra de Dios, no será así. Cada día, aunque traiga su aflicción, traerá su ayuda; y aunque vivieras más años que Matusalén, y aunque tus necesidades fueran tantas como las arenas de la orilla del mar, la gracia y la misericordia de Dios bastarán para todas tus necesidades, y nunca conocerás verdadera escasez. Durante tres largos años, en los días de esta viuda, los cielos no vieron una nube, y las estrellas no lloraron ni una santa lágrima de rocío sobre la tierra impía: el hambre, la desolación y la muerte hicieron de la tierra un desierto aullador; pero esta mujer nunca pasó hambre, sino que estuvo siempre gozosa en la abundancia. Así será contigo. Verás perecer la esperanza del pecador, porque confía en su fuerza natural; verás tambalearse la confianza del orgulloso fariseo, porque edifica su esperanza sobre la arena; verás incluso tus propios planes arruinados y marchitos; pero tú mismo hallarás que tu lugar de refugio serán las fortalezas de rocas: «Se te dará tu pan, y tus aguas serán seguras». Más vale tener a Dios por guardián que al Banco de Inglaterra por posesión. Podrías gastar la riqueza de las Indias, pero las riquezas infinitas de Dios jamás podrás agotarlas.
29 de febrero
«Y nosotros hemos recibido ... el espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que Dios nos ha dado gratuitamente.» (1 Corintios 2:12)
Querido lector, ¿has recibido el espíritu que es de Dios, obrado por el Espíritu Santo en tu alma? La necesidad de la obra del Espíritu Santo en el corazón puede verse claramente por este hecho: que todo lo que ha hecho Dios el Padre, y Dios el Hijo, ha de ser ineficaz para nosotros, a menos que el Espíritu revele estas cosas a nuestras almas. ¿Qué efecto tiene la doctrina de la elección sobre hombre alguno hasta que el Espíritu de Dios entra en él? La elección es letra muerta en mi conciencia hasta que el Espíritu de Dios me llama de las tinieblas a su luz admirable. Entonces, por mi llamamiento, veo mi elección, y sabiéndome llamado por Dios, sé que he sido escogido en el propósito eterno. El Padre hizo un pacto con el Señor Jesucristo; pero ¿de qué nos sirve ese pacto hasta que el Espíritu Santo nos trae sus bendiciones y abre nuestro corazón para recibirlas? Allí cuelgan las bendiciones del clavo, Cristo Jesús; pero, siendo pequeños de estatura, no podemos alcanzarlas; el Espíritu de Dios las descuelga y nos las entrega, y así llegan a ser nuestras de verdad. Las bendiciones del pacto en sí mismas son como el maná en los cielos, muy lejos del alcance de los mortales; pero el Espíritu de Dios abre las ventanas del cielo y esparce el pan vivo alrededor del campamento del Israel espiritual. La obra consumada de Cristo es como vino guardado en el lagar; por la incredulidad no podemos ni sacarlo ni beberlo. El Espíritu Santo sumerge nuestra vasija en este vino precioso, y entonces bebemos; pero sin el Espíritu estamos tan verdaderamente muertos en el pecado como si el Padre nunca nos hubiera elegido, y como si el Hijo nunca nos hubiera comprado con su sangre. El Espíritu Santo es absolutamente necesario para nuestro bien. Andemos con amor hacia él y temblemos ante la idea de contristarlo.
Capítulo 2 completado
Febrero