Noche tras noche
Enero

Capítulo 1 · 55 min de lectura · 1 h 11 min de escucha

Enero

1 de enero

«Nos gozaremos y alegraremos en ti». (Cantares 1:4)

Nos gozaremos y alegraremos en ti. No abriremos las puertas del año al son lastimero de la trompeta, sino a los dulces acordes del arpa del gozo y a los címbalos resonantes de la alegría. «Venid, cantemos al Señor; aclamemos con júbilo a la roca de nuestra salvación». Nosotros, los llamados, elegidos y fieles, ahuyentaremos nuestras penas y alzaremos nuestras banderas de confianza en el nombre de Dios. Que otros se lamenten de sus aflicciones; nosotros, que tenemos el árbol que endulza para echarlo en las aguas amargas de Mara, engrandeceremos con gozo al Señor. Espíritu eterno, nuestro Consolador eficaz, nosotros, que somos los templos en que tú moras, jamás dejaremos de adorar y bendecir el nombre de Jesús. Nosotros lo haremos, estamos resueltos a ello: Jesús ha de tener la corona del deleite de nuestro corazón; no deshonraremos a nuestro Esposo guardando luto en su presencia. Estamos destinados a ser los cantores de los cielos; ensayemos, pues, nuestro himno eterno antes de entonarlo en los atrios de la Nueva Jerusalén. Nos gozaremos y alegraremos: dos palabras con un solo sentido, gozo doble, bienaventuranza sobre bienaventuranza. ¿Tiene que haber límite alguno a nuestro regocijo en el Señor aun ahora? ¿No hallan los hombres de gracia que su Señor es para ellos cipro y nardo, caña aromática y canela ya desde ahora? ¿Y qué fragancia mejor tendrán en el cielo mismo? Nos gozaremos y alegraremos en Ti. Esa última palabra es la carne del plato, la almendra de la nuez, el alma del texto. ¡Qué cielos están guardados en Jesús! ¡Qué ríos de dicha infinita tienen su fuente en él, sí, y cada gota de su plenitud! Puesto que tú, oh dulce Señor Jesús, eres la porción presente de tu pueblo, concédenos este año tal sentido de tu preciosidad que, desde su primer día hasta el último, nos gocemos y alegremos en ti. Que enero se abra con gozo en el Señor y diciembre se cierre con alegría en Jesús.

2 de enero

«Renueven sus fuerzas los pueblos». (Isaías 41:1)

Todas las cosas de la tierra necesitan ser renovadas. Ninguna cosa creada se sostiene por sí misma. «Tú renuevas la faz del año», decía el salmista. Aun los árboles, que no se desgastan con preocupaciones ni acortan su vida con trabajos, han de beber de la lluvia del cielo y chupar de los tesoros escondidos del suelo. Los cedros del Líbano, que Dios plantó, solo viven porque día tras día están llenos de savia recién sacada de la tierra. Tampoco puede sostenerse la vida del hombre sin una renovación que venga de Dios. Así como es necesario reparar el desgaste del cuerpo con la comida frecuente, también debemos reparar el desgaste del alma alimentándonos del Libro de Dios, o escuchando la Palabra predicada, o sentándonos a la mesa de las ordenanzas, que nutre el alma. ¡Cuán abatidas están nuestras gracias cuando se descuidan los medios! ¡Qué pobres famélicos son algunos santos que viven sin el uso diligente de la Palabra de Dios y de la oración en lo secreto! Si nuestra piedad puede vivir sin Dios, no es de creación divina; no es más que un sueño; porque si Dios la hubiera engendrado, esperaría en él como las flores esperan el rocío. Sin una restauración constante no estamos preparados para los asaltos incesantes del infierno, ni para las severas aflicciones que vienen del cielo, ni siquiera para las luchas de dentro. Cuando se desate el torbellino, ¡ay del árbol que no haya absorbido savia fresca y no se haya aferrado a la roca con muchas raíces entrelazadas! Cuando se levanten las tempestades, ¡ay de los marineros que no hayan reforzado su mástil, ni echado su ancla, ni buscado el puerto! Si dejamos que el bien se debilite, el mal ciertamente cobrará fuerza y luchará desesperadamente por dominarnos; y así, quizá, sobrevengan una desolación dolorosa y una deshonra lamentable. Acerquémonos al estrado de la misericordia divina con humilde súplica, y veremos el cumplimiento de la promesa: «Los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas».

3 de enero

«Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas». (Lucas 3:4)

La voz que clamaba en el desierto exigía un camino para el Señor, un camino preparado, y un camino preparado en el desierto. Quiero estar atento a la proclamación del Maestro y abrirle una calzada hacia mi corazón, levantada por operaciones de la gracia a través del desierto de mi naturaleza. Las cuatro indicaciones del texto deben recibir mi seria atención.

Todo valle ha de ser alzado. Hay que abandonar los pensamientos bajos y rastreros acerca de Dios; hay que quitar la duda y la desesperación; y hay que dejar la búsqueda de uno mismo y los deleites carnales. Por encima de estos valles profundos debe levantarse una gloriosa calzada de gracia.

Todo monte y collado será rebajado. La orgullosa suficiencia de la criatura y la jactanciosa justicia propia han de ser niveladas, para abrir una calzada al Rey de reyes. La comunión divina nunca se concede a pecadores altivos y soberbios. El Señor atiende al humilde y visita al de corazón contrito, pero los altivos le son abominación. Alma mía, suplica al Espíritu Santo que te ponga en orden en este aspecto.

Lo torcido será enderezado. Al corazón vacilante hay que trazarle un camino recto de decisión por Dios y por la santidad. Los hombres de doble ánimo son extraños para el Dios de verdad. Alma mía, cuida de ser en todo honesta y veraz, como a la vista del Dios que escudriña los corazones.

Lo áspero será allanado. Hay que quitar las piedras de tropiezo del pecado y arrancar los espinos y abrojos de la rebelión. Un visitante tan grande no debe encontrar caminos cenagosos y pedregales cuando viene a honrar con su compañía a sus favorecidos. ¡Oh, que esta noche el Señor halle en mi corazón una calzada preparada por su gracia, para que haga una marcha triunfal hasta los últimos confines de mi alma, desde el comienzo de este año hasta su final!

4 de enero

«José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no lo conocieron». (Génesis 42:8)

Esta mañana nuestros deseos se dirigieron a crecer en nuestro conocimiento del Señor Jesús; quizá convenga esta noche considerar un tema afín, a saber, el conocimiento que nuestro José celestial tiene de nosotros. Este fue perfecto, de la manera más bendita, mucho antes de que nosotros tuviéramos el más leve conocimiento de él. «Sus ojos vieron nuestro embrión, y en su libro estaban escritos todos nuestros miembros, cuando aún no existía ninguno de ellos». Antes de tener existencia en el mundo, teníamos existencia en su corazón. Cuando éramos sus enemigos, él nos conocía: nuestra miseria, nuestra locura y nuestra maldad. Cuando llorábamos amargamente en un arrepentimiento sin esperanza, y lo veíamos solo como juez y gobernante, él nos veía como sus hermanos muy amados, y sus entrañas se conmovían por nosotros. Nunca confundió a sus escogidos, sino que siempre los contempló como objetos de su afecto infinito. «Conoce el Señor a los que son suyos» es tan cierto de los pródigos que apacientan cerdos como de los hijos que se sientan a la mesa.

Pero, ¡ay!, nosotros no conocíamos a nuestro Hermano real, y de esa ignorancia brotó una multitud de pecados. Le negamos nuestro corazón y no le permitimos entrada en nuestro amor. Desconfiamos de él y no dimos crédito a sus palabras. Nos rebelamos contra él y no le rendimos un homenaje amoroso. El Sol de justicia brilló, y no pudimos verlo. El cielo bajó a la tierra, y la tierra no lo percibió. ¡Alabado sea Dios, aquellos días han quedado atrás para nosotros!; sin embargo, aun ahora es bien poco lo que sabemos de Jesús comparado con lo que él sabe de nosotros. Apenas hemos comenzado a estudiarlo, pero él nos conoce por completo. Es una circunstancia bendita que la ignorancia no esté de su lado, porque entonces nuestro caso sería desesperado. Él no nos dirá: «Nunca os conocí», sino que confesará nuestros nombres en el día de su aparición, y entretanto se manifestará a nosotros como no lo hace al mundo.

5 de enero

«Y vio Dios la luz». (Génesis 1:4)

Esta mañana notamos la bondad de la luz y cómo el Señor la separó de las tinieblas; ahora observamos la mirada especial que el Señor tenía para la luz. «Vio Dios la luz»: la miró con complacencia, la contempló con placer, vio que «era buena». Si el Señor te ha dado luz, querido lector, él mira esa luz con un interés particular; porque no solo le es querida como obra de sus manos, sino porque es semejante a él mismo, pues «él es luz». Es grato para el creyente saber que el ojo de Dios observa así con ternura la obra de gracia que él ha comenzado. Nunca pierde de vista el tesoro que ha puesto en nuestros vasos de barro. A veces nosotros no podemos ver la luz, pero Dios siempre la ve, y eso es mucho mejor que el que la veamos nosotros. Más vale que el juez vea mi inocencia que el que yo crea verla. Me es muy consolador saber que soy uno del pueblo de Dios; pero, lo sepa yo o no, si el Señor lo sabe, sigo estando a salvo. Este es el fundamento: «Conoce el Señor a los que son suyos». Puede que suspires y gimas a causa del pecado que mora en ti, y que te lamentes por tu oscuridad; sin embargo, el Señor ve «luz» en tu corazón, porque él la puso allí, y toda la nubosidad y la tristeza de tu alma no pueden ocultar tu luz de su ojo misericordioso. Puede que hayas caído muy bajo en el desaliento, y aun en la desesperación; pero si tu alma tiene algún anhelo de Cristo, y si buscas descansar en su obra consumada, Dios ve la «luz». No solo la ve, sino que también la preserva en ti. «Yo, el Señor, la guardo». Este es un pensamiento precioso para quienes, después de vigilarse y guardarse ansiosamente a sí mismos, sienten su propia incapacidad para hacerlo. La luz así preservada por su gracia, él la desarrollará un día hasta el esplendor del mediodía y la plenitud de la gloria. La luz interior es el alba del día eterno.

6 de enero

«Y la mano del Señor había estado sobre mí por la tarde». (Ezequiel 33:22)

Puede ser así por vía de juicio, y, si lo es, me toca considerar la razón de tal visitación, y oír la vara y a quien la establece. No soy el único que es disciplinado en la temporada de la noche; sométame, pues, alegremente a la aflicción y procure con cuidado sacar provecho de ella. Pero la mano del Señor también puede sentirse de otra manera, fortaleciendo el alma y elevando el espíritu hacia las cosas eternas. ¡Ojalá sienta yo en este sentido que el Señor trata conmigo! El sentido de la presencia divina y de su morada en nosotros lleva el alma hacia el cielo como sobre alas de águila. En tales momentos estamos llenos hasta el borde de gozo espiritual, y olvidamos los cuidados y las penas de la tierra; lo invisible está cerca, y lo visible pierde su poder sobre nosotros; el cuerpo, como siervo, espera al pie del monte, y el espíritu, como señor, adora en la cumbre en la presencia del Señor. ¡Ojalá se me conceda esta noche un tiempo santo de comunión divina! El Señor sabe que lo necesito muchísimo. Mis gracias languidecen, mis corrupciones se enfurecen, mi fe es débil, mi devoción es fría; todas estas son razones para que su mano sanadora se pose sobre mí. Su mano puede refrescar el ardor de mi frente encendida y calmar el tumulto de mi corazón palpitante. Aquella gloriosa diestra que modeló el mundo puede crear de nuevo mi mente; la mano incansable que sostiene las enormes columnas de la tierra puede sustentar mi espíritu; la mano amorosa que rodea a todos los santos puede abrigarme; y la mano poderosa que hace pedazos al enemigo puede sojuzgar mis pecados. ¿Por qué no habría de sentir esta noche esa mano tocándome? Ven, alma mía, dirígete a tu Dios con este argumento poderoso: que las manos de Jesús fueron traspasadas para tu redención; y ciertamente sentirás sobre ti esa misma mano que una vez tocó a Daniel y lo puso sobre sus rodillas para que viera visiones de Dios.

7 de enero

«Mi hermana, esposa mía». (Cantares 4:12)

Observa los dulces títulos con que el Salomón celestial, con intenso afecto, se dirige a su esposa, la iglesia. «Mi hermana, cercana a mí por lazos de naturaleza, partícipe de los mismos sentimientos. Esposa mía, la más cercana y la más querida, unida a mí por los más tiernos lazos del amor; mi dulce compañera, parte de mi propio ser. Mi hermana, por mi Encarnación, que me hace hueso de tus huesos y carne de tu carne; esposa mía, por los desposorios celestiales, en los que te he desposado conmigo en justicia. Mi hermana, a quien conocí desde antiguo y sobre quien velé desde su más tierna infancia; esposa mía, tomada de entre las hijas, abrazada por brazos de amor y prometida a mí para siempre. Mira cuán cierto es que nuestro Pariente real no se avergüenza de nosotros, pues se detiene con manifiesto deleite en este doble parentesco. Tenemos la palabra «mi» dos veces en nuestra versión, como si Cristo se recreara con arrobamiento en la posesión de su iglesia. «Sus delicias eran con los hijos de los hombres», porque aquellos hijos de los hombres eran sus propios escogidos. Él, el Pastor, buscó a las ovejas porque eran sus ovejas; ha venido «a buscar y a salvar lo que se había perdido», porque lo que se había perdido era suyo mucho antes de perderse para sí mismo o perderse para él. La iglesia es la porción exclusiva de su Señor; nadie más puede reclamar una parte en ella ni pretender compartir su amor. ¡Jesús, tu iglesia se deleita en que así sea! Que cada alma creyente beba consuelo de estos pozos. ¡Alma! Cristo está cerca de ti por lazos de parentesco; Cristo te es querido por los vínculos de la unión matrimonial, y tú le eres querida a él; he aquí que toma tus dos manos con las suyas, diciendo: «Mi hermana, esposa mía». Mira los dos sagrados asideros con los que tu Señor te sujeta tan doblemente que ni puede ni quiere soltarte jamás. No seas lento, oh amado, en corresponder a la santa llama de su amor.

8 de enero

«Mejores son tus amores que el vino». (Cantares 1:2)

Nada da al creyente tanto gozo como la comunión con Cristo. Él disfruta, como los demás, de las misericordias comunes de la vida; puede alegrarse tanto en los dones de Dios como en sus obras; pero en todas estas cosas por separado, sí, y en todas ellas sumadas, no halla un deleite tan sustancial como en la persona incomparable de su Señor Jesús. Tiene un vino que ninguna viña de la tierra produjo jamás; tiene un pan que todos los trigales de Egipto nunca podrían dar. ¿Dónde puede hallarse una dulzura como la que hemos gustado en comunión con nuestro Amado? A nuestro juicio, los gozos de la tierra son poco mejores que algarrobas para cerdos comparados con Jesús, el maná celestial. Preferiríamos tener un solo bocado del amor de Cristo y un sorbo de su comunión que un mundo entero lleno de deleites carnales. ¿Qué es la paja comparada con el trigo? ¿Qué es la piedra falsa reluciente comparada con el diamante verdadero? ¿Qué es un sueño comparado con la gloriosa realidad? ¿Qué es la alegría del tiempo, en su mejor atavío, comparada con nuestro Señor Jesús en su condición más despreciada? Si sabes algo de la vida interior, confesarás que nuestros gozos más altos, más puros y más duraderos han de ser el fruto del árbol de la vida que está en medio del paraíso de Dios. Ningún manantial da agua tan dulce como aquel pozo de Dios que fue cavado con la lanza del soldado. Toda dicha terrenal es de la tierra, terrenal; pero los consuelos de la presencia de Cristo son como él mismo: celestiales. Podemos repasar nuestra comunión con Jesús y no hallar en ella ningún pesar por vacío alguno; no hay heces en este vino, ni moscas muertas en este ungüento. El gozo del Señor es sólido y duradero. La vanidad no lo ha mirado, pero la discreción y la prudencia testifican que resiste la prueba de los años, y que en el tiempo y en la eternidad es digno de ser llamado «el único deleite verdadero». Para nutrir, consolar, alegrar y refrescar, ningún vino puede rivalizar con el amor de Jesús. Bebamos hasta saciarnos esta noche.

9 de enero

«Servid al Señor con alegría». (Salmo 100:2)

El deleite en el servicio divino es señal de aceptación. Los que sirven a Dios con semblante triste, porque hacen lo que les resulta desagradable, no le sirven en absoluto; le traen la forma del homenaje, pero falta la vida. Nuestro Dios no necesita esclavos que adornen su trono; él es el Señor del imperio del amor, y quiere que sus siervos vistan la librea del gozo. Los ángeles de Dios le sirven con cánticos, no con gemidos; una murmuración o un suspiro sería un motín en sus filas. La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, porque el Señor mira el corazón, y si ve que le servimos por fuerza y no porque lo amamos, rechazará nuestra ofrenda. El servicio unido a la alegría es servicio del corazón, y por tanto verdadero. Quítale al cristiano la buena voluntad gozosa, y habrás quitado la prueba de su sinceridad. Si a un hombre lo llevan a la batalla a la fuerza, no es un patriota; pero el que marcha a la refriega con ojos centelleantes y rostro radiante, cantando: «Dulce es morir por la patria», demuestra que su patriotismo es sincero. La alegría es el sostén de nuestra fuerza; en el gozo del Señor somos fuertes. Actúa como la que quita las dificultades. Es para nuestro servicio lo que el aceite para las ruedas de un vagón de ferrocarril. Sin aceite, el eje pronto se calienta y ocurren accidentes; y si no hay una santa alegría que engrase nuestras ruedas, nuestro espíritu quedará atascado por el cansancio. El hombre que es alegre en su servicio a Dios demuestra que la obediencia es su elemento; puede cantar:

«Hazme andar en tus mandatos,

que es un camino delicioso».

Lector, hagamos esta pregunta: ¿sirves tú al Señor con alegría? ¡Mostremos a la gente del mundo, que cree que nuestra religión es esclavitud, que para nosotros es un deleite y un gozo! Que nuestra alegría proclame que servimos a un buen Señor.

10 de enero

«En mi carne he de ver a Dios». (Job 19:26)

Fíjate en el objeto de la piadosa expectativa de Job: «He de ver a Dios». No dice: «Veré a los santos» —aunque sin duda eso será una felicidad indecible—, sino: «He de ver a Dios». No es: «Veré las puertas de perla, contemplaré los muros de jaspe, miraré las coronas de oro», sino: «He de ver a Dios». Esta es la suma y sustancia del cielo, esta es la gozosa esperanza de todos los creyentes. Su deleite es verlo ahora por la fe en las ordenanzas. Les encanta contemplarlo en la comunión y en la oración; pero allá en el cielo tendrán una visión abierta y sin nubes, y así, viéndolo «como él es», serán hechos completamente semejantes a él. Semejanza a Dios: ¿qué más podemos desear? Y la vista de Dios: ¿qué cosa mejor podemos anhelar? Algunos leen el pasaje: «Con todo, en mi carne veré a Dios», y hallan aquí una alusión a Cristo, como el «Verbo hecho carne», y a aquella gloriosa contemplación de él que será el esplendor de los últimos días. Sea así o no, es cierto que Cristo será el objeto de nuestra visión eterna; y nunca necesitaremos gozo alguno más allá del de verlo a él. No pienses que esta será una esfera estrecha para que la mente more en ella. Es solo una fuente de deleite, pero esa fuente es infinita. Todos sus atributos serán objeto de contemplación, y como él es infinito bajo cada aspecto, no hay temor de agotarlo. Sus obras, sus dones, su amor por nosotros y su gloria en todos sus propósitos y en todas sus acciones formarán un tema que será siempre nuevo. El patriarca esperaba esta visión de Dios como un goce personal. «Al cual veré por mí mismo, y mis ojos lo verán, y no otro». Forma ideas vívidas y reales de la dicha del cielo; piensa en lo que será para ti. «Tus ojos verán al Rey en su hermosura». Todo brillo terrenal se desvanece y se oscurece mientras lo miramos, pero aquí hay un brillo que nunca puede apagarse, una gloria que nunca puede marchitarse: «He de ver a Dios».

11 de enero

«Yo he rogado por ti». (Lucas 22:32)

¡Cuán alentador es el pensamiento de la intercesión incesante del Redentor por nosotros! Cuando oramos, él aboga por nosotros; y cuando no oramos, él defiende nuestra causa y con sus súplicas nos protege de peligros invisibles. Observa la palabra de consuelo dirigida a Pedro: «Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero»… ¿qué? «Pero ve y ora por ti mismo». Ese sería un buen consejo, pero no es eso lo que está escrito. Tampoco dice: «Pero yo te mantendré vigilante, y así serás preservado». Eso sería una gran bendición. No, sino: «Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Poco sabemos lo que debemos a las oraciones de nuestro Salvador. Cuando lleguemos a las cumbres del cielo y miremos atrás todo el camino por donde nos ha traído el Señor nuestro Dios, ¡cómo alabaremos a aquel que, ante el trono eterno, deshizo el daño que Satanás hacía en la tierra! ¡Cómo le daremos gracias porque nunca calló, sino que día y noche señaló las heridas de sus manos y llevó nuestros nombres sobre su pectoral! Aun antes de que Satanás comenzara a tentar, Jesús se le había adelantado y había presentado una súplica en el cielo. La misericordia corre más que la malicia. Observa: no dice: «Satanás os ha pedido». Él frena a Satanás aun en su mismo deseo, y lo corta de raíz. No dice: «Pero he deseado orar por ti». No, sino: «Yo he rogado por ti: ya lo he hecho; he ido al tribunal y he presentado una contrademanda aun antes de que se formule la acusación». ¡Oh Jesús, qué consuelo es que tú hayas defendido nuestra causa contra nuestros enemigos invisibles, que hayas contraminado sus minas y desenmascarado sus emboscadas! He aquí motivo de gozo, gratitud, esperanza y confianza.

12 de enero

«Todavía tengo razones en favor de Dios». (Job 36:2)

No debemos buscar publicidad para nuestra virtud ni notoriedad para nuestro celo; pero, al mismo tiempo, es pecado estar siempre procurando esconder lo que Dios nos ha dado para el bien de otros. El cristiano no ha de ser una aldea en un valle, sino «una ciudad asentada sobre un monte»; no ha de ser una lámpara debajo del almud, sino una lámpara sobre el candelero, que alumbra a todos. El retiro puede ser hermoso a su tiempo, y esconderse es sin duda modesto, pero esconder a Cristo en nosotros nunca puede justificarse, y retener la verdad que nos es preciosa es un pecado contra los demás y una ofensa contra Dios. Si eres de temperamento nervioso y de carácter retraído, cuida de no consentir demasiado esa inclinación temerosa, no sea que resultes inútil para la iglesia. Procura, en el nombre de aquel que no se avergonzó de ti, hacer un poco de violencia a tus sentimientos, y cuenta a otros lo que Cristo te ha contado a ti. Si no puedes hablar con voz de trompeta, usa el silbo apacible y delicado. Si el púlpito no ha de ser tu tribuna, si la imprenta no puede llevar tus palabras en sus alas, di al menos con Pedro y Juan: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy». Habla junto al pozo de Sicar con la mujer samaritana, si no puedes predicar un sermón en el monte; proclama las alabanzas de Jesús en la casa, si no en el templo; en el campo, si no en la bolsa de comercio; en medio de tu propia familia, si no puedes en medio de la gran familia de los hombres. Que de los manantiales escondidos de tu interior broten arroyuelos de testimonio que fluyan dulcemente y den de beber a todo el que pase. No escondas tu talento; negocia con él, y traerás buenos intereses a tu Señor y Maestro. Hablar por Dios será refrigerio para nosotros mismos, ánimo para los santos, provecho para los pecadores y honra para el Salvador. Los hijos mudos son una aflicción para sus padres. Señor, desata la lengua de todos tus hijos.

13 de enero

«E hizo flotar el hierro». (2 Reyes 6:6)

La cabeza del hacha parecía irremediablemente perdida, y como era prestada, la honra del grupo de los profetas corría peligro, y con ella el nombre de su Dios podía quedar comprometido. Contra toda expectativa, el hierro fue hecho subir desde el fondo del río y flotar; porque las cosas imposibles para los hombres son posibles para Dios. Conocí, hace apenas unos años, a un hombre en Cristo que fue llamado a emprender una obra que excedía con mucho sus fuerzas. Parecía tan difícil que la sola idea de intentarla rayaba en lo absurdo. Sin embargo, fue llamado a ella, y su fe se elevó a la altura de la ocasión; Dios honró su fe, le llegó una ayuda inesperada, y el hierro flotó. Otro de la familia del Señor estaba en graves apuros económicos; habría podido atender a todas las deudas, y a mucho más, si hubiera podido vender cierta parte de sus bienes, pero lo sorprendió una presión repentina; buscó amigos en vano, pero la fe lo llevó al Ayudador que nunca falla, y he aquí que el apuro se evitó, sus pasos fueron ensanchados, y el hierro flotó. Un tercero tenía que tratar con un caso doloroso de depravación. Había enseñado, reprendido, advertido, invitado e intercedido, pero todo en vano. El viejo Adán era demasiado fuerte para el joven Melanchthon; el espíritu obstinado no quería ceder. Entonces vino una agonía de oración, y al poco tiempo llegó del cielo una respuesta bendita. El corazón duro fue quebrantado; el hierro flotó.

Amado lector, ¿cuál es tu caso desesperado? ¿Qué asunto pesado tienes entre manos esta noche? Tráelo aquí. El Dios de los profetas vive, y vive para socorrer a sus santos. No permitirá que te falte ningún bien. ¡Cree tú en el Señor de los ejércitos! Acércate a él alegando el nombre de Jesús, y el hierro flotará; tú también verás el dedo de Dios obrando maravillas en favor de su pueblo. Conforme a tu fe te sea hecho, y una vez más el hierro flotará.

14 de enero

«Y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!». (Mateo 14:30)

Los tiempos de hundirse son tiempos de orar para los siervos del Señor. Pedro descuidó la oración al emprender su arriesgada travesía, pero cuando comenzó a hundirse, el peligro lo hizo suplicante, y su clamor, aunque tardío, no llegó demasiado tarde. En nuestras horas de dolor corporal y de angustia mental, nos vemos impulsados a la oración tan naturalmente como el barco náufrago es arrojado a la orilla por las olas. La zorra corre a su madriguera en busca de protección; el ave vuela al bosque en busca de refugio; y así también el creyente probado se apresura al propiciatorio en busca de seguridad. El gran puerto de refugio del cielo es la oración en todo tiempo; miles de embarcaciones azotadas por la tormenta han hallado allí abrigo, y en el momento en que se desata una tempestad, es sabio que pongamos rumbo hacia él a toda vela.

Las oraciones cortas son bastante largas. No había más que tres palabras en la petición que Pedro exclamó jadeando, pero bastaron para su propósito. Lo deseable no es la longitud, sino la fuerza. El sentido de necesidad es un poderoso maestro de brevedad. Si nuestras oraciones tuvieran menos plumas de cola de orgullo y más alas, serían mucho mejores. La palabrería es a la devoción lo que la paja al trigo. Las cosas preciosas caben en poco espacio, y todo lo que hay de verdadera oración en más de un largo discurso podría haberse dicho en una petición tan corta como la de Pedro.

Nuestros extremos son las oportunidades del Señor. En cuanto un vivo sentido del peligro nos arranca un clamor angustiado, el oído de Jesús lo oye, y en él el oído y el corazón van juntos, y la mano no tarda mucho. En el último momento apelamos a nuestro Maestro, pero su mano veloz compensa nuestras demoras con una acción instantánea y eficaz. ¿Estamos a punto de ser tragados por las aguas tempestuosas de la aflicción? Elevemos entonces nuestras almas a nuestro Salvador, y podemos estar seguros de que no permitirá que perezcamos. Cuando nosotros no podemos hacer nada, Jesús lo puede todo; pongamos de nuestro lado su poderosa ayuda, y todo irá bien.

15 de enero

«Mas yo me doy a la oración». (Salmo 109:4)

Lenguas mentirosas se afanaban contra la reputación de David, pero él no se defendió; llevó el caso a un tribunal más alto y abogó ante el gran Rey mismo. La oración es la manera más segura de responder a las palabras de odio. El salmista no oró con frialdad de corazón: se entregó a ese ejercicio, puso en él toda su alma y todo su corazón, tensando cada tendón y cada músculo, como hizo Jacob cuando luchaba con el ángel. Así, y solo así, prosperará cualquiera de nosotros ante el trono de la gracia. Así como una sombra no tiene poder porque no hay sustancia en ella, del mismo modo la súplica en la que el hombre mismo no está plenamente presente, con agonizante seriedad y deseo vehemente, es del todo ineficaz, porque le falta lo que le daría fuerza. «La oración ferviente», dice un antiguo teólogo, «como un cañón emplazado ante las puertas del cielo, hace que se abran de golpe». La falta común en la mayoría de nosotros es nuestra facilidad para ceder a las distracciones. Nuestros pensamientos vagan de aquí para allá, y avanzamos poco hacia el fin deseado. Como el mercurio, nuestra mente no se mantiene unida, sino que rueda hacia un lado y hacia otro. ¡Qué gran mal es este! Nos perjudica, y, lo que es peor, insulta a nuestro Dios. ¿Qué pensaríamos de un solicitante que, mientras tiene audiencia con un príncipe, se pusiera a jugar con una pluma o a cazar una mosca?

La expresión de nuestro texto indica continuidad y perseverancia. David no clamó una vez para luego volver a quedarse en silencio; su santo clamor continuó hasta que hizo descender la bendición. La oración no ha de ser para nosotros obra del azar, sino nuestra ocupación diaria, nuestro hábito y nuestra vocación. Así como los artistas se entregan a sus modelos y los poetas a sus estudios clásicos, así debemos nosotros consagrarnos a la oración. Debemos estar sumergidos en la oración como en nuestro elemento, y así orar sin cesar. Señor, enséñanos a orar de tal manera que prevalezcamos cada vez más en la súplica.

16 de enero

«Se quitará la vida al Mesías, mas no por sí». (Daniel 9:26)

Bendito sea su nombre, no había en él causa de muerte. Ni el pecado original ni el actual lo habían contaminado, y por tanto la muerte no tenía ningún derecho sobre él. Nadie habría podido quitarle la vida con justicia, porque a nadie había hecho mal, y nadie habría podido siquiera matarlo por la fuerza si a él no le hubiera placido entregarse a la muerte. Pero he aquí que uno peca y otro sufre. La justicia fue ofendida por nosotros, pero halló su satisfacción en él. Ríos de lágrimas, montañas de ofrendas, mares de sangre de becerros y colinas de incienso no habrían bastado para quitar el pecado; pero a Jesús se le quitó la vida por nosotros, y la causa de la ira fue quitada de una vez, porque el pecado fue quitado para siempre. ¡He aquí la sabiduría con que se ideó la sustitución, el camino seguro y rápido de la expiación! ¡He aquí la condescendencia que llevó al Mesías Príncipe a llevar una corona de espinas y a morir en la cruz! ¡He aquí el amor que movió al Redentor a dar su vida por sus enemigos!

Sin embargo, no basta con admirar el espectáculo del inocente que se desangra por los culpables; debemos asegurarnos de nuestra parte en ello. El objeto especial de la muerte del Mesías fue la salvación de su iglesia; ¿tenemos nosotros parte y suerte entre aquellos por quienes dio su vida en rescate? ¿Estuvo el Señor Jesús en nuestro lugar como nuestro representante? ¿Somos sanados por sus llagas? Sería verdaderamente terrible que nos quedáramos sin porción en su sacrificio; más nos valdría no haber nacido. Por solemne que sea la pregunta, es una circunstancia gozosa que pueda responderse con claridad y sin error. Para todos los que creen en él, el Señor Jesús es un Salvador presente, y sobre todos ellos ha sido rociada la sangre de la reconciliación. Que todos los que confían en el mérito de la muerte del Mesías se gocen cada vez que lo recuerdan, y que su santa gratitud los lleve a la más plena consagración a su causa.

17 de enero

«Y sucedió que, a la hora de la tarde, se levantó David de su cama y se paseaba por el terrado de la casa real». (2 Samuel 11:2)

A esa hora vio David a Betsabé. Nunca estamos fuera del alcance de la tentación. Tanto en casa como fuera de ella estamos expuestos a encontrar incitaciones al mal; la mañana se abre con peligro, y las sombras de la tarde nos encuentran todavía en riesgo. Bien guardados están aquellos a quienes Dios guarda, pero ¡ay de los que salen al mundo, o aun se atreven a andar por su propia casa, desarmados! Los que se creen seguros están más expuestos al peligro que nadie. El escudero del Pecado es la Confianza en uno mismo.

David debería haber estado ocupado en pelear las batallas del Señor; en lugar de eso, se quedó en Jerusalén y se entregó a un descanso regalado, pues se levantó de su cama al atardecer. La ociosidad y el lujo son los chacales del diablo, y le procuran abundante presa. En las aguas estancadas pululan criaturas dañinas, y la tierra descuidada pronto produce una espesa maraña de malas hierbas y zarzas. ¡Oh, que el amor de Jesús que nos constriñe nos mantenga activos y útiles! Cuando veo al rey de Israel dejar perezosamente su lecho al caer el día y caer en seguida en la tentación, quiero tomar la advertencia y poner una santa vigilancia de guardia a la puerta.

¿Es posible que el rey hubiera subido a su terrado para retirarse y dedicarse a la devoción? Si así fue, ¡qué advertencia se nos da para que no tengamos ningún lugar, por secreto que sea, como santuario libre del pecado! Mientras nuestro corazón se parezca tanto a una caja de yesca, y las chispas abunden tanto, necesitamos usar toda diligencia en todo lugar para impedir un incendio. Satanás puede trepar a los terrados y entrar en los aposentos; y aun si pudiéramos dejar fuera a ese inmundo enemigo, nuestras propias corrupciones bastan para causar nuestra ruina, a menos que la gracia lo impida. Lector, guárdate de las tentaciones de la tarde. No te creas seguro. El sol se ha puesto, pero el pecado se ha levantado. Necesitamos un centinela para la noche tanto como un guardián para el día. Oh bendito Espíritu, guárdanos de todo mal esta noche. Amén.

18 de enero

«Les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían». (Lucas 24:27)

Los dos discípulos que iban camino de Emaús hicieron un viaje de lo más provechoso. Su compañero y maestro era el mejor de los preceptores; un intérprete entre mil, en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento. El Señor Jesús condescendió a hacerse predicador del evangelio, y no se avergonzó de ejercer su oficio ante un auditorio de dos personas; tampoco rehúsa ahora hacerse maestro aun de uno solo. Busquemos la compañía de un Instructor tan excelente, porque hasta que él nos sea hecho sabiduría, nunca seremos sabios para la salvación.

Este preceptor sin rival usó como libro de texto el mejor de los libros. Aunque podía revelar verdades nuevas, prefirió exponer las antiguas. Sabía por su omnisciencia cuál era la manera más instructiva de enseñar, y al dirigirse en seguida a Moisés y a los profetas, nos mostró que el camino más seguro hacia la sabiduría no es la especulación, ni el razonamiento, ni la lectura de libros humanos, sino la meditación en la Palabra de Dios. La manera más rápida de hacerse espiritualmente rico en conocimiento celestial es cavar en esta mina de diamantes, recoger perlas de este mar celestial. Cuando Jesús mismo quiso enriquecer a otros, trabajó en la cantera de la Sagrada Escritura.

Aquella pareja favorecida fue llevada a considerar el mejor de los temas, porque Jesús habló de Jesús y expuso lo que de él decían las Escrituras. Aquí el diamante tallaba al diamante, y ¿qué podría ser más admirable? El Señor de la casa abrió sus propias puertas, condujo a los huéspedes a su mesa y puso sobre ella sus propios manjares. El que escondió el tesoro en el campo guio él mismo a los buscadores hasta él. Nuestro Señor naturalmente disertaría sobre el más dulce de los temas, y no podía hallar ninguno más dulce que su propia persona y su obra: con la mira puesta en ellas deberíamos escudriñar siempre la Palabra. ¡Oh, quién tuviera gracia para estudiar la Biblia con Jesús como nuestro maestro y a la vez nuestra lección!

19 de enero

«Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras». (Lucas 24:45)

Aquel a quien contemplamos anoche abriendo las Escrituras, lo vemos aquí abriendo el entendimiento. En la primera obra tiene muchos colaboradores, pero en la segunda está solo; muchos pueden traer las Escrituras a la mente, pero solo el Señor puede preparar la mente para recibir las Escrituras. Nuestro Señor Jesús es distinto de todos los demás maestros; ellos llegan al oído, pero él instruye el corazón; ellos tratan con la letra exterior, pero él imparte un gusto interior por la verdad, por el cual percibimos su sabor y su espíritu. Los hombres más indoctos se convierten en sabios consumados en la escuela de la gracia cuando el Señor Jesús, por su Espíritu Santo, les despliega los misterios del reino y les concede la unción divina por la cual son capacitados para contemplar lo invisible. ¡Dichosos nosotros si el Maestro ha aclarado y fortalecido nuestro entendimiento! ¡Cuántos hombres de profunda erudición ignoran las cosas eternas! Conocen la letra de la revelación, que mata, pero no pueden discernir su espíritu, que vivifica; tienen sobre el corazón un velo que los ojos de la razón carnal no pueden penetrar. Tal era nuestro caso hace poco tiempo; nosotros, que ahora vemos, estábamos antes completamente ciegos; la verdad era para nosotros como la belleza en la oscuridad, algo inadvertido y descuidado. De no haber sido por el amor de Jesús, habríamos permanecido hasta este momento en completa ignorancia, porque sin que él abriera misericordiosamente nuestro entendimiento, no habríamos podido alcanzar el conocimiento espiritual más de lo que un niño de pecho puede escalar las pirámides o un avestruz volar hasta las estrellas. El Colegio de Jesús es el único en el que la verdad de Dios puede aprenderse de veras; otras escuelas pueden enseñarnos lo que hay que creer, pero solo la de Cristo puede mostrarnos cómo creerlo. Sentémonos a los pies de Jesús, y por medio de la oración ferviente pidamos su bendita ayuda para que nuestro torpe ingenio se avive y nuestro débil entendimiento reciba las cosas celestiales.

20 de enero

«Aparta mis ojos, que no vean la vanidad; avívame en tu camino». (Salmo 119:37)

Hay diversas clases de vanidad. El gorro de cascabeles del bufón, la alegría del mundo, la danza, la lira y la copa del disoluto: todos saben que estas cosas son vanidades; llevan en la frente su propio nombre y título. Mucho más traicioneras son aquellas cosas igualmente vanas, los afanes de este mundo y el engaño de las riquezas. Un hombre puede ir tras la vanidad tan verdaderamente en la oficina de contabilidad como en el teatro. Si pasa su vida amontonando riquezas, pasa sus días como una sombra vana. A menos que sigamos a Cristo y hagamos de nuestro Dios el gran objeto de la vida, solo nos diferenciamos en apariencia de los más frívolos. Está claro que hay mucha necesidad de la primera petición de nuestro texto.

«Avívame en tu camino». El salmista confiesa que está torpe, pesado, como un terrón, casi muerto. Quizá, querido lector, tú te sientas igual. Somos tan perezosos que los mejores motivos no pueden avivarnos sin el Señor mismo. ¡Qué! ¿No me avivará el infierno? ¿Pensaré en los pecadores que perecen y aun así no despertaré? ¿No me avivará el cielo? ¿Puedo pensar en la recompensa que aguarda a los justos y seguir frío? ¿No me avivará la muerte? ¿Puedo pensar en morir y comparecer ante mi Dios, y seguir siendo perezoso en el servicio de mi Señor? ¿No me constreñirá el amor de Cristo? ¿Puedo pensar en sus amadas heridas, puedo sentarme al pie de su cruz, y no ser movido a fervor y celo? ¡Parece que sí! Ninguna mera consideración puede avivarnos al celo; Dios mismo tiene que hacerlo, y de ahí el clamor: «Avívame tú». El salmista derrama toda su alma en súplicas vehementes: su cuerpo y su alma se unen en la oración. «Aparta mis ojos», dice el cuerpo; «avívame tú», clama el alma. Esta es una oración adecuada para cada día. Oh Señor, escúchala en mi caso esta noche.

21 de enero

«Y teniendo gran sed, clamó luego al Señor, y dijo: Tú has dado esta gran salvación por mano de tu siervo; ¿y moriré yo ahora de sed?». (Jueces 15:18)

Sansón tenía sed y estaba a punto de morir. La dificultad era totalmente distinta de cualquiera que el héroe hubiera encontrado antes. ¡Calmar simplemente la sed no es, ni de lejos, un asunto tan grande como ser librado de mil filisteos! Pero cuando la sed lo acosaba, Sansón sintió aquella pequeña dificultad presente más pesada que la gran dificultad pasada de la que había sido librado de manera tan especial. Es muy común en el pueblo de Dios que, después de haber disfrutado de una gran liberación, una pequeña aflicción le resulte demasiado. ¡Sansón mata a mil filisteos y los amontona en pilas, y luego desfallece por un poco de agua! ¡Jacob lucha con Dios en Peniel y vence a la Omnipotencia misma, y luego anda «cojeando de su muslo»! Es extraño que haya de encogerse el tendón cada vez que ganamos la batalla. Es como si el Señor tuviera que enseñarnos nuestra pequeñez, nuestra nada, para mantenernos dentro de los límites. Sansón se jactó bien alto cuando dijo: «He matado a mil hombres». Su garganta jactanciosa pronto se puso ronca de sed, y se volvió a la oración. Dios tiene muchas maneras de humillar a su pueblo. Querido hijo de Dios, si después de una gran misericordia te ves muy abatido, tu caso no es nada extraño. Cuando David hubo subido al trono de Israel, dijo: «Yo soy débil hoy, aunque ungido rey». Debes esperar sentirte más débil cuando disfrutas de tu mayor triunfo. Si Dios ha obrado en tu favor grandes liberaciones en el pasado, tu dificultad presente es solo como la sed de Sansón, y el Señor no te dejará desfallecer, ni permitirá que la hija de los incircuncisos triunfe sobre ti. El camino del dolor es el camino al cielo, pero hay pozos de agua refrescante a lo largo de toda la ruta. Así pues, hermano probado, anima tu corazón con las palabras de Sansón, y ten por seguro que Dios te librará dentro de poco.

22 de enero

«¿Acaso teme Job a Dios de balde?». (Job 1:9)

Esta fue la pregunta malvada de Satanás acerca de aquel hombre recto de antaño, pero hay muchos hoy en día respecto de quienes podría hacerse con justicia, porque aman a Dios a su manera porque él los prospera; pero si las cosas les fueran mal, abandonarían toda su jactanciosa fe en Dios. Si pueden ver claramente que, desde el tiempo de su supuesta conversión, el mundo les ha ido prósperamente, entonces amarán a Dios a su pobre manera carnal; pero si sufren adversidad, se rebelan contra el Señor. Su amor es amor a la mesa, no al anfitrión; amor a la despensa, no al señor de la casa. En cuanto al verdadero cristiano, espera tener su recompensa en la vida venidera y sufrir penalidades en esta. La promesa del antiguo pacto era la prosperidad, pero la promesa del nuevo pacto es la adversidad. Recuerda las palabras de Cristo: «Todo pámpano que en mí no lleva fruto»… ¿qué? «Lo limpia, para que lleve fruto». Si llevas fruto, tendrás que soportar la aflicción. «¡Ay!», dices, «esa es una perspectiva terrible». Pero esta aflicción produce resultados tan preciosos que el cristiano que la sufre debe aprender a gloriarse en las tribulaciones, porque así como abundan sus tribulaciones, así abundan sus consolaciones por Cristo Jesús. Ten por seguro que, si eres hijo de Dios, no serás un extraño para la vara. Tarde o temprano, toda barra de oro tiene que pasar por el fuego. No temas; más bien alégrate de que te esperen tiempos tan fructíferos, porque en ellos serás destetado de la tierra y hecho apto para el cielo; serás librado de aferrarte a lo presente, y se te hará anhelar aquellas cosas eternas que tan pronto te serán reveladas. Cuando sientas que, en cuanto a lo presente, sirves a Dios de balde, entonces te gozarás en la recompensa infinita del porvenir.

23 de enero

«Nos acordaremos de tus amores más que del vino». (Cantares 1:4)

Jesús no dejará que su pueblo olvide su amor. Si todo el amor que han disfrutado llegara a olvidarse, él los visitará con amor nuevo. «¿Olvidas mi cruz?», dice. «Yo haré que la recuerdes; porque en mi mesa me manifestaré de nuevo a ti. ¿Olvidas lo que hice por ti en la cámara del consejo de la eternidad? Te lo recordaré, porque necesitarás un consejero, y me hallarás dispuesto a tu llamado». Las madres no dejan que sus hijos las olviden. Si el muchacho se ha ido a Australia y no escribe a casa, su madre le escribe: «¿Se ha olvidado Juan de su madre?». Entonces llega de vuelta una dulce carta que prueba que el suave recordatorio no fue en vano. Así sucede con Jesús: él nos dice: «Acordaos de mí», y nuestra respuesta es: «Nos acordaremos de tus amores». Nos acordaremos de tu amor y de su historia incomparable. Es antiguo como la gloria que tenías con el Padre antes que el mundo fuese. Recordamos, oh Jesús, tu amor eterno cuando te hiciste nuestro Fiador y nos desposaste como tu prometida. Recordamos el amor que sugirió el sacrificio de ti mismo, el amor que, hasta el cumplimiento del tiempo, meditó en aquel sacrificio y anheló la hora de la cual en el rollo del libro estaba escrito de ti: «He aquí, vengo». Recordamos tu amor, oh Jesús, tal como se nos manifestó en tu santa vida, desde el pesebre de Belén hasta el huerto de Getsemaní. Te seguimos desde la cuna hasta el sepulcro —porque cada palabra y cada obra tuya fue amor— y nos gozamos en tu amor, que la muerte no agotó; tu amor, que brilló resplandeciente en tu resurrección. Recordamos ese fuego ardiente de amor que nunca te dejará callar hasta que tus escogidos estén todos a salvo en casa, hasta que Sion sea glorificada y Jerusalén quede asentada sobre sus eternos cimientos de luz y amor en el cielo.

24 de enero

«Marta se preocupaba con muchos quehaceres». (Lucas 10:40)

Su falta no fue que sirviera: la condición de siervo sienta bien a todo cristiano. «Sirvo» debería ser el lema de todos los príncipes de la familia real del cielo. Tampoco fue su falta tener «muchos quehaceres». No podemos hacer demasiado. Hagamos todo lo que nos sea posible; que la cabeza, el corazón y las manos estén ocupados en el servicio del Maestro. No fue falta suya estar atareada preparando un banquete para el Maestro. ¡Dichosa Marta, que tuvo ocasión de agasajar a un huésped tan bendito; y dichosa también por tener el ánimo de entregar su alma entera tan de corazón a la tarea! Su falta fue que llegó a estar «preocupada con muchos quehaceres», de modo que se olvidó de él y solo se acordó del servicio. Permitió que el servicio se impusiera a la comunión, y así presentó un deber manchado con la sangre de otro. Deberíamos ser Marta y María en una sola persona: hacer mucho servicio y tener mucha comunión al mismo tiempo. Para esto necesitamos mucha gracia. Es más fácil servir que tener comunión. Josué nunca se cansó de pelear contra los amalecitas; pero Moisés, en la cumbre del monte en oración, necesitó dos ayudantes que le sostuvieran las manos. Cuanto más espiritual es el ejercicio, antes nos cansamos de él. Los frutos más selectos son los más difíciles de criar; las gracias más celestiales son las más difíciles de cultivar. Amados, aunque no descuidemos las cosas externas, que en sí mismas son bastante buenas, debemos procurar también disfrutar de una comunión viva y personal con Jesús. Procurad que no se descuide el sentarse a los pies del Salvador, aunque sea bajo el pretexto engañoso de servirle. Lo primero para la salud de nuestra alma, lo primero para su gloria y lo primero para nuestra propia utilidad es mantenernos en comunión perpetua con el Señor Jesús, y cuidar de que la espiritualidad vital de nuestra religión se conserve por encima de todas las demás cosas del mundo.

25 de enero

«¿Luego invalidamos la ley por la fe? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley». (Romanos 3:31)

Cuando el creyente es adoptado en la familia del Señor, su relación con el viejo Adán y con la ley cesa de inmediato; pero entonces queda bajo una nueva norma y un nuevo pacto. Creyente, tú eres hijo de Dios; tu primer deber es obedecer a tu Padre celestial. Nada tienes que ver con un espíritu servil: no eres esclavo, sino hijo; y ahora, puesto que eres un hijo amado, estás obligado a obedecer el más leve deseo de tu Padre, la menor insinuación de su voluntad. ¿Te manda cumplir una ordenanza sagrada? Por tu cuenta y riesgo la descuidas, porque estarás desobedeciendo a tu Padre. ¿Te ordena buscar la imagen de Jesús? ¿No es tu gozo hacerlo? ¿Te dice Jesús: «Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto»? Entonces, no porque la ley lo mande, sino porque tu Salvador lo ordena, te esforzarás por ser perfecto en santidad. ¿Manda a sus santos que se amen unos a otros? Hazlo, no porque la ley diga: «Amarás a tu prójimo», sino porque Jesús dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos»; y este es el mandamiento que os ha dado: «que os améis unos a otros». ¿Se te dice que repartas a los pobres? Hazlo, no porque la caridad sea una carga que no te atreves a eludir, sino porque Jesús enseña: «Al que te pida, dale». ¿Dice la Palabra: «Amarás a Dios con todo tu corazón»? Mira el mandamiento y respóndele: «¡Ah, mandamiento, Cristo ya te ha cumplido! No tengo, pues, necesidad de cumplirte para mi salvación, pero me gozo en rendirte obediencia porque Dios es ahora mi Padre y tiene sobre mí un derecho que yo no quisiera discutir». Que el Espíritu Santo haga tu corazón obediente al poder constrictor del amor de Cristo, para que tu oración sea: «Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella me deleito». La gracia es la madre y nodriza de la santidad, y no la abogada del pecado.

26 de enero

«Y todos los que lo oyeron se maravillaron de lo que se les decía». (Lucas 2:18)

No debemos dejar de maravillarnos de los grandes prodigios de nuestro Dios. Sería muy difícil trazar una línea entre la santa admiración y la verdadera adoración; porque cuando el alma queda abrumada por la majestad de la gloria de Dios, aunque no se exprese en un cántico, ni siquiera alce la voz con la cabeza inclinada en humilde oración, sin embargo adora en silencio. Nuestro Dios encarnado ha de ser adorado como «el Admirable». ¡Que Dios tomara en cuenta a su criatura caída, el hombre, y en lugar de barrerlo con la escoba de la destrucción, se encargara él mismo de ser el Redentor del hombre y de pagar el precio de su rescate, es verdaderamente maravilloso! Pero para cada creyente la redención es maravillosísima cuando la considera en relación consigo mismo. Es en verdad un milagro de la gracia que Jesús dejara los tronos y las majestades de lo alto para sufrir ignominiosamente aquí abajo por ti. Deja que tu alma se pierda en la admiración, porque la admiración es, de este modo, una emoción muy práctica. La santa admiración te llevará a la adoración agradecida y a la acción de gracias sincera. Producirá en ti una vigilancia piadosa; temerás pecar contra un amor como este. Sintiendo la presencia del Dios poderoso en el don de su Hijo amado, te quitarás el calzado de los pies, porque el lugar en que estás es tierra santa. Al mismo tiempo serás movido a una esperanza gloriosa. Si Jesús ha hecho cosas tan maravillosas a tu favor, sentirás que ni el cielo mismo es demasiado grande para tu expectativa. ¿Quién puede asombrarse de algo después de haberse asombrado una vez ante el pesebre y la cruz? ¿Qué queda de maravilloso después de haber visto al Salvador? Querido lector, puede que, por la quietud y la soledad de tu vida, apenas puedas imitar a los pastores de Belén, que contaron lo que habían visto y oído; pero puedes, al menos, completar el círculo de los adoradores ante el trono, maravillándote de lo que Dios ha hecho.

27 de enero

«Pero María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». (Lucas 2:19)

Hubo un ejercicio, por parte de esta mujer bendita, de tres facultades de su ser: su memoria —guardaba todas estas cosas—; sus afectos —las guardaba en su corazón—; su intelecto —las meditaba—; de modo que la memoria, el afecto y el entendimiento se ejercitaban todos en las cosas que había oído. Amado, recuerda lo que has oído de tu Señor Jesús y lo que él ha hecho por ti; haz de tu corazón la urna de oro del maná para conservar el memorial del pan celestial con que te has alimentado en días pasados. Que tu memoria atesore todo lo de Cristo que hayas sentido, o conocido, o creído, y luego que tus tiernos afectos lo retengan a él firmemente para siempre. ¡Ama la persona de tu Señor! Saca el vaso de alabastro de tu corazón, aunque esté quebrado, y deja que todo el precioso ungüento de tu afecto se derrame sobre sus pies traspasados. Que tu intelecto se ejercite acerca del Señor Jesús. Medita en lo que lees: no te detengas en la superficie; sumérgete en las profundidades. No seas como la golondrina que roza el arroyo con el ala, sino como el pez que penetra hasta la ola más profunda. Permanece con tu Señor: que no sea para ti como un caminante que se detiene a pasar la noche, sino oblígalo, diciendo: «Quédate con nosotros, porque el día ya ha declinado». Agárralo y no lo dejes ir. La palabra «meditar» significa aquí pesar. Prepara las balanzas del juicio. ¡Ah, pero dónde están las balanzas que puedan pesar al Señor Cristo! «Él levanta las islas como cosa pequeñísima»: ¿quién lo levantará a él? «Él pesa los montes con balanza»: ¿en qué balanza lo pesaremos a él? Sea así: si tu entendimiento no puede comprender, que tus afectos abracen; y si tu espíritu no puede abarcar al Señor Jesús con el puño del entendimiento, que lo estreche en los brazos del afecto.

28 de enero

«Y volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho». (Lucas 2:20)

¿Cuál fue el tema de su alabanza? Alabaron a Dios por lo que habían oído: por las buenas nuevas de gran gozo de que les había nacido un Salvador. Imitémoslos; elevemos también nosotros un cántico de acción de gracias porque hemos oído de Jesús y de su salvación. También alabaron a Dios por lo que habían visto. Ahí está la música más dulce: lo que hemos experimentado, lo que hemos sentido dentro, lo que hemos hecho nuestro: «lo que hemos compuesto acerca del Rey». No basta con oír de Jesús: el mero oír puede afinar el arpa, pero los dedos de la fe viva han de crear la música. Si has visto a Jesús con la vista de la fe, que Dios concede, no permitas que se queden telarañas entre las cuerdas del arpa; antes bien, despierta tu salterio y tu arpa para alabar en alta voz la gracia soberana. Uno de los motivos por los que alabaron a Dios fue la concordancia entre lo que habían oído y lo que habían visto. Observa la última frase: «Como se les había dicho». ¿No has hallado que el evangelio es en ti mismo exactamente lo que la Biblia dijo que sería? Jesús dijo que te daría descanso: ¿no has disfrutado en él de la paz más dulce? Dijo que tendrías gozo, consuelo y vida por creer en él: ¿no has recibido todo esto? ¿No son sus caminos caminos deleitosos, y todas sus veredas paz? Ciertamente puedes decir con la reina de Sabá: «Ni aun la mitad se me había dicho». He hallado a Cristo más dulce de lo que sus siervos jamás dijeron que era. Miré su retrato tal como ellos lo pintaron, pero era un mero borrón comparado con él mismo; porque el Rey en su hermosura supera en brillo toda belleza imaginable. Ciertamente lo que hemos «visto» va a la par de lo que hemos «oído», y aun lo supera con mucho. Glorifiquemos, pues, y alabemos a Dios por un Salvador tan precioso y que tanto satisface.

29 de enero

«Y la paloma volvió a él a la hora de la tarde». (Génesis 8:11)

Bendito sea el Señor por otro día de misericordia, aunque ahora estoy cansado de sus trabajos. Al que guarda a los hombres elevo mi cántico de gratitud. La paloma no halló descanso fuera del arca, y por eso volvió a ella; y mi alma ha aprendido hoy más plenamente que nunca que no hay satisfacción que hallar en las cosas terrenales: solo Dios puede dar descanso a mi espíritu. En cuanto a mis negocios, mis posesiones, mi familia, mis logros, todos están bien a su manera, pero no pueden satisfacer los deseos de mi naturaleza inmortal. «Vuelve, oh alma mía, a tu reposo, porque el Señor te ha hecho bien». Fue en la hora tranquila, cuando las puertas del día se cerraban, cuando la paloma, con el ala cansada, volvió a su dueño: oh Señor, capacítame esta noche para volver así a Jesús. Ella no pudo soportar pasar una noche revoloteando sobre la inquieta inmensidad de las aguas, y tampoco yo puedo soportar estar ni una hora más lejos de Jesús, el descanso de mi corazón, el hogar de mi espíritu. No se posó simplemente sobre el techo del arca, sino que «volvió a él»; así también mi espíritu anhelante quisiera asomarse al secreto del Señor, penetrar hasta el interior de la verdad, entrar en lo que está detrás del velo y llegar de veras hasta mi Amado. A Jesús he de venir: mi espíritu jadeante no puede detenerse en nada que no sea el trato más íntimo y más querido con él. Bendito Señor Jesús, quédate conmigo, revélate y permanece conmigo toda la noche, para que al despertar esté todavía contigo. Noto que la paloma trajo en el pico una rama de olivo arrancada, memorial del día pasado y profecía del porvenir. ¿No tengo yo ningún registro agradable que traer a casa? ¿Ninguna prenda y arras de la misericordia que aún ha de venir? Sí, Señor mío, te presento mi agradecido reconocimiento por tiernas misericordias que han sido nuevas cada mañana y frescas cada noche; y ahora, te ruego, extiende tu mano y toma a tu paloma en tu seno.

30 de enero

«En quien asimismo obtuvimos herencia». (Efesios 1:11)

Cuando Jesús se dio a sí mismo por nosotros, nos dio todos los derechos y privilegios que iban unidos a él; de modo que ahora, aunque como Dios eterno tiene derechos esenciales a los que ninguna criatura puede atreverse a aspirar, sin embargo, como Jesús, el Mediador, la cabeza federal del pacto de gracia, no tiene herencia aparte de nosotros. Todas las gloriosas consecuencias de su obediencia hasta la muerte son riquezas comunes de todos los que están en él, y en cuyo favor él cumplió la voluntad divina. Mira: él entra en la gloria, pero no para sí solo, porque está escrito: «Donde Jesús entró por nosotros como precursor». Hebreos 6:20. ¿Está él en la presencia de Dios? «Para presentarse ahora por nosotros en la presencia de Dios». Hebreos 9:24. Considera esto, creyente. No tienes derecho al cielo en ti mismo: tu derecho está en Cristo. Si eres perdonado, es por medio de su sangre; si eres justificado, es por medio de su justicia; si eres santificado, es porque él te ha sido hecho por Dios santificación; si eres guardado de caer, será porque eres preservado en Cristo Jesús; y si al final eres perfeccionado, será porque estás completo en él. Así es engrandecido Jesús, pues todo está en él y por él; así se nos asegura la herencia, pues se obtiene en él; así cada bendición es más dulce, y aun el cielo mismo más brillante, porque es Jesús, nuestro Amado, «en quien» lo hemos obtenido todo. ¿Dónde está el hombre que pueda calcular nuestra porción divina? Pesa en balanza las riquezas de Cristo, y su tesoro en pesas, y luego piensa en contar los tesoros que pertenecen a los santos. Llega al fondo del mar de gozo de Cristo, y luego espera comprender la dicha que Dios ha preparado para los que le aman. Salta por encima de los límites de las posesiones de Cristo, y luego sueña con un límite para la hermosa herencia de los escogidos. «Todo es vuestro, y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios».

31 de enero

«Corrió, pues, Ahimaas por el camino de la llanura, y pasó delante de Cusi». (2 Samuel 18:23)

Correr no lo es todo; mucho depende del camino que escojamos: un pie veloz por montes y valles no seguirá el paso de un viajero más lento en terreno llano. ¿Cómo va mi viaje espiritual? ¿Me fatigo subiendo la colina de mis propias obras y bajando a los barrancos de mis propias humillaciones y resoluciones, o corro por el camino llano de «Cree y vive»? ¡Qué bendito es esperar en el Señor por la fe! El alma corre sin cansarse y camina sin fatigarse en el camino del creer. Cristo Jesús es el camino de vida, y es un camino llano, un camino agradable, un camino adecuado para los pies vacilantes y las rodillas débiles de los pecadores temblorosos: ¿me hallo en este camino, o ando buscando otra senda como la que me prometen las artimañas sacerdotales o la metafísica? Leo del camino de santidad que el caminante, aunque sea torpe, no se extraviará en él: ¿he sido librado de la razón orgullosa y llevado como un niño pequeño a descansar en el amor y en la sangre de Jesús? Si es así, por la gracia de Dios dejaré atrás al corredor más fuerte que escoja cualquier otra senda. Puedo recordar esta verdad con provecho en mis cuidados y necesidades diarias. Lo más sabio para mí será ir en seguida a mi Dios, y no andar dando rodeos de este amigo a aquel. Él conoce mis necesidades y puede remediarlas; ¿a quién he de acudir sino a él mismo, por la apelación directa de la oración y el argumento llano de la promesa? «El que va derecho es el mejor corredor». No parlamentaré con los siervos, sino que me apresuraré a ir a su señor.

Al leer este pasaje, me llama la atención que, si los hombres compiten unos con otros en asuntos comunes, y uno deja atrás al otro, yo debería, con solemne seriedad, correr de tal manera que obtenga el premio. Señor, ayúdame a ceñir los lomos de mi entendimiento, y que prosiga a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.

Capítulo 1 completado

Enero

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